Universidad de Chile


I ¿Quiénes eran estos viajeros? Contextos biográficos y políticos



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I ¿Quiénes eran estos viajeros? Contextos biográficos y políticos

Los primeros


Entre finales del siglo XVIII y las primeras dos décadas del siglo XIX, Inglaterra alcanzó una expansión de su alcance internacional, llevando a sus prácticas imperiales a un estado de culminación, al mismo tiempo que consolidaba su nacionalismo puertas adentro. Entre 1790 y 1830 el Imperio Británico se constituyó en la expresión de una Nación Estado fortalecida, que operaba a nivel internacional, animada por los principios generales de protección y glorificación de la corona, la iglesia anglicana, el “common law” y el comercio marítimo. Todos los rincones del mundo fueron testigos de un crecimiento del poder británico9 y hacia la década de 1820, tal como señala Linda Colley, esta dominación se había expandido de manera dramática hasta abarcar la quinta parte de la población del globo.10 Mientras tenía lugar este proceso, gran parte del mundo vivió una aguda realineación de sus mercados, lo que modificó sustancialmente su situación económica. Los antiguos mercados habían colapsado a consecuencia de las guerras napoleónicas y se introdujeron otros nuevos, en un momento en que las demandas del Estado Británico habían aumentado muchísimo a través del cobro de impuestos y otras requisiciones extraordinarias. Sin embargo, el crecimiento acumulativo de estas presiones internas fue sólo parte de un cambio estructural más profundo en la economía internacional. Una fuerza crítica en este cambio, fue la irrupción de la revolución industrial inglesa.11 Las guerras napoleónicas habían cerrado abruptamente los mercados europeos, lo que actuó como un intenso incentivo para que los artesanos ingleses redoblaran sus ventas en dirección hacia mercados más lejanos, particularmente hacia las dos Américas y Asia.12

En ese contexto general, de expansión tanto territorial como mercantil, el progresivo desmantelamiento del Imperio Español en América iba ofreciendo un campo fértil para la especulación y la empresa comercial británica. El oro, la plata, el cobre y muchos otros minerales atesorados en las montañas de la Cordillera de los Andes, fueron una suculenta carnada que atrajo a aventureros, científicos y empresarios europeos a estas remotas regiones del planeta. Ambiciones, que por lo demás eran bastante antiguas. Sus raíces se remontaban hacia fines del siglo XVI.

Tan pronto como llegaron a Londres las noticias de que los mercados sudamericanos se habían abierto al comercio exterior, el mercado inglés reaccionó de manera casi inmediata. Inglaterra vivía entonces un verdadero frenesí financiero a causa de la calma que trajo el fin de las guerras napoleónicas. Esta paz continental, había dejado además a multitudes desmilitarizadas que se enfrentaban con la posibilidad abierta de encontrar un nuevo destino en horizontes diferentes a los que hasta entonces había permitido la gloria militar en la guerra contra las fuerzas de Napoleón. Como señaló de manera elocuente el desatacado historiador y americanista Robin A. Humphreys: “La puerta estaba abierta al comercio exterior y a la inversión de capital, y la visión era arrebatadora. En los años posteriores a 1815, una Europa extenuada por la guerra vio en las fabulosas tierras del imperio español un nuevo El Dorado…El interés en Latinoamérica había crecido sostenidamente entre los días del Asiento y la Compañía del Mar del Sur, de Anson y Vernon, y aquellos de la invasión de Buenos Aires, y de Popham y Baird.”13 Humphreys añade a continuación que tal vez nunca antes, en Inglaterra haya existido una confluencia semejante entre una demanda tan generalizada por obtener información acerca de un área tan vasta como el continente Americano y una oferta proporcional tan generosa de esta, como la que se presentó en la década de 1820.

El pivote en torno al cual pueden hacerse girar esta confluencia de necesidad de obtener información y el impulso de proporcionarla, fue la formación de diversas compañías mineras americanas en el mercado londinense. Fueron precisamente estas empresas las que hicieron crecer de manera significativa la necesidad de obtener información confiable sobre esta región de América. Muchas de estas compañías enviaron emisarios y agentes hacia Sudamérica con la misión de reconocer las minas y de asegurar yacimientos explotables en los que iba a concentrarse la inversión inglesa. América volvió así a ocupar un lugar preponderante en el horizonte de la imaginación británica y en el horizonte de sus expectativas de inversión comercial y lo que pretendo demostrar, en las páginas que siguen, es que sobre estas antiguas historias de la riqueza americana, en ocasiones demasiado exuberantes, se posó una compleja trama de ambiciones imperiales británicas y una red de intereses que apuntaban en dirección hacia el sur. Ambiciones, que tomaron la forma de presiones comerciales, que a su vez se posaron con todo su peso sobre las urgentes necesidades económicas de estas nacientes repúblicas, que se encontraban institucionalmente desajustadas a consecuencia de la crítica transición que significaba pasar de un régimen colonial a una autonomía republicana. Estos dos procesos relacionados le dan especial significación a los términos de “especulación” y “crédito”, que además de tener una dimensión financiera y contable, tienen también una connotación asociada a la formación, construcción y circulación de imágenes o de un imaginario. De modo que las nociones de especulación y crédito aluden tanto a expectativas de inversión y beneficio económico como también pueden ligarse, metafóricamente, a la construcción de castillos en el aire y a una confianza que se deposita en quimeras y fantasías igualmente ficticias.

El primero en llegar a Sudamérica, de los viajeros estudiados en este trabajo fue el agente de comercio Samuel Haigh, quien desembarcó en La Plata en 1817. Todo parece indicar que no tenía ni veinte años cuando hizo su primer viaje a América del Sur. Samuel Haigh viajó a instancias de un grupo de comerciantes de Londres, “para encargarse de la administración de un barco mercante de considerable valor, que debía de desembarcar en Chile” y formaba parte del primer contingente de comerciantes ingleses que zarpó hacia el Cono Sur, poco después de que las noticias del triunfo de las tropas de San Martín y O’Higgins en la batalla de Chacabuco llegaran a Londres14. Como el mismo autor relata, a su llegada a Santiago o Chile, porque para él la ciudad equivalía a Chile15, se encontró sólo con 12 ingleses, “la mayoría de ellos había llegado desde Buenos Aires después de la batalla de Chacabuco y todos estaban dedicados al comercio, con la excepción del médico Nathanael Cox”.16 En el puerto de Valparaíso, entonces residían sólo dos ingleses. Once años más tarde el número llegaría a casi 2.00017.

Samuel Haigh se dirigía hacia el Pacífico por tierra desde Buenos Aires, atravesando la Pampa y la Cordillera, acarreando un montón de muestras, que habrían sido muy valiosas para arriesgarlas en un naufragio en las aguas del extremo austral. El resto de las mercaderías de las que era responsable viajaban en un barco que hizo el trayecto a través del estrecho de Magallanes. Haigh relata que iba camino hacia un mercado nuevo, en gran medida desconocido, henchido de “grandes expectativas”, ya que como él mismo afirmó, “los nombres de Chile y Perú eran casi sinónimos de oro y plata”.18

Haigh hizo tres viajes a Sudamérica. En 1819, de regreso a Santiago, Haigh vendió toda su carga de mercaderías a crédito con un buen recargo del precio original. Su primer viaje no le había dejado mucho tiempo para recorrer el país, y en esta segunda visita el joven inglés pudo recorrer algo más. Llegó hasta los baños de Cauquenes, no muy lejos hacia el sur de la Capital de Chile, con el propósito de curar sus achaques con las aguas termales.19 El 10 de Octubre de 1821, estaba nuevamente de regreso en Inglaterra, donde permaneció hasta finales del año 1824, cuando “…asuntos de naturaleza comercial hicieron absolutamente necesario su regreso a Sudamérica”.20 Entonces, una vez más debió salió desde Buenos Aires con rumbo a la pampa y el 15 de marzo de 1825 emprendió otra vez su travesía a Chile, pero esta vez extendió su ruta hacia el Perú, con destino a Arica y luego Arequipa, donde tenía un establecimiento comercial.21

Mientras Haigh regresaba a Inglaterra por primera vez, después de una estancia de año y medio en Chile, llegaba a Santiago, en mayo de 1819, el inglés John Miers quien había sido invitado por Lord Cochrane, entonces almirante de la armada chilena, para que se le uniera en una empresa de refinería de cobre. Miers, que entonces tenía alrededor de treinta años, había trabajado en el taller de joyería de su padre, pero su formación era científica, y hoy se le recuerda como un ingeniero, que demostró haber tenido grandes intereses en minería y especialmente en botánica.

John Miers, salió de Inglaterra acompañado de su mujer embarazada y de otros miembros de su familia, además de algunos ingleses contratados en Chile por el mismo Cochrane como fue caso del doctor Leighton, quien viajaba para asumir el cargo de médico de la pequeña escuadra nacional. El grupo de viajeros llegó a Buenos Aires en marzo de 1819 y siguió su camino con rumbo a Santiago, a través de la misma ruta que tomó tres veces Samuel Haigh, atravesando la pampa y la cordillera. Allí, en medio de la cordillera, en el refugio de Villavicencio, la mujer de Miers dio a luz a su hijo y el grupo de viajeros se dividió. La crudeza del invierno hacía desaconsejable que una mujer recién parida prosiguiera el viaje, tomando en cuenta que el parto mismo había sido una ordalía, así que se quedó allí por un tiempo y regresó luego a Mendoza. Miers, por su parte, prosiguió con algunos miembros del equipo, con bastante prisa porque mientras cruzaban la cordillera, un barco con maquinarias cruzaba el Estrecho de Magallanes y él tenía que estar a tiempo en Valparaíso para recibirlo. La inminente llegada del invierno era también un poderoso incentivo para acelerar la marcha. Para trasladar sus máquinas, Miers había contratado al bergantín mercante “Williams”, capitaneado por William Smith. A su llegada a Valparaíso, Miers supo de primera fuente que Smith había descubierto el archipiélago antártico de las islas Shetland del sur22. El capitán Smith se había internado en el Mar de Drake, mientras cruzaba el Cabo de Hornos, en busca de vientos favorables para poder remontar hacia la costa chilena del Pacífico. Fue entonces cuando descubrió la isla Livingston, parte de las Shetland del sur, en un descubrimiento que permitió el desarrollo de una intensa cacería de lobos marinos, principalmente a manos de marinos ingleses23.

John Miers llegó a Santiago a fines de mayo de 1819 y a su llegada fue recibido hospitalariamente por O’Higgins, entonces Director Supremo, quien le aseguró la protección del gobierno para sus proyectos. Sin mayor demora, Miers se dirigió a Valparaíso y se estableció en el pueblo costero de Concón, algunos kilómetros al norte de dicho puerto, en la desembocadura del río Aconcagua, lugar que le ofrecía una vía de comunicación marítima no demasiado lejos de Coquimbo donde se encontraban las minas de cobre más cercanas y abundante agua dulce. Las operaciones de refinería de cobre de Miers, destinadas a refinar y manufacturar revestimientos de cobre para barcos de América e India, se truncaron al poco andar por dificultades administrativas, o como él mismo señala, “por los obstáculos que pusieron en su camino los principales agentes del gobierno y los particulares poderosos”. El terremoto de 1822, que destruyó buena parte del puerto de Valparaíso, dañó considerablemente sus instalaciones y contribuyó a desmoralizarlo todavía más. Para recuperar el dinero invertido en tanta máquina inutilizable el diligente Miers resolvió construir un molino de harina “a la manera inglesa” y así vender este producto en Valparaíso. Se trató, según recuerda, de “una pieza de mecanismo muy perfecta, y según creo, la primera de esta especie construida en Sudamérica”. En esta primera estancia en Sudamérica Miers recorrió extensamente la zona central de Chile, el distrito minero de Coquimbo y también viajó a Perú.24

Después de lidiar algunos años más con la mala suerte y los chilenos en los tribunales, Miers decidió regresar a Inglaterra, donde fue contratado por autoridades del gobierno de Buenos Aires para levantar en aquella ciudad, “la maquinaria para una casa de moneda nacional”25.

Antes de partir John Miers dejó en imprenta su libro “Travels in Chile and La Plata Including Accounts Respecting the Geography, Geological Statistics, Government, Financial, Agriculture, Manners and Customs and the Mining Operations in Chile Collected During a Residence of Several Years in these countries”, obra que presentó como el resultado de sus observaciones hechas a lo largo de varios viajes desde Chile hacia lo que entonces eran las Provincias Unidas de La Plata entre 1819 y 1824. Sin embargo su obra, además de ser un relato minucioso y pormenorizado de los incidentes de sus viajes —fundamentalmente en su primer volumen— es una descripción de la situación geográfica del país y un agudo recuento de la situación social y política chilena, incluyendo el estado del comercio, la industria manufacturera, sus recursos, su sistema administrativo y antecedentes de su historia reciente. Para ello, Miers no sólo se basó en sus observaciones, sino también en numerosos datos provenientes de las más diversas fuentes, incluyendo entrevistas con personeros de la época, como O’Higgins, San Martín y Freire.

En general el trabajo de Miers puede considerarse como una larga diatriba contra Chile o una acerba crítica a su situación política y social y a la decadencia moral de su clase privilegiada. Su libro, como se verá pronto, tuvo importantes consecuencias.

La acritud del testimonio de Miers sobre Chile podría atribuirse al rotundo fracaso de sus operaciones, que como él mismo señalaba no se debieron sólo a accidentes sino que a las maquinaciones de autoridades y particulares que le hicieron la vida imposible, sin embargo no es justo considerar a su obra sólo como una consecuencia del resentimiento, ya que él mismo manifestó su intención y su empeño en sustentar sus observaciones con acopio de documentos y pruebas testimoniales. El eje de sus invectivas se encuentra en el capítulo XVIII del segundo tomo de su obra, donde Miers incluye sus observaciones sobre la “reserva y recaudación” del país, aludiendo a su situación financiera y a sus relaciones con los ingleses, haciendo acusaciones graves respecto de las autoridades locales, que se detallarán a continuación.26

Miers celebró que Chile hubiese podido contribuir a la liberación del Perú recurriendo a sus escasos fondos, pero añadió que esto no se habría logrado sin la ayuda de los comerciantes ingleses que ofrecieron al gobierno préstamos en dinero cuyo pago se les garantizó mediante pagarés que más tarde se hicieron efectivos en la aduana a cambio de la liberación de derechos aduaneros en la importación de productos ingleses. De esta manera, añadió: “el gobierno, en gran medida, se volvió dependiente de extranjeros, y, en sacrificio de sus intereses, fue obligado a hacer la vista gorda ante las connivencias que existían entre estos y los oficiales de aduana, que eran los mismos organismos a través de los cuales se llevaban a cabo las grandes transacciones del contrabando, en las cuales muchos agentes del gobierno estaban notoriamente comprometidos”27.

Según observó el autor, desde la apertura de los puertos chilenos al comercio exterior, la principal rama de recaudación fiscal fue el producto de los derechos de aduana, a pesar incluso de las grandes sumas de dinero que se filtraban debido al contrabando. De modo que estos préstamos significaron que el gobierno hipotecara su principal fuente de ingresos. Fueron tantos los billetes pagaderos en la aduana que se emitieron que estos llegaron a superar el monto de dinero disponible en las arcas del gobierno, de manera que la única forma que tuvieron los particulares tenedores de estos títulos de conseguir dinero en efectivo fue vendiéndole estos títulos a los comerciantes ingleses, quienes los compraban con un significativo descuento para luego obtener su pago total en descuentos de derechos aduaneros28. Esto, sumado a la mala utilización de los recursos fiscales disponibles, habría llevado al gobierno prácticamente a la ruina, obligándolo a tomar medidas de emergencia tales como la confiscación de propiedades eclesiásticas. Según este testigo inglés esto habría podido aliviar el problema, pero sus productos se dilapidaron a merced del favoritismo y las influencias de los grupos de poder. El diagnóstico de Miers fue demoledor: enjuició en los peores términos la conducta de la clase gobernante chilena que ayudó a estrangular el erario nacional en su propio beneficio.

A su juicio, en Chile no podía esperarse “un avance sólido mientras sus escasos recursos sean tragados así; ninguna medida benéfica podrá adoptarse mientras la gran ignorancia y los prejuicios intolerantes de incluso sus personajes más encumbrados se opongan a todo progreso útil”29.

En este escenario de crisis surgió el engorroso asunto del empréstito que el gobierno chileno se vio obligado a contratar con el mercado inglés. John Miers dedicó varias páginas de su libro a este asunto, e incluso podría decirse que este fue uno de los principales pretextos que justificaron la publicación de su libro.30



Valparaíso entre 1820 y 1821, en una lámina proveniente del libro de Alexander Caldcleugh, Travels in South America during the years 1819-20-21 containing an account of the present state of Brazil, Buenos Ayres, and Chile. Con los años el número de embarcaciones iría aumentando de manera significativa.





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