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El imperio


Sin embargo, a pesar de este espíritu romántico no hay que perder de vista que en muchos de estos libros de viajes hay una visión sombría de las revoluciones de la Independencia. Una actitud, que, entre otras cosas, se refleja en el reiterado llamado al orden que hacen a estas Repúblicas para que se constituyan políticamente en Estados capaces de proporcionar las garantías mínimas para el comercio. Así como en una continua apreciación del estado de abandono en que se encontraban estas Repúblicas, como una tierra en ruinas. Esta visión desfavorable o pesimista hacia las revoluciones debe verse a la luz de la Europa de 1815, de la Santa Alianza y de los movimientos absolutistas surgidos en ella a partir de la derrota de Napoleón. Esto último apunta al contexto político en el cual se desenvolvieron estos libros que he intentado desarrollar en este trabajo.

En este contexto destaca el marco político proporcionado por el imperio, entendido como la manifestación de un momento histórico determinado y no como una entidad abstracta. En ese sentido en este trabajo intenté trazar un bosquejo de la genealogía del proyecto expansionista británico hacia el Cono Sur, con el propósito de señalar la existencia de eventuales relaciones entre estas antiguas experiencias de los siglos XVI, XVII y XVIII y las incursiones británicas de las primeras décadas del siglo XIX. Se trataría de algunas constantes de larga duración útiles para iluminar y esclarecer muchos de los aspectos más salientes de estos libros de viaje que constituyeron algunas de las primeras penetraciones británicas en el continente americano. Luego destaqué la vinculación personal que estos viajeros expresaron hacia una empresa imperial de largo alcance, que de alguna forma corresponde con lo que se ha denominado “el segundo Imperio Británico”, que entre sus características más sobresalientes tuvo un marcado acento nacional y un sesgo conservador684. Esta suerte de compromiso con la causa del imperio se deduce a partir de la trayectoria de estos viajeros y se manifestó en términos directos o expresos, a través de sus declarados proyectos de expansión y ocupación, y de manera tácita o implícita mediante una serie de formas de representación que encerraban metáforas de colonización y ocupación territorial. Así tanto la estética asociativa, como el despliegue de una mirada de carácter topográfico y el impulso cartográfico pueden ser integradas en una forma de representar la realidad americana que se enmarca en una empresa expansionista. Para expresar esto último he asumido que estos autores podrían haber adherido a una serie de posiciones o actitudes intelectuales y políticas sin expresarlo de manera explícita. Es por eso que integré expresiones y representaciones como las visiones de la naturaleza y el paisaje con manifestaciones expresas de carácter imperial que tomaron forma en proyectos o propósitos enunciados expresamente tales como planes de inversión de capitales británicos y la promoción de proyectos de colonización, entre otros, que en el fondo revelaban que sus planes además de perseguir la consecución de sus propios intereses formaban parte de una empresa compartida y aglutinante de alcance mayor.

Sin embargo, este compromiso con una causa imperial puso de manifiesto una considerable diversidad de enfoques o una variedad de aproximaciones, las cuales no permiten probar la existencia de una actitud única, monolítica, o predecible respecto de esta región; sino que al contrario, revelan puntos de vistas diversos e incluso contradictorios de estos autores. Ello sugiere que si efectivamente existió un discurso sobre América a lo largo del siglo XIX este fue formándose con el tiempo y no de manera unidireccional sino que a través de un proceso de recepción y selección posterior que hicieron otros viajeros y autores europeos y también los miembros de las elites locales americanas. Ellos, en definitiva, habrían contribuido a homogeneizar y comprimir un cúmulo de visiones variadas e incluso contrapuestas sobre América del sur en un discurso que tomó forma a lo largo del siglo XIX.

En el propósito de determinar los diversos contextos, que permitan situar e iluminar estos trabajos puse especial énfasis en el fracaso, la decepción y el desengaño que surgieron de estos viajes. No sólo el fracaso de las compañías mineras y el frustrado negocio de los empréstitos, sino que una sensación de frustración y decepción, producida por el derrumbe de muchas de las expectativas que se habían cifrado sobre el Cono Sur de América.

Sugiero que el fracaso fue el pivote en torno al cual giraron, en mayor o menor medida, todos estos libros de viaje. Tanto aquellos que fueron publicados antes de los últimos meses de 1825, es decir antes de la crisis económica, como aquellos que salieron una vez que se había producido esta crisis y que surgieron como un intento de determinar sus causas y que fueron justificados por sus autores, en el propósito común de entregar información y de justificar un error atribuido eminentemente a la falta de ésta. En general, el fracaso de las compañías mineras determinó drásticamente el curso de la especulación inglesa en el Cono Sur, dejando, según señala Claudio Véliz, una impresión muy profunda en Londres. Habría sido necesario que transcurriera una generación antes de que se restableciera la confianza financiera perdida en las empresas Sudamericanas y sólo veinte años más tarde pudo volverse a levantar un segundo préstamo en el mercado de Londres, que estuvo eminentemente destinado a pagar las deudas contraídas en el préstamo anterior. De acuerdo a lo observado por Véliz, en las tres décadas posteriores a 1825 los ingleses sólo comprometieron modestos montos de capital, lo que no impidió que el comercio entre ambos países fuese aumentando progresivamente.685 De acuerdo a este autor, en el caso chileno el colapso de las compañías mineras tuvo consecuencias que trascendieron a la industria minera, ya que esta experiencia frustrada contribuyó a fortalecer la mano de los políticos conservadores que siempre habrían visto a los extranjeros con sospecha. Entre estos conservadores resaltaba la figura de Mariano Egaña, para quien la experiencia inglesa habría sido determinante en el fortalecimiento de sus visiones centralistas y conservadoras. Egaña quien tuvo una participación protagónica en las reformas centralistas que siguieron a la revolución de 1829, tuvo una influencia decisiva en las deliberaciones y los resultados finales de la convención que diseñó la constitución de 1833, que rigió la vida de la nación chilena por los próximos cien años.686

Sin embargo, en un estudio posterior, el historiador Gabriel Salazar sostiene que la influencia británica en el establecimiento del llamado “Estado Portaleano” habría tenido una orientación diferente, a la advertida por Véliz.687 Para Gabriel Salazar, la presencia de las naves inglesas de la Estación del Pacífico, junto a los barcos de otras potencias del hemisferio norte, transformó la ola mercantil inglesa que había llegado a las costas de Chile desde antes de la independencia chilena en un asedio “militarizado” contra la legislación económica local. Esta presencia foránea, a juicio de este historiador, se habría constituido “en un factor desorganizativo, que desnormativizó las actitudes y conductas de los funcionarios de aduana, de Gobierno y de los propios mercaderes locales.” Esta influencia o presión habría provocado una consecuente “desmoralización” de la clase mercantil chilena, “creando una situación anómica, que caotizó y confundió por arriba los movimientos sociales que, desde abajo —como era el caso de las bases “pipiolas”— intentaban construir un Estado productivista y democrático”. Esta “ola mercantil inglesa” se habría montado sobre el contrabando que infiltraba mercaderías foráneas desde comienzos del siglo XVIII, e incluso desde antes, hasta convertirse a partir de 1817 en un asedio “permanente, sistemático y navalmente protegido” a los mercados locales. Para Salazar los efectos de esta intromisión no se limitaron a presionar a los funcionarios aduaneros y los legisladores locales, sino también habrían logrado desmoralizar “la ética y legalidad proteccionista y productivista bajo-coloniales”, a través de un proceso gradual, confuso, pero también resistido, en el cual a la larga se habría logrado la claudicación total de la oligarquía criolla, que acabó rendida ante esta modernización impuesta desde afuera o desde arriba.

Salazar, a diferencia de Véliz, sostiene que el movimiento mercantil criollo, que según él estaba asociado con los intereses propugnados por el triministro Diego Portales, que en 1830 erigió y sostuvo mediante las armas una institucionalidad estatal y una ética administrativa, no desalojó a los comerciantes ingleses y las naves de la armada británica que se habían apoderado del comercio exterior, del cabotaje y aun del comercio al menudeo, rubros que la legislación colonial y postcolonial les prohibía expresamente. Al contrario, esta institucionalidad habría consolidado una modernización impuesta desde afuera. Modernización, que según este autor, habría hundido su “alienidad” “hasta el fondo de la sociedad local”.

Las conclusiones de Salazar sugieren, sin decirlo expresamente, que de alguna forma la influencia de los comerciantes o empresarios ingleses habría sido decisiva en el proceso de constitución del Estado chileno, en la medida en que ellos no sólo habrían presionado para lograr la promulgación de una legislación y el establecimiento de prácticas favorables a sus intereses y propósitos, sino que también habrían minado la moral de las clases mercantiles nacionales que venían implementando formas de desarrollo acordes con su propio ritmo y usanza.

Pero es el momento de regresar a los libros que constituyen el tema de este trabajo, y que en buena medida son el testimonio directo de varios de estos mismos empresarios o aventureros capitalistas ingleses de la “oleada mercantil” aludida por Salazar. Un testimonio, que según he observado, puede caracterizarse por el desengaño y la decepción ante proyectos fallidos e ilusiones perdidas. ¿De qué manera podría conciliarse esta actitud general de fracaso con el triunfo general de la empresa inglesa en Chile y el resto de las repúblicas americanas durante las décadas siguientes? Una respuesta podría encontrarse en el hecho de que a pesar de esta general impresión de fracaso, estos libros contribuyeron al desarrollo de futuras empresas inglesas en América al proporcionar un acervo de información útil respecto de esta región. Información que fue constituyéndose en un archivo americano, que asistió e iluminó futuros desarrollos de marcado acento imperial como la “Steam Navigation Company” en las costas del océano Pacífico, o las comunicaciones telegráficas a través de la cordillera de los Andes, las líneas de tren que se fueron extendiendo a través de estos territorios y los ambiciosos proyectos mineros que tomaron forma en Chile, Perú y Bolivia.

Pero también, ya que estos testimonios de experiencias fallidas contribuyeron a cimentar la idea de que América del Sur se encontraba en deuda con Inglaterra. El capitán Head señaló, por ejemplo, que mientras la gente se lamentaba por las pérdidas ocurridas, la causa que había ocasionado la ruina general de estas compañías seguía todavía en pie, y tanto él como sus compatriotas seguían “en la ignorancia de los países en los cuales nuestro dinero se encuentra enterrado.”688 Joseph Andrews, compartió esta visión cuando señaló: “Allí estaba la tierra y aquí el capital”, señaló, “sólo de esta manera América podría habernos retribuido de manera más que suficiente”.689 Esta noción de que en América del sur se encontraba enterrado el dinero inglés, contribuyó a consolidar un argumento que serviría para justificar la presencia inglesa en América, ya que de alguna manera ella tenía que resarcirse de una gran deuda pendiente.

Una prueba de este último aspectos la proporciona el libro South America and the Pacific comprising a Journey across the Pampas and the Andes from Buenos Aires to Valparaíso, Lima and Panama, escrito por Peter Campbell Scarlett y publicado en Londres en 1838. Peter Campbell Scarlett proponía el establecimiento de una sociedad naviera de vapores ingleses que recorriera la costa occidental de América en combinación con líneas ferroviarias y canales de navegación que cruzaran el continente, permitiendo la unión de ambos océanos, facilitando con ello el flujo de mercaderías desde y hacia Inglaterra. Estos proyectos encontraron eco en Chile, en el empresario norteamericano radicado en Valparaíso, William Wheelwright, cuyos planes coincidían con el acariciado proyecto de Campbell y que de alguna forma materializaban el anhelo de algunos de los viajeros estudiados aquí que pretendieron establecer una red de conexiones mercantiles capaz de conectar el flujo de recursos americanos de manera directa y expedita hacia la metrópolis inglesa.

Es evidente que Peter Campbell Scarlett procesó la información contenida en los libros de viajes estudiados en este trabajo y que lo precedieron en sus empresas. A algunos de estos autores Campbell los cita de manera expresa, como es el caso de Head690 y Caldcleugh691, pero aun cuando no mencione a los demás, resulta evidente que a todos los leyó y digirió, a juzgar la cantidad de expresiones, conclusiones y temas característicos de ellos que comparte. Sin embargo, Peter Campbell Scarlett llevó los proyectos y las ambiciones de sus predecesores mucho más lejos, proponiéndose “estrechar el cerco marítimo inglés” sobre las regiones de América del Sur, ya que a su juicio, el comercio inglés sólo podría mejorar “si a los barcos de guerra se les permitiera visitar con más frecuencia los diversos puertos en la costa desde Valparaíso a Panamá permitiéndole mayor seguridad a los comerciantes ingleses contra las revoluciones, asegurando las propiedades de todas las personas residentes en estas costas están tan expuestas, por la debilidad de sus gobiernos y los sucesivos cambios, que son consecuencia de esta misma debilidad.”692 En su obra, Peter Campbell Scarlett reprodujo los informes de su socio Wheelwright, quien sugirió a las autoridades inglesas implementar en América algo similar a lo que habían desarrollado en la India.693 Según este empresario norteamericano, Inglaterra se encontraba en “el momento propicio para desarrollar un esquema similar en el hemisferio occidental, abrazando regiones al otro lado de los Andes, iguales en dimensiones geográficas a aquellas del este, y que si bien no tienen el mismo carácter y grado de interés, están sin embargo íntimamente conectadas con el comercio y el intercambio de Gran Bretaña, y la seguridad y el avance de sus colonias”694. Wheelwright basó, e incluso llegó a legitimar todas sus propuestas y sus llamados a la intervención inglesa en esta región, en la supuesta deuda que América habría contraído con Inglaterra, argumentando que “Gran Bretaña…había embarcado millones y millones de capital británico en la causa de estos nuevos Estados, por los cuales no había recibido nada a cambio: al contrario, un interés acumulado había henchido el interés hasta una suma casi increíble”.695

Resulta interesante observar, entonces, como a partir de estos libros el fracaso inicial de las inversiones y especulaciones inglesas se fue convirtiendo en la base de un argumento de justificación que animaba a los ingleses a volver sus ojos a esta región, con el pretexto de recuperar lo que habían perdido en ella, o lo que habían dejado allí y que esperaba su regreso.

Sin embargo, en este trabajo he propuesto una noción de fracaso más amplia, que no consistió exclusivamente en el mencionado colapso de las compañías mineras, sino también en una serie de diversos factores concomitantes, como la general sensación general de vulnerabilidad, que expusieron estos autores y el desengaño que sintieron al enfrentarse con tierras que desmentían tajantemente las visiones que se habían transmitido sobre esta región de América desde hacia siglos. Por eso he intentado poner de manifiesto la general sensación de vulnerabilidad, aislamiento y soledad que sintieron estos viajeros mientras viajaban por una naturaleza que les pareció hostil. Manifestando la impresión general de que el medio ambiente tenía un peculiar influjo sobre su constitución física y síquica.

Con todo, he intentado sugerir también que esta vulnerabilidad no se limitaba sólo a la complexión física de estos viajeros ingleses, sino también a su disposición moral, e incluso a su propia identidad. La noción de “constitución” o “complexión” utilizada por estos viajeros tenía una connotación física a la vez que moral, y se vinculaba con una determinada noción del carácter nacional, afincado en una geografía y en un clima determinado. Es por eso que, tal como señala alguno de ellos sólo un poco de “viento inglés” habría bastado para devolver a la vida a estas alicaídas constituciones británicas, en medio de la sequedad y la agobiante humedad del clima de América del Sur. Resulta paradojal, entonces, constatar como esta idea, según la cual, la constitución física y moral del hombre era determinaba por un clima y una geografía, que les proporcionó a estos viajeros un sustento teórico para articular sus diagnósticos respecto del carácter de los pueblos sudamericanos por los que viajaban, haya podido jugarles también en su contra, recalcándoles su extrañeza y vulnerabilidad frente a un medio que aparecía adverso. De tal manera que el mismo discurso que de alguna manera impulsó y contribuyó a justificar, en parte, su empresa de expansión imperial, terminó por contribuir a obstaculizar sus propósitos de propagar la influencia de la civilización.

Esto de alguna manera cuestiona la caracterización que hizo de estos viajeros Mary Louise Pratt, cuando señaló, que estos viajeros de la década de 1820, a diferencia de los exploradores y naturalistas, no describían realidades que dieran por nuevas; ni se presentaban como descubridores de un mundo nuevo y frecuentemente reemplazaron su retórica contemplativa y estetizante del descubrimiento por una retórica de conquista y realización orientada hacia objetivos determinados. Mary Louise Pratt añadió que “en muchos aspectos, el itinerario mismo se convierte en ocasión propicia para elaborar un buen relato, en el cual el viaje es un triunfo por derecho propio… ”696 A esta visión del viajero inglés de las primeras décadas del siglo XIX, como un conquistador imperialista triunfante he contrapuesto la decepción general que trasuntan sus libros, que como se ha visto, no sólo se encarnó en el fracaso de sus proyectos, sino también en la sensación de vulnerabilidad que sintieron sus autores697, a lo que se añadió una sensación general de desengaño, manifestada en su primer contacto con esta región. Visiones desengañadas que terminaron por derribar las antiguas especulaciones, en su mayoría imaginarias que existían sobre esta región de América. De manera que en este primer contacto se comenzó a terminar una tradición de especulación que había caracterizado la literatura de viajes del Cono Sur americano de los siglos pasados y que incluso llegó a animar estas primeras empresas. La decepción o el desengaño ayudaron a poner las cosas sobre la tierra a un nivel más verosímil, pero estos libros también fueron proponiendo en su reemplazo otra visión sobre América, que a su vez sirvió de piedra de toque para el establecimiento de un nuevo discurso concerniente a los asuntos sudamericanos, inaugurando así a una nueva cadena de referencias que dejó a un lado las antiguas preconcepciones para contribuir al establecimiento de otras nociones, no necesariamente menos falsas. Pero, también haría falta necesariamente la llegada de un nuevo viajero, que no compartan esta impresión general de vulnerabilidad frente al territorio y lo nuevo, que sepan imponerse sobre el clima, el paisaje y en general sobre todas las dificultades que les imponía el escenario de lo sublime y lo desconocido, probablemente se trate del imperialista británico, jingoísta y triunfante que se constituyó en épocas posteriores.

FUENTES

Libros de viaje y documentos contemporáneos



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