V la tibieza1



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V

LA TIBIEZA1
El diablo es un experto en psicología. Por eso, de manera muy astuta, hace que preceda a los pecados mortales la tibieza.

Primero quisiera decir, lo que no es la tibieza para evitar malentendidos. Puede haber algunas almas que te dicen: "Entonces soy un tibio" cuando en realidad no se trata de tibieza real.


¿Que no es realmente la tibieza?

La tibieza no es el vacío interior. A veces realmente sentimos una sequedad interior. Puede que diga alguno: “Ya no encuentro gusto alguno en la meditación; es como si tratara de chupar una piedra o como si quisiera blanquear a un negro. Ya no tengo las ganas y la ilusión de antes”.

Pero eso les pasa a todos. ¿Cómo nos han descrito en nuestra juventud los gozos suaves de la vida de oración en colores brillantes: Perderse totalmente en Dios, disolverse completamente en él?. Personalmente jamás he comprobado esto en mi vida. Para mí la oración siempre ha sido un sacrificio ante un Dios que no se ve mientras que mis sentidos registran todo lo que sucede alrededor mío. No sé cómo es para ustedes. De vez en cuando, es verdad, recibimos una alegría profunda, sin embargo y generalmente, la oración nos cuesta mucho esfuerzo y nos cansamos pronto. Muchas veces preferiría hacer otras cosas. Tampoco saco de la oración muchas veces un consuelo, por lo menos, no lo siento. Esto es un fenómeno relativamente frecuente.

Otros, en cambio, dicen: “Ya no siento el celo y las ganas de antes”. La gran Santa Teresa observa al respecto: “Presten atención, porque justo en este aspecto el diablo nos lleva frecuentemente a una falsa humildad que agranda nuestras faltas más allá de lo que son en realidad; nos inculca un miedo terrible de haber descuidado nuestras obligaciones mucho más de lo que era en realidad el descuido. Nos hace pensar que hemos callado un pecado en el confesionario, que hemos sido poco devotos al recibir la comunión.

Seamos cuidadosos: No dejemos que estas faltas nos entristezcan y nos desanimen. San Francisco de Sales dijo una vez: “Hay que tener paciencia con los demás pero también conmigo mismo”. Si tienes un burro y el pobre animal cae en una fosa ¿qué haces? No tiene sentido de agarrar un bastón y darle en las nalgas: ya ha sufrido bastante, ¿querrás tú aumentar su infortunio? ¡Mejor le amarras una soga y jalas! Lo que debes decirle es lo siguiente: ¿Has caído en la fosa? Veamos cómo te sacamos de ahí. ¡Ánimo, arriba, sal de ahí!

Cuando han cometido un error entonces corríjanlo en lugar de molestarse consigo mismo. Y ciertamente no es tibieza el sentirse imperfecto y experimentar aquí y allá distracciones, deficiencias y fallas. Son cosas muy naturales. Los períodos de sequedad a veces pueden ser una verdadera cruz que Dios permite también aquellos que cargan con una gran responsabilidad.

A veces este vacío interior puede ser una prueba de Dios. Mira qué piadoso y honrado es este hombre: pero solamente porque le va bien. Esperemos un momento y quitémosle ese pedacito de azúcar para ver si sigue así de entregado y de formal en cuanto se refiere a sus obligaciones y a sus ejercicios de piedad. En ese momento se descubre si alguien vale algo. El vacío interior a veces es o una cruz o una prueba que Dios nos asigna.

Tampoco los así llamados motus primo primi de los que hemos oído en filosofía, deben confundirse con la tibieza. ¿De qué se trata? Son ciertas reacciones o impresiones que surgen espontáneamente sin que uno haya sido consciente de ellas y a las cuales luego - casi inmediatamente -la voluntad acepta o rechaza, de todos modos las somete a su control. Se trata, por ejemplo, de un cierto sentimiento inicial que se presenta pero luego es rechazado. A veces uno se ve entregado algunas fantasías no muy nobles.

Me encuentro, por ejemplo, con una persona que me causa cierta impresión. Es como si estuviera yo embelesado. Sin embargo, apenas me doy cuenta, acabo con ello. Motus primo primo: ni siquiera en ese momento son una falta leve porque estas cosas suceden sin que seamos conscientes de ellas. Están dentro de nosotros pero sin que hayamos hecho algo al respecto. Dándonos cuenta, enseguida hemos dicho: ¡Fuera! Hasta hemos ganado méritos ya que, al sentir complacencia, le hemos puesto término.

Estas son cosas que les pasan a todos. Uno puede conversar con una mujer sin pensar que es una mujer, sin experimentar un deseo determinado muy natural y el deseo de quedarse más tiempo para continuar conversando con ella. Si se me acerca un hombre y quiere hacer cháchara conmigo entonces no tengo ganas algunas. En cambio, cuando se trata de una mujer siento algo especial: no es nada malo, no está detrás ninguna intención perversa. Por eso es importante de no volverse escrupulosos y entrar en pánico acerca de algo que no es nuestra culpa.

Del mismo modo, tampoco las tentaciones son signo de tibieza aunque sean muy fuertes, persistentes y deshonestas y son ataques sensuales y sexuales. Algunos sacerdotes, también algunas monjas y otras personas piadosas, generalmente de edad avanzada, se avergüenzan de ello y dicen: “Cometo estos pecados siempre y siempre de nuevo”. Tenemos que estar muy claros en este sentido. No se trata de pecado, mucho menos de un pecado mortal, cuando se dan las siguientes tres presupuestos: la voluntad generalmente rechaza el pecado mortal, en realidad no lo quiere; durante la tentación ha luchado contra ella, es decir ha reaccionado; y no ha hecho nada que pueda fortalecer o estimular la tentación.

Algunos dicen: a pesar de todo tengo miedo porque sé que la voluntad es muy frágil. Es verdad, la voluntad es muy frágil, lamentablemente es así. Con todo, la voluntad no es un giroscopio del clima. En el caso de que mi voluntad hasta ahora estaba decidida firmemente de manera que dirá que no y que no y que no, entonces no habrá un cambio repentino de ese no al sí sin que me diera cuenta. Cuando todo ha pasado, uno comienza a dudar: ya no lo sé, ¿he consentido o no? Seguramente te habrías dado cuenta si hubieses consentido. Cuando mi voluntad cambia debía haberme dado cuenta. Pero ¿he cometido un pecado mortal? No te preocupes: a veces cuando el diablo no es capaz de inducir a alguien a un pecado mortal, entonces intenta alcanzar su meta con armar en las cabezas de los hombres una confusión terrible. Quien pierde el ánimo ya no tendrá más la fuerza, la energía y tampoco la necesaria objetividad para llevar adelante sus tareas.

Tampoco el pecado venial es lo mismo que la tibieza cuando uno lucha decididamente contra él y cuando aquel que lo comete reacciona enseguida por lo menos por costumbre.

Ya les he dicho que a pesar de los pecados veniales cometidos aquí y allá por algunos, ellos pueden ser canonizados siempre bajo del presupuesto que estén esforzándose con toda su fuerza a mejorar y a reparar el daño hecho por medio de la penitencia. Por eso uno puede tener pecados veniales y no encontrarse en la situación de tibieza especialmente cuando uno reacciona enseguida ante el pecado venial.

He conocido una vez a un canónico que se preocupaba mucho de su presentación exterior, era una figura imponente y caminaba orgullosamente por las calles. Un día, estaba yo caminando detrás de él por la misma calle, resbaló al pisar unas cáscaras de plátano y se cayó al suelo tan largo que era: una ocasión un poco incómoda para un personaje de su tipo. ¿Y qué hizo? Apenas había conocido el suelo de cerca se levantó enseguida como una pelota de jebe. Una breve mirada alrededor para constatar si alguien había observado su infortunio, él no veía ni a mí ni a otros, y enseguida caminaba dignamente y con pasos medidos por su camino como si nada hubiera sucedido. Yo pensaba: ¡qué inteligente! Si yo estuviese con la capacidad de levantarme tan rápidamente y de esta manera me recuperaría inmediatamente de mis pecados, ¡por Dios!, pagaría mucho por ello. Uno siempre debería levantarse enseguida y actuar como si nada hubiese sucedido. Una mirada alrededor y todo es como antes.

He comentado todo esto porque creo que es necesario tener un concepto claro de lo que es realmente la tibieza. Si ustedes ya están comprendiendo eso desde hace tiempo, tanto mejor.



¿Qué es la tibieza?

¿Qué es entonces la tibieza y cuáles son sus características? No sé si logro expresarme claramente. Para mí la tibieza consiste que uno ha hecho prácticamente un pacto con el pecado venial. Vive prácticamente en amistad con el pecado venial y le tiene cierta simpatía. Con otras palabras: el pecado venial se ha establecido en el alma de este hombre sin que reaccione; simplemente permite que el pecado venial se encuentre como en su propia casa, lo justifica y la excusa continuamente e inconscientemente, eso es la tibieza.


Síntomas de la tibieza

¿Y cuáles son estas excusas? La cosa no es tan terrible, no es algo realmente malo. No me impide recibir la comunión ni celebrar la Santa Misa. Vean, nos encontramos justo en la tibieza.

¿Cómo se reconoce en la práctica que realmente estamos tratando de la tibieza? Como estudiante de teología participé una vez en un retiro. El que dirigió el retiro utilizó tres expresiones de San Lorenzo Justiniani para identificar los síntomas de la tibieza: sanctitatem fugere (huir de la santidad), pugnam abhorrere (rehuir el combate), orationem negligere (ser negligente en la oración). Trataré de explicar eso con más detalle.
Huir de la santidad

Ya he mencionado que el cardenal Suenens durante el concilio se ha quejado de los procesos de canonización. Entre otras cosas dijo: cuestan demasiado, especialmente en la fase cuando se interroga a los testigos. Todo eso cuesta muchísimo. El tibio del cual estamos hablando, dirá: el cardenal tiene razón. Estoy totalmente de acuerdo con lo que dice y juro que mi diócesis no gastará ni un centavo para llevar adelante el proceso de mi canonización. Pues no será necesario porque conmigo todo eso no tiene nada que ver. No quiero ser santo. El tibio ya se ha decidido que para él es suficiente la vía de mediocridad. Víctor Kravtschenko ha escrito un libro famoso con el título "Yo he elegido la libertad". El tibio dice: yo he elegido la mediocridad y eso me basta.

Massillon observa en sus predicas algo muy cierto al respecto: este tipo de personas sacrifica en dos altares. Primero el incienso para Dios: yo te adoro, Dios mío...; pero enseguida después viene: basta con eso porque yo necesito también incienso para mí propio, también yo tengo mis necesidades. En realidad se parte en dos: una parte para Dios y la otra para el propio provecho. Estoy tranquilo porque sé que esto todavía no es pecado mortal; pero más allá no me atrevo...

Personas de ese tipo están continuamente utilizando un metro para medir, una balanza de botica, un cuentagotas. En la botica pueden ustedes observarlo cómo funciona exactamente: no se utiliza una balanza normal sino una balanza que mide hasta el miligramo. Éste tipo de personas cumple con su deber para con Dios pero lo hacen con una especie de avaricia que es totalmente lo contrario de aquella generosidad que se espera de Dios.



Rehuir el combate

“Sepa usted, dice el tibio, el combate no me gusta, en eso no tengo parte. No quiero exponerme al peligro especialmente cuando se trata de combates pesados y duros”. Los tibios no quieren asumir sacrificios muy grandes. Pero San Francisco de Asís... bueno, ese ha sido un extremista, un soñador. Hay que mantener los pies en el suelo. Lo demás son exageraciones. Sin embargo, se dice que Dios quiere ver a todos como santos, también a los laicos, también a los casados y hasta a los abogados. Hay un verso jugoso de la edad media: ¡Sanctus advocatus et non latro, res miranda populo! Un abogado que es santo y no ladrón es un milagro a los ojos del pueblo. En realidad, no es un milagro porque Dios quiere que todos sean santos.

En cambio no es posible convencerlo al tibio. ¿Alguien quiere hacer más? Bueno, que lo haga viable. Siempre atiende lo suyo y solamente en lo que considera realmente necesario.

Ser negligente en la oración

He aquí una característica adicional de la tibieza. De repente alguien es totalmente distinto de lo que era antes. Es cierto, existen aquellos que siempre han sido tibios, sin embargo, a veces cae en la tibieza también aquel que la juventud ha sido muy devoto.

Comienza a hacer distinciones: si no es un pecado mortal podemos dejar que continúen las cosas como van. Distingue entre mandamientos que obligan sub gravi (bajo pecado mortal) y aquellos que no obligan sub gravi; estos últimos no le preocupan. Sólo tiene remordimientos de conciencia cuando ha abandonado la oración del Santo Oficio o una de las horas del Oficio. Al contrario, cuando "olvida" de rezar el rosario dice: en realidad, no creo que sea pecado. En el códice del derecho canónico sólo dice "suadetur”, es decir, sólo se recomienda el rezo del Rosario. Ha estudiado minuciosamente el derecho canónico: suadetur, es un consejo, una recomendación pero no es un precepto. Y no se siente obligado a hacer más de lo que está prescrito. Ha perdido totalmente la devoción, ni siquiera de vez en cuando se acuerda de decir una jaculatoria. En los tiempos pasados ha estado muy unido a Dios pero ahora ya no se ve nada de todo eso. Reza como siempre las oraciones prescritas y lleva adelante como de costumbre las funciones eclesiásticas pero lo hace de una manera que carece de todo tipo de valor; lo hace sin pensar, es una piedad totalmente miserable. Podría dar pena porque, aunque los demás no se den cuenta, él mismo no se siente muy bien. El sabe que no es una verdadera piedad. Esta es una situación muy peligrosa.

Peligro

Es una situación peligrosa a causa de las consecuencias que pueden surgir. No sé si me equivoco o exagero. En la Sagrada Escritura existe un pasaje que debería hacernos pensar: "Según la medida que midan serán medidos" (Mateo 7, 2). Me parece que son palabras de Jesús. Si ustedes son nobles y generosos entonces yo también seré con ustedes generoso y noble. Cuando veo pues que hay quien es poco generoso entonces tengo miedo que Dios le puede dar muy pocas gracias y nada más. Cuando nos falta la abundante gracia de Dios que nos da firmeza y fuerza, estamos siempre en peligro. El Señor nos da su gracia el medida suficiente pero...

Ya lo hemos dicho: el tibio se resigna conscientemente ante el pecado, hasta decir “que sí” al pecado. Su voluntad se vuelve cada vez más débil. Hay madres que consienten a su niño y le permiten todo hasta que el mal educado le quiere mandar a ella. Igualmente la voluntad cuando dice siempre “que sí” y otra vez “que sí”, al final ya no es capaz de decir que no; se ha vuelto débil. Esto debería darnos pavor porque, ya lo hemos dicho, la voluntad debe permanecer como rey: cuando abdica, cuando abandona su puesto de control, entonces se presenta un vacío muy peligroso.

El concilio de Trento afirma: La justificación se da solamente "con el consentimiento libre y con la cooperación libre" de parte nuestra. Cuando comienza a desaparecer nuestra disponibilidad Dios tampoco puede hacer mucho. Tantas veces Dios está dispuesto a darnos una gracia especial pero muchas veces no puede darnos su ayuda particular porque no se lo permitimos y entonces estamos en peligro.

Otra cosa más: estamos hablando del obrar humano. Ahora bien, el obrar humano tiene muchas facetas. Esto no puede parecer así cuando uno estudia los libros de moral, puesto que la teología moral tiene la tarea de indicar normas concretas. Por eso clasifica y subdivide: cuando haces esto o aquello es un pecado mortal, etc. pero la cosa no es tan sencilla.

Cada uno tiene determinados talentos, cada uno tiene un temperamento particular, sus excusas, sus situaciones difíciles. Por eso se presenta una casuística infinita. Es muy difícil distinguir: aquí se trata de un pecado mortal, allá solamente un pecado venial. En medio de las acciones humanas existe siempre una cierta zona neutral donde es muy difícil de constatar cuando termina el pecado venial y comienza el pecado mortal. Y eso es distinto de persona a persona y también en una misma persona la situación puede cambiar de un día al otro. Muchas veces simplificamos demasiado: pecado mortal aquí, pecado venial allá ¡cuidado! Siempre hay que tomar en cuenta las circunstancias.

Puede suceder que uno piense que se está moviendo solamente en el área del pecado venial cuando ya ha abandonado este recinto. Quien dice: Espero que ha sido solamente un pecado venial muchas veces se encuentra en el peligro de resbalar hacia el pecado mortal; tanto más cuanto se trata de un proceso que generalmente avanza lenta y casi imperceptiblemente y entonces uno puede imaginarse que solamente se encuentra en las primeras fases.

¿Quieren saber cómo sucede eso? Tomemos como ejemplo la amistad con una mujer: al comienzo puede que sea realmente una amistad a nivel puramente espiritual, ¿por qué no? Se puede tener una amistad de este tipo también con una mujer. Una mujer, una mujer con santas intenciones, quizás una religiosa con una espiritualidad y fineza totalmente distinta, uno la admira, uno se siente de alguna manera inferior a ella. Pero después poco a poco se pierde esta amistad espiritual y se convierte en un amor platónico. Me gusta, no hay nada de sensual, ella es interesante para mí no porque sea mujer sino porque es una persona culta con la cual converso con mucho gusto de cuestiones filosóficas. Se ha convertido en amor platónico. Y luego se da un paso más. Ahora me parece como que es sienta algo, pero no le presto mucha atención a ese sentimiento. Este es el amor sensual. Nada complicado, siento algo que no lo he sentido hasta este momento. Poco a poco este amor sensual se convierte en amor sexual. El amor sensual de su parte se convierte en pasión y ésta puede convertirse en un fuego, un deflagración que todo lo quema y destruye.

Ahora se ve que es un pecado. Uno ya no es capaz de renunciar. Sin embargo, mientras nos encontremos en las primeras fases, en el paso del amor sensual al amor sexual o del amor sensual a la pasión, es muy difícil de calibrarlo. Uno se imagina que es solamente un amor sensual, y puesto que se trata de una valiosa amistad espiritual nos imaginamos que la tenemos totalmente bajo control. Es muy difícil constatar cuando se dio el pecado mortal. Uno se imagina que es suficientemente fuerte cuando en realidad ya ha caído. Esta ilusión es peligrosa. Y eso sucede siempre de nuevo. Es un problema psicológico: el diablo es un buen psicólogo y engaña y embauca especialmente en el campo psicológico. Es por eso que es tan peligroso.

Eso mismo puede suceder también a otros niveles. Uno cree ser muy celoso en su trabajo, y en realidad no es nada más que un fanático. Cuando sube al púlpito quiere tomar venganza; a veces no es otra cosa que venganza puesto que muchos en la iglesia se sienten atacados personalmente y de todos modos tendrían argumentos en contra. Y el predicador siempre piensa que es celo, celo sagrado. No, querido mío, es falta de amor y además es una maldad porque los fieles en la iglesia no pueden defenderse. Tú utilizas el púlpito para que nadie de entre los fieles pueda levantar la mano y pedir la palabra. Cree que es celo pero se engaña muchísimo...

O tomemos el caso de la enemistad, del odio. Alguien está molesto porque se le ha hecho algún mal. Poco a poco la molestia se convierte en cólera y luego en odio. Mientras predica a los demás el perdón está odiando a su prójimo y no se da cuenta o no quiere darse cuenta.

A veces una mujer, al confesarse, dice: Sepa usted que soy un poco sensible. ¿Un poco sensible? Todos saben que ya es una histérica y ella dice que solamente es un poco sensible. No percibe su propio pecado. Es por tanto muchas veces difícil el discernir.

En eso está el peligro de la tibieza: uno cree que se encuentra en una zona más o menos neutral de la crisis, mientras en realidad ya ha aterrizado en el pecado mortal. ¡Una situación peligrosísima!

Me ha llamado la atención que muchos que enseñan teología moral, cuando hablan de la tibieza, presentan el testimonio del apocalipsis de San Juan, los siete famosos mensajes. Ustedes saben que San Juan utiliza frecuentemente el número siete. Siete cartas, siete sellos, siete lámparas, siete cabezas, etc. Pero veamos de cerca solamente estos siete mensajes. La interpretación más reciente dice que no se dirigen a los siete obispos sino a las siete diócesis. Todos los mensajes tienen un esquema parecido: primero una alabanza y luego siguen los reproches.

Dios mío, son reproches fuertes y muy serios. Al ángel de la comunidad de Éfeso: bien, bien, en ciertas cosas. Pero luego: "te reprocho que has perdido tu primer amor. Considera de qué altura has caído. Vuelve a tus primeras obras; si no te conviertes vendré y moveré la lámpara de su lugar (apocalipsis 2, 4-5).

Siguen los ángeles de las comunidades de Esmirna, Pérgamo, Tiatira: no hay mucho que reclamar, están más o menos bien. Pero entonces le toca a la comunidad de Sardes: comienza la lluvia fuerte. "Conozco tus obras. Pareces vivir pero estás muerta... he encontrado que tus obras a los ojos de mi Dios no tienen valor" (apocalipsis 3, 1-2).

La comunidad de Filadelfia es tratada bastante bien. Pero luego le toca al último ángel, aquel de la comunidad de Laodicea: "Porque eres tibio, ni frío ni caliente, les escupiré de mi boca. Tú dices: soy rico y nada me falta. Pero no sabes que eres miserable y pobre, ciega y desnuda" (Apocalipsis 3, 16-17). Esto causa una profunda impresión. Quiere decir que Dios procede con algunos de manera muy severa. Se trata de las comunidades no tanto de sus obispos. Y causa una impresión tanto mayor porque justamente es el apóstol del amor que escribe eso.

Consideren su primera carta: "Si decimos que no tenemos pecado nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Cuando confesamos nuestros pecados él es fiel y justo; el perdona nuestros pecados y nos limpia de toda injusticia" (1 Juan 1, 8-9). Y más adelante dice: “Hijos míos, escribo esto para que no pequen. Pero si uno peca tenemos un abogado ante Dios: Jesucristo el justo. El es el perdón de nuestros pecados, no solamente por nuestros pecados sino también por los de todo el mundo" (1 Juan 2, 1-2).

El mismo que sabe escribir unas verdades tan consoladoras, ha escrito antes: “Te escupiré de mi boca”. Y eso causa tanta impresión porque se trata de obispos o diócesis a quienes antes se les ha concedido una alabanza: Te has comportado bien, hasta has padecido persecuciones, etc..., pero tengo algo contra ti... y eso me hace pensar.

En el estado de tibieza se puede también encontrar alguien que en ciertos campos logra cosas excepcionales especialmente en lo que se refiere a la actividad exterior. ¡Qué maravilloso organizador, que buen predicador. Hablan maravillas de él. Sin embargo, por eso todavía no está seguro. Puede ser que Dios lo alaba respecto a ciertas cosas mientras se está fallando en otras.

Deberíamos cuidarnos mucho de este tipo de tibieza. Miremos profundamente dentro de nosotros y apliquemos los remedios necesarios.

Para finalizar quisiera comentarles también unos remedios contra esta enfermedad espiritual, de otro modo mis presentaciones no tendrían valor práctico. Estos remedios son directamente contrarios a las tres características de la tibieza: Sanctitatem diligere (amar la santidad), pugnam peroptare (enfrentarse al combate), orationem colere (cultivar la oración).



Amar la santidad y buscarla

Deberíamos cada vez más tener hambre de santidad, más anhelo de las cumbres. Deberíamos cultivar este anhelo en nosotros y estar decididos: ¡Ahora comienzo, Señor, no importa lo que haya sucedido en el pasado! Santa Teresita del Niño Jesús lo ha dicho una vez de una manera maravillosa: “Estoy feliz, Señor, de haber tenido debilidades e imperfecciones porque apenas había aceptado esta realidad de ser una persona imperfecta, el Señor enseguida me regaló nuevamente su gracia”. Y en otra oportunidad escribe: “Prefiero ser débil en lugar de ser fuerte porque a los fuertes Dios los deja solos para que vayan por sus caminos mientras que a los pequeños y débiles los coge en sus brazos”. No importa lo que haya sucedido en el pasado, lo importante es emprender decididamente el camino de la santidad.

Sin embargo, sin una libre decisión de voluntad no se realiza nada. Se requiere una clara decisión, en caso contrario nada se logra. A los jóvenes les he contado una vez la siguiente historia: Tres animales quisieron subir a la cumbre de una montaña. Primero se puso en camino el caracol. No pudo avanzar ni siquiera hasta la mitad del camino. Luego le tocó al perro. Con fuertes altos avanzó rápidamente y eso no es nada admirable porque era perro de caza. De repente vio delante suyo a un conejo y enseguida lo perseguía a la derecha y a la izquierda y a medio camino estaba totalmente agotado y tenía que abandonar. Tampoco él no llegó a la cumbre. El águila, en cambio, que era el tercero, fijó sus ojos en la meta, se elevó en los aires y voló de un golpe hacia la cumbre. Estaba decidido y no permitió que nada ni nadie se lo impida. Justamente esta fuerza de decisión deberíamos tener con la gracia de Dios.

Enfrentarse al combate

No hay que decir: aquí están las armas, me pondré a combatir y caeré sólo en el combate. No se requiere tal heroísmo. Lo que sí se necesita es la fidelidad en el lugar donde nos han puesto, fidelidad a los deberes del cada día, eso se nos reclama.

Veuillot ha dicho alguna vez: "Mi pluma es mi cruz. No se me clava con clavos en la cruz. Mi cruz es esta pluma con la cual al diario tengo que escribir un artículo para el periódico, día tras día; este terrible esfuerzo diario”. Uno se convierte en santo cuando uno acepta aquella cruz que está ligado al lugar que se nos ha designado.

Seguramente algunos de ustedes han leído el diario espiritual del Papa Juan XXIII. Recuerden sus años en Bulgaria. Una vez me ha confiado personalmente lo siguiente: “Fue Pío XI que me ha enviado allá contra la voluntad de Gasparri (Secretario de Estado n.t.). ¿Ese? ¿Quién es?” Para ese cardenal yo fui una persona sin experiencia. Me ha observado con una mirada fría. Luego he salido.

Hasta aquí Roncalli. Todo lo demás lo he leído en libros y periódicos. En Bulgaria quiso fundar un seminario o algo semejante: se le han hecho muchas promesas pero después nada. Ha dicho una y otra vez lo que se podría hacer pero nadie lo ha aceptado y soportado. Finalmente había problemas con el rey Boris: éste había prometido que respecto a su casamiento se atendería a las normas romanas. Todo había sido fijado por escrito y había sido sellado por su firma. Roncalli era el delegado apostólico. El casamiento se realizó en Asís. Luego de su regreso se repitió en la catedral ortodoxa de Sofía. En Roma dijeron entonces algunos: Roncalli ha fallado gravemente... ha sufrido mucho porque oficialmente no se le ha dicho nada, estaba totalmente inseguro... ¿qué pensarán en Roma de mí?... sintió mucha crítica sorda sin que se le hablara. Y justamente en aquellos días, para el tan difíciles, escribe en su diario: “Aquí estoy totalmente solo. Pero es para mí un gran consuelo cuando leo en los escritos de San Francisco de Sales: Soy como un ave en medio de un bosque lleno espinas, sin embargo, cantaré y saltaré como antes como si nada hubiese sucedido”.

Es fácil decirlo pero seguramente muy difícil de llevarlo adelante.

Ahora bien, tarde o temprano sufrimos situaciones parecidas. Entonces deberíamos ser capaces de hacerlo como el Papa Juan, a pesar de todo, de todo lo que Dios quiera darnos. No es que Dios nos manda cosas determinados; quisiera ahorrarnos más bien este sufrimiento porque no van en contra de su voluntad. Pero hay algo como la voluntad de Dios que permite cosas y nosotros deberíamos estar contentos de cara a estos sufrimientos.

Esto significa amar la santidad y presentarse valientemente al combate. No se trata de programas altisonantes, de grandes reformas. Tratemos de buscar la santidad en medio de las situaciones de vida que Dios nos manda en las cosas pequeñas y en las cosas grandes.



Cultivar la oración

También esto quisiera recomendarles insistentemente al final: sigan fieles en sus ejercicios de piedad y no importa lo difícil que pueda ser alguna vez. Esto nos lo han recomendado siempre de nuevo en el seminario y en los retiros. La oración es una garantía. Mientras que nos aferremos a la oración y la meditación podemos estar seguros de alguna manera. Y en eso hay que tenerlo siempre presente.



1 Albino Luciani, Das Beispiel de Samariters. Excerzitien von Johannes Paul I. Styria 1982, pp. 63-77 (Conferencia de un retiro que como cardenal dio al clero)


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