Viaje alrededor del Imperio: rutas oceánicas, la esfera y los orígenes atlánticos de la revolución científica



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Viaje alrededor del Imperio: rutas oceánicas, la esfera y los orígenes atlánticos de la revolución científica

Lino Camprubí Bueno

Se profundiza en las relaciones de los viajes transatlánticos ibéricos –y en particular españoles– con la teoría de la esfera y de ésta, a su vez, con los orígenes de la llamada ‘revolución científica’ moderna

« ¿Quién dirá que la nao Victoria, digna, cierto, de perpetua memoria, no ganó la victoria y triunfo de la redondez del mundo, y no menos de aquel tan vano vacío, y caos infinito que ponían los otros filósofos debajo de la tierra, pues dio vuelta al mundo, y rodeó la inmensidad del gran océano? ¿A quién no le parecerá que con este hecho mostró, que toda la grandeza de la tierra, por mayor que se pinte, está sujeta a los pies de un hombre, pues la pudo medir? » (José de Acosta, Historia natural y moral de las Indias, cap. II.)

0. Introducción

El presente artículo {1} busca profundizar en los vínculos entre la geografía esférica, el Imperio católico y los orígenes atlánticos de la revolución científica. Dicho rápidamente, la teoría de la esfericidad de la Tierra fue pieza central del programa de expansión hispana; a cambio, el patronazgo imperial permitió a dicha teoría alcanzar un nuevo estatus y convertirse así en una de las fuentes del «pensamiento moderno.»

El argumento se desenvuelve en tres momentos. Primero, el desarrollo de los viajes como institución ha ido parejo a la geografía esférica, en la que parcelas de tierra se reconfiguran en términos de latitud y longitud. Esta realimentación se relaciona con el concepto geométrico del círculo máximo, que divide la esfera en dos hemisferios y define así el mayor círculo que cualquier viaje podía aspirar a realizar. Segundo, los viajes de descubrimiento por parte de Portugal y España fueron claves para el desarrollo de la geografía esférica, pues aumentaron el mundo conocido, ekumene, y sirvieron de constatación de la teoría de la esfericidad de la Tierra frente a modelos en competencia, especialmente frente a aquellos que sostenían que la esfera de la Tierra se sumergía, en parte, bajo una esfera de agua. Consiguientemente, marineros como Colón defendieron la posibilidad de circunnavegar el globo. Esta posibilidad se convirtió en una pieza central de los proyectos de expansión global del Imperio Católico, bajo cuyo patronazgo se completó la primera circunnavegación en 1522. Esto permitió a Acosta decir, como se ve en la cita que abre este artículo, que los modernos habían llevado la teoría de la esfericidad de la Tierra a un nuevo estadio, propiamente operacional. La geografía esférica hizo posible semejante viaje de circunnavegación y, a cambio, un nuevo y pujante género de literatura de viaje –es decir, literatura geográfica, cosmográfica y náutica– reconoció la importancia de los navegantes para la geografía esférica y, en particular, para la teoría de la esfericidad de la Tierra. Tercero, a resultas de estos viajes y sus análisis geográficos, el mundo quedó sujeto a exploración y medición por parte de los hombres. También quedó patente por vez primera que el manejo científico de la realidad desde Grecia hasta la temprana Edad Moderna podía proporcionar, y había proporcionado, importantes réditos prácticos. De este modo, el desarrollo simultáneo de la geografía esférica y de los viajes transoceánicos se convirtió en una fuente significativa de la llamada Revolución científica.

Este argumento no pretende tanto constituirse en tesis original como aunar puntos de vista defendidos en las diferentes obras que aparecen citadas. Así, partiendo del tratamiento de Gustavo Bueno de la Idea de Viaje y de su artículo «La teoría de la esfera y el descubrimiento de América» –de temática más amplia que la que aquí se recoge– se procede al apuntalamiento histórico-filológico de lo que allí se argumenta sobre la importancia del descubrimiento de América para la teoría de la esfera. Para ello, se utilizan las obras de W. G. L. Rancles y Klaus A. Vogel sobre el significado del viaje de Colón para los debates entonces existentes sobre la forma de la Tierra. A su vez, dichos debates quedan situados en el presente artículo en el contexto más amplio del imperialismo católico ligado a una serie de cosmógrafos interesados por la circunnavegación y por conceptos geométricos como el círculo máximo. Finalmente, la tesis aquí defendida se pone en relación con parte de la historiografía reciente relativa a la revolución científica (una parte especialmente premiada en círculos anglosajones y, por extensión, muy leída en universidades europeas). Particularmente, con aquellos autores que intentan enriquecer las visiones más historiográficas más tradicionales con componentes concernientes a operaciones con objetos fisicalistas, así como con la inclusión del papel de las ciencias y técnicas hispano-portuguesas en sus relatos históricos.



1. Viajes y geografía esférica en la Antigüedad

En distintos idiomas, la palabra ‘viaje’ o ‘jornada’ tiene dos sentidos. Por un lado, significa desplazamiento, sobre todo a un lugar lejano. Por otro, se refiere al relato de este desplazamiento. Esta conexión entre los viajes y su narración apunta al hecho básico de que normalmente se espera de los viajeros que relaten su travesía al grupo al que pertenecen: el grupo de partida es también el grupo de llegada. Pero esto significa que los viajes son, al contrario que las migraciones, circulares, es decir, de ida y vuelta. Y que, en contraste con las diásporas, afectan sólo a parte de un grupo (Cherry, 2001; Pimentel, 2000). Los viajes, desde sus primeros despuntes como instituciones humanas, eran más que meros desplazamientos espaciales: eran lapsos temporales en los que un individuo o un conjunto de individuos partían de sus grupos de origen para volver a ellos. Como resultado, y para que éste fuese posible, el viaje (via-ticum) requería planificar los caminos, pistas, vías o rutas que se debían seguir (Bueno, 2009). El desarrollo de los modelos, dibujos y mapas geográficos estuvo, en su génesis, ligado tanto a los viajes como a la localización de recursos y peligros alrededor del grupo de referencia.

El viaje de ida y vuelta no siempre usaba el mismo camino en sus dos sentidos; a menudo, las rutas trazadas en un mapa tomaban la forma de un círculo más o menos deforme: eran circulares. Cuando las teorías acerca de la forma esférica de la Tierra se hicieron predominantes en Grecia (por medio del principio platónico, en la estela de Anaximandro, de «salvar los fenómenos» astronómicos con el uso del círculo) {2}, apareció un nuevo límite teórico para la circularidad de esos viajes. Por primera vez, partiendo desde un punto dado de la superficie terrestre y siguiendo una línea geodésica, cabía esperar retornar a ese mismo punto. En términos de geometría euclidiana, esto equivaldría a trazar sobre la superficie terrestre un círculo máximo, definido como el máximo círculo posible sobre la superficie de una esfera o como el círculo del cual un segmento representa la distancia más corta entre dos puntos cualesquiera de una esfera, la de la Tierra en este caso. Es así como el viaje alrededor del mundo, es decir, el viaje de globalización, se convirtió en una posibilidad teórica, la que pudo haber inspirado los proyectos imperiales de Alejandro Magno (Bueno, 2000).

La teoría de la esfericidad de la Tierra también cambió el modo de dibujar los mapas terrestres. Como es sabido, el tratamiento griego de la astronomía introducía relaciones geométricas en lo que hasta entonces (en Babilonia) habían sido datos aritméticos. El Almagesto de Ptolomeo se considera resultado de la combinación efectiva entre los datos de observación babilónicos, muy precisos, y el principio –que posibilitó las identidades esquemáticas y sintéticas en astronomía– de la esfera terrestre (North, 1994:50-115). El dominio de la astronomía y la geometría capacitó a Ptolomeo para el desarrollo de la geografía astronómica o matemática; así, sus famosos mapas del ekumene, o mundo conocido, ofrecían localizaciones específicas para las partes –enclasadas, por ejemplo, en continentes– de la Tierra dentro de un sistema esférico de coordenadas. Para cualquier punto de la superficie terrestre se podía determinar una posición en términos de latitud (siguiendo los paralelos) y longitud (siguiendo los meridianos). La historia de la geografía esférica ha ido de la mano de las proyecciones geométricas de la superficie terrestre a la superficie de los mapas (Synder, 1997), sin por ello reducirse a ella, como veremos.



Mapa de Ptolomeo del mundo conocido

Los mapas esféricos del ekumene establecieron un nuevo contexto para los viajes: los peri-ploi, relatos de viajes circulares, crecieron en número y extensión, y los periegetes, guías y descripciones del mundo conocido, fueron muy exitosos. La Periegesis de Pausanias describía y teorizaba sobre Grecia y los trabajos del Dionisio periegeta se tomaban como imágenes adecuadas de las cosas vistas alrededor de todo el mundo conocido (Cherry, 2001). La relación entre la geografía esférica y los viajes, en cualquier caso, no se disipó con los tiempos antiguos, sino que volvió a impulsarse nuevamente en los siglos XV y XVI.

2. Los viajes marinos del siglo XV y la expansión de la geografía esférica

En los primeros años del siglo XV, expediciones portuguesas y españolas ocuparon, respectivamente, Madeira y las Islas Canarias. Esta expansión hacia el sur del Atlántico precisaba de naves y técnicas muy diferentes a las que se venían usando en el Mediterráneo. El cabo Bojador, situado a unos 200 kilómetros (160 millas marítimas) al sur de las Islas Canarias era particularmente peligroso, dada la dificultad de hallar una ruta de retorno, debido a que todo el año soplan sobre él fuertes vientos del noroeste. Su superación en 1434 por navíos portugueses financiados por Enrique el Navegante abrió las puertas a futuras incursiones más al sur, para intentar rodear África y, en su caso, encontrar nuevas rutas hacia Asia. Pero también obligó a los marineros portugueses a aprender a navegar a barlovento, contra el viento.

De este modo, las técnicas náuticas, geográficas y astronómicas adquirieron gran importancia. En el último tercio del siglo XV, apareció un nuevo género literario sobre construcción de veleros y nuevas técnicas de navegación, los llamados Regimientos, o reglas, de navegación. Sus autores escribían en las lenguas vernáculas para un público de ingenieros y artesanos, antes que universitario. Los tratados sobre construcción de navíos se acompañaban de discusiones sobre geografía o sobre tablas astronómicas (López Piñero, 1979: 217-254), y, como veremos, alcanzaron su cumbre en el siglo XVI. Navegar contra el viento requería, además de nuevas técnicas, nuevas rutas: para avanzar a barlovento es necesario ir en zigzag, y los de los portugueses eran tan amplios que los llevaron hasta las Azores. Las rutas dependían también de las corrientes anuales. Hallar rutas de regreso era un proceso largo en el que se perdían muchos barcos hasta que las rutas quedaban institucionalizadas y se repetían una y otra vez (fueron las que se usaron, años después, para volver de las Américas). Por supuesto, los marinos que ensayaban rutas aun no institucionalizadas deben ser considerados aventureros, más que viajeros, dado que el viaje se hace sobre una ruta circular previamente establecida (Bueno, 2002:17).

El proceso de establecimiento de estas rutas supuso un acicate para el desarrollo de los mapamundis, es decir, para la geografía esférica y la cartografía matemática. Los mapas portolanos, que describían la costa incluyendo sus referencias más sobresalientes para una rápida identificación de ellas por los marineros, eran suficientes para el Mediterráneo. Para usarlos había que echar mano de la astronomía, si bien algo rudimentaria. Había que hallar la latitud y navegar al norte o al sur hasta alcanzar la latitud de destino y, desde ella, girar 90º hacia el punto que se quisiera alcanzar. Para establecer la latitud los marinos se servían de la brújula y el astrolabio, instrumentos de larga tradición antes del siglo XIV y que vieron algún desarrollo en los países islámicos (González, 1992:33-39 y López Piñero, 1979:122-127).

Estos métodos, aunque ingeniosos y útiles en las costas conocidas del Mediterráneo, no eran de gran ayuda en la inmensidad del mar Océano. Allí, las indicaciones del compás, a pesar de sus enormes mejoras con vistas a los viajes Atlánticos, sufrían las variaciones del polo magnético de la Tierra con respecto a sus polos geográficos. Cristobal Colón ya trataba de estas variaciones en su diario, e inauguró la larga tradición de intentos de determinar sus valores específicos (a esta tradición pertenecía la hipótesis de la diferencia del polo magnético y el terrestre debida a Martín Cortés y sobre la que volveremos luego (Colón, 1989; Cortés, 1990; sobre otras consideraciones colombinas de relevancia astronómica, como la posición de la estrella polar con respecto al polo Norte, veáse Comellas, 1991). Además, las inexactitudes en la determinación de la latitud, que podían obviarse en la navegación con portolanos, se tornaban fatales en el Atlántico. Más aún, cuando los portugueses arribaron al hemisferio sur en 1471, las tablas y estrellas para determinar la latitud ya no servían, pues se hallaban bajo «un nuevo cielo con nuevas estrellas,» por usar sus propias palabras (Hooykaas, 1987:459). Las tablas solares de la tradición alfonsina necesitaban, por tanto, de modificaciones para poder seguir determinando la posición del observador de acuerdo con su altura respecto al sol en diferentes momentos del año. Las nuevas tablas se basaban ahora en lo que los portugueses llamaron la ‘Cruz del Sur’, un conjunto de estrellas situadas en el polo Sur, donde ya no se veían ni polaris ni, excepto en las cercanías del ecuador terrestre, las que forman los signos zodiacales. Aparecieron, incluso, «astrolabios universales,» que incluían las estrellas que vería un observador en el hemisferio norte y las que vería en el sur. Al mismo tiempo, se desarrollaron métodos para predecir la posición de la luna en latitudes desconocidas, lo que resultó de vital importancia a la hora de predecir las fortísimas mareas del Atlántico y de intentar establecer la longitud, cuya medida, de otro modo, dependía de cálculos rudimentarios de distancias.

John Law, desde un punto de vista cercano a los estudios de «Ciencia, Tecnología y Sociedad,» analiza algunas de estas innovaciones técnológicas en relación a la expansión imperial e incluso las identifica, como se hará más adelante en este artículo, con un de los primeros ejemplos de los resultados prácticos de la ciencia; sin embargo, no explora cómo innovaciones en navegación, además de servirse de la cosmografía y del Imperio, los transformaron de manera importante (Law, 1986:234-263). Efectivamente, los desarrollos de la navegación astronómica relanzaron la geografía astronómica: los mapas oceánicos eran más útiles si se basaban en la red de paralelos y meridianos, y los navegantes del último tercio del siglo XV estaban prestos a relacionar sus técnicas de navegación astronómica con la geografía esférica ptolemaica. Por ejemplo, Cristóbal Colón trabajó con una edición impresa de la Geografía (a veces llamada Cosmografía) de Ptolomeo –-de las muchas que se hicieron a lo largo del siglo XV, al poco de ser redescubierta la obra (recuérdese que los mapas que con tanto escándalo fueron distraídos de la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional en Madrid en el año 2007 pertenecían a una edición incunable de esta obra datada en 1482)– (Manso, 2006). Colón, como otros navegantes de su época, estaban dispuesto a usar los métodos de Ptolomeo, pero no se veía sujeto a reproducir las exactas relaciones entre términos de geografía esférica –esto es, entre parcelas de tierra– que aparecían en la obra de Ptolomeo (Gautier, 2007:329). La confrontación de las tradiciones astronómica, geográfica y cosmológica con navegantes artesanos produjo importantes transformaciones en la teoría de la esfericidad de la Tierra, pues la ekumene estaba expandiéndose y siendo redefinida.

De entre estas transformaciones, la más significativa para los propósitos de este artículo es la concerniente a la esfericidad de la Tierra. La mayoría de los historiadores de la ciencia dirán que los griegos ya sabían que la Tierra era una esfera y que, por tanto, la forma de ésta no suponía ningún problema para los navegantes. Pero esto contiene un anacronismo, y es que estos mismos historiadores no aceptarían la mayoría de los argumentos de los astrónomos y geógrafos antiguos en favor de la esfericidad de la Tierra (desde luego, ninguno de los cuatro que Aristóteles presentaba en Del Cielo; el argumento de las sombras de la Tierra sobre la luna es de los pocos que hoy podemos rescatar). Las precisas medidas de Eratóstenes no demostraban la esfericidad de la Tierra sino que, más bien, partían de ella y aplicaban trigonometría. Además, el argumento esgrimido por los historiadores ignora el hecho significativo, traído a colación por el historiador Randles, de que la mayoría de los estudiosos medievales y renacentistas dibujaban la Tierra como una esfera situada sobre una segunda esfera de agua con la que compartiría el centro de gravedad. En este esquema, cuyos argumentos desarrolló y defendió según cierta interpretación de la doctrina de Aristóteles el parisino Juan Buridan (1300-1358), el ekumene –Europa, Asia y el norte de África– se suponía la parte superior de la esfera terrestre y la única que emergía de la esfera de agua: el resto de la esfera terrestre bajo el mundo conocido estaría sumergido. Si esto fuera así, y dado que la esfera de agua se pensaba bastante mayor que la de la Tierra, se comprende que un viaje de circunnavegación no sería factible, pues las distancias a recorrer excederían las tecnologías náuticas disponibles. El argumento de las dos esferas se basaba, como Randles ha demostrado, en algunas ambigüedades de la teoría aristotélica (que hunde sus raíces, como es sabido, en Empédocles) de los cuatro elementos –tierra, agua, aire y fuego– y sus lugares naturales, que resultaba en la posición relativa de estos elementos en esferas separadas, lo que llevó a muchos estudiosos medievales a concebir las esferas de tierra y de agua como separadas de hecho (un repaso por las alternativas disponibles en el medievo sobre la forma de la tierra puede leerse en Randles, 1994).

La división aristotélica de las esferas según una edición del siglo XV del tratado de Joannes de Sacrobosco, Sphera mundi, 1478

La Geografía de Ptolomeo favorecía, desde luego, el esquema de una única esfera, y así interpretaron a Aristóteles varios autores a lo largo del tiempo –fijándose más en su Meteorología que en su Del Cielo–, entre ellos Roger Bacon. Alrededor de 1483, algunos años después de que naves portuguesas surcasen el ecuador, Colón anotó en una copia del Imago mundi de Pierre d’Ailly –que en esto seguía a Roger Bacon–, que «la Tierra y el agua forman un cuerpo redondo.» El proyecto colombino de llegar a Asia navegando hacia el oeste era una locura objetiva desde el punto de vista de la esfera de Tierra sumergida en una esfera de agua, pues, de salirse del ekumene, rodeado por la esfera de agua, se entraría en ésta y las distancias se harían enormes, como inmensas eran las distancias oceánicas entre Europa y Asia según los cálculos de los seguidores de este modelo. Aunque no sabemos que interpretación daban los que así interpretaban a Aristóteles a la sombra de la Tierra sobre la Luna en las distintas estaciones, o si tan siquiera trataban de discutir este fenómeno, el hecho es que la mayoría de los astrónomos y geógrafos reunidos en las juntas que evaluaron el proyecto de Colón de 1480 en adelante lo atacaron por esta misma razón: juzgaban imposible navegar por la esfera de agua en la que creían sumergida la mayor parte de la de Tierra.

La doctrina de los cuatro elementos hizo a muchos aristotélicos medievales imaginar que la esfera de tierra estaba prácticamente sumergida en una supuesta esfera de agua

El historiador Klaus Vogel considera, por todo lo anterior, que el viaje de Colón equivalía a una prueba casi experimental de su hipótesis de una única esfera (Vogel, 2006). De esto no se debe deducir que Colón actuara bajo ningún tipo de «método científico» –no solamente anacrónico sino, de hecho, inhábil para explicar el funcionamiento de las ciencias actuales, como se apunta en el apartado final de este artículo–; ni siquiera cabe pensar que su cosmografía era verdadera: se sabe que exageró la longitud de Asia, que ya era demasiado grande en la Geografía de Ptolomeo y que, en los últimos años de vida, intentó acomodar sus descubrimientos a sus ideas sobre el Edén (sobre estos errores, algunos muy fructíferos, ver Wallis, 1993). Sin embargo, la afirmación provocadora de Vogel ayuda a comprender el contexto geográfico e imperial en el cual el proyecto colombino fue aceptado. Los intentos de Colón de convencer a las coronas primero portuguesa y, después, española erraron varias veces, porque cada vez que echaba mano de las teorías de Ptolomeo o de Roger Bacon, o de algunos pasajes de Séneca o Aristóteles, sus críticos oponían la ristra de comentadores de Aristóteles que sostenían la existencia de dos esferas separadas para el agua y para la Tierra. La situación, en todo caso, cambió drásticamente después de que Colón presenciase la narración por parte de Bartolemé Díaz al rey portugués de la primera navegación alrededor del Cabo de Buena Esperanza. Las noticias que traía Díaz situaban el cabo mucho más al sur (en realidad, más al sur de lo que estaba) de lo que ningún defensor de la teoría de las dos esferas podía permitirse admitir. Los críticos de Colón pronto se tornaron voceros de su proyecto al afirmar que, habida cuenta las pruebas aportadas por los marinos, la tierra y el agua formaban una y la misma esfera (el Cardenal Pedro González de Mendoza pasó de rechazar el proyecto a escribir a los Reyes Católicos recomendando su financiación). La ampliación del ekumene por parte de estos marinos fue, por tanto, lo que dotó de plausibilidad a la teoría ptolemaica y colombina a los ojos de cosmógrafos y monarcas (Vespucio, 1992).

3. El Imperio Universal y la esfericidad de la Tierra

Por tanto, como resultado de la navegación oceánica, el campo de la geografía esférica, el mundo, se había expandido y Colón pudo convencer a sus patrones de la posibilidad de alcanzar las costas de Asia dirigiéndose al Oeste. A los portugueses, en cambio, no interesó esta propuesta, dado que, habiendo superado el Cabo de Buena Esperanza en 1488, confiaban en encontrar un paso a la India por el sur. Los Reyes Católicos españoles se encontraban en otra tesitura: tras la conquista de Granada, todas las vías de expansión posibles eran reivindicadas por otras potencias, de modo que trazar un círculo sobre la superficie de la Tierra hacia Asia era la alternativa que más convenía al proyecto imperial. Desde el punto de vista comercial, tal empresa pondría fin a la dependencia de los venecianos para el comercio con Asia; militar y políticamente, permitiría rodear al enemigo otomano. Esta sección indaga en la conexión entre el Imperio español y la geografía esférica.

Tiempo después de la vuelta de las naves dirigidas por Colón en su primer viaje, se seguía discutiendo por toda Europa acerca de la naturaleza, asiática o no, de las Indias Occidentales. En cambio, la identidad de las esferas del agua y la Tierra fue unánimemente aceptada. La firma, en 1494, del Tratado de Tordesillas, que dividía el mundo portugués y español en términos de navegación astronómica fijando un meridiano a 370 millas al Oeste de Cabo Verde como «línea de demarcación», otorgó significado político a la geografía esférica ptolemaica. Ahora, el ekumene había quedado reabsorbido en la esfera terrestre y rebasaba su supuesta superficie flotante, de suerte que los imperios podían planificar su expansión a todo lo largo y ancho de esta superficie (sobre la relación entre medidas de longitud y política, ver Goodman, 1988:53-65).

Tratado de Tordesillas

La posibilidad de expansión universal, global, revestía un significado especial para los dos imperios ibéricos por su condición de católicos. El Papa Alejandro aprobó el Tratado de Tordesillas con el argumento de que, por su virtud, el Evangelio podría efectivamente alcanzar todos los rincones del globo. Casi todos los cosmólogos cristianos habían compartido la idea de que el límite de la ekumene era el del Mediterráneo con el Atlántico, lo que les llevaba a rechazar la existencia de seres humanos más allá de este límite, pues (y esta fue la principal razón por la que San Agustín negaba la posibilidad de las Antípodas), de haber seres humanos más allá de él, habría que admitir que no pudo llegarles el Evangelio. Pero esto equivaldría a reconocer que se había desobedecido el mandato de Jesús de predicar el Evangelio a todas las gentes (todavía nadie había imaginado las justificaciones posteriores totalmente ad hoc acerca de supuestos viajes transatlánticos de los apóstoles), y, por tanto, a desacreditar el Nuevo Testamento y su doctrina de la divisio apostolorum (pude verse un interesante estudio de la idea de la esfericidad de la Tierra en San Agustín en Randles, 1994). Ni siquiera en las tierras al norte del ecuador terrestre, las llamadas zonas tórridas, se esperaba encontrar seres humanos.

Pero los navegantes habían traspasado esas fronteras; alrededor de 1516, Carlos V eligió como escudo de armas las dos columnas de Hércules con el «plus ultra» inscrito a su alrededor, lo que fue pronto interpretado como la transgresión del límite «non plus ultra», que la leyenda situaba gravado en estas míticas columnas, sitas en el Estrecho de Gibraltar (sobre este escudo, Rosenthal, 1971). El Papa, en todo caso, no pretendía llevar el razonamiento agustiniano a sus últimas y temidas consecuencias, y se prestó a aceptar la solución imperial: una nueva respuesta ecuménica para un nuevo ekumene. El catolicismo dependía del Imperio para imponer efectivamente su universalidad –proceso que, de paso, imprimió un nuevo carácter a la Iglesia católica tanto en España como en la Roma española («por Dios hacia el Imperio»). Además, la corona española, al contrario que la portuguesa, veía las nuevas tierras como extensión de su dominio, y esperaba que las mismas leyes y ordenaciones políticas rigieran sobre todo el Imperio de modo que se construyesen sociedades políticas modeladas en la de partida. La Monarquía se convertiría en universal (Bueno, 1999).



Escudo de Carlos V

Por tanto, y dado que el objetivo consistía en hacerse universal, global, la conexión entre el Imperio católico y la geografía esférica era directa; el ansia política de nuevos descubrimiento geográficos alimentó docenas de expediciones, que se sucedieron a un ritmo mucho más rápido que en otros imperios europeos posteriores, llegando a América, India y las Isla Filipinas en tan solo unos años (Pimentel, 2001). Y unas tierras no podían considerarse descubiertas hasta que no se había geometrizado e insertado en el mapamundi, esto es, conceptualizado en los términos de la geografía esférica y puesto en relación con otros términos de ese campo. El proyecto de una monarquía universal, no lo olvidemos, se nutría en gran parte de la nueva concepción de la Tierra como una esfera, y, por tanto, cuando América apareció en el viaje de Colón hacia Asia, la idea de completar la ruta para rodear la esfera no se abandonó y se inició la búsqueda de un paso hacia Asia. En 1513, Núñez de Balboa capitaneó la expedición a través del istmo de Panamá que confirmó la existencia de un océano más allá del Nuevo Mundo, el Pacífico. Carlos V encomendó al portugués Fernando Magallanes hallar un paso hacia Asia rodeando América; la expedición partió de Cádiz en 1519 y en 1520 atravesó, hacia el Pacífico, lo que vendría a ser conocido como el Estrecho de Magallanes. Tras la muerte de Magallanes a manos de los nativos de las Islas del Pacífico, Sebastián Elcano tomó el mando y logró llegar de vuelta al puerto de Cádiz en 1522, si bien con sólo un navío, la Nao Victoria, y dieciocho tripulantes.

Esta primera circunnavegación marcó un punto de inflexión en las relaciones del Imperio con la teoría de la esfericidad de la Tierra, pues transformó la posibilidad teórica de dicha esfericidad en una realidad operatoria. Esta transformación tiene su eco en las palabras de José de Acosta que abrían este artículo; para él, la esfericidad de la Tierra se había hecho «más manifiesta por la experiencia que por cualquier argumento o demostración filosófica». Los historiadores de la ciencia, que se pronuncian cada vez más a favor de las prácticas operacionales sobre las proposiciones teóricas exentas, deberían tener en cuenta que los argumentos presentados por Acosta para probar la esfericidad de la Tierra en su ambiciosa Historia natural y moral de las Indias no son los argumentos de Aristóteles, sino que están basados directamente en la experiencia: «nosotros los que vivimos en Perú nos vemos obligados a observar desde este hemisferio esa parte y región de los cielos que gira alrededor de la Tierra y que los antiguos nunca vieron». Esta sensación de superioridad «moderna» sobre los antiguos será importante en la última parte de este artículo. «Yo mismo he navegado más de sesenta grados de norte a sur, cuarenta a un lado del ecuador y veintitrés al otro, dejando de lado por el momento el testimonio de otros que han navegado mucho más allá y llegado a casi sesenta grados al Sur.» Pero Acosta no se contentaba con la experiencia, sino que subrayaba el contenido operacional de la prueba: los hombres habían medido la Tierra al navegarla con la Nao (de Acosta, 1590). Esta dimensión operatoria estaba también presente en el escudo que Carlos V ofreció a Elcano, en el que aparecía un globo con la inscripción «Primus circumdedisti me» (Insua, 2008a).

Tras el viaje de circunnavegación se hacía necesario revisar el Tratado de Tordesillas, pues un meridiano no bastaba para dividir el globo entero, sino que se imponía establecer un anti-meridiano, tarea que provocó largas discusiones y escaramuzas, pues requería acuerdo político sobre las medidas de longitud, imposibles de establecer con alguna precisión hasta que, siglos después, pudieron fabricarse relojes capaces de indicar con fiabilidad la diferencia horaria entre un punto dado y el meridiano de referencia . La dificultad estribaba en trazar un círculo máximo que dividiese el globo en dos semiesferas; aunque se alcanzó una solución política en el Tratado de Zaragoza de 1524 definiendo el anti-meridiano, las coronas de España y Portugal continuaron pugnando por los nuevos territorios y, así, la primera ceremonia al alcanzar nuevas costas solía ser la de determinar su latitud y tratar de hacer lo propio con la longitud, es decir, transformar las tierras avistadas en términos de la geografía esférica (ceremonia que, a menudo, incluía la tergiversación de los resultados a favor del propio rey; para una descripción de estas ceremonias del lado portugués, que, sin embargo, se mantiene sospechosamente al margen del Imperio hispano e incluso del Tratado de Tordesillas, ver Seed, 1995).

Por todo lo anterior, la geografía esférica y la cartografía se tornaron empresas imperiales. Ahora, las relaciones de distancia, altura, longitud y latitud entre trozos de tierra comenzaban a formar un sistema cerrado (en el sentido de la teoría del cierre categorial de conformar una categoría cerrada, siendo la esfera, como se apuntó más arriba, el principal principio de este cierre): por vez primera, se podía determinar la distancia entre Cádiz y las Filipinas sabiendo la distancia atlántica entre el Istmo de Panamá y Cádiz, y la distancia pacífica entre el Istmo y las Filipinas. Cualquier objeto fisicalista o fenómeno del campo de la geografía podía ahora relacionarse con cualquier otro por medio de coordenadas esféricas (Bueno, 1989). Las franjas de verdad que alcanzaban los distintos mapamundi estaban en función de la coordinación de éstos con las tierras que dibujaban. Sin embargo, no se trataba de una correspondencia de adecuación (como asumirían las teorías de la ciencia descripcionistas o adecuacionistas), pero tampoco una invención (como dirán los teoreticistas, al modo de O’Gorman, 1958 –quien, por cierto, hace un repaso exhaustivo, aunque desde una perspectiva que roza el idealismo, a las teorías previas «descripcionistas» sobre el descubrimiento de América, en parte generalizable a los mapamundi– o, también sobre América, Woolgar, 1988).

Frente a estas dos posiciones, hay que señalar que la coordinación implicaba un circularismo. Las parcelas de tierra habían sido previamente transformadas mediante operaciones sobre el terreno: determinación de coordenadas, medición, triangulación, etc. Esta transformación (Latour, presa aun del giro lingüístico, diría «traducción»; Latour, 1988) las permitía figurar como términos de la categoría de la geografía esférica. Como tales, los términos podían ser transformados de nuevo mediante su proyección en el contexto determinante del planisferio, pues, incluso si el mapamundi se proyecta sobre un globo, éste es siempre bidimensional. Las proyecciones se realizaban según las diversas alternativas operatorias disponibles en la tradición ptolemaica; nótese que, después del Renacimiento, estás alternativas se vieron multiplicadas por el cálculo y, hace unas décadas, por el uso de ordenadores electrónicos. También intervenían en este proceso operadores como compases, escuadras y otros (sobre la evolución de las técnicas de dibujo de mapas en la época, ver Woodward, 2007; para la concepción transformacionista de la idea de ciencia, así como la teoría de teorías de la ciencia que opone circularismo a descripcionismo, teoreticismo y adecuacionismo, Bueno, 1991-93).

Tal circularidad, además de tomar en nuestro caso un sentido muy literal a través de la construcción de la esfera –como prueban las discusiones de los viajes circulares o del círculo máximo–, ilustra bien el relato histórico de estas páginas, en el que la transformación de partes ignotas del mundo al campo de la geografía esférica es un proceso de siglos que implica la sucesión de múltiples objetos y sujetos intercalados. Es decir, la teoría se justifica in media res (circunnavegación), valiéndose de tecnologías (como la navegación astronómica) que dependen a su vez de ella. Pero este circularismo no implica ningún relativismo, pues los sujetos implicados quedan segregados (por disociación lógica, no por separación), de, por ejemplo, la relación de oposición de los dos polos. La verdad de la teoría esférica consistía en la constitución del mismo globo terráqueo en una esfera, lo que posibilitaba a la vez el cierre de la categoría (mediante relaciones esenciales de identidad entre diferentes parcelas de tierra) y los viajes de circunnavegación (sobre las deudas del concepto de «globo terr-áqueo» con los viajes de descubrimiento y con la teoría de la única esfera tierra-agua, Randles, 1994).

Este sistema cerrado no implicaba, por supuesto, una clausura; antes al contrario, posibilitaba la búsqueda sistemática de nuevos términos geográficos (brazos de tierra, enclasados en continentes y «partes» del mundo) dentro de los nuevos límites del sistema. Ahora que el tamaño y la forma de la Tierra se conocían operatoriamente, podían aparecer espacios en blanco en los mapas, designando aquellas áreas que estaban aún por explorar. Más aún, una vez que América fue definitivamente admitida como cuarta ‘parte’ del mundo, sumándose a las tres del antiguo ekumene, los argumentos contra una quinta parte del mundo se tambalearon. En 1606, Pedro Fernández Quirós navegó hacia el sur desde Perú en busca de la Terra Austrialis, la quinta parte del mundo. Llegó a una isla, hoy parte de la República de Vanuatu, y la llamó Austrialia; para entonces, en todo caso, el Imperio español no estaba en condiciones de abordar la conquista de las nuevas tierras (Pimentel, 2003; Randles, 1994; O’Gorman, 1961).




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