Universidad de Chile


III Montañas, convulsiones geológicas y riquezas minerales



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III Montañas, convulsiones geológicas y riquezas minerales


La escasez de bosques en las alturas de la Cordillera de los Andes hacía que en las minas andinas fueran particularmente difíciles los métodos para purificar los metales nobles, ya que no había forma de conseguir el combustible necesario para prender los hornos necesarios para hacer la amalgama del metal mediante fundiciones. Por esa razón los mineralogistas de la corona española recibieron con entusiasmo la innovación del barón Ignaz von Born, quien introdujo en Viena un nuevo método de amalgamación de metales que permitía sortear esta dificultad.

En 1786 el intendente de las minas de México, Fausto d’Elhúyar y de Suvisa, viajó a Viena con el propósito de contratar mineros expertos que implementaran estas técnicas y recuperaran la alicaída producción de las minas sudamericanas. Para ello, este enviado de la corona contactó al barón Furchtegott Leberecht von Nordenflycht, mineralogista sueco y director de minas y amalgama de Miczanagora en el distrito de Cracovia y al controlador de moneda y ensayador de minas de Varsovia, de los Reales Servicios Polacos, Anton Zachariah Helms. Al primero lo contrató como director general de las minas de Perú y al segundo como director de metalurgia y amalgamas. Los dos nuevos funcionarios reales viajaron primero a Cádiz, acompañados por familiares, sirvientes y un equipo de mineros. Luego zarparon a Montevideo desde donde pasaron a Buenos Aires.

El 29 de octubre de 1789 la numerosa comitiva inició su viaje de Buenos con destino a Potosí, atravesando el interior del Cono Sur, primero en pesadas carretas y luego a lomo de mulas que fueron enfilando por el camino de postas que se dirigía hacia el poniente, en una línea oblicua que remontaba hacia Tucumán para luego atravesar la Cordillera de los Andes y seguir hacia las tierras de lo que entonces se conocía como el Alto Perú. Los comisionados alemanes y sus familias se establecieron en Potosí, donde Zachariah Helms trabajó formando a los oficiales de la casa de moneda y a los propietarios de las minas.

El 30 de enero de 1790, Helms dejó de Potosí con rumbo a Huancavelica y luego siguió su camino hacia Lima, donde pasó tres semanas. El viaje continuó hacia las minas de Pasco y Bellavista y concluyó finalmente en el Callao desde donde zarpó, a comienzos de 1793, con destino al puerto de Cádiz, en un largo regreso que se encontró con los contratiempos que habitualmente ofrecía el extremo austral: pasaron largos dos meses enredados en las tormentas del Cabo de Hornos.



Al regresar a Europa, Helms estuvo siete meses en Madrid, entrampado en la burocracia real tan enredada como las turbulentas aguas del extremo austral, informando a la corona de sus experiencias en América, en medio de largos trámites para obtener algún reconocimiento de la corte por sus labores mineras en los Andes. Tras largas y engorrosas negociaciones, Helms y su comitiva regresaron a Viena, donde en 1798 el antiguo director de las casas de fundición y amalgamiento publicó un diario con sus experiencias sudamericanas. En 1806 se publicó una traducción inglesa de este libro, bajo el título de Travels from Buenos Ayres, by Potosí to Lima in 1789, por la casa editora londinense de Sir Richard Phillips. Dos semanas antes habían llegado a Londres las noticias de la toma de la ciudad de Buenos Aires por un grupo de militares ingleses liderados por el capitán Beresford227. Un año después, salió a la venta una segunda edición de esta traducción, que esta vez venía acompañada de un voluminoso apéndice con información relativa al virreinato de la Plata, del Perú y al reino de Chile, edición que he consultado para este trabajo y de donde provienen las informaciones expuestas anteriormente. El traductor de esta nueva versión de los viajes de Helms, admitió haber editado significativamente el original alemán, cortando, señaló, aquellos detalles que consideraba de menor importancia, pero cuidándose de no omitir “cada hecho relacionado con el estado general del país, o de la gente”, los que según él añadía, fueron “escrupulosamente conservados”228 . El traductor y también editor de este libro, agregó luego que un trabajo como éste “no puede dejar de ser interesante para el público” en un momento en que toda la atención de Europa se ha concentrado en el continente americano, a raíz de “la reciente expedición”, que no era otra que la segunda expedición británica a Buenos Aires, comandada por Whitelocke, cuyo propósito era recapturar dicha ciudad de las fuerzas criollas al mando de Santiago Linniers, tentativa que al final fracasó. El traductor-editor concluyó que esta reedición de Helms, con su nuevo apéndice, proporcionaba noticias que llenaban un importante vacío. A la pasada observó que los viajes de Antonio de Ulloa y Jorge Juan, considerados como la principal fuente de información de esta región de América habían cumplido ya 70 años, en circunstancias que en todo ese tiempo, probablemente “ningún otro país del mundo haya experimentado cambios más grandes en un mismo intervalo de tiempo que los que había vivido Sudamérica”229. El traductor señalaba además que había confeccionado este apéndice, que a su juicio contenía “el más completo y correcto relato de Hispanoamérica, disponible en idioma europeo”, a partir de libros “caros y escasos”, admitiendo su deuda con el “valioso trabajo sobre el estado presente del Perú, publicado recientemente por el señor Skinner”, es decir, el libro The Present State of Perú impreso en 1805 por la misma casa editorial. Un libro de un supuesto viajero inglés llamado Joseph Skinner, quien en realidad no era sino el traductor, o más bien el plagiario, de un libro de viajes al virreinato del Perú escrito por los españoles Manuel Sobreviela y Narciso Barceló. Por último, el traductor reconocía también que se había servido de “los detallados viajes de Humboldt”, para corregir su apéndice, a pesar de que eran bien conocidos, “aun cuando no habían sido publicados”, ya que habían sido divulgados gracias a “los numerosos reportes que se han publicado de ellos en sus cartas a sus amigos”230.

Esta versión inglesa de la obra de Helms, fue una importante fuente de consulta para los viajeros ingleses que llegaron a América en las décadas inmediatamente siguientes. Por lo menos así lo manifiesta en su libro Alexander Caldcleugh, cuando sugiere que todos los mineros ingleses que se disponían a viajar al Nuevo Mundo debían estudiar el caso de Helms231. Su referencia al “caso de Helms”, más que a su obra en particular, implica que los viajeros no sólo se beneficiarían de las informaciones contenidas en su libro, sino también, de su experiencia en América que fue un rotundo fracaso. En esa dirección apuntan también las menciones que hace John Miers, sobre la obra de Helms,para quien el “caso de Helms” debería servir de advertencia para todo aquel que se proponga seguir sus pasos232.

Por el momento, me detendré en el hecho de que Helms era un especialista en mineralogía, lo que, como señala el traductor-editor, implicaba que sus intereses estaban al margen “de las otras partes de la historia natural”, asunto que, sin embargo no le impidió presentar en su diario ocasionales “observaciones estadísticas y geográficas: pero entre ellas hay muchas que contienen información valiosa”233.

Al describir la cordillera, Helms anotó en su libro que nunca había visto “montañas tan irregulares y quebradas (…) y con tan diversas alteraciones en sus partes constitutivas”, como las que había encontrado en los Andes. Ni en Hungría, Sajonia, o los Pirineos, ni “en ningún otro lugar —añadía este experimentado especialista en minerales— parecía haber sido tan generalizada una revolución de la naturaleza como parecía haberlo sido en Sudamérica, sus rastros se descubren en todas partes”234.

Expresiones como estas, que aluden a “montañas tan irregulares y quebradas” recuerdan los términos utilizados por el teólogo Thomas Burnet en su libro Sacra Telluris Theoria publicado entre 1684 y 1690 y que luego fue traducido al inglés como A Sacred Theory of the Earth y más tarde al idioma alemán. En dicha obra Burnet desarrolló una nueva teoría acerca del origen de la tierra, que según Marjorie Hope Nicolson en su clásico libro Mountain Gloom and Mountain Glory, provocó una de las polémicas más intensas de su tiempo, cristalizando de paso, una actitud novedosa respecto de las formaciones existentes en la corteza terrestre, particularmente las montañas235.

Estas ideas de Burnet surgieron a partir de su experiencia al cruzar los Alpes, montañas que describió como “caóticas” y “salvajemente irregulares”. Este escenario montañoso terminó por provocarle a Burnet una verdadera crisis espiritual, ya que en su opinión un mundo tan caótico y salvajemente irregular como el que había presenciado en medio de los Alpes, no podría haber surgido de las manos de Dios, sino que por el contrario, necesariamente debía ser la manifestación de la destrucción de su obra. Para Burnet, las montañas eran los “horribles y terroríficos” vestigios de la creación y la expresión de un mundo que se encontraba en ruinas. Las montañas para él eran las “ruinas de un mundo quebrado”236.

La hecatombe que había conducido a este estado de horror, no podía ser otra que el diluvio universal. Sin embargo, Thomas Burnet propuso una nueva versión de este cataclismo en la cual el diluvio no era necesariamente la consecuencia de un designio divino o de un milagro de proporciones, sino que el inevitable resultado de una serie de procesos físicos derivados de la natural disposición de los elementos que conformaban el planeta, originalmente modelado por Dios con la forma de un huevo primigenio. Ante los ojos de Burnet las montañas eran una señal de la tragedia terrestre, pero al mismo tiempo, también eran objetos capaces de fascinar. Esta fue, como observa Nicolson, la primera vez que surgía en la cultura inglesa una visión del paisaje montañoso en la cual se entremezclaban por partes iguales la fascinación y el horror. Burnet condenaba la desproporción e irregularidad de las montañas, sostenía que un país montañoso era el mejor ejemplo de confusión que podía observarse en la naturaleza y que no había “tormenta ni terremoto capaz de poner las cosas en mayor desorden”237; pero sin embargo, al mismo tiempo, celebraba la majestad de un escenario montañoso238.

El libro de Thomas Burnet fue una manifestación de la actitud cultural del siglo XVII, un “ecopesimismo” de raíces teológicas que sostenía que el mundo se encontraba en plena decadencia y que la tierra era un valle de lágrimas, con sus acantilados, deslizamientos de tierra, terremotos, erupciones volcánicas y anchos estuarios arenosos239.

La publicación de este libro desató lo que Roy Porter caracterizó como una verdadera “guerra de cosmogonías”, ya que motivó el surgimiento de casi una docena de trabajos de especuladores geológicos, que como los describió Porter, hicieron, deshicieron y volvieron a hacer el globo terráqueo, disputando y contradiciéndose sucesivamente en su intento de reconstruir la historia del planeta240.

Aun cuando Burnet pretendía armonizar la revelación contenida en la Biblia con la especulación racional, muchos de sus críticos consideraron que sus interpretaciones respecto del origen de la tierra comprometían la versión de su origen proporcionada por el Génesis ya que desdeñaba el poder de la Providencia.

En definitiva, autores como Roy Porter, han considerado que la obra de Burnet formó parte de una serie de especulaciones que en su empeño por construir una teoría de la tierra, hacían necesaria la adopción de una perspectiva histórica, en la cual se le asignara a la tierra una historia propia, al margen de la voluntad perfecta y omnisciente de Dios. Lo que significaba insertar a la tierra en una secuencia cronológica, susceptible de ser reconstruida por el hombre, tal como él mismo ser humano era capaz de reconstruir su propia historia. Dicha perspectiva histórica comenzó a tomar forma a comienzos del siglo XVIII.

Hacia 1700 los naturalistas debatieron intensamente acerca de la naturaleza de ciertos objetos encontrados en la superficie del planeta, especialmente los fósiles u otros vestigios orgánicos petrificados. Estos fósiles, o “concreciones” como también se les llamó, podían ser especialmente perturbadores cuando correspondían a restos de especies animales que ya no se encontraban en la naturaleza, es decir cuando se trataba de especies desaparecidas o extintas. Lo que, de algún modo, revelaba que la naturaleza no había permanecido inmutable desde sus orígenes o desde aquel instante mítico en que había surgido de la mente de su Creador. Esta evidencia de que la Tierra habría experimentado cambios hacía posible una alternativa bastante inquietante, que sugería que el plan divino no había sido perfecto.

Así, tal como señala el historiador de la ciencia, Martin Guntau, a mediados del siglo XVIII comenzaron a establecerse nuevas formas de pensamiento que sugerían que en el pasado había ocurrido una verdadera alteración de la naturaleza, a partir de lo cual, las historias naturales, que inicialmente habían consistido en recuentos estáticos de los objetos naturales, ahora también comenzaron a incorporar observaciones que involucraban una perspectiva histórica, de tal manera que podía producirse una verdadera historia de la naturaleza, en el sentido moderno del término. La visión de que la tierra había pasado por múltiples transformaciones desde la Creación o desde el Diluvio, y que por lo tanto tenía una historia, se volvió algo habitual especialmente desde que cada vez se hizo más frecuente el hallazgo de rocas y fósiles que no provenían de una sola gran inundación. La edad de la Tierra, entonces podía calcularse en términos de millones de años y no sólo en los seis mil que se presumían a partir del relato Bíblico. Esta fue una transformación profunda en la concepción de la historia natural de la tierra que trajo importantes consecuencias241.

Por estas razones se ha considerado que la obra de Burnet, junto con diagnosticar la ruina de la tierra, también se entronca con aquella visión de la naturaleza propugnada a lo largo del siglo XVIII que sugería diversas hipótesis concernientes a la historia de la tierra. Fueron muchos los autores europeos que, plegándose a las campañas anticlericales de la Ilustración abandonaron las intenciones y los estilos de las antiguas formas de descripción de la tierra a partir de términos teológicos y sugirieron diversas hipótesis sobre su origen, así como explicaciones relativas a los fenómenos apreciables en su superficie.242





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