Vida de Pedro Saputo



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Vida de Pedro Saputo



Braulio Foz

[Nota preliminar: edición digital a partir de la de Zaragoza, Gallifa, 1844, y cotejada con la edición crítica de Francisco Ynduráin, Zaragoza, Publicaciones de la Cátedra Zaragoza, 1959.]



Indice





Vida de Pedro Saputo 1

Indice 2


LIBRO PRIMERO 4

5

Nacimiento de Pedro Saputo 5



Agudeza de Pedro Saputo en su niñez 7

De cómo Pedro Saputo adquirió grandes fuerzas 9

De cómo Pedro Saputo fue a la escuela 11

11

De cómo Pedro Saputo determinó aprender algún oficio 14



De cómo Pedro Saputo aprendía todos los oficios en un rato 18

De cómo Pedro Saputo aprendió la música 22

Humanidad y liberalidad de Pedro Saputo 27

De cómo Pedro Saputo pintó la capilla de la Virgen de la Corona 30

Extraordinaria aplicación de Pedro Saputo 34

LIBRO SEGUNDO 36

De cómo Pedro Saputo salió a correr el mundo 38

De lo que le sucedió en Huesca 40

Aventuras del camino de Barbastro 44

Aventuras de Barbastro 47

De lo que hizo Pedro Saputo para librarse de los alguaciles 52

52

Pedro Saputo en el convento 55



Descúbrese a las monjas 59

Sale del convento 64


64

De cómo Pedro Saputo se hizo estudiante de la tuna 66


66

Pedro Saputo da principio a la vida estudiantina 69



Donde se prosigue lo comenzado 74

Camina a su fin la vida de la tuna 77

Pedro Saputo se separa de los estudiantes pasando antes por la aldea de las novicias 81

Pedro Saputo vuelve a ver a sus amigas 84

Sabe Pedro Saputo de fray Toribio, el del guijarro, y se restituye a su pueblo
87

LIBRO TERCERO 91

92

Pedro Saputo visita algunos pueblos. Encuentra al volver en un grande empeño a los de su lugar 93



De cómo Pedro Saputo quitó el monjío de la cabeza a una muchacha 95

De cómo Pedro Saputo hizo otro viaje más largo 98

De cómo Pedro Saputo se hizo médico. Sigue su viaje 101

Llega a Zaragoza: después a su pueblo 106

De cómo Pedro Saputo hizo el milagro de Alcolea 108

De cómo Pedro Saputo dio cuenta de su viaje de la vuelta a España


111

Una carta anónima. Visita de un caballero 114


114


De donde viene el dicho: La justicia de Almudévar 122

De cómo Pedro Saputo fue a Barbastro 124


124


La cueva de Santolaria 127

127


De los remedios contra el mal de viuda que reveló a una Pedro Saputo
131

De la comisión de los tres higos 134


134


Pedro Saputo llama a su madre a las fiestas del Pilar. De una extraña aventura que le sucedió en ellas 138

138


Del pleito del sol 142

142


LIBRO CUARTO 145

145


Propone su madre a Pedro Saputo que se case. Revelación importante
146

De cómo Juanita llamó a Pedro Saputo. Descúbrese un gran secreto


150

Relación del padre de Saputo 153


153


Llega Paulina. Casamiento de los padres 157

Sale Pedro Saputo al registro de novias. Sariñena.-Almudévar


161

Testamento del tío Gil Amor 165


165


Sigue el registro de las novias. Fiesta y baile de una aldea
169

De la feria de Graus 173

Sigue el mismo registro. Morfina 176

Concluye el registro de novias. Y es lo mejor de todo 180

Elección de esposa. Viaje del padre y el hijo a Zaragoza 184

184


No se sabe más de Pedro Saputo. Suerte de Morfina, de los padres y de Rosa y Eulalia 188

Del natural de Pedro Saputo 191

Máximas y sentencias de Pedro Saputo 195

LIBRO PRIMERO





Nacimiento de Pedro Saputo


¡Bendito sea Dios, que al fin el gran Pedro Saputo ha encontrado quien recogiese sus hechos, los ordenase convenientemente, y separando lo falso de lo verdadero levantase con la historia acrisolada y pura de su vida la digna estatua que debíamos a su talento y a sus virtudes! ¿Qué me dará el mundo por este servicio, por esta deuda común que pago, no tocándome a mí más que a cualquier otro vecino? Pero ¡maldito sea el interés!, no quiero otra recompensa que saber, como lo sé desde ahora, que este libro se leerá con gusto por viejos y jóvenes, por sabios y por ignorantes, en las ciudades y en las aldeas. ¡Oh, cuántos buenos ratos en las veladas de invierno pasarán con él calentándose a la lumbre o al brasero! Pues no quiero más recompensa, como digo; esto, y esto sólo es lo que me he propuesto. Y pues lo doy por conseguido, nada más se me ofrece advertir, ni prevenir a mis lectores.
En la villa de Almudévar, tres leguas de la famosa ciudad de Huesca, en la carretera de Zaragoza, nació Pedro Saputo de una virgen o doncella que vivía sola porque había quedado de quince años sin padre ni madre, y era pobre, no teniendo más bienes que una casita en la calle del Horno de afuera, y manteniéndose con el oficio de lavandera y el de cocinera de todas las bodas y de las grandes fiestas del lugar; en su juventud cantaba con mucha gracia porque tenía una voz extremada y tocaba el pandero como una gitana. Con estas habilidades nunca le faltaba lo necesario, y algún regalo y buen pasatiempo. Iba muy aseada; no envidiaba nada a pobres ni a ricos; todos la querían bien, y ella no quería mal a nadie.
Para mayor noticia de la persona diremos que era lista, redonda de cara, no fea, aunque tampoco bonita, delgada caminando a gruesa, desembozada de palabras; pecho franco y abierto, discreta lo que le bastaba, honrada de casta, recatada con buena fama en el pueblo, y al todo muy afable. Con cuyas prendas y virtudes entender se deja que tendría muchos pretendientes, y los tuvo, en efecto, no menos en línea recta que en la línea torcida, y de todos sabores y apariencias; pero no se daba por entendida de la mala intención de algunos, y tomando las palabras siempre a la derecha, a todos respondía lo mismo y los despedía sin ofenderlos diciendo que no quería casarse ni tener amores. Y eso que la recuestaron mozos muy engreídos y valientes, y algunos con ajuar y pegujar, que lo hubiera pasado como una hidalga. Y era que cuando comenzaba a ser moza le dijo una gitana que si se casaba lloraría muchas lágrimas, haciéndole una profecía en verso que decía:
Si casas habrás esposo,

Lágrimas pena y dolor;

Concierta sola tu amor

y el fruto será glorioso.

No alcanzaba el sentido de la profecía sino así por mayor, pero entendió muy bien y se le hincó hondamente como púa en el alma lo de lágrimas y penas, y era bastante para que temiese: conque cerró los oídos a toda proposición de matrimonio por más que andando el tiempo llegó a cumplir los veinte años de edad, que en aquel siglo casi era afrenta, puesto que después y en el nuestro no sea más que recelos de soledad y pensamientos de poco sueño.


Empero cuando menos se cataban en el lugar amaneció de seis meses, que por su gran opinión de honesta lo vieran y no lo creyeran si ella no lo dijese; pero lo decía y lo afirmaba con tanta naturalidad y llaneza que con esto y lo que veían hubieron de creerlo. Cuando llegó el tiempo dio a luz un niño muy robusto y hermoso, y preguntándole de quién era, dijo: Por ahora mío y de Dios, cuyos somos todos. Y de aquí no la pudieron sacar. Un poco se amostazó el justicia y también el señor cura porque no decía quién era el padre del niño; pero ella se mantuvo en lo dicho y hubieron de tascar el freno de su curiosidad burlada en este secreto.
Cuando llegaron a bautizar el niño, porque nunca un caso como aquel se había visto en el lugar y parecía milagro (que los tiempos dicen que eran otros que los que corren ahora, aunque yo no lo creo), ninguno se ofrecía a ser su padrino; y el justicia y el síndico ayuntaron concejo general del pueblo y dijeron: «Honrados vecinos de Almudévar: por la voz que ha corrido debéis saber que la honesta hija pupila de Antonio y Juana del Horno de afuera ha parido casualmente un niño, y no tiene quién lo saque de pila. Echemos suertes si os parece, y de los tres nombres primeros que salgan se elegirá uno a votos libres de todos.» -¡Bien, bien!, gritó la multitud. Y echaron suertes, y salieron dos hombres y una mujer; y pasando a votación, todos menos seis votaron porque fuese madrina la mujer, y que los dos hombres y el síndico la acompañasen. Era una doncella, y no faltó quien murmuró de la suerte diciendo que las doncellas no debían haberse puesto en cántaro por serlo la madre del niño y no estar bien que la visitasen. Pero al que esto dijo, que era un ricacho con vanidad de hidalgo, le miraron de mal de ojo y aun le aborrecieron todo aquel día. Fue, pues, madrina la doncella, y lo sacó de pila con mucho contento; y como era de una casa acomodada hubo gran bateo, que lo dieron los acompañantes y el padre de la misma madrina. Pusiéronle por nombre Pedro, y no se habló en muchos días de otra cosa en el lugar. Cuando la madre sacó al niño públicamente parecía una conda en la formalidad y satisfacción que mostraba y en los dijes y mantillas que le ponía; y las gentes la querían aún más que de denantes. Parábanla todos a mirar al niño, y sin saber por qué se alegraban; y aun muchas mujeres, especialmente doncellas, casi le tenían envidia.

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