Universidad de Chile


John Miers y el escándalo en “The Morning Chronicle”



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John Miers y el escándalo en “The Morning Chronicle”


En marzo de 1825, el ministro chileno en Londres, Mariano Egaña informó a las autoridades chilenas de un nuevo proyecto propuesto por el empresario londinense Samuel Moses Samuel para formar un banco nacional en Chile. Egaña, que no tenía atribuciones para cerrar dicho negocio, escribió a Chile señalando que la iniciativa le parecía conveniente, aunque no tanto como podían serlo las compañías mineras, que a diferencia de los bancos, “pueden introducir mucho, sin extraer nada, y el banco por necesidad ha de extraer más de lo que introduce”. Sin embargo, los banqueros ingleses le manifestaron a Egaña que sus proyectos estaban animados por la más pura filantropía, asegurándole a continuación, que la única razón por la cual, “francamente” pensaban instalar aquellos establecimientos era la riqueza que a causa de ellos debía “desparramarse en el país” y el “espíritu de empresa” que iban a estimular. Egaña se mostró exultante: le parecía que una especulación llamaba a la otra. Las compañías de minas habían contagiado a los empresarios, que le habían propuesto la formación de este banco. Las compañías mineras además no tardarían en propiciar el establecimiento de compañías de colonización que iban a enviar familias de colonos europeos a Chile. “Todas estas especulaciones”, escribió, “encierran además un bien que no se ve por ahora, pero que tendrá efecto luego que se establezcan en Chile. Como los capitales destinados a ellas son ingentes, y acaso no rendirán un lucro considerable en sus primitivos objetos, naturalmente se dedicarán a otros ramos de la industria. Examinando las producciones de aquel hermoso país, y teniendo a la vista las proporciones que ofrece ¿qué nuevos proyectos no se formarán, que por ahora ni aún nos ocurren? Me parece que de las compañías de minas y de colonización veo salir fábricas de papel, de cristales, de lozas, de tejido de lino, de cáñamo, de apertura de caminos y canales, de construcción de puentes, de buques, mejora en las lanas y tejidos de ellas, etc.”. Encantado, Egaña veía como el prestigio de su país había aumentado notablemente “al nivel de los primeros países de América”. Las razones de este fenómeno, a su juicio, eran los grandes capitales que se estaban invirtiendo, además de sus propios servicios y diligencias y la buena disposición de aquellos “escritores que han querido ceder a mis insinuaciones, publicándose mis noticias y comunicados, y a algunas publicaciones sobre las ventajas políticas y naturales de aquel país, y su liberalidad con los extranjeros”77.

En abril de 1825, Egaña escribió a Chile contando que la primera compañía de minas chilena estaba tratando de extender su giro con el propósito de constituirse en compañía de minas y colonización. Con esto el diputado chileno veía como se cumplían sus planes, y los objetivos de su peculiar misión diplomática, cuyas instrucciones le encargaban expresamente “atraer a toda clase de extranjeros útiles para las artes, la agricultura”. Para él esto le permitía llegar a matar dos pájaros de un solo tiro: mediante el establecimiento de compañías de minas se acreditarían las riquezas y recursos del país, lo que a su vez estimularía el establecimiento de familias de colonos78. Para el ministro, estas nuevas especulaciones iban en fomento del crédito de Chile ante los ingleses, que iría creciendo en la medida en que aumentase el número de interesados beneficiados por las negociaciones efectuadas en Chile. Sin embargo, Egaña pasaba por alto en sus informes, que el crédito chileno efectivamente había aumentado, pero no precisamente en términos de reputación o credibilidad, sino que en el pasivo de sus cuentas impagas. Progresivamente, el retraso persistente en el pago del empréstito se convertía en un pesado lastre para la misión que Egaña intentaba concretar en Londres. La inquietud de los acreedores ingleses crecía y al ministro chileno cada vez le era más difícil tranquilizarlos y consecuentemente animar nuevos proyectos de especulación que confiaran en la solvencia chilena. La falta del pago de esta obligación ensombrecía el ánimo de Egaña, quien en mayo de 1825 escribió a su gobierno: “nada podría sobrevenir tan desgraciado para Chile, y aun para la América en general, como que se faltase al pago del dividendo del empréstito que debe verificarse en el próximo septiembre; y no sería obra de un oficio hacer a V.S. la triste pintura de los terribles males que irán a resultar: Chile perdía su crédito enteramente; todos los restantes Estados de América, que sin excepción han contratado empréstitos, sufrían indirectamente el resultado de esta desgracia; todas las especulaciones sobre América quedaban casi destruidas, y sobre 40 compañías de minas, colonización, agricultura, bancos, pesca de perlas y otros varios ramos que sin exageración, se puede decir tienen interesados a cerca de 20 millones de habitantes que componen el Reino Unido, sentirían del mismo modo los efectos del desaliento más general que indispensablemente causaría ver que se faltaba al compromiso más sagrado”. Se trató de una profecía auto cumplida y la “triste pintura” no tardó en manifestar todos sus funestos colores y sus amargas consecuencias. Ese mismo mes de mayo el ministro Canning le anunció a Egaña que, por fin, sostendría una reunión con él, para tratar el esperado asunto del tratado de relaciones entre ambos países. Sin embargo, los temores de Egaña se confirmaron y Canning ya había tomado conocimiento del informe enviado por el cónsul en Chile. En su breve e informal reunión el ministro le lanzó a Egaña una frase lapidaria que le quedó dando vueltas: Inglaterra no trataba sino con gobiernos que estuviesen sólidamente establecidos.79

Un mes después de esta fallida reunión, regresó a Inglaterra el viajero John Miers que traía de su fracasada experiencia en Chile noticias que contribuirían a complicar aun más la atribulada situación del ministro Egaña.

En su viaje de regreso, el atrabiliario John Miers no perdió su tiempo y aprovechó de ordenar sus notas de viaje por Chile y La Plata. Al llegar a Londres comparó estas notas con las cartas y diarios que había enviado desde América y armó un voluminoso expediente de sus desafortunados años pasados en el Cono Sur americano. John Miers no tenía intenciones de escribir y publicar un libro a partir de ellos. Según dijo, sólo se animó a hacerlo por la solicitud de algunos “amigos literatos” que lo instaron a reunir sus apuntes y a publicarlos y debido a los “numerosos errores que se sostenían, y los testimonios incorrectos que habían sido publicados a cerca de estos países”. Así fue como decidió mandar su trabajo a la casa editorial de Baldwin, Cradock, and Joy para que esta lo publicara80. Cuando el libro salió a la luz pública, Miers ya no se encontraba en Londres para revisar su edición porque se encontraba de regreso a Sudamérica, para proseguir sus proyectos de amonedación en Buenos Aires.

Entre aquellos “testimonios incorrectos que habían sido publicados acerca de estos países”, se encontraba el auspicioso y también fantasioso prospecto divulgado por Antonio José de Irisarri, texto que Miers incluyó en su propio libro, junto al informe emitido por José Santiago Portales en forma de apéndices. Miers condenó duramente este prospecto de Irisarri, señalando que “estas pretensiones plausibles, tan atrayentes para aquellos que no saben nada de la situación de Chile, nunca fueron escuchadas en ese país como razones para alzar un préstamo hasta que llegó este papel impreso; y cuando llegó la gente se miró entre ella con perfecto asombro: aquellos que sabían algo acerca del país sabían que no se necesitaba ningún préstamo para ningún propósito útil, y que era totalmente imposible que este pudiera aplicarse a ninguno de los propósitos mencionados en las propuestas impresas”81. “Las propuestas impresas”, agregó Miers, “estaban llenas de errores, los cuales, en lo futuro, tendrán el efecto de desacreditar a los chilenos, a través de la conducta de su gobierno al haber sancionado los procedimientos y al haber utilizado mal la pequeña porción del préstamo que llegó a Santiago. Ha tenido el efecto de engañar al pueblo de Inglaterra, muchos de los cuales serán eventualmente perjudicados. Pero ha enriquecido a algunas personas, a quienes no les importará nada la desgracia o perjuicio que pueda producir en Inglaterra o Chile”82.

En julio de 1825, el diario liberal londinense The Morning Chronicle publicó un artículo sobre las negociaciones del empréstito chileno, contratado tres años atrás, aludiendo veladamente a Irisarri y a la casa contratista de los Hermanos Hullett. Mientras tanto, el antiguo ministro del gobierno chileno, convertido ahora en flamante empresario tuvo que declararse en quiebra por el fracaso de sus operaciones, arrastrando en su ruina a otros ciudadanos ingleses. En sus páginas, The Morning Chronicle acusó veladamente a Irisarri de falsificador y delincuente y el aludido decidió defender su maltrecha honra acusando al diario por difamación, a lo que la publicación reaccionó con mayor brío acusándolo directamente de ser un ladrón y un estafador. El autor de estos ataques era el propio John Miers. Las cosas llegaron a tribunales el 19 de diciembre de ese mismo año. Irisarri compareció representado por su abogado y en el juicio debió declarar su antiguo secretario, el venezolano Andrés Bello, quien figuraba firmando el contrato del empréstito. En su declaración, Bello insistió que nunca había sabido nada del asunto.83 Al final, el propietario del diario, William Innell Clement, no pudo probar los cargos que la pluma de Miers le atribuía a Irisarri y al gobierno de Chile y debió pagar una multa de 400 libras.

Egaña, presenció estos incidentes con amargura. En una carta que le escribió a su padre Juan Egaña, señaló: “Irisarri es un malvado afortunado a quien salen bien mil casualidades. Irisarri ganó y fue condenado el Chronicle en 400 libras esterlinas a favor de aquél. Bien lo merecía este papel porque en realidad es muy insolente y ahora creo que tiene gran parte en su redacción aquel Mr Miers que estuvo con Lord Cochrane en Chile y que, como he avisado al Gobierno, es el más furioso detractor de Chile, de cuyas resultas, y aún más en odio de Irisarri, ridiculiza e insulta este periódico cuanto existe en Chile con un odio encarnizado…”84

A su turno, Egaña les escribió lo siguiente a las autoridades chilenas: “Un tal Mr Miers, agente o compañero en Chile de lord Cochrane, según entiendo, y que estableció un molino, y aun tenía permiso para situar una fábrica de tirar planchas de cobre que pensó poner en Quintero o en la hacienda de doña Mercedes García, se ha presentado en Londres en calidad de un furioso detractor de Chile y de su gobierno, a quien acusa de perfidia, exponiendo que ni pueden hacerse tratos con él, ni contarse con la protección que ofrezca por la mala fe de sus promesas. Ha tomado con tal empeño esta detracción que se haya escribiendo y va a publicar una obra dirigida a manifestar la mala fe de los gobiernos de Chile. Ya por descontado ha excusado perjuicios, pues sus informes han suspendido, a mi entender, algún proyecto útil para Chile; y en las actuales circunstancias es incalculable el daño que hace este hombre a los intereses políticos y económicos del país. Su publicación (que se me asegura no dejará de hacerse), requiere una contestación que se hará a la vista de su obra por otro inglés que ha estado en Chile, y en quien no se presuma parcialidad. El desacreditar a los gobiernos americanos, e insultar a sus ministros es un género de ataque que comienza a ponerse en planta, y en que supongo tengan parte el embajador español y algún otro de la Santa Alianza. No ha muchos días que el Morning Chronicle tuvo la insolencia de tergiversar, y aún añadir algunas cláusulas de la arenga de Mr Canning en el parlamento de que hablo a V.S. en mi oficio N66, y fundándose en ella publicar un artículo atroz contra todos los enviados americanos sin excepción, que el mismo Mr. Canning tuvo que hacer desmentir al día siguiente por medio del periódico ministerial titulado British Press”85.

La respuesta del gobierno chileno llegó con el retraso habitual —el 20 de octubre— e instruyó a Egaña en los siguientes términos: “…es de absoluta necesidad que V. S. emplee todos los esfuerzos que le sugieran su perspicacia y amor al país, poniéndose de acuerdo con los demás enviados americanos residentes en Londres, pues todos deben tomar un grande interés en este asunto, que refluye directamente en perjuicio de la causa general de América. Parece indudable que los ataques que se dan a sus gobiernos sean sólo obra de las maniobras de agentes de España y de la Santa Alianza, y en este concepto será muy oportuno que en la refutación que se haga se procure convencer al mundo que este es el único origen de tales invectivas”86.

Pero lejos de suspenderse, las publicaciones funestas contra Chile se sucedieron una tras otra en distintos diarios ingleses. Egaña estaba consternado. Para peor, sus gestiones para instalar un banco en Chile fracasaron en noviembre de ese mismo año y el día 26 el diario Morning Chronicle volvió a la carga publicando un inserto con el fallido proyecto de banco para Chile invitando burlonamente a los capitalistas ingleses a invertir allí sus fondos. Concluía su nota con la siguiente advertencia: “no se admira haya negociantes ingleses que establezcan sus bancos entre los árabes”87. A los pocos días, Egaña escribió irritadísimo una carta a Chile preguntándose cómo había sido posible que se hubiese publicado “el llamado dictamen de la comisión de Hacienda del Congreso”, que posteriormente se reprodujo en Europa y Londres. Si eso no era el efecto de la irresponsabilidad, añadía Egaña, debía “reputarse como altos crímenes contra la patria por la mortal herida que le han dado”. La causa de la irritación de Egaña era que el 14 de diciembre había aparecido en el mismo diario Morning Chronicle la memoria del ministro don Diego Benavente, en calidad de documento oficial, demostrando que el público inglés había sido engañado por Chile al contratar el empréstito, ya que allí aparecía que las entradas del erario en 1824 sólo ascendieron a 953.220 pesos. “Finalmente”, concluía Egaña, “no hay país que se halle en mayor descrédito financiero que Chile…”88.

Lo que Egaña ignoraba, y no podía saber, era que dicha publicación no se debía a la irresponsabilidad o a la mala intención de algún ciudadano chileno, sino que era otro aporte del mismo John Miers, que estaba llevando a cabo su revancha contra Chile con implacable persistencia.

Finalmente, en marzo de 1826, el entusiasmo de Egaña acabó por destruirse completamente cuando una crisis financiera terminó de golpe con las especulaciones inglesas. Según concluyó el ministro: “…una terrible crisis comercial, que aseguran no haberse visto jamás en Londres, ha hecho imposibles todas estas especulaciones; habiendo un motivo más en las que se promueven en Chile cual es el descrédito en que se halla aquel país. Todos los que han tomado acciones en compañías para América, han perdido; y asombra ver venderse por una o dos libras acciones en las que hay puestas de principal 100. En las de minas chilenas, se están vendiendo actualmente a ¾ ó una 1 libra las de la anglo chilena, y a ½ libra las de la chilena; es decir que cada capitalista pierde enormemente su principal”89.

Finalmente la publicación del libro de John Miers perjudicó la reputación de Egaña, ya que no sólo criticaba la conducta de los representantes americanos en Londre al señalar que: “Se entendió muy bien en aquella ciudad que la minería y el agiotaje en Londres podría ser de gran provecho, y hombres que pensaban más en el dinero que en el honor de su propio país estaban exageradamente deseosos de obtener ventaja de estas circunstancias.”90 Sino que además denunciaba al propio Egaña, en su participación en el establecimiento de las sociedades mineras: “El nombre del señor Egaña”, señaló Miers, “desde su llegada a Inglaterra, ha aparecido en más de un prospecto para la minería, y otros propósitos en Sudamérica, y podría predecirse con tanta seguridad con la que puede predecirse cualquier acontecimiento, que ninguno de estos proyectos tendrá éxito”91.

A finales de 1826, en el mes de noviembre, las compañías de minas chilena, y chilena-peruana, se disolvieron porque sus accionistas no quisieron contribuir fondos para continuar los trabajos. De acuerdo a los informes de Egaña, en ello había influido notablemente la falta de pago del dividendo, “que desacredita los recursos y ramos de prosperidad del país. He oído que se piensa en formar, sobre los restos de estas dos compañías, otra nueva con el destino de explotar principalmente minas de cobre”92 .




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