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Neptunismo y plutonismo


En las dos últimas décadas del siglo XVIII emergieron dos modelos teóricos opuestos que tuvieron una importancia fundamental en el desarrollo de la geología. Se conocieron como el “Neptunismo” y el “Plutonismo” y sus raíces teóricas se remontaban a las historias tradicionales de la tierra, pero también ofrecían perspectivas nuevas, poniendo en juego estas representaciones tradicionales del pasado de la tierra de las cuales se nutrían, especialmente en relación con las causas de sus cambios.

El más destacado promotor del “Neptunismo” fue el mineralogista sueco Abraham Gottlob Werner (1749-1817) quien entre otras cosas, sostenía que toda la superficie de la tierra había estado cubierta por un océano primitivo, asumiendo que todas las formaciones terrestres se habían desarrollado en el agua o habían sido modeladas por ésta. Werner no era cristiano y su “Océano Primitivo”, no tenía la menor relación con el diluvio. De hecho, las aguas de éste, tenían una serie de componentes químicos capaces de diluir todas las explicaciones míticas que ofrecía el Génesis y de explicar las formaciones de las primeras rocas sobre las que se había asentado la vida.

Sí el agua y sus diversas operaciones eran fundamentales para los “Neptunistas”, quienes también minimizaban el poder del fuego como agente modelador, para los “Plutonistas” las formaciones terrestres eran fundamentalmente un producto del calor y a la fusión. El principal promotor del “Plutonismo” fue el escocés James Hutton (1726-1797), quien escribió una detallada teoría de la Tierra, en la cual sostenía que el fuego subterráneo y el calor habían sido claves en la consolidación del planeta. De acuerdo a sus ideas, las altas temperaturas y el fuego habían sido los poderes decisivos para que las masas sedimentarias sueltas pudieran concretarse en rocas, y habían sido los motores de las alteraciones en la naturaleza terrestre, desechando consecuentemente el papel del agua como agente de la formación de la corteza. Si para los neptunistas ésta era rígida, de acuerdo con las ideas generales sostenidas por los partidarios del plutonismo ésta era inestable y susceptible de moverse, elevarse o descender. Los seguidores de los modelos propugnados por Werner y Hutton enfrentaron sus puntos de vista en Europa y América.243

El trabajo de los principales expertos europeos en minas, especialmente el de aquellos provenientes del centro de Europa, contribuyó significativamente al desarrollo de las teorías sobre la Tierra surgidas en el siglo XVIII y el conocimiento de la tierra fue creciendo a partir de la práctica de la minería, que alcanzó un considerable desarrollo en el siglo XVIII244. A fines de ese siglo, el ámbito epistemológico de la mineralogía comprendía bastante más de lo que hoy se entiende por ésta, abarcando también la dimensión geográfica de las ciencias de la tierra245. La geología, en cambio era un dominio científico en ciernes asociado a las especulaciones teológicas, que paulatinamente comenzó a ganar terreno y legitimidad “científica” hacia fines del siglo. Sólo a comienzos del siglo XIX la palabra geología comenzó a perder sus connotaciones especulativas y los geólogos fueron reduciendo el ámbito de sus especulaciones a interpretaciones causales más restringidas. La palabra fue adoptada en 1807 por la primera sociedad formada específicamente para el estudio de la tierra, la “Geological Society of London”. Esta sociedad, a la que perteneció Alexander Caldcleugh, según el historiador de la ciencia, Martin Rudwick rechazaba las “teorías de la tierra” y se orientaba más bien hacia la recolección de hechos y observaciones aportadas por sus afiliados.246


La geología heroica


Tanto Anton Zachariah Helms como los autores viajeros ingleses estudiados en este trabajo, pueden ser considerados como una expresión del auge que vivía la mineralogía y la geología en Europa a comienzos del siglo XIX; un período que incluso ha llegado a denominarse como la época heroica de la geología247.

Viajes como los que efectuaron estos autores, a partir de comienzos del siglo XIX, que se aventuraban por el interior de continentes como Africa y América, hasta entonces inexplorados por las potencias imperiales, permitieron la observación en terreno de dramáticos accidentes geográficos desconocidos. En ese sentido, la observación directa de las grandes cadenas montañosas del mundo, con su conjunto de elementos de relieve, permitió que los modelos generales del plutonismo y el neptunismo, que teorizaban sobre la formación de la corteza terrestre, se enriquecieran o modificaran de manera sustantiva. El llamado “trabajo de campo”, es decir el ejercicio de la disciplina en terreno o los aportes proporcionados por los viajeros que se internaban en rincones remotos tuvieron una importancia crucial. Particularmente, en la controversia suscitada entre Neptunistas y Plutonistas, respecto del origen del basalto y el granito, una intensa polémica que sólo se zanjó gracias al trabajo de campo que redujo la brecha que existía entre la observación y la especulación. El trabajo de campo se constituyó así en una práctica esencial del trabajo científico, que hasta entonces era considerado eminentemente como una práctica de gabinete, a puertas cerradas.

Hasta entonces el viaje y el trabajo de campo eran estimados como esenciales, sólo como medios para obtener y coleccionar especimenes o muestras que luego se reunían en gabinetes, museos o jardines botánicos. Su importancia era instrumental al trabajo que hacía el especialista encerrado entre cuatro paredes, lo que se consideraba como el trabajo verdaderamente científico. Pero gracias a la mineralogía, esta cultura preponderantemente enclaustrada, a ser desafiada seriamente. El trabajo de campo no sólo era crucial para conseguir muestras, sino que le permitía al viajero ver con sus propios ojos cómo los diversos minerales y masas de rocas se relacionaban espacialmente entre ellas y con la topografía física de las áreas en las que se encontraban. El viaje le ofrecía también al estudioso o al aficionado la oportunidad de ser testigos presenciales de algunos de los rasgos más espectaculares del mundo mineral, tales como los volcanes en erupción, las altas cumbres y sus glaciares248.

Por eso cuando A. Z. Helms señala que en sus viajes de trabajo y exploración por Europa nunca había visto “montañas tan irregulares y quebradas… y con tan diversas alteraciones en sus partes constitutivas”, como las que encontró en la Cordillera de los Andes estaba dando cuenta de un verdadero descubrimiento. Para Helms estas irregularidades y quiebres, eran la evidencia de una “revolución generalizada en la naturaleza”, una “revolución” que “en ningún otro lugar” parecía haber sido tan generalizada como en América.249 A diferencia de Helms, John Miers le advirtió al lector que con anterioridad a su viaje a través de los Andes, no había viajado por países montañosos ni recolectado información práctica al respecto. Todo lo que sabía lo había aprendido a partir de los libros. “Debe disculpárseme”, añadió a continuación, “si las visiones que he entregado sobre la estructura de la cordillera prueban ser incorrectas; un conocimiento con la ciencia de la geognosis sólo puede derivarse de observaciones reales de las formaciones montañosas. Sería imperdonable que yo confundiera a otros pretendiendo tener un conocimiento en temas de los que sólo tengo una conocimiento general: mi objetivo al hacer estas observaciones fue en parte para satisfacer mi curiosidad, y en no menor medida para distraer mi atención de aquellas sombrías reflexiones, que, mientras viajaba solo, presionaban sobre mi mente ponderando sobre las circunstancias conectadas con mi residencia en Sudamerica: considerando, no obstante, que nada se conoce en Europa acerca de la estructura geológica de esta parte de la cordillera (…)”250

Tal como Helms y Miers, el resto de los viajeros estudiados en este trabajo se encontraron con un escenario geológico nunca antes visto, que puso a prueba sus conocimientos. Todos ellos percibieron en la cordillera de los Andes y sus territorios adyacentes, los vestigios de una o de varias convulsiones geológicas, así como la impresión general de presenciar como el archivo de la historia de la tierra se desplegaba ante ellos.

Todos ellos manifestaron la sensación de transitar a través de un territorio que se había elevado repentinamente sobre la superficie, e incluso la impresión de haber recorrido un paisaje donde se podían observar aún los indicios del caos primigenio a partir del cual había surgido todo y al cual todo podía regresar, para volver a formarse nuevamente.



Incluso mientras atravesaban la pampa algunos de estos viajeros manifestaron la impresión de ir retrocediendo hacia atrás en el tiempo, como si el desplazamiento en el espacio, equivaliera a un movimiento temporal, esta vez hacia un pasado indeterminado. Al llegar a la cadena montañosa de los Andes, esta se agudizó y estos viajeros sostuvieron la impresión de estar en un espacio donde podía presenciarse el momento del origen de la tierra como algo latente y en constante dinámica.

Esta impresión de atravesar por un lugar donde los procesos geológicos de la tierra todavía estaban ocurriendo es relatada por Peter Schmidtmeyer a través de la imagen de estar ante una fragua ardiente en pleno funcionamiento. Schmidtmeyer describe su sensación de estar en la cordillera, como si estuviera “rodeado con los restos de una gran combustión, con hornos y fraguas, algunas alzándose muy alto en los cielos, otras apenas sobre el suelo cerca de ellos”. De modo que, el viajero “creería que se trata del trabajo de ayer; y cuando reflexiona en la cantidad de metales ya extraídos desde los flancos de esta larga cadena, podría tentarse de imaginar una antorcha encendida llevada de una fragua a otra, los huracanes soplando desde abajo, hasta que todo vuelva a encenderse, en furioso accionar, y la naturaleza trabajando, asando las sustancias necesarias para preparar las menas metálicas; mientras sus pequeños trabajadores debajo, en la forma de hombres, las recolectan ansiosos, y completando el proceso, en una escala proporcionada a su respectivas fuerzas. El dios Vulcano, el amo de la fragua del Etna, podría estar orgulloso de actuar aquí sólo como un simple trabajador”251. Más adelante lamenta que la cordillera de los Andes no fuera semejante a los Alpes, es decir que no tuviera grandes caídas de agua, pinos verdinegros agitados suavemente por el viento sacudiendo copos de nieve de sus ramas. A su juicio, esos detalles le darían a los Andes otros motivos para enorgullecerse además de su gigantesco tamaño. Justo cuando se encontraba en medio de esas cavilaciones, un grupo de guanacos vino a recordarle, como “mensajeros de la cordillera”, “que hubo un tiempo, cuando sus rocas y aguas no se veían tan gentiles e inofensivas como ahora, que se encontraban descansando de las más violentas convulsiones, y acomodándose para sostener a la humanidad; y apuntando al volcán delante nuestro, nos conminaban a cuidarnos de que manifestara su indignación ante nuestros reproches”252. A diferencia de Schmidtmeyer, Robert Proctor tuvo algo más de suerte: en su trayecto pudo encontrar “las más hermosas cascadas o torrentes, embistiendo desde la cumbre de las montañas, y reventando sobre los inmensos bloques de granito…” También percibió que estos roqueríos eran un vestigio del pasado, como si “alguna violenta convulsión de la naturaleza los hubiera separado de sus lechos originarios”253. Mientras, Alexander Caldlcleugh, relató que al atravesar la cordillera apareció ante él “una elevada cadena montañosa, en apariencia infranqueable, y desde la cual un río embestía hacia abajo con inconcebible rapidez; a la derecha e izquierda estupendas paredes de montañas, a las cuales era imposible acercarse, por los vastos apilamientos de escombros que las rodeaban. Esta masa de devastación se alzaba en un ángulo alto a una considerable elevación, y estaba formada por grandes bloques que apoyaban a su vez a otros, que eran más pequeños, y se pulverizaban al juntarse con la roca más grande. Pude formarme una perfecta idea del caos”254. Por su parte, Samuel Haigh consignó una impresión similar de caos y confusión ante el escenario que rodeaba el lecho seco de un río: “el escenario a su alrededor era la naturaleza más aterrorizadora y caótica, ningún vestigio de vegetación a la vista; las rocas y colinas alrededor eran marrones y desnudas, y se apilaban en tal confusión de formas, que parecían las ruinas de un mundo remoto”255. Joseph Andrews también se sintió trasladado a un mundo remoto, cuando anotó que mientras él y su grupo ascendían las montañas de los Andes tuvieron la impresión de estar “atrapados fuera del mundo, en un abismo del cual no había escapatoria; arriba nuestro como antes el cielo sin nubes; alrededor de los empinados contornos cóncavos del vacío, y por sobre el borde, encima de las cumbres de las montañas eternas. ¿Cómo y cuándo se formaron éstas? Dejemos al geólogo que lo diga”256.

La pregunta de Andrews sobre la formación de estas enormes rocas sobrevuela las descripciones de las montañas de los Andes de éste y otros autores, sin embargo pocos de ellos tenían suficientes conocimientos geológicos para explicar y describir los fenómenos que presenciaron en su viaje en términos científicos. Entre los que sí tenían una formación “geológica” destacan Alexander Caldcleugh, quien a partir del 15 de marzo de 1822, fue miembro de la Geological Society257, así como también de la Linnean Society desde 1828258 —sociedad a la que también perteneció John Miers, quien incluso llegó a ser su presidente— y de la Royal Society a partir del 10 de marzo de 1831 (en el certificado que se le expidió era presentado como especialista en geología y mineralogía).259 Además, tras recorrer la isla de Juan Fernández, junto al Capitán Parker King, el comandante de la expedición que hizo un sondeo del extremo austral a comienzos de la década del treinta, Caldcleugh publicó en la “Geological Society Proceedings” un estudio dedicado a la geología de dicha isla.

Esta inquietud por la mineralogía o la geología que manifestaron estos viajeros debe entenderse no sólo a partir de las inquietudes “científicas” europeas, sino también a la luz de los intereses que en forma paralela iban manifestando las nacientes Repúblicas de esta región. Estas veían con creciente interés la recuperación y desarrollo de sus yacimientos minerales y estaban interesadas en la exploración y descripción de sus propios territorios nacionales. Ambas inquietudes compartían una base de carácter económico o industrial, y es por ello que los gobiernos patrocinaron la exploración y descripción del territorio nacional con la finalidad de efectuar un reconocimiento de sus recursos naturales, que podían ser ofrecidos a la empresa extranjera. Así por ejemplo, el 26 de junio de 1823, mientras varios de estos viajeros se encontraban recorriendo el Cono Sur, el Director Supremo chileno Ramón Freire y su ministro Mariano Egaña, dictaron un decreto que manifestaba “la necesidad de reunir toda clase de datos y conocimientos estadísticos, que dirijan al gobierno en las providencias que debe tomar para promover la prosperidad nacional”. Para eso decretaron, entre otras medidas, que se “haría un viaje científico por todo el territorio del Estado, cuyo objeto sea examinar la geología del país, sus minerales y demás pertenecientes a la historia natural”260. Para efectuar tal misión fue comisionado el francés Juan José Dauxion Lavaysse, quien en quince meses de trabajo formó una colección de muestras mineras, que fue la base de la primera colección que tuvo el Museo de Historia Natural, institución de la cual también él fue su primer director. Dauxion Lavaysse se refiere a su conjunto de muestras minerales como “una abundante y rica colección de aquellos objetos tan útiles a la prosperidad, como a la celebridad del país ante las naciones cultas”261

Un par de años más tarde Mariano Egaña, redactor del anterior decreto, comisionado por el gobierno de Chile como representante o agente plenipotenciario en Europa, escribió a las autoridades chilenas aconsejando el establecimiento de asociaciones mineras inglesas en Chile. Sus palabras son ilustrativas de la relación que existía entre la explotación minera y el desarrollo científico. En la cual la ciencia se entendía fundamentalmente como la descripción y la catalogación de la naturaleza en términos de recursos naturales aprovechables industrial o económicamente.

Egaña advirtió al gobierno que “los modernos economistas, y muy en especial el célebre Barón de Humboldt han demostrado que, lejos de ser funesto a un país el laboreo de las minas, es una nueva fuente de riqueza que vivifica por necesidad el comercio, la agricultura y la industria; y que en los países minerales cual Chile, no puede considerarse en otra forma, que como el cultivo del principal producto de su suelo, que viene a ser fruto como los demás sujeto a las especulaciones mercantiles. Lástima es que en Inglaterra (por no estar generalizado el conocimiento de la corografía, y geología de Chile) aún no se haya formado una idea exacta de la riqueza mineral de se país, aunque se conviene que en que es uno de los territorios más privilegiados en ese ramo; pero yo estoy persuadido que los Andes chilenos encierran los más preciosos metales de la tierra; y que nuestra falta de conocimientos metalúrgicos y sobre todo de capitales e industria ha privado a nuestra patria de una fuente inagotable de riqueza”262.

Es notorio que Egaña tenía una idea utilitaria de la ciencia, que para él equivalía a una palanca fundamental para consolidar el desarrollo industrial del país. En este contexto eminentemente práctico, la descripción de la formación geológica de los Andes en términos científicos era considerada como provechosa por ciertas autoridades locales y algunos de estos viajeros les ofrecían la posibilidad de acceder a descripciones de este escenario geológico, en términos abrumadoramente exhaustivos. Tales como el siguiente testimonio que recogió el capellán Hugh Salvin de una conversación sostenida con John Miers, en una reunión social en Valparaíso en 1824. En su diario, Salvin anotó que el 20 de Mayo conoció a este botánico inglés, quien al describirle su tránsito a través de la Cordillera desde Mendoza a Santiago, le resumió la estratigrafía de la región en los siguientes términos: “Comenzando el viaje desde Mendoza, el primer estrato en el ascenso consiste de hornblenda, mezclada con lima, la cual al desintegrarse por la acción del tiempo atmosférico, se transforma en carbonato de potasio o soda, junto a este hay un estrato que no pudo recordar; después de lo cual vienen pizarras de clorita, arcilla y talco, muchos de ellos en las formas de rocas descompuestas y estratificadas. Desde estas ingresas a un valle de Espalata (quiere decir Uspallata), en el cual se encuentra un estrato de arenisca roja, aparentemente lavada desde las cumbres de arriba. Este valle forma la separación entre la cadena del este y la principal, que corre paralela a ella. Más allá del valle comienza una formación de jaspe y calcedonia – porfirios; a continuación, algunas formaciones de conglomerados toscos; luego rocas igneas entremezclada con breccias toscas y finas, parches de yeso, piedra cal compacta y cristalizada; luego la masa de porfirio de piedra verde; después del cual viene el porfirio sienítico, cuando comienza a aparecer la vegetación”263.



No hay que perder de vista que John Miers advirtió en su libro que sus conocimientos científicos no eran suficientes, pero así todo, sus descripciones parecen bastante rigurosas y exhaustivas. No fue ese el caso de Joseph Andrews, quien también se excusó por su falta de conocimientos geológicos, señalando que “un viejo marino”, como él, es ignorante en estas materias a pesar de tener inquietudes al respecto. Asunto que Andrews lamenta especialmente, ya que según señala “no existe en otra parte un campo para el estudio de la estructura y formación del globo como Sudamérica”, porque allí parecían haber tenido lugar cambios que habían ocurrido hacía muy poco tiempo. “Dejemos —agrega— al Neptunista o al Plutonista examinar Los Andes y sus alrededores, donde podrán inspeccionar y teorizar hasta el infinito”. Andrews observó en la cordillera abundantes restos orgánicos del océano, lo que a su juicio podía ser indicio de un desplome uniforme del mar en ambos lados del continente o de una elevación de la tierra desde el agua. “Breve como es la vida del hombre, uno no debería sorprenderse de que los cambios en la superficie terrestre pasen inadvertidos, y que el sostenido trabajo del sistema de la naturaleza, pueda pasar desapercibido por la lentitud de sus operaciones”, dice. “No hay duda” —agrega en seguida— “que la tierra se levanta o que el océano retrocede, incluso ahora, en muchas otras partes del globo…”264. La tierra entonces, de acuerdo con sus observaciones, parecía estar cambiando de manera permanente, aun cuando el hombre fuese incapaz de percibirlo. Alexander Caldcleugh, que fue testigo del terremoto de Valparaíso en 1822 y del que derribó la ciudad de Concepción en 1835, respecto del cual publicó sus observaciones en las Philosophical Transactions de la Royal Society en 1836265 sacó conclusiones que siguieron una dirección semejante: “…A riesgo de caer en una fastidiosa prolijidad, he dado a la Sociedad una relación circunstanciada de las alteraciones efectuadas en la superficie de la tierra por esta violenta convulsión. Después de examinar el extenso ámbito de sus vibraciones, después de observar la elevación de una isla y de la costa adyacente, y la erupción de un volcán submarino, es difícil dejar de creer que estén todavía en actividad las mismas causas que levantaron las formaciones terciarias a su actual elevación en la gran cadena de la Cordillera. A la vista de estas continuadas mutaciones sobre la superficie de la tierra, no podemos menos de respetar la opinión de aquellos filósofos que han mirado la América como un continente que ha aparecido sobre las aguas en una época más reciente que el que podemos ya por eso apellidar con más propiedad Mundo Antiguo…”.266



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