Universidad de Chile



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V Naturaleza productiva


En las visiones de lo sublime y lo pintoresco generalmente se enfrentaban o entrecruzaban distintas visiones del paisaje y el mundo natural que resultaban opuestas y en ocasiones incluso paradojales o contradictorias. Algo que no debiera resultar demasiado extraño, tomando en cuenta que la retórica de lo sublime surgía a partir de una ambigüedad y que lo pintoresco sugería y ponía en movimiento actitudes complejas sobre el mundo natural que no siempre armonizaban sino que apuntaban hacia diversas direcciones. Esto se debe, según sugiere Brewer, a que la visión del paisaje o el mundo natural era de naturaleza dinámica, mutable y compleja, y no se trataba de algo que pudiera darse por sentado fácilmente. Una de las contradicciones o paradojas más llamativas que se observa en la visión del mundo natural expresada por estos autores se encuentra en el enfrentamiento de dos discursos sobre la naturaleza que surgieron de manera paralela en el siglo XVIII, comúnmente conocido como la era de la “Ilustración” o la “Era de la Razón”. Es algo curioso que la retórica de lo sublime se haya articulado con tanto entusiasmo en medio de esta época, ya que, tal como observa Malcolm Andrews, la experiencia de lo sublime era, casi por definición en la medida en que irrumpía en la mentalidad racional concentrando su fuerza en las emociones una subversión del orden, la coherencia o la organización estructurada. Algo que a primera vista aparece en total discrepancia con los valores tradicionalmente asociados con el siglo XVIII europeo. La oscuridad, las tinieblas, la casi total pérdida del control visual e intelectual sobre el medio, son valores que discrepan con las “luces” que desplegó con tanto orgullo la Ilustración europea en el siglo XVIII, sin embargo estos son precisamente los atractivos en los cuales se fundó la experiencia de lo sublime, tal como los propuso Edmund Burke en su obra que tuvo una enorme influencia en la estética europea.376

Lo sublime, por otra parte estimulaba un radical distanciamiento o extrañamiento entre el hombre y el mundo natural, tal como se ve en las descripciones formuladas por estos autores en las que la naturaleza aparece al margen del ámbito de lo humano, que aquí figura empequeñecido y minimizado. Esto, por otra parte, entra en abierta contradicción con otra tendencia que dominó en el pensamiento ilustrado que desarrolló una dimensión utilitaria de la naturaleza, o en otros términos, una visión esencialmente optimista de ésta, opuesta al fatalismo de épocas anteriores en las cuales la naturaleza se veía con un sesgo pesimista.

La llamada “filosofía natural”, fue una de las innovaciones propias del siglo XVII que el discurso ilustrado asimiló e incorporó dentro de su propio acervo cultural constituyéndose entre ambos una alianza formidable. A partir de esta se argumentó de que así como “de un reloj podía inferirse la existencia de un relojero, del estado de cosas de la naturaleza podía igualmente, inferirse la existencia de un relojero divino”, es decir un artífice que había puesto en marcha un prodigioso artefacto que funcionaba siguiendo leyes que eran susceptibles de ser descubiertas y expresadas de manera matemática.377 Fue así como el “ecopesimismo” teológico, que caracterizó a visiones del mundo como la que propugnaba Thomas Burnet, fue desafiado por una visión esencialmente optimista de la naturaleza que el pensamiento ilustrado asumió en plenitud, aun cuando paradójicamente habían surgido a partir de obras como la del propio Burnet, para quien la tierra era un gran valle de lágrimas.378 Según el fallecido historiador Roy Porter, la actitud característica de la ilustración inglesa hacia la naturaleza fue este carácter positivo que se expresaba en el descubrimiento, la apertura, observación y experimentación del mundo natural.379 Un mundo natural, valga la redundancia, cada vez más “naturalizado” o “desespirituado”; despojado de la presencia divina.

Esta nueva actitud reafirmaba los derechos que el hombre tenía sobre la tierra en la que le había tocado vivir380, una naturaleza que “podía ser pesada, medida y dominada”. Más aún no se trataba sólo de un derecho sino también de un deber de aplicarse a esta conquista de la naturaleza, para, en palabras de Francis Bacon, “gloria de Dios y alivio de la condición humana”. La naturaleza ya no era sagrada, ni tenía un alma y no había nada de impío en el hecho de utilizarla y dominarla. El progreso de la ciencia se volvió así el pivote de la propaganda ilustrada y la ciencia fue promovida en su dimensión más utilitaria, como un motor de progreso para la nación.381 El prestigio de la ciencia creció, y fue ampliando los horizontes y alimentando las esperanzas del hombre humanas: “todo parecía entonces estar abierto a investigación, a la medición y el análisis”. Proliferaron tablas de mediciones y censos cuantitativos y creció la convicción de que no sólo los eventos naturales y los sucesos sociales eran fundamentalmente gobernados por la ley natural, y eran por lo tanto susceptibles de “enumeración científica, explicación y control.”382 Aquella visión de desperdicio y ruina universal, propugnada por Burnet y otros, fue removida, y la mente se obsequió con el agradable prospecto de una sabia y duradera previsión para la economía de la naturaleza.383



Ingenio de cobre a partir de un dibujo de Schmidtmeyer, donde se detalla gráficamente el rudimentario procedimiento de purificación y fundición del metal a cargo de trabajadores indígenas.

Esta visión que presentaba al mundo natural como el único escenario para la realización del hombre en sus capacidades terrenales entraba en una evidente contradicción con la visión de la naturaleza propugnada por la experiencia de lo sublime, que enfatizaba precisamente los valores opuestos. Sin embargo, los autores de los libros estudiados en este trabajo abrazan plenamente esta singular paradoja, ya que los escenarios que miraban con admiración y estupefacción eran precisamente los que estaban llamados a explotar. No hay que perder de vista que la cordillera de los Andes, como señalara Helms no sólo era “una fuente de minerales para ser explotados para el desarrollo industrial” sino que “la más grande y rica cadena de montañas en el mundo” y de que habían “pocos casos en Europa de montañas como estas con una abundancia tan generalizada de metales preciosos, o sus vetas, como en esta parte del globo”.384 Sin embargo, esta famosa cordillera era también la fuente desde donde emanaban con tanto entusiasmo todas aquellas imágenes de lo sublime, que además de invitar a la contemplación de la grandeza de la naturaleza, sugerían que el hombre era un ser insignificante y desvalido.

¿Hasta que punto se opone esta imagen de la naturaleza presentada en su más radical “otredad” o en el mejor de los casos como un objeto de admiración pasiva, y esta otra en que ella aparecía como una mera fuente de recursos a partir de los cuales el hombre consolidaría su desarrollo? Para darle alguna solución a este dilema es importante tomar en cuenta que esta visión de lo sublime no logró paralizar completamente a estos autores. El caso del viajero Joseph Andrews en este sentido resulta ejemplar.



Andrews que se presentó a sí mismo como un “amateur en lo bello y lo sublime”385, expresó de manera palpable como podían convivir armónicamente estas dos actitudes hacia el mundo natural, que estimulaban la admiración a partir del despliegue retórico de la estética de lo sublime, y por otra miraban el paisaje como algo que debía de ser explorado, catalogado y aprovechado industrialmente. Andrews lleva estas dos perspectivas al extremo de lo grotesco al señalar ante un paisaje que contemplaba en medio del mayor asombro, que “cada centímetro (de este escenario) debe hacerse productivo”386 En su caso, la contemplación de la belleza del mundo natural retrocede una y otra vez ante sus ganas de explotarla. Así, por ejemplo, en Tucumán, Andrews luego de describir al monte Aconquija como un escenario que no ha sido sobrepasado por ningún otro en la tierra, “en términos de grandeza y sublimidad”, observó que “dentro de su vientre majestuoso, sentando con su cabeza por encima de las nubes, y cubierta con un sombrero de nieves eternas; hormigueaban las riquezas de oro y plata”.387 Más adelante, Andrews exclamó: “¡Allí estaban ellas ante mí, aquellos pilares del Universo, de los cuales tanto han escrito Ulloa, y otros viajeros, y de los que inspirados poetas han cantado! Se espera que estas maravillas de la creación, puedan seguir siendo exploradas por los remotos ingleses, se sometan a la herramienta del minero, y sean administrados para la riqueza comercial del país.” Sin embargo, luego de haber contemplado estas montañas en ese estado de embelezo y recogimiento, el autor cuenta como él y su acompañante comenzaron a construir proyectos imaginarios: “Levantamos hornos de fundición, vimos en nuestra imaginación una multitud de trabajadores moviéndose como atareados insectos a lo largo de las eminencias, y nos imaginamos la salvaje y vasta región poblada por las energías de los Británicos…”388 Esta actitud no sólo se aplicó a las montañas, sino también a los centenarios bosques que este autor también encontró en las cercanías de Tucumán. “Nunca antes, señala, había visto tal magnificencia vegetal. Miré a aquellos patriarcas forestales hasta que los ojos me dolieron, cubiertos de musgo con la edad, rodeados con enredaderas, y tachonados con parásitos como estrellas por todas partes, en el tronco y las ramas. Parecían contemporáneos con el tiempo antiguo, y proveían asociaciones de ideas de vejez, que en Europa inspiran las fortificaciones en ruinas… Si esos árboles, como los de los poetas pudieran haber hablado, yo les hubiera preguntado, porque sentía casi un deseo irresistible de hacerlo, ¿Por cuánto tiempo han estado de pie? ¿Acaso desde el amanecer de la creación? Cualquier cosa que ellos me hubieran respondido, ellos habrían temblado de miedo si hubieran conocido mis pensamientos, y descubierto que su final no estaba lejos, porque Don Tomás y yo calculábamos, que pocos años de la utilización del capital de una compañía, podrían hacer en ellos un estrago total.”389

La tierra, señaló algunas páginas más adelante: “sonreía en el orgullo de la belleza de la naturaleza, y sólo deseaba la mano del hombre para que la hiciera producir cien veces el doble.”390

Estas expresiones consignadas por Samuel Haigh, quien a diferencia de Andrews no era minero sino comerciante, pueden servir como una excepción que confirma la regla. Haigh, en ellas expresa esta misma contradicción al advertir que “la naturaleza parecía haber puesto sus tesoros minerales aquí en orden de evitar que la humanidad se acercara a ellos”. “No puedo comprender, agregó inmediatamente, como cualquier ser de mente razonable, puede consentir a ser enterrado vivo entre indios, lejos de la sociedad, muchas veces medio muerto de hambre por la falta de provisiones, sujeto a un clima horrible...en la búsqueda amasar una riqueza que podría haber conseguido con la mitad de la industria y privación en su casa”391

Una solución para esta oposición de dos visiones de la naturaleza podría estar encontrarse en el argumento de Peter J Bowler, quien señala que “existía un movimiento subyacente que estaba dirigido a tratar la tierra como un sistema natural y no un producto que había surgido directamente de la mano del creador”, que de alguna manera coexistía con aquella visión que realzaba la admiración de la naturaleza como la manifestación de un poder supremo. Admitir que la tierra, agrega Bowler, era el producto de procesos naturales facilitaba mucho las cosas a las clases comerciantes, y les ayudaba a justificar su interferencia en el sistema.392. Otra opción sería tomar estas exaltaciones e invocaciones a lo sublime como meras efusiones retóricas o fórmulas que obedecerían más bien a una estética que sería la consecuencia de una adscripción a un determinado género literario, antes que a una reacción directa y genuina ante lo nuevo y lo desconocido.





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