Universidad de Chile



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La oscuridad


Francis Bond Head escribió que a lo largo de su viaje iba escribiendo notas con observaciones e impresiones, principalmente para entretenerse al final de cada jornada. Porque se trataba de notas tomadas en el lugar de los hechos, se excusó por el carácter fragmentario de éstas y su falta de acabado, no obstante estos defectos los justificó advirtiendo también que no publicaba estos apurados apuntes con el propósito de producir deleite estético, sino con la idea de que “tal vez ellos puedan contribuir en hacer visible la oscuridad.”393 Esta “oscuridad” a la que aludía, era el interior del continente americano, una región todavía en penumbras, que sus palabras y su empresa pretendían iluminar para reducir la general ignorancia que existía acerca de ella en Europa y particularmente en Inglaterra. La penetración del interior de los continentes desconocidos, fue una modalidad característica de la exploración y del viaje romántico de las primeras décadas del siglo XIX.394 Los viajeros que habían visitado estas regiones en siglos anteriores, en su mayoría balleneros o contrabandistas, piratas o corsarios, viajaban en barcos que circunnavegaban la tierra y apenas bordeaban estos continentes, en este caso particular el cono sur del continente americano, obteniendo apenas vistazos de la situación del interior de estos países. Ello principalmente a consecuencia del bloqueo en que el Imperio español mantenía a sus colonias.395 Una vez que este bloqueo terminó, los viajeros ingleses pudieron ingresar al continente e iniciar el reconocimiento de una región hasta entonces a penas conocida, o que, tal como escribió Head, se encontraba en la oscuridad o en penumbras.

Este general desconocimiento impulsó a estos viajeros a consignar cada rasgo relevante del estado actual de estos países, tales como la situación de sus habitantes y sus recursos naturales, sean estos minerales, vegetales o animales que debían de ser inventariados y de preferencia estudiados para conocer las potencialidades económicas que ellos ofrecieran a la empresa europea. Cada uno de estos diez libros de viajes, intentó a su manera proporcionar la mayor cantidad de información posible de acuerdo a la posición y los conocimientos de sus respectivos autores. Por lo general en esa dirección apuntaban las advertencias que todos ellos formularon en los prefacios o prólogos de sus libros al excusarse, con los excesos retóricos habituales en este tipo de apologías, por su falta de preparación intelectual, de la prisa con la que viajaban y de la falta de elegancia de su pluma. Por lo general estos autores hicieron su viaje a toda velocidad, aun cuando algunos como John Miers permanecieron bastante más tiempo en la región, e incluso, como ocurrió con Samuel Haigh, hicieron varias excursiones sucesivas a estos países a lo largo de la década. Algunos de estos viajeros tenían cierta formación científica especializada, como es el caso de John Miers o Alexander Caldcleugh, pero la mayoría de ellos eran marinos y militares que sólo contaban con la formación técnica que proporcionaba proporcionada por el ejército y la marina inglesa396.



Este impulso de reunir la mayor cantidad de información posible acerca de la mayor cantidad de aspectos de la situación de estos territorios, le dio a la mayoría de estos libros un peculiar carácter misceláneo. Muchos de ellos tienen apéndices en los cuales se agrega o sistematiza toda la información que no pudo insertarse en el relato del viaje propiamente tal, que a menudo toma la forma de un diario pormenorizado de incidentes. Una lista de los contenidos incluidos en la sección de apéndices que trae el libro de Alexander Caldcleugh sirve de ejemplo para ilustrar este último aspecto. Caldcleugh señala haberse propuesto “recolectar cada hecho que se relaciona con el gobierno, los recursos y las expectativas de los países visitados”397 y sus descripciones trataron diferentes ramas de la historia natural, del reino mineral, vegetal y animal; pero también recayeron en aspectos políticos, comerciales y sociales de estos países —las costumbres y el estado moral de las “clases mejores”, las “clases bajas” y también respecto de los nativos; el estado de las artes, la educación, las existencias de las bibliotecas, la influencia de la religión. Caldcleugh cruzó las pampas tomando notas “…primero por una ligera esperanza de que el lector general no vaya a encontrarlas demasiado desprovistas de interés, y a partir de la certeza, de que ellas probarán ser de considerable utilidad para el viajero a punto de iniciar el viaje”.398 Mientras viajaba, también coleccionó especies, deteniéndose de tanto en tanto para recoger muestras de rocas y plantas. Su sección de apéndices es una especie de gabinete escrito, formado por alrededor de treinta acápites que como si fueran gavetas, incluyen, entre otras cosas: observaciones meteorológicas tomadas a bordo del Superb, durante su viaje de Plymouth a Rio; el resultado del examen hecho a las aguas de la bahía de Botafogo; el número de esclavos importados a Río de Janeiro durante el año 1823; un resumen del proyecto de constitución política de Río; un proyecto de constitución para el imperio de Brasil; información sobre el viento pampero en el Río de la Plata; observaciones meteorológicas hechas en Buenos Aires en 1822; información sobre el viaje del mineralogista Zachariah Helms a Sudamérica; información sobre el movimiento marítimo de Buenos Aires en 1823; traducción del mensaje del poder ejecutivo a la asamblea legislativa de Buenos Aires; un fragmento en italiano con información entomológica tomado de un libro de Termeyer; una lista de nacimientos y defunciones en Buenos Aires en agosto de 1820; datos sobre la población de la provincia de Río de la Plata; el estado del movimiento de fondos de la Contaduría General de Buenos Aires; una reproducción de un fragmento de Félix de Azara sobre los Indios Pampa; una lista de gobernadores de Buenos Aires entre 1819 y 1821; algunas noticias sobre las rentas y el erario de Buenos Aires; traducciones de algunas canciones peruanas llamadas “tristes”, con su correspondiente versión original; la indicación de las postas en el camino de Mendoza a Santiago por el paso del Portillo; el decreto de convocatoria al Congreso Nacional chileno; noticias sobre el erario chileno; datos de las alturas de las cumbres de la cordillera, según Bauzá; un detalle de la ruta de Santiago a Mendoza por el paso de Uspallata; una traducción de un texto de Dobrixhoffer sobre Córdoba y una información sobre los empréstitos contratados por Brasil, Buenos Aires y Chile en el mercado londinense. Tal como puede verse a partir de estos contenidos, estos libros a partir de la narración que surge del trayecto recorrido por sus autores, van sumando diversas observaciones y digresiones que llegan a convertir a algunos de ellos en verdaderos “cajones de sastre”, en los que se acumulaba toda clase de datos útiles.

Si cada libro procuró acopiar la mayor cantidad de información posible, hay que añadir que estos libros en su conjunto de alguna manera formaron una red de referencias cruzadas, de citas intertextuales, en la medida en que cada uno de ellos comentó y muchas veces criticó la exactitud de la información proporcionada por sus predecesores. Todos estos autores compartieron el impulso de Head, de emprender la tarea de iluminar la oscuridad en la que esta región se encontraba sumida, con un propósito que muchas veces se encontraba más allá de la pura satisfacción de sus propios intereses privados. En este sentido, de la lectura de estos libros se desprende que todos estos autores compartieron una causa, que equivalía a un compromiso personal con la causa del Imperio Británico. Muchos de ellos trabajaron activamente en la promoción, expansión y mantenimiento de este imperio. Head, por ejemplo, era un oficial de la Armada Británica y fue designado gobernador de Canadá. Con anterioridad a esa designación había sido comisionado como teniente en los Ingenieros Reales en 1811 y también sirvió en el Mediterráneo, llevando a cabo una medición de Lanzarote, en las islas Canarias. Luego naufragó cerca de Trípoli y más tarde visitó Atenas y Roma. Head también sirvió en Francia y Bélgica en 1815 y vio la acción de la batalla de Waterloo.399 Por su parte, Jospeh Andrews afirmó haber viajado por muchas partes del globo a lo largo de su vida400 y reveló que poco antes de hacer su primer viaje a Chile, en 1818, había estado en Nueva Guinea. Después de este viaje presentó al gobierno inglés un proyecto para hacer un reconocimiento de dicha isla con “naturalistas y personas científicas”, para lo que se reunió con Joseph Banks, el célebre naturalista y mecenas científico que participó en el segundo viaje del capitán Cook. Este proyecto no prosperó y el entusiasta Joseph Andrews se lamentó que los misioneros ingleses no hayan tenido la ocasión de civilizar a los habitantes de aquel país y con ello haber establecido “un lucrativo mercado para los artesanos ingleses”401. El oficial Charles Brand, es otro ejemplo interesante de esto mismo, y otra prueba de que estos viajeros se veían a sí mismos como servidores de la causa del imperio, ya que afirmó haber viajado por la costa de Norteamérica en 1814 a bordo del Majestic402 y luego por las tierras del interior de Sudáfrica403 y agrega en otra ocasión que los últimos dieciocho años de su vida los pasó recorriendo “el ancho escenario del mundo”, “vagando de clima en clima, visitando las pestilentes costas de Madagascar y Sudáfrica, ardiendo en los desiertos de Namaqua y congelándome en las regiones de Nueva Escocia…”404

Este compromiso con el Imperio, implicaba la adhesión a una fase de la historia imperial británica que ocurrió entre fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XX, un período en el cual se fortaleció la conciencia nacional inglesa y se afianzó la identidad nacional con una percepción de la superioridad moral británica basada, entre otras cosas, en una noción compartida de ser una nación predeterminada a un designio mayor. Una nación escogida para llevar a cabo una misión moral. Así, Christopher Bayly señala que “la agudización del nacionalismo y el evangelismo fue paralela a una agudización de actitudes raciales.” De manera que los ingleses de aquella época percibieron de manera acentuada su mayor jerarquía racial, por sobre la de los demás pueblos del planeta.405

En virtud de esta adhesión a una causa superior, estos autores no presentan sus libros justificándolos como obras de gran valor en términos literarios o científicos; ni tampoco pretenden legitimarse ellos mismos en cuanto “autores”, en un sentido también literario o científico, sino como viajeros experimentados. Y en este contexto haber viajado implicaba haber recorrido las rutas de la expansión imperial británica, en ocasiones por sus enclaves más recónditos.

Este interés de estos viajeros por la propagación de la causa del imperio implicaba participar del compromiso de impulsar la marcha de la civilización. De tal modo que esta referencia de Head a la “oscuridad”, no es puramente literal, y no se trata tan sólo de iluminar aquello que se desconoce y que por lo tanto permanece a oscuras, sino también de “iluminar” el estado cultural y moral de estas regiones. En las pampas, Head señaló que era más arduo sortear los “obstáculos que provenían de las manos del hombre, que cualquier otro que pudiera surgir de las manos de la naturaleza”. Haciendo una alusión literaria, Head añadió pocas líneas después, que “la celebrada escena de confusión en los campos moriscos de Ariosto era ordenada, comparada con el caos que prevalecía en las pampas, cuando las provincias estaban en guerra entre ellas, y todo el país, lejos y cerca, se encuentra armado; la gente a medio civilizar.”406

Este “caos de las pampas” se manifestaba no sólo en una atmósfera de tensión por las asonadas de las cuadrillas de guerrilleros, sino también en el estado de sus campos de cultivo. En términos generales, todos estos viajeros condenaron el estado de abandono en el que se encontraba el campo de estos países, que les pareció incultivado o fundamentalmente no explotado de acuerdo a sus prácticas agrícolas. Así, por ejemplo, prácticamente todos estos viajeros se detuvieron a observar que los campos no les parecían debidamente delimitados o deslindados. En este sentido, estos viajeros participaron de esa actitud hacia el campo, que de acuerdo a Keith Thomas predominó en la Inglaterra del siglo XVIII407 en la cual imperó una ideología del mejoramiento o del aprovechamiento de la naturaleza.408 Esta ideología no sólo exaltaba la productividad de los recursos sino que también la vinculaba con una noción estética de tal manera que una tierra debidamente poblada, domesticada y productiva, era considerada hermosa.409 A ojos de estos autores un paisaje cultivado se distinguía por sus formas cada vez más regulares: cercos ordenados y artificiales que deslindaban la propiedad privada distinguiéndola de las tierras de cultivo comunal, surcos trazados por arados que también seguían paralelamente la línea de los cultivos. Se trataba de terrenos que podían ofrecer una visión de simetría y orden, asuntos que no encontraban en estos lugares, donde sólo veían el caos reinante. Tal como advierte Keith Thomas esta forma de ordenar la tierra y los cultivos no sólo implicaba una manera eficiente de usar el espacio, sino también un medio satisfactorio de imponer orden en medio de un mundo natural, desordenado y salvaje, colonizándolo.410



Campesinos arando en Schmidtmeyer. El rústico método de arar el campo chileno fue un motivo de sorpresa para casi todos estos autores, así como la ausencia de cercados en los campos, que aquí aparecen proyectados hacia el horizonte.

Estos autores describieron el paisaje no cultivado con malestar, desazón e incluso irritación. Lo que se hace especialmente patente cuando la vista desde la distancia les prometió campos ordenados y productivos, por lo tanto hermosos, que una vez de cerca no eran más que campos salvajes y descuidados, donde las plantas y los árboles frutales habían crecido de manera espontánea sin el menor orden y simetría.

Esta visión o actitud hacia el paisaje agrícola comenzó a modificarse en Inglaterra a finales del siglo XVIII, con la difusión de la estética de lo pintoresco en Inglaterra, por autores como William Gilpin y Uvedal Price, quienes en términos generales propugnaron un cambio de mentalidad, en el cual el campo salvaje dejó de ser considerado como algo necesariamente desagradable o incómodo y comenzó a verse incluso con admiración en la medida en que era una manifestación de la naturaleza en su estado puro. Según Thomas, incluso con anterioridad a los últimos años de dicho siglo el paisaje salvaje dejó de ser estimado como un algo detestable y fue volviéndose algo que incluso podía llegar a percibirse como un medio de renovación espiritual para el hombre. Esta inclinación hacia el paisaje natural o salvaje, donde apenas podía percibirse la mano del hombre alcanzó su culminación en la estética del romanticismo.

En estos autores, que escribieron en el apogeo del romanticismo el campo salvaje sólo podía percibirse de una manera favorable dentro del marco señalado de lo pintoresco, que respondía a escenas rigurosamente tipificadas en la cual debían de reunirse determinados elementos propios de un esquema mental. Al margen de la escena pintoresca, toda la naturaleza, apareció representada como algo repugnante.

Esta noción de la oscuridad vinculada a lo salvaje, se asocia con aquella impresión manifestada por estos viajeros en la que viajar o internarse por el continente equivalía a retroceder en el tiempo, hacia un pasado indeterminado. Como si avanzar por un territorio inexplorado, o en penumbras, fuera equivalente a retroceder temporalmente hacia un pasado también oscuro. Existía, entonces la percepción de ir retrocediendo hacia un momento originario o a un caos primigenio, mientras avanzaban a través de un paisaje que exhibía las evidencias o vestigios de una convulsión o de una revolución que había modelado el espacio geográfico y social. Retrocediendo en el tiempo mientras penetraban por un territorio donde la civilización no había reclamado su señorío.

En ese momento imperaba una idea según la cual la sociedad se desarrollaba a través de etapas sucesivas, que se iban superponiendo y superando a lo largo del tiempo. De acuerdo a esta idea los pueblos americanos se encontraban situados en un estado de inferioridad con respecto de los europeos del norte, que se suponían situados en la cúspide del orden histórico y cultural. Esta superioridad, les transmitía a los súbditos del imperio británico esa especie de deber implícito de tener que “llevar civilización, opulencia e industria a cada parte del globo”411

La repulsión que les producía a estos viajeros el abandono de estos campos encerraba, sin embargo, una paradoja, ya que esta misma situación de abandono que tanto denostaban era la misma que les garantiza la disponibilidad de estas tierras para sus propias empresas. De modo que este abandono actuaba también como una justificación que legitimaba la intromisión inglesa. Mary Louise Pratt señala que esta contradicción, sería propia de aquellos a quienes denomina “exploradores de avanzada del progreso capitalista”, cuya misión era “codificar lo que ellos consideran atrasado y, según el vocabulario de la anticonquista, disponible para el progreso”.412





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