Vaya a la puerta



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- He encontrado una araña -dijo John Isidore. Los tres androides lo miraron, desviando por un

instante su atención de la pantalla de TV.

- A ver -dijo Pris, extendiendo la mano.

- Callad cuando habla Buster -dijo Roy Baty.

- Nunca he visto una araña -respondió Pris. Cogió el frasco y miró la criatura que había dentro-.

Tantas patas… ¿Para qué las necesita,!. R.?

- Así están hechas las arañas -dijo Isidore; su corazón latía fuertemente y respiraba con

dificultad-. Tienen ocho patas.

- ¿Ocho? -preguntó. Irmgard Baty-. ¿Y no podría andar con cuatro? Córtale cuatro y veamos -

impulsivamente abrió su bolso y sacó unas tijerillas de uñas, brillantes y afiladas, que entregó a Pris.

J. R. Isidore experimentó un insondable terror.

Pris llevó a la cocina el frasco y se sentó ante la mesa de J. R. Isidore. Quitó la tapa y dejó caer

la araña.

- Probablemente no podrá correr tan rápido…, pero de todos modos aquí no tendría nada que

cazar -dijo-. Igual se morirá -se dispuso a usar las tijeras.

- Por favor -dijo Isidore.

Pris alzó la vista con curiosidad.

- ¿Vale algo?

- No la mutile -dijo pesadamente, implorante, Isidore. Pris cortó una de las patas de la araña. En

el living, Buster decía:

- Mirad esta ampliación de una parte del paisaje. Este es el cielo que veis habitualmente. Un

momento; aquí está Earl Parameter, jefe de mi equipo de investigadores, que explicará un

descubrimiento que asombrará al mundo.

Pris cortó otra pata, conteniendo a la araña con el canto de la otra mano. Sonreía.

- Grandes ampliaciones de las imágenes de video -dijo en la TV otra voz-, sometidas a un

riguroso análisis en el laboratorio, revelan que ese fondo gris de cielo y luna diurna, sobre el cual se

mueve Mercer, no sólo pertenece a la Tierra sino que es artificial.

- Te lo estás perdiendo -dijo Irmgard, corriendo a la cocina en busca de Pris. Vio lo que ésta

había empezado a hacer y agregó-: Puedes hacer eso más tarde. Lo que dicen es importantísimo;

prueba que todo lo que creíamos…

- Silencio -dijo Roy Baty.

- … es verdad -concluyó Irmgard.

- La “luna” está pintada -decía la TV-; en las ampliaciones, como todos pueden ver, se

distinguen las pinceladas. Y hay incluso pruebas de que las matas salvajes y el suelo triste y estéril

son también trucadas -y quizá también las piedras que personas invisibles le arrojan a Mercer-. Es

muy posible en verdad que esas “piedras” sean de un plástico relativamente blando, para no causar

verdaderas heridas.

- En otras palabras -interrumpió el Amigo Buster-, Wilbur Mercer no padece ningún

sufrimiento.

El jefe del equipo de investigadores continuó:

- Finalmente, señor Buster, hemos logrado descubrir a un viejo especialista en efectos de

Hollywood, un tal señor Wade Cortot, quien aseguró que la figura de Mercer bien podía ser la de un

actor de segundo orden de un estudio de sonido. Cortot ha llegado a declarar que reconocía el

estudio como uno perteneciente a un cineasta en pequeña escala con el que él tuvo tratos hace varias

décadas.


- De modo que según Cortot -subrayó el Amigo Buster-, no hay prácticamente ninguna duda.

Pris había amputado ya tres patas de la araña, que se deslizaba penosamente por la mesa de la

cocina buscando en vano un camino hacia la libertad.

- Con franqueza, creímos lo que decía Cortot -afirmó la voz seca y pedante- y pasamos bastante

tiempo examinando filmes publicitarios donde aparecían los actores antiguamente empleados por la

hoy desaparecida industria cinematográfica de Hollywood…

- ¿Y qué se descubrió?

- Escucha esto -dijo Roy Baty.

Irmgard miraba fijamente la TV y Pris había interrumpido la mutilación de la araña.

- Después de estudiar miles y miles de fotos y películas, pudimos localizar a un hombre ahora

muy anciano, llamado Al Jarry, que trabajó en papeles menores en numerosos filmes anteriores a la

guerra. Enviamos un grupo de personas del laboratorio a casa de Jarry, en East Harmony, Indiana.

Uno de ellos describirá ahora lo que encontró -silencio y luego una nueva voz, igualmente pedestre-.

La casa está en la Avenida Lark, de East Harmony, en un lugar de las afueras de la ciudad donde no

habita nadie, excepto Al Jarry. Es una casa sucia y medio derruida. Jarry nos invitó cordialmente a

entrar y, mientras estábamos en una sala húmeda, maloliente y llena de kippel, exploré por medios

telepáticos la mente confusa, brumosa y también repleta de residuos de Al Jarry.

- Escuchad -urgió Roy Baty, sentado en el borde del sillón, como en disposición de saltar.

- Descubrí que en realidad -continuó el técnico-, el anciano había participado en una serie de

filmaciones de quince minutos, en video, para un cliente a quien jamás conoció. Como habíamos

previsto, las “rocas” eran de un plástico semejante a la goma. La “sangre” era ketchup y -el técnico

rió-el único dolor del señor Jarry consistió en pasar un día entero sin beber whisky.

- Al Jarry -dijo el Amigo Buster, cuyo rostro había retornado a la pantalla-. Muy bien, muy bien.

Un anciano que ni siquiera en su juventud había hecho nada que él o nosotros pudiéramos respetar.

Al Jarry fue pues el actor de un oscuro y repetitivo serial; no sabía entonces ni sabe ahora quién era

su cliente. Los partidarios del Mercerismo han dicho muchas veces que Wilbur Mercer no es un ser

humano, que en verdad es una entidad arquetípica superior, tal vez proveniente de otra estrella. Y

bien, en cierto sentido, esto se ha revelado exacto. Wilbur Mercer no es humano, y en realidad no

existe. El mundo en que se desarrolla su ascensión es un estudio barato y corriente de Hollywood,

convertido en kippel hace muchos años. Entonces, ¿quién es el autor de este fraude contra todo el

sistema solar? Pensad en esto, amigos.

- Tal vez no lo sabremos nunca -murmuró Irmgard.

- Tal vez no lo sabremos nunca -dijo el Amigo Buster. Y no podemos, tampoco, determinar cuál

es el propósito de esta superchería. Sí, amigos, superchería: el Mercerismo es pura superchería.

- Era obvio, lo sabíamos -dijo Roy Baty-. El Mercerismo apareció…

- Pero conviene pensar qué produce el Mercerismo -continuó el Amigo Buster-. Según sus

fíeles, la experiencia funde…

- Es la empatía de los humanos -dijo Irmgard.

- … a los hombres y mujeres de todo el sistema solar, en una sola entidad. Una entidad

controlada por la supuesta voz telepática de “Mercer”. Basta pensar qué ocurriría si una especie de

Hitler en potencia, ambicioso, con sentido político…

- El problema está en la empatía -insistió vigorosamente Irmgard. Con los puños apretados se

dirigió a la cocina y enfrentó a Isidore-. ¿Acaso no es la forma de demostrar que los humanos pueden

hacer una cosa que nosotros no podemos? Sin la experiencia de Mercer, sólo tenemos la palabra de

los seres humanos. Sólo su palabra de que sienten esa empatía, esa cosa compartida, de grupo.

¿Cómo está la araña? -se inclinó sobre el hombro de Pris, que estaba terminando de cortar otra pata

con sus tijeras.

- Ahora tiene cuatro -empujó al animal-. No quiere moverse. Pero puede.

Roy Baty apareció en la puerta, respirando con fuerza, con expresión de triunfo.

- Es un hecho. Buster lo ha dicho claramente, y casi todos los seres humanos del sistema deben

haberlo escuchado. El Mercerismo es una superchería. Toda la experiencia de la empatía es una

superchería -miró con curiosidad a la araña.

- No quiere andar -dijo Irmgard.

- Yo haré que camine -Roy Baty sacó unas cerillas, encendió una y la sostuvo más y más cerca

de la araña, hasta que por fin, débilmente, el insecto se apartó.

- Yo tenía razón -exclamó Irmgard-. ¿No dije que podía caminar con cuatro patas? -miró con

interés a Isidore-. ¿Qué le ocurre? -le tocó el brazo-. No ha perdido nada; le pagaremos lo que dice

el catálogo de… ¿Cómo se llama? Sidney. ¿Por qué se ha puesto así? ¿Es por lo de Mercer? ¿Por lo

que se ha descubierto? ¿Por esa investigación? Eh, contésteme -le golpeó el brazo insistentemente

con un dedo.

- Está muy afectado -dijo Pris-, porque tiene una caja de empatía en la otra habitación. ¿La usa,

J. R.?


- Por supuesto que la usa. Todos lo hacen o al menos lo hacían. Tal vez ahora empiecen a

pensarlo mejor.

- No creo que esto acabe con el culto a Mercer -dijo Pris-. Pero con seguridad, en este momento

debe haber una cantidad de humanos que se sienten infelices -se dirigió a Isidore-. Hemos esperado

durante meses. Todos sabíamos lo que Buster estaba preparando -vaciló y agregó-: ¿Por qué no

decirlo? Buster es uno de los nuestros.

- Un androide -explicó Irmgard-. Nadie lo sabe. Quiero decir, los humanos.

Pris, con las tijeras, cortó otra pata más a la araña. Bruscamente, John Isidore la hizo a un lado,

cogió a la criatura mutilada y la llevó al fregadero. Allí la ahogó, y mientras tanto se ahogaban

también su mente y sus esperanzas, tan rápidamente como la araña.

- Está realmente perturbado -observó nerviosamente Irmgard-. ¿Por qué no dice algo, J. R.?

También me perturba a mí que esté ahí, junto al fregadero, en silencio. No ha dicho una palabra

desde que encendimos la TV.

- No es la TV -respondió Pris-. Es la araña. ¿No es así, John R. Isidore? Ya se le pasará -le

dijo a Irmgard, que había ido a apagar la TV.

Roy Baty miraba a Isidore con tranquila diversión.

- Ya terminó todo Iz. Quiero decir, para el Mercerismo -con las uñas recogió del fregadero el

cadáver de la araña-. Tal vez ésta era la última araña -dijo-. La última araña viva de la Tierra -

reflexionó-. En ese caso, todo terminó también para las arañas.

- No… No me siento bien -dijo Isidore. Cogió una taza del armario de la cocina; la sostuvo sin

saber exactamente cuánto tiempo. Y luego preguntó a Roy Baty:

- El cielo, detrás de Mercer, ¿es pintado? ¿No es real?

- Ya ha visto las ampliaciones en la TV, las pinceladas…

- El Mercerismo no se ha terminado -dijo Isidore. A los androides les ocurría algo, algo

terrible, pensó. Y la araña. Tal vez había sido realmente la última de la Tierra. La araña se había

ido, Mercer se había ido… Isidore vio el polvo y la ruina extendiéndose por el apartamento. Oyó la

llegada del kippel, del desorden final de todas las formas, de la ausencia triunfadora, mientras estaba

allí, de pie, con la taza de cerámica vacía en la mano. Los armarios de la cocina crujieron y se

partieron; el suelo cedió bajo sus pies.

Se movió y tocó la pared. Su mano quebró la superficie. Trozos grises se desprendieron y

cayeron, fragmentos de enlucido semejantes al polvo radiactivo del exterior. Se sentó junto a la

mesa; las patas de la silla se torcieron como tubos huecos y podridos. Se puso de pie enseguida, dejó

la taza y trató de componer la silla, de hacer que volviera a su forma anterior. Pero se desarmó entre

sus manos: los tornillos que habían sujetado sus partes estaban sueltos. Vio sobre la mesa cómo a la

taza le aparecía una grieta, cómo se extendía una fina red de líneas y caía un trozo y a la vista

quedaba la materia interior, que no era vítrea.

- ¿Que” hace? -dijo la voz de Irmgard Baty, distante-. ¡Está rompiendo todo! ¡Basta, Isidore!

- No soy yo quien lo hace -respondió él. Avanzó con pasos inciertos hacia el living, para estar

solo. Se detuvo junto al diván y miró la pared, y las manchitas que habían dejado los bichos muertos,

y pensó nuevamente en la araña muerta con sus tres patas. Todo aquí es viejo, pensó. Hace tiempo

comenzó el derrumbe, y ya no se detendrá. Los restos de la araña se han apoderado de todo.

En el suelo hundido aparecían ahora partes de animales; la cabeza de un cuervo, unas manos

momificadas que habían pertenecido a un mono. Muy cerca había un burro, inmóvil pero

aparentemente vivo. Por lo menos no había empezado a deteriorarse. Se dirigió hacia él, sintiendo

que débiles huesos, secos como ramitas caídas, se quebraban bajo sus pies. Pero antes de llegar al

burro -una de las criaturas a la que más amaba- un brillante cuervo azul descendió y se posó en el

hocico de la bestia. No lo hagas, dijo en voz alta, pero el cuervo picoteó rápidamente los ojos del

burro. Otra vez, pensó: me está ocurriendo otra vez. Estaré aquí largo tiempo, como antes. Siempre

es muy largo, porque aquí nada cambia nunca. Llega un momento en que ni siquiera la podredumbre

avanza.


Oyó el susurro de un viento seco, y los huesecillos amontonados se partieron. Hasta el viento

los destruye, observó. En

esta etapa. Inmediatamente antes de que el tiempo se acabe. Querría ser capaz de recordar cómo

se sale de aquí, pensó. Miró hacia arriba y no vio nada de qué asirse.

Mercer, dijo en voz alta. ¿Dónde estás? Este es el mundo-tumba, y estoy en él de nuevo, pero

esta vez no estás tú aquí.

Algo se movió junto a uno de sus pies. Se arrodilló para mirar, y vio por qué se movía tan

lentamente. La araña mutilada avanzaba con gran dificultad con sus patas restantes. La alzó y la

sostuvo en la palma de la mano. Los huesos se han invertido, pensó. La araña ha vuelto a vivir.

Mercer debe estar cerca.

El viento sopló con fuerza, destruyendo y arrastrando los huesos restantes, y sintió la presencia

de Mercer. Ven, aquí. Trepa por mis pies, le dijo, o busca algún otro modo de acercarte, ¿quieres?

Mercer, pensó. Y gritó: " ¡Mercer!"

Las hierbas salvajes avanzaban; penetraban como tirabuzones en las paredes, a su alrededor, y

luego se convertían en sus propias semillas, que creían, se expandían y reventaban los corrompidos

metales y trozos de concreto que antes habían sido las paredes. Pero una vez desvanecidas las

paredes, la desolación continuaba; la desolación era lo único que quedaba. Aparte de la figura leve y

borrosa de Mercer. El anciano lo miró entonces, con expresión plácida.

- ¿El cielo está pintado? -preguntó Isidore-. ¿Hay realmente pinceladas que se ven en las

ampliaciones?

- Sí -respondió Mercer.

- No las veo.

- Estás demasiado cerca -dijo Mercer-. Debes colocarte a más distancia, como hacen los

androides. Ellos tienen mejor perspectiva.

- ¿Y por eso dicen que eres un fraude?

- Yo soy un fraude -repuso Mercer-. Son sinceros; su investigación es verídica. Desde su punto

de vista, yo soy un viejo actor jubilado, llamado Al Jarry. Todo eso, todas esas revelaciones, son

ciertas. Me han entrevistado en mi casa, como dicen. Y les dije todo lo que deseaban saber, es decir,

todo.

- ¿Y lo del whisky también? Mercer sonrió.



- Sí, es verdad. Hicieron un buen trabajo, y desde su punto de vista, la revelación del Amigo

Buster ha sido convincente. Les costará comprender, eso sí, por qué nada ha cambiado; porque tú

estás aquí, y yo también -Mercer señaló con un gesto amplio la cuesta empinada y desierta, el paisaje

familiar-. Ahora mismo, acabo de alzarte desde el mundo-tumba, y continuaré haciéndolo hasta que

ya no te interese y desees marcharte. Pero tendrás que dejar de buscarme, porque yo nunca cesare” de

buscarte.

- No me gustó eso del whisky -dijo Isidore-. No está bien.

- Tú eres una persona de elevada moral. Yo no lo soy. No juzgo a nadie, ni siquiera a mí mismo

-Mercer alzó su mano, cerrada, con la palma hacia arriba-. Y antes de que lo olvide, tengo aquí algo

que es tuyo -abrió los dedos. En la palma estaba la araña, con sus patas restauradas.

- Gracias -dijo Isidore, cogiendo la araña. Y empezó a agregar algo…

Sonó la campanilla de alarma.

- Un cazador de bonificaciones en el edificio -rugió Roy Baty-. Pronto, apagad todas las luces…

Apartadlo de la caja de empatía; su puesto está en la puerta. Vamos, haced que se mueva.

19

John Isidore bajó la vista y vio sus manos, aferradas a las asas gemelas de la caja de empatía.



Mientras la miraba, absorto, las luces del living de su casa se apagaron. Vio que Pris corría a la

cocina, para apagar la lámpara de la mesa.

- Oye, J. R. -susurraba ásperamente Irmgard mientras le cogía por el hombro y le clavaba las

uñas. Parecía no tener conciencia de lo que hacía. A la escasa luz que se filtraba del exterior, el

rostro de Irmgard se veía distorsionado, con los ojos pequeños, huidizos, sin párpados-. Tienes que

ir a la puerta -susurró-, cuando golpee, si golpea. Y debes mostrarle tu identificación, y decirle que

ésta es tu casa, y que aquí no hay nadie más. Y pedirle que te muestre una orden judicial.

Pris, de pie, del otro lado, con el cuerpo arqueado, murmuró:

- No lo dejes entrar, J. R. Haz cualquier cosa para que no entre. ¿Sabes lo que haría aquí un

cazador de bonificaciones? ¿Comprendes lo que nos haría?

Isidore se apartó de las dos androides y se dirigió a la puerta. Encontró sin dificultad, a oscuras,

el picaporte, y se detuvo a escuchar. Podía sentir que el pasillo estaba como siempre: vacío,

resonante, sin vida.

- ¿Oye algo? -preguntó Roy Baty, inclinándose. Isidore percibió el olor de su cuerpo; olor a

miedo, un miedo que casi se materializaba en una niebla-. Salga a mirar.

Isidore abrió la puerta y contempló el pasillo. El aire parecía limpio, a pesar del polvo.

Todavía tenía en la mano la araña que Mercer le había dado. ¿Era realmente la misma que Pris había

mutilado con las tijeras de uñas de Irmgard? Probablemente no, y nunca lo sabría. Pero estaba viva.

Se movía dentro de su mano cerrada, sin picarle. Las mandíbulas de las arañas pequeñas no pueden

atravesar la piel humana.

Llegó al extremo del pasillo, descendió las escaleras y salió al exterior, a lo que había sido un

sendero rodeado por un jardín. El jardín había muerto con la guerra, y el sendero estaba roto por

todas partes. Pero Isidore conocía su superficie; sus pies la recorrían con agrado y la siguieron, junto

al lado más largo del edificio, hasta el único punto verde de los alrededores. Era un metro cuadrado

de hierbas cubiertas de polvo. Ahí depositó a la araña. Miró su ondulante camino una vez que hubo

abandonado su mano. Pues bien, pensó, ya está. Y se incorporó.

La luz de una linterna enfocó las hierbas. Las hojas y ramitas, que apenas lograban sobrevivir,

parecían severas y amenazantes. Pudo ver a la araña, sobre una hoja de borde aserrado.

- ¿Qué estaba haciendo? -preguntó el hombre de la linterna.

- Traje una araña -respondió, sin comprender cómo el hombre no la veía. A la luz amarillenta,

la araña parecía de mayor tamaño-. Para que pueda escapar.

- ¿Y por qué no se la ha llevado a su apartamento? Debería guardarla en un frasco. Según el

Sidney de enero, la mayoría de las arañas han aumentado un diez por ciento. Podría conseguir algo

más de cien dólares.

- Si la llevara arriba, ella volvería a cortarla en pedazos -respondió Isidore-. Una pata tras otra,

para ver qué hace.

- Cosa de androides -dijo el hombre. Sacó de su chaqueta algo que abrió y mostró a Isidore.

En la penumbra, el cazador de bonificaciones parecía un hombre corriente, no peligroso. Cara

redonda, lampiña, rasgos suaves, como de burócrata. Metódico pero informal. Y no tenía el aspecto

de un semidiós, como Isidore esperaba.

- Soy investigador del departamento de policía de San Francisco. Deckard. Rick Deckard -cerró

su carnet y se lo metió en el bolsillo-. ¿Están arriba? ¿Los tres?

- La verdad es que yo los estaba cuidando -repuso Isidore-. Hay dos mujeres. Son los últimos

del grupo; el resto ha

muerto. Subí la TV de Pris desde su apartamento al mío, para que pudieran ver al Amigo Buster.

Buster demostró sin lugar a dudas que Mercer no existe -Isidore se sentía excitado: sabía una cosa

muy importante que el cazador de bonificaciones ignoraba.

- Subamos -dijo Deckard. Tenía un tubo láser apuntado contra Isidore; lo desvió-. Usted es un

especial, ¿verdad? Un cabeza de chorlito…

- Pero tengo un trabajo. Me ocupo de conducir el camión de -con horror, descubrió que se le

había olvidado el nombre- del hospital de animales… El Hospital de Animales Van Ness, de

propiedad de… de… Hannibal Sloat.

- ¿Quiere indicarme en qué apartamento están? Hay más de mil en el edificio. Puede ahorrarme

una buena cantidad de tiempo -su voz revelaba fatiga.

- Si los mata no podrá volver a fundirse con Mercer -dijo Isidore.

- ¿No me quiere decir? ¿O indicarme el piso? Dígame sólo en qué piso es. Yo buscaré el

apartamento.

- No -respondió Isidore.

- Según la ley federal y del estado -empezó Deckard, pero inmediatamente interrumpió y

abandonó el interrogatorio-. Buenas noches -se alejó y entró en el edificio, precedido por el sendero

difuso y amarillento que esparcía su linterna.

Una vez dentro, Rick Deckard la apagó. Recorrió el pasillo a la escasa luz de las lamparillas

embutidas, meditando. El cabeza de chorlito sabe que son androides. Lo sabía antes de que yo se lo

dijera. Pero no comprende. Y por otra parte, ¿quién comprende? ¿Acaso yo? Y antes, ¿comprendía?

Uno de ellos es un duplicado de Rachael, pensó. Tal vez el especial vivía con ella… ¿Le gustaría?

Tal vez fuera precisamente ella la que, según él, despedazaría a la araña. Podría volver a coger esa

araña; nunca he encontrado un animal vivo. Debe ser una experiencia maravillosa inclinarse y ver

una cosa viva que se escabulle. Quizás algún día me ocurra.

Había traído un aparato para escuchar. Lo encendió; era un detector giratorio con una pantalla

de centelleo. No se veía nada en ella. En la planta baja no es, se dijo. Pero en sentido vertical el

detector daba una pequeña señal. Arriba. Con el aparato y su cartera subió las escaleras hacia el

primer piso. Una figura acechaba en las sombras.

- Si se mueve lo retiro -dijo Rick. El hombre, esperándolo. Sentía en los dedos la dureza del

tubo láser, pero ya no podía alcanzarlo ni apuntar. Había sido cogido de sorpresa.

- No soy un androide -dijo la figura-. Mi nombre es Mercer -dio un paso y entró en una zona

iluminada-. Estoy en este edificio a causa del señor Isidore. El especial de la araña; has hablado

unas palabras con e”l afuera.

- ¿Es verdad lo que dijo el cabeza de chorlito? -preguntó Rick-. ¿Quedaré fuera del Mercerismo

si hago lo que debo hacer dentro de unos minutos?

- El señor Isidore habló por él y no por mí -dijo Mercer-. Lo que piensas hacer debe ser hecho;

ya te lo he dicho antes -alzó el brazo y señaló las escaleras, a espaldas de Rick-. Vine a decirte que

uno de ellos está detrás de ti, abajo, y no en el apartamento. Es el más peligroso de los tres, y el que

debes retirar primero -la vieja voz cascada se tornó urgente-. Rápido, Deckard. En los escalones.

Con el tubo láser en la mano, Rick giró y se agachó. Por las escaleras subía una mujer. La

conocía. Bajó el tubo.

- Rachael -dijo, asombrado. ¿Lo habría seguido hasta aquí, en su propio coche? ¿Por qué?-.

Vuelve a Seattle. Déjame tranquilo -dijo-. Mercer dice que debo hacerlo -advirtió entonces que no

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