Universidad de Chile


IX El Desengaño y el Imperio



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IX El Desengaño y el Imperio


El sentimiento de frustración o derrota que se encuentra en estos libros también puede atribuirse al desengaño que manifestaron sus autores tras su primer encuentro directo con Sudamérica, en la medida en que estos libros revela que habían grandes expectativas respecto de estos países, que en buena medida se destruyeron tan pronto como estos viajeros llegaron. Esa es precisamente la expresión que utiliza Samuel Haigh al comienzo de su libro, cuando señala que en Inglaterra existían “grandes expectativas”564 respecto de la región y que “los nombres de Chile y Perú eran casi sinónimos de oro y plata”. Sin embargo el mismo Haigh concluyó su libro admitiendo que “los mercados sudamericanos han sido muy exagerados” y que era “muy difícil obtener ganancias favorables” de ellos.565 Impresiones similares a esta, que evidenciaban el tamaño de las expectativas para luego manifestar desaliento y desengaño, se repicaron en los demás libros, particularmente respecto de Chile. Alexander Caldcleugh, por ejemplo, señaló haber encontrado “el estado político y minero del país exactamente al revés de lo que esperaba al salir de Inglaterra”566 y Robert Proctor al ver el territorio de lo que llamaba Chile, desde los Andes, observó “que a partir de lo que había leído en relatos de otros viajeros” creyó que podría “extender mi vista hacia Chile, descrito como el país más rico del globo, desplegado a nuestros pies como un mapa, y recompensando nuestros esfuerzo con infinitud y exhuberancia de sus vistas. Me decepcioné mucho al encontrar una realidad muy opuesta.”567. John Miers, por su parte, habló desdeñosamente de “las nociones que se sostienen en Europa respecto del hermoso país de Chile”568 después de que había advertido que “ha sido la práctica de todos exagerar en gran medida cada cosa conectada con Sudamérica, y tomará bastante tiempo para que se remuevan las impresiones falsas que circulan en el mundo acerca de la naturaleza general y local del país. Fantasmas de riqueza y poder, y de influencia, han sido creados para alimentar la codicia de los españoles; la población, los recursos, y capacidades de la tierra han sido magnificadas en cada punto para continuar con esta decepción. Ningún recuento de los países podía publicarse sin la aprobación de la Corte de España; y se recurrió a todos los expedientes posibles para permitir que los españoles individualmente obtuvieran provecho del sistema colonial; mientras para mantener la distinción o influencia de la madre patria, se ofreció toda la oposición y degradación posible a los criollos. Toda la población se mantuvo en la mayor ignorancia y atraso posible. Este engaño ha sido continuado por tres siglos; pero ha llegado el momento de desenmascarar al esqueleto del mago, y remover el oro de los tesoros imaginarios y paraísos inventados del nuevo mundo.”569

Buena parte de las nociones que tenían estos viajeros sobre esta región de América, estos “fantasmas de riqueza” de los que habló Miers, provenían de lecturas que habían hecho antes de partir. Peter Schmidtmeyer, dio un indicio de esto último al señalar que “una de las preparaciones necesarias para visitar países extranjeros, particularmente aquellos que son lejanos, es procurarse respecto de ellos tanta información como sea posible”. Después de haber leído todo cuanto ha podido acerca del país que va a visitar, el viajero, agregó Schmidtmeyer, se encontrará “capacitado para impartir algo de su conocimiento a los habitantes, quienes, aun cuando estén ellos bien informados, muchas veces aprenden ellos mismos lo que ignoraban de su propio país. Pero esto puede apenas suceder en Chile y sus Andes. Yo y también muchas personas a quienes encontré allí, sentimos mucha sorpresa y decepción de la inexactitud de muchos de los relatos existentes sobre aquella parte de Sudamérica”.570

Es curioso, que Schmidtmeyer pretendiera que el viajero llegara al país de su destino dispuesto a enseñarle a sus habitantes todo aquello que ellos ignoraban de su propio territorio, tal se suponía que era el estado de ignorancia en el que estos se encontraban. Sin embargo, en el caso de Chile, incluso esto resultaba inútil, porque tanto este autor como los demás, consignaron que la información disponible sobre dicho país era muy inexacta y exagerada. Todos los autores que manifestaron su desengaño hicieron una crítica similar a las fuentes de información que habían consultado antes y durante su viaje. Robert Proctor, por ejemplo, dijo que “tanto había escuchado del hermoso y fértil campo chileno” que “esperaba ver al menos, en una mayor escala, una vista como la que alcancé desde el valle, en el cual está situado el pueblo de Santa Rosa. Cuán decepcionado estuve al mirar, tan lejos como el ojo podía alcanzar, una arrugada e infértil sucesión de colinas: de hecho nunca antes había visto una escena más estéril (...)571 La decepción de Proctor no terminó allí, ya que, en su camino a Valparaíso, advirtió que “nunca antes había viajado por un territorio con tan poca apariencia de capacidad, y tan incapaz de sostener una gran población.”572

¿Cómo fue que estos viajeros se formaron esta preconcepción tan entusiasta sobre el “hermoso y fértil campo chileno” y sobre los demás países del cono Sur?

Es muy probable que la culpa de todo esto la tenga lo que Peter Bradley ha llamado el “Encanto del mar del sur” y los fabulosos “cuentos del oro”573, quimeras que circulaban en Inglaterra desde hacia varios siglos. Samuel Haigh reveló en su libro cómo la leyenda del mar del sur todavía ejercía su influjo, al escribir este entusiasta elogio del Pacífico: “Hay algo en la primera vista del poderoso Pacífico, que produce un encantamiento: lo mencionan con interés casi todos los viajeros; en mi pareció recrear sentimientos e ideas de tiempos pasados. Todas esas visiones de los romances de la primera juventud de repente volvieron a aparecer, al contemplarlo extendido ante mí, en una ancha y azul amplitud, como un espejo resplandeciente brillando al sol. Ninguna vela a la vista, ni la espuma de una ola, ni nada que agitara su “terrible tranquilidad”, sus aguas yacían durmiendo tan calmadas como en el primer día de su descubrimiento. Pensé en el templo del sol en el Cuzco; en Lima, con sus puertas de plata. Volvieron a mi mente, imágenes difusas de los Incas, Pizarros y Almagros, en este primer avistamiento del océano, que debió haber sido el escenario de sus proezas. La política de España mantuvo alejadas de estas aguas toda otra bandera salvo la suya, y sus olas pocas veces han sido perturbadas, excepto por bucaneros, o por hombres como nuestro salvaje y aventurero Drake, cuyo nombre alguna vez formidable, ahora se ha empequeñecido hasta volverse un refrán, para asustar a los niños”.574

Conviene detenerse en este último párrafo, que encierra muchos de los elementos que caracterizaron a estas primeras incursiones inglesas a través del sur de América. Esta vista del océano, según señala el autor, pareció recrear en él, “sentimientos e ideas de tiempos pasados”, “visiones de los romances” leídos en su juventud. El Pacífico apareció ante él dormido desde “el primer día de su descubrimiento”, a pesar de que habían transcurrido ya tres siglos del primer avistamiento de Balboa. Esta “terrible tranquilidad”, en la que parecían descansar sus aguas, era una imagen propia de la misma estética de lo sublime que caracterizó la visión que estos viajeros tuvieron para describir la cordillera de los Andes y las vastedades de la Pampa, ese otro océano de tierra. El Pacífico, según esta visión, todavía aparecía como aquel “mar clausurado” controlado por el imperio español; el mismo cuya precaria tranquilidad habían desafiado a través de los siglos las expediciones de Francis Drake y sus epígonos y que las expediciones de Cook, Vancouver y otros viajeros y naturalistas habían puesto a disposición de la ciencia e imaginación de la cultura europea del siglo XVIII.575





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