Vaya a la puerta



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llegamos. Y yo pedí un análisis que no tendría que haber pedido. Desde luego, Crams cometió el

mismo error.

- Polokov estuvo a punto de liquidarme -observó Rick.

- Sí, tenía algo especial. No creo que hubiera poseído el mismo modelo de unidad cerebral que

nosotros. O tal vez ésta ha sido manipulada o mejorada, de modo que era desconocida hasta para

nosotros. Sea como fuere, el resultado era muy bueno. Casi demasiado bueno.

- Cuando llamé a mi casa -dijo Rick-, no conseguí comunicación. ¿Por qué?

- Todas las líneas de videófono son internas, y están conectadas con varios despachos dentro

del edificio. Esta es una empresa homeostática, Deckard; un sistema cerrado separado del resto de

San Francisco. Conocemos a los demás, pero ellos no nos conocen. A veces alguna persona aislada

llega hasta aquí, o traemos a alguien, como hicimos con usted, para protegernos -señaló

convulsivamente la puerta-. Aquí viene Phil Resch, muy contento con su equipo Boneli portátil. ¿No

es un encanto? Y sólo conseguirá destruir su propia vida, la mía y posiblemente también la suya.

- Los androides no parecen capaces de ampararse unos a otros en momentos difíciles.

- Tiene usted razón. Aparentemente carecemos de un don específico de los humanos. Creo que

se llama empatía.

Se abrió la puerta. Apareció Phil Resch con un objeto del que pendían cables.

- Aquí está -dijo, cerrando la puerta. Luego se inclinó y conectó el aparato.

La mano derecha de Garland apuntó a Resch, quien junto con Rick Deckard se dejó caer.

Mientras lo hacía. Resch disparó su tubo láser contra Garland.

El rayo láser, dirigido con una precisión que era fruto de años de adiestramiento, partió la

cabeza de Garland, que cayó sobre su escritorio. Su láser miniaturizado rodó de su mano. El cuerpo

resbaló del sillón y cayó de lado al suelo pesadamente.

- No tuvo en cuenta que éste es mi trabajo -dijo Resch, poniéndose de pie-. Puedo prever lo que

se propone hacer un androide. Supongo que a usted también le ocurre -dejó su arma, se inclinó y

examinó con curiosidad el cuerpo del inspector-. ¿Qué le dijo mientras yo no estaba?

- Que era un androide. Y que usted -Rick se interrumpió, mientras su mente calculaba,

seleccionaba posibilidades y resolvía decir otra cosa- se daría cuenta en unos minutos.

- ¿Nada más?

- Que este edificio está infestado de androides.

- Eso hará difícil que usted y yo podamos salir de aquí. Por supuesto, yo tengo autoridad para

salir cuando quiero, incluso llevando un prisionero -escuchó: no llegaba ningún ruido del exterior-.

Creo que nadie ha oído nada. Y no hay micrófonos ni monitores, como tendría que haber -rozó

cuidadosamente el cuerpo caído con la punta del pie-. Es notable la capacidad psiónica que se

desarrolla con este trabajo: yo sabía que estaba decidido a disparar antes de abrir la puerta. Y me

sorprende que no lo haya matado a usted.

- Estuvo a punto de hacerlo -dijo Rick-. Me apuntó con un gran tubo láser utilitario; pero era

usted quien le preocupaba, y no yo.

- El androide huye cuando el cazador de bonificaciones persigue -dijo Resch sin el más leve

humor-. A propósito, usted debería volver a la Opera y sorprender a Luba Luft antes que nadie de

aquí tenga la oportunidad de ponerla sobre aviso. Tal vez debería decir ponerlo sobre aviso. ¿Los

considera usted objetos?

- Lo hacía, antes -respondió Rick-. Cuando tenía problemas de conciencia con mi trabajo. Me

preservaba pensando que eran objetos. Pero ya no es necesario. Está bien. Iré directamente a la

Opera, suponiendo que usted pueda sacarme de aquí.

- Deberíamos poner a Garland en su sillón -dijo Resch, y alzó el cuerpo. Lo colocó ante el

escritorio en una postura razonablemente natural, si no se miraba de cerca. Apretó la tecla

correspondiente del intercomunicador y dijo-: El inspector Garland ordena que no se le pasen

llamadas durante media hora. Está realizando una tarea que no admite interrupciones.

- Muy bien, señor Resch. Phil Resch soltó la tecla y dijo:

- Voy a esposarlo. Naturalmente, será sólo mientras estamos en el edificio: cuando estemos en

el coche aéreo quedará libre -extrajo unas esposas y las cerró sobre la muñeca de Rick y sobre la

propia-. Vamos ahora. Terminemos con esto -cuadró los hombros, respiró hondo y abrió la puerta del

despacho.

En todas partes había policías uniformados; ninguno prestó particular atención a Phil Resch ni a

Rick mientras atravesaban el pasillo hacia el ascensor.

- Lo que temo es que Garland tenga en el cuello una de esas piezas que advierten de la muerte -

dijo Resch mientras esperaban-. Pero -se encogió de hombros- la alarma ya debería de haber

sonado… Esas cosas no valen de nada.

El ascensor llegó: varios hombres y mujeres de aire vagamente policial descendieron y se

dirigieron ruidosamente por los pasillos a sus diversas ocupaciones sin prestar atención a Rick ni a

Resch.

- ¿Cree que su departamento policial me aceptaría? -preguntó Resch mientras las puertas del



ascensor se cerraban y ambos quedaban aislados. Oprimió el botón del terrado y el ascensor subió

silenciosamente-. Después de todo, me he quedado sin trabajo, para decir lo menos.

Con cautela, Rick respondió:

- No veo inconveniente, aunque ya tenemos dos cazadores de bonificaciones -y pensó que

debería decírselo, que no hacerlo era cruel y poco ético. Señor Resch: usted es un androide. Me saca

de este lugar, y ésta es su recompensa. Enterarse de que es usted lo que para nosotros dos es una

abominación, la esencia misma de lo que nos hemos comprometido a destruir.

- No logro recobrarme -dijo Phil Resch-. Me parece imposible. Durante tres años he estado

trabajando a las órdenes de un androide. ¿Cómo no tuve una sospecha y no hice algo antes?

- Quizá no haya sido tanto tiempo. Tal vez se han infiltrado recientemente.

- Han estado aquí todo el tiempo. Garland es mi jefe desde el comienzo, hace ya tres años.

- Por lo que él me dijo, llegaron juntos, en grupo, a la Tierra. Y eso no fue hace tres años, sino

unos pocos meses.

- Entonces en algún momento existió un Garland auténtico -respondió Phil Resch-, que fue

reemplazado -su rostro delgado se torció, esforzándose por comprender-. En caso contrario, debo

pensar que me han colocado un sistema de falsa memoria, y que mi idea de tres años con Garland es

un recuerdo impreso -su cara estaba convulsionada por el creciente sufrimiento-. Pero sólo a los

androides les ponen memorias sintéticas; el método se ha revelado ineficaz en los seres humanos.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron. Al frente se encontraba el mínimo aeropuerto del

departamento policial. La única presencia era la de los coches aéreos aparcados.

- Este es mi coche -dijo Phil Resch abriendo la puerta y urgiendo a Rick a entrar. Sentado ante

los mandos encendió el motor y un momento más tarde se elevaban con dirección al norte, hacia la

Opera. Resch, preocupado, conducía impulsado por sus reflejos. Su atención estaba centrada en una

serie de reflexiones cada vez más sombrías.

- Escuche, Deckard -dijo de repente-. Después de retirar a Luba Luft querría que usted… Usted

sabe -su voz ronca y atormentada estalló-: Que me aplique el test de Boneli o el de empatía. Tengo

necesidad de saber.

- Podemos ocuparnos de eso más tarde -respondió evasivamente Rick.

- No quiere hacerlo, ¿verdad? -Phil Resch lo miró con perspicacia-. Pienso que usted sabe cuál

será el resultado. Algo le ha dicho Garland, algún hecho que yo ignoro.

- Va a ser difícil incluso para los dos juntos resolver el caso de Luba Luft. Yo solo jamás

podría. Deberíamos atender a eso antes que nada.

- No es solamente una falsa memoria -dijo Resch-. Yo tengo un animal, no un seudo-animal sino

uno verdadero, una ardilla. Y quiero a esa ardilla, Deckard. Todas las mañanas le doy de comer y

limpio su jaula. Y por la noche, cuando vuelvo del trabajo, la dejo en libertad en mi piso y ella corre

por todas partes. Tiene una rueda en la jaula. ¿Alguna vez ha visto correr una ardilla dentro de una

rueda? Corre y corre, y la rueda gira, pero la ardilla siempre está en el mismo lugar. Y sin embargo,

a Buffy eso le gusta.

- Supongo que las ardillas no son muy inteligentes -dijo Rick.

Continuaron el viaje en silencio.

12

En la Opera les informaron que el ensayo había terminado, y que la señorita Luft se había



marchado.

- ¿Dijo adonde pensaba ir? -preguntó Phil Resch, mostrando su carnet policial.

El hombre, un tramoyista, lo examinó.

- Fue al museo. Dijo que deseaba ver la exposición de Edvard Munch, que termina mañana.

Pero Luba Luft termina hoy, pensó Rick.

Mientras ambos caminaban por la acera hacia el museo, Phil Resch dijo:

- ¿Qué quiere usted apostar? Seguro que ha huido. No la encontraremos.

- Tal vez -respondió Rick.

Llegaron al museo, averiguaron en qué piso estaba la exposición de Munch y subieron. Muy

pronto se encontraron vagando entre pinturas y grabados. Había mucha gente, incluso un grupo de

escolares. La voz aguda de la maestra se escuchaba por todas las salas, y Rick pensó: Esa es la voz,

y la figura, que debería tener un andrillo. Y no las de Rachael Rosen o Luba Luft. O el hombre -o la

cosa- que iba a su lado.

- ¿Ha visto alguna vez un andrillo que tuviera un animal? -preguntó Phil Resch.

Por alguna razón oscura Rick sentía la necesidad de ser brutalmente sincero. Quizás había

empezado a prepararse para la tarea que le esperaba.

- En dos casos que he conocido, los androides tenían y cuidaban animales. Pero es muy raro.

Por lo que sé, suele fallar. El andrillo es incapaz de mantener al animal con vida. Los animales

exigen un ambiente de cariño, excepto los reptiles y los insectos.

- ¿Y una ardilla necesita una atmósfera de amor? Porque Buffy está espléndida y lustrosa como

una nutria. La peino día por medio.

Phil Resch se detuvo ante un cuadro al óleo; mostraba a una criatura pelada y oprimida, con una

cabeza semejante a una pera invertida, que apretaba sus manos horrorizadas contra sus oídos, con la

boca abierta en un vasto grito mudo. Las olas encrespadas de su dolor, los ecos del grito, ocupaban

el espacio que la rodeaba. El hombre, o la mujer, estaba encerrado dentro de su propio aullido. Se

cubría los oídos para protegerse de su propia voz. La criatura estaba de pie en un puente, y no había

nadie más. Gritaba a solas. Aislada por el grito o a pesar de él.

- También hay un grabado con este tema -observó Rick, leyendo la tarjeta colocada debajo de la

pintura.

- Se me ocurre que así deben sentirse los androides -dijo Phil Resch, y trazó en el aire los ecos,

visibles en la pintura, del grito de la criatura-. Yo no me siento así, por lo tanto quizá no sea un…

Se interrumpió porque varias personas se acercaban a ver el cuadro.

- Allí está Luba Luft -Rick la señaló, y Phil Resch abandonó sus oscuros pensamientos y

defensas. Ambos avanzaron hacia ella a paso mesurado, tomándose su tiempo, como si nada. Era

vital, en todo caso, que mantuvieran un aire trivial. Había que proteger a cualquier precio, incluso el

de perder la presa, a los seres humanos inconscientes de la presencia de androides.

Luba Luft sostenía un catálogo impreso; vestía unos brillantes pantalones que se afinaban hacia

los tobillos, y un chaleco dorado y pintado. Parecía absorta en un cuadro, el dibujo de una jovencita

sentada al borde de una cama, con las manos unidas y expresión de asombro y de un pánico nuevo y

creciente.

- ¿Quiere que se la compre? -le preguntó Rick a Luba Luft, cogiéndole suavemente el brazo. Le

expresaba así que se había apoderado de ella, y que no le era preciso esforzarse para detenerla. Del

otro lado, Phil Resch, Phil Resch le apoyó en el hombro una mano en la que resaltaba el bulto de un

tubo láser. Resch no pensaba correr riesgos, después de lo sucedido con Garland.

- No está en venta -Luba Luft lo miró distraída, luego intensamente, cuando lo reconoció. Su

mirada se torno opaca y los colores abandonaron su rostro, que adoptó un tono cadavérico, como si

ya hubiera empezado a pudrirse, como si su vida se hubiese retirado a un recóndito lugar en su

interior, dejando su cuerpo abandonado a la ruina.

- Señorita Luft -respondió Rick-, éste es el señor Resch. Phil Resch, le presento a la célebre

cantante de ópera Luba Luft. El policía que me arrestó es un androide, como su jefe. ¿Conocía usted

al inspector Garland? Me dijo que habían venido juntos en la misma nave, en grupo.

- El departamento policial adonde usted llamó -explicó Phil Resch- y que funciona en un

edificio de la calle Mission, es aparentemente el centro orgánico que utiliza su grupo para

mantenerse en contacto. Y hasta se sienten suficientemente confiados para contratar a un cazador de

bonificaciones humano. Es evidente…

- ¿Usted? -dijo Luba Luft-. Usted no es humano. No más que yo: también es un androide.

Hubo una pausa y Phil Resch dijo en voz grave y controlada:

- Ya nos ocuparemos de eso a su debido tiempo -luego se dirigió a Rick-. Llevémosla a mi

coche.

Los tres, con Luba en el centro, se dirigieron hacia el ascensor. Luba Luft no se movía por su



propia voluntad, pero tampoco se resistía de un modo activo. Parecía resignada. Rick había visto

esto en otros androides, en situaciones graves. La energía artificial que los animaba declinaba

cuando se les exigía demasiado. En algunos casos, pues en otros, esa energía estallaba con furia.

Los androides tenían, como él sabía, el deseo innato de pasar inadvertidos. En el museo,

rodeada de gente, Luba Luft probablemente no intentaría nada. El verdadero encuentro, sin duda el

último para ella, ocurriría en el coche, donde nadie pudiera verla. Allí era posible que se liberara

violentamente de sus inhibiciones. Rick se preparó, sin pensar por el momento en Phil Resch. Tal

como él mismo había dicho, ya habría que ocuparse de eso a su tiempo.

Al final del pasillo, junto a los ascensores, había un pequeño puesto donde vendían copias y

libros de arte. Luba se detuvo.

- Un momento -le dijo a Rick; el color había retornado a su rostro, en parte, y una vez más

parecía vivir…, al menos momentáneamente-. Cómpreme una reproducción de la obra que estaba

mirando cuando me encontraron; la de la chica sentada en la cama.

Después de una pausa. Rick se dirigió a la vendedora, una mujer de mediana edad, con la

quijada prominente y el pelo gris sujeto por una redecilla.

- ¿Tiene una reproducción de Pubertad, de Munch?

- Sólo en el libro de la obra completa -respondió la vendedora, cogiendo el hermoso volumen

satinado-. Veinticinco dólares, señor.

- Lo llevaré.

- Mi sueldo no alcanza para… -dijo Phil Resch.

- Yo lo compraré -respondió Rick. Pagó a la mujer y dio el libro a Luba-. Vamos.

- Se lo agradezco mucho -dijo Luba mientras entraban en el ascensor-. Hay algo misterioso y

conmovedor en los seres humanos. Un androide jamás habría hecho eso -miró glacialmente a Phil

Resch-. A él no se le habría ocurrido -su mirada era de verdadera hostilidad y aversión-. La verdad

es que no me gustan los androides. Desde que llegué de Marte, mi vida ha consistido en imitar a los

seres humanos, en hacer lo que hacen las mujeres humanas, imaginando que tenía sus impulsos y

pensamientos, tratando de asemejarme a lo que considero una forma de vida superior. A usted,

Resch, ¿no le ocurre lo No trata de…

- No puedo tolerarlo -dijo Phil Resch, buscando algo en su abrigo.

- No -dijo Rick. Trató de cogerle la mano, pero Resch retrocedió y lo evitó. El test de Boneli,

recordó Rick.

- Ha admitido que es una androide -dijo Resch-. No tenemos por qué esperar.

- Pero retirarla sólo porque lo ha agredido… Déme eso

mismo? ¿


dijo Rick, tratando de apoderarse del tubo láser, que siguió en la mano de Resch, quien se

desplazó en el pequeño ascensor para eludirlo, y con la atención concentrada exclusivamente en Luba

Luft-. Está bien -agregó-. Retírela, mátela. Demuéstrele así que ella ha dicho la verdad -se

interrumpió al advertir que Resch pensaba realmente hacerlo-.;Espere!

Phil Resch disparó, mientras Luba Luft, en un gesto de frenético terror, giraba, trataba de

apartarse, caía. El rayo erró. pero cuando Resch bajó su arma perforó silenciosamente un pequeño

agujero en el estómago de la cantante. Luba empezó a gritar, agazapada contra la pared del ascensor.

Como la chica del dibujo, pensó Rick. Y la remató con su propio tubo láser. El cuerpo cayó hacia

adelante, boca abajo, en montón. Ni siquiera se estremeció.

- Podría haberse quedado con el libro -dijo Resch-. Le ha costado…

- ¿Cree usted que los androides tienen alma? -interrumpió Rick, viendo que Phil Resch lo

miraba aún más asombrado y con la cabeza ladeada. Luego continuó-: Puedo permitirme comprar ese

libro. Hoy he ganado tres mil dólares, y aún no he terminado.

- Pero a Garland lo maté yo, no usted -dijo Phil Resch-. Usted simplemente estaba allí. Y a Luba

también le disparé.

- Pero no podrá cobrar el dinero, ni en su departamento policial ni en el nuestro. Cuando

lleguemos a su coche le haré el test de Boneli o el de Voigt-Kampff, y entonces veremos. Pese a no

estar incluido en mi lista -con manos templorosas abrió su cartera, y buscó en las arrugadas copias al

carbón-. No, no está. Así que legalmente no puedo perseguirlo. En todo caso reivindicaré el retiro de

Garland y el de Luba Luft.

- ¿Está seguro de que soy un androide? ¿Es eso realmente lo que Garland le dijo?

- Eso es lo que Garland me dijo.

- Quizá mentía -observó Phil Resch-. Para separarnos. Para que estuviéramos como ahora. Es

una tontería permitir que algo nos distancie. Y usted tiene razón acerca de Luba Luft: no debí de

haber perdido la serenidad. Debo ser demasiado sensitivo… O quizás, eso es natural en un cazador

de bonificaciones. Tal vez usted reacciona del mismo modo. Por otra parte, tendríamos que haber

retirado a Luba Luft de todas maneras, media hora más tarde. Sólo media hora. Y no habría tenido

tiempo de mirar el libro que usted le regaló. Y que no debió destruir. Eso fue un despilfarro. No

comprendo, no es razonable.

- Abandonaré este oficio -dijo Rick.

- ¿Para hacer… qué?

- Cualquier cosa. Seguros, como Garland, según el informe. O emigraré. Sí -afirmó-. Me iré a

Marte.

- Pero alguien tiene que hacer esto.



- Pueden emplear androides. Sería mucho mejor. Yo ya no puedo, he hecho demasiado. Luba era

una cantante maravillosa, todo el planeta podía disfrutar de sus dotes. Esto es una locura.

- Es necesario. Recuerde que han matado a seres humanos para escapar. Recuerde que si yo no

lo hubiera sacado del departamento policial de la calle Mission, lo habrían matado. Por eso me

llamó Garland, por eso hizo que fuera a su despacho. Y Polokov, ¿no estuvo a punto de matarlo? ¿Y

Luba Luft? Estamos actuando para defendernos. Ellos están en nuestro planeta, son extranjeros

ilegales, criminales que se disfrazan de…

- De policías -dijo Rick-. De cazadores de bonificaciones.

- Pues…, aplíqueme el test de Boneli. Quizá Garland haya mentido. Yo creo que lo ha hecho;

una memoria falsa no puede ser tan buena. ¿Y mi ardilla?

- Sí, su ardilla. Me había olvidado.

- Si soy un andrillo y usted me mata -dijo Phil Resch-, puede quedarse con mi ardilla. Se la

dejaré en herencia, con un documento firmado.

- Los andrillos no pueden dejar nada en herencia. No poseen cosa alguna.

- Entonces quédesela -dijo Resch.

- Quizás acepte -respondió Rick. El ascensor había llegado a la planta baja y las puertas se

abrieron-. Llamaré a un patrullero para que lleven el cuerpo al laboratorio. Le harán el análisis de

médula. Quédese aquí, con Luba -buscó una cabina, entró, puso una moneda con las manos

temblorosas y marcó el número. Mientras tanto, la gente que esperaba el ascensor se

reunía curiosa en torno de Phil Resch y del cuerpo de Luba Luft.

Había sido una cantante maravillosa, se dijo después de llamar. No comprendo cómo un don

semejante puede ser un riesgo para la sociedad. Pero no era su don; era ella misma el riesgo. Como

Phil Resch. El representa la misma amenaza y por las mismas razones. De modo que no puedo

marcharme ahora, concluyó Rick.

Salió de la cabina, se abrió paso entre la gente hasta el ascensor, donde estaban Phil y la figura

caída de la muchacha. Alguien la había cubierto con un abrigo. No era el de Resch.

El estaba a un lado, fumando vigorosamente un pequeño cigarro gris.

- Espero de todo corazón que sea usted un androide -dijo Rick.

- Me odia, de verdad -dijo Phil Resch, sorprendido-. Y es ahora, repentinamente; no me odiaba

en la calle Mission, cuando le salvé la vida.

- Veo una estructura. La manera en que mató a Garland, la manera en que mató a Luba. Usted no

mata como yo, no trata de -ya sé por qué-. A usted le gusta matar, lo único que necesita es un

pretexto. Si tuviera un pretexto me mataría a mí. Por eso le gustó la posibilidad de que Garland fuera

un androide: así podía matarlo. Me pregunto qué hará si fracasa en el test de Boneli. ¿Se matará? A

veces, los androides lo hacen.

Era una situación extraña.

- Sí, yo me encargaré de hacerlo -repuso Phil Resch-. Usted sólo tendrá que hacerme el test.

Llegó un patrullero. Dos policías descendieron, vieron la multitud reunida y se abrieron camino.

Uno de ellos reconoció y saludó a Rick. Ahora podemos irnos, pensó él. Finalmente, nuestra tarea

aquí está terminada.

Volvió con Resch a la Opera, en cuyo terrado se encontraba el coche aéreo.

- Le daré mi tubo láser -dijo Resch-. Así no tendrá que preocuparse por mis reacciones, ni por

su seguridad personal -entregó el arma a Rick, quien la aceptó.

- ¿Y cómo se mataría? -preguntó Rick.

- Conteniendo la respiración.

- Por Dios -dijo Rick-. No es posible.

- En los androides, el nervio vago no puede actuar automáticamente, como en los seres humanos.

¿No se lo enseñaron durante su instrucción? Yo lo aprendí hace años.

- Pero… morir de esa… manera -protestó Rick.

- Es indolora. ¿Qué tiene de particular?

- Es…

Rick hizo un gesto vago, incapaz de hallar palabras.



- Y además, no creo que lo necesite. Subieron al terrado de la Opera y al coche aéreo de Phil

Resch.


- Me gustaría que empleara el test de Boneli -dijo Resch, ya sentado ante los mandos, cerrando

la puerta.

- No puedo. No sé cómo se hace el cómputo -en verdad, pensó Rick, tendría que confiar en él

para interpretar los datos. Y eso estaba fuera de la cuestión.

- ¿Me dirá la verdad? -preguntó Phil Resch-. Si soy un androide, ¿me lo dirá?

- Por supuesto.

- Porque realmente quiero saberlo. Debo saberlo -Phil Resch volvió a encender su cigarro, y

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