Vida Del Emperador Carlomagno



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Vida Del Emperador Carlomagno

Eginardo


Titulo Original: Vita Karoli Magni Imperatoris (829-836)

Después de decidir escribir la vida y el trato, y en parte no pequeña las hazañas de mi señor, el excelentísimo y merecidamente famosísimo rey Carlos, que costeó mi mantenimiento, lo llevé a cabo con la mayor brevedad de que fui capaz, preocupándome por no omitir nada de todo lo que pudo llegar a mi conocimiento y por no molestar con una narración prolija los espíritus de quienes rechazan todo lo nuevo, si es que de algún modo se puede evitar no molestar con un nuevo relato a quienes rechazan incluso los testimonios antiguos y escritos por varones doctísimos y elocuentísimos.

Y aunque no me cabe duda de que hay muchos que, dedicados al ocio y a las letras, consideran que el estado de la época presente no debe ser descuidado a tal punto que absolutamente todos los hechos que ahora suceden se entreguen al silencio y al olvido como si no fueran dignos de recuerdo alguno, e incluso prefieren, llevados por el deseo de durar, presentar las preclaras acciones de otros en escritos de cualquier especie antes que sustraer la fama de su propio nombre a la memoria de la posteridad no escribiendo nada, con todo no creí que debía abstenerme de un relato como el presente, ya que tenía consciencia de que nadie podía escribirlo con más veracidad que yo, por haber tomado parte en persona en dichos hechos y haberlos conocido, como dicen, en calidad de testigo ocular y por no haber podido saber a ciencia cierta si otro los iba a escribir o no. Y juzgué preferible dejar a la memoria de la posteridad lo mismo ya confiado a las letras por otros antes que permitir que cayeran en las tinieblas del olvido la ilustrísima vida del mejor y más grande rey de todos los de su época y sus egregios actos, casi inimitables por los hombres de los tiempos que corren.

Existía también otra causa no irracional, según pienso, que por sí misma podría haber bastado para obligarme a escribir esto: el gasto que supuso mi manutención y la perpetua amistad, después que comencé a frecuentar su corte, con mi protector en persona y sus hijos. Con ella me ató a sí de tal modo y me hizo su deudor, tanto durante su vida como después de su muerte, que con razón parecería y podría ser considerado un ingrato si, olvidando los beneficios de que me hizo objeto, dejara pasar en silencio las celebérrimas e ilustrísimas hazañas del hombre que más merece mi aprecio y permitiera que su vida quedara sin poner por escrito y privada de la debida alabanza, como si nunca hubiese vivido.

Para escribir y explicarla hubiera sido preciso no mi pobre ingenio, que de débil y pobre es casi inexistente, sino la elocuencia ciceroniana. Mas he aquí el libro que contiene la memoria del más ilustre y grande de los hombres, en el que, salvo sus gestas, no hay nada que asombre, salvo, tal vez, el hecho de que un bárbaro muy poco ejercitado en el empleo de la lengua de Roma haya creído poder escribir de manera decente o conveniente en latín y haya llevado su desvergüenza hasta el punto de considerar despreciable lo que Cicerón, al hablar de los escritores latinos en el primer libro de sus Tusculanas, ha expresado: «Que alguien ponga por escrito sus pensamientos, sin poder ordenarlos, embellecerlos ni procurar con ellos algún deleite al lector, es cosa propia de un hombre que abusa desmesuradamente de su ocio y de las letras.»1 Sin duda, esta opinión del egregio orador podría haberme apartado de la idea de escribir, si no hubiera ya determinado en mi espíritu someterme al juicio de los hombres y poner en peligro la reputación de mi pobre ingenio por escribir este libro antes que pasar por, alto el recuerdo de tan gran hombre sólo para evitarme ese tipo de disgustos.

[1] La familia de los merovingios, de la cual los francos acostumbraban elegir sus reyes, duró, según se considera, hasta el rey Childerico, quien, por orden del pontífice romano Esteban, fue depuesto, tonsurado2 y relegado a un monasterio. Pero aunque pueda parecer que acabó con él, sin embargo hacía ya tiempo que carecía de todo vigor y no se distinguía por nada más que por esa vacía palabra "rey". Pues las riquezas y el poderío del reino se hallaban en manos de los prefectos de palacio, que eran llamados mayordomos o intendentes de la casa y a quienes correspondía el poder supremo. Al rey no le quedaba ya nada más que, contento con el solo nombre de rey, la larga cabellera y la barba crecida, sentarse en el trono y representar la figura del gobernante, oír a los embajadores que venían de todas partes y, cuando marchaban, entregarles las respuestas que se le habían indicado o incluso ordenado como si fueran suyas. Salvo ese nombre de rey, casi inútil, y una precaria paga para sustentarse, que le acordaba a su placer el prefecto de la corte, no poseía nada propio, sino una sola finca, y de renta muy pequeña, en la que tenía una casa y una pequeña cantidad de servidores que le proporcionaban lo necesario, además de demostrarle respeto. A cualquier parte que tuviera que ir lo hacía en un carro tirado por bueyes uncidos a los que conducía un boyero a la manera rústica. Así solía ir al palacio, así a la asamblea pública de su pueblo, que tenía lugar anualmente en interés del reino, y así volvía a su casa. El prefecto de la corte proveía a la administración del reino y a todo lo que, dentro y fuera, debía atenderse y disponerse.

[2]. Desempeñaba este oficio, en el momento de ser depuesto Childerico, Pipino, el padre del rey Carlos, casi ya con carácter hereditario. Pues Carlos, su padre, que aplastó a los tiranos que reclamaban para sí el poder absoluto sobre toda Francia y derrotó a los sarracenos que intentaban ocupar la Calía en dos grandes combates —uno en Aquitania, cerca de Poitiers; el otro en las inmediaciones de Narbona, junto al río Berre— de modo de obligarlos a regresar a España, ocupó de modo ilustre esa misma magistratura que le fuera entregada por su padre, Pipino. El pueblo no acostumbraba conceder este cargo honorífico sino a quienes se destacaban de los demás por su ilustre linaje y la amplitud de sus riquezas.

Habiendo Pipino, el padre de nuestro rey Carlos, ocupado dicha magistratura que recibieran él y su hermano Carlomán de su padre y su abuelo y que compartieran en total concordia, su hermano, no se sabe por qué razones —aunque parece que llevado de su amor por la vida contemplativa—, tras abandonar la dura tarea de administrar el reino temporal, se dirigió a descansar a Roma, y allí, cambiando su hábito por el de monje y después de construir un monasterio en el monte Soracte, junto a la iglesia de San Silvestre, se dedicó a gozar de la deseada quietud durante algunos años, en compañía de los hermanos que habían venido junto con él a tal fin. Pero como muchos de los nobles que iban de Francia a Roma para cumplir anualmente sus promesas no querían dejar de presentarle sus respetos como antiguo señor, interrumpiendo con frecuentes visitas el ocio en que máximamente se deleitaba, se vio obligado a cambiar de lugar. Así pues, al ver que la repetición de la ceremonia obstaculizaba su propósito, abandonó el monte y se retiró a la provincia de Samnio, al monasterio de San Benito, situado en la ciudadela de Cassino, y allí terminó, viviendo religiosamente, lo que le quedaba de vida temporal.3

[3]. Así pues, Pipino, de administrador de palacio fue elevado a rey por la autoridad del pontífice de Roma, y después de reinar solo sobre los francos durante quince años o más, terminada la guerra contra Waifre, duque de Aquitania, que se prolongó durante nueve años continuos, murió en París de hidropesía, sobreviviéndole sus dos hijos, Carlos y Carlomán, a quienes, por voluntad divina, tocó la sucesión del reino. En efecto, los francos, reunidos solemnemente en asamblea general, los hicieron reyes a ambos con la condición de que se repartieran por igual todo el cuerpo del reino, y que tomaran, Carlos la parte que el padre de los dos, Pipino, había ocupado, y Carlomán la que el tío de ambos, de su mismo nombre, había gobernado. Ambas partes aceptaron las condiciones y recibieron la parte del reino dividido según el modo propuesto; y se mantuvo la concordia, aunque con suma dificultad, ya que muchos partidarios de Carlomán intentaron quebrar el acuerdo, al punto que algunos incluso procuraron hacerlos entrar en guerra. Pero los hechos posteriores demostraron que en todo esto había más sospecha que peligro, cuando, a la muerte de Carlomán, su esposa e hijos junto con algunos que eran los primeros de entre sus grandes, huyeron a Italia y, sin que existiera causa alguna, despreciando al hermano de su marido, se fue a poner bajo la protección de Desiderio, el rey de los longobardos.

Efectivamente, Carlomán, tras administrar el reino en común con su hermano durante un bienio, murió de enfermedad; Carlos, por su parte, a la muerte de Carlomán, fue nombrado rey por consentimiento de todos los francos.

[4] De su nacimiento y primeros años, e incluso de su infancia, como no hay nada declarado por escrito ni se encuentra ya a nadie que diga tener conocimiento de ello, juzgo absurdo escribir, de modo que me dispuse a pasar directamente, omitiendo lo desconocido, a sus actos y costumbres y a las demás partes de su vida que pueden explicarse y demostrarse; así pues, narrando en primer lugar sus hazañas en el orden interno y en el externo, luego sus costumbres y aficiones, finalmente la administración del reino y su muerte, no dejaré de lado nada de lo que es digno o necesario de conocerse.

[5] De todas las guerras que llevó a cabo, la primera que emprendió fue la de Aquitania, comenzada, pero no terminada, por su padre, porque le parecía que podía concluirse rápidamente, aún en vida de su hermano, a quien incluso solicitó ayuda. Y aunque su hermano no le proporcionara el socorro prometido, prosiguió denodadamente con la ejecución de la expedición comenzada, y no quiso desistir de la tarea una vez comenzada antes de concluir lo que procuraba llevar a término con incansable perseverancia. Obligó a dejar Aquitania y dirigirse a Gascuña a Hunoldo, quien después de la muerte de Waifre había intentado ocupar Aquitania y reemprender la guerra ya casi acabada. No soportando, sin embargo, que aquél permaneciera allí, después de atravesar el río Carona ordenó al jefe de los gascones, Lobo, enviándole embajadores, que le entregara al refugiado, amenazándole con declararle la guerra si no cumplía su orden de inmediato. Pero Lobo, pensándolo mejor, no sólo entregó a Hunoldo sino también se sometió a la autoridad de Carlos junto con la provincia que gobernaba.

[6] Solucionadas así las cosas en Aquitania, terminada esa guerra, y habiendo partido de este mundo también su asociado, llamado por el obispo de la ciudad de Roma, Adriano, y ante sus ruegos y plegarias, emprendió la guerra contra los longobardos.

Anteriormente, por cierto, y ante las súplicas del papa Esteban, también su padre había emprendido esta guerra con gran dificultad, pues algunos de los hombres principales de los francos a quienes solía consultar se habían mostrado a tal punto rebeldes a su voluntad que llegaron a proclamar de viva voz que abandonarían al rey y volverían a sus hogares. Sin embargo, se llevó a cabo la guerra, entonces contra el rey Astulfo, y fue concluida con gran celeridad. Pero si, al parecer, Carlos y su padre tuvieran una causa semejante, o más bien la misma, para emprender dicha guerra, no consta que se la llevase a término con esfuerzo y resultado semejantes. Pipmo, después de pocos días de asedio en Pavía, obligó al rey Astulfo a entregar rehenes, devolver las plazas fuertes y castillos arrebatados a los romanos y a jurar que no volvería a apoderarse de lo devuelto; Carlos, en cambio, después de dar comienzo a la guerra, no cejó de obtener la rendición del rey Desiderio, a quien había quebrantado antes con largo asedio, de obligar a marcharse no sólo del reino sino también de Italia a su hijo Adalgiso, hacia quien parecían inclinarse las esperanzas de todos, de restituir a los romanos todo lo que se les había arrebatado, de someter a Rodgaud, prefecto del ducado del Friul, que intrigaba para rebelarse, de reducir a toda Italia a su poder, y de imponerle como rey a su hijo Pipino.

Podría escribir aquí cuan difícil le resultó, al entrar a Italia, la travesía de los Alpes, y con qué gran esfuerzo superaron los francos las cimas inaccesibles de los montes, las peñas que sobresalían elevándose al cielo y los ásperos escollos, si no tuviera en mi ánimo el dejar constancia en esta obra de su modo de vida más que de las guerras que llevó a cabo. Con todo, el fin de esta guerra fue la sumisión de Italia, el exilio perpetuo del rey Desiderio, que fue deportado, la expulsión de su hijo Adalgiso, y la restitución del patrimonio arrebatado por los reyes de los longobardos a Adriano, cabeza de la Iglesia romana.

[7] Después del final de esta guerra, se continuó la sajona, que casi parecía interrumpida. El pueblo de los francos nunca emprendió una guerra más larga ni más atroz ni más penosa que ésta, porque los sajones, como casi todos los pueblos que habitan Germania, feroces por naturaleza, entregados al culto de los demonios y adversarios de nuestra religión, no consideraban deshonesto violar o transgredir. También existían causas que podían turbar cada día la paz, en especial el hecho de que nuestras fronteras y las de ellos estaban contiguas y casi en todas partes en lugar llano, salvo unos pocos lugares en los que o grandes bosques o las cimas de las montañas, interpuestas, delimitan con claridad los campos de unos y otros; en aquéllas no cesaban de producirse matanzas, robos e incendios recíprocos. Con todo esto, los francos terminaron por irritarse tanto que ya no juzgaron suficiente devolver las ofensas, sino emprender contra ellos una guerra abierta.

Así pues, se les declaró la guerra, que se llevó a cabo con gran animosidad por ambos bandos, aunque con mayores pérdidas para los sajones que para los francos, durante treinta y tres años ininterrumpidos. Hubiera podido terminar antes, si la perfidia de los sajones lo hubiera permitido. Es difícil decir cuántas veces vencidos y suplicantes los reyes se rindieron al rey, prometieron hacer lo que se les ordenaba, entregaron sin dilación los rehenes que se les mandaba, recibieron a los embajadores que se les enviaban, a veces tan dominados y debilitados que hasta prometieron abandonar el culto de los demonios y someterse a la religión cristiana; pero, así como a veces se mostraban inclinados a hacerlo, igualmente estuvieron siempre dispuestos a quebrantar sus juramentos, de modo que no sería fácil juzgar para cuál de ambas cosas podrían decirse con más verdad mejor preparados, puesto que después del comienzo de la guerra con ellos casi no pasó año sin que practicasen tal cambio.

Pero la magnanimidad del rey y su perpetua constancia, tanto en circunstancias adversas como favorables, no podía ser vencida por la mutabilidad de sus enemigos, ni apartada de lo que había comenzado. Pues nunca permitió que quedaran impunes cuando perpetraban una acción de tal tipo, castigando su perfidia ya poniéndose él mismo al frente del ejército, ya enviándolo con sus condes, e imponiéndoles una pena digna, hasta que, abatidos por completo y a su merced todos los que solían resistirle, trasladó a diez mil hombres de los que habitaban ambas orillas del Elba con sus mujeres e hijos y distribuyó a los deportados aquí y allí en Galia y Germania, en pequeños grupos; y se sabe que la guerra, así arrastrada durante tantos años, se terminó con la condición, propuesta por el rey y aceptada por los enemigos, de que tras abjurar del culto de los demonios y abandonar las ceremonias patrias, adoptaran la fe cristiana y sus sacramentos, y unidos con los francos formaran con ellos un solo pueblo.

[8] Durante esta guerra, aunque se prolongara por largo tiempo, no dio batalla, en persona, al enemigo más de dos veces: una vez cerca del monte que se denomina Osning, en un lugar llamado Thetmold, y otra junto al río Haase, y ambas en el mismo mes, con pocos días de diferencia. En estas dos batallas los enemigos fueron derrotados y desbaratados de tal modo que, con posterioridad a ellas, no osaron ya provocar al rey, ni oponerle resistencia en su avance, a no ser cuando se sentían protegidos por alguna fortificación del lugar. Sin embargo, en dicha guerra perecieron tantos hombres de los nobles francos como de los sajones y algunos de los que desempeñaban altos cargos. Finalmente, tocó a su fin después de treinta y tres años, durante cuyo transcurso tantas y tan tremendas guerras estallaron en diversas partes del mundo contra los francos, y conducidas por el rey con tanta habilidad que con razón se podría dudar si conviene admirar en él más su capacidad para resistir los esfuerzos o su buena suerte. Pues esta guerra dio comienzo dos años antes de la itálica, y aunque fuera llevada a cabo sin interrupción, sin embargo no se abandonó ninguna de las que tenían lugar en otras partes y en ningún sitio se interrumpió el combate, tan duro como contra los sajones.

Pues el rey, que sobrepasaba a todos los de su época en sabiduría y magnanimidad, no retrocedió ante nada de lo que hubiera que comenzar o continuar, ni a causa de los esfuerzos que exigiese, ni por temor, sino que, habiendo aprendido a soportar y aceptar cada cosa según su naturaleza, no acostumbraba ceder en la adversidad ni dejarse halagar en la prosperidad, cuando la fortuna le sonreía.

[9] Mientras combatía contra los sajones asiduamente y casi sin interrupción, tras disponer guarniciones en lugares convenientes de sus confines, atacó a España con él mayor aparato bélico que le era posible. Atravesado el obstáculo de los Pirineos, recibida la sumisión de todos los castillos y plazas fuertes que encontraba en su camino, regresó con su ejército incólume, salvo que le tocó en suerte, en el retorno, experimentar algo de la perfidia vasca. Pues como el ejército marchara desplegado en largas filas, según lo exigía la estrechez del lugar, los vascos, tendiendo una emboscada en la parte más elevada de la montaña —pues se trata de un sitio ideal para tender emboscadas a causa del espesor de los bosques, que abundan allí—, se precipitaron a la hondonada y, atacando a la retaguardia que portaba la impedimenta y a quienes cubrían la marcha del grueso del ejército y acudían en socorro de la retaguardia, trabaron combate con ellos hasta matar al último hombre; luego, apoderándose de los bagajes, protegidos por la noche que caía, se dispersaron con la mayor rapidez en diversas direcciones. Ayudaban en esto a los vascos lo ligero de las armas y la naturaleza del terreno en que se desarrollaba el hecho; por el contrario, los francos luchaban en inferioridad de condiciones debido a lo pesado de sus armas y la desventaja de su situación en el terreno. En esta batalla resultaron muertos Egiardo, senescal real, el conde de palacio Anselmo y Rolando, duque de la marca de Bretaña, junto con otros muchos. Y esta derrota no pudo ser vengada de inmediato, dado que el enemigo, una vez perpetrado el golpe, se dispersó de tal modo que no se pudo saber en modo alguno en qué parte del mundo se le podía encontrar.

[10] Sometió también a los bretones, quienes, como habitaban en el occidente, en una de las zonas extremas de la Galia, junto a las riberas del océano, no obedecían; así pues, envió una expedición contra ellos que les obligó a entregar rehenes y a prometer que en lo sucesivo harían lo que se les ordenara.

Entrando luego el rey en persona con su ejército en Italia y atravesando Roma para dirigirse a Capua, ciudad de Campania, una vez llegado allí, y tras haber acampado, amenazó a los habitantes de Benevento con la guerra, si no se le rendían. El jefe de éstos, Aragiso, conjuró el peligro enviando a sus hijos, Romualdo y Grimaldo, al encuentro del rey con una gran suma de dinero, y rogándole que recibiera a los nombrados como rehenes, prometió que él y su pueblo cumplirían con lo que se les mandara, con la sola condición de que se le dispensara de comparecer en persona.

El rey, por consideración al interés del pueblo antes que a la obstinación de espíritu de su jefe, aceptó los rehenes que se le habían ofrecido y concedió como favor especial al padre que no compareciera ante su presencia; reteniendo en calidad de rehén al hijo menor, le envió al mayor. Tras despedir a los embajadores para que exigieran y aceptaran de los beneventinos y su jefe los juramentos de fidelidad, regresó a Roma y después de transcurrir allí unos días para venerar los lugares santos, regresó a la Galia.

[11] Después estalló repentinamente la guerra en Baviera, que se terminó en corto tiempo. Fue producto conjuntamente de la soberbia y necedad del duque Tasilón, quien, animado por su esposa, hija del rey Desiderio y que creía poder vengar, a través de su marido, el exilio de su padre, pactando con los hunos —que se encuentran al oriente de los bávaros—, no sólo intentaba desobedecer al rey, sino que le provocaba a la guerra. La cólera del rey no pudo soportar tal arrogancia, por parecerle excesiva; y por consiguiente, convocando a sus tropas de todas partes, se dirigió en persona al río Lech con un gran ejército para atacar Baviera. Dicho río separa a los bávaros de los alamanes. Establecido su campamento a orillas del mismo, antes de entrar en la provincia, decidió sondear el ánimo del duque a través de sus enviados. Tasilón, considerando que no sería de utilidad ni para sí mismo ni para su pueblo empecinarse en seguir con las acciones, se presentó al rey como suplicante, entregó los rehenes que se le ordenaban, entre los que se hallaba también su hijo Teodón, y prestó además juramento de fidelidad, en el sentido de que no daría más oídos a nadie que quisiese persuadirle a desobedecer la autoridad del rey. Y así se puso rapidísimo fin a una guerra que parecía estar a punto de convertirse en la más importante.

Sin embargo, más tarde, Tasilón, llamado a presencia del rey, se encontró con que se le negaba el permiso de regresar a su provincia, cuyo mando se le denegó por más tiempo; en cambio, se encargó su gobierno no a un duque, sino a condes.

[12] Solucionadas de tal modo dichas sublevaciones, se emprendió la guerra contra los eslavos, que entre nosotros, por costumbre, reciben el nombre de vilzes, pero que en realidad, en su propia lengua, se llaman velátabos. En ella tomaron parte también los sajones, en calidad de auxiliares, entre los restantes pueblos que seguían los estandartes del rey porque así se les había ordenado, aunque su obediencia era fingida y menos devota. La causa de la guerra fue que los velátabos hacían frecuentes incursiones contra los abodritos, antiguamente aliados de los francos, y era imposible obligarles a que se abstuvieran de hacerlo sólo con órdenes.

Un golfo se extiende desde el océano occidental hacia el oriental, y es de una longitud desconocida, pero de una amplitud que en ninguna parte excede de los cien mil pasos, aunque en muchos sitios se revela más angosta.

Alrededor de él están establecidos muchos pueblos. Los daneses y los suecos, a los que llamamos normandos, ocupan la costa septentrional y todas las islas, mientras que habitan en la costa austral los eslavos, los estes y muchos otros pueblos, entre quienes se distinguen particularmente los velátabos contra quienes entonces guerreaba el rey.

Con sólo una expedición, que había conducido personalmente, los aniquiló y venció de tal forma que con posterioridad nunca pensaron en negarse a cumplir sus órdenes.4

[13] A esta guerra sucedió la mayor de todas sus campañas, salvo la que emprendiera contra los sajones: me refiero, evidentemente, a la que libró contra los avaros o hunos, y que dispuso con más ánimos y con grandísimos recursos. No obstante, sólo realizó una campaña personal contra Panonia —pues entonces aquel pueblo habitaba dicha provincia—, dejando que se encargaran de las restantes su hijo Pipino, los prefectos de las provincias y también condes y legados. Habiendo éstos llevado a cabo su cometido con gran celo, la guerra llegó por fin a término después de ocho años.5 Cuántas batallas se llevaron a cabo en su transcurso, cuánta sangre fue derramada durante el mismo, lo atestiguan Panonia, vacía de todo habitante, y el lugar en que se encontraba el palacio real del khagan,6 a tal punto desierto que no se advierte hoy en él ni siquiera un vestigio de vida humana. Toda la nobleza de los hunos pereció en esta guerra, toda su gloria se desmoronó; toda su riqueza y los tesoros reunidos a lo largo de los tiempos se convirtieron en botín, y no puede recordarse guerra alguna de las emprendidas contra los francos de la que éstos hayan salido más enriquecidos y aumentados en sus recursos. Y como hasta entonces casi parecían pobres, y encontraron en el palacio real tanto oro y plata, tantos despojos preciosos obtenidos en combates, con razón podría creerse que los francos arrebataron con justicia a los hunos lo que éstos habían sacado injustamente a otros pueblos.

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