Vaya a la puerta



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interior del despacho, encerrado y repleto, y puso en marcha la unidad de filtrado del aire.

- Sí -respondió él, ausente.

- Habrá sido uno de esos nuevos andrillos superinteligentes que está fabricando la Rosen

Association -dijo la señorita Marsten-. ¿Ha leído el folleto de la compañía y el manual de

instrucciones? El cerebro Nexus-6 que emplean tiene dos trillones de elementos y puede seleccionar

diez millones de caminos neurales distintos -bajó la voz-. ¿No le han dicho nada de la llamada de

esta mañana? La señorita Wild me contó: exactamente a las nueve.

- ¿Alguien llamó aquí? -preguntó Rick.

- No -respondió la señorita Marsten-. El señor Bryant llamó a la WPO, en Rusia, y les preguntó

si estaban dispuestos a enviar una protesta formal por escrito al representante en el este de la Rosen

Association.

- ¿Todavía quiere Harry que retiren del mercado la unidad cerebral Nexus¿? -no le extrañaba;

desde la presentación de sus características y estudios de rendimiento en agosto de 1991, la mayoría

de las agencias policiales que se ocupaban de androides fugados estaba protestando-. La policía

soviética no puede hacer más que nosotros -dijo; legalmente, los fabricantes del Nexus-6 estaban

amparados por las disposiciones coloniales, puesto que su casa matriz estaba en Marte-. Mejor sería

aceptar la nueva unidad como un hecho consumado. Siempre ha ocurrido lo mismo con cada unidad

cerebral mejorada. Recuerdo los aullidos de sufrimiento ciando la gente de Sudermann presentó el

viejo T-14 en el 89. Todas las policías del hemisferio occidental gimieron que ningún test podía

detectar su presencia en caso de entrada ilegal. Y en verdad durante un tiempo fue así.

Más de cincuenta androides T-14, según recordaba, habían conseguido llegar a la Tierra de una

u otra manera, sin ser detectados durante un año entero, en algunos casos. Pero luego el Instituto

Pavlov, de la Unión Soviética, creó un test de empatía de Voigt; y ningún androide T-14, por lo que

se sabía, había logrado burlarlo.

- ¿Quiere saber lo que ha dicho la policía rusa? -preguntó la señorita Marsten-. También lo sé -

su cara pecosa y anaranjada resplandecía.

- Se lo preguntaré a Harry Bryant -respondió Rick, irritado. Los chismes le desagradaban

porque siempre eran más precisos que la verdad. Se sentó ante su mesa y deliberadamente se puso a

buscar algo en un cajón. La señorita Marsten comprendió la insinuación y se retiró.

Rick extrajo un viejo y arrugado sobre de papel de manila. Se echó atrás en su sillón de estilo

importante, y hurgó en su contenido hasta que encontró lo que buscaba: los datos existentes sobre el

Nexus-6.

Un momento de lectura justificó la afirmación de la señorita Marsten: el Nexus-6 poseía

efectivamente los dos trillones de elementos, así como la posibilidad de optar entre diez millones de

combinaciones de actividad cerebral. En 45 centésimas de segundo un androide equipado con esa

estructura cerebral podía asumir una cualquiera entre catorce actitudes de reacción. En otras

palabras, los androides con la nueva unidad cerebral Nexus-6 -desde un punto de vista pragmático y

nada disparatado- sobrepasaban a una considerable porción de la humanidad, aunque fueran los del

nivel inferior. Para bien o para mal. En algunos casos los criados superaban a los amos. Pero había

nuevos criterios, por ejemplo el test de empatía de Voigt-Kampff. Un androide, por dotado que

estuviera en cuanto a capacidad intelectual pura, no podía encontrar el menor sentido en la fusión que

experimentaban rutinariamente los seguidores del Mercerismo, y que tanto él mismo como

prácticamente todo el mundo, incluso los cabezas de chorlito subnormales, lograban sin dificultad.

Se había preguntado, como casi todos en un momento u otro, por qué precisamente los androides

se agitaban impotentes al afrontar el test de medida de la empatía. Era obvio que la empatía sólo se

encontraba en la comunidad humana, en tanto que se podía hallar cierto grado de inteligencia en todas

las especies, hasta en los arácnidos. Probablemente la facultad empática exigía un instinto de grupo

sin cortapisas. A un organismo solitario, como una araña, de nada podía servirle. Incluso podía

limitar su capacidad de supervivencia, al tornarla consciente del deseo de vivir de su presa. Y en ese

caso, todos los animales de presa, incluso los mamíferos muy desarrollados, como los gatos,

morirían de hambre.

En una ocasión había pensado que la empatía estaba reservada a los herbívoros o a los

omnívoros capaces de prescindir de la carne. En última instancia, la empatía borraba las fronteras

entre el cazador y la víctima, el vencedor y el derrotado. Como en el caso de la fusión con Mercer,

todos ascendían juntos y una vez terminado el ciclo, juntos caían en el abismo del mundo-tumba.

Curiosamente, esto parecía una especie de seguro biológico, aunque de doble filo. Si alguna criatura

experimentaba alegría, la condición de todas las demás incluía un fragmento de alegría. Y si algún

ser humano sufría, ningún otro podía eludir enteramente el dolor. De este modo, un animal gregario

como el hombre podía adquirir un factor de supervivencia más elevado; un búho o una cobra sólo

podían destruirse.

Evidentemente, el robot humanoide era un cazador solitario.

A Rick le gustaba pensar así: su trabajo se tornaba más aceptable. Si retiraba -o sea, mataba- a

un andrillo, no violaba la regla vital establecida por Mercer. Sólo matarás a los Asesinos, había

dicho Mercer el año en que las cajas de empatía aparecieron en la Tierra. Y en el Mercerismo, a

medida que se desarrollaba hasta construir una teología completa, el concepto de los que matan, los

Asesinos, había crecido insidiosamente. En el Mercerismo, un mal absoluto tironeaba el

deshilachado manto del anciano que subía, vacilante; pero no se sabía quién ni qué era esa presencia

maligna. Un merceriano sentía el mal sin comprenderlo. De otro modo, un merceriano era libre de

situar la presencia nebulosa de los Asesinos donde le parecía más conveniente. Para Rick Deckard,

un robot humanoide fugitivo, equipado con una inteligencia superior a la de muchos seres humanos,

que hubiera matado a su amo, que no tuviera consideración por los animales ni fuera capaz de sentir

alegría empática por el éxito de otra forma de vida, ni dolor por su derrota, era la síntesis de los

Asesinos. Pensar en los animales le trajo el recuerdo del avestruz que había visto en la tienda.

Apartó por el momento la información referente a la unidad cerebral Nexus-6, tomó una pulgada de

rapé del señor Siddon, números 3 y 4, y reflexionó. Luego consultó su reloj y, viendo que tenía

tiempo, cogió el videófono de su mesa y pidió a su secretaria:

- Con la tienda de animales Happy Dog, de la calle Sutter.

- Sí, señor -respondió la señorita Marsten, abriendo la agenda.

No pueden pedir tanto por ese avestruz, se dijo Rick. Esperan que uno regatee, como en los

viejos tiempos.

- Happy Dog -declaró una voz masculina. En la pantalla apareció una diminuta cara feliz. Se

oían chillidos de animales.

- Ese avestruz que está en el escaparate -empezó Rick, que jugaba con su cenicero de cerámica-.

¿Cuál debería ser el pago inicial?

- Un segundo -dijo el vendedor de animales, buscando bloc y bolígrafo-. La tercera parte del

total -reflexionó-. ¿Puedo preguntarle, señor, si piensa ofrecer algún animal como parte de pago?

Cautelosamente, Rick respondió:

- Aún no lo he decidido.

- Podríamos vender ese avestruz a treinta meses -dijo el comerciante-. Con un interés muy bajo,

el seis por ciento mensual. Por lo tanto, con un pago inicial razonable, las cuotas serían de…

- Baje el precio -dijo Rick-. Si le quita dos mil no habrá pago a crédito, pagaré en efectivo. -

Dave Holden está fuera de juego, pensó. Eso podría significar mucho…, según la cantidad de

misiones que aparezcan el mes próximo.

- Señor -repuso el vendedor de animales-, nuestro precio está mil dólares por debajo del

corriente. Consulte su Sidney. Esperaré. Deseo que vea por usted mismo que el precio es el correcto.

Dios mío, pensó Rick. Se mantiene firme. Sin embargo, por no dar su brazo a torcer, extrajo del

bolsillo el Sidney plegado, y buscó Avestruz coma macho-hembra, joven-viejo, sano-enfermo,

perfecto-con fallas, y examinó los precios.

- Perfecto, macho, joven, sano -informó el hombre-.

Treinta mil dólares -también él tenía el Sidney a la vista-. Estamos exactamente mil dólares por

debajo. Entonces, el pago inicial…

- Lo pensaré -interrumpió Rick-, y volveré a llamar.

- ¿… su nombre, señor? -preguntó el vendedor vivamente.

- Frank Merriwell -dijo Rick.

- Y su dirección, señor Merriwell. Por si no me encontrara cuando llame…

Inventó una dirección y colgó el videófono. Cuánto dinero, pensó. Y sin embargo, la gente los

compra. Hay quien tiene esas cantidades… Cogió nuevamente el aparato y dijo con dureza:

- Una línea exterior, señorita Marsten. Y no escuche la conversación; es confidencial -la miró

severamente.

- Sí, señor -replicó la secretaria-. Puede llamar -se retiró del circuito y dejó que él enfrentara

solo el mundo exterior.

Rick llamó de memoria al número de la tienda de animales falsos donde había comprado su

falsa oveja. En la pequeña pantalla apareció un hombre vestido de veterinario.

- Doctor McRae.

- Soy Deckard. ¿Cuánto vale un avestruz eléctrico?

- Diría que algo menos de ochocientos dólares. ¿Cuándo lo quiere? Habrá que hacerlo

especialmente, no tenemos muchos pedidos…

- Lo llamaré más tarde -repuso Rick, y al mirar su reloj descubrió que eran ya las nueve y

media-. Hasta luego -colgó deprisa, se puso en pie y muy pronto se hallaba ante la puerta del

despacho del inspector Bryant. Pasó junto a la recepcionista, atractiva, con trenzas de pelo plateado

hasta la cintura, y a la secretaria del inspector, un antiguo monstruo de las ciénagas jurásicas, taimada

y glacial, semejante a una aparición del mundo-tumba. Ninguna de las mujeres le habló, ni él a ellas.

Abrió la puerta interior y saludó a su superior, que videofoneaba. Se sentó, con las informaciones

sobre Nexus-6, que había llevado consigo, y las releyó.

Se sentía deprimido. Y sin embargo, dado el descanso forzoso de Dave, lo natural habría sido

que estuviese al menos secretamente complacido.

4

Quizá me preocupa que pueda ocurrirme lo mismo que a Dave -conjeturó Rick Deckard-. Un



andrillo bastante inteligente para herirlo también a mí puede vencerme. Sin embargo, no era eso.

- Veo que ha traído los datos de la nueva unidad cerebral

- dijo el inspector Bryant, colgando el videófono.

- Sí, me enteré por los rumores. ¿Cuántos son los andrillos, y hasta dónde llegó Dave?

- Ocho, por ahora -dijo Bryant, mirando sus notas-. Dave cogió a dos.

- ¿Y los seis restantes están aquí, en California del Norte?

- Por lo que sabemos, Dave cree que sí, hablaba con él. Tengo sus anotaciones, estaban en su

escritorio. Dice que aquí está todo lo que sabía -Bryant tocó una pila de papeles. Hasta ese momento

no parecía dispuesto a entregarle las notas a Rick. Por alguna razón, continuaba hojeándolas, con el

ceño fruncido, mientras se pasaba la lengua por los labios.

- No tengo nada que hacer -dijo Rick-. Estoy listo para reemplazar a Dave.

Bryant, pensativo, replicó:

- Dave utilizó la escala modificada de Voigt-Kampff para poner a prueba a los sospechosos.

Usted comprende, debe comprender, que este test no es aplicable, específicamente, a las unidades

cerebrales. Ningún test lo es. Todo lo que tenemos es la escala de Voigt, modificada por Kampff

hace tres años -hizo una pausa meditativa-. Dave la considera adecuada. Tal vez lo sea. Pero le

sugeriría una cosa, antes de que empiece a perseguir a esos seis -nuevamente golpeó los papeles-.

Vuele a Seattle y hable con la gente de Rosen. Haga que le den una muestra representativa de los

tipos de androide que emplean la nueva unidad Nexus-6.

- ¿… para someterlos al Voigt-Kampff? -preguntó Rick.

- Parece tan fácil -dijo Bryant, medio para sus adentros.

- ¿Cómo?


- Creo que yo mismo hablaré con la organización Rosen, mientras usted está en camino -agregó

Bryant. Luego miró en silencio a Rick. Por fin gruñó, se mordió una uña, y finalmente puso en orden

su decisión-. Voy a estudiar con ellos la posibilidad de mezclar a los nuevos androides con seres

humanos. Todo debería estar preparado para cuando usted llegue -señaló bruscamente a Rick, con

aire severo-. Es la primera vez que va a desempeñarse como un cazador de bonificaciones senior.

Dave sabe mucho. Tiene años de experiencia.

- También yo -respondió Rick, tenso.

- Ha tenido misiones encargadas por Dave. El siempre resolvía qué casos confiarle. Pero ahora

tiene en sus manos seis que él pensaba retirar, y uno de ellos disparó primero. Este. Max Polokov -

Bryant hizo girar las notas para que Rick pudiera leer-. Al menos, ése es el nombre que se da a sí

mismo. Suponiendo que Dave tuviera razón. Todo, toda esta lista, se funda en esa suposición. Y sin

embargo, la escala modificada de Voigt-Kampff sólo se le aplicó a los primeros tres, a los dos que

Dave retiró y luego a Polokov. Este disparó contra Dave mientras le hacía el test.

- Lo que demuestra que Dave tenía razón -contestó Rick-. De otro modo, Polokov no habría

tenido ningún motivo.

- Vaya a Seattle -ordenó Bryant-. No hable primero, yo me ocuparé. Y escuche -se puso en pie y

encaró a Rick serenamente-. Si cuando esté probando allí la escala Voigt-Kampff alguno de los

humanos no logra pasar…

- Eso no puede ocurrir -respondió Rick.

- Un día, hace unas semanas, hablé con Dave de eso. El pensaba lo mismo. Yo había recibido un

memorándum de la policía soviética, la WPO, que ha circulado en la Tierra y en las colonias. Un

grupo de psiquiatras de Leningrado pidió a la WPO que aplicara el método de perfil de la

personalidad más moderno y preciso para determinar la presencia de un androide, o sea la escala de

Voigt-Kampff, a un grupo cuidadosamente seleccionado de pacientes humanos, esquizoides y

esquizofrénicos. Especialmente aquellos que revelan lo que se denomina un “achatamiento del

afecto”. Seguramente habrá oído hablar de eso…

- Es lo que mide la escala, específicamente -dijo Rick.

- Entonces, sabe por qué están preocupados.

- El problema ha existido siempre. Desde que por primera vez encontramos androides que se

hacían pasar por humanos. Usted conoce el consenso de la opinión policial por el artículo de Lurie

Kampff, escrito hace ocho años: El bloqueo de la asunción de roles en el esquizofrénico no

deteriorado. Kampff distinguía entre la facultad empática disminuida del enfermo mental humano y la

superficialmente similar, pero…

- Los psiquiatras de Leningrado -interrumpió Bryant- creen que una pequeña proporción de

seres humanos no podría pasar la prueba de Voigt-Kampff. Si los sometiera usted al test en el curso

de una tarea policial, quedarían clasificados como robots humanoides. Más tarde se descubriría el

error, pero ya estarían muertos -calló, en espera de la respuesta de Rick.

- Pero esas personas deberían estar en…

- En instituciones -continuó Bryant-. No podrían moverse en el mundo exterior, y ciertamente se

advertiría que son psicóticos graves. Salvo si su enfermedad se hubiera manifestado reciente y

bruscamente, y nadie la hubiera observado todavía. Esto podría ocurrir.

- Una vez en un millón -objetó Rick. Pero había comprendido.

- Lo que le preocupa a Dave -dijo Bryant- es este aspecto del tipo avanzado Nexus-6. La

organización Rosen nos había asegurado, como usted sabe, que era posible distinguir un Nexus-6 con

el test corriente del perfil. Les creímos. Pero ahora debemos establecerlo por nuestra cuenta, corno

yo me imaginaba. Y eso es lo que hará usted en Seattle. Ya comprende que esto puede salir mal de

las dos maneras: si no es posible catalogar a todos los robots humanoides, no tenemos un instrumento

de análisis confiable y jamás descubriremos a los que ya se han escapado. Y si clasifica como

androide a un sujeto humano… Sería lamentable -Bryant lo miró con frialdad-, aunque nadie, y

ciertamente tampoco la Rosen Association, publicaría la noticia. En realidad, podemos permanecer

inmóviles por tiempo indefinido, aunque será necesario informar a la WPO, que a su vez avisará a

Leningrado. Llegará un momento en que la cosa haga explosión, pero para entonces quizás hayamos

desarrollado un test mejor -cogió el videófono-. ¿Partirá ahora mismo? Utilice un coche del

departamento y el combustible de nuestros surtidores.

- ¿Puedo llevarme las notas de Dave Holden? -pidió Rick, poniéndose en pie-. Querría leerlas

por el camino.

- Esperaremos hasta que haya probado el test en Seattle -respondió Bryant. Rick advirtió que el

tono de su voz era curiosamente despiadado.

Cuando el coche aéreo del departamento de policía aparcó en el terrado del edificio de la

Rosen Association en Seattle, una muchacha lo esperaba. Delgada, de pelo negro, con las nuevas y

enormes gafas para filtrar el polvo, se acercó al coche con las manos hundidas en los bolsillos del

largo abrigo a rayas de colores vivos. En su cara pequeña, de rasgos bien definidos, había una

expresión de hosquedad.

- ¿Qué ocurre? -preguntó Rick al descender. La chica respondió oblicuamente.

- No sé. La forma en que nos trataron, supongo. No tiene importancia -le tendió la mano, que él

cogió reflexivamente-. Soy Rachael Rosen. Usted es el señor Deckard, ¿verdad?

- No ha sido idea mía.

- Bueno, es lo que nos dijo el inspector Bryant. Pero oficialmente usted es el departamento de

policía de San Francisco, y no cree que nuestra actividad sea un servicio público -lo miró por debajo

de sus largas pestañas oscuras, probablemente artificiales.

- Un robot humanoide es como cualquier otra máquina -respondió Rick-. Puede oscilar entre el

beneficio y el riesgo. Como beneficio no es nuestro problema.

- Pero sí como riesgo -dijo Rachael Rosen-. ¿Es verdad, señor Deckard, que usted es un

cazador de bonificaciones? De mala gana, Rick se encogió de hombros y asintió.

- Considera que un androide es una cosa inerte -continuó la chica-. Algo que se puede “retirar”,

como se acostumbra decir.

- ¿Ya está seleccionado el grupo? Me gustaría…

Rick se interrumpió cuando de repente vio los animales.

Por supuesto que una poderosa corporación tenía que ser capaz de permitirse una cosa

semejante, comprendió. Y en el fondo, había previsto sin lugar a dudas esa colección: no sentía

sorpresa sino más bien una especie de ansiedad. Se apartó de la muchacha en silencio y se dirigió a

los corrales. Podía percibir los diversos olores de las criaturas que se movían o permanecían

echadas, y de una que dormía, y aparentemente era un coatí.

Nunca en su vida había visto un coatí. Conocía al animal por las películas 3-D que pasaba la

televisión. Por alguna razón, el polvo había afectado a esa especie tanto como a las aves, de las que

casi no quedaban sobrevivientes. Cogió automáticamente su gastado ejemplar del Sidney y buscó el

coatí. Los precios estaban, desde luego, en bastardilla: como en el caso de los caballos percherón,

no había ninguno en el mercado, a cualquier precio. El catálogo Sidney se limitaba a reproducir la

cifra de la última venta. Era astronómica.

- Se llama Bill -dijo la chica desde atrás-. Bill, el coatí. Lo compramos el año pasado a una

corporación subsidiaria -señaló algo un poco más lejos.

Rick vio entonces una compañía de guardias armados con pequeñas ametralladoras Skoda de

tiro rápido. Los ojos de los guardias estaban fijos en él. Y mi coche lleva bien a la vista las insignias

de los vehículos policiales…, pensó.

- Un fabricante de androides -observó, pensativo-invierte sus excedentes en animales vivos.

- Mire el búho -dijo Rachael Rosen-. Allá. Lo voy a despertar -indicó una jaula a cierta

distancia. En su centro había un árbol muerto.

Estaba a punto de decir que no había más búhos. O eso nos han dicho… Sidney los considera

extinguidos en su catálogo. Llevan la E, esa letra pequeña y precisa. Mientras la muchacha se

adelantaba, comprobó que estaba en lo cierto. Sidney jamás se equivoca, se dijo. ¿En qué otra cosa

podemos confiar?

- Es artificial -exclamó de pronto con certeza. Pero su decepción era intensa y aguda.

- No -sonrió ella, y Rick vio que sus dientes pequeños y parejos eran tan blancos como negros

eran el pelo y los ojos.

- Pero Sidney -objetó, tratando de mostrarle el catálogo, para probar sus palabras.

- No le compramos a Sidney -respondió Rachael-, ni a ningún vendedor de animales. Nuestras

compras son privadas y no comunicamos el precio. Además, tenemos nuestros propios naturalistas.

En este momento están trabajando en Canadá. Allá todavía quedan bosques relativamente grandes. Al

menos, lo bastante para animales pequeños y alguna que otra ave.

Durante largo tiempo contempló al búho, que dormitaba en su rama. Mil pensamientos brotaron

de su mente acerca de la guerra, de los días en que los búhos caían del cielo, muertos. Recordó que

en su infancia había alcanzado a comprobar la extinción de una especie tras otra. Los periódicos

anunciaban un día la desaparición de los zorros, el siguiente la de los tejones, hasta que la gente dejó

por último de leer aquellos perpetuos obituarios.

Pensó también en su necesidad de un animal verdadero. Una vez más se manifestaba el odio que

le inspiraba su oveja eléctrica, que debía cuidar y atender como si estuviera viva. La tiranía de los

objetos, pensó. Ella no sabe que yo existo. Como los androides, carece de la capacidad de apreciar

la existencia de otro ser. Jamás había pensado antes en la semejanza entre los animales eléctricos y

los andrillos. Un animal eléctrico era una forma inferior, un robot de menor calidad. O a la inversa,

un androide era una versión altamente desarrollada del seudoanimal. Las dos ideas le resultaban

repulsivas.

- Si Rosen vendiera ese búho -dijo-, ¿cuánto pediría?

- Jamás venderíamos nuestro búho -Rachael lo contempló con una mezcla de placer y piedad; la

menos eso le pareció a Rick-. Y aunque así fuera, nunca podría pagar el precio. ¿Qué animal tiene en

su casa?

- Una oveja -respondió él-. Una Suffolk de cara negra.

- Entonces debería sentirse satisfecho.

- Lo estoy -dijo él-. Pero siempre he querido un búho, incluso antes de que todos murieran…

Excepto el suyo -se corrigió.

- Nuestro programa actual prevé la obtención de otro búho -agregó ella-, para aparearlo con

Scrappy -señaló al ave posada en su percha y que por un instante abrió los ojos, unas hendiduras

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