Universidad de Chile



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La voz de los demás


No es usual que estos autores reproduzcan las opiniones o las percepciones que tuvieron los sudamericanos o los habitantes de estos territorios ante su presencia. Andrews, en este aspecto es una excepción, ya que en su libro cuenta del caso de un viejo jesuita en el interior del territorio argentino, que “llegó a la cámara de representantes, y poniéndose de rodillas, suplicó a los miembros de la manera más ferviente, que si valoraban su propiedad, a sus mujeres y sus hijas, o tenían algún respeto por su santa religión, deberían detener todas los avances, y evitar la admisión de herejes ingleses. Añadió que bajo la pretensión de la minería, ellos jugarán en América el mismo juego que han jugado en la India, y subyugarán a todo el país.”520 Si este jesuita vio a los ingleses como una amenaza, un gobernador de Salta, según lo consignó Andrews, manifestó una visión mucho más optimista, al señalar, que él y su gente, miraban “hacia las energías y poderosos recursos de Gran Bretaña para recuperar nuestros asuntos; para la ventaja mutua de ambos países”521 Esta última opinión resume la justificación que formuló Andrews para validar la interferencia inglesa en estos países sudamericanos, que podría ser descrita como un rescate, en el que por un lado se encontraba la naturaleza americana exhausta y por el otro se encontraba el carácter, la “energía” y los “poderosos recursos” inglés. Andrews sostenía que se trataba de un intercambio, en el que ingleses y sudamericanos, se verían beneficiados de manera recíproca. Los alcances de su proyecto se manifiestan en una curiosa escena ocurrida en Tucumán durante una reunión entre él y otros ingleses y algunas autoridades y personalidades de la región. Andrews describe esta anécdota en un tono sospechosamente teatral y sus expresiones son sorprendentes. Tomando la palabra en la asamblea, Andrews, se dirigió a la audiencia señalando: “Me enteré de un absurdo rumor que se ha hecho circular empeñosamente, literalmente, que los ingleses, bajo el pretexto de la minería, muy pronto tomaran posesión de todo el país. “Lejos”, dije yo, “¡Generosos tucumaneses! Lejos de desmentir tal propósito, debo empeñarme en establecer su veracidad. Los ingleses van a tomar posesión de su país, no, ciertamente, por la fuerza de las armas en contra del gobierno; sino que por una modalidad de conquista la cual será igualmente beneficiosa para y ellos mismos, al traerles los recursos de su capital e industria así como maquinarias para levantar los tesoros ocultos de las abandonadas montañas de ustedes, y para hacer fructíferas sus empobrecidas llanuras. Ellos tomarán posesión de su país al ponerlo bajo el dominio de un espíritu de diligencia, trabajo activo, y bien fundado sentido moral. Ellos tomarán posesión de su país cuando ellos se radiquen entre ustedes, mezclando la sangre inglesa con aquella de las justas y amorosas hijas de Tucumán”522

Según apuntó Andrews, su sorprendente alocución fue recibida con frenesí, e incluso con una ronda de brindis en honor a Lord Canning, a quien él mismo le dedicó sus escritos. En esta misma ocasión, Andrews dijo a los asistentes que: “Cuanto antes se establezcan los ingleses entre ellos, más temprano será beneficiado el cuerpo político por sus hábitos de industria y su completo ejemplo.”523 Como si sus palabras no hubieran sido lo suficientemente enfáticas, Andrews añadió que “la perseverancia inglesa, su industria y empresa, encuentran una llave para entrar en cada esquina del mundo. El nombre de Inglaterra, que los viejos españoles convirtieron una expresión de reproche en estas provincias, es ahora uno de respeto. La gente incluso en el centro de este remoto continente es más ilustrada y liberal, exhibe más inteligencia, y ya posee mejores nociones de lo que contribuirá al bienestar de su país, que el monarca y los consejeros del viejo país; y no está muy lejos el día cuando en perfecto conocimiento de la situación relativa en las naciones europeas, los tucumanenses aprenderán a mirar con desdén, la ignorancia e imbecilidad de los reyes de Indias”524

Las elocuentes expresiones de Andrews tenían mucho de cinismo en toda su desvergüenza tragicómica. Cuesta dejar de pensar que su insistencia al señalar que “los ingleses tomarán posesión de su país”, pudo haber sido recibida con razonable desazón por su público. Pero, a sus ojos, la intromisión inglesa era legitimada y justificada en virtud del propio carácter de los ingleses, es decir por su espíritu de diligencia, trabajo y bien fundado sentido moral. Por lo demás prometía beneficios compartidos, prometiendo que ambas partes quedarían contentas con el negocio. En su perorata, Andrews destacó su referencia a las mujeres de Tucumán y naturalmente se puede asimilar la situación de la naturaleza americana con la de los cuerpos de aquellas “justas y amorosas hijas de Tucumán”, tanto la naturaleza como los cuerpos serían poseídos por el espíritu de empresa inglés. Una posesión, que según advirtió, traería consecuencias benéficas para el cuerpo político del país, que se verá beneficiado con una vivificante y purificadora inyección de sangre inglesa. Ante esto resultan comprensibles las aprensiones del jesuita y sus llamados a salvaguardar la propiedad, las mujeres y las hijas de los criollos que lo escuchaban.

El mutuo beneficio prometido por Andrews, sólo podía funcionar a la luz de un proyecto civilizador eficaz, ya que de otra manera la ganancia de un negocio que proponía intercambiar recursos naturales por bienes ingleses no podría ser recíproca. Sin embargo, estas propuestas de intercambio eran estimuladas por los representantes de estas nacientes Repúblicas en Londres y mientras Andrews hacía su encendida arenga a los tucumanenses, al otro lado del Atlántico los plenipotenciarios americanos en Londres, como fue el caso del chileno Mariano Egaña y del argentino Bernardino Rivadavia, estimularon la formación de empresas similares a las que estos mismos ingleses estaban tratando de llevar a cabo en Sudamérica. Los esfuerzos de Egaña por dirigir mano de obra calificada y capitales europeos hacia Chile, hacen que la retórica propagandística de Andrews sea algo más que un monólogo dirigido a la pared, ya que testimonian que sus palabras tuvieron eco entre las autoridades de aquellas tierras, que pretendían propósitos concordantes.

A pesar del entusiasmo de las palabras de Andrews y de otros de estos autores, hubo también algunas notas disonantes. Como aquella propuesta por Alexander Caldcleugh, quien, luego de sostener que la aplicación del capital a las minas chilenas sólo podrá resultar beneficiosa en la medida en que estos países se establezcan, y den “perfecta seguridad a la propiedad”, observó que no habría que perder de vista que si todas las minas se trabajaran debidamente, era más que probable que la plata llegara a Europa a un precio muy bajo.525 Otro tanto ocurrió entre algunas autoridades locales chilenas que vieron con recelo a las ambiciones inglesas. El ministro de exterior Ventura Blanco, por ejemplo, le escribió Egaña, respecto de su propuesta de establecer un banco con capitales ingleses en Chile, señalándole, que “los ingleses, por una fatalidad necesaria, se han apoderado ya de todas las fuentes de riqueza y prosperidad de nuestro país, y si a esto se agrega el único recurso que casi queda a sus naturales, cual es el establecimiento de un banco, en que cuando menos tengan las dos tercias partes de acciones, en vano nos gloriaremos de haber roto la dependencia de la antigua metrópoli: otra no menos fuerte, aunque menos directa, y más solapada, sustituirá a aquélla, y el monopolio español habrá cambiado sólo de nombre”.526

Sin embargo a pesar de estos planes propuestos con tanto ardor, el libro de Andrews y otros más terminan con notas de melancolía y remordimiento. Andrews, incluso consideró que su libro era el testimonio del fracaso de sus ilusiones. Lo que se desprende del exagerado patetismo de expresiones desesperanzadas como esta: “¡Ay! El semblante británico, el cual todos esperábamos profunda y mutuamente que resplandeciera sobre su país, y que operara como una palanca movilizando sus energías, al levantar sus tesoros escondidos, ha sido denegado. Los gérmenes de industria, que se esperaban echaran raíces en su lujuriante suelo, no han germinado. Mi indecible pesar se ha mezclado con su pesimismo, el balance es entonces igual; y si pudiera pedir un deseo yo preferiría, que el documento que prometió tales esperanzas hermosas y fútiles, pueda en justicia ser destruido, en lugar de ser preservado como un monumento visible de reproche”527





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