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UNIVERSIDAD DE LOS HEMISFERIOS



FACULTAD DE CIENCIAS JURÍDICAS Y POLÍTICAS

Análisis epistemológico del Humanismo Trascendental como fundamento de la Ciencia Política
TRABAJO PREVIO A LA

OBTENCIÓN DEL TÍTULO DE LICENCIADO EN CIENCIAS

POLÍTICAS Y RELACIONES INTERNACIONALES


Autor: Pablo Begnini
Tutor:

Doctor Abelardo Posso Serrano

Quito, 2014

Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera,

cortar tablas o distribuir el trabajo; mejor comienza por enseñar a tus

hombres a anhelar la inmensidad del mar.



-Antoine de Saint-Exupéry-

El lugar más oscuro del infierno está reservado para aquellos hombres que

mantienen neutralidad en tiempos de crisis moral

-Dante Alighieri-

AGRADECIMIENTOS
En el plano académico quisiera iniciar agradeciendo al Doctor Jaime Baquero de la Calle, por el tiempo y la dedicación brindados a las disparatadas ideas del autor, además de todo el conocimiento impartido, pues de sus clases viene dada la orientación de fondo a esta materia. En segundo lugar agradezco a los profesores de Ciencia Política de la Universidad de los Hemisferios, al Doctor Abelardo Posso Serrano, director de esta investigación, Doctor Gustavo Estrella, Doctor Marco Lara Guzmán, Doctor Roberto Posso y al Doctor Harry Dorn Holmann, además de un reconocimiento especial al Magister José Antonio Baquero por todo su apoyo en mi desempeño universitario y personal en mis años de estudio.

En el ámbito personal quisiera reconocer desde el fondo de mi corazón a la hermosa dama que me dio la vida, mi mamá Martha Alicia y al noble caballero al que tengo el honor de llamar papá, Pablo. Gracias por dedicar cada día de sus vidas a educarme. Llegar hasta aquí hubiese sido imposible sin su apoyo incondicional y amor infinito, espero que esta, sea una humilde y pequeñísima manera de recompensarlos por todo lo que me han dado. Así también mi más sincero agradecimiento a todas las personas que influenciaron directa e indirectamente en la construcción de este trabajo, a mi hermano David, mis amigos más cercanos: David, Julián, Carolina, Daniela, Sebastián, Nicolás, Martín, Luis Miguel, Mario, Raúl, Juan José, Alejandro y Carlos (ya no presente entre nosotros). A mis alumnos de filosofía e historia por sus preguntas y enseñanzas y al resto de mi familia.

Por último mi eterna gratitud al Profesor Juan Fernando Sellés Dauder de la Universidad de Navarra, autor del libro Antropología para Inconformes, puesto que sus ideas han sido fundamentales para mi propuesta. A mis detractores por sus críticas y aportes, y a todos aquellos que junto a mí, han soñado con un futuro mejor.

***


A manera de prefacio. En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo vivía un hombre que pensó en su momento haberlo perdido todo, sin considerar el hecho de que la importancia no representa de ningún modo a la totalidad. Este caballero errante (si es que el adjetivo no le queda grande), parecía haber sucumbido en el desencanto de la derrota y no hallaba razón que lo rectifique en su afán de encontrar el camino de baldosas amarillas. Pero el letargo de nuestro personaje se vio interrumpido intempestivamente por la llegada de una persona que rompió los paradigmas conocidos y que propició con su cariño y paciencia, el escenario perfecto para dar paso a un nuevo comienzo, a uno perfecto y esperanzador.

Por eso este trabajo está dedicado con todo el amor del mundo a Emilia Trueba, quien supo encausar desde el futuro (que como se verá a continuación es superior al pasado) a las acciones del autor, que cautivó con su presencia e inspiró a la composición de estas líneas y que cuando sonríe permite que todo vuelva a comenzar.


RESUMEN
La política ha sido concebida históricamente como el simple manejo de las relaciones de poder. Esta concepción (mucho más reduccionista en nuestro tiempo), ha limitado considerablemente al ejercicio político, y lo ha ocultado detrás de una cortina de humo caracterizada por la corrupción y el relativismo moral.

Esta investigación tiene como objetivo rescatar la dimensión antropocéntrica de la Ciencia Política, que como se verá, es el pilar fundamental de la misma, además de demostrar que en sus orígenes, la política era la actividad que garantizaba la felicidad de los ciudadanos. Así también, esta propuesta epistemológica procurará reinstaurar el valor perdido de la ciencia de gobernar, pues en nuestros convendría atender a ella no solo como actividad lucrativa; sino más bien como una alternativa de solución a todos los problemas de la sociedad.


ABSTRACT
Politics has been conceived historically as the simple management of power relations. This conception (which has been much more reduced in our time), has significantly limited the political affairs, and has hidden this behind a smokescreen characterized by corruption and moral relativism.

This investigation aims to rescue the anthropocentric dimension of Political Science, as we will see, which is the cornerstone of it, and moreover demonstrate that in its origins, political activity guaranteed the happiness of citizens. Furthermore, this epistemological proposal seeks to restore the lost value of governmental science, because it should serve not only as a gainful activity; but rather as an alternative solution to the problems of society.




TABLA DE CONTENIDO





TABLA DE CONTENIDO 4

INTRODUCCIÓN 4

ÍNDICE DE NOCIONES 45

BIBLIOGRAFÍA 46



INTRODUCCIÓN


El mal conoce el bien, pero el bien no conoce el mal.

-Franz Kafka-


No resulta extraño para cualquier ciudadano común, relacionar al término política con todo lo referente a la desmoralización, el uso indebido y abuso de poder, la manipulación, el mal manejo de bienes públicos y en especial la corrupción. Esta percepción general es el resultado de todo un bagaje histórico y cultural que ha envuelto en llamas al ejercicio político, y lo ha convertido en toda una obra teatral que procura encubrir los actos más repudiables que el ser humano ha podido cometer. No hace falta conocer a fondo la historia de la humanidad para saber que en nombre de soberanías, dictaduras, totalitarismos e incluso democracias, se han justificado miles de atentados en contra de la vida, desencadenando múltiples conflictos sociales y consumiendo hasta el final el concepto de bien público, tan alejado de aquellas teorías clásicas que proponían a los gobiernos como garantes de la paz, la libertad y la felicidad. Hace tiempo ya, que la apatía política se ha vuelto característica de las nuevas generaciones, las cuales optan voluntariamente por darle la espalda a la realidad social, relacionándose cada vez menos con la militancia política activa y rechazando cualquier vinculación con la rex pubblica1 por considerarla obsoleta, poco funcional y ajena a sus necesidades.

Quizá esta percepción sea más palpable en países y culturas que efectivamente no han hallado respuesta alguna en su clase gobernante, lo cual ha acarreado la desafortunada consecuencia de la deconstrucción de cualquier concepto de desarrollo basado en una teoría política, pues la connotación que estas le brindan al progreso son consideradas negativas, salvo contadas excepciones. ¿Es entonces la política tan nefasta como se la presenta? ¿O más bien puede ser considerada como un arma de doble filo, la cual en la mayoría de ocasiones es utilizada para perjudicar a quien no alcanza a comprenderla?

Estas preguntas surgen inmediatamente una vez que tomamos en cuenta la posibilidad de que, quienes formalizaron por primera vez esta necesidad natural del ser humano de organizarse, no se hayan equivocado del todo al establecer a la política como una alternativa viable de solución y consenso para los problemas que la propia convivencia social genera. Ahora bien, de aquellos orígenes a nuestros días sin duda las cosas han cambiado y parece ser el hombre se ha olvidado del hombre, pues ha preferido darle primacía a muchos otros aspectos someros que a su propio y verdadero bienestar. Sin duda el ser humano ha dejado de ser la prioridad del ejercicio político. La influencia de diversos factores tales como como los intereses personales, el pragmatismo exacerbado, la pugna de poderes, la segmentación social e incluso la prevalencia del pensamiento ilustrado, han desplazado al concepto antropocéntrico clásico, el cual presentaba al hombre como principio y fin fundamental de cualquier acción pública, y lo ha reemplazado por una corriente materialista caracterizada por la mecanización de procesos que en apariencia resultan eficientes, pero que a su vez y en la mayoría de los casos, atentan en contra del equilibrio fundamental de la persona y por ende del grupo social al que pertenece.

Por otra parte la dinámica histórica existente entre gobernantes y gobernados, ha fomentado una relación sistemática de exclusión mutua, en la cual todas las acciones con referencias políticas se han dotado de una connotación negativa, alimentando al estereotipo consensuado que presenta a los políticos como portadores de todo lo perjudicial, agentes de corrupción y proclives al relativismo moral.2 Por supuesto, las consecuencias de todos estos síntomas se vuelven tristemente inevitables. La vocación de servicio político cada día encuentra menos voluntarios, y considerando los antecedentes mencionados nos resulta incluso comprensible. Indudablemente las inclinaciones laborales se encuentran desbalanceadas. Como menciona Jaime Baquero en su libro El Derecho ¿para qué?:

“Las carreras de corte humanístico como Filosofía, Psicología, Derecho o Ciencias Políticas han pasado, en la sociedad actual, a un segundo plano, definitivamente no están de moda. Ahora mismo lo políticamente correcto para un chico o una chica de dieciocho años es decir que estudia Administración de Empresas, Marketing o Ingeniería Comercial (de ser posible en el extranjero). […] ¿Cómo explicar este comportamiento? Una de las razones tiene la forma del signo de dólar. El éxito se mide por la cantidad de dinero que podré ganar a través de mi profesión, mientras más dinero mucho mejor.” (Baquero de la Calle, 2010)
Este comportamiento notoriamente utilitarista3, es el resultado no solo del desapego social a las ciencias trascendentales4; sino también, al constante bombardeo materialista del cual todos somos víctimas, producto de un mundo que ha olvidado la importancia de un bienestar caracterizado por el gozo de la verdad y el conocimiento.

En este sentido queda claro que el mundo responde más bien a los numerosos estímulos utilitarios que presionan al hombre contemporáneo a dejar a un lado a todo aquello que requiera detenimiento, tiempo extra o reflexión. Más aún en un contexto cultural con aristas como la comida rápida, la industria del entretenimiento, el subjetivismo mediático y el consumismo desmesurado, todo aquello que no sea inmediatamente práctico resulta extraño e incomprensible en especial para las generaciones prematuras. A propósito de esto y en los albores de la década de los noventa, el joven Kurt Cobain denunciaba precisamente este tipo de conductas victimizándose en forma de ironía y diciendo: “Here we are now, entertain us. I feel stupid and contagius”5 (Cobain, Novoselic, & Grohl, 1991). Resulta evidente que en medio de todo este torbellino de contrariedades, la vocación de servicio desinteresado es casi inalcanzable. Quien conozca de cerca a cualquier persona vinculada directamente con el obrar político, sabrá que las motivaciones reales para asumir un cargo público estarán más inclinadas hacia el interés particular que hacia el servicio comunitario; en consecuencia y respaldando lo ya mencionado la influencia económica juega un papel dirimente al momento de aceptar o no incluso una posición política.

“Hay gente que tranquiliza su conciencia y que evade la responsabilidad afirmando que la economía está bien, y que es la política lo que va mal. Que las ciudades tienen centros comerciales que antes no tenían, que exportamos algunas cosas nuevas […]. No hay que engañarse. La economía sin Ética es puro tropel. Mentira siniestra. Lo que hace la felicidad política y la felicidad personal, no son las cifras ni los indicadores ni el consumismo desaforado. Es la posibilidad de ser más personas, de ser ciudadanos, vecinos, trabajadores, empresarios, esto es, simplemente gente honrada. Esto es, seres con valores, orientados por referentes éticos y no solo por intereses; individuos sensibles y no simples máquinas de competir o de comprar.” (Corral, 2004)

No basta entonces con manifestar la inconformidad ante este problema emergente. No cabe duda de que con el paso de los años tanto la política como las ciencias sociales en general se han venido a menos, posiblemente por el método de estudio al cual estas disciplinas responden, el cual dista considerablemente de aquel que rige a las ciencias empíricas y naturales y por tanto esquiva justamente a las catastróficas consecuencias de la tan anhelada exactitud.6 Es por esto que el presente trabajo tiene como objetivo recabar en los orígenes teóricos de la Ciencia Política y más que desempolvarlos; procurar analizarlos a profundidad con la finalidad de contemplar la posibilidad de que aun sean aplicables en nuestra realidad contemporánea. Así también, buscaremos explicar la relación previamente existente entre el llamado Humanismo Trascendental y el objeto principal de todo menester público, pues a diferencia de los difuminados conceptos que compartimos hoy en día acerca del Bien, este ha sido ya objeto de estudio de milenarias culturas y filósofos que aunque suene extraño, coinciden coherentemente en sus acepciones. Cabe mencionar también que el lector debe contemplar el hecho de que estas páginas escudriñarán en el fundamento epistemológico de una disciplina social; y solo en la Ciencia Política, el objeto de estudio desborda a la misma ciencia, dado que el Bien no es solamente un concepto abstracto como la verdad que está en la mente; sino que es “Un trascendental real relativo a la voluntad humana, es decir, una perfección que se encuentra en toda la realidad”7 (Sellés , 2006)

Del mismo modo, este trabajo se centrará en el tratado eminentemente teórico de las cuestiones relativas a la política, la Ética, el Bien, la Verdad y la justicia, pues en palabras del filósofo estagirita, la forma más alta de vida radica en el estudio teórico la realidad8 (Aristóteles, Ética a Nicómaco, 2008). Por otro lado el desarrollo de esta investigación está plagado de citas y aforismos de múltiples autores tanto clásicos como modernos y contemporáneos, no con el fin de ocultar las notables dudas acerca de lo estudiado por parte del autor9; sino más bien para dar sustento a las ideas fundamentales que aquí se intentan proponer, puesto que, y en concordancia con muchos pensadores medievalistas: “Es inútil ya no tenemos la sabiduría de los antiguos, se acabó la época de los gigantes” pero al citarlos, “Somos enanos […] pero enanos subidos sobre los hombros de aquellos gigantes y aunque pequeños, a veces logramos ver más allá de su horizonte.” (Eco, 1980, págs. 122, 123).

Consecuentemente el enfoque práctico de esta indagación, defenderá la necesidad de implementar la asignatura de Filosofía Política en las mallas académicas de todas las carreras universitarias de índole humanística, pues como se detallará a lo largo del ensayo, las implicaciones de este tipo conocimientos son de enormes proporciones tanto para el desarrollo comunitario, así como para el crecimiento holístico de todo hombre o mujer que se llame a si mismo ciudadano. Antes de iniciar y en palabras de un destacado autor perteneciente al Siglo de Oro español quisiera manifestarle a quien indague estas páginas que: “si te agradare y pareciere bien, agradécelo a lo poco que sabes, pues de tan mala cosa te contentas; y si te pareciere malo culpa mi ignorancia en escribirlo y la tuya en esperar otra cosa de mi”10 (Quevedo, 1983, pág. 152)

Por último estimado lector, quizá pienses al finalizar esta obra, que todo lo descrito en ella suena interesante pero utópico, demasiado optimista o irreal. Que basta mirar alrededor de nuestra realidad para concluir en que no reinan los principios que aquí se halagan. O que en efecto, el presente texto no es más que el fruto de las apasionadas ilusiones que varios pensadores tuvieron a bien imaginar. Pues en respuesta, vuelvo a hacer mías palabras ajenas: “Quizá digas que solo soy un soñador, pero no soy el único. Tengo la esperanza de que algún día te nos unas, y el mundo vivirá así como uno solo” 11 (Lennon, 1971)


  1. ORIGEN Y ALCANCE DE LA POLÍTICA

No se enseña Ética para saber qué es

la virtud, sino para ser virtuosos

-Aristóteles-




  1. Polis & Ethos

La historia de la política es sin duda la historia del mundo. Desde las comunidades tribales, pasando por las polis griegas, hasta el estado moderno, las agrupaciones sociales de toda índole han considerado una necesidad emergente, al hecho de formalizar un elemento administrativo capaz de tomar las decisiones oportunas que conduzcan a la población hacia el bienestar anhelado; y es ahí precisamente, en el conducir, en donde encontramos el umbral de la política. La palabra política, tiene su origen etimológico en los vocablos griegos polis (πολις) ciudad y éthos (έθος) camino, carácter o costumbre, de lo cual deducimos que la política se ocupa del camino adecuado que debe seguir la ciudad (o en nuestro caso específico el Estado) para alcanzar el bienestar, la seguridad o según los clásicos: la felicidad.

Partiendo de este principio, aquel camino mencionado, debe contemplar las atribuciones generales de un gobierno, que a breves rasgos se pueden resumir en dos: a) Administrar los recursos y b) Generar leyes para la convivencia armoniosa entre los gobernados, ambas con la misma finalidad ya señalada. Ante todo esto, resulta oportuno sugerir que desde sus orígenes, tanto la política como su manifestación más palpable, el gobierno, son dos constructos humanos y por lo tanto pueden ser llamados productos del hombre.12 Las implicaciones de esta aclaración son enormes, puesto que podríamos concluir que, siendo construcción de los seres humanos, la política parece estar inexorablemente condenada a la imperfección; empero, es aquí en donde se debe reparar en el ya señalado término griego éthos (έθος) pues este, es predecesor del nombre que se le dará al estudio filosófico-práctico de la conducta humana: la Ética13. Es así como la política y la Ética, comparten un origen conjunto, siendo la primera la continuación de la segunda, dos elementos que no pueden concebirse por separado, que no son excluyentes el uno del otro; sino que por el contrario se complementan. Hablar de política es hablar de Ética, y viceversa; de este modo, la Ética se dedicará a la teoría del bien, al conocimiento de lo correcto y la política llevará a la práctica lo conocido. “Se podría decir que la política continúa con la Ética, porque no dirime acerca de las acciones de cada quien, sino de aquellas que se realizan en común en un ámbito determinado (municipal, regional, nacional, internacional, mundial etc.)” (Sellés , 2006, pág. 318)

Es por tanto factible afirmar, que una persona que ostente un cargo público o sea parte del gobierno y que utilice su poder con fines personales o incurra en actos de corrupción, no podrá ser llamado político como tal, pues como veremos más adelante, lo proprio de los políticos es el servicio y el bien.14

En concordancia con lo que antecede, se ha postulado a la felicidad como la finalidad del ejercicio político; no obstante, valdría aclarar que existe una diferenciación considerable entre los conceptos filosóficos de finalidad y fin. El primero, hace alusión al finis operantis15 de una acción, este se cuestiona el ¿para qué? de la misma. La finalidad, o fin finalizado, es bueno en función de algo más, de un objeto ulterior. Por su parte el fin o fin último, se identifica con el finis operis16 y se cuestiona el ¿Por qué? de la actividad, demandando a su naturaleza; el fin último es bueno en sí mismo, en su Ser. Ahora bien, si la Ética antecede (teóricamente) a la política, esta segunda estará más cercana a su realización objetiva (finis operis), si es que considera los postulados fundamentales de su paradigma (es decir, de la Ética). En pocas palabras, la acción política será más perfecta (más política) si es que transcurre en conformidad a la Ética; y de esto se establece que, si el fin finalizado o finis operantis de la política es la felicidad, el fin último o finis operis, responderá a un objeto único, e inefable17, o como diría Douglas North: Las instituciones son una creación humana, evolucionan y son alteradas por humanos. Por consiguiente se deberá empezar por el individuo” (Douglas North, cit. por Bautista, 2007: 1)



El fin último de la política es la felicidad del ser humano.18 19 20 Sin embargo la dinámica teórica y utilitaria que ha envuelto al ejercicio político a lo largo de la historia (en especial en la edad contemporánea), se ha empeñado, en mayor medida, en deshumanizar a su objeto de estudio. Infortunadamente las concepciones de la mencionada acción política, han marcado una trayectoria de degradación paulatina, en la cual se pretende posicionar a elementos como el poder, la verdad o el mismo bienestar, por encima de la figura del hombre.

Los filósofos griegos21, tenían muy presente el hecho de que el ser humano, constituye el eje fundamental de todo ordenamiento jurídico y político; de este modo y desde tiempos inmemorables, se considera que no tendría sentido la promulgación de una ley que violente a la integridad del hombre, pues esta será antinatural y por tanto injusta. Añadiremos así al presente análisis, el concepto de justicia.22 En un aspecto bastante más somero, la política puede ocuparse de la repartición de justicia (aunque esto será menester de su brazo jurídico: el derecho), no obstante, el ejercicio político sí es potencialmente susceptible de incurrir en prácticas injustas23 (a pesar de que, como aclararemos posteriormente, una práctica injusta no podrá será llamada política; sino politiquería24, pues la política es Ética aplicada y la Ética no puede ser injusta).

Es así como coherentemente con el pensamiento clásico, podemos concluir en que la política puede definirse como la ciencia del bien supremo y de los medios para alcanzarlo, entendiendo por bien supremo, a la tantas veces mencionada: felicidad. Pero, ¿Cómo es posible vincular a la política directamente con la felicidad, si precisamente esta es la manzana de la discordia en nuestra sociedad?

Comenzaremos aclarando que la política fue concebida en un contexto social y cultural muy distinto al actual, y por lo tanto, respondía a intereses y necesidades un tanto diferentes a los problemas de los cuales nos ocupamos en estos días. Sin embargo, existen algunos aspectos que trascienden de las edades históricas y son justamente estos, a los cuales nos referiremos a continuación.




    1. La política como agente y garante de la virtud

Supongamos por un momento que estamos situados en la Grecia Clásica.25 En ese entonces tanto ciudadanos como gobernantes, estaban perfectamente conscientes de las enormes responsabilidades que abarcaba un puesto político, pues a diferencia de nuestros días, la clase dirigente ofrecía sus servicios a la comunidad más que por interés, por honor. “Decir política para un griego clásico era hablar de sociedad” (Sellés , 2006, pág. 318). Es por esto que el vínculo existente entre gobernadores y gobernados era bastante estrecho, y estaba fundamentado en principios de exigibilidad y compromiso. Un futuro político griego no pretendía ostentar un cargo público en función de su propio bienestar; sino que cargaba a sus espaldas las necesidades de todos los suyos, de quienes habían vivido a su lado, de su comunidad. El político original tenía vocación política por ser virtuoso.

La virtud, definida en palabras de Tomás de Aquino26, es un “hábito operativo bueno de la voluntad” (Aquino, 1999), de lo que los filósofos medievales deducen que las virtudes son más acciones que teorías, ya que del Bien en cuanto a teoría se ocupará estrictamente la Ética. Del mismo modo y coherentemente con el Aquinate, la virtud se describe clásicamente como una cualidad operativa, pues se trata de una perfección al momento de actuar. (Sellés , 2006). Lo importante entonces en términos de virtudes no es el decir, sino el hacer. Esto para nada desmerece el papel de la teorías, en especial en medio de las ciencias de las cuales este documento versa; sino que más bien intentamos esclarecer el hecho de que “no importa quien seas por dentro, son tus actos los que te definen.”27 Resumiendo entonces, “la virtud es una perfección sobrevenida de la voluntad” (Sellés , 2006, pág. 239), ya que sin voluntad, sería imposible orientar las acciones humanas hacia el Bien.

Cabe entonces recalcar que el obrar humano estará condicionado por el mayor o menor número de hábitos que tengamos a bien adquirir. A estos elementos de la costumbre, en el caso de nuestra inteligencia, los llamaremos perfecciones adquiridas. Por su parte los mismos hábitos en el caso de la voluntad adoptarán el nombre de virtudes28 o virtudes morales. “La voluntad es sujeto capaz de virtud porque está abierta” (Sellés , 2006), de esto surge a las claras que la voluntad puede adquirir cualidades de toda la realidad, incluso mundanas y equivocadas (es el caso del mal), o en contradicción, aquellas que la inclinen hacia lo bueno: las virtudes. Es por esto que, tanto la virtud como el vicio estarán a merced de la voluntad, “a bien ocupado no hay virtud que le falte; al ocioso, no hay vicio que no le acompañe” (Correas, 1999, pág. 206). Es por tanto lógico afirmar que aquellos hombres que posean hábitos de bien, destacarán y servirán precisamente para hacer el bien, mientras que aquellos a quienes el vicio haya corrompido, solo serán capaces de producir para mal.29

Si es que analizamos desde esta perspectiva a la acción política, resulta mucho más evidente el porqué de la tendencia clásica a relacionar la actividad pública con el Bien. No es pues un capricho de los autores clásicos, redundar e incluso caer en razonamientos tautológicos acerca de la verdadera naturaleza de las acciones políticas. En esa Grecia Clásica en la que iniciamos el presente examen, el político era un agente del Bien, encargado de garantizar que las decisiones que se tomen a nivel de la administración pública serán las más optimas e irán desarrollándose conforme a la naturaleza y necesidades de la población. Si el político es virtuoso entonces el politiquero es vicioso. El político defiende, el politiquero ofende. El político construye y el politiquero destruye. Lo que caracteriza al primero define al segundo nada más que por su ausencia. No hay que esperar por tanto demasiado de un politiquero, ya que la ausencia de hábitos de Bien y virtudes serán las características esenciales del mismo. Todo servidor público (aquel que sirve a todos) deberá ser político; esto es virtuoso.

Dice Daniel Innerarity en su obra, que la virtud en nuestros días puede definirse como la democratización del heroísmo (Innerarity, 1992, pág. 41) aunque en función de la experiencia del autor del presente estudio, cabría más bien la definición de Sellés, ya que con seguridad vivimos “lo inverso, es decir, la heroización de lo ordinario, de la vida cotidiana, porque adquirir virtudes cuesta y no poco.” (Sellés , 2006, pág. 239). Justamente lo que no abunda en nuestros días es el heroísmo. Hombres y mujeres virtuosos, capaces de abandonarse a sí mismos aunque sea por un momento, cuestionándose acerca de la posibilidad de sacrificarse por alguien más. O tal vez los héroes de nuestros días no hallan cohesión, pues se encuentran dispersos en el mundo, ocultos tras la sobrecogedora realidad del pesimismo.

Al hombre virtuoso, así como al héroe, siempre le costará más actuar individualmente, dado que resulta absurdo dar la vida por algo que no tendría apoyo ni repercusión. Nadie lucharía por nada si no hay incentivo, nadie quisiera morir en la oscuridad. “De tal modo aprendí que es fácil batirse cuando están cerca los camaradas, o cuando te observan los ojos de la mujer a la que amas, dándote vigor y coraje. Lo difícil es pelear solo en la oscuridad, sin más testigo que tu honra y tu conciencia. Sin premio y sin esperanza”30 (Pérez- Reverte, 2008, pág. 121). A pesar de que la virtud prevalezca en un hombre, el apoyo o incentivo moral viene de afuera. No podemos esperar que los héroes lo hagan todo solos, en especial si es que de servicio se trata. El compromiso social y político parte de la premisa de que todos los seres humanos compartimos la misma vocación hacia el Bien, aunque en la mayoría de casos esa vocación se halle dispersa o erróneamente orientada pues a veces la realidad se transpone y bloquea a la verdad.31

Si ser político significa ser virtuoso, la virtud deberá estar fundamentada en un principio universal, el mismo que responderá a la idealización perfecta de toda actividad que se considere social o comunitaria. Analizaremos a continuación la cuestión del Bien.


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