Universidad de Chile



Descargar 0.97 Mb.
Página9/40
Fecha de conversión01.07.2017
Tamaño0.97 Mb.
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   40

Libros y minas


John Murray fue el editor de buena parte de los 10 libros de viaje estudiados en este trabajo, y su caso también resulta interesante ya que también estuvo vinculado con la especulación de las compañías mineras. Según cuenta la biografía de Murray de Samuel Smiles, este editor, que llegó a ser uno de los más grandes editores ingleses de su siglo y un importante difusor del romanticismo inglés, —amigo de Lord Byron y de otros autores románticos— hacia fines de 1817 comenzó a editar una serie de títulos de viaje141 preferentemente de autores ingleses, llegando a convertirse en uno de los principales editores ingleses de libros de viaje. Varios de estos títulos tuvieron como escenario el continente Sudamericano.

John Murray en 1837, por Edward Francis Finden

En 1824, John Murray publicó el trabajo póstumo del joven militar inglés Edward Hibbert bajo el título de Narrative of a journey from Santiago de Chile to Buenos Ayres In July and August 1821. La obra apareció sin la firma de su autor, al parecer a instancias de su familia, con la advertencia a sus lectores quienes “deberán comprender que la narración no tiene pretensiones de mérito, ni por su estilo o la información que proporciona”.142 Sin embargo, tomando en cuenta que entonces ya empezaba a propagarse la fiebre especulativa de las compañías mineras, Murray consideró que la obra tenía méritos suficientes para ponerla a disposición del público inglés. En enero de ese mismo año, la casa editorial de Longman, Hurst, Rees, Orme, Brown y Green, que recién estrenaba su razón social, publicó el libro Travels into Chile, over the Andes in the years 1820 and 1821, with some sketches of the productions and agriculture, mines and metallurgy; inhabitants, history and other features of America; particularly of Chile and Arauco, escrito por el suizo Peter Schmidtmeyer, quien aparentemente habría viajado a Chile comisionado por una de las compañías mineras. Barros Arana, advierte que el libro habría sido impreso a expensas del propio autor, lo que le debió haber resultado bastante caro dado que se trató de una edición de lujo con abundantes ilustraciones —algunas de ellas dibujadas por James Paroisein— coloreadas a mano en algunas ediciones. De hecho, según agrega Barros Arana, el libro se vendió entonces a un precio alto, dos libras y dos chelines143. Peter Schimdtmeyer, según Walterio Looser quien lo identificó como un comerciante viajero suizo, habría escrito y publicado su libro en Londres entre 1822 y 1824, sugiriendo también que lo habría publicado por entregas. Sin embargo, la edición de su libro aparece publicada en 1824 y no hay noticias de que haya sido publicada previamente en forma seriada144.

Ese mismo año la misma editorial que sacó a la luz la obra del viajero suizo, publicó en conjunto con John Murray, el libro de Maria Graham145 Journal of a Residence in Chile during the year 1822. And a voyage from Chile to Brazil in 1823, en una edición de formato similar a la de Schmidtmeyer, es decir de gran tamaño y profusamente ilustrada e incluso coloreada a mano. Maria Graham era entonces una conocida autora de libros de viajes146, y una persona muy cercana a la familia de John Murray147. Al año siguiente el mismo Murray publicó Travels in South America during the years 1819-20-21 containing an account of the present state of Brazil, Buenos Ayres, and Chile” de Alexander Caldcleugh, una edición en dos volúmenes con ilustraciones –algunas de ellas a partir de dibujos del oficial de la Armada William Waldesgrave- y un mapa mineralógico del trayecto efectuado por el autor entre la Plata a Chile, a través de la pampa y la cordillera. El historiador Diego Barros Arana calificó este libro como de “escaso o ningún valor”148 y, según cuenta, su propio autor se lamentaría más tarde de haber publicado, tanto que incluso habría hecho esfuerzos por impedir que circulara. El naturalista Charles Darwin, que estuvo con Caldcleugh en Chile, compartió este juicio, ya que en una de sus cartas contó que había conocido a Caldcleugh, autor de unos viajes bastante malos.149

En 1825 Inglaterra fue remecida por la especulación financiera ocasionada por las minas sudamericanas. Un testimonio de esta situación lo proporcionó la princesa Lieven, la señora del embajador ruso en Londres. “No puede usted imaginar cómo ha cundido aquí la locura a propósito de las empresas en Sudamérica (…) Todo el mundo, desde las damas hasta el hombre de a pie, arriesga dinero de bolsillo o sueldos en esas empresas. En una semana se han hecho grandes fortunas. Acciones en las minas de oro de Real del Monte compradas a 70 libras, se han vendido una semana después a 1350…”150, le comentaba a su corresponsal en una de sus cartas.

Analizando el caso de estas compañías mineras americanas y particularmente el de las chilenas, el historiador Claudio Véliz observó que entre 1824 y 1825 el mercado bursátil inglés vivió un auge que calificó como “espectacular”. Una situación que convergió con las expectativas financieras y comerciales que despertaba en Europa el proceso de colapso que vivía el imperio español en América. A consecuencia de esta confluencia de factores, el mercado inglés pudo invertir millones de libras en América, ya sea por la vía de los préstamos que se contrataron por algunas de estas repúblicas o a través de inversiones encauzadas por las compañías mineras.

Sin embargo, según observa Claudio Véliz, estas compañías mineras surgieron cuando este período de auge financiero comenzaba a dar señales de fatiga. Por lo tanto a su juicio, el colapso de las compañías mineras, particularmente el de las cuatro que se formaron con minas chilenas fue una consecuencia del desplome del mercado financiero londinense que había sido anterior y no su causa151 como se habría sostenido entonces de manera reiterada. De acuerdo a este autor, esta impresión errónea se vio aumentada por la existencia de antecedentes de conductas absurdas y fraudulentas de los especuladores responsables de estas compañías mineras y gracias a la distancia geográfica que retardaba la llegada de noticias. De tal modo que la generalidad del público asumió que las compañías habían terminado por producir la quiebra del mercado inglés 152.

Sin embargo, según Véliz, la única relación causal que puede establecerse entre la caída del mercado londinense y la quiebra de las compañías mineras, es precisamente la inversa ya que las compañías habrían fracasado a raíz de la caída del mercado. En su opinión, si bien es cierto que un factor determinante en la depresión pudo haber sido el flujo de dinero inglés hacia el mercado exterior, este fue ocasionado marginalmente por las remesas dirigidas hacia América. Véliz añade además que tal flujo habría existido de cualquier manera, hayan sido las minas americanas eficientes o productivas o altamente fraudulentas. En definitiva, según Véliz, fue la depresión del mercado lo que finalmente impidió el funcionamiento de las minas. Lo que le restaría sentido a aquellas explicaciones que justificaban el fracaso de las compañías en la imposibilidad de aplicar satisfactoriamente las tecnologías importadas a los usos locales o a que los gastos de las minas extranjeras hayan sido muy elevados comparados con los de las minas locales. Véliz concluyó que el colapso financiero londinense terminó con el prematuro intento inglés de introducir nuevas tecnologías a las operaciones mineras americanas basadas en prácticas ancestrales153 y advierte que los chilenos, al menos, serían inocentes de toda conducta fraudulenta154.

En 1826, mientras cundía en Londres el pánico por la caída del mercado de valores y la quiebra de las compañías mineras americanas, llegó la noticia de la derrota de las fuerzas españolas o realistas en la Batalla de Ayacucho. Se trataba de una novedad que abría una nueva perspectiva en los intereses americanos, augurando el advenimiento de un nuevo orden de cosas en la situación política del Cono Sur de América. Al poco tiempo de la llegada de esta noticia se publicó en Londres un curioso libro bajo un título abrumadoramente largo: Noticias secretas de América sobre el estado naval, militar y político de los reinos del Perú y provincias de Quito, costas de Nueva Granada y Chile; gobierno y régimen particular de los pueblos de Indias; cruel opresión y extorsiones de sus corregidores y curas; abusos escandalosos introducidos entre estos habitantes por los misioneros; causas de su origen y motivos de su continuación por el espacio de tres siglos. Anunciada como la obra de los viajeros científicos Antonio de Ulloa y Jorge Juan, que habían recorrido el continente americano alrededor de 80 años antes como agregados hispanos de la célebre y desafortunada expedición de La Condamine, el libro se publicó por cuenta de David Barry, un personaje misterioso, que se presentaba a sí mismo como el afortunado descubridor de este singular documento. David Barry escribió el prólogo y las notas explicativas de esta obra, en las que se presentó como un viajero que después de haber pasado por Caracas y haber recorrido el río Orinoco hasta el lago de Maracaibo; viajó entre 1820 y 1822 por las provincias del Río de la Plata, Chile y Perú: “a fin de informarse personalmente del estado político de aquellas nuevas repúblicas, el clima de aquellos países, la calidad de sus terrenos, sus disposiciones para formar un establecimiento agrícola”.155 La identidad de Barry ha despertado sospechas e incluso se ha dudado de la autenticidad de sus “Noticias secretas”, que, sin embargo, fueron autentificadas por el historiador Ricardo Donoso156. Al margen de estas interrogantes, en la reseña biográfica de Barry sorprende cuando declara que tenía planes de “formar un establecimiento agrícola”, en circunstancias que sus compatriotas se manifestaban mucho más dispuestos a hurgar bajo tierra en busca de riquezas minerales, en lugar de aprovechar su superficie cultivando, por ejemplo, trigo.

La declaración de intenciones de Barry tuvo como telón de fondo la crisis de las compañías mineras americanas y su presentación de la obra fue escrita a partir de la experiencia de este fracaso y por lo mismo su opinión de las minas americanas como la de sus compatriotas no fue muy favorable. Barry dio un nuevo impulso a las antiguas críticas que se hacían desde Inglaterra y el resto de Europa al imperio español acusándolo de haber basado su sustento exclusivamente en el fomento de la minería, descuidando con ello otras ramas lucrativas como la agricultura y la industria. Una crítica que tradicionalmente soslayaba el propio afán británico de apoderarse de estas mismas riquezas mineras, que tanto censuraban. Sin embargo, los acontecimientos —así como el propio tenor de las “Noticias Secretas”, en las que se detalló el abandono y el mal estado de las colonias americanas157—, le daban un nuevo aire a esta antigua monserga y Barry estaba en condiciones de acusar a sus compatriotas de haber caído en el mismo error que los imperialistas españoles del pasado. Barry sugiere, por ejemplo, que Jorge Juan y Antonio de Ulloa, habrían seguido el ejemplo de sus ancestros quienes creían que un territorio sin minas de oro y plata era necesariamente pobre y por lo mismo inútil. Por lo cual, según Barry, ellos no consideraron conveniente fomentar la agricultura. Tal como lo habían hecho los “Reyes de España y su consejo de Indias”, quienes sofocaron la industria de sus colonias y no fomentaron la agricultura. Barry, en cambio, sostenía que “la agricultura es el fundamento de una nación”, porque ocupaba “un número mayor de brazos, los vigoriza con el ejercicio, y aumenta a la población”; mientras que la minería, “privando a los hombres de una atmósfera vivificante, los enferma y destruye”. “La agricultura en Chile y Buenos Ayres, concluyó Barry, ha formado su población, mientras que las minas en el Perú ha extinguido a casi todo el imperio de los Incas…158. “El trigo que han producido los llanos de Chile —agregó luego— han valido más que toda la plata de Potosí.”159



David Barry criticó a sus compatriotas que habían caído rendidos ante “aquellos nombres mágicos de oro y plata”. Palabras, que según él, se habían engrandecido a consecuencia del celo con el cual los españoles habían mantenido sus riquezas fuera del alcance de los demás europeos. A consecuencia de ello, advierte Barry “la palabra galeones resonaba en los oídos de los europeos, produciendo la quimera de un conjunto de grandes navíos abarrotados de oro y plata. ¡Ilusión miserable!”. “…El tiempo había demostrado, añadió a continuación, que los ingleses no estaban menos preocupados de estos tesoros imaginarios, pues ahora que los nuevos Estados de Sudamérica les han franqueado libre acceso a las minas de oro y plata, los nombres de Potosí, Pasco, Real del Monte, Guanajuato, y hasta el ilegible Tlalpuxahua han alucinado tanto a los capitalistas ingleses, que se han llegado a vender por 1470 las acciones que sólo habían costado 70 (Real del Monte): por 319 las que sólo habían pagado 20 (Tlalpuxahua): por 85 las que habían pagado sólo 5 (Buenos Ayres): por 54 las que habían costado nada más de 5 (Pasco-Peruviana) y así las demás”. Ingleses y españoles, habían sido igual de tontos al caer bajo el influjo de estos “tesoros imaginarios” que ofrecían estos nuevos Estados Americanos. A continuación Barry proporciona la lista de todas las compañías de minas inglesas que, según él, tanto habían “alucinado a los capitalistas ingleses”. Para eso cita “la Guía de Minas de Londres” del 1 de octubre de 1825, la cual detalla que en poco más de un año se formaron la compañía Anglo Chilena, la Anglo Mejicana, la Anglo Peruviana, la Brasilense (sic), la Brasilense Imperial, la Bolaños, la Central Unida o Guatemala, la Chilena, la Chilena Unida, la Chilena y Peruviana, la Colombiana, la Castello y Espíritu Santo, la de Famantina, la de Guanaxuato, la Mejicana, la Mejicana Unida, la Pasco Peruviana, la Peruviana de Comercio y Minas, la Potosí La Paz y Peruviana, la Real del Monte, la de Rio de la Plata, la Sudamericana (general), Tarma Huancavelica y Gualgayoc y Tlalpuxahua. Todas ellas consecuencia “de la manía de especular” que según Barry se había apoderado de los ingleses. A su juicio la “variedad” o la diversidad de estas compañías y la “extravagancia de algunos nombres tan retumbantes” sólo podía ser consecuencia de que tenían “por objeto casi unos mismos países”, lo que equivalía a decir que muchas de ellas eran enteramente ficticias. Barry luego deslizó una crítica señalando que “si no fueran por la reputación que gozan en la clase mercantil los nombres que se hallan insertados en los varios prospectos, como directores de las empresas, caería uno en la tentación de sospechar todos estos proyectos, como otros tantos engaños artificiosos, hechos con apariencia de utilidad, para defraudar a los incautos. ¡Capital! ¡Maquinaria! ¡Industria! estos eran los fundamentos sobre los que se apoyaba la ilusión que desgraciadamente ha llegado a cegar a tantos individuos, haciéndolos caer en un abismo de miseria”. 160

Tal como Rudolf Ackermann, el editor John Murray también estuvo involucrado en algunas de estas compañías, en las que invirtió siguiendo el consejo del joven Benjamín Disraeli, su protegido y asesor en materias editoriales y mercantiles, que entonces tenía apenas 20 años. Murray, quien además de ser un reconocido editor de libros publicaba la célebre revista de reseñas, The Quarterly Review, había ideado a comienzos de 1825 el proyecto de sacar un diario matutino de tendencia conservadora, que sería editado por Disraeli, quien entusiasmado con esta idea instó a su protector a perseverar en su empeño. Disraeli, según cuenta Samuel Smiles, se había “envuelto en el vértigo de la especulación financiera que generó la independencia de las Repúblicas americanas, particularmente a raíz de sus minas” y se relacionó con la firma J. D. Powles y compañía161. Powles, era uno de los directores de la Chilian Minning Association formada a comienzos de dicho año y era el presidente de la asociación de bonos de deuda colombianos.162 El joven Disraeli puso sus talentos a la disposición de la causa de las minas americanas y escribió varios panfletos dedicados a ensalzar sus riquezas. En marzo de 1825, la editorial de Murray publicó el título American Mining Companies presumiblemente escrito o bien editado por Disraeli, donde se decía que “entre las empresas de esta época, sobresalientes en importancia por la magnitud de los intereses que están involucrados en su administración, pueden posicionarse las compañías mineras americanas”163. Disraeli fue el nexo entre Powles y Murray, quienes se asociaron en el proyecto de lanzar el matutino The representative.164 De acuerdo a la biografía escrita por Samuel Smiles, a partir de la correspondencia de John Murray puede deducirse que éste se involucró en la especulación de las Compañías Mineras a instancias de Disraeli165, y es bastante probable que lo haya hecho en la compañía codirigida por Powles, la Chilian Minning Association.

En el mes de junio de 1825, se publicó el libro Narrative of a Journey Across the Cordillera of the Andes and of a Residence in Lima and other Parts of Peru in the years 1823 and 1824” de Robert Proctor, por la editorial Archibald Constable y Hurst, Robinson and Co. Archibald Constable (1774-1827) es considerado como el más talentoso librero y editor de la época en Edimburgo. Durante una década, Constable fue el propietario de la Enciclopedia Británica y en 1802 los jóvenes Sydney Smith y Francis Jeffrey lo eligieron para que fuera el impresor y el distribuidor de su célebre revista, la Edinburgh Review, una publicación que hizo época ( La Edinburgh Review, cuya importancia en la literatura inglesa del siglo XIX es inestimable, tuvo una marcada línea editorial liberal, que motivó el surgimiento de de la Quarterly Review de filiación conservadora, en cuya publicación intervino John Murray). Constable es considerado como un pionero en la publicación de libros orientados hacia un mercado masivo y por dos períodos fue el impresor de la mayoría de los trabajos del novelista escocés Walter Scott. Hacia 1814, era el titular de la Enciclopedia Británica y coordinó la sexta edición de esta publicación que salió a la venta entre 1820 y 1823. Un año más tarde, Constable publicó el libro Extracts from a Journal written on the coasts of Chili, Peru and Mexico, in the years 1820, 1821, 1822 del Capitán Basil Hall, que había sido enviado a recorrer las costas de América para dar cuenta del estado general de sus riquezas mineras.166

Pese a su éxito y su fama, Constable cayó en gastos exagerados que lo llevaron a la ruina en 1826, posiblemente se habría excedido en su liberalidad con sus autores. Falleciendo al año después, abrumado por las deudas.167 La ruina de Constable fue propulsada por la quiebra del mercado de valores que remeció a Inglaterra en 1825, tan cuantiosa, que para hacerse una idea del volumen de sus pérdidas hay que tomar en cuenta que tres bancos londinenses y veintisiete bancos de provincia interrumpieron sus pagos, mientras una innumerable cantidad de negocios colapsaba en una bancarrota masiva.168

Tal como sucedió con muchos de estos autores, Robert Proctor advirtió que no tenía intenciones de publicitar los escritos y anotaciones que había tomado a lo largo de su viaje. Pero, al regresar a Inglaterra decidió darles forma de libro y enviarlos a la imprenta, debido a que consideró que “había recogido algunos interesantes detalles, —“particulars” es la expresión que utiliza— que no habían sido tomados por otros, que no habían disfrutado de las mismas ventajas que él”169. El libro se habría publicado con gran prisa ya que su autor no pudo supervisar su impresión170. Proctor también justificó la impresión de su libro, señalando que su condición de agente del contratista para el préstamo peruano, le había permitido contactarse con “la mayoría de los individuos que se han destacado en Sudamérica” y “tuvo frecuentes oportunidades de verlos y conocerlos”. Además advirtió que le interesaba enmendar algunos errores ya que a su juicio “muchos acontecimientos públicos, a los cuales tuvo ocasión de referirse, han sido malentendidos en este país, y él ha hecho el esfuerzo de presentarlos en su verdadera luz”171. Proctor se excusó por la brevedad de su estadía, lo que a su entender condicionaba la calidad de sus observaciones. “Debe entenderse, agregó, que las observaciones generales que ofrezco son el resultado del conocimiento que obtuve durante una residencia de un año; y por supuesto, soy susceptible de errores, que un trato más largo pudo haber removido”.172[




Compartir con tus amigos:
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   40


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2019
enviar mensaje

    Página principal