Vaya a la puerta



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informe especial!

- ¿Y yo, querrido? -exclamó Amanda-. ¡Llévame consigo! Yo protejo ti si nos tirran piedra -el

público volvió a aullar de risa y John Isidore sintió una furia sorda e impotente que le subía por la

nuca. ¿Por qué el Amigo Buster siempre atacaba al Mercerismo? A nadie más parecía molestarle.

Hasta las Naciones Unidas aprobaban. Y eso que la policía soviética y la americana habían

declarado públicamente que el Mercerismo reducía la delincuencia al tornar a los ciudadanos más

conscientes de sus vecinos. Titus Corning, el Secretario General de las Naciones Unidas, había

repetido varias veces: "La humanidad necesita más empatía". Quizá Buster esté celoso, pensó

Isidore. Eso sería una explicación. Wilbur Mercer y él competían. Pero, ¿por qué competían?

Por nuestras mentes, se respondió Isidore. Luchan por el control de nuestro yo psíquico; por una

parte la caja de empatía y por otra las burlas y risotadas del Amigo Buster. Debo decirle esto a

Hannibal Sloat y preguntarle si es cierto, pensó. El ha de saberlo.

Aparcó su camión en el terrado del hospital de animales Van Ness y llevó rápidamente la caja

plástica con el seudo-gato inerte al despacho de Hannibal Sloat. Apenas entró, el señor Sloat

despegó la vista de un catálogo de repuestos. Su cara gris parecía ondulada como el mar. Hannibal

Sloat, aunque no era un especial, era demasiado viejo para emigrar y estaba condenado

a pasar el resto de su vida en la Tierra. A lo largo de los años, el polvo radiactivo lo había

desgastado. Había tornado grises sus facciones y sus pensamientos, débiles sus piernas e incierto su

andar. Veía el mundo a través de unas gafas literalmente cubiertas de polvo. Por alguna razón jamás

las limpiaba, era como si estuviese resignado: se había sometido al polvo que, mucho antes, había

emprendido la tarea de sepultarlo. Ya oscurecía su visión, y durante los pocos años que le restaban

corrompería sus otros sentidos hasta que sólo quedara su voz de pájaro, y ella también terminaría por

desaparecer.

- ¿Qué es eso? -preguntó el señor Sloat.

- Un gato con un cortocircuito en la batería -respondió Isidore, depositando la caja sobre la

mesa cubierta de papeles de su jefe.

- ¿Y por qué me lo traes a mí? -preguntó Sloat-. Llévaselo abajo a Milt.

A pesar de lo que había dicho, Sloat abrió la caja y sacó el gato. En un tiempo se había ocupado

de las reparaciones. Y por cierto que muy bien.

Isidore dijo:

- Se me ha ocurrido que el Amigo Buster y el Mercerismo están en pugna por el control de

nuestro yo psíquico.

- Si es así -repuso Sloat mientras examinaba al gato-, Buster está ganando.

- Por ahora sí -dijo Isidore-, pero finalmente perderá. Sloat alzó la cabeza y lo miró fijamente.

- ¿Por qué?

- Porque Wilbur Mercer se renueva continuamente. Es eterno. En la cima de la colina cae

derribado; se hunde en el mundo-tumba, y luego, inevitablemente, vuelve a elevarse. Y nosotros con

él. Así que también nosotros somos eternos -se sentía bien, y hablaba claramente. Normalmente, en

presencia del señor Sloat tartamudeaba.

Sloat respondió:

- Buster es inmortal, como Mercer. No hay ninguna diferencia.

- Pero ¿cómo puede ser? Si es un hombre…

- No sé -dijo Sloat-. Pero es cierto. Por supuesto, jamás han dicho nada.

- ¿Será por eso entonces que Buster puede hacer cuarenta y seis horas de show por día?

- Así es -respondió Sloat.

- ¿Y Amanda Werner, y las demás mujeres?

- También son inmortales.

- ¿Son alguna forma superior de vida, de otro sistema?

- Nunca he podido determinarlo con seguridad -dijo el señor Sloat, que continuaba examinando

al animal-, como lo he hecho de modo concluyente en el caso de Wilbur Mercer -se quitó las gafas

cubiertas de polvo y miró sin ellas la boca entreabierta del gato. Luego soltó una maldición, una

larga retahíla de improperios que duró, ajuicio de Isidore, un minuto completo-. Este gato no es falso

-dijo finalmente-. Siempre supe que podía ocurrir una cosa así. Y está muerto -miró el cadáver del

gato y volvió a maldecir.

En la puerta del despacho apareció Milt Borogrove, corpulento, de piel granulada, con la sucia

bata de lona azul.

- ¿Qué ocurre? -preguntó. Al ver al gato, entró en el despacho y lo alzó.

- Lo acaba de traer el cabeza de chorlito -respondió Sloat. Nunca había usado esa expresión en

presencia de Isidore.

- Si viviera -dijo Milt-, podríamos llevarlo a un verdadero veterinario. Me pregunto cuánto

valdrá… ¿No hay un ejemplar del Sidney?

- ¿Sss-ssu ss-sseg-gugugu seguro lo cucucucubre? -le preguntó Isidore al señor Sloat. Le

temblaban las piernas, y sentía que la habitación se tornaba castaño oscuro con manchitas verdes.

- Sí -respondió finalmente Sloat-. Pero me duele la pérdida, la pérdida de otra criatura viviente.

¿No te diste cuenta, Isidore? ¿No veías la diferencia?

- Yo creí que era una imitación de primera -logró articular Isidore-, tan buena que me engañó.

Quiero decir, que parecía vivo y que…

- No creo que Isidore pudiera ver la diferencia -dijo bonachonamente Milt-. Para él, todos están

vivos, incluso los seudo-animales. Y seguramente intentó salvarlo. ¿Qué hiciste? Trataste de recargar

la batería…, ¿verdad? -preguntó a Isidore-. ¿O de localizar el cortocircuito?

- Sí-admitió Isidore.

- Probablemente ya era tarde para salvarlo -agregó Milt-. Deja en paz a Isidore, Han. No le falta

razón: los seudo-animales están empezando a ser casi reales, con esos circuitos de enfermedad que

les ponen a los últimos modelos. Y los animales de verdad se mueren: ése es el riesgo de tener uno.

Lo que sucede es que nosotros no estamos acostumbrados porque sólo nos ocupamos de los falsos.

- Una maldita pérdida -insistió Sloat.

- Pero según Mmemercer -observó Isidore-, to-toda vida retorna. Y los animales ta-también

cucumplen el ciclo. Quiero decir, todos ascendemos con él, morimos y…

- Eso se lo dirás al dueño del gato -repuso Sloat. Sin saber si su jefe hablaba seriamente,

Isidore dijo:

- ¿Quiere decir que yo debo hacerlo? Pero siempre se ocupa usted mismo del videófono -le

tenía fobia al videófono; y hacer una llamada, sobre todo a un desconocido, le resultaba virtualmente

imposible. Y el señor Sloat, naturalmente, lo sabía.

- No lo obligues -dijo Milt-. Yo lo haré. ¿Cuál es el número?

- Lo he metido en alguna parte -replicó Isidore, buscando en los bolsillos de su bata.

- Quiero que llame el cabeza de chorlito -ordenó Sloat.

- Pero no puedo usar el videófono -protestó Isidore, angustiado-. Porque soy feo, agachado,

peludo, ceniciento y de dientes separados. Y además me siento mal a causa de la radiación. Creo que

me voy a morir.

Milt sonrió y dijo:

- Creo que si yo me sintiera así tampoco usaría el videófono. Vamos, Isidore; si no me dices el

número del dueño no podré llamar y tendrás que hacerlo tú.

- O llama el cabeza de chorlito, o está despedido -Sloat no se dirigía a Milt ni a Isidore, sólo

miraba al frente.

- Vamos -protestó Milt.

- Nonono quiero queque me llame ca-cabeza de chor chorlito. El pol polvo le ha hecho daño a

us usted también. Aunque no en el cerebro, como a mí -estoy despedido, pensó. No puedo hacer esa

llamada. Pero entonces recordó que el dueño del gato se había marchado a trabajar. No habría nadie

en la casa-. Bue-bueno, llamaré -dijo, sacando la tarjeta con el número.

- ¿Ves? -le dijo el señor Sloat a Milt-. Si tiene que hacerlo, lo hace.

Sentado ante el videófono, con el receptor en la mano, Isidore llamó.

- Sí -respondió Milt-. Pero no deberías exigírselo. Y tiene razón: también a ti te ha afectado el

polvo. Estás casi ciego y dentro de un par de años no oirás nada.

- Y tu cara parece alimento para perros -le recordó Sloat. En la pantalla apareció una cara de

mujer centroeuropea, de aire ansioso, con el pelo atado en un rodete alto.

- ¿Sí? -dijo.

- ¿Ss-señora Pilsen? -dijo Isidore, presa del pánico. No había previsto que el propietario del

gato pudiera tener una esposa que estaba en su casa-. Le hablo por el g-g-g-g-… -se interrumpió y se

frotó el mentón para reprimir el tic-. Por su gato.

- Ah, sí. Usted se llevó a Horace -dijo la señora Pilsen-. ¿Era finalmente neumonitis? Eso es lo

que pensaba el señor Pilsen.

- Su gato se murió -dijo Isidore.

- Oh, no, por Dios.

- Lo reemplazaremos. Tenemos seguro -miró al señor Sloat, que parecía estar de acuerdo-. El

director de nuestra firma, señor Hannibal Sloat, se ocupará personalmente de…

- No -objetó Sloat-. Le daremos un talón. Por el precio del catálogo de Sidney.

- … de elegir un nuevo animal para usted -después de comenzar una conversación que no podía

soportar, tampoco podía retroceder. Lo que decía estaba dotado de una lógica intrínseca que no

podía interrumpir, y que debía llegar hasta su propia conclusión. Tanto el señor Sloat como Milt

Borogrove lo miraban mientras continuaba-: Por favor, dígame que clase de gato desea. El color, el

sexo, el tipo, como persa, siamés, abisinio…

- Horace ha muerto -dijo la señora Pilsen.

- Padecía de neumonitis -dijo Isidore-. Murió durante el viaje al hospital. Nuestro médico jefe,

el doctor Hannibal Sloat, expresó la opinión de que, dado su estado, nada habría podido salvarlo.

Pero, ¿no es afortunado, señora Pilsen, que lo podamos reemplazar? ¿No cree usted?

Con lágrimas en los ojos, la señora Pilsen respondió:

- No hay otro gato como Horace. Cuando era un gatito, solía pararse y miramos como si

preguntara algo. Nunca supimos cuál era la pregunta. Quizás ahora sepa la respuesta -brotaron más

lágrimas-. Y finalmente a todos nos ocurrirá lo mismo.

Isidore tuvo una inspiración.

- ¿No querría un duplicado exacto de su gato, eléctrico? Podríamos ofrecerle un magnífico

trabajo artesanal de Wheelright Carpenter en que cada detalle del animal desaparecido sea

fielmente…

- Pero eso es terrible -protestó la señora Pilsen-. ¿Qué me dice usted? No se lo proponga a mi

esposo; si Ed se enterara se enfurecería. Amaba a Horace más que a cualquier otro gato de los que ha

tenido, y ha tenido gatos desde su infancia…

Cogiendo el videófono, Milt dijo:

- Podemos entregarle un talón por la cantidad estipulada en el catálogo de Sidney, o como ha

sugerido el señor Isidore, elegir un gato nuevo para usted. Lamentamos mucho la muerte de su gato,

pero como le ha dicho el señor Isidore, el animal tenía neumonitis, que es casi siempre fatal -su tono

era profesional. De los tres miembros del hospital de animales Van Ness, Milt era el mejor cuando

de llamadas videofónicas se trataba.

- No me atreveré a contárselo a mi marido -respondió la señora Pilsen.

- Muy bien, señora -dijo Milt, con un mohín-. Nosotros lo llamaremos. ¿Quiere decirme el

número de su despacho? -buscó papel y un bolígrafo, que el señor Sloat le alcanzó.

- Escuche -dijo la señora Pilsen, que parecía más compuesta-. Tal vez el otro señor tuviera

razón. Tal vez debería pedir un sustituto eléctrico de Horace. Pero Ed no debería saberlo nunca. ¿Es

posible una reproducción tan fiel que mi marido no se dé cuenta?

- Si usted lo desea -respondió Milt, dudando-. Pero según nuestra experiencia, el propietario

del animal nunca se engaña. Observadores casuales, como los vecinos, sí; pero si uno se acerca

mucho a un animal falso…

- Ed nunca se acercaba físicamente a Horace, aunque lo quería. Yo me he ocupado siempre de

todas las necesidades materiales de Horace, incluso de su caja de arena. Creo que me gustaría hacer

la prueba con un animal falso. Si eso no diera resultado, pediría un gato verdadero… No quiero que

mi esposo se entere, no podría soportarlo. Por eso no se acercaba nunca a Horace. Le daba miedo. Y

cuando se enfermó, de neumonitis, como me han dicho, Ed se aterrorizó. Simplemente, no quería

reconocer el hecho. Por eso esperamos tanto antes de llamar. Demasiado… Y yo lo sabía…, antes de

que me llamaran. Lo sabía -ahora sus lágrimas estaban dominadas-. ¿Cuánto tiempo le llevaría?

- Podríamos tenerlo listo en diez días -calculó Milt-. Se lo entregaremos de día, mientras su

marido está en el trabajo. Se despidió, colgó, y luego le dijo al señor Sloat:

- El marido se dará cuenta en cinco segundos. Pero eso es lo que ella quiere.

- Los propietarios de animales, cuando los quieren -observó sombríamente el señor Sloat-,

quedan destrozados en estos casos. Me alegro de no tener nada que ver con animales reales.

¿Comprendéis que los veterinarios se vean obligados a hacer llamados como éste todo el tiempo? -

miró a John Isidore-. Después de todo, en algunos aspectos no eres tan estúpido. Has llevado el

asunto bastante bien. Aunque Milt tuviera que intervenir.

- Lo estaba haciendo muy bien -dijo Mil-. Ha sido terrible, por Dios -recogió el cadáver de

Horace-. Lo llevaré abajo. Han, llama a Wheelright Carpenter y haz que venga el constructor a

fotografiarlo y tomar las medidas. No les permitiré que se lo lleven a su taller; quiero comparar

personalmente el resultado.

- Será mejor que llame Isidore -resolvió el señor Sloat-. El empezó con este asunto. Si pudo

arreglarse con la señora Pilsen podrá también tratar con Wheelright Carpenter.

- Haz que no se lleven el cuerpo original -dijo Milt, alzando a Horace-. Querrán hacerlo porque

les facilitaría la tarea. Tendrás que ser firme.

- Está bien -respondió Isidore, parpadeando-. Quizá será mejor que llame ahora mismo, antes de

que empiece a decaer. ¿No decaen, o algo así, los cuerpos muertos?

Estaba feliz.

8

Después de aparcar el veloz coche aéreo del departamento en el terrado de la Corte de Justicia



de San Francisco, en la calle Lombard, el cazador de bonificaciones Rick Deckard, con su cartera en

la mano, bajó al despacho de Harry Bryant.

- Vuelve usted muy pronto -dijo su jefe, echándose atrás en su sillón y cogiendo una pizca de

rapé Specific No. 1.

- He logrado hacer lo que usted me ha pedido -Rick se sentó ante la mesa y en ella puso la

cartera. Estoy cansado, se dijo; ya de regreso, la fatiga había caído sobre él. Se preguntó si podría

recobrarse para afrontar la tarea que le aguardaba-. ¿Cómo está Dave? ¿Podré hablar con él? Querría

hacerlo antes de empezar con los andrillos.

- Antes tendrá que ocuparse de Polokov, el que disparó contra Dave. Conviene hacerlo ahora

mismo, porque sabe que lo estamos siguiendo.

- ¿Antes de hablar con Dave?

Bryant cogió una hoja de papel muy fino, una borrosa tercera o cuarta copia.

- Polokov ha conseguido un empleo oficial como recolector de basuras.

- ¿Pero no son solamente los especiales quienes hacen ese tipo de trabajo?

- Polokov imita a un especial muy deteriorado. Eso engañó a Dave. Creo que Polokov es tan

parecido a un cabeza de chorlito que por eso Dave no lo tomó en consideración. ¿Está usted seguro

del test de Voigt-Kampff? ¿Le consta absolutamente, por lo ocurrido en Seattle, que…

- Sí -respondió Rick, sin dar más explicaciones.

- Acepto su palabra -dijo Bryant-. Pero no debe haber el menor error.

- Como siempre en la caza de andrillos. Este caso no es distinto.

- El Nexus-6 es distinto.

- Ya he conocido uno -dijo Rick-. Y Dave ya ha visto a dos. Tres,”si contamos a Polokov. Está

bien. Retiraré hoy a Polokov, y quizás esta noche o mañana hable con Dave.

Cogió la copia borrosa, el informe sobre el androide Polokov.

- Otra cosa -agregó Bryant-. Un policía soviético de la WPO viene hacia aquí. Llamó mientras

usted estaba en Seattle; viaja en un cohete de Aeroflot que ha de llegar dentro de una hora. Su nombre

es Sandor Kadalyi.

- ¿Qué quiere? -los policías de la WPO no venían con frecuencia a San Francisco.

- La WPO está bastante interesada en los nuevos modelos Nexus-6, tanto como para enviar un

observador. Además, si es que puede, le ayudará. Usted decidirá si acepta o no su ayuda, y en qué

momento. Yo ya le he dado permiso.

- ¿Y la bonificación? -preguntó Rick.

- No tendrá usted que dividirla -respondió Bryant, con una sonrisa arrugada.

- No me parecería justo -Rick no tenía la menor intención de compartir sus ganancias con un

bandido de la WPO. Estudió el informe sobre Polokov: daba una descripción del hombre (del

andrillo) y el nombre y dirección de la empresa en que trabajaba: la Bay Área Scavenger Company,

de Geary.

- ¿Prefiere esperar al policía soviético antes de retirar a Polokov? -preguntó Bryant.

- Siempre he trabajado solo -respondió Rick, irritado-. Por supuesto, la decisión es suya y haré

lo que me diga. Pero me gustaría coger ahora mismo a Polokov, sin esperar a Kadalyi.

- Adelante, entonces -aprobó Bryant-. Podrá trabajar con Kadalyi en el caso siguiente, un tal

Luba Luft… Aquí está el informe.

Rick guardó los papeles en su cartera, abandonó el despacho de su jefe y regresó al terrado,

donde estaba aparcado su coche aéreo.

Ahora, se dijo, a visitar al señor Polokov.

Acarició su tubo láser y subió.

Como primer paso en su cacería del androide Polokov, Rick descendió en la Bay Scavengers

Company.


- Estoy buscando a uno de sus empleados -dijo a la mujer, severa y de pelo gris, que atendía la

recepción.

El edificio le impresionó: era grande, moderno, y en su interior trabajaba gran cantidad de

personal administrativo de alta categoría. Las gruesas alfombras y los costosos escritorios de

auténtica madera le recordaron que la recogida y eliminación de basura era, después de la guerra,

una de las industrias más importantes. Todo el planeta había empezado a desintegrarse, y para

mantenerlo habitable era preciso limpiarlo de vez en cuando, o bien, como solía decir el Amigo

Buster, la Tierra desaparecería bajo una capa de kippel, y no de polvo radiactivo…, como sería de

esperar.

- El señor Ackers es el jefe de personal -dijo la mujer de la recepción, indicándole un

impresionante escritorio de roble (aunque de imitación), donde un individuo pequeño, estirado, de

gafas, aparecía hundido entre pilas de papeles.

Rick presentó al jefe de personal su carnet policial.

- ¿Dónde se encuentra en este momento el empleado Polokov? ¿En su casa o en el trabajo?

Después de consultar de mala gana sus registros, el señor Ackers respondió:

- Polokov debe de estar trabajando en este momento. Se ocupa de prensar viejos coches aéreos

en nuestra desguazadora de Daly City, y de arrojar los restos a la Bahía. Sin embargo… -el hombre

consultó otro documento, cogió el videófono y llamó a otra persona del edificio-. Entonces, no está -

dijo, después de una breve consulta; y dirigiéndose a Rick, agregó-: Polokov no ha venido hoy, ni ha

dado aviso. ¿Qué ha hecho?

- Si aparece -ordenó Rick-, no le diga que he estado aquí. ¿Comprendido?

- Sí -dijo Ackers, resentido porque sus profundos conocimientos en materia policial no eran

demasiado apreciados.

Con el coche aéreo del departamento, Rick se dirigió luego a la casa de Polokov, en el

Tenderloin. Nunca lo cogeremos, pensó. Los dos -Bryant y Holden- han perdido tiempo. En lugar de

enviarme a Seattle, Bryant debió de haberme ordenado que persiguiera a Polokov. Anoche mismo,

apenas Dave fue herido.

Qué lugar inmundo, se dijo mientras se dirigía por el terrado hacia el ascensor. Corrales

abandonados, cubiertos por una capa de polvo de meses. En una jaula, un seudo-animal, una gallina

que no funcionaba… El ascensor descendió hasta el piso de Polokov, halló el pasillo sin luz, como

una galería subterránea. Utilizando su linterna policial sellada, de energía A, iluminó el lugar y

releyó su copia al carbón. A Polokov se le había hecho el test de Voigt-Kampff; por lo tanto, podía

ahorrarse ese punto y abocarse directamente a la tarea de destruirlo.

Lo mejor era atacar desde fuera, resolvió. Abrió su equipo de armas, sacó un transmisor no-

direccional de ondas Penfield, y marcó el código de catalepsia protegiéndose contra la emanación de

ánimo correspondiente por medio de una contra-transmisión dirigida a sí mismo.

Ahora deben estar todos congelados, se dijo mientras cerraba el transmisor; todos los humanos

y andrillos que se encuentren cerca. No corre el menor peligro. Sólo debo entrar y atacar con el

láser. Suponiendo, desde luego, que esté en casa, lo cual no es probable.

Con una llave infinita, capaz de analizar y abrir todas las cerraduras conocidas, entró en el

apartamento de Polokov, con su arma láser en la mano.

Polokov no estaba. Solamente muebles semiarruinados, un lugar habitado por la decadencia y el

kippel. No había artículos personales: sólo los restos sin dueño heredados por Polokov al instalarse,

y legados a su partida al próximo ocupante, si lo había.

Era obvio, se dijo. La primera bonificación de mil dólares se había esfumado; Polokov estaría

ahora en el Círculo Antártico, fuera de su jurisdicción, y otro cazador de bonificaciones de otra

agencia policial se ocuparía de retirarlo y de recibir el dinero.

Habrá que continuar con los androides que no estén sobre aviso, corno Luba Luft.

De regreso en el terrado, llamó desde el coche aéreo a Harry Bryant.

- No tuve suerte con Polokov. Probablemente, se ha marchado después de atacar a Dave -

consultó su reloj-. ¿Quiere que busque a Kadalyi en el aeropuerto? Ganaré tiempo, y estoy ansioso

por comenzar con la señorita Luft -ya tenía el informe a la vista, y empezaba a estudiarlo.

- Buena idea -respondió Bryant-. Sólo que el señor Kadalyi ya está aquí. El cohete de Aeroflot

llegó temprano, como de costumbre, según Kadalyi. Un momento -hubo un diálogo invisible-. Dice

que irá a buscarlo adonde usted se encuentra ahora -agregó Bryant cuando reapareció en la pantalla-.

Mientras tanto, infórmese sobre la señorita Luft.

- Cantante de ópera, procedente de Alemania, al parecer. Actualmente pertenece a la Opera de

San Francisco -asintió reflexivamente, abstraído en el informe-. Debe tener buena voz, para haber

conseguido una conexión tan rápida. Está bien, esperaré aquí a Kadalyi -dio su situación a Bryant y

cortó.


Me presentaré como un amante de la ópera, resolvió Rick. Me encantaría verla como Doña Ana

en Don Giovanni. Tengo en mi colección registros de antiguas divas como Elisabeth Schwarzkopf,

Lotte Lehmann y Lisa della Casa; eso me dará tema mientras preparo el equipo Voigt-Kampff.

Sonó el videófono del coche y cogió la llamada. La telefonista policial dijo:

- Señor Deckard, hay una llamada de Seattle para usted. El señor Bryant me pidió que se la

pasara. Es de la Rosen Association.

- Está bien -respondió Rick. ¿Qué querrán? Hasta el momento, de los Rosen, sólo malas

noticias. Y nada hacía presumir que eso cambiaría en adelante, sea como fuese lo que le propusieran.

En la pequeña pantalla apareció la cara de Rachael Rosen.

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