Universidad de Chile



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Un océano de tierra


Luego de cruzar las pampas, los viajeros se aprontaron a cruzar la cordillera de los Andes. El primer avistamiento de estas cumbres nevadas aparece en las travesías narradas en estos diez relatos, como un momento climático. Se trata de un acontecimiento que se presenta con las características de una aparición. Alexander Caldcleugh, escribió: “la puesta del sol desplegó un espectáculo que nada hará olvidar —ni el tiempo podrá borrar de mi memoria. La elevada cortina de los Andes, las grandes paredes que por tanto tiempo ansiosamente había deseado contemplar aparecieron ante mí…” Tal como señaló este autor, se trataba de un encuentro largamente esperado333, sin embargo este primer contacto directo, en este y otros casos pondrá en marcha una serie de referencias o figuras literarias relativas a las montañas y al mundo geológico, que de alguna forma se interpusieron entre este primer encuentro y un repertorio de ideas e imágenes previamente establecidas. Así, las descripciones que hacen los distintos viajeros de este primer contacto son singularmente similares. Peter Schmidtmeyer, relató su primer vistazo de las montañas de la siguiente manera: “...fuimos gratificados con la vista de esa elevada cadena; nuestras opiniones al principio estaban divididas entre montañas y nubes, hasta que algunas de ellas, las cuales estaban aquí y allá bordeando la nevada Cordillera, pronto la dejaron, y no quedó más duda. El considerable ángulo que la misma cordillera, formaba con el horizonte, independientemente de las altas cumbres encima de él, era la causa de mucho asombro.”334 Robert Proctor, por su parte, anotó que el 7 de abril él y su grupo también fueron “gratificados” con su primera vista de la Cordillera de los Andes. “Nadie —añade en su diario— puede imaginar el efecto que la vista de esta estupenda barrera de montañas produce en el viajero. Lo descubrí casi por accidente, porque mientras los peones fueron en busca de caballos, pasamos el tiempo dando vueltas en las inmediaciones: al fin mi vista fue capturada por lo que parecían ser, a una mirada pasajera, blancos pilares de nubes inmóviles. Sin embargo, con un poco de práctica en avistar la tierra desde el mar, pensé que había alguna semejanza con ello, y una vez que se disiparon las brumas interpuestas, se presentó un espectáculo que nunca podré olvidar. Las enormes montañas estaban enteramente cubiertas de nieve, y se elevaban tan alto que nos vimos obligados a forzar nuestros cuellos hacia atrás para poder mirarlas: parecían algo de otro mundo…”335 La semejanza entre estos dos últimos pasajes es notoria. Ambos viajeros señalan haber sido “gratificados” por un encuentro que les produjo sensaciones de asombro o espanto, en un caso, y la impresión de estar “capturado” por una visión “de otro mundo”, en el otro. Los dos cuentan haberse confundido por un momento entre las cumbres y las nubes que las rodeaban, y tanto Proctor como Caldcleugh observaron que la impresión provocada por la cordillera, que el primero presenta como una “estupenda barrera”, les resultó perturbadora, ya que no encontraron medios para describirla. Los relatos del encuentro de Proctor y Schmidtmeyer con las montañas fueron criticados por el viajero Charles Brand, quien en su libro, luego de advertir que su objetivo “no es criticar a otros viajeros, ya que de lo contrario, tendría material suficiente para llenar un volumen sobre quienes ya han escrito sobre Sudamérica”, comenta, sin mencionar a los autores, dos pasajes que pertenecen a los libros de Proctor y Schmidtmeyer, señalando que no puede dejar de enmendar y condenar “visiones que nunca existieron y descripciones de peligros imaginarios, y circunstancias expuestas que podrían poner en peligro a cualquier viajero”. Brand observó que Proctor se encontraba a una distancia desde la cual difícilmente podía haber visto algo como lo que describe: “Sólo le preguntaré a este caballero —señala— ¿Qué fue lo que hizo para avistar la cumbre, cuando se encontraba en el valle de Uspallata; después de que sólo había viajado 100 millas en dirección a él, y le faltaban 69 millas para llegar? ¿Dónde estaba su cabeza en ese momento?...”336 Luego cita a Schmidtmeyer señalando que la lectura de este párrafo le produjo una seria impresión, antes de entrar a la cordillera de los Andes, “que de no haber sido yo mismo un experimentado viajero, no dudaría en decir que podría haberme influenciado en mi siguiente camino”337.

Las críticas que Brand formuló respecto del trabajo de sus predecesores se fundaban en el propósito general que impulsa a estos libros de entregar una visión del recorrido lo más precisa y exacta posible. Sin embargo cuando el propio Brand describe su propia experiencia ante ese escenario, utilizó expresiones prácticamente idénticas a las empleados por los viajeros que él desautoriza. Su descripción es la siguiente: “Entramos al valle de Uspallata, donde la poderosa Cordillera irrumpió ante nuestra vista en toda su terrible magnificencia, cubierta con nieve hasta su misma base. Esta fue la primera vista completa que tuvimos de ella…Ahora, la masa completa irrumpió ante nuestra vista como un mundo de nieve. El asombro me aturdió; con la mayor avidez eché mi cabeza hacia atrás para observar sus poderosas cumbres, que sobresalían en medio de las demás, y pensé que era casi presuntuoso pretender la empresa de atravesarlas.338 Luego, agrega que le “sería casi imposible” dar una idea ajustada del espectáculo que lo rodeaba y pensaba que no sería posible que existiera en la naturaleza “una escena más salvaje o grandiosa que ésta”. Sin embargo, esto no le impidió intentar una descripción del “espumeante río” que yacía entre “dos montañas gigantes de casi 1500 pies de alto, y separadas por más de 200 yardas de distancia, ubicadas de tal manera, que para mirar sus cumbres teníamos que reclinar nuestras cabezas completamente detrás de nuestros hombros.” Detrás de todo “se encontraba la poderosa cordillera, una masa de nieve, que surgía para bloquear todo avance posterior. Así estábamos completamente encerrados en una madriguera de poderosas montañas, mirar hacia cualquier lado, atrás, detrás, derecha o izquierda, provocaba asombro —temor y admiración”339.



Cruzar la cordillera en pleno invierno además de causar “temor y admiración” podía ser algo peligroso. Aquí una mula cae despeñada al vacío, un primero de junio. La ilustración pertenece al libro Travels in South America during the years 1821, 1822… de Alexander Caldcleugh, publicado por la editorial de John Murray en 1825.

Las expresiones utilizadas por estos viajeros para describir esta primera escena del esperado cruce por las montañas parecen ser perfectamente intercambiables, aun cuando pueda ellos pongan en duda la veracidad de sus testimonios o los objeten en términos de exactitud y precisión. En todos estos textos circulan expresiones como “terrible magnificencia”, “poderosa cordillera”; en todos ellos sus autores repiten la sensación de haber estado atrapados por la visión y aturdidos por el asombro que esta les causó. Todos, por último, tuvieron que torcer violentamente su cuello, para poder contemplar tan aterrador espectáculo.

Este hincapié en la precisión obedece a razones prácticas más o menos evidentes. La exactitud de la información entregada en estos libros de viajes fue una de las principales justificaciones para que estos se publicaran y circularan entre círculos lectores que por una u otra razón necesitaban tener información fiel respecto de la situación de esta región. Una información errónea o falsa podía exponer a los viajeros a situaciones peligrosas. Así antes de dar una información imprecisa parecía preferible guardar silencio, eso al menos hizo Edward Hibbert quien manifestó que “los Andes chilenos nunca han sido medidos con precisión, y las descripciones de sus respectivas alturas varían de manera tan considerable que casi tengo miedo de fijar cualquier número definido de pies…”340 Alexander Caldcleugh, por su parte lamentó su “casi total carencia de instrumentos filosóficos”, en medio de los Andes, ya que “los barómetros, que había ordenado traer desde Inglaterra, no habían llegado antes de mi partida de Rio de Janeiro; y de haberme procurado tales instrumentos en Buenos Aires no había ninguna esperanza de imaginar que con su delicadeza hayan podido pasar la Cordillera de los Andes sin quebrarse”. Caldcleugh concluye señalando que sólo contaba con “un simple instrumento para medir la profundidad y las direcciones de los estratos, y dos pequeños barómetros.”341





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