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II Editores e impresores


Cuenta el autor de uno de estos libros, que mientras atravesaba la cordillera de los Andes con rumbo a Chile, se topó con un grupo de soldados que viajaban en sentido contrario en dirección a Buenos Aires. Supuestamente se trataba de “la guardia avanzada” de un ejército mayor que iba a reemplazar a los soldados que habían abandonado Buenos Aires y se habían trasladado a Uruguay. El grupo lo conformaban 95 soldados, y 7 oficiales. Todos ellos muy jóvenes, y, según observó, inexpertos y mal equipados. El que aparentemente estaba a cargo del destacamento, según anotó el viajero, parecía ser un francés. Eso al menos, señaló, indicaban “su aire”, “sus maneras…perfectamente francesas”, su marcado “acento francés” e incluso “su traje, que a pesar de que era correctamente el de un español, revelaba por todas partes el estilo de Bonaparte”.123

Este curioso encuentro, que parecía justificar los temores que tenían las autoridades inglesas por la presunta presencia de fuerzas napoleónicas en América del Sur, está relatado en una de las cartas que conforman el libro Letters from Buenos Ayres and Chile with an original history of the latter country, publicado en forma anónima en 1819. Pese, a que este libro es el primero de los diez libros estudiados en este trabajo en ser publicado, lo he dejado para el final por tratarse de un título problemático.

El primer “problema” que presenta esta obra es que el nombre de su autor no se menciona expresamente en ningún lado. Sólo se hace una referencia indirecta a él en la portada señalando que el autor del conjunto de cartas es el mismo que escribió Letters from Paraguay, publicadas en 1805, bajo la firma de John Constance Davie. Por esa razón, a pesar de esta curiosa omisión, tradicionalmente se ha considerado que el autor de estas cartas de Buenos Aires y Chile sería este mismo John Contance Davie124, de quien apenas se conocen las escasas referencias biográficas que estas “Letters from Buenos Ayres and Chile…” entregan en su prefacio. Estas notas enlazan la historia de la escritura de estas cartas, con la trayectoria y el destino del autor de las “Cartas del Paraguay”, John Costance Davie, quien habría sido un inglés que dejó su país compelido por ciertos “asuntos de honor”, con rumbo a Nueva York, desde donde emprendió un viaje rumbo a Australia, es decir a “Botany Bay”. Este viaje se interrumpió en el Río de la Plata, donde el autor se contagió con una enfermedad. Allí unos frailes dominicos lo tomaron a su cargo y lo llevaron hasta su convento en Buenos Aires. Desde este refugio —prosigue la narración del prefacio— el autor sostuvo una correspondencia con Inglaterra, de la cual un número de cartas fueron seleccionadas y publicadas en 1805 a instancias de un caballero inglés. Esas cartas, que corresponderían a las reunidas en el volumen de “Cartas del Paraguay”, habrían servido de estímulo, según el relato de este prefacio, para la expedición de recaptura de Buenos Aires que comandó del general Whitlocke en 1807. Sin embargo, mientras ocurría esta frustrada invasión inglesa, el autor se encontraba tierra adentro en las misiones jesuitas de Paraguay donde su rastro se pierde para reaparecer finalmente varios años más tarde en Buenos Aires, tan enfermo que nuevamente debe asilarse entre los frailes, quienes le aconsejan viajar a Chile para recuperar su salud. Siguiendo esas indicaciones inicia este viaje en 1814, recorrido que es el tema de estas nuevas cartas.125

Luego de detallar este encuentro en la cordillera con este destacamento de españoles comandados por el misterioso francés disfrazado de español, el no menos misterioso autor de estas “Letters from Buenos Ayres and Chile…” le advierte a su corresponsal londinense que los franceses “ya han llegado a esta región del Sur de América”; que ha escuchado que hay “muchos franceses en Chile” y que estos son “algunos de los espíritus más inquietos, insubordinados e intrigantes que jamás hayan maldecido a una nación”. Agrega que “si los españoles en este hemisferio no son más firmes en sus principios, o más poderosos que algunos de los cuales yo he conocido, los franceses pronto obtendrán el gobierno de ambos reinos, y luego seguirá la dominación del universo: porque sólo el Todopoderoso puede detener el avance, o derribar los planes, de este tan ensalzado emperador de los franceses”; quien le parece, “un instrumento en las manos de Dios para castigar un mundo pecaminoso, y para mostrarle a sus soberanos, cuan débil y fútil es todo su poderío y grandeza, cuando los abandona la mano protectora del cielo…”. A continuación lamenta la pérdida de Buenos Aires y añade que si los ingleses hubiesen conservado la ciudad “millones estarían vivos ahora para venerarnos a nosotros, que desde entonces hemos sido sacrificados a una política débil e insensata. Pero yo todavía espero que Gran Bretaña al final se convierta el árbitro del destino de aquellos indios más que miserables, quienes, en la gran balanza de la naturaleza, tienen el mismo peso que las naciones más ilustradas de la tierra”126.

¿Quién fue en realidad el autor de estas líneas tan extravagantes?

Un libro hechizo


La identidad de este personaje tradicionalmente ha despertado sospechas127. Lo que resulta perfectamente razonable, si se toman en cuenta los baches que interrumpen su escueto recuento biográfico y la información bastante improbable que éste aporta, como por ejemplo, su rápida conexión con sacerdotes y frailes católicos, quienes difícilmente habrían tolerado con tanta largueza la presencia de un hereje en sus iglesias y conventos. Sin embargo, el principal problema que presenta este autor, es que su libro es ficticio y que al menos las sorprendentes peripecias que relata no ocurrieron nunca. La principal sospecha que surge de estas Letters from Buenos Ayres and Chile with an original history of the latter country, además de la fantasmal biografía que las encabeza y la gran cantidad de inexactitudes, exageraciones y evidentes mentiras que contiene, está en su propia estructura narrativa. Ya que el libro aparece como un artefacto confeccionado para producir un engaño o al menos dar una impresión de verosimilitud, al tratarse de un conjunto de cartas a las cuales se les añade una “historia original de este último país”, es decir de Chile, supuestamente proporcionada por el autor a la manera de un manuscrito encontrado. Tanto estas cartas privadas, como el recurso a la figura literaria del “manuscrito encontrado”, tienen un manifiesto propósito de producir un efecto de autenticidad. Las cartas debido a que aspiran a entregar una certificación de autenticidad autobiográfica o confesional al simular ser un testimonio directo de las experiencias del narrador y la transcripción de un manuscrito desconocido ya que pretende entregar una “historia original de este último país”. En el caso de las cartas habría un notorio contraste entre su pretendido tono autobiográfico128 y su falsedad que se pone de manifiesto al leer otros libros de viajes escritos en el mismo período. Falsedad que se hace aun más patente a partir de la inclusión de este supuesto manuscrito que resulta ser una versión extractada de la Historia de Alonso de Ovalle, disfrazada de hallazgo inédito.

La “Histórica Relación” del Padre Alonso Ovalle circuló bastante entre los lectores ingleses, particularmente entre quienes estaban interesados en los asuntos del reino de Chile y particularmente del mar del sur, ya que esta obra era uno de los pocos testimonios directos de Chile disponibles en Europa. Incluso la versión inglesa del libro de Ovalle —escrita y publicada originalmente en Italia en 1649 y traducida al inglés en 1703— había sido reimpresa recientemente como parte del volumen 14 de la monumental recopilación de John Pinkerton, Voyages and Travels, publicada entre los años 1808 y 1814.129

¿Por qué razones se habrá escrito y publicado en el mercado editorial inglés un trabajo ficticio o un libro “hechizo”, con la intención de hacerlo pasar por un testimonio auténtico?130

Esta interrogante me lleva al tercer aspecto que me he propuesto abordar en este estudio sobre libros de viajes, es decir, a la tercera instancia en la cual he descompuesto la narrativa de viajes en cuanto fenómeno literario: la forma cómo ésta se publica e inserta en un mercado editorial. Lo que equivale a responder quién pública estos libros y por qué lo hace o, si se llevan las cosas algo más lejos, a preguntarse quién pagó por estos libros. Labor que en un primer término hace el editor o la casa editorial que lo imprime y publica y que en segundo lugar hace el público o la audiencia de lectores que lo consume como producto terminado.

La respuesta a la pregunta inicial, es decir, por qué razones alguien habría querido publicar un libro, sea este falso o verdadero, es en primer término bastante evidente: un libro se publica porque se supone hay gente interesada en leerlo. A partir de la segunda década del siglo XIX en Europa y particularmente en Inglaterra se experimentó un significativo auge del mercado editorial en el que ocuparon un lugar prominente los libros de viaje o en general aquellos trabajos que proporcionaban información acerca de regiones del mundo desconocidas. A fines del siglo XVIII, señala Michael T Bravo, la literatura de viaje experimentó un tremendo crecimiento que se manifestó además en la diversificación del género a raíz de la emergencia de nuevas modalidades de viaje131. Peter J. Bowler señala también que en aquella época se vivía “entre el público general una pasión por información, que creó una gran demanda por libros”. Bowler aludía eminentemente a la historia natural y a la forma como ésta se propagaba y consolidaba en el interés de una audiencia no especializada. Pero, sin embargo debe asumirse que hubo una estrecha vinculación entre el desarrollo de la curiosidad por el conocimiento del mundo natural y los relatos de viajes, particularmente de aquellos testimonios de viajeros, que se internaban por zonas situadas en la periferia de los imperios europeos dominantes, muchos de ellos escritos por autores que tenían intereses en la historia natural o que viajaban, entre otros motivos, con el propósito de reunir piezas y muestras para las colecciones de los museos nacionales. Como observa Bowler, después de 1810, la introducción de la prensa a vapor redujo el precio de los libros y masificó su oferta, expandiendo significativamente el mercado editorial132. A ello debe añadirse el desarrollo de formas de reproducción de ilustraciones e imágenes, como la litografía. que abarataron significativamente el costo de los libros ilustrados.

Uno de los pioneros en la introducción de esta técnica de impresión en el mercado literario anglosajón fue Rudolf Ackermann, quien patentó un proceso litográfico en Inglaterra en 1817 y alcanzó un considerable renombre como editor de libros adornados con ilustraciones coloreadas a mano y como comerciante de productos artísticos en su establecimiento “The Repository of the Arts”. Uno de los primeros libros publicados por este editor con estas características fue precisamente estas Letters from Buenos Ayres and Chile…, que salió a la venta en 1819 y que estaba acompañado por seis llamativas ilustraciones coloreadas a mano.



Retrato de Rudolf Ackermann, hacia 1814, por Francois Nicholas Muchet



Rudolf Ackermann nació en Sajonia en la segunda mitad del siglo XVIII y obtuvo la ciudadanía inglesa en 1809. Su caso despierta curiosidad porque su biografía presenta importantes lagunas y algunas contradicciones, entre las cuales destaca el hecho de que a pesar de haber sido un ferviente protestante y un monárquico acérrimo se haya comprometido activamente en los asuntos de la formación de las repúblicas de Hispanoamérica. Tampoco se sabe exactamente cómo llegó a vincularse de manera tan estrecha al círculo formado por José Blanco White, José Joaquín de Mora y otros liberales españoles que se exiliaron en Londres en la segunda década del siglo XIX tras la restauración borbónica en España con el regreso de Fernando VII al trono. A través de estos intelectuales hispanos, Ackermann conoció a Andrés Bello, quien por su parte lo presentó al representante del gobierno chileno en Londres, Mariano Egaña133. Este último, acordó con Ackermann un trato que le concedía un monopolio para vender en el mercado literario chileno las obras impresas por su establecimiento. Según señaló el ministro en su correspondencia con el gobierno chileno, se trataría eminentemente de títulos de divulgación científica, considerados útiles y que contribuirían al desarrollo de la ciencia y la industria nacional134. Egaña cuenta que en marzo de 1825 Rudolf Ackermann, “comerciante librero de la ciudad de Londres”, le solicitó a nombre suyo, al gobierno de Chile, una concesión del “privilegio exclusivo de vender por su cuenta y por medio de sus agentes y corresponsales, en el territorio de esa república, por espacio de 20 años, todas las obras que ha dado a luz y vaya dando en adelante”135. En una nota incluida en uno de los libros publicados por Ackermann y distribuido en Sudamérica y Chile136, el editor advirtió que se estaba desarrollando un Francia un mercado editorial clandestino, en el cual se imprimían “todas las (obras) que se han publicado en Lengua Castellana, con el designio de introducirlas en America (sic), y venderlas a precios más comodos (sic), como es facil (sic) hacerlo cuando no hay que pagar originales”. El editor añadía que los “Congresos de las Republicas (sic) Americanas le han asegurado la propiedad literaria y es de esperar que el publico (sic) justo e ilustrado de aquellos paises (sic) la confirme reusando todo estimulo y favor de una violacion (sic) tan escandalosa de un derecho sagrado”137. En una “Advertencia” incluida al final del mismo libro, el editor añade la siguiente aclaración: “El Sr Ackermann, de Londres, ha formado en Mégico (sic), y confiado a su hijo D. Jorge Ackermann y a su amigo D. Juan Enrique Dick un establecimiento de Librería y objetos de Bellas Artes. El ramo de la Librería que el señor Ackermann despacha comprende una vasta colección de libros ingleses y españoles publicados por el mismo en Londres. Las obras españolas han sido escritas con el espreso (sic) designo de que circulen en America (sic) y todas ellas tienen por obgeto (sic) la propagación de los conocimientos utiles (sic), bajo la salvaguardia de la religión y de las buenas costumbres…”138. Entre estas obras, destinadas a la “propagación de los conocimientos útiles”, se encontraban una serie de “Catecismos” impresos y distribuidos en América del Sur por Ackermann, y que estaban dedicados a la divulgación de la geografía, la química, la agricultura, la industria rural y económica, la historia de los imperios antiguos, la historia de Grecia, Roma, el Bajo Imperio, la astronomía, la gramática castellana, la economía política, etc. La escritura de muchos de estos “Catecismos”, así como la publicación periódica conocida como el “Museo Universal de Ciencias y Artes”, que comenzó a circular a comienzos de 1826, estuvo a cargo del escritor español José Joaquín de Mora.

Una explicación que se ha sugerido para explicar las estrechas vinculaciones que tuvo Ackermann con los españoles y sudamericanos, aparentemente contradictorias con sus convicciones monárquicas de Ackermann y las ideas liberales de sus nuevos amigos, fue su afiliación a las logias masónicas. Esta razón, de carácter secreta por razones obvias, explicaría el vínculo que tuvo con los libertadores americanos radicados en Londres que como bien se sabe eran activos masones.139

Al indagar en las razones que pudo haber tenido Ackermann para publicar Letters from Buenos Ayres and Chili… es interesante constatar que el editor no sólo estuvo estrechamente conectado con el mercado editorial americano, sino que también participó de manera activa en las empresas mineras que conmocionaron a estos países y al mercado londinense entre 1825 y 1826. Precisamente en 1825, Ackermann envió a su hijo y a su futuro yerno a México, a investigar la posibilidad de extender sus negocios en dicho país. En la capital mexicana su hijo instaló una librería que al cabo de un año ya tenía sucursales en Buenos Aires y Lima. Hay también evidencias de que ese mismo año Ackermann invirtió intensamente en el mercado minero americano en Londres, particularmente en la Chilean Mining Association, la Chilean and Peruvian Minning Association, la Río de la Plata Association y la Halpuxahun Minning Association. Incluso, Ackermann anunció en 1827 la publicación del libro de Joseph Andrews, que finalmente salió a la luz por la casa editorial de John Murray140.




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