Val di Sole y Val di Non



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Cardenal Ernesto Rufini

Promotor del os Movimientos Universitarios

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Ernesto Ruffini nació en San Benedetto Po . Sus padres procedían de la región trentina , de la zona correspondiente a los valles: Val di Sole y Val di Non , no muy distantes entre sí, recorridos por el alto y bajo cauce del río Noce , Se conocieron a través de sus actividades comunes, cuando Giovanni Ruffini iba a vender sus telas al mercado de Caldes , lugar donde vivía Domenica Gentilini

Mientras se forjaba la Unidad de Italia, en una de sus zonas más septentrionales, el Trentino , se iniciaba otra historia. Las características del mundo civil y religioso que hemos considerado son fundamentales a la hora de acercarnos a las raíces socioculturales de E. Ruffini. La región trentina participó activamente en las luchas por la unidad y por su independencia. La provincia de Trento estuvo bajo el poder de Austria hasta 1918, sólo después de muchas vicisitudes pudo ser anexionada a Italia al finalizar la Primera Guerra Mundial.

La historia del Trentino es historia de tensiones y luchas, los mismos Giovanni y Domenica las habrían vivido muy de cerca: El Valle del Sol y el Valle de Non sirvieron en 1848 como lugares de paso y de encuentro a las columnas enviadas por la expedición de los Corpi Franchi del Trentino , en sus intentos de ocupación armada; numerosos voluntarios trentinos participaron en las guerras de independencia italiana, desde 1848-1870 fueron más de 1000 y más de la mitad garibaldinos; en el año 1855 el Val di Sole fue testigo presencial de los arrestos de conjuros mazzinianos .También conocerían la influencia de las personas de cultura y ciencia que destacaron por su exaltación de la libertad y la nacionalidad, y que preparaban los ánimos para la insurrección ; algunos habían nacido en sus mismos valles, como el licenciado Giovanni Canestrini , procedente de Revo en el Val di Non .

La vida en los valles tampoco era fácil en otros aspectos. Hacia finales del decenio de 1870-1880 una grave crisis agrícola asoló Europa Occidental con efectos muy graves sobre la Monarquía Austro-Húngara. El Trentino , que entonces formaba parte de L'Italia Irredenta, sufrió también unos efectos negativos tales que llegaron a desequilibrar gravemente su tradicional economía agrícola y silvo-pastoril. En consecuencia se acentuó la emigración que dejó de ser un fenómeno estacional y pasó a adquirir un carácter permanente, a la vez que se orientó en gran medida hacia los países transoceánicos .

Éstas y otras situaciones similares estuvieron a la base de la decisión del joven matrimonio Ruffini cuando, alrededor de 1880, con el propósito de mejorar su porvenir, se dirigió hacia el sudeste de la Lombardía, estableciéndose en San Benedetto Po en la provincia de Mantua, para trabajar poniendo en marcha una modesta mercería.

Instalaron comercio y vivienda entre las paredes de la antigua Abadía de San Benito en Polirone , en torno a la cual surgió y se extendió la ciudad. Allí nació Ernesto Ruffini, sexto entre ocho hijos, el 19 de enero de 1888, y que fue bautizado con los nombres de Hernestus, Joannes, Aloisius. El matrimonio tuvo otros dos hijos, Atilio, nacido en 1890 y que murió a los 28 años, y Angelo Paolo que con sus cinco hijos dio continuidad a la familia Ruffini.

La recesión económica de finales de 1800 y sobre todo de los veinte años entre 1 875 y 1895 fue dramática también para el “Bajo Valle del Po”. La alimentación era m u y pobre y favorecía la difusión de la pelagra, del raquitismo y otras enfermedades, especialmente de la malaria a causa de las agu as estancadas de l os lagos; esta situación no se logró resolver definitivamente hasta principi os del 1900, con las obras de saneamiento de las zonas pantanosas. Eran situaciones desastrosas en las cuales el sufrimiento y la desesperación de las familias superaban todos los límites.

Los datos disponibles sobre la infancia de E. Ruffini son escasos. Ernesto creció en un ambiente modesto y conoció desde su infancia la pobreza, una pobreza digna. La educación cristiana, sobre todo por influencia de la madre, fue preparando el terreno para que acogiera más tarde la vocación al sacerdocio.

Los padres pensaban que Ernesto continuaría el oficio familiar. Sin embargo, también sus padres habían llevado con ellos, junto con el profundo sentido cristiano, el amor por la cultura que hacía de los habitantes de los Valles trentinos una población rural laboriosa, que se enorgullecía de no conocer el analfabetismo . Ernesto se decidió por ingresar en el seminario para seguir la vocación de sacerdote. Su diócesis era Mantua, y hacia allí se orientó cuando sólo tenía 10 años. Mantua , y más específicamente su seminario, se convirtió en el ambiente cultural de la primera formación de E. Ruffini.

Ya Cardenal, Ernesto repetía con frecuencia que su espíritu sacerdotal se había alimentado en San Benedetto Po y en el seminario de Mantua, donde se había preparado para el sacerdocio. Los que conocieron de cerca a Ernesto Ruffini saben que él quería ser sobre todo sacerdote; incluso cuando fue consagrado Cardenal deseaba el contacto con los humildes, atendiendo, en cuanto le era posible el ministerio de la confesión, la visita a los enfermos, la explicación del Evangelio y del catecismo, la oración prolongada delante del sagrario y la meditación de la Palabra de Dios.

La vida en el seminario fue una experiencia muy fuerte, en la que Ernesto se implicó siempre de manera radical . Por las exigencias de los estudios que amaba y a los que prestaba gran dedicación, pero sobre todo por lo que significó como experiencia de vida, evocaba con mucha frecuencia el recuerdo de los años de seminario, duros, austeros llenos de privaciones .

Ruffini y Mantua mantuvieron siempre un vínculo muy fuerte. Una delegación de Mantuanos acompañó su ingreso en la diócesis de Palermo y Ruffini volvió a Mantua en diferentes ocasiones.

Cuando en 1884 fue nombrado obispo de Mantua Mons. Giuseppe Melchiore Sarto, la Iglesia se proponía favorecer una situación de estabilidad, pues las incomprensiones y hostilidades vividas por los obispos en los últimos años, habían llevado a la consideración de que Mantua era la diócesis más difícil de Italia.

En Mantua, la cultura corriente estaba dominada por la filosofía positivista que había encontrado su expresión en el exsacerdote canónigo de esa ciudad Roberto Ardigò (1828-1920), que se convirtió en exponente del positivismo radical; una corriente filosófica en la que encontraba terreno propicio el socialismo italiano de Andrea Costa y Filippo Turatti.

La iglesia libró en aquellos años su lucha para afirmar, con la filosofía escolástica, modernamente revisada, los derechos de Dios, y con la Doctrina Social Cristiana, expresada en la Rerum Novarun de León XIII, la dignidad del trabajo y de los trabajadores, en contraposición al impulso revolucionario y anarquista.

En este contexto, el nombramiento de Giuseppe Sarto significaba un esfuerzo, casi desesperado de la Santa Sede para recuperar una diócesis que temía llegara a ser irrecuperable. De hecho, el obispo Sarto no interfirió en los problemas civiles y políticos de la ciudad de Mantua, orientando sus problemas pastorales principalmente al cuidado del clero y a la recuperación moral y civil de la diócesis. Comenzó desde el principio prescribiendo unas reglas disciplinarias que indicaban una clara orientación en la formación del clero y daban un nuevo impulso a la diócesis. A Mons. Sarto le sucede en el gobierno de la diócesis Mons. Origo, que permaneció en esta sede hasta 1928. Es precisamente en estos años cuando entra en el seminario de Mantua Ernesto Ruffini.

El obispo Origo preocupado, como su antecesor, por la formación de los sacerdotes, cuidaba que no llegaran a éstos las influencias de las nuevas ideas, por lo que consideró oportuno mantener el rigor severo del reglamento redactado por su antecesor para la formación de los seminaristas de la diócesis de Mantua, prohibiendo que llegaran al seminario los periódicos procedentes de los grupos vinculados a la Lega Democratica Nazionale.

Como seminarista E. Ruffini manifiesta en los años de su primera formación un marcado sentido del deber, una fuerte voluntad y una fe profunda, rasgos estos que estarán presentes a lo largo de su vida. Los testimonios recogidos entre algunas personas que lo conocieron resaltan estas característica. El sentido del deber se manifestaba en la observancia fiel del severo reglamento y en el empeño constante en los estudios. De hecho, su programa de fidelidad hasta el sacrificio” se traducía en la realidad cotidiana en un abandono confiado al Señor: “la fe es abandono a Dios, confianza (...) fiarse de Dios; (...) dispondrá lo mejor”

El sacerdocio



En 1910 obtiene el Doctorado en Teología en la Facultad Teológica de Milán, y es ordenado sacerdote el 10 de julio del mismo año por su Obispo Monseñor Origo, en la Capilla dell'Incoronata en la Catedral de Mantua, junto con otros seis compañeros. E. Ruffini deja constancia de su actitud fundamental en algunos pensamientos escritos en ese año.

Por disposición de su obispo Mons. Origo deja Mantua para continuar los estudios en Roma, en el Pontificio Instituto Bíblico, fundado por S. Pío X (el 7 de mayo de 1909) con la finalidad de formar a los nuevos profesores de Ciencias Bíblicas. Al mismo tiempo, inicia un curso de especialización en Filosofía en la Pontificia Academia San Tomaso, obteniendo la titulación de Licenciado el 19 de enero de 1911.

Ernesto Ruffini se compromete a fondo en sus estudios. La excesiva tensión debilita tanto sus fuerzas que, al final del 2º año, un desalentador parte del médico le advierte que deberá abandonarlos para siempre. Son días de tristeza profunda; hasta que inesperadamente interviene la Providencia, en la persona del Papa Pío X

Ernesto Ruffini pasó el verano de 1912, respirando el aire campestre de su tierra natal; la vida de oración, y los serenos paseos le devuelven las fuerzas perdidas. Al regreso reanuda con normalidad sus estudios romanos. Finaliza los mismos en el verano de 1913, obteniendo el Diploma de Profesor en Sagrada Escritura con una tesis muy comprometida y apreciada: “La Jerarquía de la Iglesia en los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de San Pablo."

La docencia



El nuevo profesor, listo ya para iniciar en su diócesis el ministerio de sacerdote y docente, antes de regresar a Mantua, tiene el deseo de visitar Oriente, y particularmente los lugares señalados por la presencia de Cristo y los Apóstoles. El 6 de septiembre de 1913 inicia un viaje científico a Asia Menor, Tierra Santa, y Egipto con la intención de permanecer durante 1 año en Palestina. Sin embargo, el Papa Pío X toma la decisión de proponer a Ernesto como profesor de Sagrada Escritura en el Ateneo del Pontificio Seminario Romano (que posteriormente fue constituido como Pontificio Ateneo Lateranense), limitando su estancia en los Santos Lugares, de donde regresa el 15 de noviembre de 1913

Cuando se hizo cargo de la enseñanza de la Asignatura “Introducción a la Biblia”, Ernesto tenía 25 años. Posteriormente obtuvo el Doctorado en Filosofía en la Pontifica Academia Romana Santo Tomás de Aquino, y en 1917, la Cátedra de Sagrada Escritura en el Pontificio Ateneo de Propaganda Fide, en el Colegio Urbaniano que acoge a estudiantes de muy diversa raza y color.

En la aceptación de este último cargo juega un papel importante la mediación de su director espiritual Mons. Tarozzi , quien le convence para que “haga la prueba al menos por un año”. El joven profesor se manifiesta como un verdadero Maestro. Continúa la docencia en los dos principales Ateneos Romanos durante 15 años, formando numerosos alumnos de todos los continentes.

El campo en el que Ruffini enseña era, en aquellos años, extremadamente delicado. Las tensiones de las crisis modernistas, resueltas con autoridad en los documentos pontificios, no sólo no se han apagado sino que siguen propagándose entre los estudiosos, como se ha anticipado hablando del pontificado de Pío X. Sobre la cátedra de Teología, y más particularmente de S. Escritura, parecía necesario, por una parte, salvar la Tradición apostólica y, por otra, promover la investigación científica sobre todos los frentes: de la arqueología a la historia, de la patrística a la hermenéutica, para dar respuestas válidas a las tesis racionalistas, hechas propias por el modernismo.

En esta atmósfera se desenvuelve el magisterio de Ernesto Ruffini, conjugando su firme fidelidad a la Iglesia con una gran apertura a las nuevas vías de la exégesis escriturística; prueba de ello es el entusiasmo con el que en la cátedra hablaba de los descubrimientos arqueológicos por los que se confirma la verdad de la Biblia. La actividad docente estuvo complementada por importantes investigaciones y escritos de carácter científico y escriturístico.

Del vasto panorama de obras y escritos, publicados en su momento, algunos han adquirido una especial importancia científica, y han sido positivamente consideradas por la valoración crítica, resaltan por la densidad de su aportación, equilibrio y rigor en el tratamiento de la temática, así como por la elegancia de su estilo. Parte de sus discursos y conferencias sobre temas de la Sagrada Escritura están recogidos en el volumen Conferenze Bibliche

El verano de 1928, año en que el papa Pío XI le nombra Secretario de la Sagrada Congregación de los Seminarios y Universidades, marca un momento crucial en la vida de Ernesto Ruffini. La nueva responsabilidad le exigió poco a poco la renuncia a la docencia, entre los años 1929-1931. Desde su nuevo cargo, Mons. Ruffini, no sin dificultades y oposiciones, llevó adelante un programa innovador, favoreciendo los Seminarios Romanos e impulsando la creación de importantes Centros.

Su propósito como Secretario de la Sagrada Congregación se refería a la formación del clero para que estuviera a la altura de su misión. En una época en la que la ciencia del tecnicismo planificaba el espíritu al nivel del materialismo, su amor a la cultura tendía a ampliar las dimensiones de los estudios sagrados hacia los confines de los llamados “estudios profanos”, para asegurar principalmente al clero, y también a los laicos, una más completa formación cultural.

La presencia de Mons. Ruffini imprimió desde el primer momento gran impulso y dinamismo en su Dicasterio, hasta preparar la reforma de los estudios superiores eclesiásticos, que después de algunos años culminó en la Constitución Apostólica: Deus Scientiarum Dominus, promulgada por Pío XI en Pentecostés de 1931.

En su calidad de Secretario de la Sagrada Congregación, Mons. Ruffini promueve y dirige la realización y publicación de algunas colecciones de documentos de la Santa Sede sobre la formación del Clero, desde los primeros tiempos de la Iglesia hasta nuestros días; destacando: “Elenchus Seminariorum” (1934) y “ Enchiridion Clericorum” (1938).

El Papa Pío XI dispuso que el Ateneo Lateranense fuera el primero en aplicar la reforma de los estudios, ofreciendo así un estímulo y ejemplo a las otras universidades eclesiásticas, dentro y fuera de Roma. Por ello, en 1930, nombró a Monseñor Ruffini Prefecto de los Estudios de dicho Ateneo y en el año 1931 Rector Magnífico de esta Universidad Su competencia, dinamismo y prestigio como Docente y Pedagogo, imprimieron en pocos años al Ateneo Lateranense un nuevo rostro y marcaron un rumbo nuevo en su historia.

Identidad religiosa y sacerdotal



En el acercamiento a los aspectos que dan significado a la vida de Ernesto Ruffini para captar los rasgos de su identidad, es preciso detenerse en la consideración de elementos más íntimos de su persona para poder observar cómo se va configurando el campo de certezas ideológicas a las que se inscribe; cómo a través de este recorrido Ernesto va construyendo la certeza de sí mismo; la presencia de otros “significativos” en el proceso; cómo se van sintetizando las instancias emotivas, biográficas y sociales que van confluyendo en la estructuración de su personalidad y en el modo de aprehensión y de expresión de su realidad personal.

En el trienio 1910-1913, en que es alumno del colegio Leoniano Ernesto Ruffini se encontró con Mons. Vicenzo Tarozzi (1849-1918), que fue Secretario de Letras Latinas de León XIII, y director espiritual de Ernesto Ruffini, hasta 1918. El encuentro con Mons. Tarozzi marca profundamente el espíritu de Ernesto Ruffini.

No es difícil descubrir en los escritos de Mons. Tarozzi una fuente de su espiritualidad: la comunión espiritual con la que el experto director transmite al discípulo sus pensamientos, sus máximas, la luminosa riqueza de su vida interior, a la vez que el discípulo se va formando en un itinerario de crecimiento y maduración. La enseñanza de Mons. Tarozzi tenía una orientación ignaciano-alfonsiana, con algún rasgo salesiano (característico de la formación italiana entre 1800 y 1900), que orientaba la formación de los jóvenes de los seminarios y de los colegios romanos del tiempo.

Se trataba de una espiritualidad esencial de gran solidez interior, en la que se mantenían vivos el sentido de fidelidad y de obediencia a la Iglesia.

Esta espiritualidad viva y voluntariosa, humildemente cercana a la piedad del pueblo y fuertemente comprometida en la renuncia cotidiana, fue absorbida por muchos de sus discípulos, y entre ellos por personas que tendrían funciones de guía espiritual en la Iglesia; refiriéndose a la Iglesia siciliana, entre las dos guerras y más allá, el autor subraya que: Se pueden resaltar algunos nombres: El cardenal Ernesto Ruffini, arzobispo de Palermo; Mons. Capizzi, director espiritual del seminario de Caltanisetta y después obispo de Caltagirone; Mons. Jacono obispo de Caltanisetta, (...)

Las exigencias de profundidad y de radicalidad de su compromiso de vida se traslucen desde sus primeros años de seminario, y son constantes de su camino espiritual, Ernesto Ruffini había ido alimentando e interiorizando disposiciones duraderas que se concretaban y se reforzaban en las prácticas individuales y colectivas, de un modo que aunque no pueda decirse que estuviera determinado, sí estaba favorecido y condicionado por éstas.

Ernesto escribía en sus propósitos : "he sido llamado a la santidad de un apóstol", y resumía así el concepto: “La santidad está presente en cualquier condición de vida, en cualquier lugar; probablemente en los lugares mis humildes y en las circunstancias más difíciles se encuentre más a gusto". Es el Señor quien designa para nosotros la santidad y el carácter que tiene para cada uno". Para ser santos no es necesario sentir grandes entusiasmos y éxtasis, sino asentar los pies; estar firmes, mantener el propósito a cualquier precio, le guste o no a nuestra naturaleza, encuentre alivio o peso.

Sin embargo, hasta la edad de 43 años Ernesto Ruffini se hizo muchas preguntas sobre si, para él habría sido mejor ser religioso concluyó la búsqueda, indudablemente fatigosa, en torno al año 1.931, cuando escribió: "Con el deseo de cumplir lo que puede ser más grato al Señor, tengo a veces angustia con respecto a la vocación, pienso si no sería mejor para mi ser religioso. Lo he considerado personalmente y con mi padre espiritual, y creo con certeza que el Señor no me llama a la vida religiosa, sino que quiere que sea santo en mi situación de sacerdote secular(...) Por ello el nombrado director, S.E. Monseñor Caron, me ha confirmado que debo estar tranquilo(...), resuelvo mantenerme siempre en la disposición de hacer lo que el Señor quiera, en el estado de sacerdote secular, en el que me ha colocado(...) no escucharé ningún pensamiento o sentimiento referente al estado de vida.

Al intentar una aproximación el mundo más profundo de E. Ruffini, al abordar el espacio de su vida interior y el itinerario de su crecimiento y maduración se tiene presente que las acciones se caracterizan por tener un sentido, generado sobre la base de un marco, que es a la vez expresivo y normativo/valorativo. Las consideraciones realizadas sobre el trasfondo de vida de E. Ruffini conciernen sobre todo al marco expresivo, representativo o significativo, el cual a su vez se proyecta y se realiza en espacios personales y de relaciones de comunicación.

Los elementos tomados en consideración ofrecen una base importante de aproximación al sentido de la acción de Ernesto Ruffini, lo que se podrá observar a lo largo de su biografía en las distintas manifestaciones de su ser y actuar, en el asentamiento de los conjuntos disposicionales y la conformación dinámica en los procesos de mantenimiento y cambio, y en las interacciones humanas.

Para comprender mejor en qué terreno y con qué medios Ernesto Ruffini se comprometió en el camino de la santidad, se recurrirá a la observación del itinerario de sus votos, renovados puntualmente cada año al concluir el curso de ejercicios espirituales, con la aprobación de los sucesivos directores espirituales.

En 1.922 describía como una de las principales gracias que había recibido del Señor lo siguiente: “En las vacaciones del año 1.902, entre los 14 y 15 años de edad, encontrándome un día ante el altar de la Virgen de Pompeya en mi pueblo natal, me sentí íntimamente invitado por la Virgen a hacerle un voto de perpetua y perfecta castidad y se lo hice con fervor. Dos años después (no se porque no se lo expresé antes, o por que no pedí consejo antes de hacerlo), se lo dije a mi director espiritual que era entonces el Padre Milizia de la Compañía de Jesús y este, con gran alegría de mi corazón me lo aprobó. Así el 21 de junio, fiesta de San Luis Gonzaga, del 1.904, lo renové para siempre. Este voto fue para mi fuente de gran consuelo durante todos los años que permanecí en el seminario y, aún hoy, doy gracias infinitas a María por habérmelo inspirado

A los 25 años, en 1.913, asume un nuevo compromiso que llevaría adelante durante toda la vida: el cumplimiento perfecto de la voluntad de Dios. Lo expresa así en una página suya de 1.913: “Bajo la inspiración de buen Dios y con el parecer del Director Espiritual, hoy, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, para unirme más al Señor y por amor a María Santísima, mi querida madre me obligo con voto perpetuo a hacer siempre aquello que me parezca ser de mayor agrado al Señor, sin excepción alguna".

En 1.929 escribe: “En cuanto al voto de perfección he tenido un pensamiento que espero venga del cielo: Se suele llamar a este voto arduo y heroico; palabras suficientes, por sí mismas, para apartarme de é1 y que varias veces me han hecho arrepentirme por haberme atrevido a emitirlo, sabiendo que soy mezquino y débil. Sin embargo yo creo que este voto deriva del propósito, bastante común, de querer amar y servir con todo el corazón al nuestro Señor. Reflexionando un poco se puede ver rápidamente, me parece, que cualquier amor aunque sea humano, si es realmente sentido, tiende en su esfera, en su campo, a la perfección; así es por ejemplo el amor de los padres por los hijos y de los hijos por los padres; por tanto es una obligación mayor también ésta, dada por la sinceridad misma del amor, por ello en conformidad a estos principios trataré de amar y servir al Señor generosamente

A los 27 años, en 1.915, escribe: “En honor al Sagrado Coraz6n de Jesús y por amor a María Santísima mi querida madre, con el fin de despegarme cada vez más de los bienes de esta tierra en presencia de Dios y de toda la corte celestial, hago voto de pobreza"

Se detallan a continuación algunas condiciones para definir bien la materia del voto hecho en las manos de Monseñor Vincenzo Tarozzi. En distintos momentos Ernesto Ruffini hace referencia al compromiso adquirido y a su mejor adaptación a la forma de vivirlo

De 1.952 : “Es mi intención - como ha sido siempre - y mi más vivo deseo dar todo aquello que puedo dar, despojándome de todo por amor a Dios; quiero, especialmente, hacer cualquier sacrificio o renuncia antes que ofender la justicia y la igualdad.

De 1.953 : "Quiero morir pobre por mis pobres, que tan de cerca me representan a Jesucristo mi dulce Salvador"; frase ésta que se repite en su testamento espiritual.

A los 29 años escribe: En honor de San José por agradar a María Santísima e imitar a Jesús, que durante 30 años “erat subditus illis” hago voto de obediencia a mi director espiritual. Con este voto me obligo a observar bajo pena de pecado mortal los mandatos, y de pecado venial los consejos expresados claramente ( siguen algunas advertencias prácticas para no caer en la angustia espiritual).

Se puede pensar que el fiel cumplimiento de este voto estuvo relacionado, evidentemente, con su empeño como “ defensor fidei ” y su firme devoción al magisterio de la Iglesia, “ Colunma veritatis” A la edad de los 29 años coronaba con un voto especial su devoción a la Virgen Santísima, a la cual se dirigía siempre con gran amor y confianza filial. En el 1917 escribe: “Hoy, fiesta de la Inmaculada Concepción, para unirme más a mi Madre del cielo y demostrarla el gran amor que la tengo, con el consentimiento de mi Padre espiritual, me comprometo, con voto, durante toda la vida, a difundir su culto, su devoción"

En la práctica eran continuas las referencias a este compromiso manifestadas con sencillez y naturalidad en las diversas actividades, desde la “obligada” conclusión mariana con la que finalizaba todas sus conferencias, homilías, meditaciones, etc. hasta las celebraciones en ocasiones especiales.

En el 1929, entre sus propósitos se lee: “En relación con el voto de amar y de hacer amar a la Virgen procuraré, apenas pueda y con el consejo del Director Espiritual, realizar algo en su honor, de tal naturaleza que le sea de alabanza incluso después de mi muerte"

En 1.918 escribe : “No buscaré honores ni trataré de conseguirlos y procuraré, si es posible, rechazarlos. Si la concesión de un honor fuera para mayor gloria del Señor, y se tratara de una ocupación, o a un trabajo que me diera la ocasión de servir mejor a la iglesia y a las almas, lo aceptaré sin reticencias".

En 1.929, al renovar los votos subraya: "Respecto al voto de humildad me he dado cuenta, con mayor profundidad durante los santos ejercicios, que la virtud de la humildad es el verdadero fundamento de la Santidad y el mayor ejemplo dado por Jesús.

También sobre este voto se examinó durante toda la vida, y en 1.945, antes de ir a Palermo como arzobispo, al renovarlo se afirmaba en el propósito de no buscar honores ni eclesiásticos, ni civiles y de rechazarlos cuando le fueran ofrecidos, a menos que advirtiera, en conciencia, que estaban unidos a tareas que lo ponían en condiciones de hacer un mayor bien.

Ruffini sintió desde los albores de su sacerdocio la vocación al Ministerio Pastoral, lo que le condujo a implicarse y colaborar en actividades que trascendían su acción, más allá de los confines de la cátedra y/o de la escuela. En los primeros años de su estancia romana dedica todas las fiestas y los domingos al ministerio sacerdotal, primero en TOR di Quinto, más tarde en varios Institutos religiosos, para dedicarse, finalmente, al apostolado en la casa de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

Cuando regresaba a S. Benedetto Po, solía hacerlo en el otoño, desde mediados de septiembre hasta los primeros días de noviembre, y durante ese tiempo colaboraba con el párroco , dedicándose durante muchas horas a atender las confesiones. Se dirigía asiduamente al asilo municipal, donde los ancianos esperaban su visita. Los domingos, solía ir a celebrar la Eucaristía cerca de la parroquia de Brede, distante pocos kilómetros de S. Benedetto Po. Al finalizar su período vacacional, antes de marchar, llamaba a la puerta de los vecinos y festejaban con una gran “ castagnata ” . Eran momentos propicios para las recomendaciones y los consejos; él solía decir alguna frase graciosa, pues no le faltaban ingenio ni sentido del humor, con los que en ocasiones lograba diluir el dramatismo de algunas situaciones.

En Roma se ocupa de modo particular – lo hizo durante 14 años – de la asistencia espiritual de las empleadas de varias oficinas y Ministerios, y solía reunirse en la sede de plaza Navona con las trabajadoras que tenían su residencia en esta casa.

Nunca dejó el ministerio sacerdotal, que prefería ejercer entre los humildes. Se sentía sobre todo sacerdote. “Pudiéndose decir que, si por obediencia fue un hombre de escuela y de curia, por íntima vocación fue sacerdote.” Desde mis jóvenes años, leemos en sus “Pensieri”, he aprendido a amar a los pobres. El Señor me iba preparando desde lejos (...) A lo largo de 35 años, como capellán voluntario de las Hijas de la Caridad, he tenido ante mis ojos, continuamente, la visión de la pobreza: niños abandonados, familias destrozadas, enfermos necesitados de atención domiciliaria. Esta era la atmósfera en la que me movía al salir del estudio, de la clase, del despacho

Durante los dieciocho años (1928-1945) en los que Mons. Ruffini permaneció en la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades, tuvo ocasión de entrar en relación con muchos hombres del más alto saber y de la ciencia más genuina y pudo brindar una palabra iluminada e incisiva a cuantos fluctuaban entre dudas y contradicciones.

La actividad de los movimientos intelectuales, como se pone en evidencia en el contexto histórico, era expresión de un fenómeno más amplio. Estos participaban, si bien, con rasgos peculiares, en el proceso de penetración católica en el tejido de las burguesías urbanas, del trabajo intelectual, de los círculos profesionales, burocráticos y administrativos; un ambiente en el que habían florecido ideologías anticlericales, costumbres agnósticas, indiferencias en materia religiosa, y en los que la masonería había reclutado numerosos prosélitos.

Los dirigentes de los intelectuales católicos tendían a actuar con notable autonomía. Su objetivo consistía en la formación de una élite católica dotada de una cultura religiosa que pudiera servir de fermento en la sociedad, y que, en alguna medida, fuera germen de una “nueva cristiandad” como la que había comenzado a diseñar Maritain .

Con su espíritu agudo y su experiencia de estudioso, Ruffini comprendía la mentalidad propia del intelectual y las dificultades de quien se dedica a la búsqueda de la verdad partiendo de la preparación científica, no siempre abierta a la trascendencia

Entre las personas que buscaban su guía espiritual y su asesoramiento, destacaron los intelectuales y los profesionales. De estos últimos, cabe señalar a los médicos, para los cuales fundó en el año 1944, junto con Don Giuseppe Reverberi , su alumno y después colega de enseñanza en el Ateneo Laterano, la Unión Médico-biológica San Lucas que, primero en Roma y después en Palermo, fue un lugar de reflexión cristiana, de profundización deontológica y también de servicio, especialmente efectivo, ante las necesidades sanitarias presentadas en el periodo postbélico.

A lo largo de su vida, Ernesto Ruffini estuvo de forma definitiva vinculado a Roma y al Vaticano, de manera que su ministerio se vio orientado y encauzado por intervenciones procedentes directamente de los papas con los que en general hubo de mantener relaciones y encuentros personales.

Mirando hacia atrás, Ernesto Ruffini siempre recordaría con admiración a Pio X, el papa que había sido obispo de su diócesis de Mantua, lugar donde su acción de pastor había ejercido una influencia definitiva en la formación del clero y del pueblo cristiano. Esta influencia se prolongó en el tiempo, sobre todo en el seminario, configurando a través de un proyecto formativo de fuertes exigencias la formación de los seminaristas durante muchos años; éste fue el período y el ambiente de la formación de Ernesto Ruffini. Pío X constituyó siempre, en Mantua y sucesivamente en los distintos lugares de su desempeño eclesial incluido el pontificado, un referente muy significativo respecto al modelo ideal del sacerdote y de la acción pastoral.

En Roma, Pio X brindó a Ernesto Ruffini una relación de familiaridad paterna por “la simpatía que le inspiraba aquel joven sacerdote tan pío e inteligente y a la vez fiel a la Iglesia en momentos de crisis teológica.”

Ernesto Ruffini hará alusión a Pío X en numerosas ocasiones; a él atribuye su milagrosa recuperación física, y lo considerará, en consecuencia, como la persona que intervino, de manera providencial, en el momento en que su vocación parecía irremediablemente amenazada. Era el papa de sus primeros años de sacerdote y de estudio, el que le confió la primera Cátedra de Introducción a la Sagrada Escritura. Fue, por tanto, quien marca desde el principio el rumbo de su dedicación pastoral en el camino de la docencia; él será en adelante un referente fundamental en la preocupación por enfrentar los problemas de la formación eclesiástica, y también su modelo de pastor y catequista.

Con el Papa Benedicto XV no parece que haya tenido, personalmente, tanta relación; el pontificado de este papa estuvo especialmente comprometido en la actuación como mediador de paz entre las naciones beligerantes del primer conflicto mundial y sanando las heridas materiales y morales de la gran “ inutile strage ” que de forma tan dramática había turbado el mapa de Europa, ocasionando problemas de orden económico y político difíciles de abordar.

Ernesto Ruffini, que apenas había iniciado la actividad docente, continuó afianzando su formación espiritual y académica. Durante el tiempo de este pontificado recibió el nombramiento docente para el Pontificio Ateneo de Propaganda Fide, incorporándose de manera efectiva a la acción misionera de la iglesia en obras especialmente queridas e impulsadas por Benedicto XV. Aunque no parece que existiera con él el conocimiento y la cercanía tenidos con los otros papas, sin embargo pertenecen a 1918 las notas escritas en su cuaderno de propósitos: “Ofrezco la vida, porque más no puedo dar, por la seguridad y libertad del Sumo Pontífice, por la conversión de los pecadores y para acelerar la venida del Reino de Dios"

Con el Papa Pío XI su relación fue distinta. Durante el pontificado de Pío XI, Ruffini va asumiendo paulatinamente otras responsabilidades: en 1924 recibe el nombramiento como Delegado Diocesano en la Unión Misionera del Clero para la ciudad de Roma, examinador del clero, sustituto para la censura de libros del Santo Oficio, Consultor de la misma Sagrada Congregación del Santo Oficio y de la Comisión Bíblica. En 1925 es nombrado Prelado Doméstico de su Santidad, y a partir de 1927 se le confían otros cargos en la Curia Romana.

A juzgar por sus notas personales, es éste un año en el que parece que, interiormente estuviera gestándose un cambio para el cual su espíritu se iba preparando: “Quiero ser fiel y renovar con fervor cada mañana la recta intención” “El Señor quiera manifestarme claramente su voluntad por mediación de los superiores”; “La Iglesia, amarla, rezar por ella, trabajar por ella”.” Pondré especial empeño en aceptar, como enviadas por Dios, todas las tribulaciones, que me lleguen, especialmente de parte de los más cercanos

En el verano de 1928, el Papa Pío XI lo nombró Secretario de la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades. A E. Ruffini le pareció éste un encargo inadecuado y así lo manifestó, suplicando que se cambiara su nombramiento por considerarse incapaz para tal oficio. Pío XI, sin embargo, no accedió, pues tenía sobre él perspectivas precisas en orden a la reforma de los estudios eclesiásticos. Mons. Ruffini fue entusiasta de su superior, colaborando intensamente en la renovación de esos estudios. El cargo de Mons. Ruffini como Secretario de la Congregación de los Estudios lo puso en contacto frecuente con el Papa, quien en los años en los que fue preparada la Reforma de los estudios lo recibió en “ audiencia alrededor de 300 veces en 20 meses”. Esta estrecha colaboración con Pío XI, extremadamente profundo y voluntarioso, además de confirmarle en el amor por la cultura, le proporcionó mayor sentido organizativo, y, sobre todo, lo reforzó en el coraje y la fuerza de voluntad, que fueron elementos característicos en la realización de sus iniciativas, y se manifestaron con renovado vigor en su sucesivo desempeño como pastor de la diócesis de Palermo.

Escribe el Card. Ruffini en su libro de recuerdos sobre el Papa Pío XI: “Su estatura intelectual y moral me parecía gigantesca. Despachaba los asuntos lentamente, intuyendo enseguida la sustancia y la decisión a tomar; después tomaba en consideración alguna situación o un tema sugerido de las cuestiones tratadas y comenzaba el diálogo con un lenguaje aparentemente familiar, denso de experiencia y de conceptos profundos: era para mí algo fascinante.”

Más tarde, siendo Ruffini Cardenal, recordaba a menudo un pensamiento de Pío XI: “No es justo hacer lo que se puede(...) esta es la norma a seguir: Primero hacer lo que se debe, luego lo que se puede, luego lo que se quiere. En efecto es cierto que, con el pretexto de hacer lo que se puede, a menudo no se hace aquello que se debe”.

Dentro del cuadro de designaciones y representación de la iglesia en el ámbito universal confiados a E. Ruffini se hará una mención especial a la participación en los Congresos Eucarísticos argentinos.

En 1934, Pío XI lo nombró miembro de la Misión Pontificia al XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, presidido por el Ex.mo Cardenal Secretario de Estado Eugenio Pacelli. En tal ocasión, pronunció dos discursos memorables: el primero en el Aula Magna de la Universidad de Buenos Aires, ante un gran número de estudiantes, que versó sobre la importancia del Derecho Romano; el otro en una solemne reunión de intelectuales, poniendo de relieve el sentido de la existencia de las Universidades Católicas: “La Universidad Católica no quiere ser una isla en las naciones, sino un centro de preparación y de formación de jóvenes, los cuales —mediante la gran seriedad de los estudios— estén preparados para dar testimonio de Cristo en todos los ambientes culturales.”

Más adelante, en 1950, siendo ya Arzobispo de Palermo, Ernesto Ruffini volvió a Argentina, que él denominaba “Gran País”, en misión oficial al ser nombrado por Pío XII Legado Pontificio para el Congreso Eucarístico Nacional y el Congreso de las Vocaciones Sacerdotales a celebrarse en la ciudad de Rosario (Argentina).

La situación argentina era, en esos momentos, extremadamente delicada por las grietas que se iban produciendo en el pueblo a causa de los desafueros protagonizados por el Gobierno y el partido Peronista . En el ánimo de algunos argentinos soplaban vientos de cruzada y en el de otros, la mayor parte, el temor y la incertidumbre frente “a lo que pudiera pasar”.

La experiencia espiritual del Congreso y la forma de proceder del Legado Pontificio se recordaran en el país durante muchos años; la afluencia y participación de los argentinos en las diferentes actividades y celebraciones religiosas superó todas las previsiones. Quedaron como signos emblemáticos del evento: la ordenación al sacerdocio de un número importante de seminaristas pertenecientes al clero secular y a las distintas congregaciones y órdenes religiosas (en número aproximado de quinientos); las confesiones de los fieles que acudían desde todas las partes como un signo de reconciliación y encuentro de la iglesia y el pueblo, y el cambio de planes del Presidente Peró n, que, en un primer momento, pensó restar importancia al evento tomando distancia; frente el cariz que fueron tomando los acontecimientos decidió regresar de inmediato y hacerse presente, pues, la respuesta de la población le hizo temer que su actitud pudiera ocasionarle peores consecuencias políticas.

Ernesto Ruffini, a lo largo de su vida sacerdotal, había vivido de cerca, situaciones tensas y difíciles como consecuencia de las relaciones conflictivas que durante largos períodos habían mantenido - especialmente en Italia- la Iglesia y el Estado. Seguramente recurrió a su recuerdo y a las enseñanzas de pasadas experiencias para valorar la nueva situación, para abordarla de forma conveniente, y para resolver con dignidad, magnanimidad y, sobre todo, con ánimo de pastor, los difíciles momentos.

El cambio de planes del Presidente le dio la posibilidad de encontrarse con la popular y combativa Eva Duarte; de ella trasmitiría sobre todo el sentido de comprensión profunda ante el drama de una mujer abatida que libraba, en medio de exigencias y dificultades no indiferentes, su propia lucha personal que en ese momento estaba duramente marcada por las señales de la enfermedad y el sufrimiento.

Al concluir el Congreso, la Universidad de Buenos Aires, concedió al Card. E. Ruffini el Doctorado “ Honoris Causa ” en Derecho. Con dicho acto se respondía en gran parte a la necesidad de expresar con un gesto de reconocimiento la significación del mismo. En el Aula Magna de la Universidad, el Rector Magnífico exaltó los méritos científicos del Legado Pontificio, suscitando la aprobación y el entusiasmo del Cuerpo Académico y de multitud de estudiantes y autoridades que acudieron al acto. El Card. E. Ruffini respondió emocionado con una lección magistral sobre la presencia de la Iglesia como portadora de cultura, ilustrando la influencia de la religión en los conceptos básicos del derecho para la justicia de las gentes

Después de aproximadamente 25 años de la celebración del Congreso, un periodista, entonces jovencísimo, recordaba en un programa televisivo, entre las anécdotas más significativas de su vida profesional, el encuentro y el apoyo recibido del Card. Ruffini, con ocasión del Congreso, quien al advertir las dificultades en las que el joven encontraba para cubrir la información a causa de los controles establecidos por las fuerzas de seguridad, le llamó, habló con él y le animó a que escribiera siempre en defensa de la difusión de la verdad.

El episcopado



El 14 de mayo de 1945 el Card. Luigi Levitrano , Arzobispo de Palermo, fue nombrado por Pio XII Prefecto de la S. Congregación de los Religiosos, abandonando la sede metropolitana. Eran tiempos difíciles. Palermo, golpeada en sus centros vitales por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, intentaba recuperar su posición económico-social. En tal situación, una mañana de agosto del año 1945, el Papa tuvo un breve pero decisivo coloquio con Mons. Ruffini que se transcribe tal como el mismo E. Ruffini lo recordaba:

Le haré Cardenal — dijo Pío XII — le enviaré de Arzobispo a Palermo”. Mons. Ruffini respondió : “Si vuestra Santidad pensase mandarme a Palermo para hacerme Cardenal, querría rogarle, Padre Santo que no se preocupara”. Después de un instante de silencio añade : “Dígame al menos si se trata de una orden o de un deseo”. “Una orden no, un deseo sí”, dijo el Papa.



Beatísimo Padre - concluyó Mons. Ruffini - siento repugnancia en aceptar; pero si Vuestra Santidad lo desea, iré a Palermo a cualquier costo. Cuando el Santo Padre añadió si quería pensarlo aún, respondí: una vez que me ha dicho que lo desea no tengo nada más que pensar, ya lo he pensado, voy aunque fuera a costa de morir

No fue una elección improvisada, ya que durante seis años el Papa lo había conocido de cerca como Secretario del la Congregación de Seminarios y Universidades. Tampoco la respuesta, con ser rápida y radical, carecía de fundamento. Ernesto Ruffini se había entrenado durante toda la vida, en el propósito de una entrega y disponibilidad a la iglesia que de manera ineludible pasaba por la mediación de sus superiores.

La función de pastor conectaba con sus deseos y expectativas de dedicación al ministerio sacerdotal, pero sin duda el nuevo nombramiento superaba con creces sus aspiraciones hacia el ministerio. Después de tantos años el Señor le daba una respuesta confiándole el cuidado pastoral de una diócesis. Cobra relieve en éste momento su voto de humildad, que había siempre profundizado como una exigencia de verdad, y que se refleja en su voluntad de no buscar ni aceptar honores ni eclesiásticos ni civiles y rechazarlos cuando le fueran ofrecidos, a menos que le resultara en conciencia que iban unidos con tareas y le pusieran en condiciones de hacer mayor bien.

El nuevo Arzobispo de Palermo pone su futura misión bajo el amparo de la Virgen: sin duda respondía a su deseo que se estableciera el día 11 de octubre de 1945, fiesta de la Maternidad de María, como el día oficial de su nombramiento de Arzobispo de Palermo. El 8 de diciembre del mismo año, en la fiesta de la Inmaculada, recibe del Card. Giuseppe Pizzardo , Prefecto de la Sagrada Congregación de los Estudios, la Consagración Episcopal, en la Iglesia de San Ignacio, en Roma.

El 18 de febrero de 1946 es elevado a la Púrpura Cardenalicia con el título de Santa Sabina, siendo miembro de las siguientes Sagradas Congregaciones: para la Iglesia Oriental; de los Sacramentos, del Concilio; de los Seminarios y Universidades; de las Comisiones Pontificias para los Estudios Bíblicos y para la revisión del Código de Derecho Canónico

El segundo conflicto mundial había visto a Italia especialmente implicada en varios frentes de la acción bélica. Después de 1943, los italianos se encontraron viviendo situaciones completamente distintas en el norte, el centro y el sur. Había, por consiguiente, tres Italias: una Italia del Norte(...) que durante más de un año y medio, desde septiembre de 1943 hasta abril de 1945, permaneció bajo el dominio germánico, respaldado por los fascistas de la república de Salò ; una Italia central bajo el dominio alemán hasta el verano de 1944; y una Italia en el Sur, que había sido inmediatamente ocupada por los aliados. Con el desembarco de los aliados, el 10 de julio de 1943, Sicilia se convirtió en una encrucijada de la segunda guerra mundial: La isla fue entonces el centro de la historia mundial, y fue como invadida y arrollada por un gran río que procedía y se dirigía de lejos, cuando las aguas pasaron más allá, su paso y los hombres no eran como antes, fue casi como volver a empezar.

Un inicio fatigoso y doloroso para sanar las profundas heridas dejadas por la guerra. Mientras Italia del centro norte vive la sangrante experiencia de la resistencia, el sur experimenta grandes tensiones y agitaciones populares. En Palermo, en octubre de 1944, se produce la primera absurda matanza de la Italia Liberada

Durante una manifestación popular contra el alza del coste de vida a la que se añade la huelga de los empleados municipales, una desafortunada e imprevista intervención del ejército concluye con 26 muertos (...) y 104 heridos

La tensión se extiende por toda la isla, como aparece en el informe del diputado Salvatore Aldisio , que se expresaba de la siguiente forma sobre la situación general política económica y administrativa en Sicilia del 1945: “El mes de diciembre de 1944 se caracterizó por una fuerte tensión en el estado de ánimo de la población siciliana. Dicha tensión desembocó en agitaciones populares de acentuada gravedad en numerosos municipios de la Isla (...) El luctuoso balance de esta semana de locura se hizo presente en las ruinas de muchos edificios públicos, de muchas casas privadas, saqueadas primero y después quemadas

La nueva forma de organización institucional de la Autonomía Regional contribuye a superar los nuevos intentos separatistas, si bien se siguen entrelazando en un complejo juego de intereses económicos y políticos los fenómenos de la mafia y del bandolerismo. Emerge la peculiar figura del bandido Salvatore Giuliano que da notoriedad a la zona de Montelepre y Partinico y se eleva a mito en la cultura popular

El 1945 es el año de las grandes decisiones para Sicilia. Se implanta la nueva forma de organización institucional bajo el nombre de Autonomia Regionale Siciliana , en febrero de 1945 se abre el camino para la elaboración del Estatuto regional y se constituye la Consulta Regional compuesta por 36 miembros elegidos entre representantes de los partidos, del Cln (Centro di liberazione nazionale ), de las organizaciones sindicales y del mundo cultural . Se realizan las primeras manifestaciones de ciudadanos respaldadas por las leyes del Estado. Comienza a tener vigencia el Decreto Gullo de 1944 sobre repartición de las tierras no cultivadas, y el siguiente de 1945 sobre la repartición de los productos y ganancia de los arriendos impropios

La propuesta de Pío XII, hecha concreta el 11 de octubre de 1945, constituyó un momento definitivo para la vida de Ernesto Ruffini. Mons. Ernesto Ruffini, hombre de estudio, miembro de la Curia Romana, rondando los 60 años al ser nombrado arzobispo de Palermo y recibir la consagración episcopal el 8 de diciembre, ha de situarse frente a la misión de Pastor, diferente de las anteriores y, también, distante de sus conocidas y amadas Mantua y Roma.

Es posible, también que, recordando a su entrañable Pío XI, se haya visto implicado y finalmente solidario con unas líneas especialmente promovidas por dicho Papa. Estas, como ya se ha indicado en su momento, estaban orientadas a cuidar una conexión más orgánica entre los miembros del Episcopado, especialmente, el muy numeroso y disperso de las regiones meridionales, con la activación de las Conferencias Episcopales y Regionales y el nombramiento en el Sur de obispos procedentes de las regiones del norte, y con nuevos criterios en la selección de los obispos, para que fueran más pastores, educadores de conciencias y hombres de ciencia, que cultos, docentes o exponentes de un clero especializado.

El nuevo Obispo va tomando conocimiento de las heridas profundas, de la muerte y la destrucción dejadas por el conflicto mundial en Sicilia, y sabe que el pueblo se encuentra sumergido en la más absoluta miseria. Tiene el convencimiento de que la falta de vivienda, el paro, el abandono de los menores, el elevado índice de analfabetismo, la proliferación de la delincuencia, el hambre (...) son realidades vividas cotidianamente por millones de personas. De hecho, E. Ruffini, en el primer mensaje dirigido al pueblo palermitano, que precedió a su llegada, afirmaba

La pobreza del pueblo es tan grave y tan extendida que no son suficientes los escasos medios de hoy para proporcionar, de manera estable, los auxilios necesarios. Los complejos problemas relativos a tan triste situación no podrán ser extraños a los cuidados del Arzobispo”.



El encuentro con la realidad palermitana le daría de inmediato la real dimensión y crudeza de la situación: “Palermo presentaba un cuadro alarmante de desorganización y debilidad moral y civil. A los seculares problemas de la miseria se añadían otros, no menos tristes: la delincuencia organizada y temida, la impotencia del Estado, desórdenes en el comercio y en todas las actividades económicas; la inquietud incontenible de un pueblo que, durante mucho tiempo oprimido, corría el riesgo de hacer pésimo uso de la libertad a la que siempre había aspirado. A este cuadro desolado y grave era necesario añadir las ruinas de tantas iglesias destruidas, la inadaptación y escasa funcionalidad de las obras sociales existentes, prisioneras de una tradición de penurias y asustadas al vislumbrar en el presente la inmensidad de la tarea a la que no correspondía la disponibilidad de los medios

El Cardenal Ruffini confirmaría sucesivamente su deseo de querer compartir el sufrimiento del pueblo siciliano, martirizado por la guerra, en su discurso del 31 de marzo de 1946 fecha de su ingreso en la Diócesis: “A partir de hoy vuestros dolores y preocupaciones serán los míos. Vuestras esperanzas y deseos serán los míos(...) estoy con vosotros para ayudar a mejorar vuestras condiciones y daros el pan que vais buscando.

A la luz de los hechos, hay numerosos indicios de que el nuevo arzobispo utilizó el tiempo transcurrido entre su nombramiento y la incorporación a la diócesis, en dejar en orden sus anteriores cometidos y, progresivamente, en prepararse para los nuevos desafíos de su diócesis, especialmente con relación a los problemas de la gente, estableciendo contactos y buscando recursos para dar desde el principio acogida y espacio significativo a sus problemas vitales. Por ello podía decir sin retórica

Vendré con el propósito de ser para vosotros un padre. Pensaré ante todo en vuestras almas y pondré a disposición, sin reserva alguna, los poderes y carismas que he recibido en la Consagración Episcopal, el día de la Inmaculada .



Se proyecta como hombre de acción pastoral, poniendo las bases para un programa que se iría traduciendo sucesivamente, con ritmo intenso, en un complejo de obras variadas y respondientes a las múltiples exigencias de los tiempos.

En lo referente al gobierno pastoral de la diócesis (31.3.1946 /11.6.1967) sería un pastor infatigable: modernizó los seminarios, habilitó residencias eclesiásticas para los sacerdotes jóvenes, reconstruyó templos deteriorados y/o destruidos por la guerra, edificó nuevas iglesias, demostrando un imprevisible talento de constructor. Cuidó del clero, de las parroquias, de las organizaciones católicas: restauró la Catedral, en cuyo pináculo mayor colocó una estatua de la Virgen Asunta. Promovió la formación de los sacerdotes y del pueblo a través de misiones populares, asambleas del clero, retiros espirituales – a los que asistía regularmente – escribió cartas pastorales. Con la misma finalidad convocó y presidió el IIº Concilio plenario Siciliano (junio 1952), y más tarde en 1960 el XIV Sínodo Diocesano que, al igual que el convocado poco antes por Juan XXIII, tuvo un marcado carácter pastoral.


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