Vaya a la puerta



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amarillas que se desvanecieron cuando reanudó su reposo. El pecho del búho subió y bajó

conspicuamente, como si el ave hubiese suspirado en su estado hipnagógico.

Apartándose de la imagen, que había agregado amargura a su anterior reacción de sorpresa y

anhelo, Rick dijo:

- Querría iniciar la prueba. ¿Podemos bajar?

- Mi tío recibió la llamada de su jefe y probablemente ya…

- ¿Su tío? ¿Una corporación de estas dimensiones es un negocio familiar?

Rachael continuó su frase:

- … habrá reunido un grupo de androides y uno de control. Vamos -se dirigió al ascensor sin

mirar atrás, metiendo nuevamente las manos en los bolsillos de su abrigo.

Rick vaciló un momento, con fastidio, antes de seguirla.

- ¿Qué tiene usted contra mí? -preguntó mientras descendían.

Ella reflexionó, como si no lo hubiera pensado antes.

- Pues bien -dijo-, usted, un funcionario de un pequeño departamento policial, tiene en este

momento una situación única. ¿Comprende lo que quiero decir? -lo miró de costado, maliciosamente.

- ¿Qué parte de la producción actual representan los androides equipados con el Nexus-6?

- El total -respondió Rachael.

- Estoy seguro de que la escala Voigt-Kampff puede descubrirlos.

- Y si no es así, tendremos que retirar del mercado todos los modelos de Nexus-6 -sus ojos

negros ardían mientras se abrían las puertas del ascensor detenido-. Y todo porque la policía no

puede resolver una cosa tan simple como la detección de una minúscula cantidad de Nexus-6 que…

Un hombre mayor, pulcro y delgado, se acercó a ellos. Llevaba la mano extendida y una

expresión de preocupación, como si todo hubiese empezado a desarrollarse con excesiva rapidez.

- Soy Eldon Rosen -dijo mientras daba un apretón de manos a Rick-. Escuche, Deckard: usted

sabe que no fabricamos nada aquí en la Tierra, ¿verdad? Simplemente no podemos llamar al sector

de producción y pedir una serie distinta de artículos. No es que no nos propongamos o no queramos

colaborar con ustedes. Sea como fuere, he hecho todo lo posible -su mano izquierda, temblorosa,

rozó su pelo, que empezaba a ralear.

Rick indicó su cartera y dijo:

- Estoy listo para comenzar.

La nerviosidad de Rosen acrecentó su confianza en sí mismo.

Me temen, pensó con asombro. Incluso Rachael. Probablemente podría obligarles a abandonar

la producción de los modelos Nexus-6. Lo que yo haga en las próximas horas afectará el carácter de

sus operaciones, y puede llegar a determinar el futuro de la Rosen Association aquí, en los Estados

Unidos, en Rusia y en Marte.

Los dos miembros de la familia Rosen lo miraron aprensivamente y Rick pudo sentir la

duplicidad de sus maneras. Con él habían entrado en la casa el vacío y la llamada al silencio de la

ruina económica. Poseen un poder desmesurado, pensó Rick. Su empresa es considerada uno de los

ejes del sistema industrial. En realidad, la manufactura de androides ha llegado a ligarse tanto con el

desarrollo de la colonización que si aquella se derrumbara, éste la seguiría a su vez. Naturalmente, la

Rosen Association comprendía esto perfectamente. Y Eldon Rosen tenía plena conciencia de ello

desde que Harry Bryant había llamado.

- No hay motivo para preocuparse -dijo Rick mientras los dos Rosen lo guiaban por un amplio

corredor muy iluminado. El mismo se sentía tranquilo. La situación le agradaba más que cualquier

otra que pudiera recordar. Todos sabrían muy pronto lo que el método de prueba podía hacer, y lo

que no podía-. Si ustedes no tuvieran confianza en el test de Voigt-Kampff -observó-, probablemente

su organización habría tratado de descubrir otro superior. Podría decirse que parte de la

responsabilidad recae sobre la Rosen Association. Sí, gracias -le indicaron una habitación elegante,

un salón alfombrado, con lámparas, divanes y mesas modernas donde estaban las últimas revistas e

incluso, advirtió, el suplemento de febrero del catálogo Sidney, que él aún no había visto. En

realidad, ese suplemente sólo aparecería dentro de tres días. Era obvio que la Rosen Association

tenía una relación especial con Sidney. Irritado, cogió la publicación.

- Esto significa una violación de la confianza pública. Nadie debe tener información anticipada

de los cambios de precio.

Y también, seguramente, violaba una ley federal. Pero en vano trató de recordarla.

- Me lo llevaré conmigo -dijo, y guardó el suplemento en su cartera.

Después de una pausa, Eldon Rosen dijo con hastío:

- Nuestra política jamás ha sido la de obtener anticipación de nada como…

- Yo no soy un funcionario judicial -interrumpió Rick-. Soy un cazador de bonificaciones -de su

cartera extrajo el equipo Voigt-Kampff, y sentándose junto a una mesa baja de palo de rosa, empezó a

preparar el sencillo instrumento poligráfico-. Puede usted enviar al primer sujeto -le dijo a Eldon

Rosen, que parecía aún más inquieto.

- Me gustaría mirar -dijo Rachael, sentándose-. Nunca he visto realizar un test de empatía. ¿Qué

mide este aparato?

- Esto -dijo Rick, sosteniendo en alto un disco chato, adhesivo, de donde partían varios cables-,

mide la dilatación capilar en la región facial. Sabemos que ésta es una respuesta autónoma y

primaria, lo que llamamos “vergüenza” o “rubor” ante un estímulo moralmente inquietante. Esto no se

puede controlar voluntariamente, como ocurre en cambio con la conductividad de la piel, la

respiración o el ritmo cardíaco -le mostró el otro elemento, de donde brotaba un fino haz de luz-. Y

esto registra la tensión en los músculos oculares. Al mismo tiempo que se produce el fenómeno del

rubor hay generalmente un pequeño desplazamiento de…

- ¿Y eso no se verifica en los androides?

- Aunque biológicamente podría llegar a darse, las preguntas-estímulo no generan estas

respuestas.

- Hágame el test -dijo Rachael.

- ¿Por qué? -dijo Rick, confundido. Eldon Rosen dijo con voz ronca:

- La hemos elegido como primer sujeto. Podría ser un androide. Esperamos que nos lo pueda

decir -se sentó con varios movimientos torpes, sacó un cigarrillo, lo encendió y se quedó mirando

fijamente.

5

El pequeño haz de luz blanca iluminaba el ojo izquierdo de Rachael Rosen. El disco de malla



metálica estaba adherido a su mejilla. La muchacha parecía serena.

Rick Deckard estaba sentado en una posición que le permitía leer los dos medidores del aparato

Voigt-Kampff.

- Describiré una serie de situaciones sociales, y usted expresará su reacción lo más rápidamente

que pueda. Mediré el tiempo, por supuesto.

- Y también por supuesto, lo que yo diga no tendrá importancia. Sólo valdrá la reacción capilar

y la del músculo ocular. Pero igualmente responderé. Quiero pasar por esto y… Adelante, señor

Deckard.


Rick eligió la pregunta número tres.

- Le regalan una billetera de piel de becerro para su cumpleaños -inmediatamente las agujas

saltaron a la zona roja, y luego regresaron.

- No la aceptaría -respondió Rachael-. Y denunciaría a la policía a la persona que me la

regalara.

Después de hacer una anotación, Rick pasó a la pregunta número ocho de la escala de perfiles

del Voigt-Kampff.

- Tiene usted un niño pequeño que le muestra su colección de mariposas, y también el frasco

donde las mata.

- Lo llevaría al médico -la voz de Rachael era baja pero firme. Nuevamente las agujas se

movieron, pero menos. Rick hizo la correspondiente anotación y preguntó:

- Está viendo la TV. De pronto advierte que una avispa avanza por su brazo.

- La mataría -respondió Rachael; esta vez las agujas apenas registran un débil y corto temblor.

Rick escribió su observación y eligió cuidadosamente la pregunta siguiente.

- Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo color de una chica desnuda -se detuvo.

- ¿Es un test para saber si soy androide o si soy lesbiana?

- preguntó ácidamente Rachael. Las agujas no se movieron.

- A su marido le gusta la foto -continuó Rick; no hubo respuesta. Y agregó-: La chica está

tendida boca abajo sobre una enorme y bellísima piel de oso -los medidores no registraron cambios,

y Rick piensa: una respuesta de androide, no ha reparado en el elemento principal, la piel del animal

muerto. Se concentra en otros factores-. Su marido cuelga la foto en la pared de su estudio -concluyó.

Entonces la reacción se manifestó.

- Ciertamente no se lo permitiría -dijo Rachael.

- Está bien -asintió Rick-. Ahora está usted leyendo una novela escrita en los viejos tiempos,

antes de la guerra. Los personajes visitan el muelle de pescadores de San Francisco. Sienten hambre,

y entran en un restaurante. Uno de ellos pide langosta; el chef arroja una langosta a una olla de agua

hirviente a la vista de los personajes.

- Dios mío -dijo Rachael-. Pero eso es terrible, depravado. ¿Cómo pueden hacer eso? ¿Quiere

usted decir, una langosta viva?

Las agujas permanecieron inmóviles. La respuesta era formalmente correcta, pero simulada.

- Ha alquilado una casita de troncos de pino en la montaña -continuó Rick-. La zona es todavía

exuberante. En la casa hay un gran hogar.

- Sí -respondió Rachael, impaciente.

- Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del

hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y

entre todos deciden…

- Yo no, si es que hay una cabeza de ciervo -interrumpió Rachael. Pero los medidores no han

sobrepasado la zona verde.

- Ha quedado usted embarazada -dijo Rick- de un hombre que le ha prometido casamiento. Pero

él se marcha con otra, con su mejor amiga. Usted aborta y…

- Jamás lo haría -respondió Rachael-. Y por otra parte, no se puede. La condena es a

perpetuidad y la policía vigila permanentemente.

Las dos agujas se desplazaron al rojo con violencia.

- ¿Cómo lo sabe? ¿Cómo sabe que es difícil obtener autorización para abortar? -preguntó Rick,

con curiosidad.

- Todo el mundo lo sabe -repuso Rachael.

- Me pareció que hablaba usted por experiencia personal

- Rick miró los medidores, que mostraban intensas fluctuaciones-. Una más. Ha salido con un

hombre que la invita a visitar su casa. Una vez allí le ofrece una copa. Mientras está bebiendo, de

pie, ve el dormitorio: está decorado con atractivos cartelones taurinos, y se acerca a mirar. El la

sigue, cierra la puerta, la rodea con el brazo y le dice…

- ¿Qué es un cartelón taurino? -interrumpió Rachael.

- Un dibujo, generalmente muy grande, de colores, que muestra a un torero con su capa y a un

toro que intenta atacarlo -Rick dudó-. ¿Qué edad tiene usted? -podía ser un factor importante.

- Dieciocho años -contestó Rachael-. Está bien: él cierra la puerta y me abraza. ¿Qué dice

entonces?

- ¿Sabe usted cómo terminaban las corridas de toros?

- Me figuro que alguien quedaba herido…

- Siempre mataban al toro, al final -Rick esperó, observando las agujas, que apenas palpitaron

con inquietud; la reacción había sido débil-. Una pregunta final, en dos partes -agregó-. Usted ve una

vieja película en la TV, anterior a la guerra. Los participantes en un banquete comen ostras crudas.

- Ugh -dijo Rachael. Las agujas se movieron vivazmente.

- El entrante consiste en perro cocido, relleno de arroz

- continuó Rick. El desplazamiento de las agujas fue menor-. ¿Para usted las otras son menos

aceptables que la carne de perro? Evidentemente no -dejó su bolígrafo, apagó el haz de luz y le quitó

de la mejilla el disco adhesivo-. Usted es una androide -dijo-. Este es el resultado del test -agregó,

dirigiéndose a “ella” y a Eldon Rosen, que lo miraba con inquietud avasalladora.

La cara del anciano se contraía plásticamente de furia. Rick prosiguió con su indagación:

- Es así, ¿verdad? -no hubo respuesta de ninguno de los Rosen-. Nuestros intereses no están en

conflicto -agregó, razonablemente-. Que el test de Voigt-Kampff funcione bien es tan importante para

ustedes como para mí.

- Ella no es androide -dijo Rosen.

- No lo creo -respondió Rick.

- ¿Por qué habría de mentir? -preguntó Rachael con vehemencia-. En todo caso mentiríamos al

revés.

- Quiero un análisis de médula ósea -contestó Rick-. Es posible determinar orgánicamente si



alguien es o no un androide. Sé que es largo y doloroso, pero…

- En términos legales -dijo Rachael-, no puedo ser obligada a sufrir un análisis de médula. La

corte no lo permite, por considerar que se trata de autoacusación. Y de todos modos, en una persona

viva, no en el caso de un androide retirado, lleva largo tiempo. Usted puede aplicar ese maldito test

de Voigt-Kampff a causa de los especiales, a los que hay que vigilar constantemente. Aprovechando

que el gobierno debería ocuparse de esto, la policía ha logrado introducir el Voigt-Kampff. Pero lo

que dijo usted antes es verdad: éste es el fin del test -la muchacha se puso en pie, se apartó y se

detuvo de espaldas a él, con las manos en las caderas.

- La cuestión no es la legalidad del análisis de médula ósea -dijo Eldon Rosen con voz ronca-,

sino el fracaso del test de empatía en el caso de mi sobrina. Puedo explicarle por qué sus respuestas

son las de un androide. Rachael creció a bordo del Salader 3. Nació en él, y durante catorce de sus

dieciocho años sólo supo de la Tierra lo que encontró en la videoteca y lo que el resto de la

tripulación, nueve adultos, le contó. Y después, como recordará, cuando la nave había recorrido la

sexta parte del camino a Próxima, inició el retorno. De lo contrario, Rachael habría tenido que

esperar hasta una edad muy mayor para conocer la Tierra.

- Y la policía podría retirarme -agregó Rachael por encima del hombro-. En una redada me

matarían. Lo sé desde mi llegada, hace cuatro años. Esta no es la primera vez que me aplican el

Voigt-Kampff. En verdad, rara vez salgo de casa. El peligro es enorme, a causa de los controles

policiales y las pinzas voladoras para capturar especiales no clasificados.

- Y androides -terminó Eldon Rosen-. Aunque, naturalmente, eso no se le dice a la población.

Se supone que debe ignorar la presencia de androides en la Tierra.

- No creo que los haya -respondió Rick-. Sin duda la policía los ha cogido a todos, tanto aquí

como en la Unión Soviética. Ahora la población es pequeña. Y tarde o temprano todo el mundo ha de

pasar por los puntos de control establecidos al azar.

O, por lo menos, eso era lo que cabía esperar.

- ¿Cuáles son sus instrucciones en el caso de que el test clasifique como androide a un ser

humano? -preguntó Eldon Rosen.

- Eso es asunto oficial -Rick empezó a guardar su equipo en la cartera, mientras ambos Rosen lo

miraban en silencio-. Pero, naturalmente, debo cancelar toda prueba subsiguiente. Si hay un fracaso,

de nada sirve continuar -cerró de un golpe su cartera.

- Podríamos haberlo engañado -dijo Rachael-. Nada nos obliga a admitir que el resultado ha

sido incorrecto. O el resultado obtenido con los otros nueve sujetos elegidos. Nos habría bastado con

dejarle seguir con las pruebas sin decir nada.

- Yo habría insistido en que me dieran una lista previa, en sobre cerrado, para comparar los

resultados y obtener una confrontación concluyente.

Pero no la habría obtenido, pensó. Bryant tenía razón. Gracias a Dios que no he seguido cazando

androides sobre la base del test.

- También nosotros pensamos que lo haría -observó Eldon Rosen mirando a Rachael, que

asentía-. Habíamos estudiado esa posibilidad -reconoció.

- Este problema procede de su forma de operar, señor Rosen -dijo Rick-. Nadie obligó a su

organización a desarrollar los robots humanoides hasta un punto en que…

- Nosotros producimos lo que desean los colonos -repuso Eldon Rosen-. Hemos seguido un

principio, respetado por el tiempo, que ha justificado siempre el éxito comercial. Si nuestra empresa

no hubiera construido modelos cada vez más humanos, otras lo habrían hecho. Conocíamos los

riesgos existentes cuando desarrollamos la unidad cerebral Nexus-6. Pero d test de Voigt-Kampff era

un fracaso antes de que distribuyéramos los nuevos androides. Si usted hubiese fallado en clasificar a

un androide Nexus-6 como androide, si lo hubiese registrado como un ser humano… Pero no es eso

lo que ha ocurrido -su voz era dura y penetrante-. El departamento policial a que usted pertenece, así

como otros puede haber retirado, y es probable que lo haya hecho, a verdaderos seres humanos de

capacidad empática no desarrollada, como mi sobrina. Su posición, señor Deckard, es muy grave en

términos morales. La nuestra no lo es.

- En otras palabras -dijo agudamente Rick-, no me concederá usted la posibilidad de aplicar el

test a un solo Nexus-6. Para anticiparse a ella ha presentado en primer término a esta chica

esquizoide.

Y mi test ha sido derrotado, pensó. Debí haberme negado. Pero ahora es demasiado tarde.

- Le hemos ganado, señor Deckard -dijo Rachael Rosen con voz serena y razonable, y se volvió

hacia él, sonriendo.

Todavía no lograba comprender cómo la Rosen Association había logrado engañarlo tan

fácilmente. Una corporación gigantesca como ésa atesoraba gran experiencia, poseía en realidad una

especie de mente colectiva. Eldon y Rachael Rosen eran tan sólo los portavoces de esa entidad

múltiple. Su error, evidentemente, había consistido en considerarlos como meros individuos. Era un

error que no volvería a cometer.

- Su jefe, el inspector Bryant -dijo Rosen-, hallará difícil comprender cómo sucedió que nos

permitiera usted anular su método de prueba antes de comenzar el test -señaló el cielorraso, y Rick

vio la lente de una cámara: el error cometido con los Rosen había sido registrado-. Creo que lo más

conveniente para todos -agregó Eldon- será que nos sentemos y… Podemos llegar a un acuerdo,

señor Deckard -hizo un gesto afable-. No hay motivo de preocupación. El modelo de androide

Nexus-6 es un hecho. Así lo reconocemos en la Rosen Association, y creo que también usted lo

reconoce ahora.

Rachael se inclinó sobre Rick.

- ¿Le gustaría ser dueño de un búho?

- Creo que jamás lo seré -comprendía perfectamente lo que ella había querido insinuar; sabía

qué transacción se proponía realizar la Rosen Association. Sintió en su interior una tensión que no

había experimentado hasta entonces, y que explotaba suavemente en todas las zonas de su cuerpo. La

conciencia de lo que estaba ocurriendo se apoderó de él por completo.

- Pero eso es precisamente lo que desea: un búho -dijo Eldon Rosen, que miró

interrogativamente a su sobrina-. Creo que no comprende.

- Por supuesto que comprende -repuso ella-. Sabe con toda exactitud adonde lleva esto. ¿No es

así, señor Deckard? -volvió a inclinarse sobre él, tanto que Rick percibió una suave fragancia y

quizá su calidez-. Pues prácticamente lo ha conseguido, señor Deckard; podríamos decir que el búho

ya es suyo -y agregó, dirigiéndose a su tío-: Es un cazador de bonificaciones, ¿recuerdas? Por lo

tanto, vive de las bonificaciones que gana, y no sólo del sueldo. ¿No es así, señor Deckard?

Rick asintió.

- ¿Cuántos androides se han escapado esta vez? -preguntó Rachael.

- Eran ocho, originariamente. Dos ya han sido retirados. No por mí.

- ¿Cuánto recibe por cada androide?

- Según -respondió Rick, encogiéndose de hombros. Rachael continuó:

- Si no dispone de un test, no tiene forma de identificar a los androides ni, por consiguiente, de

cobrar sus bonificaciones. De modo que si abandona la escala de Voigt-Kampff…

- Otra nueva la reemplazará -dijo Rick-. Ya ha ocurrido antes -exactamente, tres veces. Pero

esta vez era diferente, porque el nuevo test, el instrumento analítico más moderno, ya estaba a su

disposición.

- Naturalmente, el test de Voigt-Kampff terminará por ser anticuado -dijo Rachael-. Pero

todavía no. Estamos convencidos de que es apto para distinguir a los modelos equipados con el

Nexus-6 y querríamos que, en su peculiar tarea, continuara usted trabajando sobre esta base -la chica

lo miraba intensamente, balanceándose y con los brazos cruzados apretados; trataba de medir su

reacción.

- Dile que puede quedarse con el búho -sugirió Eldon Rosen.

- Así es -dijo Rachael, sin dejar de mirarlo-. El que ha visto en el terrado. Scrappy. Pero si

conseguimos un macho, debe permitir que se aparee con ella. Y que quede bien en claro que la

descendencia será nuestra.

- Dividiremos la nidada -propuso Rick.

- No -repuso instantáneamente Rachael, y Eldon Rosen negó con la cabeza en señal de apoyo a

su sobrina-. De ese modo tendría usted derecho a la única familia de búhos hasta el fin de los

tiempos. Y hay otra condición: no puede cederlo en herencia. A su muerte, volverá a manos de la

Rosen Association.

- Eso parece una invitación a que me maten -contestó Rick-. Bonita forma de recuperar

inmediatamente el búho… No puedo aceptar. Es demasiado peligroso.

- Usted es un cazador de bonificaciones -dijo Rachael-. Sabe usar un arma láser. En este preciso

instante lleva una. Si no es capaz de defenderse, ¿cómo piensa retirar a los seis andrillos Nexus-6

restantes? Son bastante más inteligentes que los viejos W-4 de la Gozzi Corporation.

- Pero yo los persigo a ellos -replicó Rick-. En cambio, si acepto la cláusula de reversión,

alguien me perseguiría a mí -no le gustaba la idea de que lo persiguieran. Había visto el efecto que

esto provocaba incluso en los androides.

- Está bien -dijo Rachael-. Cederemos en ese punto, y podrá legar el búho a sus descendientes.

Pero insistimos en conservar la nidada completa. Si no está de acuerdo con esto, vuelva a San

Francisco, reconozca ante sus superiores que el test de Voigt-Kampff, al menos en la forma en que

usted lo aplica, no puede distinguir entre un andrillo y un ser humano. Y luego búsquese otro trabajo.

- Querría un poco de tiempo para decidir -dijo Rick.

- Está bien -respondió Rachael, y miró su reloj-. Puede quedarse aquí.

- Media hora -agregó Eldon Rosen, como aclaración.

Ambos Rosen se dirigieron hacia la puerta.

Ellos ya habían hablado, pensó Rick. Ahora le correspondía a él dar una respuesta. Cuando

Rachael se disponía a cerrar la puerta, Deckard le habló con dureza:

- Estoy perfectamente atrapado. Tienen la prueba de que me he equivocado con usted. Saben que

mi trabajo depende del test de Voigt-Kampff. Y además está ese maldito búho.

- Es suyo, ¿recuerda? -dijo Rachael-. Le pondremos en la pata una cintila con su dirección y lo

despacharemos a San Francisco. Lo recibirá en su casa cuando regrese del trabajo.

- Un momento -dijo Rick.

- ¿Ya ha tomado su decisión? -preguntó Rachael, deteniéndose en la puerta.

- Querría hacerle otra pregunta del Voigt-Kampff. Rachael miró a su tío, que asintió. De mala

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