Universidad de Chile



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Mirando hacia atrás


Para reconstruir la idea que estos viajeros traían consigo al llegar al Cono Sur de América es necesario remontarse atrás en el tiempo, hasta llegar a los comienzos de la carrera imperial británica, una empresa que nació en gran medida como un intento de imitar los éxitos que españoles y portugueses habían obtenido en Asia y América.576

Los navegantes ingleses se animaron a atravesar el Océano Atlántico con mayor frecuencia a partir de la segunda mitad del siglo XVI, en buena parte a causa de la envidia que les provocaba la riqueza comercial española, pero también gracias a la reducción de sus tradicionales exportaciones de paños.577 Inglaterra fue la primera nación europea que envió a sus navegantes a investigar los límites meridionales del Imperio Español en Sudamérica y a explorar las costas del llamado mar del sur, con miras a conocer aquellos territorios de los cuales el Imperio español obtenía tantas riquezas.578 La relación entre las incursiones inglesas a las costas sudamericanas del Océano Pacífico y el surgimiento de la idea del Imperio inglés parece ser estrecha, desde el momento en que el cosmógrafo y astrólogo inglés John Dee declaró que la célebre circunnavegación que había emprendido Francis Drake hacia 1577, era el comienzo de un auténtico “imperium britannicum”.579 A partir de esto no resultaría entonces exagerado decir que el origen de la ambición imperial inglesa se encontraba en sus empresas navales rumbo al mar del sur, en un momento en el cual la exploración del Pacífico implicaba reconocer una nueva ruta hacia las indias orientales, hacia lugares más o menos legendarios como Catay, Cipango, Ofir y Tarsis y también descubrir la llamada “Terra Australis incognita”.

El famoso viaje de Drake, con su afortunada captura de un galeón español cargado de oro prometió nuevos “hallazgos” en las costas de los dominios hispanos en el Pacífico y permitió que los encantos de este mar y sus tierras aledañas comenzaran a ejercer su influjo en la imaginación y las ambiciones imperiales de los ingleses. Las costas del Pacífico eran consideradas como inagotables fuentes de oro y la vastedad de sus confines, que hasta entonces se consideraban un dominio reservado para los españoles, prometía la existencia de un nuevo continente austral hasta entonces desconocido. Fue así como surgió “una mezcla de geografía especulativa y de narraciones apócrifas” que mantuvieron vivas las esperanzas inglesas de encontrar un nuevo continente en la “Terra Australis incongnita”580, en un impulso que también equivalía a prolongar el procedimiento europeo de recolocar las maravillas y fantasías, que alguna vez en su imaginación habían poblado las tierras de África, Asia y América, sobre territorios todavía ignorados. Se creía que allí podría existir algo no menos quimérico que aquellas tierras donde vivían las amazonas o los hombres con cabezas de perro. Por otro lado, sus tierras se reputaban capaces de obsequiar al hombre con todo lo necesario para la vida, lugares donde la gente podría disfrutar vidas plenas de virtud y libres de las terribles represiones de la civilización. Fueron precisamente los relatos de viajeros los que se encargaron de alimentar abundantemente esta visión de exploración y fantasía.581

Por otra parte, Drake así como otros corsarios o piratas ingleses, habían demostrado también que era mucho más conveniente y más barato saquear la fortuna española del Nuevo Mundo, en lugar de establecer un imperio comercial que le hiciera el peso desde Europa. Mientras tanto, paralelamente comenzó a circular insistentemente la idea de que el extremo austral del continente era una zona deshabitada o por último escasamente poblada.582 Con el correr de los años, en la medida en que la existencia de una población real en las costas occidentales de América se fue haciendo una realidad cada vez más difícil de soslayar, esta última idea fue modificándose hasta dar lugar a otra noción que sostenía que estas tierras a pesar de estar pobladas, no estaban lo suficientemente bien aprovechadas o se encontraban subutilizadas por sus detentadores coloniales. Chile, en tanto, a los ojos de los ingleses, era considerado como un territorio presuntamente despoblado. Se consideraba que los 1600 kilómetros de costa del mar del sur situados más allá de Concepción quedaban fuera de la jurisdicción española, mientras que algo similar se pensaba respecto del estuario del río de la plata y los 3900 kilómetros de costa que seguían hacia el sur en dirección al estrecho de Magallanes”.583

Los teóricos del imperio inglés afirmaban que su imperio, a diferencia de su rival español, más que un Estado Universal era un protectorado de diversos intereses. Según esta imagen el imperio respondía a proyectos de carácter privado, a diferencia de los asentamientos franceses y españoles que habrían sido promovidos por el Estado.584 Según señala Anthony Pagden está diferencia, que no era necesariamente real, al menos en teoría y a partir de la situación de los establecimientos ingleses en América del norte, les sirvió a los ingleses como un elemento crucial para el desarrollo de su propia identidad cultural como un imperio opuesto al español585. La extracción de metales preciosos fue otro de estos elementos diferenciadores “teóricos”. Según señala Pagden, tanto ingleses como franceses estimaban que la explotación minera había sido uno de los principales objetivos económicos de la corona española, por mucho que tal como ellos, el Imperio Español también hubiera obtenido considerables y continuados beneficios a partir del comercio con sus colonias de ultramar. Sin embargo, hacia la decadencia final del imperio español y para el momento de su desintegración generalizada hacia 1830, la importación de metales era considerada como la única fuente fiable y definitiva de su riqueza586. Los franceses y los ingleses, en cambio, sostenían que ellos le habían dedicado mucha más atención al comercio y a la agricultura, aun cuando en realidad también ellos habían viajado impulsados por el deseo de encontrar oro. El problema fue que ellos tuvieron menos suerte que sus rivales españoles, ya que tal como advierte Pagden, “los españoles no fueron los únicos europeos que creyeron en la existencia de una relación casi escatológica entre el oro y la devoción. La diferencia estuvo en que sólo España tuvo suerte, tal como lo expresó Adam Smith, ellos fueron la única potencia imperial a la que la Fortuna le presentó “algo que no difería mucho de la profusión de metales preciosos que andaban buscando”587. Sólo cuando a ingleses y franceses se les hizo patente que no había otro México y otro Perú a su alcance, pasaron a considerar sus colonias como fuentes de riqueza, no minera ni humana, sino agrícola y comercial, a pesar de que “la profunda diferencia de la historia imperial española con respecto a la de los demás poderes europeos no fue su sistema político ni sus creencias religiosas, sino la infortunada casualidad que puso en sus manos las minas de México y Perú.”588

Tal como advierte Anthony Pagden, a mediados del siglo XVII ya se había puesto de manifiesto que “el futuro de los imperios no residía en la adquisición de territorios sino en el comercio, y este no se basaba en la adquisición de territorios, sino en el control de los mares.”589 La posición insular de Inglaterra hizo que el transporte marítimo fuera la base esencial de su comercio y la única forma mediante la cual podían contactarse con territorios separados por océanos de distancia. La navegación, fue así “la base auténtica de la riqueza de las naciones”590 y el poderío británico se cifró en metáforas e imágenes de expansión marítima. El océano, literalmente, le daba su forma a la isla y sus aguas fueron el único vehículo de su apreciado y reverenciado comercio. El océano pasó entonces a ser vital en las mitologías imperiales británicas, no tanto porque el imperio se apoyara en la marina, sino gracias a que por generaciones se estimó que el poder del mar había sido lo que había hecho del imperio británico algo distintivo y benevolente, ya que si los demás imperios, descansaban en la conquista militar, mientras que los marinos ingleses por esencia traerían libertad y prosperidad a los distintos rincones del mundo.591

La presencia marítima inglesa empezó a crecer significativamente a partir del siglo XVIII, logrando vencer no sólo las dificultades propias que significaba armar una flota, tomando en cuenta la escasa población de la isla y su carencia de armamento adecuado592.




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