Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas: 1



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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS PEREGRINOS QUE HABÍAN PARTICIPADO EN LA CANONIZACIÓN Lunes 17 de mayo de 2004

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas: 1. Después de la solemne celebración de ayer, en la que tuve la alegría de proclamar a seis nuevos santos, me complace encontrarme con vosotros, unidos por especiales vínculos de afecto espiritual a cinco de ellos: Aníbal María di Francia, José Manyanet y Vives, Nimatullah Kassab Al-Hardini, Paula Isabel Cerioli y Gianna Beretta Molla. Al dirigiros mi cordial saludo, quisiera reflexionar brevemente ahora con vosotros sobre la devoción mariana de estos santos. 2. Aníbal María di Francia se sentía honrado de llevar desde su bautismo el nombre de la Virgen, a la que solía llamar "mi mamá". Alimentaba hacia ella una devoción muy tierna y ardiente, y la invocaba como Madre de la Iglesia y Madre de las vocaciones. Quiso que la Inmaculada fuera considerada "Superiora absoluta, inmediata y efectiva" de las Hijas del Divino Celo y de los Rogacionistas, por él fundados, recomendando su devoción como secreto de santidad y especial gloria de los dos institutos. 3. Saludo ahora con afecto a los peregrinos de lengua española que habéis venido para participar en la canonización de san José Manyanet, sacerdote español que en el siglo XIX fue instrumento elegido para promover el bien de la familia junto con la educación de los niños y los jóvenes. Él fijó su corazón en la Sagrada Familia. El "evangelio de la familia", vivido por Jesús en Nazaret junto a María y José, fue el motor de la caridad pastoral del padre Manyanet e inspiró su pedagogía. Buscó, además, que la Sagrada Familia fuera conocida, venerada e imitada en el seno de las familias. Esta es su herencia y, con sus palabras, en su lengua materna catalana os digo hoy, a vosotros, religiosos y religiosas fundados por él, a los padres y madres de familia, a los alumnos y ex alumnos de sus centros: "Feu un Natzaret de les vostres llars, una Santa Família de les vostres famílies". Que us hi ajudi la intercessió de sant Josep Manyanet ! (¡Haced un Nazaret de vuestros hogares, una Sagrada Familia de vuestras familias! ¡Que os ayude la intercesión de san José Manyanet!). 4. El rezo del rosario marcó las jornadas de san Nimatullah Al-Hardini desde su infancia. A lo largo de su vida, encontró en la Madre de Dios, la Inmaculada Concepción, el modelo mismo de fidelidad a Cristo, a la que aspiraba. A ejemplo de María de Nazaret, que veló sobre su Hijo divino, vivió sus votos monásticos con paciencia y discreción, abandonándose totalmente a la voluntad divina. Que su testimonio suscite en todos nosotros un amor sincero y filial a María, nuestra Madre y nuestra protectora. 5. Paula Isabel Cerioli, esposa y madre, pero privada en poco tiempo de sus hijos y de su esposo, se unió al misterio de María, la Virgen de los Dolores, y de su maternidad espiritual. Se dedicó entonces a acoger a niños huérfanos y pobres, inspirándose en la Sagrada Familia de Nazaret. A ejemplo de María supo transformar el amor natural en sobrenatural, dejando que Dios dilatara su corazón de madre. Que su ejemplo siga hablando a numerosos corazones de esposas, de madres y de almas consagradas. 6. También Gianna Beretta Molla alimentó una profunda devoción hacia la Virgen. La referencia a la Virgen es recurrente en las cartas a su novio Pietro y en los años sucesivos de su vida, especialmente cuando fue internada para la extirpación del fibroma, sin poner en peligro a la criatura que llevaba en su seno. Fue precisamente María quien la sostuvo en el extremo sacrificio de la muerte, como confirmación de cuanto ella misma solía repetir siempre: "Sin la ayuda de la Virgen, no se va al Paraíso". 7. Queridos hermanos, que estos nuevos santos os ayuden a aprovechar su lección de vida evangélica. Seguid sus pasos e imitad, de modo especial, su devoción filial a la Virgen María, para avanzar siempre, en su escuela, por el camino de la santidad. Con este deseo, que acompaño con la oración, os renuevo a todos vosotros y a vuestros seres queridos la bendición apostólica.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE HONDURAS SEÑOR RICARDO MADURO JOEST

Lunes 17 de mayo de 2004

Señor Presidente:

Con mucho gusto le recibo y le doy mi más cordial bienvenida, al tiempo que le agradezco su visita, formulando mis mejores votos por su persona y por su altísima misión al servicio del pueblo hondureño. En esta ocasión deseo renovar mi afecto por los habitantes de su País, que recuerdo siempre en mi oración, pidiendo a Dios que bendiga a cada uno de ellos, a las familias y a los diversos grupos sociales para que puedan tener un presente sereno y un futuro esperanzador, construyendo una sociedad basada en la justicia y la paz, la fraternidad y la solidaridad, lo cual favorecerá el progreso integral de todos, especialmente de los más desfavorecidos.

Sobre Vuestra Excelencia, sobre sus colaboradores en el Gobierno y sobre todo el católico pueblo de Honduras invoco toda clase de bendiciones del Dios providente y misericordioso, por mediación de la Santísima Virgen de Suyapa, tan venerada en esa amada Nación.

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II EN EL ENCUENTRO CON LA FAMILIA RELIGIOSA DE DON LUIS ORIONE Sábado 15 de mayo de 2004

1. Con gran alegría me encuentro esta tarde con vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que representáis a toda la familia del beato Luis Orione. Saludo a los señores cardenales, a los obispos, a las autoridades y a cuantos han querido estar presentes en esta fiesta. Dirijo un saludo en particular al director general del Instituto, don Roberto Simionato, que se ha hecho intérprete de los sentimientos de cada uno de vosotros. Saludo también a los diversos miembros de la familia orionina: Hijos de la Divina Providencia, Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad, laicos consagrados y asociados en el Movimiento Laical Orionino, devotos y peregrinos procedentes de Europa, África, Asia y América. Un saludo especial a los jóvenes y a los numerosos discapacitados presentes, que me brindan la ocasión de abrazar idealmente a todos los huéspedes de vuestras casas, a los cuales don Orione consideraba sus "tesoros" y "perlas" preciosas. Un saludo agradecido va también a la RAI, que ofrece a numerosos italianos esparcidos por el mundo la posibilidad de unirse a esta manifestación. 2. Una sorpresa muy grata ha sido escuchar, hace unos momentos, la voz de don Orione. ¡A cuántos corazones consoló esta voz, a cuántas personas aconsejó! A todos indicó el camino del bien. Humilde y audaz, durante toda su vida estuvo siempre dispuesto y atento a las necesidades de los pobres, hasta el punto de que fue honrado con el título de "ayudante de la Divina Providencia". Su testimonio sigue siendo muy actual. El mundo, muy a menudo dominado por la indiferencia y la violencia, necesita personas que, como él, "colmen de amor los surcos de la tierra, llenos de egoísmo y odio" (Escritos, 62, 99). Hacen falta buenos samaritanos dispuestos a responder al "grito angustioso de numerosos hermanos nuestros que sufren y desean a Cristo" (ib., 80, 170). 3. Queridos hermanos y hermanas, don Orione intuyó con claridad que la primera obra de justicia es dar a Cristo a los pueblos, porque "la caridad es lo que edifica a todos, lo que unifica a todos en Cristo y en su Iglesia" (ib., 61, 153). Aquí reside el secreto de la santidad, pero también de la paz que deseamos ardientemente para las familias y para los pueblos. Que don Orione interceda, en particular, por la paz en Tierra Santa, en Irak y en las demás regiones del mundo, turbadas por guerras y conflictos sangrientos. Nos dirigimos ahora a la Virgen, de quien vuestro fundador fue siempre muy devoto, para que siga protegiendo la Pequeña Obra de la Divina Providencia, llamada a anunciar y testimoniar el Evangelio a los hombres del tercer milenio. A todos mi bendición. Quisiera recordar a un hijo espiritual de don Orione que conocí en Polonia: monseñor Bronislaw Dabrowski, secretario general del Episcopado polaco. Lo recuerdo siempre con gran simpatía y gratitud, porque en aquellos tiempos difíciles nos enseñó que es preciso ser valientes, humildes y fuertes. Que su alma goce de paz. Doy las gracias a todos una vez más.


ACTO DE CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN

1. María, Madre de Cristo y de la Iglesia, mientras contemplamos a tu lado en la gloria a Luis Orione, padre de los pobres y bienhechor de la humanidad dolorida y abandonada, te consagramos la Pequeña Obra de la Divina Providencia, que es obra tuya desde el inicio. A tus pequeños hijos e hijas dales, oh Madre, la inagotable capacidad de amar que brota del Corazón traspasado del Crucificado. Dales hambre y sed de caridad apostólica, a ejemplo del fundador, que suspiraba: ¡Almas, almas! 2. Acuérdate, Virgen santísima, de la humilde familia religiosa que, después de una intensa y prolongada oración ante tu venerada imagen, don Orione regaló a la Iglesia. Tú has querido valerte de la Pequeña Obra, llamando a sus hijos e hijas al altísimo privilegio de servir a Cristo en los pobres. Has querido que estén animados por una caridad ardiente y que confíen en tu Divina Providencia. Que jamás se extinga en ellos el fuego sagrado del amor a Dios y al prójimo. 3. Dales amor devoto al Sucesor de Pedro, obediencia diligente a los obispos y generosa disponibilidad al servicio de la comunidad cristiana. Hazlos sensibles a las necesidades del prójimo, atentos y solícitos hacia los hermanos más pobres y abandonados, hacia los marginados y hacia cuantos son considerados como desechos de la sociedad. Haz que las hijas y los hijos de don Orione, sostenidos por un amor sin límites a Cristo, acojan con misericordia inagotable cualquier forma de miseria humana, manifestando amor y compasión a todos. 4. Da, oh María, a la familia orionina un corazón grande y magnánimo, que llegue a todos los sufrimientos y enjugue todas las lágrimas. Derrama en abundancia tus gracias sobre los que con confianza recurren a ti en todas las necesidades. Que la vida de la Pequeña Obra de la Divina Providencia se consagre a dar a Cristo al pueblo y al pueblo a Cristo. 5. María, Estrella luminosa de la mañana puesta por Dios sobre el horizonte de la humanidad, extiende benigna tu manto sobre nosotros, peregrinos en los caminos del tiempo entre múltiples peligros y asechanzas, e interviene en nuestro auxilio ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.



DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Sábado 15 de mayo de 2004

Señores cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amadísimos hermanos y hermanas: 1. Os dirijo mi saludo cordial a todos vosotros, que habéis venido de diversas regiones del mundo para participar en la asamblea plenaria del Consejo pontificio para el diálogo interreligioso. Saludo al presidente, monseñor Michael Louis Fitzgerald, y le agradezco las palabras que amablemente me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo al secretario y a los demás colaboradores del Consejo pontificio y a cuantos han preparado este importante encuentro, con el cual se quiere celebrar el 40° aniversario de la erección del dicasterio, que tuvo lugar el 19 de mayo de 1964. La decisión de mi venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI nació, como él mismo afirmó, "del clima de unión y de expectativas que ha caracterizado claramente el concilio Vaticano II" (Discurso al Colegio cardenalicio, 23 de junio de 1964). Y del Concilio mismo, sobre todo de la declaración Nostra aetate , este nuevo organismo recibió las líneas directrices para su actividad orientada a promover las relaciones con personas de otras religiones. 2. Durante los cuarenta años transcurridos, el Dicasterio ha prestado con celoso empeño su servicio eclesial, encontrando respuestas positivas y convergencias fructuosas en numerosas diócesis, así como en Iglesias y comunidades cristianas de diferentes denominaciones. Además, la importancia del trabajo que lleváis a cabo ha sido apreciada por muchas organizaciones de otras religiones, que han tenido en el pasado y siguen teniendo aún provechosos contactos con vuestro Consejo pontificio, y comparten con vosotros diversas iniciativas de diálogo. Es preciso intensificar esta fructuosa cooperación, orientando la atención hacia temas de interés común. 3. En los próximos años la Iglesia se esforzará aún más por responder al gran desafío del diálogo interreligioso. En la carta apostólica Novo millennio ineunte afirmé que el milenio recién iniciado se sitúa en la perspectiva de un "marcado pluralismo cultural y religioso" (n. 55). Por tanto, el diálogo es importante y debe continuar, pues "forma parte de la misión evangelizadora de la Iglesia", en "íntima vinculación" con el anuncio de Cristo y, al mismo tiempo, distinto de él, sin confusión ni instrumentalización (cf. Redemptoris missio , 55). Sin embargo, al promover este diálogo con los seguidores de otras religiones, debe evitarse todo relativismo e indiferentismo religioso, esforzándose por ofrecer a todos con respeto el gozoso testimonio de "nuestra esperanza" (cf. 1 P 3, 15). 4. Como expliqué en la Novo millennio ineunte , el diálogo interreligioso también es importante para "proponer una firme base de paz" y hacer que "el nombre del único Dios" llegue a ser "cada vez más, como ya es de por sí, un nombre de paz y un imperativo de paz" (n. 55). Los cristianos, en virtud del "ministerio de la reconciliación" que Dios les ha confiado (cf. 2 Co 5, 18), saben que pueden contribuir a la edificación de la paz en el mundo, dejándose animar por el amor a todos los hombres y a todo hombre, buscando con valentía la verdad y cultivando una sed profética de justicia y de libertad. Este esfuerzo va acompañado siempre por una perseverante, humilde y confiada oración a Dios. En efecto, la paz es ante todo don divino, que se ha de implorar incansablemente. La Virgen María acompañe el trabajo de vuestro Consejo pontificio y haga fructuosos todos vuestros proyectos. Por mi parte, os aseguro un recuerdo en la oración, y de corazón imparto a todos una especial bendición apostólica.

AUDIENCIA DEL PAPA JUAN PABLO II AL SEÑOR ÉMILE LAHOUD PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE LÍBANO Sábado 15 de mayo de 2004

Señor presidente: Acojo a su excelencia con alegría y le doy una cordial bienvenida a usted y a toda la delegación que lo acompaña. Conservando un feliz recuerdo de mi visita apostólica a su querido país, expreso mis mejores deseos para su persona y para todos sus compatriotas. Pido a Dios que ayude a todos los libaneses a consolidar la unidad de su nación, en la concordia y el respeto de todos los que la componen, y deseo que la canonización de un hijo de su tierra, el padre Nimatullah Al-Hardini, sea para sus compatriotas un ejemplo de vida fraterna. Ruego a Dios que sostenga también los esfuerzos de todos los hombres de buena voluntad en favor de la paz, especialmente en la región de Oriente Medio, tan probada por violencias inaceptables. Sobre su excelencia, sobre su familia, sobre el querido pueblo libanés y sobre sus dirigentes invoco la abundancia de las bendiciones divinas.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CONSEJO ESPECIAL PARA EUROPA DE LA SECRETARÍA GENERAL DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS



Viernes 14 de mayo de 2004

Amadísimos hermanos en el episcopado: 1. Os dirijo a todos mi saludo particularmente gozoso en este tiempo pascual, mientras os encontráis en Roma para la cuarta reunión del Consejo especial para Europa de la Secretaría general del Sínodo de los obispos. Os expreso mi gratitud por el trabajo que realizáis en favor de la colegialidad episcopal, ofreciendo al Sucesor de Pedro el apoyo de vuestro prudente consejo y de vuestra caridad pastoral. Junto con vosotros, hoy, tengo la alegría de saludar a monseñor Nikola Eterovic, a quien he llamado recientemente a prestar, como secretario general del Sínodo de los obispos, este especial servicio al ministerio petrino y a la colegialidad de los pastores de la Iglesia. 2. Es la primera vez que os reunís después de la promulgación de la exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa , fruto de la II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos. Vuestro objetivo es reflexionar sobre su recepción y promover una difusión, un conocimiento y una aplicación mejores, como deseamos, de este importante documento, nacido en el clima sinodal de la Iglesia que peregrina en nuestra Europa. Vuestra reunión se celebra en un momento particular, caracterizado por la reciente ampliación de la Unión europea. La Iglesia católica espera que este proceso continúe hasta alcanzar los confines geográficos del continente, abrazando a todos sus pueblos. En efecto, esos pueblos, además de tener fuertes vínculos históricos, comparten los mismos valores culturales y religiosos. 3. Una Europa de los pueblos, unida en el respeto de la legítima pluralidad que enriquece a todas las naciones, tanto a las pequeñas como a las grandes, en un proceso abierto de intercambio de dones. Una Europa en la que se respete la dignidad trascendente de la persona humana, el valor de la razón, de la libertad, de la democracia, del Estado de derecho y de la distinción entre política y religión (cf. Ecclesia in Europa , 109). Esta Europa, fundada en el derecho, decidida a respetar los valores humanos y cristianos y orientada a la solidaridad en favor de todos sus miembros, sobre todo de los más necesitados, se convertirá en un continente próspero y pacífico, cuyo ejemplo será estimulante para los demás pueblos y naciones. La Iglesia católica, con la fuerza del mensaje de paz y de esperanza que le ofrece el Señor resucitado, no se cansará de volver a proponer este ideal a los pueblos europeos en este importante momento de su historia, comprometiéndose, en lo que le compete, en favor de la puesta en práctica de este noble proyecto, a fin de que se transforme en manantial de un futuro mejor para todos sus habitantes y para la humanidad entera. 4. Encomiendo el cumplimiento de estos generosos propósitos a la intercesión de la santísima Virgen María, Madre de la esperanza, a fin de que Europa, reencontrándose a sí misma, sea capaz de construir un futuro mejor para todos sus ciudadanos, en el respeto de los derechos de Dios y del hombre, y se convierta cada vez más en un continente próspero y pacífico. Como signo de comunión colegial y de gratitud por vuestro valioso servicio, también en vuestra calidad de miembros del Consejo especial para Europa de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, os imparto de buen grado la bendición apostólica.

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CUARTO GRUPO DE OBISPOS DE ESTADOS UNIDOS EN VISITA "AD LIMINA" Viernes 14 de mayo de 2004



Queridos hermanos en el episcopado: 1. "Dios, rico en misericordia, por su gran amor..., nos vivificó juntamente con Cristo" (Ef 2, 4-5). Con estas palabras de san Pablo os doy una cordial bienvenida a vosotros, obispos de la Iglesia en California, Nevada y Hawai, con ocasión de vuestra visita ad limina Apostolorum. Continuando mi reflexión sobre el munus sanctificandi de los obispos, deseo hablar de la llamada a una profunda conversión del corazón y de la mente, esencial para el nuevo impulso a la vida cristiana al que he invitado a toda la Iglesia. Espero que un compromiso de purificación permanente y de profunda renovación suscite un mayor aprecio por la misión de santificación de la Iglesia y estimule su testimonio profético en la sociedad norteamericana y en el mundo. 2. Todo miembro de la Iglesia es un peregrino a lo largo del camino de la santificación personal. Por medio del bautismo, el creyente entra en la santidad de Dios mismo, al ser incorporado a Cristo y convertido en morada de su Espíritu. Pero la santidad no es sólo un don. Es también una tarea, intrínseca y esencial para el seguimiento de Cristo, que plasma toda la vida cristiana (cf. Novo millennio ineunte, 30). Impulsada por la enseñanza explícita del Señor -"esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación" (1 Ts 4, 3)-, la comunidad de creyentes ciertamente es cada vez más consciente de que la santidad es lo que expresa mejor el misterio de la Iglesia (cf. Novo millennio ineunte , 7) y suscita el deseo de dar un "testimonio espléndido" (Lumen gentium , 39). Como obispos, debéis estar en la primera fila del camino espiritual de santificación. Vuestro ministerio episcopal de servicio eclesial, caracterizado por vuestra búsqueda personal de la santidad y por vuestra llamada a santificar a los demás, es una participación en el ministerio de Jesús y está ordenado a la construcción de su Iglesia. Exige un estilo de vida que rechace claramente toda tentación de ostentación y arribismo, o el recurso a modelos seculares de liderazgo; al contrario, requiere que deis testimonio de la "kénosis" de Cristo, con la caridad pastoral, la humildad y la sencillez de vida (cf. Código de derecho canónico , c. 387; Ecclesia in America , 28). Caminando en presencia del Señor, creceréis en una santidad vivida con y para vuestros sacerdotes y vuestro pueblo, suscitando en ellos el deseo de abrazar los elevados valores de la vida cristiana y guiándolos tras las huellas de Cristo. 3. La credibilidad de la proclamación de la buena nueva por parte de la Iglesia está íntimamente relacionada con el compromiso de sus miembros en la santificación personal. La Iglesia tiene siempre necesidad de purificación; por eso, debe seguir constantemente el camino de la penitencia y de la renovación (cf. Lumen gentium, 8). La voluntad del Padre de que todos los creyentes se santifiquen es confirmada por la exhortación fundamental del Hijo: "Convertíos y creed en la buena nueva" (Mc 1, 15). Así como Pedro se hizo eco audazmente de este imperativo en Pentecostés (cf. Hch 2, 38), también vosotros habéis recibido la tarea de anunciar una llamada kerigmática a la conversión y a la penitencia, proclamando la misericordia infinita de Dios e invitando a todos a experimentar la llamada a la reconciliación y a la esperanza, que ocupa un lugar central en el Evangelio (cf. Pastores gregis , 39). Hoy urge, más que nunca, tener la valentía de afrontar la crisis de la pérdida del sentido del pecado, sobre la que alerté a toda la Iglesia al comienzo de mi pontificado (cf. Reconciliatio et paenitentia , 18). Mientras abundan los efectos del pecado -codicia, falta de honradez y corrupción, ruptura de las relaciones y explotación de las personas, pornografía y violencia-, ha disminuido el reconocimiento de la malicia individual. En su lugar ha surgido una inquietante cultura de culpas y litigios, que habla más de venganza que de justicia y no reconoce que en toda persona hay una herida que, a la luz de la fe, llamamos pecado original (cf. ib., 2). San Juan nos dice: "Si decimos: "No tenemos pecado", nos engañamos" (1 Jn 1, 8). El pecado forma parte de la verdad sobre la persona humana. Reconocerse a sí mismo como pecador es el paso primero y esencial para volver al amor salvador de Dios. Teniendo en cuenta esta realidad, el deber del obispo de indicar la presencia lamentable y destructora del pecado, tanto en las personas como en las comunidades, es efectivamente un servicio de esperanza. Lejos de ser algo negativo, fortalece a los creyentes para que abandonen el mal y abracen la perfección del amor y la plenitud de la vida cristiana. Anunciemos con valentía que en verdad no somos la suma total de nuestras debilidades y fracasos. Somos la suma del amor del Padre a nosotros, y tenemos la capacidad de llegar a ser la imagen de su Hijo. 4. La paz y la armonía duraderas, tan anheladas por las personas, las familias y la sociedad, sólo pueden conseguirse a través de la conversión, que es fruto de la misericordia y parte constitutiva de la auténtica reconciliación. Como obispos, tenéis el deber, difícil pero satisfactorio, de promover el verdadero sentido cristiano de la reconciliación. Quizá ninguna historia ilustre mejor el profundo drama de la metanoia que la parábola del hijo pródigo, que comenté detenidamente en otra parte (cf. Dives in misericordia , 5-6). Toda persona es, en cierto sentido, un hijo pródigo. Todos podemos caer en la tentación de separarnos del Padre y sufrir así la pérdida de la dignidad, la humillación y la vergüenza, pero también podemos tener la valentía de volver al Padre, que nos abraza con un amor que, trascendiendo incluso la justicia, se manifiesta como misericordia. Cristo, que revela la abundante misericordia de Dios, nos pide que hagamos eso mismo, incluso ante un pecado grave. En efecto, la misericordia "constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión" (ib., 6), y por eso jamás puede dejarse a un lado en nombre del pragmatismo. Precisamente la fidelidad del Padre al amor misericordioso, propio de él como padre, es lo que le impulsa a restablecer la relación filial con su hijo, que "estaba perdido y ha sido hallado" (Lc 15, 32). También vosotros, como pastores de vuestra grey, con este amor misericordioso -nunca un mero sentido de favor- debéis "inclinaros hacia todo hijo pródigo, hacia toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado" (Dives in misericordia , 6). De este modo, sacaréis bien del mal y convertiréis la muerte en vida, revelando de nuevo el rostro auténtico de la misericordia del Padre, tan necesaria en nuestro tiempo. 5. Queridos hermanos, deseo animaros de modo especial en vuestra promoción del sacramento de la penitencia. Como medio instituido divinamente, con el cual la Iglesia realiza la actividad pastoral de reconciliación, es "el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia" (Catecismo de la Iglesia católica , n. 1484). Aunque no puede negarse que la gran fuerza de este sacramento se ve hoy a menudo con indiferencia, también es verdad que en particular los jóvenes de buen grado dan testimonio de las gracias y los beneficios transformadores que concede. Fortalecidos por este mensaje alentador, os exhorto una vez más directamente a vosotros y a vuestros sacerdotes: tened más confianza, creatividad y perseverancia al presentarlo y al llevar a las personas a apreciarlo (cf. Novo millennio ineunte, 37). El tiempo gastado en el confesonario es tiempo gastado al servicio del patrimonio espiritual de la Iglesia y de la salvación de las almas (cf. Reconciliatio et paenitentia , 29). Como obispos, es muy importante para vosotros recurrir frecuentemente al sacramento de la reconciliación, a fin de obtener el don de la misericordia, de la que vosotros mismos habéis sido instituidos ministros (cf. Pastores gregis , 13). Dado que estáis llamados a mostrar el rostro del buen Pastor y, por tanto, a tener el corazón de Cristo, vosotros, más que los demás, debéis hacer vuestro el apremiante grito del salmista: "Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme" (Sal 51, 12). Santificados por las gracias obtenidas al recibir regularmente el sacramento, confío en que animaréis a vuestros hermanos en el sacerdocio y a todos los fieles a redescubrir la plena belleza de este sacramento. 6. Con afecto fraterno comparto estas reflexiones con vosotros y os aseguro mis oraciones mientras os esforzáis para que la misión de santificación y de reconciliación de la Iglesia sea cada vez más apreciada y vivida en vuestras comunidades eclesiales y civiles. El mensaje de esperanza que anunciáis a un mundo a menudo lleno de maldad y división suscitará nuevo fervor y un renovado celo por la vida cristiana. Con estos sentimientos, os encomiendo a María, la Madre de Jesús, en el que se ha realizado la reconciliación de Dios con la humanidad. Os imparto de buen grado a vosotros y a vuestros sacerdotes, diáconos, religiosos y fieles laicos de vuestras diócesis mi bendición apostólica.

AUDIENCIA DEL PAPA JUAN PABLO II AL SEÑOR ABDOULAYE WADE PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE SENEGAL Jueves 13 de mayo de 2004

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