Viaje de bruselas al cáucaso



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VIAJE DE BRUSELAS AL CÁUCASO

¿Cómo estás Rusia?


Ya hace un par de años tuve la idea de viajar a los lugares de mi juventud lejana. Yo imaginaba que al regresar a Rusia me zambulliría en la época de los 70 y tal vez repetiría el itinerario hacia el mar Negro que yo hice por la primera vez 30 años atrás en compañía de mi mejor amigo Vatalka una vez terminados los estudios en la escuela.

Una tarde calurosa llegué al aeropuerto de Bruselas “Zaventem”. Al cumplir todas las formalidades de control y embarque al vuelo “Bruselas-Moscú” yo ocupé mi asiento en el avión confiando en la suerte y en el Altísimo.

Cuando el avión de Aeroflot boeing-747 iba ganado la altura ya había avanzada la noche. Estaba en el salón medio vacío y miraba a la ventana. Bruselas relucía con millones de luces calientes y frías al mismo tiempo. Frías porque este era el mundo donde cada una estaba solamente por sí mismo. Con la tristeza me alejaba de mi familia. Tenía lástima al perro: es que era imposible explicarle que dentro de dos semanas el dueño volvería a casa. Me iba a extrañar y esperar.

Dentro de tres horas el avión empezó a descenderse. Abajo se distinguían infinitos espacios rusos y yo pensé que verdadera riqueza de Rusia no era ni petróleo ni oro sino espacios, la propia tierra de Rusia que era libre, inmensa, virgen y pura.

Aterrizamos. Al espirar con alivio salí del avión. Tuve que gastar no menos de 40 minutos para hacer formalidades de control de pasaportes. Pasajeros estaban esperando acatadamente mientras se terminaran los trámites. El techo bajo con pedazos de polvo gris y poca iluminación del Sheremetievo-2 no levantaban el ánimo.

Al retirar mi equipaje entré en una pequeña sala de espera y en el mismo instante fue atacado por decenas de taxistas particulares. Ellos se ofrecían a cual mejor a pasajeros llegados. En Moscú eran las 5 de la mañana. Autobuses en esta hora temprana estaban fuera de servicio. El dueño de un automóvil viejo de una marca extranjera me llevó hasta el Sheremetievo-1 por 40 euros. Aunque para hacer el camino no tardamos más de 15 minutos, el viaje por una carretera sin la línea de separación me pareció inseguro.

Hasta el vuelo a Sochi tenía todavía tiempo por delante. Entré en un café. Una taza de café y una botella de Borzhomi me salieron 230 rublos (7 euros). Me pareció raro que en el aeropuerto se vendía mucha agua mineral de Georgia a pesar de que Georgia realizaba una política no amistosa con respecto a Rusia. A mi parecer sería más conveniente vender agua de propias marcas nacionales, tales como “Narzan”, “Polyustrovo”, “Ekateringofskaya”, “Essentuki”.

No había estado en Moscú hace mucho tiempo. Todo a mí alrededor me parecía interesante: el ambiente, la gente, sus conversaciones. Durante estos años la gente había cambiado mucho: casi no se notaban caras inteligentes, buenas, ni pasajeros despreocupados que soñaban con su descanso cercano. En todas partes estaba propaganda de marcas extranjeras. El ambiente no era cómodo. Vi como dos “hermanitos” descarados al comer y al beber bastante cantidad de cerveza (¡a las 9 de la mañana!) sintiéndose los dueños de la nueva vida, echaron sus bandejas sucias con sobros de la comida sobre la mesa al lado donde estaba sentado un joven tranquilo mirando con interés a un libro y desfrutando su café. El joven levantó la cabeza. Cadenas de oro brillaban en los cuellos bovinos de los “hermanitos”. Obviamente las fuerzas no eran iguales. El joven se puso rojo y bajo los ojos...

La muchedumbre que daba vueltas por el aeropuerto sorprendía con su abigarramiento. La ropa y también la conducta de la gente no tenían ni estilo ni un determinado nivel que correspondieran a las características geográficas del país y al espíritu del pueblo. La gente estaba vestida unos de ropa cara pero sin elegancia, otros de ropa barata de China, Polonia, Turquía y casi nadie de ropa nacional. No es nada sorprendente cuando el presidente de Rusia, miembros del gobierno y deputados de la Duma se visten de todo lo extranjero como los papú que en el siglo XVII con gusto se ponían chucherías de color obtenidas de europeos en cambio del oro.

El control de pasajeros al vuelo Moscú-Sochi se realizaba en una sala pequeña, dentro del espacio reducido de la cual se había rebalsado mucha gente. Empleados del aeropuerto se quejaban a los pasajeros de que no tenían estaciones de TSH por eso todos los trámites se realizaban lentamente.

Lo primero que me hizo sentir orgulloso por la Patria era un aerobús IL-86 gigantesco. Fue construido ya en los tiempos soviéticos. El aerobús se parecía a un tiburón grande, que era capaz de alojar fácilmente en su interior a 360 pasajeros. Iniciaron a zumbar los motores. El avión se puso en marcha y levantó el vuelo hacia la altura abriendo con seguridad y potencia el camino hacia el sur del país.
El Cáucaso.

Al volar seguramente 3.000 Km durante 2 horas y 20 minutos nuestro aerobús con éxito se aterrizó en el aeropuerto Adler de Sochi. Sí, era el mismo aeropuerto a donde llegué yo con amigo mío haciendo primer viaje independiente en mi vida. Reconocí esta sala pero aquí no hubo más gente feliz y emocionada esperando a alguien con ramos de flores.

De todos lados a los pasajeros miraba con avidez la gente que gritaba las mismas preguntas: “¿Quién eres? ¿Adónde vas? ¿Qué quieres? ¿Qué necesitas?”. Estos eran taxistas particulares y propietarios de inmuebles que los alquilaban a viajeros. Buscadores de lucro de todos los tipos de una manera importuna trataban de convencer a turistas un poco desorientados que últimos no podían pasar sin sus servicios, que en hoteles no había habitaciones, que autobuses estaban fuera de servicio, que trenes eléctricos ya se habían ido. Los viajeros son la única fuente de ganancias de la población local que había quedado sin trabajo a causa de reformas democráticas realizadas en Rusia. Más tarde vi con mis propios ojos que toda la región sureña de Rusia estaba arruinada como si estuviera después de una guerra.

Dentro de dos horas un tren suburbano me llevaba de Sochi a Tuapse. Noté que ni aspecto exterior de trenes eléctricos ni su velocidad habían cambiado al pasar de 30 años. No se notaba nada del progreso técnico. Como si fuera regresado yo al pasado y viajara en el mismo tren. En aquel entonces era la época del socialismo: todo estaba en orden, limpio y arreglado, hubo playas cómodas y la gente linda. Hoy en día aquí había florecido un pantano basado en la propiedad privada, hambre de lucro y desvinculación. Por vagones andaban sin parar pedigüeños y pedían limosna. Aquí mismo músicos ganaban su propio pan interpretando canciones. Echadoras de cartas y mercachifles que daban vueltas por vagones complementaban este cuadro triste.

Durante todo el camino del tren que pasaba a lo largo de la costa del mar Negro, las playas estaban llenas de botellas de plástico y basura de toda clase. Por aquí y por allá se veía obras de hormigón no terminadas. Lo más sorprendente para mí era la gente que tomaba el sol despreocupadamente pasando su único descanso anual dentro de la basura. Cultura de un pueblo ha de determinarse por lo limpio que es el ligar donde habita, pensé yo determinando la cultura desde el punto de vista etnográfico. Yo aguantaba acatadamente todas estas pruebas sólo porque me esperaba el encuentro con comunista dirigente del Partido “Trudovaya Rossiya” (Rusia Laboriosa) Viktor Anpilov.

Viktor Anpilov resultó un hombre excepcionalmente hospitalario y abierto. Nos encontramos en un balneario aproximadamente a diez kilómetros de Tuapse en la costa del mar Negro. Tenía aspecto de un hombre de cincuenta años. Este hombre enérgico, de estatura no muy alta atraía a su lado desde primeros instantes de nuestro encuentro. Su rostro revelaba a un hombre bueno y de principios acostumbrado a defender sus convicciones.

Pasando por la costa del mar Negro hablábamos mucho de Rusia contemporánea. Algunos transeúntes al reconocer a Anpilov le pidieron permiso para sacar fotos con él. “Por qué no”, respondía él cada vez con una sonrisa amplia. En su actitud no hubo ni por sombra la altanería o la prepotencia, aunque cualquier político más conocido de Rusia le podría envidiar su biografía. Tiene brillante educación, domina idioma español, en cierto tiempo trabajaba en Cuba como corresponsal. Pero lo más importante que es un comunista verdadero, un patriota internacional que ama a su pueblo y a su Patria. Entregando a sí mismo a la lucha sin compromisos, poniendo al riesgo lo más valioso que tiene uno, su vida. Por lo menos esta era la impresión que me dio.

Los que tienen poder podrían reprimirlo mucho antes. En Rusia cada día matan a ciudadanos ordinarios, negociantes, deputados, gobernadores, científicos y corresponsales. Me pareció que Anpilov aún era necesario para el régimen que por medio de él y de su partido “Trudovaya Rossiya” quería vigilar y controlar lo que estaba pasando dentro del movimiento izquierdo oposicionista. Esto es porque el poder deja a Anpilov y a su partido vivir y luchar.

Tres días de verano en la costa del mar Negro habían pasado volando. Me despedí de Viktor Ivanovich en el andén. Unos minutos después ya viajaba en un vagón de cupe del tren “Tuapse-Mineralnye Vody” continuando mi camino al Cáucaso del Norte. Mis compañeros de viaje eran una familia joven de Essentuki que regresaba a casa después de pasar las vacaciones en la costa del mar Negro. Ellos durante todo el camino contaban con la tristeza su difícil vida, bajos salarios, lo que el gobierno de Rusia y el pueblo vivían cada uno por sí mismo. La más difícil según su opinión era la vida de la gente en periferias, y decían que sin duda la vida antes de la Perestroyka era considerablemente mejor: los adultos tenían salario garantizado. Los niños estudiaban gratis y se dedicaban a deportes, mientras veranos los pasaban en colonias de pioneros. En todo el país funcionaban pensiones, dispensarios por los servicios de los cuales pagaba el estado.

A las 3.30 de la mañana bajé del tren en la estación de Mineralnye Vody. Todavía estaba oscuro. Me esperaba Ramazán, la leyenda de los años 60. Cuando tenía 17 años él podía mantenerse levantado piernas arriba apoyando sus manos sobre la ceja de una montaña al lado de un derrumbadero. Podía salir a solas contra un líder de un grupo de chavales en un pugilato, defendía a los débiles, podía pelearse en la calle contra muchachos que no se achicaban por nada. Al ver una vez una de estas peleas un entrenador de boxeo le invitó a Ramazán a practicar este deporte. Después de 20 años de trabajo en minas se jubiló lleno de energía y fuerzas. Ramazán es un hombre valiente y de voluntad. Uno puede contar con él en una situación difícil. Sobre esta gente se dice que con la misma uno puede subir a montañas yendo en la misma cuerda.

En un Renault-trafic viejo íbamos entre montañas por caminos sinuosos para llegar a la ciudad minera de Tyrnyauz. Prestó mi atención a carreteras buenas y estaciones de servicios limpios. Lo único que estropeaba paisajes pintorescos era mercados de bienes que estimulaban el espíritu mercantil de la gente. La prospera ciudad minera de Tyrnyauz de tiempos pasados que hasta en los más difíciles años de guerra suministraba metales estratégicos – volframio y molibdeno- hoy en día estaba completamente arruinada por merodeadores que habían realizado la Perestroyka. La misma golpeó la planta de volframio y molibdeno más grande del mundo tan fuerte que ésta jamás había sido recuperada. La población de una ciudad por completo había quedado sin trabajo, sin medios de manutención. ¡Cuántas ciudades de este tipo hay en toda Rusia!

El objetivo de nuestro viaje a montañas era la ascensión a Elbrús, la cumbre más alta de Europa. Por eso después de visitar a Ramazán en Tyrnyauz alpino, partimos hacia arriba a lo largo de una cañada para alojarnos en un lugar pintoresco al pie de Cheguet.

El paisaje montañoso que descubrimos era muy lindo y especial, haciendo pensar que el destino por casualidad me puso en un planeta fantástico donde ausentaba cualquier civilización. El Río Baksán que tomaba su inicio en cumbres glaciales de montañas corría con ruido abajo por la cañada como si fuera un carnívoro persiguiendo su caza. Nuestro autobús pequeño se movía obstinadamente por arriba de la cañada dejando atrás irrepetibles paisajes de grandes montañas del Cáucaso. Por fin llegamos a la base turística Azau situada al pie de Elbrús.

Al dejar el automóvil en el aparcamiento entramos en un vagón del funicular pendular para pasajeros. El mismo se separó de la estación y gimiendo como si fuera un ser vivo se movió hacia arriba como si tratara a subir con nosotros a la cumbre de la montaña de cinco mil metros, y dejó a nosotros a la altura de 3000 metros. Allí pasamos a otro vagón que llevó a nosotros hasta la estación “Mir” situada a la altura de 3500 metros. Luego pasamos a butacas de otro funicular que fácilmente como si fuera un ave levantó a nosotros a la altura de 4000 metros. Alrededor de nosotros estaban cadenas de montañas de la cordillera principal del Cáucaso.

Pasamos a pie por la nieve varias decenas de metros arriba hasta llegar al hotel “Priyut odinnadtsati”(El refugio de los once). Este hotel está en el nivel más alto de toda Europa de donde alpinistas salen a escalar la doble cumbre de la Elbrús, la altura de la cumbre occidental de la cual llega a 5642 metros. Hacía viento frío. Era difícil para respirar. Grises masas de las nubes se movían rápidamente cambiando cada instante el cuadro de paisajes en las montañas. El mal tiempo, la niebla y el granizo inesperado arruinaron nuestros planes de ascensión a la Elbrús. Una ascensión como está tendría que estar preparada con toda la seriedad. Montañas no perdonan la imprudencia. Muchas veces hasta alpinistas profesionales perecerían en estos lugares al olvidar por un instante sobre la precaución.

Los alpinistas que vimos por el camino hablaban diferentes idiomas. En su mayoría eran alemanes. Es probable que turistas de Alemania estuvieran aquí para rendir homenaje a sus padres y abuelos que en 1942 participaban aquí en combates dentro del grupo especial “Edelveis” tratando de tomar el Cáucaso del Norte y alzar la bandera fascista en la cumbre de la Elbrús.

Se me acordó una canción de Vysotsky:

Tú estás aquí de nuevo, estás concentrado

y esperando la señal secreta,

Pero aquel hombre también se encuentra aquí

Dentro de los tiradores del grupo Edelveis.

¡Y la misión es arrojarlos de esta puerta en montañas!
La Elbrús de doble cumbre cubierta con glaciales eternos atrae a hombres valientes e intrépidos, a la gente romántica enamorada de montañas. Elevándose por encima de la historia y la civilización con su belleza eterna y severa, la Elbrús como si recordara sobre la mortalidad humana y la vanidad de la vida: “existía, existo y existiré. Uds. la gente es solamente casualidades, instantes dentro del paso del tiempo”.

Me hospedé en el hotel Cheguet. Las grandes salas de mármol y granito vacías e incómodas estaban poco iluminadas. El interior de mi habitación se limitaba a un armario viejo con la puerta que se cerraba y se abría difícilmente, una silla, una cama y una mesita de noche. Pero la habitación tenía un balcón que daba a las montañas y glaciales. Realmente no era hotel sino una base turística que tenía su propio comedor, un cuarto de billar, un bar y un café. ¡Una habitación de este tipo con desayuno, almuerzo y cena incluidos sale sólo 15 euros! Era una lástima que dentro del menú de este comedor no estuvieran platos de la cocina nacional. Agua mineral que abundaba en fuentes situadas por todo el alrededor no se servía a las mesas. La gente que vino a montañas de varias ciudades para recobrar su salud se quedaba sin “agua viva” y estaba obligada a contenerse con el té. En el comedor tampoco servían el famoso airán balkario (una bebida de fermentos lácteos) que daba ánimo y fuerza y según leyendas de estos lugares también prolongaba la vida, por eso solía a cenar en el restaurante frente a la base turística Cheget donde se servían shashlyk. Shashlyk que cocinaban aquí de la más fresca carne de carnero tenía sabor espectacular y junto con pan y hierbas costaba sólo 60 rublos (1,8 euro).

La base turística estaba llena de gente. Estos días aquí se alojaba la selección infantil de boxeos “Juventud de Rusia” que entrenaba para participar en el campeonato por la copa del país. Principal entrenador del grupo infantil – ilustre entrenador de Rusia Anatoliy Grigorian pudo organizar en estos tiempos difíciles el entrenamiento en Cheguet alpino para equipos infantiles de Irkutsk, Kaliningrado, Novorossiysk, Nalchik, Perm, Smolensk, Elista y Yakutsk. Todo esto me hizo recordar aquellos tiempos buenos cuando la fama del deporte soviético sonaba en todo el mundo.

Entrenadores que habían llegado de las más lejanas partes del país – la gente fiel a boxeo hasta ser fanáticos - entregaban no sólo su maestría, sino también ahorros personales para conservar las mejores tradiciones de la escuela soviética del boxeo. Observando entrenamientos pensé que gracias a los entrenadores insignes como éstos alguno de estos chicos sin duda llegaría a ser un campeón mundial en el futuro.

Una noche el presidente de la federación de boxeo de la República Kabardino-Balkaria Sergo Dzhaboiev organizó la cena para sus colegas a la cual fui invitado yo. A los invitados los servían la carne de carnero cocida atendiéndolos con la verdadera hospitalidad caucásica que hizo la fama a los montañeses en la historia y en la cultura. La gente brindaba por la paz, la salud y la felicidad.

Todos estos días mi guía en las montañas era Ramazán. Me enseño el museo de etnografía territorial V.Vysotskiy que estaba en el pueblo Elbrús. Este museo se parecía más a la sala de demostración de trofeos. Allí hice varias fotos y dejé en el libro de huéspedes la nota pidiendo prohibir la caza de animales que los mismos disecados estaban en grandes cantidades representados en el museo.

Visitamos el taller del famoso pintor balkario Boris Gudanaev a quien conocí en tiempos pasados en Leningrado cuando estudiaba en la Academia de Bellas Artes de Leningrado Repin. Sus cuadros ya han inmortalizado su nombre. Los contemporáneos ya se dan cuenta de que tratan con un gran pintor.

Uno de los atractivos lugares de la zona alrededor de la Elbrús es sin duda el mercado local donde se venden artículos de artesanía baratos, diferente mercancía de pura lana elaborada en tradiciones nacionales tal como suéteres, gorros, toquillas, calcetines también recuerdos diversos. Turistas con mucho gusto compran aquí algo para recordar los días pasados en montañas.

A lo largo de tres días pescábamos con éxito la trucha en el río, montábamos a caballos, paseábamos por las montañas y bebíamos agua mineral de fuentes. En estos días hacía sol pero no hacía calor. A la izquierda y a la derecha de las cumbres de montañas cubiertas con la nieve se colgaban glaciales. Hacía frescura. En los mismos días la gente en la vieja Europa se ahogaba del calor.

Mejor que montañas pueden ser sólo montañas – tenía toda la razón el poeta que escribió estas líneas.


En nueva Moscú.

Llegó la hora de partir. Ramazán me llevó en su Renault hasta la ciudad de Nalchik. El tren rápido “Nalchik-Moscú” ya estaba en el andén. Ramazán me acompañó hasta mi cupe. Al ver que mis compañeros de viaje era la gente segura – los militares en camuflaje - se calmó, luego salimos en el andén para despedirnos. Ramazán incendió el cigarrillo diciendo que había que dejar de fumar”.

El tren se movió. Yo dejaba la hermosa región y la gente admirable conservando la esperanza de que alguna vez yo me volviera sin falta a estos lugares. Tuve que viajar durante 36 horas. Dentro de dos horas del traqueteo en el tren que no podía o no quería tomar la velocidad me nació el deseo de bajar del tren y continuar el viaje a Moscú por vía aérea, pero rápidamente combatió esta debilidad momentánea y tomé la decisión de pasar esta prueba hasta el fin.

Por andenes a lo largo de todo el camino hasta Moscú andaba la gente sencilla: trabajadores de ayer, campesinas, ex obreros de vanguardia, trabajadores ejemplares del trabajo comunista, que hoy ofrecían a pasajeros para la venta papas calientes, pollos fritos, pepinos salados, tomates, kéfir, empanadas y bollos. Andenes estaban llenos de la gente y parecía que todo el país se encontraba en el estado de compra-venta universal, en el estado de comercio universal. Me daba pena por mi pueblo por mi gran país de aquellas épocas.

Mis compañeros de viaje eran militares que regresaban de Chechenia a pasar vacaciones en su casa. Como pasa con frecuencia en trenes rusos los pasajeros de cada cupe se convierten rápidamente en una buena compañía que discute animadamente todas las novedades, temas históricas y políticas. De acuerdo con relatos de mis compañeros de viaje que los mismos participaron en el conflicto militar, la guerra en Chechenia hubo, hay y habrá en el futuro. “El plebiscito, el cese de fuego todo esto es juego político de Moscú. Del financiamiento destinado a Chechenia la mitad se vuelve a Moscú.”

-Una vez por ejemplo, ocurrió lo siguiente. En una región de Chechenia actuaba una banda de insurgentes. Los mismos fusilaban a chechenios civiles y atacaban puestos de control. En una ocasión logramos a rodear la banda. Y de repente recibimos la orden por estación de TSH para terminar urgentemente la operación de cerco y de exterminación de la banda de insurgentes. En caso de la muerte de uno solo de ellos nos habían amenazado a quitar las hombreras y entregar al tribunal militar.” Entonces sus jefes fueron sobornados, - al adivinar grité yo.

No, es que insurgentes de barbas negras y en camuflaje de la OTAN pertenecían a un grupo especial del Servicio federal de seguridad.

Entonces, ¿qué pasa? – dije yo. Resulta que ellos mismos provocan la guerra, ¿para qué?

En lugar de responder a mi pregunta los militares continuaban su relato: en caso de la tercera guerra estamos listos a exterminar a todos los chechenios desde los más pequeños hasta los más grandes. A las mujeres, a los niños y los viejos, a todos vamos a exterminar. ¿Por qué? pregunté yo.

Así se debe. En el Cáucaso es el peor pueblo. Ellos ya son tan descarados que explotan cinturones de shahidos en Moscú.

Pero esto es una consecuencia de la misma guerra injusta en el Cáucaso. ¿O piensan que a los chechenios les da gusto a explotar a sí mismos en pedazos y no estar ni siquiera enterados? Ellos son fanáticos.

Y soldados rusos de los tiempos de la Gran Guerra Patria: Alexandr Matrosov quien tapó con su pecho la aspillera de un fortín, Gastello que arietó un avión enemigo en el aire, los tanquistas en el Arco de Kursk – todos ellos se entregaban concientemente a la muerte para que su tierra fuera libre. Según su opinión ¿todos éstos eran fanáticos?

No hubo respuesta. Pero me pareció que mis argumentos no convencieron a oficiales rusos. Tenían o no su propio interés en esta guerra no lo sé.

A las cinco de la mañana el tren “Nalchik-Moscú” me llevó a la estación ferrocarril Kurskiy. Deje mi equipaje en una consigna y partí hacia la plaza Roja. El subterráneo de Moscú lindo y monumental que simbolizaba en un tiempo el poder de trabajadores y la potencia del estado soviético. Dentro de esta belleza el pueblo ya no soviético que daba vueltas por aquí y por allá con baúles y bultos tenía un aspecto lamentable.

Casi veinte años de chasqueo del pueblo en masas han dado sus resultados. La gente en el subterráneo no lee más libros ni periódicos como lo era durante el socialismo. El pueblo había empobrecido no obstante la aspiración de todos hacia el enriquecimiento. Las caras de la gente tenían aspecto arrugado y enfermo. Falta de la educación física y deportes de masas, consumo general de cerveza habían reflejado en la salud de ciudadanos de Rusia.

Al salir del subte fui rápidamente a la dirección de la Plaza Roja esperando la inspiración de pasear por el centro de Rusia, de tocar al mausoleo. Era Inútil. El nuevo poder democrático cerró la entrada a la Plaza Roja con barreras de milicia. La gente sencilla que había llegado desde lejos muchos de la cual se encontraban en Moscú por la primera vez estaba parado confundida sin saber qué hacer. Pero la orden de Putin era más fuerte que el derecho de esta gente a pasear por la Plaza Roja de su capital, acercarse al mausoleo y poner flores a Gran Lenin.



Pregunté a un miliciano: “¿Por qué no dejan pasar a la gente a la Plaza?” Me respondió con una sencillez cotidiana: “Esta medida fue aprobada contra el terrorismo”. Es muy difícil imaginar que en París por ejemplo a turistas no dejaran pasar a la Torre Eufel o al Arco de Triunfo por razones de seguridad. Sin nada de entusiasmo eché a andar lentamente por las calles de Moscú. Notaba a perros sueltos que andaban en búsqueda de comida, otros cansados estaban acostados en caminos polvorosos y escondían de calor por debajo de bancos. Los perros igual como la gente no importaban a nadie en este país nuevo.

Para matar el tiempo entré en el primer café aparecido. Y aquí encontré nuevas prohibiciones: uno podía tener su desayuno sólo adentro. En la calle donde estaban mesitas y sillas no atendían. En lugar de un desayuno ligero me ofrecieron platos de casa que eran caros. Al comer sin ánimo y al pagar 450 rublos salí a la calle. A todos lados a la izquierda y a la derecha resaltaban letreros en inglés. Eran tiendas y casas de Gucci, Sen Loran, Armani. ¿Dónde estoy?, - pensé yo - ¿en qué país?


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