Universidad de Chile


VI Observaciones políticas



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VI Observaciones políticas


Paralelamente con determinar el carácter de los habitantes de esta región, estos autores hicieron observaciones respecto de la situación política de los países en que estos sujetos vivían. Por lo general se trata de observaciones tendientes a determinar la estabilidad política de estas nacientes Repúblicas. Detalle que era una condición determinante para ponderar el avance de las especulaciones inglesas en ellas. Por esa misma razón todos estos libros contienen informes respecto de esta situación o breves noticias o resúmenes de los acontecimientos de la revolución de la independencia. Por lo general estos informes u observaciones adoptaron la forma de diagnósticos e invariablemente concluyeron con moralejas o consejos, y, en ocasiones también, con pronósticos o augurios. Algunos de estos diagnósticos son agrios, como es el caso del informe que hace John Miers respecto de Chile, pero otros son más amables e incluso esperanzadores. Algunos de ellos son drásticos pero también los hay flexibles, llegando a demostrar un notable grado de distanciamiento respecto de su propia cultura al analizar y comprender los fenómenos locales, asunto que llevó a algunos autores a formular observaciones positivas del estado político y cultural de los países sudamericanos, en detrimento de sus propios hábitos, costumbres e instituciones políticas. Sin embargo, es destacable que ninguno de estos viajeros dejó de hacer un llamado urgente al orden y a la estabilidad para las repúblicas del Cono Sur, aun cuando, en términos generales, sus diagnósticos hayan sido diversos y ofrecieran distintas respuestas a la pregunta de cómo deben organizarse estas nuevas Repúblicas. Estos llamados al orden, en términos generales, llevan a estos viajeros a sostener la necesidad que tenían todas estas repúblicas de proveerse de leyes y textos constitucionales capaces de proporcionarles un marco institucional de gobierno, que puedan de alguna forma mejorar el estado moral de sus ciudadanos. Algunos, como es el caso de Joseph Andrews473, caen en el habitual prejuicio de los países del norte de Europa según el cual los países meridionales, ubicados en las zonas cálidas del planeta, necesitarían de gobiernos autoritarios fuertes para contener los instintos naturales del populacho ingobernable y políticamente inmaduro. Otros, en cambio, exponen opiniones democráticas que sugieren que estos países no podrán llegar a un estado de civilización si unos pocos oligarcas reemplazan a las autoridades coloniales españolas. Peter Schmidtmeyer, señala por ejemplo, que la gran masa de la población de Chile permanece “sometida y en la ignorancia”, incapaz de formarse una opinión y elegir al tipo de gobierno que quiera o que pueda convenirle. Todas las tierras, agrega este autor, la riqueza, el comercio, el poder y la influencia, se encuentran repartidas en pocas familias, que para colmo se encuentran demasiado divididas respecto de la clase de gobierno que desean darse —monarquías, repúblicas, uniones federales; sólo están de acuerdo en que el actual estado político es demasiado imperfecto.474 Luego, este autor agrega que los viajeros europeos eran mirados como si provinieran “de un crisol, en el cual han sido ensayadas todas clase de constituciones y gobiernos durante los últimos treinta años” y se les preguntaba “cuál de todos ellos es el más puro, y que mejor se ajustará a su nueva situación”. Sin embargo, para él, el desorden era una consecuencia inevitable de los conflictos propios de la Independencia y sólo era una cuestión de tiempo y dinero lograr que las cosas llegaran a decantar. Resulta curioso observar como Schmidtmeyer utiliza metáforas o imágenes metalúrgicas (todas las cursivas son mías) para describir la situación de estos países. Se refiere también a que los “buenos moldes constitucionales”, aun cuando son necesarios no son suficientes para este propósito, ya que es necesario que la sustancia que se forme en ellos sea la adecuada. Para ello, según este autor, los hombres deberán hacerse “razonablemente buenos mediante una educación vigilante y ejemplos virtuosos”; de no ser así, agrega, “deberán fundirse, y refundirse una y otra vez, y los cuerpos políticos y morales así formados nunca serán firmes y duraderos...”475 Para Schmidtmeyer, Chile tenía excepcionales condiciones “para el mejoramiento”, ya fuera por sus ventajas naturales o por la capacidad de sus habitantes. El problema estaba en que la tierra, “sólo está reservada a unos pocos.”476 Una vez más se trataba de consecuencias funestas de los vicios del legado español, no sólo debido a la perpetuación de esquemas de poder despóticos, sino también al estado de abandono en el que los españoles mantuvieron y dejaron a sus antiguas colonias.

Este abandono de sus antiguos detentadores había contribuido a que el paisaje se encontrara en un estado ruinoso. Pero las ruinas se atribuían también a la acción de la revolución de la Independencia, que en general fue vista con suspicacia y desaliento por estos viajeros. En términos generales, este estado de abandono, ya sea consecuencia de los antiguos detentadores españoles como de los esfuerzos criollos por deshacerse de ellos, se constituyó en la piedra de toque para que surgiera lo que Mary Louise Pratt, llamó una estética negativa477, que actuó como una legitimación de la intervención inglesa ante el abandono y descuido general en el que se encontraba el continente.



Así, de acuerdo a estos autores, España había probado de manera palpable su incapacidad para levantar esta región de la oscuridad en la que se encontraba sumida, en dirección hacia la luz de la razón y el desarrollo industrial. Otros consideraron que sus titulares criollos carecían de la madurez necesaria para llevar a cabo sus designios. Ante este escenario político, sus riquezas naturales y sus habitantes se encontraban abandonados y desaprovechados. Era entonces el turno de los ingleses de ocupar el lugar de estos antiguos propietarios tan despóticos como inoperantes y de tutelar el avance de las nuevas autoridades. Para ello, los ingleses exhibían como credenciales su espíritu de trabajo y su desarrollo industrial, pero su hegemonía, a diferencia de la española, no iba a instaurarse por la fuerza de las armas, sino a través del comercio y la influencia indirecta. Fue aquí donde surgió con fuerza esta suerte de impulso vocacional que se asoma subrepticiamente en estos libros, en los cuales la civilización se esgrime como una noción que combinaba el impulso del desarrollo material con el progreso moral de sus habitantes. Es por ello que esta inoperancia que estos viajeros percibieron en los antiguos dominadores españoles, así como el estado de abandono y desaprovechamiento actual de las tierras, fue percibida con una sensación de malestar e incomodidad. Así lo manifestó Alexander Caldcleugh, cuando escribió que “era doloroso pensar qué gran proporción de las riquezas del Nuevo Mundo se había perdido por la ignorancia de los descubridores”.478 Toda esta retórica, sensiblera si se quiere, de dolor y tristeza, servía como una fórmula de compensación para el avance inglés y para alentar el impulso de hacer de estas riquezas desatendidas un patrimonio propio. Eso al menos deja en claro el capitán Head, cuando escribió acerca de la importancia de obtener información acerca de aquellos “países donde nuestro dinero yace enterrado”479, o como lo expresó Joseph Andrews, cuando anota que Inglaterra sacará provecho “de esa riqueza por la cual España hace tanto sacrificó su moral, su honor, y su humanidad”.480



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