Universidad de Chile



Descargar 0.97 Mb.
Página28/40
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño0.97 Mb.
1   ...   24   25   26   27   28   29   30   31   ...   40

Colonización


El comercio entre Inglaterra y las repúblicas del cono sur fue adquiriendo entre fines de la primera década del siglo XIX y la primera mitad de la segunda década, una creciente importancia. Sin embargo, según estos autores esta mejora sólo podría ser significativa en la medida en que las condiciones políticas internas garantizaran la mínima estabilidad para su pleno desenvolvimiento. Samuel Haigh, observó como en un poco más de un lustro el comercio británico en Buenos Aires había logrado aumentar, a pesar del estado de anarquía que había prevalecido en el país. Hacia “1821, señaló, había 320 barcos a fuera de Buenos Aires, de los cuales 114, eran ingleses; y en 1822, había 304, de los cuales 167 eran ingleses499, Robert Proctor, por su parte, vio que la caótica ciudad de Lima estaba llamada a ocupar, en tiempos de prosperidad, “un lugar de la mayor importancia comercial para Gran Bretaña”500, sin embargo, mientras tanto, las cosas no iban nada bien y tuvo que dejar rápidamente el país, “siendo tan poco próspero el aspecto político de los asuntos en Perú, en lo que concierne a la causa de la libertad, y habiéndose rendido a sí mismo el gobierno de una manera tan desgraciada”501

Para Peter Schmidtmeyer el principal problema estaba en el reducido tamaño del mercado chileno, que era incapaz de absorber las mercancías inglesas. Las ventas inglesas por lo demás sólo podían ser de un volumen insignificante. A su juicio, el principal obstáculo para esta expansión comercial radicaba en la concentración de la riqueza del país que se acumulaba en manos de unos pocos. “Muchos barcos de Inglaterra, después de vender aquí lo que pueden, zarpan de nuevo hacia la costa de Perú con la principal parte de sus cargas; y allí, no ha ocurrido pocas veces, que por la expectación existente de toda clase de medios de consumo, una gran cantidad de población se ha visto decepcionada”502

Buena parte de estos planes o propuestas de acción formulados por estos autores tomaron la forma de proyectos de emigración o colonización, más o menos concretos. La emigración les ofrecía la posibilidad de consumar este doble propósito de aprovechar los recursos americanos y al mismo tiempo de educar, casi por contagio, a la población local. Para Head el gran “desideratum” que tenían estos países era la llegada de población. De acuerdo a él, la escasez de pobladores sólo podría perpetuar el estado de cosas que estaba vigente al momento de su llegada, en el cual “las provisiones para vivir necesariamente se obtendrán con facilidad, y la gente permanecerá en la indolencia”. El aumento de población, en cambio acarreará más necesidades que impulsarán a los habitantes a trabajar más. A sus ojos, la emigración era sólo cosa de tiempo, ya que el excedente de población del Viejo Mundo “indudablemente se derramará hacia esos países, trayendo con ello diferentes hábitos, idioma y costumbres.”503

Joseph Andrews, por su parte, sugirió futuras inmigraciones de ingleses a Argentina.504 y cuenta que en el interior de las Provincias Unidas, “se propuso invitar la emigración desde Gran Bretaña, mediante garantías de territorio a cualquier compañía que pudiera establecerse correctamente en la provincia”.505 Peter Schmidtmeyer, por su parte en enero de 1821 le propuso al Director Supremo chileno, Bernardo O’Higgins, un plan de fundar colonias agrícolas formadas por familias suizas sacadas principalmente de cantones católicos. La proposición alcanzó a ser aprobada por el Senado en acuerdo del 9 de marzo siguiente, pero quedó sin efecto.506

Estas propuestas de colonización estuvieron revestidas de cierto carácter oficial al estar orientadas a proyectos masivos patrocinados por empresas particulares, o al ser respaldadas por los gobiernos locales, como fue el caso de las propuestas de Schmidtmeyer; pero, también adoptaron la forma de simples invocaciones o llamados genéricos dirigidos al lector metropolitano. Así Andrews, por ejemplo, invitó a todo aquel que quisiera asomarse por estas tierras y tuviera intenciones de medrar. En su camino hacia Salta, anotó que las condiciones de este territorio le ofrecían “una oportunidad a cualquier inglés industrioso con un pequeño capital para hacer una bonita fortuna en pocos años”.507

El establecimiento de las compañías mineras en tierras americanas satisfacía en parte estos planes de colonización, por cuanto implicaba la llegada de mano de obra inglesa. Se trataba de un rubro, que necesitaba de un considerable despliegue de esfuerzos físicos para levantar las minas abandonadas o por lo general subutilizadas, pero también, como señaló Andrews, requería trabajadores que tuvieran conocimientos metalúrgicos específicos para obtener provechos que de otra forma no podrían conseguirse. Esta clase de “conocimiento científico”, era necesario, ya que, según el diagnóstico de Andrews las montañas de los Andes todavía guardaban riquezas desconocidas que esperaban ser descubiertas y explotadas.508 El capitán Head viajó junto a una cuadrilla de mineros ingleses provenientes de Cornwald, que pretendían instalarse en tierras sudamericanas para trabajar sus minas y Andrews comentó en su libro de manera oblicua estos planes. Observó, que si se trata de traer “unos pocos mineros inteligentes de Europa, calificados en el conocimiento de producciones minerales”, debía traerse preferentemente técnicos alemanes que, a su juicio, eran “mejor versados que los ingleses en la producción de minas”; “más fuertes, pacientes, y constantes”, y “mucho menos delicados y puntillosos por minucias” que los mineros de Cornwald. Para Andrews, estos mineros eran “intratables si se les contraría en lo más mínimo. Armonizan juntos, “uno para todos”, pero no con extraños; y sus disposiciones y hábitos por ningún medio corresponden con el temperamento experimentado y placido y la disposición de los sudamericanos”.509

Es interesante notar que mientras estos viajeros intentaban darle forma a estos proyectos, el ministro plenipotenciario chileno en Londres, Mariano Egaña solicitaba a una compañía minera que se hiciese “cargo en Chile de abrir caminos, y componer especialmente el de la cordillera que conduce a Mendoza, haciendo al efecto sus especulaciones con el gobierno directamente”, siguiendo el ejemplo de otras compañías que se intentaba formar entonces para Colombia “con el objeto de abrir el istmo de Panamá, establecer la navegación por buques de vapor, y abrir caminos y canales…” Señaló, sin embargo que su propósito no era fácil de conseguir, aunque creía que la primera compañía de minas chilenas podía “tomar a sus cargo algunos de estos proyectos, según me lo han dado a entender”.510

A pesar de sus propios planes de traer mano de obra calificada europea a América, Peter Schmidtmeyer fue bastante escéptico de los resultados que pudieran esperarse de una empresa de tal naturaleza. En su libro escribió que “el establecimiento de extranjeros industriosos en Chile es indudablemente una gran ventaja, para un país tan poco poblado, y en el cual todavía hay recursos considerables, aun cuando parcialmente disponibles: pero sería todavía un beneficio más grande, extender el alcance para la industria a los mismos chilenos, y ofrecer a ellos tal incentivo y medios de mejoramiento que podrían evitar su emigración”511 Andrews, mientras tanto, creía que era más ventajoso aconsejar a los empresarios ingleses que dirigieran sus capitales a la zona antes de traer trabajadores inmigrantes. Del mismo modo antes de importar voluminosas maquinarías era preferible extender el alcance de la industria a los trabajadores locales. “Uno no puede dejar de lamentarse —señalaba— al ver en un país tan bueno, tantos objetos capaces de mejorar, y de dar sustento y comodidad a una numerosa población, así como riqueza al capitalista, abandonados en el suelo desaprovechados por falta de dinero para reinstaurarlos”512

No hay que olvidar que Andrews, escribía a la luz del fracaso de las compañías mineras y que su libro en buena medida es una reflexión en torno a esta experiencia fallida. A su entender, las minas de Sudamérica merecían una segunda oportunidad, ya que, “no porque Sudamérica al presente no posea (y esto es una suposición aventurada) el rango político ni el carácter moral, vamos a abandonarla a su destino, dejar todas los planes de beneficio recíproco de amabas naciones que puedan obtenerse de ella, dejar de tratar de recuperar nuestras perdidas ni mejorar esos admirables países por nuestra influencia y ejemplo”513 Sin embargo, para lograr estos planes era necesario un cambio de estrategia y, a juicio de Andrews, la clave de la influencia británica tenía que ser el aporte de capital. Estas ideas no eran nuevas, ya a fines del siglo XVIII, el alemán Zachariah Helms había hecho un diagnóstico similar de la situación. Antes de dejar Sudamérica este minero señaló: “debo, para información de mis lectores, dar unas pocas observaciones generales relativas a Buenos Ayres y Perú”. Según su informe, las minas de oro y plata, eran la principal fuente de riquezas de estos países, el comercio interior no era digno de considerarse y el comercio exterior, a que a causa de la falta de desarrollo cultural y la escasez de población, se encontraba en manos de los europeos. “Casi todas las minas en Perú fueron abiertas primero por desertores del ejército y la armada, marinos y otros vagabundos; y continuaron siendo trabajadas sin cumplir con las leyes y las regulaciones mineras”514 A continuación Helms añadió que las cosas mejorarían significativamente “si Perú, Chile y Buenos Aires tuvieran las mismas ventajas que el más poblado e industrioso reino de México, donde se han establecido bancos reales y privados para el apoyo e impulso, y adelantándole dinero a los trabajadores de ellas; y donde, al encontrarse menos alejadas de la madre patria, se presta una obediencia más estricta a las leyes y existe un mejor sistema de policía y economía”515

Resultaba entonces más conveniente dejar que los trabajadores nativos siguieran trabajando las minas en las condiciones precarias —o derechamente miserables— en que lo hacían, acostumbrados a pasar privaciones que los mineros ingleses jamás tolerarían y dejar que estos permanecieran en sus casas. Era más preferible que viajaran los capitales y dejar a los ingleses y las máquinas en casa, ya que se corría el riesgo de perderlo todo. Bastaba con “un desembolso prudente para remunerar a los mineros nativos, unos pocos mineralogistas astutos y mineros supervisores enviados desde Europa”.

Para Andrews el asunto radicaba en determinar quién iba a reemplazar a los antiguos propietarios de minas o a quienes habían ejercido como “habilitadores”, es decir a los españoles por ese entonces arruinados o desaparecidos. “En este asunto, agregaba, gira la principal cuestión de las ventajas mineras. ¿Quién restablecerá los principales suministros del viejo sistema español?”516 Los habilitadores, como explicó Andrews, no eran precisamente mineros ni propietarios de minas, sino “personas que hacen adelantos a los mineros para iniciar y efectuar sus operaciones”. John Miers en su libro también sugirió esta misma estrategia: “Las muchas asociaciones surgidas en Londres con la mira de trabajar las minas de Chile probablemente encontraran más de su interés tomar el papel de habilitadores, y no el de los mineros, porque descubrirán que los nativos pueden trabajar las minas con mucha mayor economía de lo que ellos posiblemente pueden. Esto yo lo podré demostrar cuando el tema venga a ser más minuciosamente detallado.

Nuestros compatriotas en casa están evidentemente engañados al imaginar que lo chilenos entienden poco del arte de la minería: al contrario, puede asegurárseles que son mineros muy diestros y eficientes, y no sólo producirán la veta en la superficie de la tierra a un costo mucho menor que otros, sino que también en sus procedimientos rudos y económicos, ellos extraerán los metales a un costo mucho menor”517

El entusiasmo de Andrews era incombustible. A su juicio, “la buena voluntad de los sudamericanos hacia Inglaterra es ilimitada, pero ellos no tienen todavía el poder para mostrarla de manera más explícita. Saquemos ventaja de estos gentiles sentimientos mediante una retribución adecuada”. De acuerdo a él, el comerciante, el artesano y el propietario de barcos, ingleses por su puesto, se hacían la siguiente pregunta: “¿por qué sus ganancias en el Nuevo Mundo disminuían en lugar de aumentar? ¿Por qué sus naves (…) no podrían también haber sido empleadas con los productos de la Industria Británica en el Pacífico? La respuesta a todas estas preguntas para él era “obvia”. El sudamericano está “exhausto”, “decepcionado”, por los recursos que ha debido anticipar en el pago de sus deudas. La guerra, además, ha despoblado el país y ha arruinado el capital que alguna vez tuvo. Las minas han permanecido abandonadas durante “este ruinoso tumulto civil” y el sudamericano “no tiene a nadie más que al extranjero para pedir ayuda y reanimar su industria interna”(…) “Sus minas no son burbujas: adecuadamente administradas y cuidadosamente supervisadas, sus ganancias serán seguras; no, ciertamente, por planes de apuestas en la bolsa de comercio, sin sentido, repentinos y flacos, y esperanzas de ricas ganancias casi antes que las minas puedan abrirse, sino que por un sistema de economía cuidadoso tal como se practica en Europa entre personas acostumbradas a aventurarse en empresas similares. Las pasadas burbujas de todo tipo involucraron en su vil carácter muchos planes de genuino valor para el país, que fueron igualmente correspondidos por el clamor popular… Así hemos dejado pasar la más favorable oportunidad de hacer que Sudamérica contribuyera exclusivamente en nuestro beneficio”518

Una vez que Andrews, recibió la noticia de que sus planes habían sido abortados en Londres, concentró sus acciones en el puerto de Coquimbo, ubicado en la región del norte chileno donde se concentraba la minería del cobre. Allí, Andrews se contactó con Jorge Edwards, uno de los pioneros de la banca chilena —y habilitador consumado— que llegaría a formar una inmensa fortuna. Según se desprende de los planes de Andrews para desarrollar “empresas mineras” y de sus propios escritos, no bastaba solo con tener un adecuado conocimiento de las riquezas mineralógicas existentes, sino que además era necesario conocer cabalmente la situación política de la zona y el funcionamiento de sus leyes y tribunales. En uno de sus apéndices, después de hacer una relación de la situación de la provincia minera de Coquimbo, Andrews hace lo que llama “unas pocas observaciones acerca del gobierno y la gente” del lugar. Del tono de estas observaciones se desprende el alcance y el carácter de su proyecto: observó que en Coquimbo “las leyes se administran completamente, y los castigos en los casos criminales se aplican de manera muy parcial. A las familias de influencia se les permite interferir demasiado con las decisiones de las cortes. Los chilenos son gente muy dócil y fácil de gobernar, particularmente los habitantes de la provincia, y uno puede viajar por ella muy solo sin correr el menor riesgo”519.





Compartir con tus amigos:
1   ...   24   25   26   27   28   29   30   31   ...   40


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal