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Viajes románticos


Los diez libros estudiados en este trabajo surgieron a lo largo de un decenio que ha sido llamado como “la época de oro del viaje romántico”672. ¿Que se entiende por viaje romántico? ¿Pueden o no caracterizarse como tales, los testimonios escritos a partir de estas experiencias? En un intento de definir la literatura de viajes del romanticismo, Roger Cardinal estableció una oposición entre las ideas de este período y las de la Ilustración, distinguiendo entre ambos idearios de manera tajante. La literatura de viajes romántica, según este autor, se opondría a la correspondiente al siglo anterior en la medida en que ésta última habría sido objetiva, impersonal y científica y habría estado impulsada, principalmente por un deseo de obtener mayor conocimiento. En circunstancias que la literatura de viajes del romanticismo era subjetiva, autobiográfica y más que responder a un impulso de conocimiento del mundo exterior, respondía a un afán de conocimiento y exploración del propio viajero673. Esta definición presenta algunos problemas para los propósitos de este trabajo, puesto que todos los libros estudiados en éste justificaron (su publicación) como vehículos de información útil o, en el mejor de los casos, objetiva y cuantificable. A sus autores les pareció mucho más importante acumular información relativa a hechos y cosas, potencialmente útil para los próximos viajeros, en lugar de expresar sus propios sentimientos o emociones. Por esa razón, en estos trabajos hay pocas observaciones subjetivas y todavía menos anotaciones de carácter autobiográfico. Estos viajeros parecen haber estado mucho más preocupados de la objetividad y la precisión de sus observaciones, dos valores que Cardinal asigna como preponderantes de la narrativa de viajes del siglo anterior, que de exaltar su propia subjetividad.

Según señala Michael T. Bravo, la precisión fue un elemento distintivo de las exploraciones a lo largo del siglo XVIII y de los testimonios que los viajeros dejaron de ellas. La exactitud y la precisión, de acuerdo a Bravo, le añadieron una nueva dimensión crítica y a veces polémica al lenguaje del viaje; haciéndole un espacio a juicios que distinguieran respecto de la confiabilidad de sus observaciones. Permitiendo el debate y la argumentación en aras de la fiabilidad de las observación. De tal manera que una medición o cualquier dato objetivo eran estimados como superiores en términos descriptivos, que una observación de carácter literario o una opinión personal.674

Sin embargo, los libros de viaje analizados en este trabajo junto con privilegiar la precisión de sus observaciones utilizaron al mismo tiempo de manera recurrente las estéticas de lo sublime y lo pintoresco que a diferencia del lenguaje de la precisión privilegiaban la exaltación de lo inconmensurable y de escenarios que no se ajustaban a la apreciación neoclásica de la medida y la línea recta. Se trataría entonces de dos lenguajes diferentes que podrían haberse articulado de manera conflictiva, pero que sin embargo convergieron en la medida en que las estéticas de lo sublime y lo pintoresco al igual que las actitudes y disposiciones derivadas de un impulso por la precisión y la exactitud tendían a domesticar o colonizar lo desconocido, en este caso la naturaleza o el paisaje del Cono Sur de América que esperaba incorporarse a una red de empresas del comercio imperial europeo.675 Como observa Bravo, las técnicas de medición, dibujo y descripción contribuyeron a formar un vocabulario común de exactitud en una tecnología aplicable a lo largo del imperio, pero esta no se encontraba exenta de ambigüedades retóricas. Lo que no habría impedido que la narrativa de viaje a partir de mediados del siglo XVIII se volviera cada vez más un instrumento clave del imperio para describir, valorizar y cartografiar el mundo que aspiraba a poseer.676

A pesar de esta última distinción, los diez libros estudiados en este trabajo, comparten muchos de los elementos que Roger Cardinal asignó como característicos de la literatura de viajes del romanticismo, tales como su fascinación por el contacto con pueblos extranjeros, la exploración de tierras remotas, la obsesión por la inmersión en “el color local” y la atracción por lo exótico entre otros elementos románticos.677 Del mismo modo, se ha considerado que el culto por una estética asociativa, como las retóricas de lo sublime y lo pintoresco, con sus correlativas expresiones de meditación, contemplación y ensimismamiento, ocasionadas por una naturaleza visualizada como un paisaje, serían también prácticas y usos característicos del romanticismo678.

No obstante esto, todavía hay muchos elementos considerados como propios del romanticismo como género artístico y fenómeno cultural europeo, que rebotan al toparse con estos libros de viaje. El más significativo de ellos se centra en que estudios de la literatura de viajes del romanticismo, como el del mismo Cardinal, tienden a centrarse en autores que son figuras literarias de renombre o en escritores profesionales, que por lo general son los manifestantes más insignes del movimiento. En circunstancias que los autores estudiados aquí, no son autores escritores, en un sentido literario del término, ni tampoco creadores o artistas.679 De manera que, tratándose de autores de segunda o tercera línea, si es que existe tal categoría habría que ver cómo ellos, escritores ocasionales, como militares, empresarios o mineros se relacionaron con un movimiento cultural cuyas características se han determinado a partir de la obra de sus cultores más preponderantes, que probablemente hayan estado plenamente concientes de las dimensiones culturales de su obra y de las pugnas ideológicas que esta englobaba. En el fondo aquí se trataría de ver cómo autores que viajaron, tomaron apuntes y terminaron publicando un libro, sin muchas veces habérselo propuesto, participaron, utilizaron y trataron con formas, usos y giros establecidos por la alta cultura. Ello nos conduce a revisar el estatuto del autor de un libro de viajes, tomando en cuenta que quienes escribieron estos libros, no fueron aristócratas que viajaron para recrearse o ilustrarse, como fue en un momento el caso del Grand Tour europeo, ni artistas que obedecieran a un impulso interior, que los llevara a buscar nuevos horizontes en una “invitación al viaje”, libre, o antojadiza e inexplicable. Los autores de estos libros no fueron a Sudamérica por el puro placer de hacerlo, antes bien viajaron por deber y en muchas ocasiones lo hacían en pos de la promoción social, que un esfuerzo de esta naturaleza podía significarles en sus carreras, tal como lo reveló Edward Hibbert, cuando señaló que la razón de orden personal por la cual emprendió su viaje fue la esperanza de avanzar el mismo en su profesión, “un motivo siempre lo suficientemente poderoso, pero doblemente entonces, en un momento cuando la paz opone una barrera a la ambición militar mucho más insuperable que los Andes”680.

Podría decirse entonces que estos autores asumieron posturas de carácter ilustrado a la vez que románticas en una convivencia que sólo podría resultar contradictoria si se insiste en ver ambas actitudes como compartimientos estancos, definiendo un período cultural a partir de formulaciones opuestas respecto de su precedente o siguiendo criterios negativos. Sin embargo, si se admite que entre la ilustración y el romanticismo, no hubo una barrera infranqueable sino diversos puntos de contacto y contagio, o si se considera que la visión del mundo característica del romanticismo se encontraba hacia las primeras décadas del siglo XIX todavía impregnada de nociones y valoraciones propias del ideario ilustrado del siglo anterior, estos trabajos resultan singularmente interesantes. Del mismo modo estos libros obras de autores menos concientes de los alcances o implicancias estéticas de su trabajo, permiten observar cómo podían circular ideas, nociones e imágenes de la alta cultura en obras menores de autores que no tenían ambiciones de escritores, pero que manejaban muchos de los códigos representativos no sólo del género literario de la literatura de viajes sino también del cuerpo de ideas y principios del romanticismo, entonces tan boga. Manifestando cómo la cultura literaria del periodo perneaba hacia capas que se encontraban al margen de los círculos literarios. En este sentido resulta llamativo observar como estos autores utilizaron referencias o alusiones literarias, como citas a la obra de Walter Scott o los poemas de Ossian, trucados por McPherson, y emplearon figuras o tópicos literarios propios de la estética de lo sublime y lo pintoresco que en ese mismo momento eran tan extendidos entre la comunidad letrada que Jane Austen se daba el gusto de parodiarlos en su primera novela Northanger Abbey681. Asimismo, estos libros sugieren la existencia de una interacción o de un diálogo entre líneas estéticas y ámbitos tradicionalmente disociados de estas como lo fueron los discursos geológicos y biológicos, que ayudan a enriquecer la noción tradicional del romanticismo.

Sin embargo, al observar cómo estos autores “dialogaron” o “negociaron” con algunas expresiones salientes de la cultura de la época, no está de más preguntarse si acaso ellos no estaban “remedando” figuras literarias que entonces eran de uso corriente, como podría suceder tratándose de la estética de lo sublime o lo pintoresco. En ese sentido el estudio de estos libros de viaje sugiere que en buena medida la literatura de viajes del romanticismo o incluso el propio romanticismo como estilo y forma de ver la vida podía reducirse a un conjunto de convenciones y prácticas que se encontraban bastante establecidas en el ámbito del subgénero literario del libro de viajes. Llegando un poco más lejos, no sería muy aventurado preguntarse si acaso la filiación de estos libros con la estética dominante del romanticismo puede haber sido responsabilidad de sus editores, que conocían perfectamente bien las convenciones del género y las inquietudes y necesidades de su audiencia.

Sin embargo, tampoco parece ser aconsejable llevar esta sospecha demasiado lejos y así, por ejemplo, minimizar del todo el impacto que pudo haber tenido entre estos viajeros la naturaleza americana, con su espectáculo de cumbres nevadas y vastas planicies.

Uno de los aportes más significativos de la obra de Mary Louise Pratt es su llamado a repensar la noción del romanticismo a la luz de la experiencia de los viajeros europeos en lo que llama las “zonas de contacto”, es decir, en aquellos puntos ubicados en la periferia de los centros dominantes donde los países de Europa del norte interactuaban con aquellas regiones tenidas por atrasadas en una geografía cultural que asociaba al Sur de América con el sur de Italia y España. De acuerdo a Mary Louise Pratt el “romanticismo” europeo pudo articular nuevos discursos sobre América, Egipto, África del Sur, Polinesia o Italia, pero éste también fue modelado, de regreso por la cultura de dichas regiones en un camino que tenía dos sentidos y no uno solo, en un modelo “difusionista” tradicional, en el cual una cultura irradia y otra se limita a tomar apuntes y a reproducir pasivamente. El romanticismo, de acuerdo a esta autora, entre otras cosas consistiría “en los desplazamientos de las relaciones entre Europa y otras partes del mundo, sobre todo las dos Américas que en ese momento estaban precisamente liberándose de Europa”. Mary Louise Prat llega incluso a sostener que el romanticismo podría haberse originado precisamente en estas zonas de contacto de América, África del norte y los Mares del Sur.682 Este análisis es tributario de las investigaciones propuestas por Bernard Smith ya en 1960 en su clásico trabajo “European Vision and the South Pacific” y en su continuación “Imaging the Pacific” en las que sugiere que el Mar del Sur fue un verdadero laboratorio cultural, donde los imperios del norte de Europa pusieron a prueba diversos alcances de su cultura. Entre los cuales destacó el abandono de modelos epistemológicos ligados a la tradición por una aproximación empírica a la formación del conocimiento que influyó significativamente en distintos aspectos de la cultura europea de regreso a casa683.

De este modo cabría preguntarse si libros como los comentados aquí, habrán contribuido a insertar un conjunto de motivos e ideas en la cultura europea surgidos de su propia experiencia en estos viajes, como por ejemplo su relación con la naturaleza o un determinado paisaje, la emancipación de las nuevas repúblicas y el surgimiento de nuevas naciones con nuevos espacios de libertad, aventuras y mucho color local. De modo que este contacto europeo con el Cono Sur le haya permitido al discurso romántico una modulación más intensa de la que hasta entonces había tenido, tal como el contacto con la geografía americana le permitió a la especulación mineralógica y geológica acceder a nociones que hasta entonces no se habían vislumbrado.





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