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Proyectos imperiales


A las autoridades inglesas se les propusieron una serie de proyectos destinados a explorar y reconocer el Océano Pacífico. Algunos de ellos estaban interesados en desentrañar misterios geográficos o en resolver problemas de navegación, como fueron los casos de las tentativas de descubrir un paso hacia el Pacífico por vía del noreste, pero generalmente era difícil distinguir si estas misiones, como aquellas que intentaban hacer un reconocimiento de las costas de la Patagonia y el litoral chileno o las que buscaban islas en el Atlántico sur, respondían a un intento de exploración o si estaban impulsadas por motivos de tipo comercial o estratégico.593 Sobre todo si se toma en cuenta que la corona inglesa pretendió ocupar la costa Pacífico en el extremo sur de América con el propósito de romper el bloqueo comercial impuesto por la corona española a sus colonias de América.

Tal como observa Peter Bradley, en Inglaterra surgieron tempranamente una serie de “cuentos del oro chileno” que hablaban de las inmensas riquezas mineras de esta remota región del planeta. Es curioso que estos cuentos comenzaran a circular antes de que los cronistas narraran la “historia” de la conquista del Perú por Francisco Pizarro.594 El primero de esta larga lista de proyectos, fue aquel que en 1526 le propusieron a la corona los mercaderes Robert Thorne y Roger Barlow, quienes convinieron en patrocinar una expedición bajo la dirección de Sebastián Caboto, para visitar el mar del sur y las indias orientales tras doblar el Estrecho.595 En 1541, Roger Barlow terminó su “Briefe Summe of Geographie” en el cual hacía mención de una sierra rica en metales al oeste del río de la plata y de la existencia en el litoral chileno de “un monte donde dicen que vive un rey, y donde hay oro y plata en gran abundancia, y todos sus vasijas y los banquillos en que se sienta son de oro y plata”.596 Cuando subió al trono la reina Isabel I, en 1558, las visitas de marinos y mercaderes ingleses a las indias Occidentales, aumentaron e incluso la propia reina contribuyó, en dos ocasiones, con barcos suyos a las empresas que tuvieron lugar en esa década.597 El 19 de abril de 1570, cuenta Bradley que el embajador español en Londres escribió al rey Felipe II comunicándole que un portugués, un tal Bartolomé Bayao, le había presentado al consejo privado de la reina, un plan “para ocupar y colonizar uno o dos puertos en el reino de Magallanes, a fin de tener entre sus manos el comercio del mar del sur así como para aproximarse tanto como quisieran al Perú.”598 En 1574, surgió el proyecto de Richard Grenville quien se especula habría pretendido “explorar y tomar posesión de la costa” de lo que hoy se conoce como el cono sur de Sudamérica, tanto en su ribera Atlántica como en la que daba hacia el Pacífico, especialmente en la provincia de Arauco599 o tal vez alcanzar la mítica Terra Australis Incognita. No se sabe mucho más de este proyecto, porque al final todo quedó en el aire, pero luego, algunos años más tarde, vendría la circunnavegación de Drake, quien entre 1577 y 1580 fue el primer inglés en cruzar las aguas del Estrecho de Magallanes para entrar en las aguas del Pacífico Sur. Poco después siguieron este rumbo las excursiones de Edward Fenton, entre 1582 y 1583, las del Conde de Cumberland, entre 1586 y 1587, y la de Thomas de Cavendish, entre 1586 y 1588.

Sin embargo, tras hacer un balance entre los elevados costos y los ocasionales, pero importantes, beneficios, el número de excursiones inglesas al mar del sur fue disminuyendo. Pero el prestigio de las riquezas sudamericanas no declinó. Así, a fines de la década de 1579, Richard Hakluyt declaró que “el estrecho de Magallanes es la principal puerta de entrada tanto al tesoro de las Indias Orientales como de las Indias Occidentales. Y quien sea dueño de este estrecho puede considerarse dueño de las indias Occidentales”. El mismo famoso geógrafo consignó luego en su clásica recopilación de exploraciones un testimonio que señalaba a la provincia de Arauco, como “un lugar maravillosamente rico y lleno de minas de oro, que todavía no había sido sometido en ningún momento por los españoles, que siempre volvían con la mayor pérdida de hombres. Porque estos indios son maravillosamente desesperados y descuidados de sus propias vidas con tal de vivir su propia libertad e independencia”600

En 1655, un personaje curioso llamado Simón de Cáceres presentó a Oliver Cromwell un ambicioso plan de conquista de Chile, asunto que fue desechado por el ministro. Sin embargo, hacia 1662, llegaron al virreinato del Perú noticias de que los ingleses pensaban enviar una expedición de 8 barcos para tomar el puerto de Valdivia. Las noticias eran inexactas pero no estaban muy lejos de la realidad, ya que el escenario apuntado era el correcto, aun cuando las dimensiones de la empresa hayan sido menores.601

Con posterioridad a la Restauración monárquica, a fines del siglo XVII, se le planteó un nuevo proyecto de conquista austral al rey Carlos II que no tuvo inmediata acogida, pero que seis años después, en 1669, tomó forma en la desafortunada expedición de John Narborough, quien zarpó con instrucciones de hacer un descubrimiento en el Pacífico Sur, y si era posible, establecer “las bases de un comercio en la región”. Las órdenes de Narborough incluían no dañar a ningún español ni recalar en cualquier lugar de la costa. A diferencia de las expediciones de corsarios de años anteriores, ésta misión supuestamente no era hostil a los españoles, pero no por eso dejaba de ser igualmente amenazadora. Fue entonces cuando comenzó a formarse con mayor fuerza una imagen idílica del Reino de Chile. Narborough anotó en sus diarios que allí se encontraba la mayor cantidad de oro de América.602 A bordo de esta expedición viajaba un misterioso agente llamado Don Carlos, quien decía conocer la región austral gracias a experiencias anteriores. A la llegada de la expedición inglesa al puerto de Valdivia, Don Carlos desapareció para sólo reaparecer cuando el “Sweepstakes” se disponía a zarpar. Tuvo mala suerte y cayó en manos españolas. Cuentan que Don Carlos extenuó a sus captores con sus disparatadas historias, atribuyéndose diversas identidades entre las que estaba la de ser hijo ilegitimo del príncipe Ruperto del Palatinado, pero poco tiempo antes de agotar la paciencia de sus captores y que ellos decidieran terminar de un solo golpe con su vida y sus mentiras, el prisionero confesó603 que los ingleses intentaban establecer un asentamiento para dominar el Estrecho; tomar Valdivia, mantenerla contra el poder español y desde ahí saquear y destruir el puerto del Callao y absorber la navegación en el mar del sur.604

Narborough, también advirtió que “el comercio más ventajoso del mundo”605 podía establecerse en el litoral Americano que daba al Pacífico Sur. Sin embargo, con posterioridad a su viaje, la región no despertó mayor interés en la corona sino que estimuló la codicia de “empresarios particulares”, es decir piratas, bucaneros y corsarios606 como Basil Ringrose, Lionel Wafer y especialmente William Dampier, que se dirigieron a sus costas.607 El bucanero Lionel Wafer le dio al duque de Leeds del Almirantazgo británico breves descripciones de los más importantes puertos en la costa Pacífico y le advirtió que si España persistía en mantener esos puertos cerrados para los comerciantes extranjeros los ingleses debían establecerse en ellos por la fuerza. Según sus informaciones, la captura de los pueblos chilenos de Valdivia o Coquimbo traería claras ventajas para los comerciantes extranjeros, ya que no sólo se trataba de puertos bien ubicados para los barcos que venían del sur, sino que además tenían una población nativa amargamente hostil a los españoles. Wafer recalcaba que Chile “abundaba en toda clase de riquezas como oro plata y etc.”608 Mientras tanto Inglaterra pasaba por un escenario de creciente tensión internacional ocasionada por la guerra de sucesión española posterior a la muerte de Carlos II, en 1702. Una guerra en la que intervinieron Inglaterra, España y Francia y que sumió al destino de los dominios hispanos en América en la mayor incertidumbre. Lionel Wafer no estaba solo en sus proyectos. El prolífico y multifacético Daniel Defoe tenía planes como el y en 1701 publicó un panfleto bajo el título de “Razones contra una guerra”, en el cual sostenía que era mucho más conveniente seguir una guerra marítima contra España en sus colonias en lugar de seguir peleando en Europa.609 A la pasada Defoe ponderaba la riqueza y la vulnerabilidad de las colonias españolas ubicadas en el Pacífico Sur. El mismo escritor y propagandista envió al rey Guillermo III, para quien actuaba como consejero no oficial, un plan donde le sugería instalar establecimientos ingleses en las costas del Pacífico, capturando las localidades costeras chilenas de Valdivia y Coquimbo. El rey murió antes de acoger su propuesta y, como era de costumbre, la guerra siguió en su escenario habitual.610

Fue entonces, cuando comenzó a tomar forma el proyecto de la Compañía del Mar del Sur y cuando los “cuentos” de las riquezas del sur de América convergieron y comenzaron a circular profusamente. En 1711, Robert Harley presentó ante la Cámara de los Comunes su plan de establecer una Compañía del Mar del Sur y al día siguiente se imprimió un panfleto que describía las riquezas sudamericanas.611 Tras ello Harley recibió diversos oficios de particulares que ponderaban las riquezas de las tierras aledañas al mar del sur y que celebraban sus posibilidades comerciales. John Pullen, un antiguo gobernador de Bermuda, le propuso a Harley enviar un poderoso escuadrón con el objeto de ocupar la isla de Juan Fernández, atacar Arica y Panamá, capturar los galeones de Manila y apoderarse de Chile. Otro empresario, le propuso capturar la localidad de Bahía Anegada ubicada en la costa Atlántica y luego el puerto de Valdivia en la costa Pacífico, un lugar donde la población española se encontraba dispersa y acosada por indios hostiles. Según este informe, Chile era un país productivo de clima templado, que ofrecía un buen prospecto para la venta de ovejas inglesas y su interior contaba con riquezas auríferas de dimensiones legendarias. Otro autor, abogó anónimamente por el establecimiento de una colonia en las costas de Tierra del Fuego a las que curiosamente se refirió como un país “fructífero y placentero”.612 Entre estos consejeros y propagandistas espontáneos —y también enigmáticos— se encontraba el cartógrafo y cosmógrafo Herman Moll, que se convirtió en uno de los principales difusores de la “Compañía del Mar del Sur”. A Moll, se le atribuye la autoría de un libro publicado en el año 1711 titulado “A view of the coast, countries & islands within the limits of the South Sea Company”, donde se reunió toda la información disponible que había sobre las costas, los países y las islas comprendidas dentro de los límites de la concesión de la compañía, junto a un mapa de la región para el uso de los navegantes y empresarios.613 En este tratado, Moll señaló a Chile como uno de los lugares más ventajosos de Sudamérica, afirmando que “nada podía ser más placentero y delicioso, o mejor provisto con todo lo que es requisito para una vida de lujos que el Reino de Chile”. La fuente de estas anotaciones tan favorables sobre Chile y la costa Pacífico, según señaló Moll —o quien quiera que haya escrito este libro— provenían de la Historia de Chile del jesuita Alonso de Ovalle, escrita y publicada en Italia en 1649 y traducida en Inglaterra en 1703 bajo los auspicios de la Royal Society y reeditada en 1745 en la Colección de Viajes publicada por Churchill.614

La “Compañía del Mar del Sur” despertó mucho interés en la prensa de la época y el grafómano y también hiperkinético Daniel Defoe encontró en ella una buena ocasión para insistir en uno de sus temas predilectos y le reveló a Robert Harley, su plan que no era otro que aquel propuesto al rey Guillermo algunos años antes, donde abogaba por la instalación de colonias inglesas en Chile y en las costas del Atlántico sur. Según Defoe, la colonia chilena formaría el eje de un nuevo comercio, con su clima templado, indígenas amigables, tierra fértil y minas de oro. Chile, a los ojos del autor de “Robinson Crusoe”, era el equivalente de Jamaica como centro de las acciones en el agitado mar Caribe en el Pacífico Sur. 615 Defoe, insistió en la localización de su región preferida, sin especificarla precisamente, pero era “un secreto a voces” que se trataba de Chile. Las razones que lo tentaban a hacer esta elección eran que los españoles apenas retenían el control sobre los puertos claves del territorio y que buena parte de este no estaba bajo su dominio. Por ello advirtió que “una colonia en Chile, quizás unida a un establecimiento en la costa del Atlántico opuesta, cambiaría todo el tenor de la aproximación inglesa al mar del sur”616



Carta de navegación del Estrecho de Magallanes por Hermann Moll.

Según observa Glyn Williams, a partir de esta época puede observarse un cambio en los planes ingleses respecto del Mar del Sur. Decidieron deponer su actitud beligerante para adoptar una más pacífica, en la que se esperaba dar libre curso al capital y a las habilidades inglesas en lo que se consideraba un ambiente con inmensas ventajas naturales que se estimaban vergonzosamente desaprovechadas por los españoles. Entre los autores ingleses y franceses que criticaban la administración imperial española del siglo XVIII existía una idea errónea según la cual la corona española hasta las reformas Borbónicas de fines del siglo XVIII, había desconocido el valor comercial de sus colonias.617 Para los ingleses la desocupación de las tierras, su desaprovechamiento o su virtual abandono, sirvieron como una legitimación y un verdadero llamado para ocuparlas. Se trataba de un argumento que ya había actuado como una justificante para ocupar las tierras que pertenecían a los indígenas americanos618 y que bien podía servir para legitimar sus tentativas en los dominios españoles. Durante el siglo XVIII, esta idea confluyó con aquella actitud cultural que veía a la naturaleza como un recurso que debía de ser aprovechado para obtener su máximo beneficio para el hombre.

A partir de entonces, fue que comenzó a tomar forma una idea del imperio que se basaba en un esquema de retribuciones, en el cual la misión civilizadora británica se pagaría a cuenta de los recursos naturales y de la mano de obra que proporcionaran los nativos.

Sin embargo, “La compañía del Mar del Sur” fue una burbuja que no tardó en reventarse y su derrumbe definitivo coincidió, en lo que podría ser cruel ironía del destino, con la llegada a los puertos ingleses de la expedición de Woodes Rogers y Edward Cooke que traía un millonario botín proveniente del Pacífico. Al llegar, Cooke y Rogers repitieron argumentos similares a los propagados por Defoe, Bowery y Moll y reafirmaron el potencial comercial de ese Chile de papel. De acuerdo a ellos, en Chile el clima era saludable, los españoles eran pocos y se encontraban acorralados por los indios; y en el interior de su territorio había minas de oro y plata. En los recuentos de Cooke, Chile aparecía “como la más rica y más deliciosa de las provincias en el universo” o como “el país más feliz en el mundo por la temperatura del aire”, con una inmensa riqueza subterránea, “consistente en minas de oro, plata, cobre, estaño, aluminio y plomo”. Curiosamente, Cooke jamás había estado en Chile y lo que es más sorprendente es que sus optimistas informaciones sobre la situación de Chile se basaban, nuevamente, en el relato del Padre Alonso de Ovalle.619

Hacia fines del mes de enero de 1712 algunos documentos de la Compañía revelan que a Harley se le sometió un nuevo plan esta vez consistente en hacer una expedición a los mares del sur de tamaño descomunal cuyos propósitos finales no estaban del todo claros.620 Pero al igual que todos estos planes fabulosos y ambiciosos este proyecto nunca se hizo realidad. Esta expedición frustrada, fue en definitiva el primer y último proyecto emprendido al alero de la “South Sea Company” en relación con el Mar del Sur, ya que posteriormente la malograda compañía se concentró en la explotación del vergonzoso negocio de su asiento esclavista.621

El último trabajo que el entusiasta Daniel Defoe dedicó al Mar del Sur fue su libro “New Voyage Round the World by a course never sailed before” publicado en 1724, del cual ya he hecho mención anteriormente. Este viaje falso que habría tenido lugar en 1713 —una vez que la paz había vuelto a Europa— concretó de manera vicaria los anhelos de su autor de abrir el comercio en los Mares del Sur bajo la bandera inglesa. Buena parte de este “libro de viajes” transcurre en Chile, un territorio que Defoe describe curiosamente en los mismos términos auspiciosos utilizados por Moll, siguiendo de manera evidente la misma fuente: la Historia de Alonso de Ovalle.622 Es necesario advertir que este libro del Padre Ovalle era exageradamente entusiasta en su descripción de las riquezas chilenas, principalmente porque tenía claros propósitos de propaganda. La obra monumental había sido escrita en pleno siglo XVII, en el esplendor del barroco hispánico, y su objetivo manifiesto era convencer al rey de España de enviar más misioneros jesuitas al Reino de Chile. Entre otras razones, fue por eso que Ovalle describió a este reino como un lugar predestinado por la providencia divina o una especie de “Tierra Prometida Austral”.623

Los aventureros imaginarios de Defoe diseñaron un plan de acción ficticio, en cierta medida, bastante similar al que siguieron los viajeros ingleses de comienzos del siglo XIX, justo un siglo más tarde, ya que ambos se propusieron cruzar el continente americano, en el caso de Defoe desde el sur de Chile, pasando a través de los Andes para establecer una conexión entre la costa del Atlántico y la del Pacífico. De acuerdo a este falso libro de viajes, los viajeros putativos “debían tomar la distancia exacta de los lugares, y llevar un diario de su travesía, levantar cruces e hitos en todas aquellas estaciones adecuadas” llevando también “todos los instrumentos necesarios para la observación, lentes de perspectiva, compases de bolsillo, etc”.624

Los planes ingleses de llevar a cabo una expedición al Mar del Sur, con auspicio oficial y con propósitos comerciales y militares de largo alcance, se materializaron algunas décadas más tarde con la expedición marítima liderada por George Anson.625 En septiembre de 1739, dos antiguos empleados de la Compañía del Mar del Sur, Hubert Tassell y Henry Hutchinson,626 que tenían experiencia de primera mano en tierra sudamericana le escribieron al primer ministro Robert Walpole sugiriéndole que un escuadrón 8 barcos de guerra con 1500 soldados, fuera enviado al Cabo de Hornos para atacar las costas de Sudamérica. A fines de dicho mes, Tassell y Hutchinson expusieron este plan personalmente a los dos consejeros mayores del gobierno, Sir Charles Wager, primer Lord del Almirantazgo y Sir John Norris, Almirante de la flota.627 En septiembre de 1739 ante un pequeño grupo de ministros se expusieron dos esquemas de acción separados. El primero consistía en enviar barcos a las islas Filipinas para capturar el galeón proveniente de Asia a Acapulco -el legendario galeón de Manila, o de Acapulco según su punto de origen. Mientras que el segundo contemplaba operaciones a lo largo de las costas de Chile y Perú por barcos enviados hacia el Pacífico y que cruzarían por el Cabo de Hornos: “el escuadrón tomaría Chile con la ayuda de sus habitantes descontentos con el gobierno peninsular y saquearía la gran casa del tesoro en Lima y tal vez establecería un gobierno favorable a los comerciantes ingleses. Desde ahí se dirigirían a Panamá. Una parte de la expedición se desprendería para fortificar Juan Fernández.

Hacia mediados de Octubre de ese año, el plan conjunto se redujo a uno solo, significativamente más modesto que consistía en una expedición de tres barcos a lo largo de las costas de Perú y Chile.628 Distintos compromisos impidieron que se enviara una expedición a Manila e hicieron imposible reclutar fuerzas terrestres de cualquier tamaño para doblar el Cabo de Hornos.629 Para comandar la expedición se designó a George Anson,630 un experimentado oficial de 42 años, a quien se le comunicó una versión simplificada del plan original631 que tenía como objetivo capturar el puerto de El Callao y utilizarlo como base de futuras operaciones. En las instrucciones se incluían cláusulas que autorizaban a Anson instigar la rebelión criolla en el Perú y en el caso de que los criollos ricos se negaran a rebelarse de las autoridades españolas, se le autorizaba a ganarse la voluntad de los mulatos y esclavos negros oprimidos, ofreciéndoles la libertad. Se trataba de una proposición incendiaria, y claramente contradictoria con las prácticas inglesas tomando en cuenta que ellos controlaban buena parte del tráfico de esclavos. Este último punto no tuvo el menor eco en las ordenes que se le impartieron a los oficiales, pero sin embargo, ilusorias o no, estas instrucciones, como observó Glyn Williams, “manifestaban las primeras nociones en círculos de gobierno de que la apertura más promisoria para los comerciantes ingleses sería que el imperio hispano americano, con o sin ayuda externa, se moviera hacia la independencia”.632 Si las informaciones que habían proporcionado los consejeros y propagandistas eran veraces, la llegada de estos barcos a las costas de Sudamérica llevaría al colapso de la autoridad española en Chile y Perú.



El accidentado recorrido de la expedición de Lord Anson por el extremo austral

La expedición de Anson terminó siendo un fracaso respecto de su plan original, pero sus propósitos resurgieron en una nueva misión comisionada al comodoro John Byron, un veterano de la expedición de Anson, que había naufragado en las costas del extremo austral de Chile.

Más de dos décadas después, de este trágico incidente, Byron volvió al Pacífico Sur a cargo de una expedición formada por las naves Dolphin y Tamar. El objetivo de su viaje era “el avance del comercio” de Gran Bretaña, lo que en definitiva probaba ser cualquier cosa con tal de asentar la hegemonía inglesa en el Mar del Sur. A la larga, el proyecto original de la expedición comandada por Byron, pretendía consolidar las frustradas ambiciones de Anson, en su intento de hacer avanzar el comercio en el Pacífico sin aspirar a hacer descubrimientos o exploraciones científicas, en aras de aumentar el conocimiento humano.633

La expedición del Comodoro John Byron zarpó hacia el Pacífico en 1764 y fue la primera misión marítima del reinado de George III, un período en el cual los ingleses alcanzaron la cima de los viajes de exploración con el Capitán Cook, iniciados sólo cuatro años después. Las exploraciones de Cook significaron un hito histórico por cuanto en ellas se entrecruzaron de manera inédita el progreso científico, la exploración geográfica y el avance imperial. Sin embargo, el viaje de Byron no pretendió aglutinar misiones tan complejas como estas.

La empresa de Byron surgió en medio del mayor sigilo y su primer objetivo fue llevar a cabo los planes de Anson y luego encontrar un paso desde el Pacífico hacia el Atlántico por el norte. La expedición debía hacer escala en Río de Janeiro para luego dirigirse hacia el Cabo de Buena Esperanza y buscar la hipotética isla Pepys. Un plan alternativo contemplaba evitar este paso Atlántico y explorar el Atlántico sur en la dirección contraria, para luego dirigirse hacia las islas Falklands. La siguiente fase del viaje sería recorrer la costa oeste de Norte América, previa escala en el litoral chileno, para encontrar un pasadizo con dirección al oriente y regresar a través de él con rumbo a Inglaterra. Si no encontraba este paso debía seguir en la dirección contraria y proceder por las costas de Asia.634 Sin embargo, Byron desatendió estas instrucciones y simplificó los planes de su expedición hasta el mínimo. De hecho, su vuelta al mundo fue la más rápida emprendida hasta la fecha.635 No fue al Cabo de Buena Esperanza636, sino que se dirigió directamente hacia Puerto Deseado en la costa de la Patagonia, buscó la inexistente isla de Pepys y desembarcó en las islas Falklands; seguidamente cruzó el Estrecho de Magallanes y desde las costas de la Patagonia pasó a la isla de Juan Fernández tomando un la ruta hacia los mares de la Polinesia con rumbo a la India. En esos mares Byron avistó algunas islas menores y de manera casi milagrosa eludió los archipiélagos mayores de la Polinesia, como la isla de Tahití, que por un azar pudo prorrogar, por algunos años al menos, su aislamiento secular.

El 12 de enero de 1765, Byron recaló en la esquina noroeste de las Falklands. Pero tal como lo temían las autoridades en Inglaterra, llegaban tarde, ya que nueve meses antes había desembarcado en la isla Louis Antoine Bougainville. Este célebre matemático y explorador del Antiguo Regimen había equipado dos barcos a sus expensas, con los que zarpó del puerto de Saint Malo en septiembre de 1763. Bougainville tomó posesión formal de dichas islas para Francia e instaló un establecimiento colonial. Los ingleses por su parte igual tomaron posesión de la isla. Sus intenciones imperiales se revelan en una carta enviada por el Conde de Egmont al Duque de Grafton, fechada en julio de 1765, donde el primero describe a esta isla austral como “la llave a todo el Océano Pacífico” o una base para la proyección de los intereses británicos y luego añade que “esta isla deberá comandar los puertos y el comercio de Chile, Perú, Panamá, Acapulco, y en una palabra todo el territorio español frente a ese mar”. El conde de Egmont precisa que esta será una posición más lucrativa para Inglaterra y más fatal para España en una guerra futura y le advierte además de su posición frente a “la costa de Chile desde el Estrecho de Magallanes a la Isla de Chiloé que es totalmente salvaje, deshabitada por los españoles, y poseída por los más guerreros de todos los indios nativos en perpetua hostilidad con España. El país también abundando por sobre el resto, en minas de oro y plata”.637

El viaje de Byron no tuvo el menor mérito científico ni geográfico, sin embargo alcanzó una enorme celebridad debido a que los miembros de su tripulación sostuvieron que habían visto gigantes en las costas de la Patagonia. Además por una casualidad las memorias de Byron y su gente pasaron a formar parte de las publicaciones de viajes editadas por Arrowsmith, en las cuales se incluían los viajes de Wallis y el Capitán Cook, que si hicieron importantes descubrimientos científicos, de modo que el escueto recorrido de Byron adquirió una inmerecida estatura científica.

Curiosamente los viajes de Anson y Byron, de mediados del siglo XVIII, estuvieron impulsados por el mismo espíritu de dominación mercantil que motivó a los navegantes isabelinos de fines del siglo XVI, como Francis Drake y sus sucesores. Se ha estimado como algo sorprendente que estos viajes hayan revitalizado con tantos siglos de diferencia, la ambición inglesa de abrir nuevos campos de comercio en el Pacífico dando la vuelta al mundo. Planes que estaban en la primera línea de la política nacional inglesa bajo la reina Isabel I638 y que buscaban eminentemente apoderarse del oro de las Indias.

Con los años el carácter de los proyectos ingleses hacia América se fue modificando a raíz de acontecimientos que transformarían la política exterior inglesa, como la independencia de sus colonias de Norteamérica, la Revolución Francesa y el advenimiento de Napoleón que sumió al continente europeo en décadas de guerra continua.

En ellos fue determinante también la evolución que tomó la carrera imperial británica, particularmente gracias a su establecimiento en la India. Así, en 1780, el gobierno inglés aprobó un proyecto del coronel Fullarton que pretendía atacar Sudamérica por el Atlántico, desde Europa, y por el Pacífico, desde la India. Hasta allí se envió la instrucción de enviar 1500 soldados ingleses y 2000 cipayos a la costa Pacífico, con el propósito de tomar algunos puntos estratégicos y de ofrecer la independencia a los ciudadanos de México, Perú y Chile. También se preparó una expedición hacia Buenos Aires que debió desviarse al Cabo de Buena Esperanza, pero que tuvo el propósito de tomar la ciudad de Buenos Aires y desde ahí dirigirse al norte con la idea de ofrecer ayuda a la revuelta indígena de Tupac Amaru II, que conmocionaba el sur de Perú y buena parte de la región de los Andes. Sin embargo tal como ocurrió con muchos de estos proyectos, esta idea no pasó de ser más que eso, un plan delirante, que no por eso dejó de sobresaltar a las autoridades en España.639

Al terminar la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, que tuvo lugar entre 1775 y 1782, asumió, en 1783, como primer ministro el joven político “torie” William Pitt. Inglaterra en ese momento comenzaba a dar los primeros pasos de la Revolución Industrial gracias a la invención de la máquina a vapor y otros adelantos tecnológicos.640 Ese mismo año, hay antecedentes de que una asociación revolucionaria en Chile envió delegados a Londres para solicitar ayuda a cambio de ciertas ventajas comerciales. El gobierno inglés, consecuentemente, planeó una nueva expedición al Cono Sur, proyectando enviar a Chile 2000 hombres y 4000 a Buenos Aires. Ambas expediciones debían dirigirse hacia el norte, donde recibirían la ayuda de aquellos indios sublevados que habrían sido previamente concertados por esta asociación revolucionaria. Sin embargo, este plan, tan misterioso como descabellado, fue truncado por las consecuencias que trajo el final de la guerra de la independencia de Estados Unidos que de alguna forma detuvo los planes expansionistas británicos o les dio un nuevo cuño.641

William Pitt ejerció el poder como Primer Ministro por dos períodos breves que lograron consumir su acelerada existencia. El primero fue entre 1783 y 1801 y el segundo entre 1804 y 1806. Pitt, una joven promesa del partido Tory, habría aprendido la lección que le significó a Inglaterra la pérdida de sus colonias en Norteamérica y evitó cualquier plan de conquistar las colonias españolas, optando más bien por la alternativa de propiciar su independencia con miras a adquirir ventajas mercantiles.

Mientras tanto la capital del imperio británico, se fue constituyendo como un polo de atracción para las elites sudamericanas que acariciaban la idea de deshacerse del dominio español. El centro de estos conspiradores fue el venezolano Francisco de Miranda, quien hacia 1785 se encontraba haciendo una peculiar gira revolucionario-sentimental por Europa que se prolongó por años. Miranda escogió a la ciudad de Londres como su principal centro de operaciones para montar su proyecto de independizar al continente americano. Se reunió con el Primer Ministro Pitt, a quien le solicitó apoyo económico para que las colonias españolas lograran su independencia a cambio de ofrecerle privilegios mercantiles. Los proyectos de Miranda eran bastante grandiosos e incluso quiméricos, ya que entre otras cosas planeaban la formación de un gran estado panamericano cuyo trono estaría ocupado por un descendiente de los Inca642. Pitt, por su parte, actuaba con bastante prudencia y cálculo, subordinando toda ayuda inglesa a la eventualidad de que estallara una guerra entre España e Inglaterra, situación para nada lejana en el explosivo escenario europeo que dejó la Revolución Francesa. Los proyectos de Miranda encontraron una respuesta bastante tibia entre las autoridades inglesas, pero el venezolano persistió obstinadamente en sus empeños de emprender una expedición a Venezuela con apoyo británico.

En 1796, España y Francia conjuntamente le declararon la guerra a Inglaterra, lo que propició el surgimiento de nuevos proyectos de expediciones hacia Sudamérica. Ese mismo año se propuso una nueva expedición desde la India hacia la costa oeste de América y otra a Venezuela y el Río de la Plata, que partiría desde El Cabo de Buena Esperanza, Sudáfrica. Sin embargo, la expedición debió de abandonarse, otra vez gracias a la evolución de los acontecimientos en Europa. Pero no tardaron en surgir nuevos proyectos: en 1799 el general Sir Robert Abercromby le envió un informe al gabinete proponiéndole dos expediciones, una desde El Cabo al Río de la Plata y otra de las islas Barbadas hacia Venezuela. Tampoco fue el único proyecto en surgir. Hubo varios más, que respondían a un patrón similar que contemplaba avances hacia Venezuela desde las islas Barbadas y hacia el Río de la Plata, desde Ciudad del Cabo, con miras a proclamar la independencia de dichas zonas del dominio español y liberar sus mercados al comercio exterior, ejerciendo sin embargo, una tutela sobre los pueblos recién independizados para evitar que se sumieran en el caos.643 Detrás de todas estas tentativas estaba la mano de Miranda, quien actuaba como un febril promotor y como un entusiasta —y también exagerado— informante de la situación de las colonias españolas.

En 1802, Inglaterra, Francia, España y Holanda se trenzaron en la paz de Amiens, que apenas alcanzó a durar un año. Una vez que se hubieran reestablecido las hostilidades, Miranda le propuso al ministro de guerra del nuevo gobierno, Nicholas Vansittart, y al almirante William Home Popham un nuevo plan para independizar Sudamérica, que consistía en una invasión masiva al imperio español en América. Esta invasión comenzaría con un desembarco cerca de la costa de Venezuela y proseguiría con desembarcos de la flota Británica en diversos puntos estratégicos que literalmente seguían una hilera que rodeaba el continente. El plan no despertó el menor interés en las autoridades británicas y hacia 1804 Inglaterra había suspendió toda acción contra Sudamérica, mientras siguiera la paz con España, ya que los ingleses querían asegurar el apoyo español en su guerra contra Napoleón.644 Esta nueva paz tampoco duró mucho, pero William Pitt, de nuevo en el gobierno, esta vez prefirió conservar la calma. La verdad es que no confiaba demasiado en el éxito de los planes de Miranda y tampoco tenía dinero suficiente para financiar una empresa de esa magnitud. Miranda, sin embargo, todavía era considerado como una buena carta para hostigar a los españoles.

El 12 de diciembre de 1804, España le declaró oficialmente la guerra a Inglaterra y entre ese año y el siguiente hubo ocho proyectos diferentes de intervención inglesa en Sudamérica, todos ellos anteriores de la partida de Popham hacia la ciudad del Cabo que daría lugar a la invasión a Buenos Aires. Incluso entre finales de 1805 y comienzos de 1806 hubo tres proyectos más, que aspiraban a que un miembro menor de la realeza europea, el Duque de Orleáns, ocupara un trono en América.645

A fines de 1805 el general William Carr Beresford y el comandante Sir Home Popham se dirigieron a tomar Ciudad del Cabo impulsados por la ruptura de la Paz de Amiens y la victoria del almirante Nelson en Trafalgar.646 Antes de salir, Popham habría estado en conversaciones con Pitt sobre la posibilidad aprovechar el impulso para apoderarse de la ciudad de Buenos Aires. Sin embargo, no se sabe con exactitud si el gobierno inglés auspicio directamente los planes de Popham, que en sus inicios eran una expedición destinada a dirigirse a Venezuela para respaldar la tentativa revolucionaria que Miranda había lanzado desde Estados Unidos. Finalmente Popham tomó un nuevo rumbo que terminó sirviendo de inesperado aliciente para consumar la Independencia de Buenos Aires.647

Se dice que habría antecedentes que prueban que Popham viajó a Ciudad del Cabo resuelto a emprender una expedición al Río de la Plata, una vez que hubiera terminado su misión en Sudáfrica. Todo ello siempre y cuando la situación política europea le fuese propicia y una vez que hubiesen desaparecido los inconvenientes que obstaculizaban los proyectos que tanto él como Miranda habían sometido a la aprobación de Pitt.648 Sin embargo, Pitt agotó su acelerada existencia a fines de enero de 1806, algunos días después de que Ciudad del Cabo capitulara ante las fuerzas de Popham y Beresford y ambos partieran hacia Buenos Aires por su cuenta y riesgo.

En Inglaterra, asumió el poder Lord William Grenville, un primo del anterior primer ministro, pero que militaba en el bando político contrario, es decir el “tory”. Grenville formó lo que se llamó el “Gabinete de los Talentos”, llamado así por la congregación de luminarias que convocó para su gobierno, todos ellos miembros de distintos partidos, pero todos con una marcada afiliación liberal.

El día 28 de junio de 1806, tras una pequeña escaramuza militar, en la cual las fuerzas militares inglesas que sumaban 1600 hombres, apenas sufrieron la muerte de un soldado, se alzó la bandera británica en Buenos Aires. Las noticias de este suceso tardaron poco más de dos meses en llegar a Londres, donde fueron recibidas con entusiasmo entre los círculos mercantiles y con reprobación por parte de las autoridades del nuevo gabinete. Aun cuando, el día antes de la llegada de esta noticia, el secretario de Guerra del gobierno, William Windham le había escrito a su jefe, el primer ministro Lord Grenville, diciéndole que pensaba que Inglaterra debía apoderarse de algunas zonas de Sudamérica sin contribuir a hacer una revolución. Una vez que Inglaterra se hubiese posesionado de algún punto, añadía Windham, sería fácil extender la conquista al resto del continente.649 La invasión de Popham, no autorizada al menos en apariencia, seguía una línea similar a la expuesta en la carta de Windham y correspondía también a un esfuerzo de conquista militar. El autor Carlos Roberts, de manera poco convincente, señala que este afán de conquista habría sido propiamente el punto de vista de la política liberal que veía la situación americana con ojos meramente expansionistas, a diferencia del punto de vista conservador, animado por Pitt y su gobierno, que era más proclive a la Independencia de Sudamérica. Sin embargo, resulta difícil calificar o determinar las intenciones últimas de ambas ideologías respecto de América, ya que en ambas el propósito final de su política hacia América del Sur, no era precisamente altruista, sino que se orientaba al mismo propósito de obtener el establecimiento de una política favorable a la intervención inglesa en las colonias del alicaído Imperio Español.650

Después de la noticia de la toma de Buenos Aires se produjo una verdadera “proyectomanía”651 de perspectivas fantásticas que pretendían llevar a cabo la conquista total de Sudamérica, con el propósito de aprovechar su comercio y sus minas. Prueba de ello fue que al llegar la noticia de la ruptura de las negociaciones entre Inglaterra y España, a la casa Lloyd’s, los grandes banqueros y comerciantes prorrumpieron en una ola de aplausos frenéticos. A partir de entonces la influencia del alto comercio se convirtió en un factor decisivo para inclinar al gobierno Whig a seguir la aventura conquistadora de Sudamérica.652 Una prueba que permite ver cómo se discutían al interior del gabinete británico planes para atacar Sudamérica, es la correspondencia de Lord Grenville653 Existe una carta de Sir John Dalrymple654 enviada a este primer ministro en la que se ventilan detalladamente estos asuntos. Lo curioso es que las sugerencias planteadas por Dalrymple estaban estrechamente relacionadas con un proyecto que se detalla en los apéndices de un libro titulado “Memoirs of Great Britain and Ireland”, fechados el 3 de noviembre de 1787, en los que se hace una relación de una expedición proyectada al mar del sur entre 1779 y 1780 por “empresarios” particulares y otra expedición a los mares del sur que se planeaba efectuar en 1762. En el proyecto se proponían posibles ataques tanto al Mar del Sur como a las regiones de Yucatán y La Plata, ataques que según dichos informes, “no requerirán de ejércitos, ni flotas reales y significarían pocos gastos. Ellos arriesgarán pocas vidas y podrán en realidad llevarse a cabo por corsarios” Además, se proponía una expedición desde las Indias Orientales con destino a las Filipinas a Chile o México, de acuerdo a cómo se presenten las circunstancias.

En 1806 se envió desde Inglaterra una expedición a cargo de Samuel Auchmuty con el propósito de reforzar a William Beresford en Buenos Aires y el 12 noviembre 1806, se envió otra más esta vez a cargo de Robert Craufurd con el objeto de conquistar Chile. El objeto de esta misión formada por 4700 hombres era capturar los puertos fortificados de la costa de Chile, ocupando como base el puerto de Valparaíso. La expedición no debía llegar hasta el virreinato del Perú, el cual sería objeto de una expedición particular. Si Craufurd lograba tomar Santiago debía abrir comunicación permanente hacia Buenos Aires por vía terrestre, con miras a estimular objetivos comerciales y militares. Se le recomendaba, además, no interferir en los gobiernos locales, prefiriendo dejar a los criollos en los puestos de gobierno, debía además conciliar a la población y hacerle creer que el motivo de la expedición era dar protección y no apropiarse de un buen botín. Tampoco tenía que hacer ninguna promesa de independencia y todos los ciudadanos franceses que se encontraran en la colonia debían ser expulsados. El almirante Murray debía seguir la ruta del Cabo de Hornos o llegar hacia el Cabo de Buena Esperanza y desde ahí seguir rumbo al Pacífico por vía del océano Índico, según las condiciones del clima.655 Sin embargo, una vez que se obtuvieron las alarmantes noticias de que la ciudad de Buenos Aires, había sido recuperada por las fuerzas criollas a cargo de Santiago Liniers, se le ordenó a Craufurd, que modificara el destino de su misión y se dirigiera directamente a Buenos Aires donde debía ponerse a las órdenes de Samuel Auchmuty, quien a su vez dependía del comandante en jefe de las fuerzas de Sudamérica, el general John Whitelocke quien fue ignominiosamente derrotado por las fuerzas criollas.

En 1807 asumió un nuevo gobierno tory, encabezado por Lord Castlereagh, primer ministro y George Canning, como Secretario de Asuntos Exteriores. Con la anuencia de Miranda, se prepara una tercera expedición comandada esta vez por el general Wellesley, el futuro duque de Wellington, además de Beresford y Miranda, destinada a independizar América. Sin embargo esta misión también debió modificar su destino y se desvió a España en julio de 1808, que entonces había sido invadida por las fuerzas de Napoleón lo que ponía el destino de las provincias americanas dependientes de España en un escenario singularmente incierto656 Ante esta situación Castlereagh le escribió a Sydney Smith, una carta fechada el 4 de agosto de 1808 en la que le advertía que “si desgraciadamente España cayera en manos de Bonaparte” era el deber de Gran Bretaña impedir que Sudamérica cayera en la misma esclavitud. La intervención inglesa, según Castlereagh, no debería tender “a soberanía ni a ocupación territorial, y limitará sus vistas a formar una conexión con los dominios españoles en Sudamérica que sea mejor calculada para proteger su independencia y sus recursos contra los designios del común enemigo”657





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