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Una cuestión de carácter


El propósito general de estos viajeros de obtener y entregar información sobre los territorios recorridos podía cumplirse entregando datos precisos acerca de hechos, es decir entregando información estadística contable y también determinando el carácter de los paisajes y los pueblos que visitaban. Para lograr este último objetivo todos estos autores recurrieron a un esquema conceptual proveniente del siglo XVIII que postulaba una relación de determinación entre la geografía y el clima y la constitución física y el estado moral de sus habitantes.413 Cada clima y cada raza tenían supuestamente un carácter determinado, que la mirada abarcadora del viajero estaba destinada a captar, incluso a partir de un encuentro fugaz y superficial. Buffon en su célebre Histoire Naturelle (1749-1804) determinó los modos de vida que la especie humana tenía en los distintos lugares del globo, haciendo eco de aquella máxima postulada por el Baron de Montesquieu que afirmaba que “el imperio del clima es el primero de todos los imperios”. Buffon consideraba que los diferentes climas eran los responsables de la producción de diversos tipos raciales y le asignó al clima del Nuevo Mundo la producción de una flora y fauna degeneradas.414

Esto ciertamente era una expresión del sentimiento de superioridad y hegemonía cultural que los europeos del norte415 sentían por sobre las demás razas de la tierra que se manifestó en toda clase de fórmulas generalizadoras, que en el caso del continente sudamericano derivaron en aquello que Mary Louise Pratt denominó como los mecanismos de la “anticonquista”, es decir la elaboración de un paradigma descriptivo que se “apoderaba del planeta de manera benigna y abstracta” permitiéndole al viajero de Europa del Norte ejercer su hegemonía cultural, preservando su inocencia, sin recaer en los vicios que se le atribuían al imperialismo español, conquistador de tomo y lomo, además de fanático y esclavista, y por lo mismo culpable y condenable. 416

Esta actitud, o forma de ver el mundo, era un corolario y a la vez un impulso para los procesos de investigación de las ciencias naturales417, pero también era una forma de responder a las expectativas que se cifraban entonces en la metrópolis sobre estos libros de viaje. Ya que cada viajero que partía a una de las remotas regiones sobre las cuales se cernía la hegemonía europea, tenía que regresar, en este caso a Londres, no sólo con un testimonio detallado de sus experiencias en tierras lejanas, sino también con noticias acerca del carácter de estos lugares y los población que los habitaba, de tal manera que su libro fuera una herramienta útil para el desarrollo de la industria y el comercio, que veía en aquellos lugares y sujetos, eventuales campos de proyección para su expansión cultural y mercantil.

En la descripción que hicieron estos autores de los pueblos del cono sur, se observa de manera evidente un prejuicio negativo generalizado hacia las razas mezcladas. Actitud que no fue privativa de estas experiencias sudamericanas, sino que un signo que caracterizó las incursiones inglesas de este período por otras partes del mundo.418 Por una parte, las medias castas o los criollos en general —que entonces y aún hoy constituyen la gran mayoría de la población americana— ofrecieron un gran desafío a este modelo mental donde las diferentes razas del mundo se caracterizaban según el clima o el medio geográfico, ya que la variedad de razas mezcladas: mestizos, mulatos, cuarterones, zambos, chinos, etc. hicieron de esta tarea un asunto mucho más difícil de lo que podían hacerlo las razas puras. Así al menos lo expresó Alexander Cadlcleugh cuando anotó que “si la población fuera compuesta de un solo color, el carácter dominante podría ser descrito con mucha más facilidad.”419

La descripción del carácter no tenía que recaer simplemente en los rasgos físicos o externos de los pueblos, sino también en aquellos aspectos de orden moral, y a pesar de todas estas dificultades y obstáculos estos viajeros igualmente aventuraron descripciones de lo que consideraban las características primordiales —o esenciales la mayoría de las veces— de los pueblos con los cuales se toparon. En general, la principal objeción que estos viajeros expresaron acerca de la “raza criolla” se basó en la herencia hispánica. Para los ingleses, los españoles eran un pueblo degradado por una serie de vicios, como su recurrencia a la tiranía y su filiación a una religión idólatra y la mayoría de los defectos que observaron en los criollos provenían de ellos o eran una consecuencia de ellos. Sus prácticas despóticas, su fidelidad a una religión supersticiosa o su negligencia o inhabilidad para educar a sus antiguos súbditos de manera adecuada. Los españoles, a juicio de estos viajeros, habían corrompido a sus súbitos americanos mediante instituciones, algunas de ellas infames, como la inquisición; otras autoritarias o despóticas, como el régimen de trabajo forzado y otras supersticiosas, como su forzada y pretendida a la religión de Roma. Esto es significativo, ya que en buena medida este aserto implicaba modificar aquel modelo de pensamiento que le atribuía al clima la determinación de las características propias de una raza, puesto que al advertir que estas características también podían deberse al influjo de instituciones, se desprendía que tal como las instituciones corrompidas habían sido capaces de degradar a un pueblo, nuevas instituciones virtuosas podrían elevarlo a una mejor condición moral. Alexander Caldcleugh da testimonio de estas actitudes, cuando hizo una crítica al legado hispano, y señalando, al mismo tiempo, que a pesar de todo el pueblo podía limpiarse. Este autor señaló que “al describir a los criollos de todas las partes del nuevo mundo, siempre ha sido la tendencia darles a ellos los vicios de la madre patria y ninguna de sus virtudes; y cuando se considera de que clase de personas estaban compuestas las primeras colonias europeas, principalmente de aventureros y criminales, tal vez por algún momento inicial la imagen dibujada de sus excesos de ninguna manera fue demasiado coloreada; pero es satisfactorio pensar, que una población puede como el agua sucia, ser limpiada con el tiempo y la tranquilidad, y hundiéndose las partículas gruesas hacia el fondo, surja una raza virtuosa…”420

John Miers es otro ejemplo elocuente de estas actitudes en sus lapidarios juicios respecto del estado moral de los chilenos. Dictaminó que, “la degradación moral del pueblo era algo increíble”, y que esta se debía en buena medida al “sistema intolerante en el que son criados, y es exacerbado por el terror que estimulan los sacerdotes y por el tiránico dominio ejercido sobre sus entendimientos: se les enseña obediencia implícita, decepción intolerable y absurdo fanatismo; cada sentimiento bueno y moral es podado al brotar; la industria humana y la ingenuidad son destruidos, por la creencia de que la confianza en la Virgen es más eficaz que la contribución al proceso de la naturaleza.”421 Tanto para Miers como para los demás autores de estos libros, los peores de todos los vicios que podían encontrarse en los criollos americanos eran legado hispano. Así, según él, los chilenos, “heredaron de los españoles su característica nacional prominente, un altanero orgullo en tiempos prósperos; un vil servilismo en la adversidad; tiranía hacia los inferiores, y obediencia pasiva a los superiores”. Los chilenos, según este mismo autor, “heredaron la ingratitud hispana en igual grado, y logran en su carácter nacional una adecuada ilustración del adagio que afirma que “para hacer de tu vecino un enemigo sólo tienes que hacerle un favor”.422

El encono con el que los viajeros ingleses denostaron al criollo sudamericano, tenían a modo de reverso una actitud entusiasta hacia los nativos. Es algo paradojal, ya que los indios también habrían podido hacerse merecedores de su desprecio por su estado de retraso y gracias al antiguo prejuicio negativo que existía en Europa hacia los nativos americanos. Helms ya había manifestado esta situación hacia 1790, al observar que “el criollo, un descendiente del colono español, es de una complexión café, y su grandes ojos expresivos indican la violencia de sus pasiones. En su carácter moral difiere de sus progenitores en casi todos los aspectos: y aun cuando ha nacido con un genio capaz de obtener cualquier cosa que ennoblezca a la humanidad; ya sea por una educación que ha sido descuidada en la mayor medida, él se vuelve flojo, licencioso, e burdo en su conversación; un hipócrita, e infectado con un fanatismo ciego y maligno. Tiraniza a sus esclavos, pero en general, por su desordenado amor por el placer, él mismo es dominado por sus mujeres mulatas o negras, que lo gobiernan de manera despótica. Es reservado e insidioso en el más alto grado, el juguete de cualquier pasión desordenada, inmoderadamente hinchado de orgullo, y mal dispuesto hacia todo lo que es europeo…Bajo el opresivo yugo de tales hombres, por siglos han vivido los indios, y consecuentemente anhelan las bendiciones de la libertad”.423

El criollo podía tener todos los defectos de los españoles y ninguna o casi ninguna de las virtudes que podrían haber obtenido de “sus progenitores” indígenas, que se reputaban prácticamente extintos. Esto en buena medida respondía a una revitalización del mito del “buen salvaje” y a una noción generalizada según la cual los indígenas de América habían sido exterminados casi en su totalidad por sus conquistadores424, de tal modo que sólo sobrevivían contadísimos nativos “puros” libertarios e independientes. Estos dos últimos aspectos fueron manifestados por el viajero suizo Peter Schmidtmeyer quien señaló que “...muchas de sus tribus están ahora completamente extinguidas, y las que todavía existen, están muy disminuidas” y al agregar que “...no puede decirse que los indios originales han pasado gradualmente a sus razas mezcladas y que hayan sido reemplazados por ellas; porque después del lapso de tres siglos, la proporción de estas últimas es al presente quizás solo de la décima parte, del número que de los primeros a la época de la conquista”. Esta desaparición de los indios puros fue otra señal de la crueldad española; algo que a ojos de este y otros viajeros era todavía más reprobable ya que estos conquistadores españoles se autoproclamaban abogados del cristianismo.425

Este entusiasmo hacia los nativos se concentró entre lo que estos viajeros llamaron los “indios pampa” y los “indios araucanos” y aquí el prejuicio positivo también emanó del desdén que los ingleses sentían por los españoles —y que aquí bien podría ser una consecuencia de ese refrán que dice que los enemigos de mis amigos son mis amigos, y los araucanos tenían una fama internacional de ser los más pertinaces enemigos que los españoles habían encontrado en sus dominios de América. Pero también corresponde agregar que esta apreciación positiva se tiñó por su condición de indios libres y no sometidos y por lo tanto virtuosos, un actitud que según lo observó Christopher Bayly tuvieron los ingleses ante otros pueblos nativos independientes del mundo426. Esto último en el caso de los pampas y los araucanos se manifestó en la admiración que produjeron en estos viajeros sus grandes habilidades como jinetes, que era un indicio de su vida libre e independiente. “La valiente nación de los araucanos, señaló Alexander Caldcleugh, ha resistido sola las armas y las lisonjas de los europeos. No es exagerado afirmar, que esta sola nación le ha costado a los españoles más sangre y riqueza que todas las otras que han caído bajo su yugo en este continente.”427

De alguna forma, tanto el desprecio que estos viajeros sintieron por la tiranía española, como la viva admiración con la que vieron la independencia de los pueblos nativos, pueden tomarse como corolarios del ideario romántico que repudiaba enérgicamente al despotismo de las autoridades centrales y ensalzaba los impulsos de libertad, independencia y autodeterminación local. Una noción romántica acerca de la raza que Bayly observó compartieron los ingleses ubicados otros rincones del Imperio Británico entre fines del siglo XVIII y las primeras décadas del siglo XIX. Así, según este autor, se estimó que “las razas libres, no corrompidas por la superstición y la dependencia y remanentes de una edad de heroísmo e inocencia, todavía habitaban algunas zonas de la tierra”. Esta condición les hacía merecer un cupo entre los planes ingleses, ya que según también observa este autor, estos pueblos, “también podrán volver su amor natural por la libertad en la búsqueda de la autosuficiencia a través de la industria”.428



Algunos de estos viajeros le agregaron a este entusiasmo, peculiares sentimientos de comprensión respecto de la situación de los indios, llegando incluso a manifestar una disposición de ponerse en el lugar de ellos, en un gesto de empatía que nunca manifestaron respecto de los criollos y su ánimo independentista. Schmidtmeyer, por ejemplo, al comentar algunas costumbres nativas, señaló que los “indios podrían también encontrar causa justa para reprochar mucha injusticia humana, en las instituciones y costumbres de algunas de las naciones más educadas” y observó que era necesario tener “la visión más verdadera y comparativa que sea posible del estado de la humanidad, sin la sombra que se ha arrojado sobre ella, por larga costumbre, prejuicios, y la propia presunción, después de lo cual los epítetos de salvajes brutos y bárbaros pueden muchas veces suavizarse o descartarse, y subsistir en la mente la impresión, de que se hará más justicia en nuestra estimación de todo elevando la gran proporción de la humanidad a la cual generalmente se extienden, y rebajándonos nosotros”.429 Head, por ejemplo, anotó que “después de ver la fertilidad y belleza de un país tan interesante, es doloroso considerar lo que han sido y todavía pueden ser, los sufrimientos de los indios. Cualquiera sea su carácter físico o moral, sean más o menos insignificantes en cuerpo o en mente que los habitantes del viejo mundo, todavía son seres humanos puestos ahí por el Altísimo; el país les pertenece, y por lo tanto ellos merecen la consideración de cualquier hombre que tenga religión suficiente para creer que Dios no ha hecho nada en vano.”430 Head señaló que tuvo poco tiempo y pocas oportunidades de ver muchos indios, pero por lo que dijo haber escuchado de ellos, “creía sinceramente que eran un grupo de hombres tan bueno como el que nunca existió en las circunstancias en las que se encuentran”.431 Como pueblo guerrero, a Head, los indios le parecieron admirables. Tenían un sistema militar que, a su juicio, nada tenía que envidiar a cualquier otra nación del mundo.432 “Su profesión —añadió— es la guerra, su comida es simple, y su cuerpo se encuentra en tal estado de salud y vigor, que puede levantarse desnudo de la planicie donde ha dormido, y sin inconvenientes mirar con orgullo su imagen, que la blanca helada ha marcado en el pasto”. Head llevó su entusiasmo al extremo de afirmar que “siempre lamenté mucho no haber tenido tiempo para lanzar lejos mis ropas y hacerle una visita a algunas de las tribus …Habría sido curioso haber observado a los jóvenes divirtiéndose en las pampas en tal estado de naturaleza salvaje, y haber escuchado los sentimientos y las opiniones de los ancianos.”433 Este mismo autor aseguró también que “tan pronto como lleguen las armas de fuego a manos de estos valientes hombres desnudos, ellos se dejarán caer sobre la escala política tan repentinamente como si ellos hubieran caído de la luna”.434 Este último comentario revela que su imagen de los nativos, así como la de otros de estos autores, estaba congelada en el pasado, ya que los nativos hacía ya bastante tiempo que habían incorporado las armas europeas. A esto, Head, añadió que por razones que escapaban a su comprensión, “las tribus salvajes y despreciadas de nuestro propio mundo muchas veces se han precipitado del polo hacia las regiones ecuatoriales, y como la atmósfera del norte, han helado y corregido los lujos del sur” y esto mismo debía esperarse de la unión entre araucanos e indios pampa, cuya hora todavía no había llegado, pero que era inminente. Tarde o temprano estos jinetes despreciados “montados en los descendientes de los mismos caballos que fueron traídos por sobre el Atlántico para oprimir a sus ancestros” iban a precipitarse desde las regiones frías a las que habían sido empujados en dirección a las zonas ecuatoriales y “con irresistible furia proclamaran a la conciencia culpable de nuestro mundo civilizado, que la hora de la retribución ha llegado”435

Las caracterizaciones establecidas por estos viajeros eran por lo general generalizaciones aventuradas y hasta descomunales, pero también podían ser sorprendentemente detalladas, tomando en cuenta que en la generalidad de los casos, estas caracterizaciones se dirigían a establecer comparaciones entre los diversos pueblos. Así, Caldcleugh, por ejemplo, detectó diferencias entre los caracteres de los habitantes de las distintas provincias de Río de la Plata, observando que el Santafecino, “es más salvaje, menos respetuoso de las leyes”…que el habitante de Buenos Aires y que el Cordobés, “es más industrioso”; tal como el habitante de Tucumán. En cambio, el oriundo de Santiago del Estero era “industrioso pero descontentadizo”, mientras que las provincias de Mendoza y San Juan, eran a su juicio “industriosas y mercantiles”436

Este impulso caracterizador debe relacionarse con la disposición que tuvo el viajero de este período por sumergirse en el “color local”, y consecuentemente de establecer “tipos locales” a partir de la descripción de costumbres, atuendos y artefactos, tales como adornos, arreos y otra clase de implementos más o menos ornamentales y vistosos. Un rasgo que es un corolario de la mirada pintoresca y que ha sido considerado como propia del viaje romántico.437 Así, los gauchos de la pampa, a pesar de ser unánimemente considerados como una “raza bárbara”, fueron admirados por su habilidad como jinetes y su amor por la independencia y la libertad. Samuel Haigh, señala que los gauchos viven arriba del caballo y que “no existe un ser más franco, libre, e independiente” para luego pasar a describir su atuendo, sus adornos, su montura y el lazo438, ensalzados como si se tratara de emblemas de su vida libre. Charles Brand, por su parte, afirmó que “los nativos de las Pampas son una raza de hombres notablemente buena y bien parecida, con rostros expresivos e inteligentes. Siendo impulsados por necesidad a ganarse la vida por sus propios medios ellos han adquirido un aire muy independiente; y al vivir casi siempre montados a caballo, se aproxima incluso a la nobleza. Sus buenas cualidades son muy notorias: trátalos educadamente y ellos siempre te retribuirán de manera mucho más allá de lo esperado (…) “Sus ideas son todo igualdad: el humilde peón, y mi señor, serán igualmente tratados por el simple gaucho con el título de señor”.439 Los peones chilenos, en cambio, en términos generales, les parecieron a estos viajeros peores jinetes, pero más cordiales que los gauchos, a pesar de su inclinación a sacar el cuchillo ante la menor provocación. Alexander Caldcleugh observó que “…los huasos son más avanzados en civilización que los gauchos de Buenos Aires, y tienen los vicios propios de ésta. En lugar de dejar que sus pasiones corran salvajes como el último, son lisonjeros y engañadores; y mientras en uno puede depositarse toda la confianza, poca o ninguna confianza puede ponerse en el otro. Engañar y no ser descubierto es la alegría del chileno, aun cuando tal vez nada pueda irritarlo hasta cometer un asesinato; sin embargo varios casos de robo cometidos con tal crimen han ocurrido en el centro de esta ciudad”.440

John Miers, a quien Mariano Egaña llamó “el más furioso denostador de Chile”, fue particularmente duro en su juicio sobre el carácter del chileno. Sus observaciones sorprenden en su detalle. Así, según él, “la dilación es algo inseparable del carácter del chileno”441; “no existe ningún patriotismo real entre los chilenos, ni son capaces de mantener algún sentimiento de desinterés hacia sus congéneres”442; “los insensibles chilenos, (demuestran una) universal falta de respeto por los muertos”443 y “tienen un tipo de astucia instintiva, que los lleva a cometer muchos actos de crueldad.”444

Tratándose de los limeños la perspectiva fue todavía peor. Robert Proctor, por ejemplo, comentó que “si caminando por las calles de Lima encuentras a un hombre con un rostro de un color amarillo pálido, espiando a través de un capote o una gran capa, que le rodea apretadamente la garganta, con un cigarro de papel en su boca, y un pequeño sombrero de ala angosta encajado en su cabeza, puedes estar seguro que se trata de un limeño. Si un hombre elegante bien vestido pasa a tu lado, si no es un europeo, él proviene de otros estados de la América Hispana”445 y Miers, por su parte, estimó que los pocos peruanos que habían, es decir la minoría no indígena, eran “afeminados, indolentes, y faltos de iniciativa”446

Un aspecto llamativo en estos diez libros es la atención que sus autores pusieron en las mujeres sudamericanas. Todos ellos parecen estar de acuerdo en considerar que las mujeres de estas latitudes eran sensuales, engañosas, perturbadoras y peligrosamente tentadoras. Vistos hoy día sus comentarios son obviamente sexistas; pero habría que considerar que ellos se basaban en la presunción imperante según la cual las mujeres de las latitudes del sur necesariamente compartían las características del clima cálido en el cual vivían. De tal modo que la coquetería, la sensualidad y el misterio invariablemente debían de rodear a las mujeres meridionales, convirtiéndolas en una amenaza latente para el viajero incauto proveniente del hemisferio norte. Joseph Andrews, observó, por ejemplo, que “las damas de Córdoba son adeptas al uso de sus buenos ojos, los cuales ellas saben como manejar con terrible efecto”447 y las habitantes de las pampas le parecieron tan salvajes como el escenario en el que vivían. Su impudor le resultó especialmente perturbador a Andrews quien describió lo que llamó “una escena de carácter único”, cuando vio desde la ribera del río como, mujeres “in puris naturabilis, se sumergían en la corriente”448 La escena le resultó pintoresca, ya que en su imaginación estas nadadoras se convirtieron en “ninfas del agua” como recién salidas de un cuadro de Claude Lorrain. Pese a que esta región no fue para Andrews, precisamente “el Jardín del Edén”, señaló que “si las hijas de Eva varían aquí en complexión, algunas de ellas ciertamente ilustran la inocencia de sus primeros padres antes de la caída”449

Las descripciones de Andrews llegan a ser novelescas hasta el ridículo. En estas mujeres el viajero vio “margaritas en sus mejillas” y observó que “sus ojos disparaban el brillo, no de pepitas de zafiro, sino que de esas de cristal negro, desde unos ojos negros como la muerte, tales como los que describe Byron. Sus sonrisas no eran engaños de artificio, pero poseían la recomendación de una simplicidad tan compleja como embrujadora”450 Samuel Haigh fue una víctima de estos mismos hechizos: el joven viajero describió a algunas de las jóvenes de la Pampa como “muy hermosas, su complexión de un rudo color oliváceo, con un destello de salud en sus mejillas” amén del mentado par de ojos negros. Cuenta como su corazón se reblandeció al mirar por primera vez a las hijas del encargado de la casa de postas. “Nunca había visto un rostro más simétricamente hermoso, sus grandes ojos lánguidos parecían emitir corrientes de luz, y el juguetón oyuelo de su mentón hacia que su mirada fuera muy cautivadora; ¡pero ay! “surgit amari aliquid”, su figura no era de ningún modo acorde con su rostro.”451 Sin embargo, la inocencia que demostraban estas mujeres a menudo no se encontraba en la mirada de sus espectadores. Head, cuenta por ejemplo una anécdota que le ocurrió mientras descansaba en un refugio en la pampa. Al dar la vuelta a la esquina se encontró con una “figura femenina moliendo maíz”, una joven de 16 años de edad que apenas estaba vestida con una “rústica enagua de lana”, y un poncho sobre sus hombros. “Tan pronto como aparecí frente de ella, cuenta Head, ella cerró su poncho por delante con una mano, y siguió moliendo el maíz con la otra: sin embargo, tan pronto como le hice algunas pocas preguntas acerca del maíz, ella comenzó a explicarme toda la operación seriamente y con gran ingenuidad, y trabajando el mortero con ambas manos, me demostró su arte con la práctica y la teoría, moliendo y explicándome, al mismo tiempo”.452 Tal como sugiere Head, al volver a moler el maíz con ambas manos la joven dejó de cerrar el poncho que la cubría y se concentró en explicarle, con total ingenuidad al extranjero que estaba frente a ella en qué consistía su trabajo, pero éste parecía haber estado más concentrado en su cuerpo que en conocer los detalles de la molienda.

El diagnóstico de la mujer urbana es muy distinto de aquel de las mujeres de los campos, a menudo confinadas al espacio de la casa y dedicadas a sencillas labores domésticas. Lo que más parece haberles impresionado de la mujer de la ciudad fue precisamente la libertad con la que salían de su casa y dejaban el espacio que les estaba naturalmente reservado para salir a deambular por las calles. Como señalé las observaciones de estos viajeros respecto de la mujer responden al mismo sistema de pensamiento que vincula las condiciones de la geografía y el medio ambiente no sólo con la fisonomía de sus habitantes sino también con su situación moral. Samuel Haigh, señaló por ejemplo, en relación con las mujeres de Buenos Aires, que muchas de ellas tenían muy buen aspecto, “y que algunas eran perfectas bellezas en el exquisito trazo de sus rasgos, sus complexiones son usualmente pálidas e inclinadas al oliva; la nariz aquilina, y hay mucha dulzura en torno a la boca. Los grandes ojos oscuros, por los cuales las bellezas españolas son merecidamente celebradas, ocasionalmente disparan hacia adelante una descarga de expresión que escasamente se encuentra en los climas del norte (…) pero nadie, que ha observado la gracia y facilidad con la que anda una dama de Buenos Aires, podrá por un instante dudar en expresar su admiración”.453 Pero el caso de las mujeres de Buenos Aires no podía extrapolarse a las de otros lugares y estos autores también llevaron sus caracterizaciones algo más lejos estableciendo comparaciones entre las mujeres de Buenos Aires, las de Mendoza, Santiago y Lima y una vez más, las limeñas se llevaron la peor parte. Para Samuel Haigh las damas de Buenos Aires, tenían “maneras similares a las de las europeas”454 y las de Santiago no sólo “son muy hermosas”, sino que además tienen “mejores complexiones que las de cualquiera que haya visto en Sudamérica”455 Pero este mismo viajero añadió más adelante una advertencia que puede ilustrar la opinión circulante entre los viajeros respecto de la mujer chilena. Señaló haberse visto en el deber de “contradecir la impresión que algunos viajeros han tratado de infundir en la mente del público, en relación con el estado de la moral en Santiago, particularmente en lo que concierne al bello sexo; no es cierto que este pueblo sea un lugar inmoral”.456



Imagen de dos tapadas limeñas en Travels in South America during the years 1821, 1822… de Alexander Caldcleugh, publicado por la editorial de John Murray en 1825

La mayor objeción que plantearon las limeñas, a los ojos de estos viajeros, se concentró en su vestimenta, principalmente en el estrecho manto que envolvía sus cuerpos, delineando su silueta y que les dejaba tan sólo un ojo a la vista. Este vestido resultaba ser la materialización de objeciones bastante más serias, ya que, de acuerdo a Robert Proctor, el manto “contribuye muchísimo a ayudarlas a llevar a cabo aquellas intrigas que su educación les ha enseñado a creer que son el principal objetivo de su existencia. La saya y el manto tienen la doble ventaja de mostrar una buena figura de la manera más excitante y de asegurar totalmente de ser reconocido a quien lo lleva.”457 El manto le proporcionaba a la mujer la ventaja de poder caminar libremente por la ciudad sin ser reconocida. Asunto que para estos autores fue un motivo de temor ya que la limeña gracias al parapeto que les proporcionaba su vestimenta podía desplazarse por la ciudad con la misma libertad con la que podía hacerlo un hombre. Así, Charles Brand se sorprendió de ver mujeres montadas a caballo “con un par de pequeñas espuelas de plata en el pie más pequeño que yo jamás haya visto” y le chocó ver a dos “mujeres elegantes —cómo podría decirlo— ¡fumando cigarros! Fue entonces cuando la saya y el manto se toparon con mi vista, de manera que en conjunto las novedades más sorprendentes parecían existir en las damas; y no puedo decir que haya admirado alguna de ellas ya sea montar de lado a caballo, fumar a través de un hermoso par de labios, una figura elegante exhibida a cada vuelta por el sayo y el manto. Ricos y variados eran los colores de estos últimos vestidos; pero no pude evitar compararlas con momias ambulantes, en lugar de la parte más bella de la creación”458 Esta capacidad de movimiento femenina proporcionada por el incógnito podía volverse algo peligroso para el varón desprevenido. Peligros que se manifiestan en esta anécdota contada por Alexander Caldcleugh: un inglés que estaba en Lima, mientras él estaba allí, observó una hermosa figura en la calle y se decidió a seguirla para conocer su domicilio. La siguió unas pocas cuadras y al entrar a su casa la mujer echo hacia atrás su manto; y “para su gran remordimiento descubrió una cara negra”459

Este modelo de pensamiento que planteaba la determinante influencia que ejercían la geografía y el clima en la constitución física y moral de los habitantes suponía, sin embargo, algunos problemas, que generaban contradicciones que ponían a prueba su propia eficacia. Uno de ellos se originó a partir de las observaciones que estos viajeros hicieron al caracterizar a los indios mineros. Algo que ya había notado Helms a fines del siglo XVIII, cuando observó que los indios trabajaban en las minas, en condiciones que ningún europeo sería capaz de resistir, ya sea por el clima, la altura, la falta de comida o el exceso de trabajo.460 Décadas más tarde Head también observó con sorpresa, la fuerza con la que trabajaban estos mineros nativos, señalando que ningún europeo tenía tal fuerza o podía trabajar tan de manera tan dura. Contrastó luego esta vida de trabajos forzados, en tan penosas condiciones, con la vida independiente del gaucho. “Cuando uno contrasta, señaló, su situación, con la vida independiente del gaucho, es sorprendente que ellos puedan continuar voluntariamente una vida de tal dureza.”461 Sin embargo, estas observaciones de Head le extrañaron s a Joseph Andrews, a quien no le parecía coherente que Head reconociera la gran fuerza física de esta gente y los presentara al mismo tiempo como seres de “aspecto miserable, cuyos semblantes pálidos y cuerpos exhaustos, parecían asimilarse con la escena que los rodeaba”.462

Las regiones meridionales con climas cálidos, se suponía que producían pueblos de un temperamento igualmente cálido, o incluso ardiente, como escribió Joseph Andrews, para quien los habitantes de estas regiones eran “fáciles de enojar, de fuertes pasiones, y cálidos en sus afectos y la amistad”. “En estos climas, concluyó Andrews, las pasiones, las virtudes y los vicios de la humanidad, son como una inundación de lava”.463 Sin embargo, esta idea se contradice con la afirmación compartida por la generalidad de estos viajeros de que el principal vicio o defecto de los sudamericanos era su indolencia y pasividad. Peter Schmidtmeyer observó esta contradicción al señalar que “los habitantes a quienes tuve la oportunidad de observar, consistían principalmente en criollos, y en razas mezcladas. Estas han sido representadas como muy apasionadas, pero no puedo pensar que sus pasiones, sean tan fuertes como las de los europeos del norte. Ellos son excesivamente crueles con los animales, pero esto se debe a la ausencia de sentimientos, más que al trabajo de las pasiones, y a la indulgencia con la que liberan su fuego interior” (…) Las pasiones fuertes podrán estimular brotes de afecto y de furia, pero una caricia dada a un niño, un caballo o un perro, es algo que jamás vi en Sudamérica. Parecen afectuosos entre ellos, pero son, yo creo, en cierto grado lo son de manera negativa o pasiva. En aquellas ocasiones cuando un hombre de la pampa se verá serio, uno de Chile podrá estar riéndose…”464

Un rasgo que acusó la generalidad de estos autores, entre los habitantes de esta región de Sudamérica, fue la indolencia. Para Caldcleugh, por ejemplo, no cabía la menor duda de que la moral de los bonaerenses “era muy por lejos superior a la de muchos estados europeos, aun cuando la indolencia de los nativos milita en gran medida contra este hecho.”465 Para él, “el general grado de indolencia que más o menos se esparce por todas las clases”, era el mayor defecto que podía mencionarse en estos países.466 Para Miers, por otro lado, “la indolencia de sentimientos” era “inherente al carácter chileno”467 y el mismo Joseph Andrews, después de haber hecho esa comparación del temperamento de los criollos con la lava ardiente, señaló que un buen tema para meditar sería encontrar las diferencias que había entre sus guías y sus mulas468. Si bien este juicio relativo a la indolencia fue un asunto compartido, su causa se atribuyó o interpretó de diferentes maneras. Para algunos esta indolencia era consecuencia de la falta de educación, mientras que para otros era resultado de la falta de necesidades, ya que la naturaleza y la relativa abundancia en que vivían estos sujetos hacían de cada esfuerzo no sólo algo innecesario sino que también molesto y humillante. “La gente, escribió Head, vive de lo que la naturaleza les da, sin la menor industria.”469 La indolencia también podía también deberse a la falta de población y al aislamiento. Todas estas distinciones permiten inferir que este rasgo del carácter era susceptible de modificarse y que, más que ser un rasgo esencial de la personalidad o la constitución física de estos pueblos o una consecuencia de la geografía, se debía a la historia y a las circunstancias en que se encontraban. Esto resultaba relevante ya que en general se asumió que el contacto con los ciudadanos ingleses habría de ayudar a esta gente, no sólo a explotar sus recursos naturales productivamente, sino también a mejorar su educación y su estado moral, en definitiva no sólo a mejorar su situación física, sino también el estado de sus almas. De modo que así tal como ciertas instituciones infames habían contribuido a degradar a los sudamericanos, instituciones nobles y elevadas deberían de ayudarlos a subir en la escala de la civilización.



Una observación curiosa respecto de este conocimiento del carácter de un pueblo la formuló John Miers cuando señaló que el Director Supremo chileno, Bernardo O’Higgins “manifestaba en sus medidas políticas un total desconocimiento de la naturaleza humana y del carácter chileno.”470 Curiosamente Miers creía saber aquello que O’ Higgins ignoraba, ya que, a juzgar por su libro, él parecía conocer cabalmente como era el carácter del chileno. Pero todavía más curioso es el hecho de que Miers, haya advertido que “la mayoría de los criollos de Sudamérica”, incluidos los chilenos, “son sorprendentemente astutos para apreciar el carácter de los individuos”. Este raro talento, que según Miers también era uno de esos rasgos distintivos del carácter de este pueblo, era algo natural o adquirido por la necesidad, ya que, los chilenos, “como aquellos habitantes de naciones más civilizadas no tienen la oportunidad de estudiar el carácter humano en libros o instrucciones derivadas de otros”.471 A partir de esta afirmación se desprende que captar el carácter de un pueblo, era un conocimiento que se aprendía a partir de libros y no necesariamente de la experiencia directa. Por lo mismo no, debiera sorprender, que en estos libros que tanto aluden a los caracteres locales, haya tan sólo dos pasajeras consideraciones respecto del idioma de estos países, y no es aventurado pensar que ninguno de ellos hablaba correctamente el castellano y que difícilmente pudo haberlo aprendido a lo largo del viaje —Schmidtmeyer confesó que mientras viajaba iba haciendo “pequeños progresos en el idioma español”472. Ello sugiere que ninguno de estos viajeros pudo haber sostenido una comunicación fluida con los locales que les hubiera permitido sustentar sus juicios en una base empírica de mayor validez.



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