Universidad de Chile


Relaciones Internacionales. La contratación de los empréstitos



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Relaciones Internacionales. La contratación de los empréstitos.


La intrincada historia del empréstito chileno en el mercado inglés se vincula con los primeros atisbos de la historia diplomática nacional. Una vez que la independencia de las repúblicas sudamericanas comenzó a consolidarse, surgió la necesidad de legitimar la posición de las nuevas naciones ante las potencias europeas, principalmente frente Inglaterra, que entonces era la principal potencia del mundo y el mayor “cliente” de los mercados latinoamericanos. Este país, tradicionalmente había mantenido una actitud ambivalente con los dominios españoles en Sudamérica, debido a su delicado equilibrio diplomático con España que tambaleaba y oscilaba entre momentos de tregua y otros de guerra declarada, de manera que sus proyectos de avanzadas o ataques frontales hacia América eran el corolario de declaraciones de guerra en Europa contra España.

La invasión inglesa de 1806 a Buenos Aires, puede interpretarse como la materialización del acariciado proyecto inglés de atacar a España en sus flancos coloniales, aun cuando los resultados de este ataque probaron ser efímeros. Una vez que se reanudaron las guerras napoleónicas, el mapa diplomático europeo se había modificado significativamente y España pasó a convertirse, involuntariamente, en una aliada de Francia en su guerra contra Inglaterra. Fue en ese contexto de hostilidades cuando un escuadrón británico al mando de Sir Home Rigs Popham, que venía de regreso de capturar el Cabo de Buena Esperanza en el extremo sur de África, entró imprevistamente al Río de la Plata y tomó la ciudad de Buenos Aires en una acción militar que no estaba expresamente autorizada por el Almirantazgo. Este incidente detonó una serie de enfrentamientos en los que se trenzaron ingleses, españoles y criollos, entre 1806 y 1807, y que terminaron por convertirse en un importante aliciente para la independencia del Virreinato de Buenos Aires del dominio español. Estas invasiones frustradas, fueron también el último intento inglés de conquistar dominios en Sudamérica por la vía armada. A partir de entonces, el impulso inglés hacia la región fue de carácter comercial o estratégico, cosa que no sólo fue consecuencia de un humillante fracaso militar, sino también a que el escenario diplomático europeo volvía a rearmarse, de manera diferente producto del resultado de las guerras napoleónicas.

Mientras España e Inglaterra insistían en su inveterada rivalidad, Portugal mantuvo su posición de aliada estratégica con Inglaterra. De tal manera que, cuando en 1807 Napoleón envió a sus fuerzas para apoderarse de Portugal, la familia real y el gobierno portugués completo huyeron a Brasil custodiados por barcos ingleses de la escuadra del almirante Sidney Smith31. A raíz de esto Inglaterra tuvo que proseguir en Río de Janeiro las relaciones diplomáticas que antes sostenía en Lisboa. No se trató, por cierto, de una imposición incómoda para el gobierno inglés, que aceptó con gusto el ofrecimiento que se le hacía de tener un observatorio privilegiado desde donde contemplar el proceso de emancipación americana. Para tal efecto, en mayo de 1808 Inglaterra estableció en Río la estación naval sudamericana a cargo del Almirante Smith y designó un ministro plenipotenciario ante la corte portuguesa en Brasil, el único cónsul inglés oficial que hubo entonces en Sudamérica32.

Uno de los viajeros ingleses estudiados en este trabajo, Alexander Caldcleugh, fue un miembro agregado de la comisión de Edward Thorton, uno de los ministros británicos en la corte de Río. Tal como él mismo Caldcleugh cuenta, los ministros ingleses destinados al exterior tenían la instrucción de emplear funcionarios que actuaran como coleccionistas de historia natural para equipar los respectivos gabinetes de sus naciones y Caldcleugh, pertenecía a esta categoría de funcionarios de formación científica, que se conocieron genéricamente como naturalistas, aunque en rigor no lo fueran33.

Caldcleugh, entre otras cosas, era especialista en geología. Había partido de Plymouth el 9 de Septiembre de 1819, a bordo de la nave Superb con rumbo a Brasil desde donde inició sus recorridos por Sudamérica. Entre 1819 y 1821 viajó a Montevideo, ocupado entonces por los portugueses, pasó luego a Buenos Aires donde permaneció quince días e inició su viaje a Chile, a través de la Pampa y la Cordillera de los Andes. Como resultado de sus viajes publicó, cuatro años más tarde su libro, Travels in South America during the years 1819-20-21 containing an account of the present state of Brazil, Buenos Ayres, and Chile donde cuenta que el 22 de febrero de 1820, inició acompañado de un guía su viaje a caballo a través de la pampa para llegar a Santiago de Chile. Desde allí pasó al puerto de Valparaíso desde donde viajó a bordo de la nave Creole con destino al Callao, y Lima donde estuvo una semana, al cabo de la cual regresó a Valparaíso donde desembarcó el 21 de mayo de 1821. A fines de ese mes Caldcleugh inició su viaje de regresó a Buenos Aires, desatendiendo los consejos de regresar por mar para evitar las dificultades de cruzar la cordillera en pleno invierno. El historiador Diego Barros Arana señala que Caldcleugh “prendado del clima de Chile, regresó poco más tarde a este país. Poseedor de algunos bienes de fortuna, vivía confortablemente interesado en ensayos agrícolas y en otros trabajos en cierto modo científicos”.34 Pero no fue precisamente el buen clima lo que atrajo a Caldcleugh a las tierras de Chile, sino que sus minas y el interés de preservar los intereses de su país. Para dedicarse a ello volvió a Chile, concretamente en 1825, una vez que hubo publicado su libro.

Entre Inglaterra y las nuevas naciones americanas no podían establecerse relaciones diplomáticas bilaterales ya que ello le significaría a la corona inglesa violar las leyes españolas y provocar un conflicto mayor en Europa continental, cuya política exterior entonces se inspiraba por el espíritu de la Santa Alianza que propugnaba un restablecimiento de los regímenes monárquicos. Además, las nuevas repúblicas americanas no ofrecían garantías suficientes como para permitir un reconocimiento de carácter oficial. Ello podría explicar las reticencias del secretario del Foreign Office, Lord Castlereagh quien, preocupado de mantener relaciones cordiales con España, dilató todo lo que pudo el reconocimiento de las repúblicas americanas. Ello, sin embargo, no le impidió establecer una misión naval en las costas de Sudamérica y facultar a sus oficiales para que actuaran en representación de los intereses ingleses35.

Tal como observa el historiador Cristopher Bayly, a partir de finales del siglo XVIII los ingleses lograron establecer una formidable hegemonía naval para apoyar a su fortalecido imperio, mientras que las flotas de sus principales rivales del siglo anterior, franceses, españoles, portugueses, holandeses y daneses, estaban arruinadas. Entre 1800 y 1815, el tonelaje en barcos de guerra y barcos mercantes ingleses aumentó mucho y creció todavía más con la expansión del comercio británico después de 1818. “Los escuadrones ingleses —agrega este autor— llegaron a controlar cada una de las grandes rutas marítimas”36.

La labor de la Estación Naval británica se extendió desde las costas de Brasil hacia la ribera Pacífico y su propósito fue fundamentalmente proteger al comercio británico mientras éste establecía sus primeros contactos directos con Sudamérica, especialmente ante las irregularidades que producían las guerras y los reiterados cambios de gobierno. Los oficiales ingleses tenían además la obligación de hacer reportes sobre el progreso de las revoluciones americanas y servían de intermediarios entre ingleses y las autoridades americanas e incluso, incidental y extraoficialmente, podían transportar especies hacia Inglaterra en beneficio de sus comerciantes. Hubo barcos ingleses instalados en los puertos de Río de Janeiro, Buenos Aires, Valparaíso, Lima y San Blas. Barcos que emplazados en la encrucijada de preservar el orden con España y establecer contactos con los insurgentes, tuvieron una posición ambigua u oscilante. La complejidad de esta posición se manifiesta en una carta que el comodoro Bowles le envió al virrey Pezuela, del Perú, donde le dice: “Mi obediencia a mi soberano y mi consideración del honor de mi país igualmente me inducirán a evitar todo lo que pueda causar ofensa y sospecha mientras duren las hostilidades en estos países, Y por lo tanto reclamo con confianza la protección y justicia hacia los súbditos de su Majestad Británica dentro de la jurisdicción de Su Excelencia que las facultan a demandar, los derechos reconocidos de las naciones neutrales, y el buen entendimiento entre nuestras dos cortes”37.

A pesar de que las autoridades inglesas hicieron esfuerzos para mantener una posición de neutralidad, estuvieron lejos de conseguirlo, ya que ampararon por vía de las armas al contrabando inglés, asunto que infringía las legislaciones de las nuevas repúblicas y sorteaba el bloqueo que las naves hispanas habían instalado en el Pacífico Sur38.

En 1822, Joseph Planta, el subsecretario de Lord Castlereagh en asuntos exteriores, reconoció ante el embajador inglés en Madrid: “Si quisiera trazar nuestra línea política, tendría que decir que nuestras acciones deben ser tan poco manifiestas como sea posible, pero siempre garantizando a nuestros súbditos todas las ventajas comerciales que disfrute cualquier otra nación en las Provincias de Sudamérica. Con ese fin debemos insertar una cláusula en una de nuestras actas del Parlamento, creo que el Acta de Navegación, para permitir y proteger ese comercio (…) pero debemos hacer tan poco alboroto como podamos; razonar y defender el asunto ante España como algo que dadas las circunstancias, nos resulta de absoluta necesidad”39.

Mientras tanto, las repúblicas sudamericanas hacían humildes esfuerzos por consolidar relaciones directas en un plano si se quiere más franco. El reconocimiento de las potencias europeas era algo necesario principalmente por la aspiración que tenían las autoridades americanas de establecer tratados comerciales que les ofrecieran ventajas bilaterales que les permitieran negociar en un pie de igualdad con las potencias europeas. Sin embargo, se trataba también de un asunto de prestigio político40. En busca de este reconocimiento oficial, viajaron a Europa ministros plenipotenciarios de diversas naciones sudamericanas cuyos esfuerzos se concentraron principalmente entre Londres y París. El gobierno chileno, con Bernardo O’Higgins como Director Supremo, envió a estas dos capitales como ministro plenipotenciario al guatemalteco Antonio José de Irisarri, quien se radicó en Londres en 1818. La misión de Irisarri comprendía una serie de instrucciones, además de obtener el reconocimiento de la independencia chilena. Entre estas instrucciones, que curiosamente habían sido redactadas por el propio Irisarri, estaba la propagación de noticias favorables sobre Chile: “todos los acontecimientos favorables de esta parte del globo, la feracidad de su suelo, la hospitalidad de los nacionales, la riqueza territorial (minera), la salubridad del temperamento, la liberalidad de las leyes y la tolerancia civil y religiosa” y la autorización para contratar en cualquier parte de Europa un empréstito de dos millones de pesos. Curiosamente estas instrucciones no tenían las firmas correspondientes, lo que en definitiva las hacían inoponibles ante el gobierno chileno, ello se habría debido a las intenciones del propio Irisarri de ofrecer a las potencias europeas la posibilidad de establecer una monarquía en tierras americanas, asunto que evidentemente no era del agrado del Director Supremo O’Higgins41.

Apenas llegó Irisarri a Londres se empeñó en contratar un empréstito en el mercado de la ciudad. En Chile se había hablado de este proyecto mientras se buscaban fondos para financiar la expedición libertadora a Perú, pero una vez que esta empresa pudo solventarse con medios disponibles en el país —y no necesariamente chilenos, como se ha visto— la idea de un empréstito pasó a segundo plano. Las autoridades locales se opusieron manifiestamente a las tratativas de Irisarri y tanto el Senado Conservador como O’Higgins, manifestaron que Chile no necesitaba un empréstito de este tipo y tampoco se encontraba en condiciones de pagarlo. Ante esto, en 1821, Irisarri envió a Chile una carta pública, intentando convencer a las autoridades y a la opinión pública de la necesidad y conveniencia de acordar un pacto como el que se traía entre manos. En respuesta a ello, el Senado y el gobierno solicitaron a quien entonces ejercía como superintendente de la Casa de Moneda, José Santiago Portales, que emitiera un informe al respecto el cual resultó ser enteramente desfavorable a la contratación del préstamo. O’Higgins notificó entonces a Irisarri que suspendiera toda negociación o que rescindiera lo hecho hasta la fecha, pero sus instrucciones llegaron a Londres demasiado tarde, ya que el 18 de mayo de 1822, contra todas las recomendaciones, pero en atención a circunstancias que él estimó propicias, el guatemalteco contrató un empréstito de un millón nominal de libras esterlinas con una casa comercial inglesa, a nombre del gobierno chileno.

Las noticias que llegaban a Europa de los recientes triunfos de las fuerzas de San Martín y O’Higgins y el éxito de la expedición libertadora en Perú, que había tomado Lima, la capital del virreinato y la ciudad más rica de América del Sur, realzaron el prestigio de Chile entre los ingleses y propulsaron las maniobras de Irisarri. Gracias a las cuales, el país se encontró comprometido a pagar veinte mil libras esterlinas el primer año y diez mil, los siguientes, hasta cubrir el monto total adeudado. Para afianzar este pago, Irisarri literalmente hipotecó las rentas de Chile, en especial las entradas de la Casa de Moneda y el producto de los diezmos, en circunstancias que, tal como lo había observado John Miers, la situación financiera del país era cercana a la ruina.

Para entusiasmar a la opinión pública inglesa, Irisarri, que lo que no tenía de tonto lo tenía de pillo, publicó un panfleto que tituló “El Préstamo de Chile”, donde anunciaba la contratación de un préstamo a nombre del gobierno de Chile “con la Casa de los Hermanos Hullet & Co, en conjunción con eminentes casas en Londres y París” y explicaba las condiciones generales del negocio y la colocación de los bonos. Luego pasó a describir la situación del país en los siguientes términos:

“Aún cuando nominalmente todavía está en guerra con España, Chile está ahora de hecho, en paz con todo el mundo; la posición geográfica del país lo asegura de una colisión de intereses con los estados vecinos, y lo remueve completamente de la esfera de la política europea.

En este estado de paz, en casa y en el exterior, es el deseo del gobierno promover planes de desarrollo interno. Ningún país puede jactarse de tener un mejor clima y un mejor suelo que Chile; además de lo cual el país posee ricas minas de oro, plata y cobre, etc.: es considerado como el granero de la mayor parte de la costa occidental de América, y las exportaciones de su producto agrícola estimulan su navegación y contribuyen a respaldar su superioridad marítima en el Pacífico.

Bendecido, sin embargo, como el país lo está por los dones de la naturaleza, está todavía muy desprovisto de aquel grado de riqueza y desarrollo que debería haber alcanzado, desde hace mucho, si no hubiera sido por que generaciones de administración perezosa, perversa, e impolítica han entorpecido su progreso. —Es con miras a acelerar este progreso, y para reformar el sistema financiero, que se ha resuelto levantar este préstamo, que será empleado para estimular las capacidades productivas de un territorio diversificado, una costa extensa, y una población esforzada; los modernos adelantos en la agricultura y la minería serán introducidos, y el número de fondos de los bancos de “rescate” serán aumentados en los distritos mineros; todas las medidas beneficiarán la recaudación pública no menos que la prosperidad nacional.

No obstante el gran gasto de armamentos que fueron implementados contra Perú, Chile no tiene deuda pública, y los billetes que fueron emitidos en el crédito del gobierno ya han sido rescatados”42

Ese panorama tan elogioso como irreal dio buenos resultados y los bonos se colocaron en su totalidad. Pero el problema no estaba allí, sino que en Chile, en donde las noticias de los progresos de Irisarri en sus negocios fueron recibidas con estupor y alarma. El diputado chileno no tenía instrucciones precisas para actuar como lo había hecho, pero su contrato no podía rescindirse so pena de comprometer gravemente la honorabilidad del país. El empréstito tuvo que ser aprobado en Chile ante hechos consumados, y se establecieron mecanismos para tratar de dar buen uso a la remesa de dinero que llegó a Valparaíso. Sin embargo, el préstamo no tardó en convertirse en un dolor de cabeza, no sólo porque pronto llegó la hora de pagar, sino porque el dinero adquirido precipitó un desfile de personeros interesados en hacerse cargo de esta nueva riqueza, adquirida de manera tan peculiar.

Chile no fue el único país sudamericano en “ensartarse” con un préstamo de esta naturaleza. Aunque, a decir verdad, los primeros intentos de las nuevas repúblicas sudamericanas de obtener dinero prestado fueron por vía armada. En octubre de 1818, el comodoro Bowles notificó a al Almirante británico que el gobierno de Buenos Aires tenía las intenciones de cobrar un impuesto forzado a los ciudadanos ingleses residentes en la ciudad que sumaba 150 mil dólares43. El incidente causó alarma y muchos comerciantes intentaron huir de la ciudad, hasta que intervino el oficial de la armada. El gobierno peruano también trató de recurrir al mismo expediente para conseguir fondos para renumerar a sus tropas y, en 1822, el Congreso intentó imponer a los comerciantes británicos residentes en Lima un préstamo de 200 mil dólares. La medida fue resistida por los ingleses, quienes contaron con la asesoría y el convincente poder de las armas del capitán Henry Prescott, que había llegado a ocuparse de la estación naval inglesa en el Pacífico en junio de 182144. Esta última situación puede servir de ejemplo para ilustrar la forma cómo actuaban las fuerzas inglesas en el Pacífico. En este caso los comerciantes ingleses reaccionaron ante la medida que consideraron arbitraria e ilegal y muchos de ellos amenazaron con abandonar el país si se persistía en implementarla. En consecuencia, solicitaron pasaportes para embarcarse con sus mercaderías de regreso a su patria. Ante eso debió intervenir Prescott quien detuvo la imposición del préstamo y evitó con ello la precipitada fuga de los comerciantes ingleses.

A propósito de esta situación, el 7 de marzo de 1823, el Vicealmirante Thomas Hardy le escribió al parlamentario John Wilson Crocker, la siguiente carta: “Lamento en extremo reportar a sus señorías un intento del nuevo gobierno de Lima de imponer una pesada contribución en los comerciantes ingleses residentes allí…el mismo habiendo sido considerado arbitrario e ilegal, muchos de los mercaderes resolvieron dejar el país antes de someterse a él, y consecuentemente solicitaron pasaportes para embarcarse con sus pertenencias; pero estoy feliz de poder añadir que, por la juiciosa y temperada conducta proseguida por el Capitán Prescott, la contribución fue modificada de tal forma que no supe de ningún comerciante que realmente se embarcara …”45.

Luego de este intento fallido de préstamo forzado, los agentes del gobierno de Perú en Londres: Juan García del Río y James Paroissien, contrataron un préstamo a nombre de dicho gobierno en el mercado inglés. Paroissien era un médico inglés que había llegado a Buenos Aires en 1806 para luego trasladarse a Montevideo, donde estuvo durante la ocupación inglesa y luego hacia Río de Janeiro donde se dedicó a los negocios. Paroissien participó activamente en los movimientos de la independencia argentina, trabajando como cirujano en las campañas del norte y ejerciendo de ayudante de San Martín en Perú.46. El agente que los contratistas ingleses de este préstamo decidieron enviar a Lima, fue Robert Proctor, otro de los viajeros estudiados en este trabajo.

Tal como Proctor relata en su libro, el propósito de su viaje a Perú fue “obtener la ratificación del préstamo por el gobierno y el congreso, y volver con el monto a Londres”.47 Proctor zarpó de Londres, junto a su mujer, su hijo, dos sirvientas y un sirviente a bordo del bergantín Cherub el 8 de diciembre de 1822 con rumbo al Río de la Plata, donde llegó el 5 de febrero de 1823. Desde allí emprendió un rápido viaje por tierra hacia Lima48. Proctor permaneció seis días en Santiago y luego se dirigió a Valparaíso, donde se relacionó con John Miers49. Llegó a Lima el 23 de mayo de 1823, donde, según anotó en su diario de viaje, era esperado con ansias, ya que el gobierno peruano había girado a cuenta del dinero del empréstito “anticipando los fondos con tanta largueza que mi llegada había sido muy esperada, tanto por las autoridades públicas, y por aquellos que habían avanzado dinero a crédito”. El ejecutivo aceptó las condiciones del contrato con celeridad, a pesar de que el congreso parecía reacio. Como señala Proctor, los asuntos fueron discutidos durante algunos días antes de sancionar y ratificar el contrato. No tanto porque los términos fueran particularmente onerosos sino porque todos recordaban muy bien que Riva Agüero había sido forzado a pedirlo por presión de las tropas impagas50.




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