Universidad de Chile



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Las compañías mineras


Con el reemplazo de Lord Castlereagh por Lord Canning como ministro de Relaciones Exteriores, la actitud inglesa hacia las nuevas repúblicas americanas cambió de tono. El historiador Robert Harvey caracterizó la situación del gobierno inglés respecto de América en cuatro etapas. La primera de ellas estuvo marcada por el aliento que le dieron al venezolano Francisco de Miranda algunos hombres del gobierno de William Pitt, como lord Melville, pese a que el primero mantuvo siempre una actitud dubitativa frente a la situación de Hispanoamérica. La segunda etapa estuvo caracterizada por el apoyo directo prestado por Lord Grenville a la causa americana, un apoyo que Harvey, caracteriza como decididamente imperialista. La tercera fase, que este autor califica como prudente y cínica, fue la que emprendió Lord Castlereagh, quien estuvo dispuesto a obtener las ventajas de las nuevas repúblicas, de acuerdo a las realidades del momento, manteniéndose siempre reacio a todo reconocimiento de su independencia. La cuarta fase sobrevino tras el trágico suicidio de Castlereagh, en 1824, y en ella se confirmó que el Reino Unido iba a ser el principal beneficiario del colapso del Imperio Español, ya que en el terreno económico Inglaterra terminaría por reemplazar a España en América Latina.51

Inglaterra no aceptaba, ni aceptaría por un buen tiempo, el establecimiento de relaciones bilaterales en igualdad de condiciones con las naciones americanas, pero eso no le impidió enviar a Sudamérica un contingente de cónsules que se apostaron en distintas ciudades para cautelar de manera directa los intereses británicos y recomendar las medidas a seguir en las relaciones diplomáticas. Fue así como en 1824, a bordo del barco Cambridge llegaron a Sudamérica las autoridades designadas para Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso y Lima. Cada uno de estos ministros debía informar a la cancillería inglesa acerca del estado interno de las naciones de su destinación. A Chile llegó Christopher Richard Nugent, acreditado por su gobierno para verificar la posibilidad de reconocer la independencia de Chile por parte de Gran Bretaña, asunto que Nugent desaconsejó en el informe que envió a la Cancillería, ya que a su juicio no era prudente hacerlo, mientras este país no tuviera la estabilidad suficiente52. Junto a esta expedición viajó el capellán inglés Hugh Salvin, quien llevó un diario de su viaje, donde cuenta que la comitiva desembarcó en Valparaíso el 7 de mayo de 1824. Salvin narra en su diario un incidente curioso: en febrero de 1825, en una misa celebrada en Valparaíso para conmemorar el aniversario de la independencia chilena, el sacerdote oficiante, al terminar su sermón, se dirigió a los comandantes ingleses sentados frente a él, a quienes les “manifestó con términos llenos de elocuencia, las grandes obligaciones que el magnánimo apoyo de Gran Bretaña impone al pueblo chileno”53. ¿Cuáles eran estas obligaciones y cuál era este apoyo que este sacerdote calificaba de magnánimo? Cualquiera sea la respuesta a esta pregunta se encuentra indudablemente determinada por el hecho de que en diciembre de 1824 Canning pronunció ante la cámara de los comunes la siguiente arenga: “La hazaña está lograda, la fosa está cavada, la América española es libre. Y, si no manejamos de mala manera nuestros intereses, será inglesa”54.

Mientras se instalaban los flamantes cónsules ingleses en los principales puertos del Cono Sur americano, desembarcaba en Londres el abogado chileno Mariano Egaña en calidad de nuevo plenipotenciario del gobierno en reemplazo de Irisarri. Su misión, entre otras cosas consistía en calmar a los acreedores del empréstito chileno y en solicitar una rendición de cuentas al fraudulento Irisarri, quien se había desentendido de sus responsabilidades públicas abriendo un negocio particular en el mercado bursátil londinense55.

Una de las primeras noticias que Egaña transmitió a las autoridades chilenas fue su proyecto de formar una compañía minera con capitales ingleses. En diciembre de 1824, anunció su plan de establecer “una compañía de capital al menos de un millón de libras esterlinas para fomentar los trabajos de las minas de Chile”. De acuerdo con estos informes el mercado inglés gozaba de una salud excepcional en medio de la paz que dejó el final de las guerras napoleónicas. Egaña presentaba su proyecto como una verdadera panacea que solucionaría los funestos resultados del empréstito. En su opinión, se trataba de un negocio menos comprometedor que éste, ya que en él, el papel del gobierno se reduciría sólo a proteger a estos establecimientos. En sus términos, el negocio consistía en: “…Una compañía compuesta de las casas de la mayor opulencia en Londres toma a su cargo reunir y poner en Chile hasta un millón de libras esterlinas con dos objetos: primero, habilitar a todos los dueños de minas que, careciendo de capitales con qué trabajar con su propia cuenta, quieran así ser habilitados por la compañía, y entrar por consiguiente en contratos con ella. Dichos contratos se reservan al espontáneo avenimiento de los interesados que, o convendrán en partir las utilidades por mitad, por tercios, o en la forma que les parezca, o estipularán (como ha sucedido en México) que se les dé un precio fijo por todo el tiempo que la compañía trabaje la mina, lo que equivale a una especie de arrendamiento…El segundo objeto de la compañía es trabajar por su cuenta aquellas minas que, o por despobladas, o por nuevamente descubierta por la misma compañía, pidiere ésta y el gobierno le concediere con arreglo a lo que sobre el particular dispone la Ordenanza de Minería”. La compañía, aseguraba Egaña, no exigía monopolios ni privilegios particulares, a menos que el gobierno decidiera concederlos. Sólo quería protección “como diversas veces se ha prometido a los extranjeros una buena acogida, y la aprobación especial del gobierno, o sus representantes”. “…¡Ojalá —agregaba el ministro— las prendas que tuviésemos del pueblo inglés, fuesen éstas y no los empréstitos que abruman al país, producen una dolorosa responsabilidad, y sólo son verdaderamente útiles a los agentes que los contratan!”56.

Egaña advertía a las autoridades que Chile era el último país de Sudamérica donde se habían formado estas compañías mineras; que ya existían cinco en México, establecidas a partir de 1823; que había una de minas y otra de perlas en Colombia; dos en Brasil, otras dos en Perú y una en Buenos Aires57. Egaña, le dio su aprobación a la compañía como representante del gobierno y se comprometió a recomendarla entre las autoridades chilenas. De cualquier forma, los contratantes no esperaban mucho más de su parte, aun cuando tuvieron la delicadeza de designarlo como su presidente, honor que, según señala Egaña, fue incapaz de declinar.

Para el ministro, la importancia de esta compañía no consistía sólo en el significativo impulso que podría darle a la economía chilena, sino también en que sería una forma de interesar al gobierno inglés en Chile, ya que al haber tantos capitales ingleses comprometidos en el país, su gobierno se vería compelido a respaldarlos firmando un tratado58.

En enero de 1825, Egaña anunció la formación de otro establecimiento para trabajar las minas chilenas, que también solicitaba la sanción del gobierno. Una vez más sólo se requería que este diera su aprobación, sin quedar sujeto a ningún tipo de responsabilidad.59 No había pasado siquiera un mes de esto, cuando Egaña anunció que en Londres cundían las compañías mineras para establecerse en países americanos y que cada día se formaba una nueva compañía. Para Egaña las ventajas que acarreaban estas compañías iban en aumento: “Estas primeras especulaciones”, señalaba, “continuarán atrayendo a aquellos países, industria, población, y capitales; de suerte que por esta parte se presenta en Inglaterra un horizonte de prosperidad para la América”.60

En la medida en que se fueron formando estas compañías sus directores enviaron agentes a sus países de destino, con el propósito de verificar el estado de las minas concedidas, determinar cuáles de ellas serían trabajadas y en cuáles iba a invertirse su capital. En 1825, la “Asociación para explotar las minas de oro y plata de las Provincias Unidas de Rio de la Plata”, formada en Londres en diciembre de 1824 con los auspicios del ministro de Buenos Aires en Londres, Bernardino Rivadavia, quien le había concedido a esta compañía la administración de minas en las regiones de San Luis, Mendoza y Uspallata, se dirigió al capitán retirado de la marina, Francis Bond Head, quien se encontraba trabajando en el cuerpo de ingenieros, para que viajara a Argentina a examinar el estado de las concesiones61.



Retrato de Francis B. Head, mezzotinta de Charles Turner.

El capitán Francis Bond Head es otro de los autores estudiados en este trabajo. Head tuvo que partir a toda prisa, detrás de una delegación de mineros de Cornwald, localidad minera del sur de Inglaterra, que había sido enviada previamente para trabajar en las minas americanas. Head cruzó la pampa al galope y se dirigió a las minas de San Luis y Uspallata. Después de dejar sus máquinas en Mendoza, regresó a Buenos Aires donde encontró instrucciones que le ordenaban partir inmediatamente a Chile. Por eso debió cruzar las Pampas de nuevo y esta vez también la Cordillera de los Andes para llegar a Santiago. Tomando la ruta de Portillo, Head cayó sobre la capital de Chile por la vía del Cajón del Maipo, donde inspeccionó las minas de oro y plata de los alrededores. Después de inspeccionar más yacimientos de la zona central de Chile, Head cruzó nuevamente los Andes donde se topó con la señora de Miers y sus tres hijos, uno de los cuales había nacido en Villavicencio algunos años atrás62— y volvió a galopar a través de las Pampas en dirección a Buenos Aires, desde donde regresó a Inglaterra. A su regreso, en 1826, públicó su libro: Rough notes taken during some rapid journey across the pampas and among the Andes.

El 14 de marzo de 1825, el ministro Egaña informó al gobierno de Chile de la formación de una tercera compañía de minas esta vez para yacimientos ubicados en Chile y Perú; la “Chilean and Peruvian Minning Association”. La compañía no contaba con su aprobación, ya que el ministro esperaba obtener el beneplácito del gobierno. Pero los directores de la compañía le señalaron que sólo cumplían con el deber de informarle de la situación como mera cortesía, porque incluso ya habían enviado a Sudamérica al agente Joseph Andrews, quien, según decía el prospecto de la compañía era “un experimentado y altamente respetable Agente, que posee un gran conocimiento local e influencia en Chile.”63

Las compañías mineras procuraban enviar a Sudamérica a personas con algún conocimiento del territorio y experiencias en la región. Tal era el caso de Joseph Andrews, quien es otro de los viajeros estudiados en este trabajo. Andrews, según afirma en el prefacio de su libro64, había estado previamente en Chile, específicamente en marzo de 1818, a bordo de la nave Wyndham. Según señala Samuel Haigh en su libro, Andrews había llegado entonces como capitán de esta nave de la Compañía de la India que luego vendió al gobierno de Chile. “El Wyndham”, anotó Samuel Haigh, “fue armado en Valparaíso como una fragata: la bautizaron Lautaro, y fue tripulada por alrededor de 400 marinos ingleses, norteamericanos y chilenos, y con esta abigarrada tripulación se hizo a la mar, bajo el mando del capitán O’Brien, quien había sido teniente en la Marina Inglesa”65

Joseph Andrews, tal como ya lo había hecho Francis Bond Head, partió de un día para otro66. Según se infiere por este testimonio de Egaña, Andrews viajaba: “…premunido con un crédito y poderes para contratar las minas más adecuadas, y para confirmar los contratos provisionales que ya podrían haberse hecho para minas por dos personas que ya residían en Chile…”67. Además de agente, Andrews era también inversionista de la “Chilean and Peruvian Minning Association” y de acuerdo a lo que señaló luego en su libro, uno de los objetivos de su misión, fue “celebrar un contrato por las famosas minas de Huantajaya”68, asunto que en definitiva no logró concretar. Como él mismo añade en el testimonio de sus andanzas, su misión no consistía en comprar minas, sino que en trabajarlas corriendo con un porcentaje.”69 En 1827, Andrews publicó su libro Journey from Buenos Ayres: through the provinces of Cordova, Tucuman, and Salta, to Potosi, thence by the deserts of Caranja to Arica, and subsequently to Santiago de Chili and Coquimbo, undertaken on behalf of the Chilian and Peruvian mining association, in the years 1825–26. Allí su autor afirmaba que hacia 1824 “el nuevo mundo parecía ofrecer un inagotable campo para emplear el bullente exceso de capital, de manera que numerosas compañías fueron formadas para obtener ventaja de la situación expresada”.70

Andrews viajaba junto a su hijo, del mismo nombre, pero antes de cruzar la cordillera los dos tomaron rumbos diferentes. El padre siguió hacia el norte, haciendo un largo recorrido que abarcó las localidades de Mendoza, Córdoba, Tucumán, Salta, San Luis, Potosí y luego Arequipa, al otro lado de la Cordillera y que, según él, habían emprendido muy pocos europeos71. Esa no era la ruta previamente acordada con los directores de la compañía, quienes más tarde lo amonestarían por haberlo hecho, sin embargo Andrews, justificó su repentino cambio de planes, argumentando que las especiales circunstancias que entonces vivía el negocio, así lo exigían72. Joseph Andrews justificó su desvío que sobrepasaba los límites de sus instrucciones y atribuciones, en un exceso de celo por el bien de la compañía. Así, Andrews comisionó a su hijo y le dio instrucciones para que viajara a Perú para hacer los arreglos preliminares para explotar minas Peruanas, mientras tanto él procuraba asegurar aquellas minas que encontrara en la línea que avanzaba desde el norte de Mendoza hasta llegar a la legendaria ciudad de Potosí.73

Su hijo continuó entonces por la ruta establecida previamente, siguiendo por tierra hacia Chile y luego por vía marítima hacia Perú, donde se suponía debía cuidar de asegurar las minas de Huantajaya. Sus pasos los conocemos por medio del testimonio de Samuel Haigh, quien viajó con él desde Valparaíso hacia el norte. El 26 de mayo de 1825 —recuerda Haigh— partieron desde Valparaíso hacia el norte a lo que entonces era territorio peruano.74

Luego de fracasar en su intento de asegurar las minas del Alto Perú, Andrews se asentó por algún tiempo en Chile, concretamente en el puerto de Coquimbo, donde entonces se concentraba la actividad minera chilena. En esa localidad, en febrero de 1826, Andrews visitó al empresario Jorge Edwards, a quien dijo haber conocido en su viaje anterior, “viejo amigo” lo llama75, y solicitó del gobierno la concesión de una lengua de tierra en el puerto de Coquimbo, donde construyó una casa de fundición y un horno revestido —según él, el primer horno de fundición construido en Chile.

En Coquimbo, Andrews descubrió que un miembro de la Anglo Chilean Company estaba amotinando a sus trabajadores. Indignado le dirigió una carta al encargado de dicha compañía en Valparaíso, reprochándole la conducta de su subordinado y solicitándole un castigo ejemplar para su amotinado. El encargado de la Anglo Chilean Company no era otro que Alexander Caldcleugh, el antiguo agregado de la misión diplomática en Río quien le respondió que ya había sancionado al infiltrado76. Este pequeño incidente no sólo entrega antecedentes respecto del paradero de Alexander Caldcleugh, quien después de publicar su libro de viajes en Londres volvió a Chile en 1825 para hacerse cargo de la “Anglo Chilean Company”, sino que también revela que los procedimientos entre las compañías mineras inglesas estaban lejos de ser pacíficos y amistosos.





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