Universidad de Chile


Repercusiones de la ruina al otro lado del Atlántico



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Repercusiones de la ruina al otro lado del Atlántico


Mientras tanto, en América, la misión de los enviados por las compañías mineras fue bastante accidentada, aun cuando nada pudiera presagiara la magnitud de la catástrofe financiera que se estaba fraguando en la metrópolis. El capitán Francis Bond Head, comisionado enviado por la “Asociación para explotar las minas de oro y plata de las Provincias Unidas de Rio de la Plata” se encontró con que las minas que pretendía trabajar su compañía habían sido cedidas a empresas rivales, a pesar de que la compañía que lo enviaba se había formado en Londres en virtud de un decreto solemne, enmarcado y firmado por Don Bernardino Rivadavia, ministro del gobierno de Buenos Aires. El objeto de esta compañía era trabajar las minas de las Provincias Unidas de manera discrecional y para promover dicho objetivo, se acompañaron reportes que Rivadavia había recibido de los Gobernadores de las Provincias Mineras donde se describían las riquezas de estos yacimientos mineros. Sin embargo Head apenas llegó a Buenos Aires, “con un caro establecimiento de mineros y maquinaria”, se encontró con “que casi la totalidad de las minas habían sido vendidas por el gobierno a las compañías rivales”.93 Además, a Head se le hizo patente que los trabajadores europeos no podrían trabajar en las minas americanas, no sólo por la reticencia de los administradores locales, sino por las condiciones de trabajo, en las cuales sólo podían desenvolverse los abnegados trabajadores indígenas. A su regreso a Inglaterra, con algunos de sus mineros, los directores de la Compañía lo recibieron furiosos por el dinero malgastado y lo culparon por el fracaso de la misión, rehusándose a pagarle su salario. Debido a esto Head decidió publicar su libro, en respuesta a los directores de la compañía y como una rendición de cuenta de sus actividades. El libro le mereció a Head el mote de “Cabeza Galopante”, un juego de palabras entre su apellido y la rapidez de sus andanzas por la pampa.94

El enviado de la “Chilean and Peruvian Minning Association”, Joseph Andrews, se encontraba en Potosí cuando recibió las noticias de Londres que le informaban la quiebra de su compañía. Asunto que lo llevó a concluir tristemente que “sus labores habían sido en vano”.95 A su llegada a Potosí, Andrews coincidió con el general William Miller, el célebre militar británico que para entonces era un ya un joven veterano de las guerras de Independencia. En atención a sus logros militares, Miller había obtenido el mando militar y político de Potosí, como Jefe Supremo del Alto Perú, la última ciudad del Alto Perú en independizarse del dominio español. Se trataba de una curiosa designación, tratándose de un militar inglés, y tomando en cuenta de que sus poderes además de abarcar funciones militares y políticas, comprendían la superintendencia de la Casa de Moneda, la dirección del Banco de Potosí y el cargo de Vicepatrono de la Iglesia96. Entre las misiones que se había propuesto Miller estaba la de formar en Potosí un colegio para el estudio de la mineralogía y preparar la visita del Libertador Simón Bolívar, entonces en plena gira triunfal por estas regiones.

Es importante tomar en cuenta que Bolívar también se involucró en el negocio minero, particularmente en las famosas minas de Potosí. Tal como cuenta John Miller en las memorias de su hermano, William Miller, a Potosí llegó “una porción de caballeros, que acompañados de un numeroso estado mayor civil iba a comprar minas o tomar posesión de otras compradas en Londres, algunas de ellas a personas que tenían tanto derecho de disponer de ellas, como de otras tantas leguas cuadradas del océano. Varias de las minas vendidas en esta forma habían sido declaradas vacantes. En Buenos Aires, Salta, Arequipa, etc. formaron otras asociaciones para tomar posesión legal de las minas, con el solo objeto de venderlas a especuladores europeos. Estas asociaciones revendedoras contribuyeron también a aumentar la población de Potosí con la llegada continua de agentes, que movidos por las halagüeñas esperanzas, eran de los miembros más festivos de la sociedad”97.

Mientras estos caballeros ingleses estaban afanados construyendo sus quimeras, ocurrió un acontecimiento, que de acuerdo a estas memorias, paralizó todas las actividades de Potosí. Se trataba del anuncio de la llegada de un inglés a quien se le concedió la auspiciosa investidura de “Gran Comisionado Británico” o su calidad de “representante de una reunión de pares y príncipes, y con medios superabundantes y debidos poderes para comprar todas las minas del Perú”98. Todas las autoridades y potentados de la localidad esperaban con ansias obtener nuevas noticias de este importante y misterioso viajero que venía en camino. Tanto así que la llegada de Bolívar pasó a un segundo plano. “El tiempo y la ansiedad, —añadió Miller— aumentando las ilusiones, suponían ya que varios subcomisionados, secretarios, sota-secretarios, mineralogistas, fundidores, químicos, dibujantes, agrimensores, ensayadores, batidores de oro, plateros, capellanes, cirujanos y sepultureros, con sus respectivas mujeres y familias, formaban parte de su numerosa comitiva”. Al final resultó que este reputado Gran Comisionado no era otro que el capitán Joseph Andrews, quien según el testimonio de Miller, había sido “nombrado agente de una Asociación, cuyos directores, a semejanza de otros, habían llevado sus miras hacia el más alto grado de la extravagancia”. Según este autor “la consecuencia natural de cabezas vacías era vaciarse los bolsillos, y grandes pérdidas, ocurrieron en el paraje mismo, donde la naturaleza había provisto de los medios de grandes ganancias de empresas racionales, si hubieran consultado a la prudencia, teniendo previsión y obrado con economía”99. Sin embargo, Andrews no pertenecía al equipo de los derrochadores ya que, a diferencia de sus compañeros de aventura, había procurado ahorrar los medios y llevar las cosas por un camino razonable, sin hacer grandes gastos en el envío de maquinarias que probaron ser inútiles100.

Andrews no fue el único perjudicado con la noticia de la estrepitosa quiebra de las compañías. Hasta Bolívar vio frustrada su acariciado proyecto de poner en venta las minas del Alto Perú. Al llegar a Potosí, Bolívar revocó la ley que permitía tomar posesión de las minas no laboreadas al primero que llegara, asunto que justificaba la verdadera carrera de Andrews y otros tantos viajeros para asegurarse la propiedad de las minas, y puso en venta la totalidad de las minas no declaradas del Alto Perú. Bolívar designó a sus propios comisionados para poner a la venta las minas en el mercado londinense, pero estos no alcanzaron a llegar más allá de La Plata cuando se enteraron de la noticia que anunciaba la caída de la bolsa lo que les impedía cumplir las instrucciones de su mandante.101

A pesar de la pésima noticia, Andrews no se desmoralizó por completo ya que consideraba que la causa de las minas chilenas no estaba totalmente perdida. En Santiago, a fines de enero de 1826 le informó el agente en dicha ciudad que: “había obtenido por denuncia, un valioso terreno al sur de Santiago y que (…) también había asegurado la posesión de un trozo de campo de carbón en Concepción.”102 Pero estos nuevos proyectos no le impidieron notar que sus servicios al final habían sido inútiles, o que habían sido “de ningún servicio a la causa”103 Finalmente, tras insistir en revertir su fortuna, Andrews regresó a Inglaterra el 3 de abril de 1826. Al año siguiente salió a la venta en Londres su libro, con una elocuente dedicatoria al ministro Canning —“Right Honourable George Canning”, en reconocimiento de su “talento político en prever el reconocimiento de la independencia de las Naciones de Sudamérica, y así abrir a Gran Bretaña la totalidad de las ventajas comerciales de su comercio”, quien había reconocido la independencia de Buenos Aires en 1824.

Algunos años más tarde, después de que las compañías mineras de La Plata y de Perú y Chile cerraran estrepitosamente su giro, el 14 de febrero de 1829 apareció en el diario El Mercurio de Valparaíso un aviso que decía lo siguiente: “Compañía de minas Anglo Chilena

El abajo firmado, estando para liquidar todos los negocios de esta Compañía, suplica a los que tengan demandas en su contra, se sirvan presentarlas aquí, o en Coquimbo, antes del día 1 de abril venidero.

Santiago de Chile y febrero 12 de 1829.”

Quien firmaba dicho comunicado era, Alejandro Caldcleugh. Comisionado de la Compañía”104, quien luego de hacer la liquidación de su negocio regresó a Londres. Sin embargo, no tardó en volver a Chile.

En 1831, a su regreso Caldcleugh, trajo consigo vacunas de regalo para un establecimiento de Valparaíso105, en un gesto filantrópico que resume buena parte de los afanes de Caldcleugh en Chile, en los cuales se combinaba el fomento y el bienestar de la comunidad con el desarrollo de los intereses ingleses. Caldcleugh participó activamente en asuntos que involucraban intereses chilenos e ingleses de la mayor importancia, tales como la importación de monedas de cobre acuñadas en Inglaterra por encargo del presidente Prieto; la representación de los tenedores de bonos chilenos en Londres, junto al cónsul británico en Chile John Walpole, para el pago de la deuda y la representación de Lord Cochrane en las gestiones del pago de su deuda chilena. Así como su intervención en la formación de una sociedad ilustrada de amigos de las ciencias y las artes en Valparaíso106.

A fines de 1855 Caldcleugh, junto a los señores Cood y Waddington, presentó una solicitud al Gobierno pidiendo el privilegio exclusivo para la construcción de un ferrocarril de sangre —de tracción animal— con la intención de convertirlo posteriormente en uno de locomotivos —siempre y cuando el tráfico lo justificaba— entre La Serena y el puerto de Coquimbo. Esta sociedad también solicitó el derecho para construir en las bahías de Coquimbo o Tongoy dos o tres muelles según fuese necesario para el uso del ferrocarril.107 Caldcleugh vio también la posibilidad de la existencia de carbón piedra y fue propietario de la mina y el ingenio de Panulcillo en la Serena entre 1839 y 1844, donde además tenía una fundición108, que estuvo a cargo de Joaquín Edwards, el hijo de Jorge Edwards109, el famoso fundador del clan empresarial de los Edwards en Chile.

Es importante consignar que Caldcleugh fue también una de las conexiones inglesas de Darwin en su viaje por Chile.

A principios de 1838, según consigna Ricardo Donoso, Caldcleugh compró una chacra en Renca y siete años más tarde se casó con una viuda chilena llamada Leonor del Carmen Calvo, con quien no tuvo descendencia. El inglés falleció en Valparaíso en 1858110. Ricardo Donoso cuenta que “el estudio de la flora le fue particularmente atrayente y consagró muchas horas de sus viajes por el territorio a herborizar y recolectar plantas, cuyos resultados dio a conocer entre los botánicos. El botánico Don le dedicó una planta que denominó Cladcluvia, género de la familia de las Cunoniáceas”111.

Otro de los viajeros estudiados en este trabajo, que también habría sido un agente de las compañías mineras, fue el químico112 Peter Schmidtmeyer, autor del libro Travels into Chile, over the Andes in the years 1820 and 1821, with some sketches of the productions and agriculture, mines and metallurgy; inhabitants, history and other features of America; particularly of Chile and Arauco. Su viaje es contemporáneo con los de Robert Proctor, John Miers, —con quien estuvo en Concón— Alexander Caldcleugh, Samuel Haigh y Edward Hibbert, pero, tal como este último, Schmidtmeyer no entrega el menor indicio de los propósitos de su viaje a Chile entre 1820 y 1821 y la más mínima seña de su identidad. Se ha sostenido, sin embargo que habría viajado comisionado por alguna de las compañías formadas en Londres. Hay sin embargo una diferencia más importante que destaca a este autor entre los demás viajeros abordados en este estudio y es que a diferencia de todos ellos, Schmidtmeyer no era inglés sino suizo. Pese a eso, generalmente ha sido considerado como un viajero inglés113, razón por la cual he decidido incluirlo en este trabajo. Schimdtmeyer fue recibido favorablemente por el director O’Higgins, a quien le propuso en enero de 1821 “un plan de fundación de colonias agrícolas formadas por familias suizas sacadas principalmente de cantones católicos”. La proposición fue aprobada por el Senado en acuerdo del 9 de marzo siguiente, pero quedó sin efecto. Según Barros Arana: “Peter Schmidtmeyer, como lo indica su nombre, era probablemente alemán o suizo de origen; pero venía de Inglaterra y hablaba y escribía el inglés, en cuyo idioma publicó un libro a su vuelta a Europa”.114 La duda respecto de su origen la zanjó Gualterio Looser, quien recordó que “el naturalista alemán Luis Darapsky, en una conferencia que dio el 20 de julio de 1886 en la Sociedad Científica Alemana de Santiago, acerca del Puente del Inca en la Cordillera de Mendoza, dice categóricamente que Schimdtmeyer era suizo”. En su investigación Looser comprobó que Schmidtmeyer había nacido en Ginebra el 4 de noviembre de 1772, y que había muerto en Zante, Grecia en 1829115. Schimdtmeyer salió de Inglaterra en enero de 1820. El 25 de abril su barco arriba al río Paraná y el 8 de mayo parte de Buenos Aires con rumbo a Chile, cruzando la pampa y la cordillera. Permaneció en este país hasta 1821, recorriéndolo hasta Atacama por el norte y hasta los baños de Cauquenes, por el sur.

“Viajaba entonces en Chile un individuo de cierta cultura llamado Peter Schmidtmeyer, que manifestaba un vivo interés por conocer las condiciones industriales de este país”, cuenta Diego Barros Arana 116, para luego agregar que de la lectura de su libro se “deja ver en el autor un hombre de cierta preocupación literaria”, de ello por lo menos podrían dar fe sus citas o referencias a la obras de Horacio, La Fontaine, Shakespeare y en otro plano, a la obra de Humboldt y del Abate Molina. De acuerdo a Barros Arana, la obra de Schmidtmeyer no ahonda en la relación de hechos históricos que habría presenciado y sin embargo se extiende “en la descripción de los campos y las ciudades, y de cuanto cree interesante para dar a conocer el estado industrial del país y sus recursos naturales, el estado social y las condiciones generales de la vida”. Barros Arana, concluye señalando que “El examen atento de este libro suministra algunas noticias utilizables para apreciar el estado de Chile en 1820 y 1821”117

Peter Schmidtmeyer, efectivamente manifiesta inquietudes intelectuales e incluso artísticas bastante mayores que las de los autores de los demás títulos comentados aquí. Su trabajo se divide en dos partes, la primera es un resumen general de la situación de América del Sur y la segunda es propiamente el relato de su viaje por Chile, a través de los Andes.

Hasta aquí puede observarse como los viajeros estudiados en este trabajo pueden insertarse en una trama concatenada de incidentes que se pueden reconstruir, en parte, gracias a la lectura conjunta de sus obras y a otros antecedentes que pueden hallarse en testimonios contemporáneos o posteriores. Sin embargo, otros de los viajeros estudiados en este trabajo son figuras más opacas que no revelan mayores antecedentes que permitan explicar los motivos que los llevaron a viajar por el Cono Sur. Tal es el caso de Edward Hibbert y Charles Brand. Lo poco que puede conocerse de ambos, proviene de la escasísima información biográfica que proporcionan en sus libros, aun cuando, los dos se reservan celosamente la causa de su presencia en América. El libro de Edward Hibbert, Journey from Santiago de Chile to Buenos Ayres in July and August 1821, fue publicado en forma póstuma y anónima a instancias de la familia de su autor y con una advertencia a sus lectores: “deberán comprender que la narración no tiene pretensiones de mérito, ni por su estilo o por la información que proporciona”. Sin embargo, a pesar de esto, según cuenta Michael G Mulhall, “el London Geographical Journal habló en términos muy altos de las exploraciones de este oficial”118.

Según señala brevemente Hibbert, el propósito de su viaje era “llevar despachos a través del continente de Sudamérica, con miras de embarcarse en el Río de la Plata hacia Inglaterra” y luego añade que se trataba de “información muy interesante sobre Chile”119. A estas motivaciones les agrega una razón de orden personal para hacer este viaje: la esperanza de avanzar el mismo en su profesión, “un motivo siempre lo suficientemente poderoso, pero doblemente entonces, en un momento cuando la paz opone una barrera a la ambición militar mucho más insuperable que los Andes”120 Hibbert venía viajando desde Lima y salió de Santiago rumbo a Buenos Aires el 6 de julio de 1821, siguiendo un itinerario, que en términos generales comprendió Santiago, los valles de Chacabuco y Aconcagua, el cruce de los Andes, la ciudad de Mendoza, las pampas y por último Buenos Aires. Hibbert falleció al poco tiempo de su regreso a Londres.

Al igual que Hibbert, Charles Brand autor de Journal of a Voyage to Peru: A Passage Across the Cordillera of the Andes, in the Winter of 1827. Performed on Foot in the Snow, and a Journey Across the Pampas, también señala haber viajado con destino a Perú a través de Las Provincias Unidas de la Plata y Chile, con “ciertos despachos”121. No es mucho más lo que Brand señala respecto del objetivo de su viaje, y de su libro se desprende que pasó siete semanas en Lima, tres en Chile —en Santiago estuvo con Alexander Caldcleugh—, una en Mendoza, ocho en Buenos Aires, una en Montevideo, y otra en Rio de Janeiro. Su viaje le tomó un año entre ida y vuelta de Inglaterra. Tanta premura se explicaría por su calidad de mensajero y ello lo llevó a disculparse retóricamente, en su libro por la manera heterogénea en la cual presentó sus observaciones, ya que no tuvo tiempo suficiente como para modificarlas o arreglarlas.122

¿Qué misión tan importante habrá obligado a Charles Brand y a Edward Hibbert a atravesar la cordillera de los Andes en medio de las nieves del invierno?




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