Vaya a la puerta



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y si tengo dinero una vaca, un buey, o como usted, un caballo -con la bonificación correspondiente al

retiro de cinco andrillos alcanzaría, pensó. Mil dólares por cabeza, aparte del salario. Así podría

encontrar en alguna parte lo que deseo. Incluso si la mención del Animales y Aves de Sidney

estuviera en bastardilla. Cinco mil dólares. Pero antes, los cinco andrillos deberían llegar a la Tierra

desde alguno de los planetas-colonia. No puedo controlar eso, se dijo; no puedo hacer que los cinco

vengan. Y aun si pudiera, hay otros cazadores de bonificaciones pertenecientes a otras agencias

policiales de todo el mundo. Los andrillos deberían establecerse específicamente en California del

Norte, y el decano de los cazadores de bonificaciones de zona, Dave Holden, debería morir o

retirarse…

- Compre un grillo -propuso ingeniosamente Barbour-. O una rata. Por veinticinco dólares

puede comprar una rata adulta.

Rick respondió:

- Su yegua podría morir sin aviso previo, como Groucho. Cuando vuelva a su casa del trabajo,

esta noche, podría encontrarla echada con las patas al aire, como un bicho. Como lo que usted ha

dicho: un grillo -se alejó con la llave de su vehículo en la mano.

- No quería ofenderlo -dijo nerviosamente Barbour.

En silencio, Rick Deckard abrió la puerta de su coche aéreo. No tenía nada más que decir a su

vecino. Su mente estaba fija en su trabajo, en el día que le aguardaba.

2

En un ruinoso edificio, vacío y gigantesco, que en su día había alojado a miles, un solitario



aparato de televisión pregonaba sus mercancías en un salón deshabitado.

Esa ruina sin dueño había sido bien cuidada y mantenida antes de la Guerra Mundial Terminal.

Allí estaban antes los suburbios de San Francisco, a muy poco tiempo por el monorriel rápido. Toda

la península parloteaba como un árbol lleno de pájaros, de vida, de quejas y opiniones; pero los

cuidadosos propietarios habían muerto ya o emigrado a un mundo colonia. Especialmente lo primero.

Había sido una guerra costosa a pesar de las valientes predicciones del Pentágono y de su presumida

criada científica, la Rand Corporation, que en efecto había tenido su sede cerca de ese lugar. Como

los propietarios de los edificios, la corporación se había marchado, evidentemente para siempre.

Nadie extrañaba su ausencia.

Además, nadie recordaba hoy por qué había estallado la guerra, ni quién -si alguien- había

ganado. El polvo que había contaminado la mayor parte de la superficie del planeta no se había

originado en ningún país particular, y nadie lo había previsto, ni siquiera el enemigo durante la

guerra. Primero habían muerto -era extraño- los búhos. Eso había parecido entonces casi divertido:

esas aves gruesas, plumosas, blancas, caídas en los parques y las calles… Como no aparecían antes

del crepúsculo, y así había ocurrido cuando vivían, los búhos pasaron inadvertidos. Del mismo modo

se manifestaron las plagas medievales. Muchas ratas muertas. Sin embargo, esa plaga había

descendido desde lo alto. Y después de los búhos, por supuesto, todas las demás aves; pero para ese

momento el misterio ya había sido comprendido. Antes de la guerra había un pequeño programa de

colonización; ahora que el sol había dejado de brillar sobre la Tierra, la colonización entraba en una

nueva fase. Y en relación con ella, un arma de guerra se modificó: el Luchador Sintético por la

Libertad. El robot humanoide -o, expresado con propiedad, el androide orgánico-, capaz de funcionar

en un mundo extraño, se convirtió en la máquina esencial del programa de colonización. Según las

leyes de la ONU todo emigrante debía recibir un androide civil a su elección; y en 1990 la variedad

de androides civiles excedía todo lo imaginable, como había ocurrido con los coches americanos en

la década de 1960.

Ese había sido el incentivo básico de la emigración. El androide era la zanahoria, y la lluvia

radiactiva el látigo. La ONU hizo que emigrar fuera fácil, y difícil -cuando no imposible- quedarse.

Permanecer en la Tierra significaba la posibilidad de ser clasificado en cualquier momento como

biológicamente inaceptable, una amenaza contra la herencia prístina de la estirpe humana. Una vez

calificado especial, un ciudadano quedaba, aunque aceptara la esterilización, al margen de la

historia. Cesaba de pertenecer a la humanidad. Y sin embargo, aquí y allá había personas que se

negaban a emigrar: eso constituía una irracionalidad sorprendente incluso para los propios

interesados. Lógicamente, todos los normales tenían que haber emigrado ya. Quizás, a pesar de su

deformación, la Tierra seguía siendo familiar e interesante. O quizá quienes permanecían imaginaban

que la nube de polvo terminaría por caer. De todos modos, miles de personas se habían quedado,

agrupadas en su mayoría en zonas urbanas donde podían verse físicamente, y animarse mutuamente

con su presencia. Estos parecían relativamente cuerdos; pero además -una dudosa adición- había en

los suburbios, virtualmente abandonados, seres ocasionales y peculiares.

Uno de ellos era John Isidore, que se afeitaba en el cuarto de baño mientras la televisión se

quejaba en el living. Simplemente había vagabundeado hasta ahí en los días que siguieron a la guerra.

En esa infortunada época nadie sabía, realmente, qué estaba haciendo. La gente desquiciada por la

guerra, errante, se establecía primero en una región y luego en otra. En ese momento la lluvia de

polvo era esporádica y variable; algunos estados se habían visto casi libres de ella, y otros habían

quedado saturados. La población desplazada se movía con el polvo. La península, al sur de San

Francisco, había estado inicialmente limpia de polvo; y mucha gente se había instalado allí. Cuando

el polvo llegó, algunos murieron y otros se marcharon. J. R. Isidore se quedó.

El televisor gritaba: " ¡Nuevamente, los días felices de los estados sureños antes de la Guerra

Civil! Ya sea como un criado personal, o un campesino incansable, el robot humanoide hecho a su

medida, diseñado SOLAMENTE PARA USTED Y PARA SUS EXCLUSIVAS NECESIDADES, se

le entrega a su llegada absolutamente gratis y completamente equipado, de acuerdo con sus propias

especificaciones formuladas antes de su partida. Este compañero leal, sin problemas, ha de

constituir, en la mayor y más osada aventura humana de la historia moderna…" Y seguía.

Me pregunto si llegaré tarde al trabajo, pensaba Isidore mientras se afeitaba. No tenía reloj;

generalmente dependía de las señales horarias de la televisión, pero hoy debía ser el Día de los

Horizontes Espaciales, sin duda. La TV afirmaba que era el quinto (o el sexto) aniversario de la

fundación de la Nueva América, el principal establecimiento de Estados Unidos en Marte. Y su

aparato de televisión, roto en parte, sólo cogía el canal que había sido nacionalizado durante la

guerra y era todavía nacional. Isidore estaba obligado a escuchar únicamente al gobierno de

Washington con su programa de colonización.

- Oigamos ahora a la señora Maggie Klugman -sugirió el comentarista a John Isidore, que sólo

deseaba saber la hora-. La señora Klugman acaba de llegar a Marte, y se ha instalado en Nueva

Nueva York donde contesta así a nuestras preguntas: Señora Klugman: ¿cuál es la principal

diferencia entre su vida en la Tierra contaminada y su nueva vida aquí, en este mundo que da todas

las posibilidades imaginables?

Después de una pausa, la voz seca y fatigada de una mujer de edad mediana respondió:

- Lo que más nos ha llamado la atención a nosotros tres, me parece, es la dignidad.

- ¿La dignidad, señora Klugman?

- Sí -respondió la señora Klugman, de Nueva Nueva York, Marte-. Es difícil de explicar, pero

tener un criado de confianza en esta época tan turbulenta…, devuelve la seguridad.

- Y en la Tierra, señora Klugman, anteriormente, ¿no temía ser clasificada como… como

especial?

- Mi marido y yo nos moríamos de miedo. Y por supuesto, una vez que emigramos ese temor

desapareció, afortunadamente para siempre.

John Isidore pensó con amargura: y también para mí, sin necesidad de emigrar. Era un especial

desde el año anterior, y no sólo por sus genes afectados. No había logrado aprobar el test de

facultades mentales mínimas, lo que hacía de él, según la expresión corriente, un cabeza de chorlito.

Tres planetas lo menospreciaban, pero él sobrevivía a pesar de todo. Tenía un trabajo: conducía el

camión de una empresa de reparación de animales de imitación, el Hospital de Animales Van Ness,

cuyo jefe, el gótico y sombrío Hannibal Sloat, lo aceptaba como un ser humano, cosa que él

apreciaba. Mors certa, vita incerta, solía decir el señor Sloat. Isidore, que había oído muchas veces

la expresión, apenas tenía una oscura noción de su significado. Después de todo, si un cabeza de

chorlito pudiera aprender latín dejaría de serlo. El señor Sloat reconoció la verdad de este aserto

cuando lo escuchó. Y había cabezas de chorlito infinitamente más tontos que Isidore, incapaces de

trabajar, recluidos en lugares que recibían el extraño nombre de Institutos de Oficios Especiales de

América donde, como era habitual, se deslizaba de algún modo la palabra especial.

- Y su marido, señora Klugman, ¿se sentía seguro usando continuamente un costoso e incómodo

protector genital a prueba de radiaciones?

- Mi marido -empezó la señora Klugman; pero en ese punto Isidore, que había terminado de

afeitarse, entró en la habitación y apagó el televisor.

Un silencio que emanaba del suelo y de las paredes y parecía generado por una vasta usina lo

golpeó con tremenda energía. Brotaba de la moqueta gris en jirones, de los utensilios total o

parcialmente destrozados de la cocina, de las máquinas muertas que no habían funcionado en ningún

momento desde que Isidore había llegado. Rezumaba de la inútil lámpara de pie del cuarto de estar,

combinándose con el que descendía, vacío y sin palabras, del cielorraso manchado por las moscas.

En realidad, surgía de todos los objetos que tenía a la vista, como si él -el silencio- se propusiera

reemplazar todos los objetos tangibles. Por eso no solamente afectaba sus oídos sino también sus

ojos: mientras contemplaba el aparato de televisión inerte sentía el silencio como algo visible y, a su

modo, vivo. ¡Vivo! Con frecuencia había percibido antes la severidad de su cercanía: cuando

llegaba, irrumpía sin delicadeza, evidentemente incapaz de esperar. El silencio del mundo no podía

refrenar su codicia. Y menos ahora, cuando ya virtualmente había vencido.

Se. preguntó entonces si las demás personas que se habían quedado experimentaban el vacío de

la misma manera. O bien, esto podría deberse a su peculiar identidad biológica, una degeneración

determinada por su inepto aparato sensorial. Vivía solo en ese ruinoso edificio de mil apartamentos

deshabitados que, como todos los demás, se derrumbaba de día en día en un deterioro entrópico

creciente. Finalmente, todo lo que había en su interior se fundiría, sería idéntico e irreconocible,

mero desecho amorfo, kippel apilado hasta el cielorraso de cada apartamento. Y después el edificio

mismo perdería su forma y quedaría sepultado bajo el polvo ubicuo. En ese momento él,

naturalmente, estaría muerto. Este era otro hecho que resultaba interesante prever mientras

permanecía en esa lamentable habitación, a solas con el silencio mundial que imperaba omnipresente

y sin pulmones.

Quizá fuera mejor encender de nuevo la televisión. Pero los anuncios, dirigidos a los normales

que quedaban, lo asustaban. Le decían en una interminable procesión de maneras que él, un especial,

era indeseable. No servía. No podía emigrar aunque lo deseara. Entonces, ¿para qué escucharlos?, se

decía irritado. Al diablo con ellos y con su colonización… Espero que allá también haya una guerra -

después de todo era teóricamente posible- y que todo termine como en la Tierra. Y que los

emigrantes se conviertan en especiales.

Basta, pensó; me voy a trabajar. Buscó el picaporte para salir al pasillo a oscuras, y retrocedió

al percibir la vacuidad del resto del edificio. Allí lo acechaba la fuerza que se empeñaba en penetrar

en su casa. Dios mío, pensó. Y volvió a cerrar la puerta. No estaba preparado para enfrentarse a las

resonantes escaleras que conducían al terrado desierto donde no tenía un animal. El eco de sus pasos,

el eco de la nada. Es hora de empuñar las asas, se dijo. Y atravesó el living hasta la caja negra de

empatía.


La encendió y surgió el suave olor habitual de los iones negativos; lo aspiró con avidez,

reanimado. Luego el tubo de rayos catódicos brilló con una imagen de”bil de TV: se formó un dibujo

de rasgos, colores y configuraciones aparentemente aleatorios que no se modificaba hasta que se

empuñaban las asas gemelas. Respiró profundamente para tranquilizarse, y las cogió.

Apareció una imagen. Vio un famoso paisaje: la vieja cuesta oscura y desierta, con sus matas de

hierbas secas, como hechas de huesos, que hurgaban oblicuamente un cielo sombrío y sin sol. Una

sola figura, de aspecto más o menos humano, subía penosamente. Era un hombre anciano con ropas

oscuras y sin formas, que parecían arrancadas del hostil vacío del cielo. El hombre, Wilbur Mercer,

avanzaba con dificultad y John Isidore, aferrando las asas, iba experimentando poco a poco el

desvanecimiento del mundo real donde se encontraba. Los destrozados muebles y paredes se

esfumaron, dejó de percibirlos. Se halló en cambio, como siempre le ocurría, en aquel paisaje de

sierra y cielo parduscos. Y dejó de ver al hombre anciano que subía la cuesta. Eran ahora sus

propios pies los que resbalaban y buscaban apoyo entre las familiares piedras desprendidas. Sintió

aquella antigua aspereza irregular debajo de sus pies; nuevamente sintió el olor acre del cielo, pero

no el cielo de la Tierra sino el de un lugar extraño, distante aunque inmediatamente alcanzable

merced a la caja de empatía.

Había llegado allí de un modo habitual y asombroso. La fusión física, acompañada por la

identificación mental y espiritual con Wilbur Mercer, había vuelto a producirse. Como le estaría

sucediendo a todo aquel que en ese momento estuviera aferrado a las asas, en la Tierra o en los

planetas-colonia. Sintió a los demás, escuchó en su mente el rumor de sus existencias individuales y

el parloteo de sus pensamientos. Ellos y él se preocupaban sólo de una cosa: la fusión de sus mentes

orientaba su atención hacia la cuesta, el ascenso, la necesidad de subir. Paso a paso la elevación

continuaba, tan lentamente que era casi imperceptible. Pero real. Más alto, pensó mientras las

piedras rodaban hacia abajo. Hoy estamos más arriba que ayer, y mañana… El, la imagen compuesta

de Wilbur Mercer, miró hacia arriba. Era imposible ver el final. Estaba demasiado lejos. Pero

llegaría.

Una piedra que le arrojaron le golpeó el brazo. Sintió dolor. Se volvió a medias y otra piedra le

erró y pasó a su lado: dio contra el suelo y el sonido le sorprendió. Se preguntó quién sería, y trató

de ver a su atormentador. Los viejos antagonistas aparecían en la periferia de su visión: ellos -o eso-

lo perseguirían todo el camino hacia arriba hasta que en la cumbre…

Recordó la cumbre. La cuesta se nivelaba de repente, la ascensión terminaba y comenzaba la

otra parte. ¿Cuántas veces lo había hecho ya? Las diversas experiencias se tornaban borrosas, así

como el pasado y el futuro; lo que había sentido y lo que eventualmente sentiría se fundían de modo

que solamente quedaba ese momento de inmovilidad y reposo en que se tocaba la herida causada en

el brazo por la piedra. Dios mío, pensó, fatigado; ¿cómo es esto justo? ¿Por qué estoy aquí, solo,

castigado por algo que ni siquiera puedo ver? Y luego, en su interior, el murmullo de los demás seres

que participaban de la fusión rompió la impresión de soledad.

También tú participas, pensó. Sí, respondían las voces. Hemos sido heridos en el brazo

izquierdo. Duele como el infierno. Está bien, se dijo. Será mejor empezar a moverse nuevamente.

Avanzó, y todos los demás lo acompañaron de inmediato.

Una vez, recordó, había sido diferente. Antes de la maldición, en alguna parte de la vida

anterior y más feliz. Ellos, sus padres adoptivos, Frank y Cora Mercer, lo habían encontrado a flote

en una balsa inflable salvavidas, cerca de la costa de Nueva Inglaterra… ¿O había sido en México,

cerca del puerto de Tampico? No recordaba las circunstancias. La infancia había sido maravillosa.

Amaba todas las cosas vivas y sobre todo a los animales; y en cierta época había sido capaz de traer

de vuelta, tal como habían sido, animales muertos. Vivía rodeado dé bichos y conejos, dondequiera

que fuese, en la Tierra o en un mundo colonia; pero hasta eso había olvidado. Recordaba a los

asesinos, porque lo habían arrestado por anormal, por ser más especial que todos los demás

especiales. Y debido a eso todo había cambiado.

Las leyes locales prohibían la facultad de invertir tiempo en devolver seres muertos a la vida;

se lo dijeron claramente cuando tenía dieciséis años. Pero había continuado haciéndolo secretamente

durante un año más, en los bosques que aún quedaban. Y entonces, una anciana a la que jamás había

visto ni oído, habló. Y sin el consentimiento de sus padres, ellos -los asesinos- bombardearon aquel

nódulo único que se había formado en su cerebro, lo destrozaron con cobalto radiactivo y eso lo

hundió en un mundo diferente, de cuya existencia jamás había sospechado. Era un pozo de huesos y

cadáveres de donde había salido tras años de esfuerzo. El burro, y en especial el sapo, las criaturas

que más le importaban, habían desaparecido, se habían extinguido. Sólo quedaban fragmentos

podridos, una cabeza sin ojos, parte de una mano. Por fin un ave que había ido a morir allí le dijo

dónde estaba. Había caído en el mundo-tumba. No podría salir mientras los huesos dispersos a su

alrededor no volvieran a ser criaturas vivientes: él estaba unido al metabolismo de otras vidas, y no

volvería a vivir mientras ellas no vivieran.

No sabía cuánto había durado esa parte del ciclo. Como en general nada ocurría, era imposible

medirla. Pero finalmente los huesos se recubrieron de carne; en las cuencas vacías aparecieron ojos

que podían ver, y las bocas y picos restaurados eran capaces de ladrar, cloquear, maullar. Quizás él

lo había hecho, quizás el nódulo extrasensorial de su cerebro había vuelto a crecer. O tal vez no

hubiese sido él; bien podía tratarse de un proceso natural. De cualquier modo, ya no se estaba

hundiendo, sino que comenzaba a ascender con los demás. Hacía mucho que ya no los veía; ascendía,

evidentemente, solo. Pero ellos estaban allí. Todavía lo acompañaban, los sentía dentro de sí.

Isidore retenía las dos asas, y sentía que llevaba en su interior a todas las cosas vivas. De mala

gana las soltó. Tenía que terminar, como siempre.

Además, le dolía y le sangraba el brazo donde la piedra lo había golpeado.

Examinó la herida, y se dirigió, vacilante, al cuarto de baño para lavarse. No era la primera que

recibida durante las fusiones con Mercer, y probablemente no sería la última. Algunas personas,

sobre todo ancianas, habían muerto, casi siempre en la cumbre de la colina, cuando el tormento

arreciaba en su rigor. Yo mismo no sé si podría volver a soportarlo, se dijo mientras se curaba.

Podía venir un paro cardíaco. Sería mejor si viviera en la ciudad, reflexionó, donde cerca hubiera un

médico con esas máquinas de chispas eléctricas. En un lugar aislado como ése era demasiado

peligroso.

Pero sabía que correría el riesgo. Siempre lo había hecho antes. Como la mayoría de la gente,

incluso ancianos físicamente frágiles.

Con un kleenex se secó el brazo.

Y oyó, lejana y tenuemente, la televisión.

Hay alguien más en esta casa, pensó muy excitado, incrédulo. No es mí TV, no la dejé encendida

y sentiría la resonancia en el suelo… Es más abajo, en otro piso.

Ya no estoy solo aquí, comprendió. Otra persona ha ocupado un apartamento abandonado,

bastante cerca para que pueda oír. Debe ser en el segundo o el tercer piso, no más abajo. Veamos,

pensó rápidamente. ¿Qué se hace cuando llega un nuevo ocupante? Visitarlo, regalarle algo, ¿no es

así? No podía recordar. Esto no le había ocurrido nunca allí, ni en ningún otro lugar. La gente se iba,

emigraba, pero jamás venía nadie. Lleva algo, se dijo. Un vaso de agua, o mejor leche… Sí, leche, o

harina, o quizás un huevo. O mejor dicho, sus correspondientes sustitutos.

Buscó en la nevera. El compresor había dejado de funcionar hacía mucho. Encontró un

sospechoso paquete de margarina. Y con él partió hacia abajo, excitado, con el corazón sobresaltado.

Tengo que mantener la calma, se decía. No tiene que saber que soy un cabeza de chorlito. Si llegara a

saberlo no querrá hablarme. Siempre pasa así… ¿Por qué será?

Recorrió el pasillo deprisa.

3

Camino de su trabajo, Rick Deckard, como sabe Dios cuántas otras personas solían hacer, se



detuvo un momento ante una de las mayores tiendas de animales de San Francisco. En el centro del

escaparate, a lo largo de toda la manzana, había un avestruz dentro de una caja de plástico

transparente y calentada. Según la placa-informe de la caja, acababa de llegar del zoológico de

Cleveland. Era el único avestruz de la Costa Oeste. Después de contemplarlo, Rick permaneció unos

minutos mirando el precio con expresión sombría. Luego se dirigió hacia la Corte de Justicia de la

calle Lombard, adonde llegó con un cuarto de hora de retraso. Mientras abría la puerta de su

despacho, su jefe, el Inspector de Policía Harry Bryant, lo llamó. Tenía la cara roja, orejas salientes

e iba vestido descuidadamente; sus ojos revelaban perspicacia y conciencia de casi todo lo que tenía

importancia.

- Lo espero a las nueve y media en el despacho de Dave Holden -el inspector hojeaba

rápidamente los papeles de copia mecanografiados que llevaba sujetos a una tablilla-. Holden está en

el Horpital Mount Zion con una herida de láser en la columna. Tiene por lo menos para un mes, hasta

que consigan una de esas nuevas secciones plásticas de columna.

- ¿Que” ocurrió? -preguntó Rick, pasmado. El día anterior el jefe de cazadores de

bonificaciones del departamento estaba perfectamente. Al terminar la jornada había partido en su

coche aéreo, como de costumbre, a su piso situado en Nob Hill, la populosa zona de mayor prestigio

de la ciudad.

Bryant murmuró algo por encima del hombro acerca de las nueve y media en el despacho de

Dave, y abandonó a Rick. Y cuando éste entró en el suyo, escuchó la voz de su secretaria, Ann

Marsten, a su espalda.

- ¿Sabe qué le ocurrió al señor Holden, señor Deckard? Le dispararon -siguió a su jefe al

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