Vida del Reverendo Padre



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E
velyn Waugh
___________

Vida del Reverendo Padre

Ronald Knox

Título original:

The life of the right reverend

Ronald Knox

fellow of trinity college, oxford

and pronotary apostolic

to his holiness pope pius XII

compiled from the original sources

by

Evelyn Waugh



London, Chapman & Hall, 1959

Traducción y notas para el lector de habla española y para




etvoila.co.cc

de Jack Tollers

Buenos Aires, 2008
Indice

Prefacio 3


Libro I

Risas y grandes amigos

1. Herencia 1798-1888 7

2. Contexto 1888-1900 27

3. Educación 1900-1906 44

4. Performance 1906-1910 75

5. Realización 1910-1914 106

Libro II

Observando un Armagedón 131



Libro III

El torrente oculto




  1. Nova Conspersio 1917-1926
    Apéndices al Capítulo Uno

  2. Completo Arte de la Capellanía 1926-1939

  3. La segunda primavera

  4. Otro Armagedón 1939-1947

  5. Hortus Conclusus 1947-1957

Apéndice 326

Prefacio
Para convertirse en una celebridad nacional, a Ronald Knox sólo le faltó ser lo suficientemente longevo. Si hubiese vivido hasta los ochenta, muy a su pesar se habría encontrado incluido en ese extraño círculo de viejos sabios y charlatanes que al Soberano le encanta distinguir con sus atenciones y que la prensa suele tratar con alguna semblanza de reverencia. Murió a los sesenta y nueve, esencialmente todavía alguien con vida privada.

Imagino que este libro será el anticipo de estudios más solventes acerca de su persona. Su propósito primario es el de contar la historia de su vida, no el de dar una síntesis de su pensamiento; mucho menos el de sopesar sus realizaciones espirituales. Su obra publicada provee abundante material para la investigación y la crítica de especialistas en muchas áreas del saber. Aquí he intentado suministrar los hechos biográficos esenciales que puedan necesitar.

El lector bien puede preguntarse cómo es que lo escribí. En 1950 Ronald me preguntó si aceptaba ser su exclusivo albacea literario. No nos separaba mucho más que quince años; es notorio que los clérigos suelen ser más longevos que los laicos; no creía probable que mis servicios fueran a ser necesarios. Pero él me anotó como albacea y así quedó la cosa. Uno de mis deberes en tal capacidad era el de designar a su biógrafo oficial.

Por su parte, él mismo era una de los albaceas literarios de Hilaire Belloc y, tres años después, mientras discutíamos quién podía ser el biógrafo de Belloc, se me ocurrió preguntarle sobre su propio biógrafo. “Sí,” dijo sin gran entusiasmo, “supongo que alguno querrá escribir alguna cosa”. Había crecido en una tradición en la que todos contaban con alguna clase de conmemoración literaria, incluso los jóvenes de veinte años, muertos en combate, y consideraba la atención que le prestaría un biógrafo como una inevitable concomitancia de la muertea nivel del fabricante de ataúdes y el sepulturero. Más tarde habló de escribir su autobiografía. Hasta fines de 1956 no se me ocurrió que lo sobreviviría; pero a principios de 1957 parecía que sería así nomás y concebí el proyecto de intentar su retrato. Hacia fines de junio, cuando sabía que se moría, me dio instrucciones sobre sus papeles. Fue entonces que le pedí la aprobación de mi proyecto. Me la dio. Difícilmente me la podría haber negado. Pero al día siguiente le escribió a un amigo contándole esto en términos que no me permiten dudar de que su aprobación no derivaba exclusivamente de su cortesía. Era muy consciente de las limitaciones de nuestra amistad. Lo conocí más que nada en términos de hombre de letras antes que sacerdote; esto es, nunca me confesé con él ni le pedí consejo espiritual o moral. Además, él conocía demasiado bien mi curiosidad y falta de discreción. Sabía qué tipo de libro probablemente escribiría y, así lo creo, esto era lo que queríao, mejor dicho, estaba preparado a tolerara diferencia de lo que podría escribir un académico o un edificante colega.

Si el retrato que presento parece sombrío, no es por inadvertencia.

Cuando Ronald murió, la Iglesia Católica en todos los países de habla inglesa lo lamentó como la pérdida de un rico ornamento, y las historias que aparecieron sobre él contadas desde el púlpito o por la prensa eran las de un querido y privilegiado sobreviviente de una época de oro.

El brillante y precoz joven, mimado desde la infancia; el ingenio y calidad intelectual que lo marcaban para la popularidad y la fama; el constante compañero de héroes legendarios; el natural escritor de prosa versátil y feliz; el sacerdote que nunca cargó con las tareas de una parroquia o una diócesis, sino que siempre vivió donde quiso, en aristocráticas casas de campo y en los cuarteles de las más distinguidas universidades; que siempre era convocado para predicar en las grandes ocasiones; que nunca perdió un amigo ni se hizo de un enemigo; cuya cortesía exquisita hacía que todos se sintieran a sus anchas en su compañía; el traductor que le dio vida a la Vulgata para su propia generación y las futuras; el autor de innumerables, e inolvidables ocurrencias que pasaron a la tradición oralésta es, ¿o no?, la impresión que más bien dejan los obituarios. Pero el genio y la santidad no fructifican si no es mediante el sufrimiento. Si me he excedido en mis referencias a las tribulaciones de Ronald es porque él las escondió, y deben ser conocidas por todos aquellos que quieran evaluar sus realizaciones.

Debo especial gratitud a la hermana de Ronald, Lady Pech, al señor Laurence Eyres, a Lady Acton y a la señora de Raymond Asquith. Como se verá en las páginas que siguen, sin su generosidad no podría haber hecho nada.

Me he transformado en una molestia para numerosos amigos de Ronald, y ellos, porque así lo quisieron, me han facilitado más información y papeles que loas que yo les pedía. No me he topado con ninguna de las obstrucciones con que los biógrafos suelen encontrarse. También hubo quienes, sin ser amigos míos o de Ronald, sino simplemente merced a su buena voluntad, se han tomado la molestia de buscar información. Aquí ofrezco mis disculpas si en la lista que sigue he omitido el nombre de alguno: el Honorable John Addington, el señor Peter Anson, Lady Helen Asquith, el Decano de Balliol, Monseñor J. Barton, Monseñor F. Bickford, Sir Nevile Bland, el señor Thomas Burns, el Padre P. Bushell, Monseñor Reginald Butcher, el Padre P. Caraman S.J., el señor G. Kitson Clark, la señorita Dorothy Collins, el señor J.J. Creavean, la Condesa de Dalhousie, el señor Alfred Duggan, la Condesa de Eldon, Monseñor Valine Elwes, la Honorable señora de Hugh Fraser, la señora de Roger Fulford, Sir Ralph Furse, el señor Samuel Gurney, el Padre Michael Hanbury, el Dr. Roberto Havard, el señor Haydon-Baillie, el Padre Edward Hickey, el señor Thomas Higham, el señor Geoffrey Hitchcock, el señor Christopher Hollis, el Canónigo Hood, el Marqués de Iddesleigh, el señor Peter Ingrams, Monseñor Vernon Johnson, el señor Judah, el señor Robert Laffan, la señorita Antoinette Lambert, la señorita Joyce Lambert, el Obispo de Lancaster, el señor Philip Landon, el General J.C. Latter, Sir Shane Leslie, el Reverendo B. Lloyd-Osvell, la señora Joly de Lotbinière, Lady Laura Lovat, el señor H.F. Macdonald, el señor John McDougall, la Honorable señora Marffy, la Madre Margaret Mary de la Congregación de la Asunción, el señor Hugh Marsden, el señor George Marshall, el Padre C.C. Martindale S.J., el Padre Gervase Mathew O.P., el señor Charles Newman, el Hermano James Oakley, el señor J.B. Oldham, el señor George Painter, el señor Maurice Platnauer, el señor Arthur Pollen, la señorita Dorothy Pratt, el señor F.E. Pritchard, el señor Philip Radcliffe, la señora de John Roberts, el Padre J.F. Rogers S.J., el señor Frank Sheed, el Rector de Shrewsbury Monseñor G.D. Smith, el señor S.S. Sopwith, el señor J.M. Street, el señor Christopher Sykes, el señor Thomas Twidell, la señora Villiers, el señor David Walker, el señor W.P. Watt, Monseñor Gordon Wheeler, el Reverendo W. de Lara Wilson, el señor y la señora J.D. Woodruff, Monseñor Worlock, Dom Hubert van Zeller, Padre Alfonso de Zulueta.

Libro I


Risas y el Amor de los Amigos

♣ ♣ ♣


¡Oh querida amistad! ¡Qué don de Dios! No se os ocurra hablar mal de él.
Fray Bede Jarrett O.P.

Dudo de que nos riamos de algo en este mundo sublunar,

excepto cuando nos parece detectar alguna imperfección en él.

¿Será, pues, que estamos obligados a creer en el Cielo

como un lugar completamente desprovisto de humor?

¿San Felipe Neri y Santo Tomás Moro, sin sonreir, nunca más?

Ronald Knox en carta a Miss Joyce Lambert, 1944.
Capítulo Primero

herencia


(1798-1888)
Ronald Arbuthnott Knox era el benjamín de la familia compuesta por cuatro hijos y dos hijas, nacidos entre 1880 y 1888, de sus padres, el Reverendo Edmundo Arbuthnott Knox (luego Obispo de Manchester), hijo del Reverendo George Knox, y Ellen Penelope, hija de Thomas Valpy French, Obispo de Lahore.

Ronald no guardó recuerdo alguno de ninguno de sus abuelos. Murieron el mismo año, 1891, cuando sólo tenía tres años de edad. Ambos habían sido clérigos del sector evangelista de la Iglesia de Inglaterra; ambos estuvieron destinados en la India y habían tenido estrechos contactos con la Church Missionary Society. 1 Durante un breve período vivieron como vecinos en el condado de Surrey; pero no eran amigos. Tenían personalidades enteramente diferentes, como se pone de manifiesto en sus respectivos retratos.

Una miniatura de George Knox que pertenece a la familia nos lo representa con una cara regordeta y complaciente, enteramente afeitada excepto por la sombra de unas patillas; la nariz pronunciada, los ojos pequeños, los finos labios sugiriendo severidad y tal vez una punta de crueldad; el pelo es ralo, largo y suave; la calvicie le presta una espuria altura a la frente sin arrugas. Era el más viejo, por diferencia de once años.

Por su parte, Thomas Valpy French, en la última fotografía que se le conoce, es un asceta y un visionario; entre la barbilla y los blancos rulos de su cabello, la cara es enjuta, la frente portentosa; boca resuelta, ojos hundidos y penetrantes. En cada una de las arrugas de su curtido rostro se adivina inteligencia, voluntad y paciencia. Su historia está llena de significado para aquellos que quisieran entender la compleja personalidad de Ronald con sus diversos ingredientes y logros.

Monseñor French era el hijo de un clérigo anglicano de buena cuna y considerable fortuna quien se contentó con permanecer en la Parroquia Holy Trinity del pueblo de Burton-on-Trent, desempeñándose como su párroco durante cuarenta y siete años. En el colegio de Rugby fue discípulo de Arnold pero no resultó uno de los favoritos que recibían una educación especialaquellos cuyas jóvenes conciencias se veían cargadas desde temprano con las perspectivas de grandes responsabilidades. Su espíritu creció a lo largo de toda su vida. Como niño no se destacó. Tampoco se sintió demasiado impresionado por el Rector cuyos famosos sermones en la capilla del Colegio “no respondían al Evangelio, tal como se lo concebía por entonces”. 2 Le faltaba orgullo, dijo después, para “gozarse” en el libre examen que enseñaba Arnold. No carecía de independencia de juicio, mas “su ejercicio resultaba a menudo una tarea dolorosa”. 3 En Oxford, donde estudió en el University College en 1843, era conocido como un hombre muy estudioso, de vida muy estricta, dominante, puro y serio; uno en cuya presencia “la frivolidad misma se veía avergonzada”. Fue elegido Fellow en 1848 y se ordenó en 1849. En 1850 “recibió la vocación” a la India, por medio de una convocatoria efectuada por un ex-alumno del colegio Rugby que militaba en la Sociedad Misionera, un tal Henry Fox. Desde entonces y hasta la muerte su vida estuvo consagrada al Este, un recurrente ciclo de trabajos prodigiosos, colapso, recuperación y renovados esfuerzos. Al principio fue enviado a Agra a fundar una escuela. Le tocó ver su trabajo en ruinas cuando el Amotinamiento, pero en aquel año de alrma se ganó una reputación por su devoción intrépida, trabajando tranquilamente en sus cuarteles, lejos de la protección del fuerte en un tiempo en el que el pánico se había apoderado de todos a su alrededor y cuando cada día traía nuevas noticias de un desastre que se avecinaba más y más. Al fin se refugió en el fuerte, pero sólo bajo la condición de que los nativos cristianos bajo su jurisdicción fueran admitidos con él. Luego se fue al norte, primero como Rector del Colegio St. John, en Lahore, más adelante como Obispo de una diócesis que se extendía desde Karachi hasta Peshavar y Delhi, incluyendo los territorios rebeldes de la frontera noroeste. Acompañó al ejército hasta Kabul, predicando largos y abstrusos sermones en las iglesiasque los reclutas le perdonaban cuando los visitaba en los vivacs y puestos sanitarios. Viajó a través de Kachemira y Persia, aprendió a dominar varias lenguas nativas y a hacerse entender en varias más, trabajando desde la madrugada hasta la medianoche durante los tórridos veranos y la estación de las lluvias.

Fuere cual fuere la lengua en que predicara, solía ascender a alturas a las que pocos de sus oyentes podían seguirlo enteramente, pero su empeño era contagioso y en conversaciones privadas su encanto alcanzaba a hombres de todas las razas. Desafió al cólera y las pestes. Sufrió todos los descorazonamientos tan comunes entre los misioneros dedicados al hindú y al musulmán. No fueron para él los estimulantes éxitos de sus colegan en el África Central. Convirtió a poca gente. Dio testimonio. Eventualmente esto último se convirtió en su obsesiónsencillamente proclamar al Salvador y contar la historia de la Redención a quien quisiera oírlo en lugares donde nunca se había oído hablar de aquello. Una salud que comenzaba a fallarle le obligó a renunciar a su episcopado en 1887, mas entonces no se dirigió a Inglaterra, sino que inició una gira de once meses en el corazón del imperio turco, sufriendo privaciones más notables que las padecidas bajo la bandera británica, visitando las antiguar comunidades cristianas heréticas y cismáticas que resultaban tan poco conocidas a los anglicanos de aquel tiempo. Aquí no halló prístinas simplicidades sino supersticiones más oscuras aún que las de la propia Roma. No intentó convertirlos al Protestantismo como sí lo estaban haciendo los Bautistas norteamericanos. Creía que si se les traía la palabra verdadera de Dios se purificarían tal como lo habían hecho los ingleses cuatro siglos antes. Un sacerdote caldeo compartió con él su altar y estaba muy agradecido por el hospitalario gesto, aunque no le asignaba gran importancia a la cosa. A Thomas French la cuestión de la validez de las Órdenes lo tenía sin cuidado; su religión no era sacramental. Para él, la Presencia Real en la Eucaristía dependía del corazón del comulgante y no de las manos del sacerdote. Cuanto más lejos viajaba se le aparecía con más y más fuerza la Iglesia de Roma a la que consideró siempre un obstáculo. También era un misterio; una inexplicable mezcla de bien y mal. 4 En todas partes no podía dejar de admirar el trabajo de las monjas misioneras y en sus oraciones se dirigía continua y gradualmente más y más a patrones católicos: no sólo a los Padres, mas específicamente a guías Romanos, como Lacordaire, San Francisco de Sales, el Cura de Ars, San Carlos Borromeo, Fénelon, y otros menos conocidos como el Padre Didon y el Padre Montefeltro; su oración se dirigió incluso a Newman, a quien había rechazado decisivamente cuando joven. Al final de su vida espiritual se alimentaba casi exclusivamente de fuentes católicas.

Eventualmente, en la primavera de 1889 volvió a Inglaterra y a su mujer para lo que, según esperaba, fuera su definitiva jubilación, puesto que en el curso de su heroica carrera había engendrado ocho niños, la mayor de las cuales, Ellen, ya había sido madre de Ronald Knox. En carta a su mujer, una vez escribió sobre Oxford: “Fue allí que me fijé en ti y allí también me fijé en la Indialo que a veces casi parecen amores rivales, ¿no te parece?”. 5

“¿Casi?” “¿A veces?”. De los treinta y ocho años de su vida de casados, diecisiete fueron segregados por sus viajes en distintos continentes. De tiempo en tiempo se establecía en una casa con su familia, pero en Inglaterra también estaba fuera durante cinco noches por semana, predicando, juntando fondos, yendo a conferencias; en la India se pasó la mitad del tiempo a caballo, trabajando en regiones remotas para volver a su esposa en Lahore, siempre postrado de cansancio, frecuentemente herido y gravemente enfermo para retomar inmediatamente sus incesantes y enceguedores estudios lingüísticos. La Sra. French y sus hijos sufrieron la suerte común de las expatriadas familias del Imperio Británico con una diferencia esencial. No había ninguna razón mundana para que el Obispo se quedara en la India. Inglaterra estaba llena de agradables oportunidades para un hombre de su clase. Permaneció por propia elección, obediente a su imperiosa vocación.

Por fin ahora volvía a su casa donde fue bienvenido con la amable convicción de que los años que le quedaban pasarían con doméstica tranquilidad. Su diario registra el día de la reunión como uno de los más felices de su vida. Pero su vocación no lo dejaba descansar. Se dirigió a los cuartes de la Sociedad Misionera donde, pensaba, sería bienvenido como antaño. Puede que haya despertado sospechas entre los evangelistas más estrictos. En Lahore había admitido monjas anglicanas con simpatías High Church y había tolerado la controvertida “Posición hacia Oriente” (de los clérigos durante la ceremonia de la Santa Comunión). Su traducción del Book of Common Prayer6 a la lengua urdu no había sido aprobada. Si bien había contado con la asistencia de un Comité, había quien opinaba que se había manejado con excesiva libertad siguiendo su idiosincracia. Esta oposición, ocurrida cuando se hallaba cerca del triunfo sobre toda vanidad personal, le dolió amargamente. Estaba confiado en que su dominio de ambas lenguas, el urdu y el inglés, era más solvente que el de sus críticos; más que eso, sentía que su propio ferviente uso de aquellas oraciones le habían otorgado una especial luz sobre su significado. Tanto su espiritualidad como su scholarship se vieron afectados por el desaire. Sesenta años después el incidente se volvería a repetir en la vida de su nieto con curiosa similitud de detalle.

Como sentía que se lo excluía de los asuntos de la India, su imaginación se vio afectada por el mundo árabe, del cual algo había colegido en sus viajes.


El único trabajo en Inglaterra de alguna importancia que se me ha sugerido [escribió en septiembre de 1890], fue el de asumir la suplencia del Obispo de Exeter y administrar la diócesis durante los cuatro meses en que estaría en el Japón. Fuera diez años más joven semejante retraso en casa no sería gran cosa... Confieso que he estado muy perplejo... Sólo puedo concluir como sigue: que cuando no se nos otorga entera luz sobre un asunto, uno debe aceptar la que recibe y seguir lo que se nos muestra lentamente, con alguna hesitación, pero con más confianza todavía.
De hecho, había resuelto viajar al África del Norte por “un par de semanas, o meses, o más, según Dios lo dispusiera” para perfeccionar su árabe. Y a medida que consideró el asunto parecía que le llegaba más luz. Inglaterra había adquirido recientemente a Zanzíbar; así la costa este del África y las rutas de esclavos tierra adentro cayeron bajo su influencia. La llave de todo este mundo musulmán era del Sultanato de Muscat en el Golfo Pérsico donde una vez había pasado unas horas en un viaje anterior. Pronto estaba persuadido de que allí estaba su destino y en noviembre de 1890 se largó sin comisión oficial, sin paga y solo. Sus últimos seis meses de vida fueron la consumación de tan singular emprendimiento.

De Túnez se mudó a Kairowan. En aquella ciudad santa musulmanaadonde ningún sacerdote católico se había animado a entrarprocedió a juntar pequeños grupos de oyentes en los patios de las mezquitas para contarles la historia del Evangelio. Se lo reconoció como un hombre santo y no fue molestado. Parando en la más sencilla de las hospederías, vistiéndose con lo que se aproximaba a la vestimenta local, se pasó largas horas estudiando y examinando las enseñanzas del santo patrón del lugar, Abd-ul-Kadir. Luego, para las navidades se mudó a Egipto y en el Cairo tuvo la buena fortuna de encontrarse con un joven amigo, Alexander Maitland, a quién él mismo había ordenado, que regresaba de Delhi. Maitland se ofreció a acompañarlo hasta Muscat y en enero de 1891 se largaron juntos por el Mar Rojo en un pequeño vapor turco.

En Muscat nadie los esperaba. Había un cónsul británico en el Sultanato, pero el Obispo se negó a visitarlo hasta que no estuviese debidamente instalado en la convicción de que la hospitalidad oficial comprometería su misión. Durante la bochornosa jornada en que llegaron, se la pasaron buscando refugio temporal en una sucia habitación en el piso superior de una pestilente tabernucha. Afortunadamente habían viajado con un mercader norteamericano con poderes consulares en aquella costa. Este casual compañero de viaje, un Presbiteriano, les ofreció un galpón vacío que no se hallaba en Muscat, sino en el pueblo de Muttra, a tres millas en bote. Después de pasar dos días buscando en vano refugio adecuado, aceptaron gustosos el ofrecimiento.

Muttra contaba con una docena de mezquitas y unas siete construcciones que en la India habrían pasado por casas. El resto estaba constituído por un conglomerado de chozas de junco. La población esta formada de negros, hindúes, baluchis y persas, aparte del predominio de árabes. No había ni un cristiano ni un europeo de ningún tipo. Un médico Mahratta, retirado del Departamento Médico de la India, era el único recuerdo del mundo del que venían. No contaban con sirvientes y muy poco muebles; un par de ollas y tazas, dos cucharitas de té y un cuchillo oxidado. El lugar se hallaba infestado con moscas de arena y mosquitos. Arreciaban frecuentes tormentas de arena que barrían la casa. Ahora, en la estación fresca, el calor resultaba opresivo; en verano sería completamente insoportable. Cuando a la larga se presentaron ante el cónsul inglés, les aconsejó que se fueran.

Maitland permaneció con el Obispo durante un mes. Se levantaba al alba para encontrar el Obispo despierto hacía rato y absorbido en la oración. Se iba al mercado para volver con huevos y leche y preparaba el desayuno. El Obispo trabajaba su árabe durante todo el día hasta la cena, para la cual Maitland conseguía unos dátiles y curry ya preparado en el bazar. Entonces los dos clérigos celebraban un oficio rezando juntos, leyendo la Biblia y algunas veces con un sermón y en con las últimas horas de luz el Obispo salía a veces a pasear solo, otras veces en compañía de Maitland, mezclándose con la gente del lugar y visitando los pueblucos vecinos. Al atardecer tomaban una taza de té, cantaban las vísperas juntos, apagaban la lámpara de aceite y se disponían a descansar.

Acabado el primer mes, el 9 de marzo, el anciano quedó solo. Vivía de día en día bajo lo que él consideraba la guía de Dios. Sus diarios registran para el mes de marzo caminatas en Muttra y Muscat, conversaciones en los zaguanes y en las esquinas, alguna ocasional invitación a pasar a una casa. En la mezquita principal se le ofreció el sillón del sheik, pero él rechazó el ofrecimiento, significativamente declarando que pertenecía a la clase fakir. Allí expuso el Evangelio a una audiencia receptiva.



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