Vaya a la puerta



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- Hola, agente Deckard -el tono parecía conciliatorio, lo cual le llamó la atención-. ¿Está

ocupado o podemos hablar?

- Continúe.

- En la compañía hemos estado pensando en usted y en los modelos Nexus-6 fugitivos. Creemos

que tendría usted mejores probabilidades si uno de nosotros, que los conocemos bien, trabajara con

usted.

- ¿De qué manera?



- Pues, si le acompañara durante la persecución.

- ¿Por qué? ¿Qué cambiaría con eso?

- Un Nexus-6 se asustaría si un ser humano se acercara -dijo Rachael-. Pero si fuera otro Nexus-

6…

- Se refiere usted a sí misma, ¿no?



- Sí -asintió ella, gravemente.

- Ya tengo suficiente ayuda.

- Pero de verdad, creo que me necesita.

- Lo dudo. Lo pensaré y volveré a llamarla.

En algún momento remoto e indeterminado, se dijo. O quizá nunca. Eso es lo que me faltaba:

Rachael Rosen brotando del polvo de cada paso.

- No piensa hacerlo - replicó Rachael-. No me llamará. Y no comprende cuan eficiente es un

Nexus-6 ilegal y fugitivo. Usted solo no podrá. Y nosotros pensamos que se lo debemos a causa de…

Usted sabe…, de lo que hicimos.

- Tendré en cuenta el consejo -se dispuso a cortar.

- Sin mí -agregó Rachael-, uno de ellos se le adelantará.

- Adiós -dijo Rick, y colgó. ¿Adonde hemos llegado? ¿Es posible que un androide le ofrezca

ayuda a un cazador de bonificaciones? Llamó a la telefonista policial.

- No me pase más comunicaciones de Seattle -ordenó.

- Está bien, señor Deckard. ¿Ha llegado el señor Kadalyi?

- Aún lo estoy esperando. Y será mejor que se dé prisa, no pienso estar mucho tiempo aquí…

Colgó, y mientras continuaba su lectura del informe sobre Luba Luft, un taxi aéreo descendió en

el terrado a pocos metros. Descendió un hombre de cara roja y angelical, de unos cincuenta y tantos

años, con un pesado e imponente abrigo ruso. Se acercó con la mano tendida.

- ¿El señor Deckard? -preguntó con acento eslavo-. ¿El cazador de bonificaciones del

departamento de policía de San Francisco? -el taxi se elevó y el ruso lo miró partir, con aire ausente-

. Yo soy Sandor Kadalyi -se presentó, al tiempo que abría la puerta para sentarse al lado de Rick.

Mientras ambos cambiaban un apretón de manos, Rick advirtió que el representante de la WPO

llevaba un tipo de arma láser que jamás había visto hasta ese momento.

- Ah, ¿esto? -dijo Kadalyi-. Interesante, ¿verdad? -la extrajo de la funda-. Lo conseguí en Marte.

- Pensé que ya conocía todas las armas cortas -se lamentó Rick-. Incluso las fabricadas en las

colonias.

- Esta la hacemos nosotros -dijo Kadalyi, resplandeciente como un Santa Claus eslavo, con su

cara rubicunda llena de orgullo-. ¿Le gusta? La única diferencia funcional es que… Tome, examínelo.

Le entregó el arma a Rick, que la estudió con la pericia de años de experiencia.

- ¿Cuál es la diferencia? -preguntó Rick, con un marcado interés.

- Apriete el gatillo.

Apuntando hacia afuera, por la ventanilla, Rick lo hizo. No ocurrió nada. Sorprendido, miró a

Kadalyi.


- El circuito disparador no está en el arma -explicó alegremente el ruso-. Lo tengo conmigo,

¿ve? -abrió la mano y dejó ver una minúscula unidad-. Y además, puedo dirigir el rayo, dentro de

ciertos límites, aunque el arma apunte a otro lado.

- Usted no es Polokov, sino Kadalyi -dijo Rick.

- ¿No será al revés? Parece usted confundido…

- Quiero decir que usted es Polokov, el androide, y no un hombre de la policía soviética -Rick

oprimió con el pie el botón de emergencia que había en el suelo del coche.

- ¿Por qué no funciona mi tubo láser? -preguntaba Kadalyi-Polokov mientras oprimía

reiteradamente el aparato miniaturizado de disparo y puntería que tenía en la palma de la mano.

- Por la onda sinusoidal -explicó Rick-. Una onda sinusoidal desfasa el rayo láser y lo convierte

en luz ordinaria.

- Entonces tendré que romperle el cuello -el androide soltó el aparato y se lanzó contra Rick,

gruñendo.

Mientras las manos del androide buscaban su garganta, Rick disparó desde la pistolera su

revólver de reglamento de estilo antiguo; la bala de calibre 38 magnum atravesó la cabeza de

Polokov y destrozó su caja cerebral. La unidad Nexus-6 voló hecha añicos, causando una furiosa

corriente de aire en el interior del coche: Rick se vio rodeado de un torbellino de minúsculos

elementos y polvo radiactivo. Los restos del androide retirado cayeron hacia atrás, rebotaron en la

puerta, lo golpearon y Rick tuvo que luchar para quitarse de encima el cuerpo, que se sacudía con

movimientos espasmódicos. Tembloroso, llamó por fin a la corte de Justicia.

- Deseo elevar un informe. Avise a Harry Bryant que he retirado a Polokov.

- El señor Bryant sabrá de qué se trata, ¿verdad?

- Sí.

Rick cortó la comunicación. Por Dios, había faltado poco. Ante la advertencia de Rachael



Rosen, pasé al otro extremo. Me descuidé y el androide casi termina conmigo, se dijo, recapitulando.

Pero he vencido. Sus glándulas adrenales dejaron gradualmente de secretar en el torrente sanguíneo;

sus latidos ya retornaban a la normalidad, así como su respiración. Pero aún temblaba.

De cualquier modo, se recordó, acabo de ganar mil dólares. Valía la pena. Y he reaccionado

con mayor velocidad que Dave Holden. Aunque, naturalmente, estaba preparado por lo que le había

ocurrido a él. Dave, debo admitirlo, no tuvo ningún aviso.

Nuevamente cogió el videófono y llamó a su casa, a Irán. Logró encender un cigarrillo: el

temblor había empezado a desvanecerse.

La cara de su mujer, agotada por las seis horas de depresión culposa que se había programado,

apareció en la pantalla.

- Oh, hola, Rick.

- ¿Qué ocurrió con el 594 que marqué antes de salir…, reconocimiento satisfecho de…?

- Volvía discar apenas te marchaste. ¿Qué quieres? -su voz se convirtió en un monótono

ronroneo abatido-. Estoy tan cansada… No me quedan esperanzas; ni en nuestro matrimonio ni en ti,

que en cualquier momento puedes ser víctima de un andrillo… ¿Qué quieres decirme, Rick? ¿… que

te ha disparado un andrillo? -en el fondo se oía, borrando casi las palabras de Irán, la baraúnda del

Amigo Buster.

Rick veía el movimiento de los labios de Irán, pero oía solamente la TV.

- Escucha -dijo-. ¿Me oyes? Tengo una misión: un nuevo tipo de androide que nadie más puede

manejar. Ya he retirado uno, lo que significa mil dólares para empezar. ¿Sabes lo que nos

compraremos?

Irán lo miró sin verlo.

- Ah -dijo.

- Aún no te lo he dicho -esta vez su depresión era tanta que ni siquiera podía oír, era como

hablar en el vacío-. Te veré por la noche -concluyó amargamente Rick, y dejó caer con violencia el

receptor. Maldito sea, se dijo. ¿De qué sirve que arriesgue mi vida? No le importa que tengamos o no

un avestruz. Nada le interesa. Habría sido mejor que nos separáramos hace dos años, cuando lo

habíamos resuelto. Y todavía estoy a tiempo.

Se inclinó, recogió los papeles caídos, incluido el informe sobre Luba Luft. No tengo apoyo,

pensó. La mayoría de los androides que he conocido tenían más deseo de vivir que mi esposa. Irán

no tiene nada que ofrecerme.

Eso le hizo recordar a Rachael Rosen. Su advertencia acerca de los Nexus-6 era justificada. Si

no le interesaba la bonificación, quizá podría aceptar su ofrecimiento.

El encuentro con Kadalyi-Polokov había modificado decisivamente sus puntos de vista.

Rick encendió el motor del coche aéreo y se elevó rápidamente en dirección a la Opera,

construida en memoria de la guerra, donde, según las notas de Dave Holden, podía encontrar a esa

hora a Luba Luft.

Se preguntó cómo sería. Ciertos androides femeninos no le disgustaban: en varios casos se

había sentido atraído físicamente. Era una sensación curiosa la de saber intelectualmente que eran

máquinas, y experimentar sin embargo reacciones emocionales.

¿Y Rachael Rosen? No, es demasiado delgada, pensó. No está bien desarrollada, no tiene senos.

Una figura como la de un chico, lisa y suave. Podía encontrar algo mejor. ¿Cuántos años tenía Luba

Luft según el informe? Alzó los arrugados folios y buscó “edad”: veintiocho años, decía el informe,

que


también agregaba como aclaración, “en apariencia”; no había otra forma de juzgar a los

androides.

Es una suerte saber algo de ópera, reflexionó Rick. Esa es otra ventaja que tengo sobre Dave;

sentir más interés por la cultura.

Probaré con otro andrillo antes de pedir ayuda a Rachael, decidió. Si la señorita Luft resulta

demasiado competente… Pero tenía la intuición de que no sería así. El más peligroso era Polokov.

Los demás, sin saber que alguien los perseguía, se derrumbarían uno tras otro.

Mientras descendía hacia el amplio y adornado terrado de la Opera cantó en voz alta un

potpourri de arias con palabras seudo italianas improvisadas en el momento. Incluso sin un órgano de

ánimos Penfield a mano su espíritu estaba lleno de optimismo, de ávida y jubilosa anticipación.

9

En el inmenso vientre de ballena de piedra y metal que era el interior de la Opera, Rick



Deckard veía que se estaba desarrollando un ensayo ruidoso, resonante y no del todo logrado.

Inmediatamente reconoció la música: La flauta mágica, de Mozart. Las últimas escenas del primer

acto. Los esclavos, es decir el coro, se habían adelantado un compás, estropeando así el ritmo

sencillo de las campanas milagrosas.

Un placer. Le encantaba La flauta mágica. Se sentó en una butaca de la platea (nadie parecía

reparar en él) y se instaló allí cómodamente. En ese momento, Papageno, con su fantástica pelliza de

plumas, se unía a Pamina para cantar un dúo que a Rick le llenaba los ojos de lágrimas cada vez que

lo evocaba.

Könnte jeder brave Mann

solche Glöckchen finden,

seine Feinde würden dann

ohne Mühe schwinden.

En la vida real, pensaba Rick, no hay campanillas mágicas como ésas para hacer que el enemigo

desapareciera sin el menor esfuerzo. Era una lástima.

Mozart había muerto poco después de terminar La flauta mágica, a causa de una enfermedad

renal. Y había sido enterrado en la fosa común, sin identificación.

Al recordarlo, se preguntó si Mozart habría tenido la intuición de que el futuro no existía, de que

ya había utilizado todo su breve tiempo. Quizá también yo lo haya hecho, pensó Rick mientras

contemplaba el ensayo. Este ensayo terminará, la representación también, los cantantes morirán y

finalmente la última partitura de la música será destruida de un modo u otro, el nombre de Mozart se

desvanecerá y el polvo habrá vencido, si no en este planeta en otro cualquiera. Sólo podemos

escapar por un rato. Y los andrillos pueden escapar de mí, y sobrevivir un rato más. Pero los

alcanzaré, o lo hará algún otro cazador de bonificaciones. En cierto modo, observó, yo soy una parte

del proceso de destrucción entrópica de las formas. La Rosen Association crea y yo destruyo. O al

menos, eso debe parecerle a los androides.

En el escenario, Papageno y Pamina dialogaban: interrumpió sus reflexiones para escuchar.

Papageno: Hija mía, ¿qué debemos decir ahora?

Pamina: La verdad. Eso es lo que diremos.

Rick se inclinó hacia adelante y estudió a Pamina. Un pesado manto la envolvía, y el velo que

caía de su tocado cubría su cara y sus hombros. Volvió a examinar el informe y se echó atrás,

satisfecho. Este es el tercer androide Nexus-6 que veo, pensó: Luba Luft. El sentimiento que exige su

rol parece levemente irónico. Un androide fugitivo puede parecer una mujer vital, activa y hermosa;

pero difícilmente puede decir la verdad acerca de sí mismo.

Luba Luft cantaba, y a Rick le asombró la calidad de su voz. Estaba a la altura de las mejores de

su colección de antiguos registros. No se podía negar que la Rosen Association la había construido

maravillosamente. Y una vez más se vio a sí mismo sub especie aeternitatis como un destructor de

formas obligado a actuar por lo que allí oía y veía. Tal vez soy tanto más necesario cuanto mejor

cantante sea, se dijo, cuanto mejor funcione. Si los androides se hubiesen mantenido en el nivel

discreto del antiguo Q-40, de Derain Associates, por ejemplo, entonces no habría ningún problema ni

sería necesaria mi habilidad. Me pregunto cuándo atacaré. Lo antes posible, supongo. Al final del

ensayo, cuando ella vuelva a su camarín.

El ensayo quedó interrumpido al final del primer acto. El director dijo en inglés, francés y

alemán que continuarían una hora y media más tarde, y se marchó. Los músicos abandonaron sus

instrumentos y también salieron. Rick se puso de pie y se dirigió a los camarines por detrás del

escenario, siguiendo a los últimos miembros del elenco, y tomándose tiempo para reflexionar. Lo

mejor es resolverlo de inmediato, se dijo. Me demoraré lo menos posible en hablar con ella y

aplicarle el test. Apenas esté seguro… Pero, técnicamente, no podía estar seguro mientras no hiciera

el test. Dave podía haberse equivocado. Ojalá. Pero lo dudaba. Su sentido profesional le decía que

estaba en lo cierto. Y en los años que llevaba en el departamento jamás había cometido un error…

Detuvo a un comparsa y le preguntó por el camarín de la señorita Luft. El hombre, maquillado y

vestido como un lancero egipcio, se lo indicó. Rick llegó a la puerta señalada y vio una tarjeta

escrita con tinta que ponía MISS LUFT. PRÍVATE. Golpeó.

- Adelante.

Entró. La muchacha estaba sentada ante su tocador, con una usada partitura abierta sobre las

rodillas haciendo señales aquí y allá con un bolígrafo. Todavía conservaba su maquillaje y su ropa,

excepto su toca, colocada en una percha.

- ¿Sí? -dijo ella, alzando la vista. La pintura facial agrandaba sus ojos; castaños, enormes, se

clavaron en él sin vacilar-. Estoy trabajando, como usted puede ver -su inglés no tenía el menor

acento extranjero.

- Usted es superior a la Schwartkopf -dijo Rick.

- Y usted, ¿quién es? -su tono expresaba una fría reserva, y también ese otro frío que había

encontrado en tantos androides. Siempre lo mismo. Un intelecto maravilloso, la capacidad de hacer

muchas cosas, pero también esa frialdad. Lo lamentaba. Y sin embargo, sin ella no le habría sido

posible


rastrearlos.

- Pertenezco al departamento de policía de San Francisco

- respondió.

- ¿Sí? ¿Y qué desea aquí? -los intensos ojos no parpadearon en la respuesta. La voz,

curiosamente, parecía cortés. Rick se sentó en una silla y abrió su cartera.

- He venido a hacerle un test de perfil de personalidad. No llevará más de unos minutos.

- ¿Es necesario? -señaló su partitura-. Tengo mucho que hacer -comenzaba a mostrarse

aprensiva. •

- Es necesario -Rick extrajo los instrumentos de Voigt-Kampff y empezó a prepararlos.

- ¿Un test de CI?

- No. De empatía.

- Tengo que ponerme las gafas -se movió para abrir una gaveta de su tocador.

- Si puede anotar su partitura sin las gafas también puede hacer sin ellas el test. Le mostraré

algunas figura y le haré unas preguntas. Mientras tanto… -se puso de pie, se acercó a ella e

inclinándose, ajustó el disco adhesivo de malla metálica sensible a su mejilla-. Y esta luz -agregó,

ajustando el ángulo del haz de luz-, y ya está.

- ¿Cree que soy una androide? ¿Es por eso? -su voz parecía desvanecida-. No lo soy. Jamás he

estado en Marte, jamás he visto siquiera un androide -sus pestañas alargadas temblaron

involuntariamente; él advirtió que trataba de mostrarse tranquila-. ¿Ha recibido usted la información

de que hay un androide en el elenco? Me gustaría ayudarle. Si fuera una androide no querría hacerlo.

- A un androide no le importa lo que le ocurra a otro androide -respondió él-. Esa es una de las

señales que buscamos.

- Entonces -dijo la Luft-, usted debe ser un androide. Eso lo detuvo. La miró.

- Puesto que su trabajo consiste en matarlos, ¿no es verdad? Es usted lo que llaman… -trató de

recordar.

- Un cazador de bonificaciones. Pero no un androide.

- Y el test que quiere aplicarme -dijo, recuperando la voz-, ¿se lo han hecho a usted?

- Sí. Hace mucho, mucho tiempo. Cuando empecé a trabajar en el departamento.

- Podría ser una falsa memoria. ¿No se implantan, a veces, falsas memorias en los androides?

- Mis superiores conocen mi test -dijo Rick-. Es obligatorio.

- Pero quizás había una persona que se le parecía, y de algún modo usted lo mató y ocupó su

lugar. Y sus jefes no tendrían por qué saberlo -sonrió, como invitándolo a estar de acuerdo.

- Continuemos con el test -dijo él, sacando los folios de preguntas.

- Haré el test -dijo Luba Luft-, si antes lo hace usted. Nuevamente la miró. Se detuvo en seco.

- ¿No sería eso más justo? -preguntó ella-. Así también yo estaría segura de usted. No sé. Me

parece un hombre tan duro y extraño… -se estremeció y volvió a sonreír, con esperanza.

- No podría usted hacerme el test de Voigt-Kampff; exige una experiencia considerable. Ahora

escuche atentamente. Las preguntas se refieren a situaciones sociales en que usted podría verse;

deseo que me conteste usted qué haría en ese caso. Y que la respuesta sea lo más rápida posible. Uno

de los factores que tenemos en cuenta es la demora, cuando la hay -eligió la pregunta inicial-. Está

usted mirando la TV y repentinamente descubre que una avispa trepa por su brazo -miró el reloj para

contar los segundos, y también los medidores gemelos.

- ¿Qué es una avispa? -preguntó Luba Luft.

- Un bicho volador que pica.

- ¡Qué extraño! -sus ojos inmensos se llenaron de reconocimiento infantil, como si le hubieran

revelado el misterio cardinal de la creación-. ¿Todavía existen? Jamás he visto una.

- Murieron a causa del polvo. ¿No sabe, realmente, qué es una avispa? Sin embargo, usted nació

cuando todavía había avispas; sólo desaparecieron en…

- Dígame cómo se llaman en alemán.

Trató en vano de recordar la palabra, y dijo irritado:

- Su inglés es perfecto.

- Mi acento es perfecto -corrigió ella-. Es necesario; de otro modo no podría cantar Purcell,

Walton o Vaughan Williams. Pero mi vocabulario no es muy extenso -miró a Rick con modestia.

- Wespe -recordó él, de repente.

- Ach, sí, eine Wespe -se rió-. Pero, ¿cuál era la pregunta?

- Probaremos con otra -era imposible obtener una respuesta significativa-. Usted ve una vieja

película, anterior a la guerra, en la TV. El entrante -omitió la primera parte- consiste en perro

cocido, relleno de arroz.

- Nadie mataría ni comería un perro -dijo Luba Luft-. Valen una fortuna. Pero sería un perro de

imitación, un ersatz, ¿verdad? Aunque entonces estaría hecho de cables y motores y no se podría

comer.

- Antes de la guerra -subrayó él.



- Pero yo no había nacido.

- Ha visto viejas películas en TV.

- ¿Esa estaba filmada en las Filipinas?

- ¿Por qué?

- La gente comía perro cocido relleno de arroz en las Filipinas. Recuerdo haberlo leído.

- Pero su respuesta -insistió Rick-. Quiero su reacción social, emocional, moral…

- ¿A la película? -Luba reflexionó-. Cambiaría de programa y vería el del Amigo Buster.

- ¿Porqué?

- ¿A quién puede interesarle una vieja película filmada en las Filipinas? -dijo ella vivamente-.

Sólo una cosa recuerdo que haya ocurrido allá: la Marcha de Bataán. ¿Vería usted eso? -lo miró

irritada; las agujas giraban en todas direcciones.

Después de una pausa, él dijo cuidadosamente:

- Ha alquilado una casita en la montaña.

- Ja. Continúe. Estoy esperando.

- La zona es todavía exuberante.

- ¿Cómo? -ahuecó la mano en torno del oído-. Perdón, no conozco el término.

- Todavía crecen árboles y arbustos. La casita es de nudosos troncos de pino y hay un gran

hogar. Alguien ha colgado viejos mapas en las paredes, grabados por Currier e Ives. Encima del

hogar hay una cabeza de ciervo con grandes astas. La gente que la acompaña admira el ambiente y…

- No comprendo “Currier”, “Ives” ni “ambiente” -respondió Luba Luft, que parecía esforzarse

por localizar las palabras-. Un momento -alzó la mano, con gravedad-. Con arroz, como el perro…

Currier es lo que hace, del arroz, arroz con currier… Pero se dice curry en alemán.

Rick no podía determinar si la niebla semántica de Luba Luft era deliberada. Después de

consultarlo consigo mismo decidió intentar un nuevo punto del cuestionario. ¿Qué otra cosa podía

hacer?

- Ha salido con un hombre que la invita a visitar su casa. Una vez allí…



- Oh, nein -estalló Luba-. Jamás iría. Eso es fácil de responder.

- ¡Pero no es ésa la pregunta!

- ¿Se ha equivocado de pregunta? ¡Si ésa yo la comprendía…! ¿Por qué cuando yo comprendo

una pregunta dice usted que ésa no es? ¿Acaso se trata de que yo no comprenda? -agitada, nerviosa,

se frotó la mejilla y arrancó el disco adhesivo, que cayó al suelo, rodó y se metió debajo del

tocador-. Ach Gott -murmuró, inclinándose para recogerlo.

Se oyó un ruido de tela rasgada, su elaborado traje…

- Yo lo buscaré -dijo Rick. La ayudó a incorporarse, y se arrodilló. Hurgaba a ciegas debajo del

mueble, y por fin sus dedos encontraron el disco.

Cuando se puso de pie, estaba frente a un tubo láser.

- Sus preguntas estaban empezando a referirse al sexo -dijo Luba Luft en voz frágil y formal-.

Ya lo veía venir. Usted no es un policía; es un maniático sexual.

- Puede mirar mi carnet -llevó la mano al bolsillo de la chaqueta; era una mano temblorosa,

como cuando había enfrentado a Polokov.

- Si toca el bolsillo lo mataré -dijo Luba Luft.

- Lo hará de todos modos -se preguntó qué habría ocurrido si hubiera esperado a que Rachael

Rosen se reuniera con él. Pero de nada valía pensar en eso ahora.

- Quiero ver el resto del cuestionario -ella tendió la mano y él, de mala gana, le alcanzó los

folios-. "Encuentra en una revista la foto a página entera y a todo color de una chica desnuda". Está

bien claro. "Ha quedado usted embarazada de un hombre que le ha prometido casamiento. El hombre

se marcha con otra mujer, su mejor amiga. Usted aborta." La intención de su cuestionario es obvia.

Voy a llamar a la policía.

Sin dejar de apuntarle con el tubo láser, atravesó la habitación, cogió el videófono y pidió a la

operadora:

- Llame al departamento de policía de San Francisco. Necesito que venga un agente.

- Ha tenido usted una excelente idea -dijo Rick, con alivio. Sin embargo, le parecía extraño que

Luba hubiera adoptado esa decisión. ¿Por qué no lo mataba directamente? Una vez que el policía de

la patrulla estuviese allí, ella no tendría ninguna posibilidad y él triunfaría.

Debe creer que es humana, se dijo. Obviamente no sabía.

Unos minutos más tarde -Luba lo mantuvo cuidadosamente encañonado con el tubo láser- llegó

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