Universidad de Chile


“La cumbre era grandiosa, horrorosa y magnífica”



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“La cumbre era grandiosa, horrorosa y magnífica”.


La Cordillera de los Andes y los fenómenos naturales asociados a ella, tales como el estruendo que causaban los ríos que corrían encajonados entre los desfiladeros o las caídas de agua o cataratas; las tormentas que se desencadenan en la mitad del invierno y la inmensidad del cielo estrellado, que permitían las noches pasadas a la intemperie, produjeron en sus autores asombro y horror, e hicieron surgir expresiones que manifestaban la grandeza y magnificencia del escenario natural. Tal es el caso de esta escena presentada por Joseph Andrews mientras atravesaba el desierto en dirección al Pacífico, en la que relata que se encontraba “atravesando las montañas más horrorosamente estupendas” cuya “terrorífica grandeza… no se igualaba a nada que haya visto anteriormente”342. O el caso de Charles Brand quien observó que “la vista de la cumbre era grandiosa, horrorosa y magnífica.”343 Robert Proctor, por su parte señaló que su grupo se detuvo a acampar de noche en un lugar “grandioso y horroroso —en el lecho seco de un torrente, el cual, a pesar de lo disminuido, rugía en la distancia, mientras que las elevadas montañas, las cuales aquí se aproximaban muy cerca cada una de la otra, elevaban sus sublimes cabezas a los cielos.”344 El mismo viajero, relató que algunos días después, finalizando su penosa travesía por los Andes, vio como detrás de su caravana no había nada más “que el valle que habían abandonado, en una inconmensurable profundidad, tenebrosa y solitaria: arriba nuestro, a cada lado, estaban las despeñadas cumbres y las puntas de las montañas cubiertas de nieve, que despuntaban todavía más alto hacia los cielos: ante nosotros la vista era todavía más tétrica y poco prometedora. Enormes montañas negras se apilaban juntas sin orden, y parecían mucho más desoladas y salvajes que las que ya habíamos atravesado. El descenso parecía solo conducirnos a una sombría guarida bajo el camino, mirarla casi nos producía mareo, ya que era mucho más escarpada y despeñada que el ascenso del otro lado.”345 Edward Hibbert señaló que también fue “recompensado”, al llegar a la cumbre después de mucho esfuerzo, por una escena que era “grandiosa y magnífica en extremo”346.

Ascendiendo la cumbre de los Andes en agosto. “En lo más profundo del invierno”. Grabado a partir de una ilustración de Charles Brand, incluida en Journal of a Voyage to Peru: A Passage Across the Cordillera of the Andes, in the Winter of 1827. Performed on Foot in the Snow, and a Journey Across the Pampas. Brand recalcó que había cruzado la cordillera a pie.

Fragmentos como los anteriores, se encuentran cargados de expresiones antinómicas tales como “grandiosa”, “horrorosa” y “magnífica”, que son variantes de aquella paradoja del “agradable horror” acuñada Joseph Addisson. Una ambigüedad que en estos casos también evoca al violento choque de las fuerzas naturales del escenario montañoso que pretendían describir. Perspectivas ante las cuales el viajero respondió con un sentimiento complejo, en el que se entremezclaban el pasmo, la sorpresa, el placer y el terror o el horror. Francis Head observó que “…las formas de las montañas, y los salvajes grupos en los que estaban irguiéndose como una torre una sobre la otra, sólo podían verse con pasmo y admiración” y que “la vista desde la cumbre era magnífica —era sublime; pero era, al mismo tiempo, tan terrible, que uno apenas podía evitar estremecerse”. Desde otra cumbre el mismo viajero pudo ver hacia abajo, y encontró más montañas con sus cumbres nevadas. La escena le pareció “triste e inhóspita”, pero también “un cuadro tan magnífico como sublime”.347

Ilustración del libro de Charles Brand. Journal of a Voyage to Peru: A Passage Across the Cordillera of the Andes, in the Winter of 1827. Performed on Foot in the Snow, and a Journey Across the Pampas. El autor observó que los ingleses se demoraron en animarse a bajar la ladera nevada deslizándose por la nieve tal como sus guías. El descenso tenía sus riesgos, el bastón servía de freno.

Una noche de tormenta en pleno invierno, en medio de las montañas, era una prueba difícil para los viajeros que atravesaban la cordillera y muchos de ellos vivieron esta experiencia. Joseph Andrews describe una tormenta refiriéndose a las estrellas como “la artillería del cielo” que “tocó a lo largo y alrededor de las ceñudas cumbres, en reiterados truenos a los cuales ninguna comparación puede hacer justicia”. La tormenta, añade, le “hizo sentir cuan pequeños y mezquinos éramos nosotros, ante la magnitud de los agentes de la naturaleza en colisión”348 En otra ocasión describe una tormenta “cuyas reverberaciones eran tan horrorosas, tan grandiosamente sublimes en su sonido, replicadas por el eco de una montaña a otra, a lo largo del valle y el acantilado, que ninguna pluma puede hacerle justicia —las maravillas de los Andes se ciernen más allá del poder del lenguaje para poder ser descritas. Deben de ser vistas para que conocer los terrores de su majestuosidad.”349 No hacían falta truenos para que el cielo nocturno pudiera ofrecer una perspectiva asombrosa. A Samuel Haigh le pareció que “el cielo sin nubes tachonado con estrellas, que esparcían un brillo pocas veces visto en Europa, junto con las constelaciones de la Gran Cruz del Sur, y las nubes de Magallanes, le daban una sensación sublime a la noche chilena”350

Expresiones como las utilizadas en estas descripciones pueden ser interpretadas como un testimonio de la radical distancia que estos viajeros percibieron entre ellos y el paisaje por el que viajaron. La naturaleza al ser percibida como algo grandioso y terrible se presentaba como algo radicalmente al margen del ámbito humano. Se trataba también de un escenario ante el cual estos viajeros se minimizaron o empequeñecieron. No sólo en cuanto a su tamaño sino también en la medida en que aparecen desvalidos en sus capacidades, ya que el viajero no sólo no podía concebir este escenario estremecedor ante el cual se enfrentaba por primera vez, sino que tampoco pudo encontrar palabras que fueran capaces de describirlo correctamente y que pudieran expresar y transmitir a sus lectores una imagen satisfactoria de ellos. Una imagen que pudiera comunicar su novedad y grandeza, provocando en ellos sensaciones similares a las que habían experimentado ellos mismos. Este último es uno de los “problemas” que acarrea la experiencia de lo sublime, un “problema” que en cierta medida, es también un elemento constitutivo de la misma experiencia, ya que esta impotencia o inhabilidad del espectador de entregar una expresión adecuada de algo que resulta inefable resultaba siendo en definitiva el mejor homenaje, que podía hacerse a la naturaleza sublime. Como señala Malcolm Andrews, todo esto también puede interpretarse como “una manera de dramatizar la impotencia humana”, que al final era “una de las experiencias claves de lo sublime”. Sin embargo, Andrews advierte que esta incoherencia estratégica podía terminar convirtiéndose al cabo de un rato, en un cliché o una muletilla o recurso de estilo, donde en definitiva poco importa si efectivamente se da una descripción auténtica de este tipo de experiencias y lo que se privilegia es producir un texto de acuerdo con cierto estilo351.

En estos diez textos abundan expresiones o manifestaciones de esta clase de impotencia expresiva. Samuel Haigh, por ejemplo, ante el paisaje de Arequipa, en lo que entonces era el sur de Perú, señala que “la vista distante es magnífica en extremo; las altas y majestuosas montañas cubiertas de nieve, se extendían hacia el noreste en una diversificada grandeza, no se iguala a nada que yo haya visto alguna vez. Los diversos tintes que adquieren las montañas, cuando el sol lanza sobre ellas sus horizontales rayos, presentan una escena que no admite descripción”352 Con regularidad se suceden también este tipo de “escenas que no admiten descripción” pero, sin embargo, rara vez se trata de lugares cuya descripción fuera del todo imposible, ya que estos viajeros las describieron echando mano de algunas referencias artísticas o pictóricas y a los medios expresivos del arte, tales como la paleta del pintor o a referencias literarias provenientes de la literatura romántica, como las novelas del novelista y escritor escocés Sir Walter Scott. Con el propósito “llevarles” a sus lectores estas escenas novedosas mediante referencias culturales que fueran fácilmente asimilables por ellos ya que podrían haber reconocer algo que hubieran apreciado previamente en alguna obra artística romántica, ya sean pinturas, novelas o poemas. Es así como por ejemplo, Edward Hibbert, señala que “en la puesta del sol, tuvimos el brillo acostumbrado, tintes de color para los cuales el arte no tiene medios de expresión, y un escenario cuya grandeza desafía toda descripción”353 y Joseph Andrews observa que la situación por la cual pasó era una “escena adecuada para una novela”. “Aquí —añade— podría la pluma de (Walter) Scott pintar un escenario nuevo para el ojo europeo, y transformarlo en la morada de un amor triunfante o de un heroísmo que no tuvo la misma suerte. Aquí había grandeza, y belleza, y variedad suficiente para extenuar su vigorosa pluma”.354 Más adelante, subiendo las montañas de los Andes, el mismo Andrews comenta que “nunca se ha presentado en cualquier otro lugar una vista de montaña más poderosa ante el ojo humano. Era una pintura para ser observada en silencio, porque el lenguaje se habría quebrado ante la profunda admiración en la que me sentí absorto”.355 Por su parte, Samuel Haigh, señaló que la habitación de los gauchos en las pampas, tenía una atmósfera que se asemejaba a “los sombríos fantasmas en los poemas de Ossian”.356

Campamento en Villavicencio, según una imagen tomada de Travels into Chile, over the Andes in the years 1820 and 1821, with some sketches of the productions and agriculture, mines and metallurgy; inhabitants, history and other features of America; particularly of Chile and Arauco de Peter Schmidtmeyer. Litografía de A. Aglio hecha a partir de una ilustración tomada del natural por el autor.

Este proceso de apreciar y describir el escenario natural como si se tratase de un paisaje pintado, encontró su manifestación más conspicua en el advenimiento de la estética de lo pintoresco. En 1757 Edmund Burke distinguió entre diferentes clases de gusto, contrastando las sensaciones producidas por lo bello con las que producía lo sublime. Entre estas dos el clérigo William Gilpin introdujo hacia 1770 la categoría de lo pintoresco, que no era suave y terso como la belleza, ni poderoso u oscuro como lo sublime, sino que irregular, áspero y asimétrico357.




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