Viaje alrededor del Imperio: rutas oceánicas, la esfera y los orígenes atlánticos de la revolución científica


Los viajes imperiales y sus contrapartidas literarias



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4. Los viajes imperiales y sus contrapartidas literarias

Todo lo anterior produjo un desarrollo inesperado de las instituciones relacionadas con los viajes, que ahora dependían hasta tal punto de la geografía esférica que un viaje canónico, la ruta de Indias, podía considerarse heredero de ella. Esto hizo que, junto con datos sobre navegación oceánica o relatos de conquista, proliferaran discusiones sobre el círculo máximo, los polos o cómo determinar la longitud. Esta mezcla de temáticas no tenía por únicos escenarios los navíos o los nuevos territorios, sino también la literatura sobre viajes. En esta sección, se exploran los contextos y contenidos de alguna obra relevante a este respecto, prestando especial atención al desarrollo común de la teoría de la esfera, el Imperio y los viajes.

Tras la unificación de los reinos peninsulares bajo la bandera del Imperio, los Reyes Católicos trataron de controlar los contactos económicos y políticos con el Nuevo Mundo, una regulación que se vería enormemente facilitada si se pudiese concentrar todo el tránsito naval en un solo puerto. La elegida fue Sevilla, ya por aquel entonces ciudad de tamaño considerable y tradición comercial, dependiente de la Corona y mejor protegida que las de la costa (Pérez-Mallaína, 1992:10-15; Chaunu, 1955-60). Para hacer efectivo el control del comercio con las Indias se creó, siguiendo el modelo portugués de la Casa da Mina y Casa de India, la Casa de la Contratación, donde se guardaba noticia de todas las riquezas que entraban por puerto para su interpretación y tasación. La Casa superó pronto en tamaño y alcance a sus precedentes lusas, y en 1508 albergó al grupo de navegantes expertos –que incluía a Hernando, el hijo de Cristóbal Colón y a Americo Vespucio– contratados por Fernando el Católico para diseñar y actualizar un mapa de las nuevas costas que todos los navegantes pudiesen usar. Es pertinente señalar, en el marco de este artículo, que Vespucio sintió la necesidad de incluir en su Mundus novus un rechazo explícito a la teoría de las dos esferas de la que se habló más arriba. Fernando el Católico, sabedor de los costes políticos y económicos que suponía enviar flotas poco preparadas hacia el Oeste, decidió retener a Vespucio en la Casa y creó el puesto de piloto mayor para él. La principal función del cargo era la supervisión de la preparación técnica de los capitanes, las naves y los instrumentos antes de su partida; también había de actualizar un mapa del mundo canónico, el Padrón Real, que todos los navegantes estaban obligados por ley a usar, así como a notificar cualquier observación o descubrimiento que pudiese alterarlo.

La Casa de la Contratación de Sevilla

A medida que los viajes a las Indias aumentaban, tales responsabilidades excedieron la capacidad de un solo hombre: el piloto mayor se reservó a la educación de los pilotos y se nombró a un cosmógrafo jefe para supervisar los instrumentos y el Padrón Real. De este modo, poco a poco, un número importante de pilotos y cosmógrafos entraron al servicio de la Casa de Contratación, convirtiéndola en uno de los primeros organismos financiados por un Estado dedicados a la producción científica y su divulgación. La producción de instrumentos y mapas se centralizó en Sevilla y era monopolio de la Corona. Aunque algunos libros de interés se publicaban en lugares como Salamanca o Valladolid, Sevilla se convirtió también en centro de producción de tratados náuticos, geográficos y cosmográficos, y en ella se reunían los principales lectores, autores y editores. Los pilotos y cosmógrafos de la Casa de la Contratación publicaron en Sevilla sus tratados tras un proceso que incluía discusiones de los manuscritos entre los colegas de la Casa, dado que los tratados, como los mapas, se consideraban comunes y acumulativos. Los debates sobre éstos eran, a menudo, intensos, y tan pronto versaban sobre la precisión de los instrumentos como sobre la conveniencia estratégica de publicar ciertos datos privilegiados que pudieran ser utilizados por el enemigo (Lamb, 1995; la historiadora Alison Sandman ha sostenido que los niveles de secretismo impuestos a los pilotos, mucho más estrictos que aquéllos a los que se sometían los cosmógrafos, ayudó a oscurecer la labor del primer grupo y a promocionar la fama del segundo).

En este contexto se incrementó sustancialmente la literatura sobre el arte de navegar o marear, que seguía la tradición de las tablas de Alfonso X el Sabio de utilizar el romance, al contrario que los libros en latín que se consumían en las universidades. Como los Regimientos, que aparecieron en el apartado segundo de este artículo, estos tratados incluían tablas de tiempos astronómicos y calendarios para la navegación, así como rutas establecidas, descripciones geográficas, diseño y usos de instrumentos y navíos. También contenían, a menudo, mapas del mundo o referencias al Padrón Real (Carriazo, 2003). De forma significativa para el argumento del presente artículo, muchos de estos tratados dedicaban sus primeras páginas a la teoría de la esfericidad de la Tierra (Fernández de Enciso, 1519). También en esto seguían la tradición de los Regimientos portugueses, que normalmente basaban este apartado en el Tractatus de Sphaera de Juan de Sacrobosco (1220), el cual aportaba una base a la astronomía ptolemaica desde la filosofía natural. Sin embargo, la Sphaera podía ser interpretada como favoreciendo la teoría de las dos esferas separadas de agua y tierra (Randles, 1994, cita a Sacrobosco: «los otros tres elementos rodean a la Tierra esféricamente por todos lados excepto allí donde la sequedad de la tierra se conserva frente a la humedad del agua para preservar la vida de los seres animados»), y así lo había sido durante la Edad Media, hasta el punto de que la mayoría de sus editores en el siglo XV incluían ilustraciones en este sentido (como es el caso de la ilustración incluida más arriba).



Versión de Jerónimo de Chaves del Tratado de Sacrobosco, en el que aparece una sola esfera, si bien no toda ella sujeta al rigor geométrico de los paralelos y los meridianos (Sevilla 1545)

Como he argumentado más arriba, el nuevo contexto de viajes imperiales había cuestionado esta imagen hasta imposibilitarla, de modo que autores como Fernández de Enciso o Francisco Falerio, más que limitarse a resumir a Sacrobosco (como suelen incluso hoy asumir la mayoría de los comentadores e historiadores), se preocupaban de eliminar toda posible ambigüedad relativa a la unidad de las dos esferas: los océanos separaban masas de tierra, no cubrían ni sostenían la esfera separada de la Tierra (Falerio, 1989:9-40).

A pesar de que esta identidad que permitía el cierre de la geografía esférica no surgió en las universidades, pronto encontró su eco en ellas, que no dudaban en traer a colación las pruebas operacionales aportadas por los marinos. Por ejemplo, ya en 1520, el profesor portugués Pedro Margalho publicó en Salamanca su Physices Compendium, donde se argumentaba que el agua no podía formar una esfera separada porque eso haría el hemisferio sur mayor al hemisferio norte, lo cual imposibilitaría el uso de una retícula esférica universal como la de los paralelos y meridianos; pero lo navegantes habían probado que tal retícula funcionaba a la perfección (Flórez, 1985). Del mismo modo, alrededor de 1526, Fernan Pérez de la Oliva escribió la Cosmographia Nova, que utilizó para sus cursos de filosofía natural en la Universidad de Salamanca. A pesar de sus años en Paris, la Cosmographia de Pérez de la Oliva se parecía poco a la de los aristotélicos parisinos, pues subrayaba las experiencias de los navegantes y las mediciones matemáticas del globo, a la par que explicaba los diferente tipos de proyecciones o planisferios y cómo construirlos. En 1524, antes de la publicación de la Cosmographia, había elaborado una discusión de la circunnavegación de Elcano y sus efectos en cosmografía. Por supuesto, tenía contacto directo con los marinos y cosmógrafos no universitarios de la Casa de la Contratación; por ejemplo, se entrevistó con Hernando Colón, el hijo de Cristóbal Colón que ya hemos mencionado más arriba (sobre esta entrevista y sobre el trabajo de Pérez acerca de la circunnavegación, ver Fuertes Herreros, en Pérez de la Oliva, 1985).

La literatura que se está repasando aquí se estaba haciendo científica en virtud de su relación con las medidas geométricas de la Tierra (había, desde luego, otro tipo de estudios, si se quiere, pre-científicos, ligados al imperio hispano, como puedan ser los lingüísticos; ver Suárez, 1992). En la primera sección quedó reflejada la conexión de los viajes globales con el concepto de círculo máximo; ahora conviene centrarse en algunas de las discusiones explícitas sobre esta figura sostenidas por marinos y autores en el contexto de los viajes imperiales. En su Cosmographia Nova, Pérez de la Oliva, a quien ya encontramos ocupado con la circunnavegación, definía el circulus maior y lo utilizaba para calcular distancias. Él, como todos sus contemporáneos, se enfrentaba al problema del curso que habría de seguir un barco para circunnavegar la tierra; si siguiese una «línea de rumbo» con la brújula, cortando cada meridiano con el mismo ángulo y, por tanto, manteniendo un curso constante con respecto al Polo Norte, no llegaría a su destino sino a uno de los dos polos. Trazar una línea recta en un mapa hacia el Este o el Oeste no resultaba en un círculo máximo en geografía esférica.

El marino portugués Pedro Núñez y el cosmógrafo español Martín Cortés identificaron dos razones por las cuales tenía lugar esta aparente paradoja (Pérez de la Oliva, 1985: 86). Primero, Núñez señaló que los meridianos se acercaban entre sí en latitudes próximas a los polos, de suerte que los mapas con proyecciones cuadriculadas resultaban engañosas para largas distancias. Ensayó una descripción matemática de lo que luego ha venido a llamarse la curva loxodrómica, que se definía como el curso que una nave había de seguir para cortar todos los meridianos con el mismo ángulo. Corrigiendo dicha curva, se podría pilotar un barco de modo que trazase un círculo máximo, que ya no aparecería como una línea recta en una proyección cuadrangular. Los capitanes de la Casa denunciaron que los mapas existentes no incluían esa corrección, poniendo así en tela de juicio no sólo la situación de algunos puertos importantes en la división geométrica de la Tierra, sino también los intereses comerciales de los editores de mapas y los intereses imperiales de la Corona (Lamb, 1995){3}. En segundo lugar, Martín Cortés se enfrentó al problema de las desviaciones del compás con respecto al polo terrestre, ofreciendo la hipótesis de un polo magnético terrestre diferente del geográfico e intentando determinar la localización del primero. También intentó hallar el modo de corregir esta desviación de modo que un piloto pudiera mantener el curso de su nave verdaderamente perpendicular al Polo Norte (Cortés, 1990).



5. Conclusión: la circunnavegación de la Tierra y los orígenes de la Revolución Científica

El círculo máximo, como la línea más corta entre dos puntos cualesquiera de la esfera, era un problema vital para los marinos, como lo eran las medidas de latitud y longitud o el cálculo de distancias. Navegantes y cosmógrafos al servicio de los imperios ibéricos desarrollaron para sus viajes la navegación astronómica y la geografía esférica, entre otras cosas para establecer rutas circulares o, como un importante tratado de la época las llamaba, «rutas en espejo». En este proceso, los viajes circulares Oceánicos se convirtieron en modelos canónicos para otros viajes (De Chaves, 1983). Entre los ejemplos más sobresalientes están la Volta de la India descubierta por Vasco de Gama en 1498, la circunnavegación de Elcano en 1522 y el Tornaviaje desde las Filipinas hallado por Andrés de Urdaneta en 1565 (Insua, 2008, b). Estos marinos viajaban, literalmente, alrededor de sus imperios. Restos de este canon viajero se encontrarán por siglos venideros en diferentes países europeos; así, las elites inglesas contarían con su Grand Tour para completar su educación y el francés Bougainville llamaría al relato de su viaje, que se convertiría en ejemplo de viajeros «modernos e ilustrados,» Voyage autour du monde (1771). Alexander von Humboldt fue, seguramente, el viajero ilustrado que hizo esta deuda más explícita (Cañizares-Esguerra, 2006).

A menudo se defiende que los viajes se convirtieron en expediciones científicas en virtud de su adopción de las reglas y los métodos de la revolución científica, de modo que los viajeros estarían reproduciendo a cielo abierto lo que Robert Boyle y otros habían hecho en el laboratorio: «interrogar a la naturaleza experimentalmente.» Para decirlo brevemente, lo que este apartado defiende es justo lo contrario: los viajes de descubrimiento imperiales fueron una fuente primordial para la revolución científica (puede encontrarse un argumento similar para campos no cosmográficos, como el tratado por Oviedo, en Carillo, 1999){4}. Es de señalar que esta relación con la ciencia no se dio en la literatura de viajes de fuera de Europa, tal vez por su falta de compromiso con proyectos imperiales o con la geografía esférica (Alam y Subrahmanyan, 2007: 357-363). En las últimas décadas, los historiadores de la llamada revolución científica han pasado de centrarse en unos pocos descubrimientos y héroes científicos a fijarse en un sin número de prácticas, técnicas y gentes. Las historias de la astronomía, la mecánica y la dinámica de Alexander Koyré o Richard Westfall se han visto completadas con la insistencia de B. J. T. Dobbs y otros en el modo en que el interés de Newton por la alquimia y la teología conformó, metodológicamente, partes importantes de su trabajo en mecánica. Del mismo modo, William Newman ha defendido que las prácticas alquímicas fueron fuente imprescindible para las teorías corpusculares que acabaron por arrumbar la teoría aristotélica de la materia. Los filósofos mecanicistas como Gassendi o Descartes aparecen ahora desbancados de su posición de primeros motores, o al menos contextualizados en sus ambientes técnicos, políticos y económicos (Koyré, 1939; Westfall, 1971; Dobbs, 1991; Newman, 2006).

Esta ampliación historiográfica de los contextos que fueron determinantes para el desarrollo de las ciencias modernas se ha acompañado de una mayor atención a prácticas y operaciones con objetos fisicalistas sobre la tradicional prominencia de aspectos teóricos. Pamela Smith ha defendido que las metodologías experimentalistas hundían sus raíces en lo que llamó la «epistemología artesanal,» para lo cual ha recurrido a lugares, personajes y disciplinas normalmente no consideradas reliquias relevantes para la historia de los orígenes de la ciencias modernas. Dos libros fundamentales han llevado este enfoque a su punto álgido: el de Deborah E. Harkness, The Jewel House y el de Harold Cook, Matters of Exchange. Su estudio, respectivamente, del Londres de Isabel I y de la República Holandesa ofrece un marco en el que nuevos objetos de consumo, traídos de las partes exóticas del Nuevo Mundo, se intercambiaban y sometían a escrutinio por parte de ciudadanos y mercaderes a menudo anónimos. Este creciente interés por los objetos fisicalistas que poblaban los primeros laboratorios ha beneficiado a estudiosos de las ciencias modernas por antonomasia (como lo prueba el estudio de Dominico Bertoloni sobre los avances de la mecánica en Italia), pero ha sido especialmente pregnante para la historiografía de la historia natural, que ha desplazado su atención hacia las metrópolis imperiales (véanse las cuatro compilaciones Mechants and Marvels, Colonial Botany, Nature and Empire y Science and Empire in the Atlantic World), validando la llamada de Charles Gillispie para incorporar las reliquias relacionadas con la era de los descubrimientos en los relatos sobre la Revolución Científica (Smith, 2004; Harkness, 2007; Cook, 2007; Bertoloni Meli, 2006; Smith y Findlen, 2002; Sciebinger y Swan, 2005; MacLeod, 2000; Delbourgo y Dew, 2008; Gillispie, 1990: prefacio a la segunda edición).

Algunos historiadores han incorporado al Imperio español en estas corrientes historiográficas, centrándose, sobre todo, en cómo dos de las características más comúnmente asociadas a la Revolución Científica, el experimentalismo y la institucionalización, despuntaron en el Renacimiento europeo por los montes de la península (véanse los trabajos compilados en Lafuente, Elena y Ortega, 1993). Barrera-Osorio ha defendido que «la contribución española al desarrollo de la ciencia consistió en la institucionalización de prácticas empíricas más que en el desarrollo de la ciencia como tal» (Barrera-Osorio, 2007: 2; argumentos parecidos ya habían aparecido en Rey Pastor, 1970). En efecto, se subrayó la experiencia empírica y se desarrollaron métodos para aprovecharla, a la par que se enviaban veleros a las américas y vuelta. Asimismo, nacieron instituciones imperiales para la recogida e interpretación de información (Cañizares-Esguerra, 2006). Después de todo, las famosas relaciones geográficas –cuestionarios enviados a prácticamente todo oficial de los virreinatos– fueron un modelo para las desarrolladas en el siglo XVII en Inglaterra y de las que se nutrieron los primeros números de la Royal Society Transactions (Pimentel, 2003: 57). No debería sorprender a nadie que en un contexto de competencia transoceánica en el que el Imperio hispano era la fuerza dominante sus rivales intentasen adaptar sus métodos a sus propias circunstancias. El cosmógrafo español Andrés García Céspedes usó el lema de Carlos V, plus ultra, en la portada de su Regimiento, en la que podía verse un navío atravesando las dos columnas de Hércules; pues bien, en 1620, Francis Bacon tomó prestada esta portada para su Nueva Atlántida, en la que el autor, a menudo considerado clave en el desarrollo de la ciencia moderna, promovía la institucionalización de la filosofía natural y usaba el descubrimiento geográfico como canon para sus ideales de avance científico. Es sintomático que el inglés situara su utopía en una isla al sur de Perú en la que los habitantes hablaban español y utilizaban los resultados científicos para explotar mecánicamente diversos bienes naturales. Pero esta utopía se parece mucho a la que había difundido Antonio Quirós en sus intentos, poco efectivos pero internacionalmente publicados, por convencer a la Corona española de financiar más expediciones a la por él descubierta terra australis (Cañizares-Esguerra, 2006; Pimentel, 2003). {5}

La portada de García de Céspedes, años después


reproducida en la Nueva Atlántida de Francis Bacon

Sin embargo, estas argumentaciones pueden resultar engañosas. Por lo pronto, se enfrentan a la tarea de explicar la diferente interpretación de estas metodologías (empiristas y organizacionales) en los países donde prosperarían Boyle o Newton (para estas interpretaciones y su contexto, incluyendo el teológico-protestante, Jacob y Jacob, 1980). Además, y esto es insalvable desde una teoría de la ciencia materialista, sólo el teoreticismo puede señalar a la organización institucional o la metodología experimentalista como catapultas suficientes para el impulso de las ciencias modernas. Porque estas dos metodologías, aun concediendo que estuviesen bien definidas, se han aplicado a menudo a categorías que no han alcanzado ningún grado de cientificidad, a menudo por la imposibilidad de llevar sus materiales a un cierre capaz de segregar a los sujetos gnoseológicos (aunque esto no significa que elementos como las normas, modelos, las operaciones, etc. hayan de ser desdeñados en la explicación de la aparición de nuevas disciplinas o de la consolidación de las preexistentes).

Por tanto, el argumento de este artículo acerca de los orígenes atlánticos de la revolución científica es más modesto que los anteriores por limitarse al caso de la teoría de la esfericidad de la Tierra. Este caso se ha puesto en relación con la geometría y astronomía griegas y con los proyectos y empresas imperiales en el grueso de este artículo. Al mismo tiempo, esto lo convierte en un argumento más radical, por cuanto defiende que sí hubo aportaciones hispanas a la constitución de las ciencias modernas en el plano de los contenidos, y no sólo a nuevas maneras de acercarse al mundo. La revolución científica moderna no fue sólo, ni siquiera lo era en primer lugar, un proceso de creación de nuevos métodos formales sino de constitución de nuevas ciencias circulares (para esta distinción, veáse Bueno, 1991-93). Sólo retrospectivamente se nos aparecen aquellos métodos (algunos de ellos) y aquellas ciencias como cánones de la ciencia moderna en general. Como ya ha quedado dicho, la conciencia de haber expandido los límites del mundo conocido llevó a los navegantes españoles y portugueses a considerar a su tiempo y a sus saberes como superiores a de las enseñanzas antiguas (Maravall, 1986). Convencieron a otras potencias europeas de la existencia de un mundo desconocido por Aristóteles y por Ptolomeo y demostraron que este nuevo mundo implicaba un nuevo poder (Goodman, 1992). Pero se logró algo más mediante la realimentación de los viajes imperiales y la geografía esférica: se estableció la esfericidad como la forma verdadera de la Tierra y se impulsó el proceso de matematización de ésta.

El viaje de circunnavegación supuso la realización práctica de la, hasta entonces, posibilidad teórica de la esfericidad de la Tierra (Bueno, 1989). Este nuevo estatus de la teoría de la esfera sirvió para promover la geografía esférica, una disciplina clave para la navegación oceánica. Gracias a estas aplicaciones prácticas, la cosmografía alcanzó gran notoriedad y definió mucho mejor sus límites. Con una esfera unificada para la tierra y el agua con un centro de gravedad común impuesta definitivamente a las dos esferas defendidas por algunas interpretaciones medievales y renacentistas de Aristóteles, Nicolás Copérnico podía ahora situar a la Tierra como un planeta más en movimiento alrededor del sol, una asunción clave para el desarrollo de la nueva física que comenzó con Galileo (Randles, 1994).{6} Es más, la esfera definió los límites del proyecto del Imperio universal, en cuya realización efectiva, se decía con sentido geográfico, nunca se ponía el Sol. El mundo entero se sometió a la medida y la transformación matemática para ajustarse a las cuadrículas de la esfera cartográfica.{7} De este modo, los navegantes al servicio del Imperio otorgaron un nuevo estatus operatorio a la teoría de la esfericidad de la tierra y, en el proceso, cultivaron uno de los primeros ejemplos del poder geoestratégico que escondían las teorías científicas, en este caso, la geografía esférica ptolemaica.



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Notas

{1} Una versión de este artículo, algo más reducida, fue previamente publicada en inglés. Lino Camprubí, «Traveling Around the Empire: Iberian Voyages, the Sphere, and the Atlantic Origins of the Scientific Revolution,» Eä, Revista de Humanidades Médicas & Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología, vol. 1. n. 2, diciembre, 2009. Agradezco los comentarios de sus árbitros, así como comentarios a borradores previos de Margaret Jacob y Mary Terral, y los asistentes al congreso del mes de mayo de 2008, «The Itinerant Word», UCLA.

{2} Eudoxo, entre otros, se sirvió del principio de la esfera para organizar su sistema del universo. Es interesante notar como, hoy día, los cosmólogos siguen aplicando el mismo principio llevándolo al límite de la forma misma del universo, como es el caso en la teoría einsteniana del universo hiperesférico.

{3} La proyección de Mercator solucionó este problema en 1569 ensanchando la separación entre paralelos a medida que se acercaba a los polos y Edgard Wright publicó en 1599 la fórmula matemática para construir esta utilísima distorsión. Para la relación de este problema con el trabajo matemático de Thomas Harriot, puede verse Alexander, 2002:142-48.

{4} Este argumento toma la expresión Revolución Científica ad hominem, en su sentido historiográfico más utilizado. Por tanto, su validez no se ve comprometida aun por la consideración de que, desde el materialismo gnoseológico centrado en torno a la Teoría del Cierre Categorial la revolución científica por antonomasia sólo se da cuando aparecen nuevas ciencias categoriales, con lo que, muchos de los tremendos desarrollos de distintos saberes en los siglos XVII y XVIII serían, más que revolucionarios, o impulsos (caso de la astronomía o de las misma geografía esférica) o avances tecnológicos pre-científicos (caso de la química, que difícilmente alcanza estatuto de categoría cerrada hasta el siglo XIX). Sobre los sentidos de «revolución científica» ver Bueno, 1991-93: 674-675 y Alvargonzález (inédito).

{5} Deborah Harkness (2007) opone su «prosopografía» de coleccionistas y artesanos londinenses a la Casa de Salomón, que ella dice «imaginada» por Bacon. Lo que estos. Sin embargo, esa Casa no fue imaginada por Bacon de la nada, sino precisamente obtenida del ejemplo imperial. Este ejemplo lo siguió la corona inglesa en numerosas ocasiones, como cuando en 1564 nombró un «cosmógrafo en jefe del reino» (Vogel, 2006).

{6} Klaus Vogel (2006) sostiene que establecer la identidad de las esferas de agua y de tierra supuso una «revolución cosmográfica indispensable» para la construcción del sistema heliocéntrico publicado por Copérnico en 1543 en el De revolutionibus orbium coelestium, que, de modo significativo, contiene un capítulo sobre «Cómo la Tierra forma una sola esfera con el agua,» en el que se refiere a los descubrimientos de los «reyes de España y Portugal» como prueba de la existencia de unas antípodas secas.

{7} David C. Lindberg (2006) explica que los lazos entre física y matemáticas se remontaban a siglos en el seno de disciplinas como la óptica y no se oponían tanto al aristotelismo como algunos historiadores de la revolución científica han pretendido. Sea como fuere, aquí se ofrece otra fuente para la matematización de crecientes parecelas de realidad: los viajes imperiales.



Fuente:

http://www.nodulo.org/ec/2010/n095p01.htm


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