Vaya a la puerta



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gana, volvió a sentarse como antes.

- ¿Para qué? -preguntó con las cejas elevadas por el desagrado y también por el temor. Rick

advirtió, profesionalmente, la tensión de su cuerpo.

Nuevamente dirigió el haz de luz al ojo derecho de la muchacha y puso el disco adhesivo en

contacto con su mejilla. Rachael estaba rígida. Su expresión de extremo disgusto no había

desaparecido.

- Bonita cartera, ¿verdad? -dijo Rick mientras buscaba los formularios impresos del test-. Es

del departamento.

- Sí, ¿eh? -respondió Rachael, ausente.

- Es de piel de bebé -agregó Rick, acariciando la piel negra de la cartera-. Cien por ciento

genuina -vio que después de una pausa las agujas se pusieron a fluctuar con frenesí. La reacción

había llegado tarde. El conocía el tiempo exacto de reaccionar, en fracciones de segundo. Sabía que

no debía haber demora-. Gracias, señorita Rosen. Eso era todo -recogió de nuevo su equipo.

- ¿Se marcha? -preguntó Rachael.

- Sí. He terminado. Cautelosamente, Rachael preguntó:

- ¿… y los otros nueve?

- El test ha funcionado adecuadamente en su caso -explicó Rick-. Puedo deducir de esto que

evidentemente es aún efectivo -se dirigió a Eldon Rosen, que estaba inerte, junto a la puerta-: ¿Ella

lo sabe? -a veces no era así: en muchas ocasiones se los dotaba de una falsa memoria, con la errónea

esperanza de que alterara las reacciones ante el test.

- No -contestó Eldon Rosen-. La hemos programado completamente. Pero creo que hacia el final

ha empezado a sospechar -a la muchacha le dijo-: ¿No fue así, cuando él te pidió una nueva prueba?

Rachael, muy pálida, asintió.

- No temas -le dijo Eldon Rosen-. No eres un androide escapado ilegalmente. Eres propiedad

de la Rosen Association, que te emplea como muestra para las ventas a futuros emigrantes -se acercó

a la chica y apoyó la mano en su hombro. Rachael se apartó del contacto.

- Es verdad -observó Rick-. No la retiraré, señorita Rosen. Buenos días -empezó a avanzar

hacia la puerta, y se detuvo-. ¿El búho es real?

Rachael dirigió una rápida mirada a su tío.

- Se marchará de todos modos -contestó Rosen-. Da lo mismo. El búho es artificial. No quedan

búhos.


- Hmmm -murmuró Rick, mientras salía al pasillo. Nadie dijo nada más. No había nada que

decir. Así operan los grandes fabricantes de androides, se dijo Rick. De una manera sinuosa que

jamás había observado anteriormente. Demostraban un tipo nuevo de personalidad, compleja y

extraña. No era difícil comprender que la justicia tuviera dificultades con el Nexus-6

El Nexus-6. Finalmente lo había conocido. Rachael era un Nexus-6, sin duda alguna. El primer

androide de ese tipo que he visto, se dijo. Y poco había faltado para que los Rosen minaran nuestra

confianza en el test de Voigt-Kampff, único instrumento que permite descubrirlos. Casi lo habían

logrado. La Rosen Association había hecho un buen trabajo, o al menos un buen intento, para

defender sus productos.

Y yo debo enfrentar a otros seis, para terminar la tarea, reflexionó Rick. Se ganaría cada

centavo de esas bonificaciones.

Suponiendo que llegara vivo a! final.

6

El televisor atronaba. Mientras descendía las grandes escaleras desiertas y cubiertas de polvo



hacia el nivel inferior, John Isidore distinguía la voz familiar y burbujeante del Amigo Buster, que se

dirigía eufórico a su audiencia de todo el sistema.

- Hola, hola, amigos. ¡Zip, clip, zip! Es la hora de nuestro breve comentario sobre el tiempo de

mañana. Primero la Costa Este de los Estados Unidos. El satélite Mungoose comunica que la

radiación aumentará hacia el mediodía y disminuirá luego, gradualmente. De modo que todos los

queridos amigos que deseen salir deberán esperar hasta la tarde, ¿en? Y hablando de esperar, faltan

sólo diez horas para el anuncio de una gran noticia, en mi informe especial. Decid a vuestros amigos

que no se pierdan el programa. Revelaré algo que os asombrará. Quizás algunos conjeturen que,

como de costumbre…

Isidore golpeó la puerta y la voz cesó. No era meramente que hubiese callado; había dejado de

existir, aterrorizada hasta la muerte por el golpe.

Isidore sintió, detrás de la puerta cerrada, la presencia de vida. Sus sentidos alerta percibían, o

fabricaban, el miedo silencioso y terrible de alguien que se alejaba, que se apretujaba contra la pared

opuesta para escapar de él.

- Eh -dijo-. Yo vivo arriba. He oído la TV. Deberíamos conocernos, ¿no le parece? -esperó

mientras escuchaba; ni un sonido, ni un movimiento. Sus palabras no habían logrado tranquilizar al

vecino-. Le he traído un paquete de margarina -agregó, acercándose a la puerta para que le oyeran

mejor-. Mi nombre es J. R. Isidore y trabajo para el conocido veterinario, el señor Hannibal Sloat,

sin duda habrá oído hablar de él. Soy una persona honorable, y tengo un trabajo: conduzco el camión

del señor Sloat.

La puerta se entreabrió y vio la figura fragmentaria, torcida y encogida de una chica que al

mismo tiempo trataba de alejarse y de mantenerse cogida de la puerta, como buscando apoyo físico.

El miedo le daba el aire de una persona enferma, distorsionaba las líneas de su cuerpo, como si

alguien lo hubiese roto y luego lo hubiera armado deliberadamente en desorden. Sus ojos, enormes,

lo miraban fijamente mientras intentaba sonreír.

Isidore comprendió de repente y dijo:

- Usted creía que aquí no vivía nadie. Pensó que la casa estaba abandonada…

- Sí -susurró la muchacha.

- Pero es una suerte tener un vecino -respondió Isidore-. Hasta su llegada, yo no tenía ninguno -y

eso no era nada divertido, bien lo sabía.

- ¿Es usted el único? -preguntó la chica-. ¿En todo el edificio, aparte de mí? -estaba perdiendo

la timidez, su cuerpo se enderezó y se alisó el pelo con la mano.

El advirtió que tenía una bonita silueta, aunque pequeña, y bellos ojos subrayados por largas

pestañas. Cogida de sorpresa, sólo tenía puestos los pantalones de un pijama. Más atrás se veía una

habitación en desorden. Había maletas abiertas aquí y allá, con el contenido medio desparramado

por el suelo cubierto de cosas. Era natural: acababa de llegar.

- Sí, soy el único -respondió Isidore-. Y no quiero molestarla -se sentía alicaído; su ofrenda,

que tenía el carácter de un auténtico rito de preguerra, no había sido aceptada. En realidad, la chica

ni siquiera se había dado cuenta. O tal vez no sabía qué era un paquete de margarina. El tuvo esa

intuición. La muchacha parecía, sobre todo, asombrada, como si acabara de emerger de las

profundidades y flotara ahora a la deriva entre el oleaje menguante del miedo-. El viejo amigo Buster

-agregó, tratando de deponer su actitud rígida-. ¿Le gusta? Yo lo veo todas las mañanas y también a

la noche, cuando vuelvo a casa. Mientras ceno, y también el programa final. Es decir, lo veía antes

de que se me rompiera el televisor.

- ¿Quién…? -empezó la chica, y se interrumpió. Se mordió el labio, evidentemente furiosísima

con ella misma.

- El Amigo Buster -explicó Isidore. Le parecía extraño que esa muchacha nunca hubiera oído

hablar del cómico de TV más chistoso de la Tierra-. ¿De dónde ha venido usted? -preguntó.

- No me parece que eso tenga importancia -la chica alzó rápidamente la vista hacia él y vio algo

que aparentemente le devolvió la serenidad pues su cuerpo se relajó-. Cuando esté más instalada, me

encantará su compañía. Pero… ahora mismo, no puede ser.

- ¿Por qué no puede ser? -estaba sorprendido. Todo en ella le sorprendía. Quizás he vivido solo

demasiado tiempo, pensó, y me he vuelto raro. Dicen que eso ocurre a los cabezas de chorlito. La

idea lo entristeció aún más-. Podría ayudarle a desempacar -sugirió. La puerta estaba casi cerrada-.

Y con sus muebles.

- No tengo muebles -respondió ella, y agregó, señalando-: Todo eso ya estaba aquí.

- No servirá -dijo Isidore. Bastaba con una mirada. Las sillas, las mesas, la alfombra, todo

estaba deteriorado, amontonado, era víctima de la fuerza despótica del tiempo. Y del abandono.

Nadie había vivido en ese apartamento durante años; la ruina era casi completa. No podía imaginar

cómo esa chica se proponía vivir allí-. Escuche -le dijo con seriedad-, si recorremos el edificio,

probablemente encontraremos cosas en mejor estado. Una lámpara en un piso, una mesa en otro…

- Gracias -replicó ella-. Lo haré yo misma.

- ¿Y va a entrar sola en los apartamentos? -no lo podía creer.

- ¿Por qué no? -volvió a estremecerse, e hizo una mueca, consciente de haberse equivocado.

- Una vez lo hice -dijo Isidore-. Después me metí en mi casa y no volví a pensar en el resto.

Apartamentos donde nadie vive…, son centenares. Están llenos de cosas de la gente; fotos de familia,

ropas… Los que murieron no pudieron llevarse nada, y los que emigraban no querían… Aparte de mi

piso, este edificio está completamente kippelizado.

- ¿Kippelizado? -ella no entendía.

- Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas después de que

se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente, el kippel

se reproduce. Por ejemplo, si se va usted a la cama y deja un poco de kippel en la casa, cuando se

despierta a la mañana siguiente hay dos veces más. Cada vez hay más.

- Comprendo -la chica lo miraba con duda, no sabía si creer o no, ni siquiera si él hablaba en

serio.

- Esa es la primera Ley de Kippel -dijo él-. El kippel expulsa al no-kippel. Como la ley de



Gresham acerca de la mala moneda. Y en estos apartamentos no hay nadie para compartir el kippel.

- De modo que se ha apoderado de todo -concluyó la muchacha-. Ahora comprendo.

- Este lugar -continuó Isidore-, este apartamento que ha elegido, está demasiado kippelizado

para vivir en él. Podemos rechazar el factor Kippel; podemos hacer lo que le dije, buscar en los

otros apartamentos. Pero…

Se interrumpió.

- ¿Pero qué?

- No podemos ganar.

- ¿Por qué no? -la chica salió al pasillo cerrando la puerta tras de sí. Cruzó los brazos

modestamente sobre sus senos altos y pequeños, y enfrentó a Isidore, ansiosa por comprender. Al

menos eso le pareció a él. Se la notaba atenta.

- Nadie puede vencer al kippel -continuó-, salvo, quizás, en forma temporaria y en un punto

determinado, como mi apartamento, donde he logrado una especie de equilibrio entre kippel y no-

kippel, al menos por ahora. Pero algún día me iré, o moriré, y entonces el kippel volverá a dominarlo

todo. Es un principio básico: todo el universo avanza hacia una fase final de absoluta kippelización.

Con la única excepción del ascenso del Wilbur Mercer.

La muchacha lo miró.

- No veo qué tiene eso que ver…

- Pues es la base del Mercerismo -nuevamente se sintió sorprendido-. ¿No participa usted de la

fusión? ¿No tiene una caja de empatía?

Después de una pausa, la chica dijo cuidadosamente:

- No la he traído. Pensé que encontraría una aquí.

- Pero una caja de empatía es… es la cosa más personal que alguien puede poseer -dijo él,

tartamudeando de excitación-. Es una extensión del cuerpo, la forma de tocar a todos los demás seres

humanos y dejar de estar solo. Usted lo sabe, todo el mundo lo sabe… Mercer permite que incluso

gente como yo… -se interrumpió, pero era demasiado tarde. Pudo ver en la cara de la chica un

destello de brusco rechazo; era evidente que había comprendido-. Casi pasé el test de CI -continuó

en voz baja y temblorosa-. No soy muy especial, sólo moderadamente, y no como otros. Pero a

Mercer no le importa.

- Para mí -respondió ella-, ése es un grave defecto del Mercerismo -su voz era clara y neutra,

sólo se proponía enunciar un hecho: cómo consideraba ella a los cabezas de chorlito.

- Creo que volveré arriba -dijo Isidore, y empezó a alejarse, con su paquete de margarina, que

en contacto con su mano se había puesto húmedo y blando.

La chica lo miró con la misma expresión neutra, y luego lo llamó.

- Espere.

- ¿Por qué -preguntó él, volviéndose.

- Lo necesito. Para buscar muebles adecuados, en otros pisos, como usted dijo -avanzó hacia él.

Su cuerpo desnudo de la cintura para arriba, delgado, perfecto, no tenía un solo gramo de grasa de

más-. ¿A qué hora vuelve a su casa del trabajo? Cuando regrese me ayudará.

- ¿No podría preparar usted la cena para los dos…, si yo traigo lo necesario?

- No, tengo mucho que hacer -la chica rechazó el pedido sin esfuerzo y, como él pudo advertir,

sin haberlo comprendido; ahora que el miedo había desaparecido, empezaba a brotar de ella algo

más, algo extraño. Y deplorable, pensó Isidore. Cierta frialdad, semejante al hálito del vacío entre

los mundos habitados, algo venido de ninguna parte. No era lo que ella decía o hacía, sino más bien

lo que no hacía ni decía-. En alguna otra oportunidad -agregó la chica, retrocediendo hacia la puerta

de su apartamento.

- ¿Entendió mi nombre? -preguntó él-. John Isidore. Trabajo para…

- Ya me lo ha dicho -se detuvo junto a la puerta y la abrió-. Una persona llamada Hannibal

Sloat, que no sé si existe fuera de su imaginación. Y mi nombre es -lo miró sin calidez, vacilando,

mientras entraba- Rachael Rosen.

- ¿… de la Rosen Association? -preguntó él-. Es el mayor fabricante en todo el sistema, de los

robots humanoides que se emplean en nuestro programa de colonización -una complicada expresión

pasó fugazmente por su rostro y desapareció enseguida.

- No -respondió ella-. Nunca he oído hablar de ellos. No sé nada de eso. Me figuro que serán

sólo fantasías de un cabeza de chorlito. John Isidore y su caja de empatía privada, pobre señor

Isidore.


- Pero su nombre…

- Mi nombre es Pris Stratton -dijo la chica-. Es mi nombre de casada, el que siempre uso. Puede

llamarme Pris -reflexionó-. No. Será mejor que me llame señora Stratton, porque en realidad no nos

conocemos. Al menos yo no lo conozco -la puerta se cerró e Isidore se encontró solo en el pasillo

oscuro y cubierto de polvo.

7

Pues bien, así será, pensó J. R. Isidore, con su blando paquete de margarina aferrado en la



mano. Aunque quizá cambie de idea y me permita que la llame Pris. Y también acerca de la cena, si

puedo conseguir un bote de hortalizas de antes de la guerra.

Puede ser que no sepa cocinar, se dijo de pronto. Está bien, pero yo puedo. Prepararé la cena

para los dos. Y le enseñaré, para que ella también pueda hacerlo en el futuro si lo desea. Y sin duda

querrá, cuando haya aprendido. Por lo que sé, a la mayoría de las mujeres, incluso las jóvenes como

ella, le agrada cocinar. Es un instinto.

Subió las escaleras oscuras y regresó a su apartamento.

Verdaderamente ella no sabe nada, pensó mientras se ponía su blanco uniforme de trabajo.

Incluso si se daba prisa llegaría tarde a su trabajo y el señor Sloat se enfadaría, pero ¿qué

importaba? Por ejemplo, no había oído hablar del Amigo Buster. Eso era imposible: Buster era la

persona viva más importante, a excepción, por supuesto de Wilbur Mercer… Pero Mercer no era

humano, reflexionó; evidentemente se trataba de una entidad arquetípica de las estrellas, impresa en

nuestra cultura por un troquel cósmico… Al menos eso es lo que he oído decir a algunas personas, al

señor Sloat, por ejemplo. Y Hannibal Sloat tenía que saberlo.

También era extraño que ella no hubiese podido ponerse de acuerdo acerca de su propio

nombre. Quizá necesitaba ayuda. ¿Podré ayudarla de alguna manera?, se preguntó. Un especial, un

cabeza de chorlito, ¿qué puede hacer? No puedo casarme.

Una hora más tarde, en el camión de la compañía, recogía el primer animal averiado del día: un

gato eléctrico. Lo había dejado en la parte posterior del camión, una caja plástica a prueba de polvo.

Y allí estaba jadeando en forma extraña. Cualquiera pensaría que es real, se dijo Isidore mientras

regresaba al hospital de animales Van Ness, esa pequeña empresa de nombre cuidadosamente

simulado que apenas lograba sobrevivir en el duro y competitivo sector de la reparación de animales

falsos.

El gato gemía.



Por Dios, se dijo Isidore. Verdaderamente, parece que se está muriendo. Quizá su batería de

diez años ha sufrido un corto circuito y se le están quemando todas las conexiones. Un trabajo

importante: Milt Borogrove, el encargado de reparaciones del hospital, tendría mucho que hacer. Y

yo no pude hacerle un presupuesto al propietario, recordó Isidore, preocupado. El hombre

simplemente me arrojó el animal: dijo que había empezado a fallar durante la noche, y luego se fue a

trabajar. Bruscamente, el momentáneo intercambio verbal había cesado; el dueño del gato había

desaparecido en el cielo, en su hermoso coche aéreo a la medida, de último modelo. Y era un cliente

nuevo.


- ¿Puedes aguantar hasta que lleguemos? -le dijo al gato, que seguía jadeando-. Te recargaré en

el camino -Isidore, después de adoptar esta decisión, aparcó el camión aéreo en el primer terrado

que vio, lo dejó con el motor en marcha, fue a la parte posterior, y abrió la caja plástica a prueba de

polvo, que junto con su traje blanco y con el nombre del hospital impreso en el camión daban

perfectamente la impresión de un verdadero veterinario que estaba curando a un verdadero animal.

El gato eléctrico, con su piel de estilo auténtico, echaba espuma por sus fauces metálicas

apretadas, y tenía los ojos vidriosos. Siempre le habían sorprendido los circuitos de “enfermedad”

que les ponían a los animales falsos: el aparato que tenía en el regazo había sido construido de tal

manera que si un elemento esencial fallaba, la cosa parecía no estar rota sino orgánicamente enferma.

El mismo habría podido confundirse. Buscó en el estómago el panel oculto del control (muy pequeño

en ese tipo de seudo-animal), y los terminales de carga rápida de la batería; no los encontró. Y no

podía perder mucho tiempo, porque el mecanismo estaba a punto de detenerse. Si realmente es un

cortocircuito, pensó, debería arrancar uno de los cables de la batería. Se detendrá, pero no seguirá

deteriorándose. Y luego, en la tienda, Milt volverá a cargarlo.

Pasó diestramente los dedos por la columna vertebral. Allí tendrían que estar los cables, pero ni

siquiera tras un minucioso examen logró descubrirlos. Una obra maestra, una imitación absolutamente

perfecta. Debía de ser de Wheelright eran más caros, pero estaba a la vista la calidad del trabajo.

Se dio por vencido. El falso gato había dejado de funcionar; sin duda el cortocircuito -si de eso

se trataba- había agotado la reserva de energía y dañado el mecanismo básico. Eso significaba

dinero, pensó. Pero el dueño evidentemente no había procedido al lavado y engrasado preventivo,

tres veces por año, que era esencial. Tal vez ahora aprendería, por las malas.

Isidore retornó al asiento del conductor, llevó los mandos a la posición de ascenso y el aparato

zumbó nuevamente hacia el cielo, para continuar el viaje hasta la tienda de reparaciones.

Ya no tenía que oír el estertor del gato eléctrico, y podía relajarse. Es curioso, pensó; sé

racionalmente que es falso, pero con todo, los ruidos que hace un animal eléctrico cuando se le

quema el motor me producen un nudo en el estómago. Me gustaría conseguir otro empleo. Si no

hubiera fracasado en el test del CI no estaría obligado a cumplir esta vergonzosa tarea, con todas sus

secuelas emocionales. Por otra parte, los sufrimientos sintéticos de los seudo-animales en nada

afectan a Milt Borogrove ni a su jefe Hannibal Sloat. Así que quizá sea todo cosa mía, se dijo John

Isidore. Tal vez, cuando uno retrocede en la escala de la evolución, como yo he hecho; cuando uno se

hunde en el pantanoso mundo-tumba de ser un especial…, lo mejor es no preocuparse por ese tipo de

inquietudes. Nada le deprimía más que las evocaciones de la capacidad mental que una vez había

poseído, en comparación con su estado presente. Cada día era menos fuerte y sagaz, así como miles

de otros especiales que, en toda la Tierra, se dirigían hacia el montoncito final de cenizas hasta

convertirse en kippel viviente.

En busca de compañía, encendió la radio y buscó el show del Amigo Buster que, como la

versión de TV, duraba veintitrés horas continuadas por día. La hora restante era ocupada por una

señal religiosa de ajuste, diez minutos de silencio, y otra señal religiosa que indicaba el comienzo

del programa siguiente.

- … felices de que vuelva a estar con nosotros -decía el Amigo Buster-. Veamos, Amanda: hace

dos días que no vienes. ¿Has iniciado una huelga, querida?

- Vien, yo estó por hacer una velga aier, pero me iamarron a las siete…

- ¿A las siete AM? -preguntó el Amigo Buster.

- Sí, a las siete “am”, Vuster -Amanda Werner soltó esa famosa risa, tan falsa como la del

mismo Buster.

Amanda Werner y varias otras damas extranjeras, hermosas, elegantes, de senos cónicos,

provenientes de países no especificados ni bien definidos, junto con unos pocos presuntos humoristas

rurales, constituían el perpetuo grupo del Amigo Buster. Las mujeres como Amanda Werner nunca

aparecían en películas ni obras de teatro: vivían sus extrañas y alegres vidas como huéspedes del

interminable show de Buster, donde aparecían unas setenta horas semanales, según lo que una vez

había calculado Isidore.

¿Cómo hacía el Amigo Buster para realizar sus dos shows, el de radio y el de TV? ¿Y cómo

encontraba tiempo Amanda Werner para participar día por medio en el show, mes tras mes y año tras

año? ¿Cómo hacían para hablar todo el tiempo? Porque jamás se repetían. Sus réplicas, siempre

nuevas e ingeniosas, no podían haber sido ensayadas. Amanda tenía el pelo, los ojos, los dientes

brillantes. Nunca estaba decaída o cansada, nunca dejaba de hallar una respuesta graciosa para el

tiroteo de chistes y agudezas del Amigo Buster. El Show del Amigo Buster, transmitido y televisado

a toda la Tierra vía satélite, llegaba también a los emigrantes en los planetas-colonia. Se habían

hecho transmisiones de prueba a Próxima, por si la colonización humana se extendía hasta allá. Si el

Salander 3 hubiese llegado a su destino, sus pasajeros habrían de encontrar ahí el Show del Amigo

Buster. Y se alegrarían.

Pero había algo de Buster que irritaba a Isidore, una cosa muy particular. De un modo sutil, casi

imperceptiblemente, ridiculizaba a las cajas de empatía. Lo había hecho muchas veces, y lo estaba

haciendo precisamente en ese momento.

- … Nada de rocas para mí -le decía a Amanda Werner-. Y si tengo que trepar a una montaña,

me llevaré un par de botellas de cerveza Budweiser -el público se rió y aplaudió-. Y allí en la cima,

revelaré una gran noticia cuidadosamente documentada. ¡Faltan exactamente diez horas para el

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