Vaya a la puerta



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Cuando Irán se entere… Cogió el videófono, pero se detuvo.

Será una sorpresa. Y sólo llevará treinta o cuarenta minutos volver a casa. Encendió el motor,

remontó y puso rumbo a San Francisco, mil kilómetros al sur.

Irán Deckard estaba ante el órgano de ánimos Penfield, con el índice de la mano derecha

apoyado en el dial numerado. Pero no lo hacía girar. Se sentía demasiado angustiada. Su inquietud

clausuraba el futuro y todas las posibilidades que contuviera. Y pensaba: si Rick estuviera aquí, me

haría marcar el 3, y eso me infundiría el deseo de marcar algo importante, como júbilo incontenible,

o quizás un 888: deseo de ver televisión sin reparar en el programa. Me pregunto qué programa

habrá… Y adonde habrá ido Rick. Puede volver, y también es posible que no vuelva.

Oyó un golpe en la puerta.

Dejó a un lado el manual Penfield y se puso en pie de un salto, pensando: No necesito marcar

nada: Ya tengo todo lo que quiero, si es Rick.

Corrió a la puerta y la abrió de par en par.

- Hola -dijo él. Tenía un tajo en la mejilla, la ropa gris y arrugada, hasta el pelo estaba saturado

de polvo. Las manos, la cara…, había polvo por todas partes, excepto en los ojos, que brillaban

como los de un chico. Parecía que hubiera estado jugando y que hubiera decidido volver a casa, que

ya era hora… A descansar, bañarse y contar los maravillosos sucesos del día.

- Cuánto me alegro -dijo ella.

- He traído algo -sostuvo en alto la caja de cartón con ambas manos. Entró sin soltarla, como si

hubiera en ella algo muy frágil o valioso. Quería tenerla perpetuamente en las manos.

- Te prepararé una taza de café -dijo Irán. Apretó el botón de café de su cocina y en un instante

tuvo una gran jarra. El se sentó sin separarse de su caja, y sin perder la mirada de asombrada alegría.

Nunca, desde que lo conocía, le había visto esa expresión. Le había ocurrido algo desde su partida,

la noche anterior. Y ahora había vuelto, y la caja había vuelto, y la caja había venido con él. En la

caja estaba lo que le había ocurrido.

- Voy a dormir -anunció Rick-. Todo el día. Hablé con Harry Bryant, me dijo que me tomara el

día libre, y eso es

exactamente lo que haré -con cuidado colocó la caja en la mesa y bebió el café, como ella

quería. Irán estaba sentada frente a Rick.

- ¿Qué hay en la caja? -preguntó.

- Un sapo.

- ¿Puedo verlo?

El desató la caja y alzó la tapa.

- Oh -dijo Irán al ver el sapo; por alguna razón, se asustó-. ¿Muerde?

- Cógelo. No muerde; los sapos no tienen dientes -Rick alzó el sapo y se lo alcanzó.

Ella lo cogió, ocultando su aversión.

- Pensé que estaban extinguidos -dijo ella, mientras lo daba vuelta y miraba con curiosidad sus

patas traseras: parecían casi inútiles-. ¿Los sapos saltan como las ranas? Quiero decir, ¿saltará de

repente?

- Las patas de los sapos son débiles -respondió Rick-. Esa es la principal diferencia entre un

sapo y una rana. Eso y el agua. Las ranas viven cerca del agua, pero los sapos pueden sobrevivir en

el desierto. Lo encontré en el desierto, cerca de la frontera de Oregon, donde no hay nada vivo -

estiró la mano para coger el animal.

Pero Irán había descubierto algo: mientras lo sostenía, cabeza abajo, y tocaba su abdomen,

abrió con la uña el diminuto panel de control.

- Oh -dijo Rick, demudado-; ah, ya veo, tienes razón -miraba en silencio al seudo-animal. Lo

cogió en su mano, y jugó con sus patas; y todavía en ese momento parecía no comprender. Luego lo

puso cuidadosamente en su caja-. Me pregunto cómo habrá llegado a esa desolada región de

California… Alguien tiene que haberlo puesto allí, y no encuentro forma de explicarme por qué.

- Quizá no debí haberte dicho que era eléctrico -Irán le tocó el brazo. Se sentía culpable por el

efecto, el cambio que había provocado en él.

- No -respondió Rick-. Me alegro de saberlo. O mejor dicho, prefiero saberlo.

- ¿Quieres usar el órgano de ánimos, para sentirte mejor? Siempre te ha servido, mucho más que

a mí.


- Estoy bien -sacudió la cabeza, como si tratara de aclarar sus ideas, aún sorprendido-. La araña

que Mercer le dio a Isidore, el cabeza de chorlito, también debía ser artificial. Pero no importa. Las

cosas eléctricas también tienen su vida, por pequeña que ella sea.

- Parece que hubieras caminado cien millas -dijo Irán.

- Ha sido un día largo -respondió él.

- Ve a la cama y duerme.

- Ya ha terminado todo, ¿verdad? -Rick la miró con expresión de sorpresa. Parecía esperar a

que ella se lo dijese, como si lo supiera. Como si oírselo a sí mismo no significara nada. Sentía duda

ante sus propias palabras. No se tornaban significativas mientras ella no las confirmara.

- Ha terminado -dijo Irán.

- Dios, qué tarea maratónica -dijo Rick-. Una vez empezada no había forma de concluir… Me

llevaba adelante, hasta que finalmente retiré a los Baty, y no tuve nada que hacer. Y -vaciló,

evidentemente asombrado por lo que había empezado a decir- esa parte fue la peor. Después de

terminar, no me podía detener porque no quedaría nada si me detenía. Tenías razón tú, esta mañana,

cuando dijiste que soy sólo un policía de manos groseras.

- Ahora no lo creo -respondió Irán-. Sólo estoy feliz de que hayas vuelto a casa, a tu lugar -lo

besó, y eso pareció gustarle a Rick. Su cara se iluminó, casi tanto como antes, antes de que ella le

mostrara que el sapo era eléctrico.

- ¿Crees que he hecho mal? Lo que hice hoy, ¿está mal?

- No.


- Mercer dijo que estaba mal, pero que igual debía hacerlo. Es extraño que a veces sea mejor

hacer algo malo que bueno.

- Es la maldición que pesa sobre nosotros -respondió Irán-. A eso se refiere Mercer.

- ¿El polvo?

- Los asesinos que encontraron a Mercer cuando tenía dieciséis años y le dijeron que no podía

invertir el tiempo ni traer de vuelta animales a la vida. Entonces, ahora, lo único que puede hacer es

moverse al paso de la vida, e ir adonde ella va, a la muerte. Los asesinos arrojan las piedras. Son

ellos quienes lo hacen, siempre lo persiguen… Así como a todos nosotros. ¿Fue una piedra la que te

hirió la mejilla?

- Sí -respondió Rick débilmente.

- ¿Te irás a la cama? ¿Quieres que te ponga el órgano de ánimos en 670?

- ¿Qué es eso?

- Descanso reparador y merecido -dijo Irán.

Rick se puso de pie, dolorido, con el rostro soñoliento y confuso, como si una sucesión de

batallas se lo hubiera disputado durante muchos años. Poco a poco, avanzó en la ruta al dormitorio.

- Está bien -contestó-. Descanso reparador y merecido -se tendió en la cama. Sus ropas y su

pelo desprendieron polvo sobre las sábanas blancas.

Mientras apretaba el botón que tornaba opacas las ventanas del dormitorio, Irán pensó que no

sería necesario encender el órgano de ánimos. La luz grisásea del día desapareció.

Un instante después, Rick dormía.

Irán se quedó a su lado un rato, hasta que tuvo la seguridad de que no despertaría ni se quedaría

sentado, asustado, como le pasaba a veces por las noches. Luego regresó a la cocina y se sentó ante

la mesa.

El sapo eléctrico se movía en su caja. Irán se preguntó qué “comería”, y si necesitaba

mantenimiento. Moscas artificiales, pensó.

Abrió la guía telefónica y buscó en las páginas amarillas accesorios para animales eléctricos.

Llamó, y cuando la vendedora atendió, dijo:

- Quiero medio kilo de moscas artificiales que zumben y revoloteen.

- ¿Para una tortuga eléctrica, señora?

- Para un sapo.

- Entonces, le sugiero nuestro surtido mixto de bichos reptantes y voladores, que incluye…

- Prefiero las moscas -respondió Irán-. ¿Puede enviarlas? No quiero salir: mi marido duerme y

no quiero dejarlo solo. La vendedora agregó:

- Le recomendaría nuestra charca perpetua, salvo si se trata de un escuerzo, en cuyo caso

tenemos un equipo completo de arena, piedrecillas multicolores y seudo-desechos orgánicos. Y si

piensa usted alimentarlo regularmente, le sugiero que nuestro servicio de mantenimiento realice un

ajuste periódico de la lengua. En un sapo, la lengua es vital.

- Muy bien -contestó Irán-. Quiero que funcione perfectamente. A mi marido le encanta -dio su

dirección y colgó.

Y ya sintiéndose mejor, se sirvió por fin una taza de café negro y caliente.

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23/11/2008
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