Vida en el amor /Vida perdida en el amor: El cántico místico de Ernesto Cardenal



Descargar 85.86 Kb.
Página1/3
Fecha de conversión14.01.2019
Tamaño85.86 Kb.
  1   2   3
Vida en el amor /Vida perdida en el amor:
El cántico místico de Ernesto Cardenal

Luce López-Baralt

La célebre escritora puertoriqueña, Luce López-Baralt, experta en literatura mística ha escrito: "La crítica suele pasar por alto la dimensión estrictamente mística de Ernesto Cardenal, aunque sospecho que las generaciones futuras habrán de leerlo como un escritor fundamentalmente contemplativo que forma escuela no solo con Teilhard de Chardin y Thomas Merton, sino con Meister Eckhart y San Juan de la Cruz. Esta antología de textos místicos de Ernesto Cardenal en prosa y verso, Que voy de vuelo, nos revela esta faceta que es menos conocida del gran poeta nicaragüense."

 



Como se lleve entendido que
todo lo que se dijere es tanto
menor de lo que allí hay, como
es lo pintado de lo vivo,
me atreveré a decir lo que supiere.
(San Juan de la Cruz,
 prólogo a la Llama de amor viva).

El mundo conoce a Ernesto Cardenal, uno de los más altos poetas contemporáneos de la lengua española, como poeta revolucionario que adelanta la teología de la liberación y que se compromete con los pobres de su tierra. Yo, por mi parte, conozco más de cerca al poeta místico, el que se hizo revolucionario por amor al Reino, justamente tras recibir la indecible gracia del éxtasis sobrenatural un 2 de junio de 1956. Y es a ese poeta al que voy a referirme en estas páginas, destinadas a la inauguración de la “Cátedra Abierta Ernesto Cardenal”, que habrá de perpetuar el nombre del gran escritor nicaragüense en la Universidad Americana de Nicaragua.

Corría el año de 1974 cuando invitamos a Ernesto Cardenal a hablar por primera vez en la Universidad de Puerto Rico. Releí cuidadosamente sus libros para aprovechar al máximo su presencia y, al volver sobre la delicadísima Vida en el amor, vi que el poeta comentaba un pasaje inequívocamente místico diciendo que le había ocurrido “a un alma”. Sospeché enseguida que Cardenal se hacía eco de la lección aprendida con San Pablo, quien, al decir “Yo sé de un hombre en Cristo...” (Corintios 2, 12), hablaba, sin lugar a dudas, de sí  mismo. Lo mismo Teresa de Jesús, que se defendía de su pudor espi­ritual atribuyendo “a una persona” el rapto extático que describe en sus Sextas Moradas. Me armé de valor y decidí preguntarle directamente a Cardenal si era él el protagonista de esa experiencia, y si podíamos hablar del fenómeno místico descrito allí. Estábamos en el silencio íntimo de las montañas de Jájome, donde nos habíamos refugiado con el poeta del acoso de la prensa y de sus admiradores. Ante mi pregunta Cardenal bajó los ojos, y por toda respuesta murmuró un tímido “sí”.  Hace décadas que el poeta y yo venimos discurriendo sobre este estado alterado de conciencia, en el que, más allá de las coordenadas espacio-temporales, de la razón y del lenguaje, el ser humano participa directamente de la esencia insondable e infinita de Dios.

Los pormenores de esta prolongada conversación no son para ser expuestos aquí, pero sí puedo decir que mi manera de entender el discurso literario cardenaliano cambió para siempre a partir de ese momento.



La crítica suele pasar por alto la dimensión estrictamente mística de Ernesto Cardenal, aunque sospecho que las generaciones futuras habrán de leerlo como un escritor fundamentalmente contemplativo que forma escuela no solo con Teilhard de Chardin y Thomas Merton, sino con Meister Eckhart y San Juan de la Cruz. Fue precisamente Merton quien, en su prólogo a la Vida en el amor, se refirió al entonces joven contemplativo como maestro espiritual. Coincido plenamente con Merton, que sabría como nadie de los verdaderos alcances de la vida interior del que fuera su dirigido en el monasterio de la Trapa de Gethsemani en Kentucky. Vuelve Merton sobre ello en sus palabras preliminares a otro poemario, nacido precisamente de sus apuntes en la Trapa, y titulado Gethsemani, Ky., en el que Cardenal, según su mentor espiritual, traduce su experiencia monástica en una serie de sketches con toda la pureza y el refinamiento que encontramos en los maestros chinos de la dinastía T’ang. Jamás la experiencia de la vida de noviciado en un monasterio cisterciense había sido dada con tanta fidelidad, y al mismo tiempo con tanta reserva. Él calla, como debía, los aspectos más íntimos y personales de su experiencia contemplativa, y sin embargo esta se revela más claramente en la absoluta sencillez y objetividad con que anota los detalles exteriores y ordinarios de esta vida. Ninguna retórica del misticismo, por muy abundante que fuera, podría jamás haber representado tan exactamente la espiritualidad sin pretensiones de esta existencia monástica tan sumamente llana.

Es muy poco, sin embargo, lo que se ha animado Cardenal a decir públicamente sobre sus experiencias espirituales: “no me gusta hablar de mi ora­ción. Es algo demasiado íntimo y personal, un asunto entre esposos, se podría decir”. Y, con todo, el poeta admite a Paul Borgeson que su propia experiencia extática se inserta claramente en la línea de místicos tradicionales como San Juan y Santa Teresa: “la mística es la unión amorosa con Dios, y considero que sí tengo esta tendencia en mi vida. La clase de misticismo que yo he practicado es la misma de san Juan y Teresa”. La humildad del poeta frente a la gracia recibida es abismal: en carta desde Managua (2 de marzo de 1984) me dio una lección que me acompaña siempre: “Las experiencias místicas las pueden tener aún los que no son santos. Son caprichos de Dios, y las da a quien quiere, no porque se merezcan. Hay quienes piensan que puede darlas a los más débiles para ayudarles, porque personas más fuertes no las necesitan”.

Hace años me entrego a la arriesgada tarea de reubicar la escritura de Ernesto Cardenal —ya tan extensa— dentro de unas nuevas coordenadas contemplativas. Hemos tardado mucho en aquilatar en sus propios términos las consecuencias del discurso místico cardenaliano, pero lo cierto es que estamos ante el fundador de la literatura mística latinoamericana moderna, y ante uno de los místicos más originales de la tradición cristiana. Me atrevo a pensar que dentro de cien años recordaremos a Cardenal como poeta místico más que como poeta de compromiso social. O de compromiso social por  místico, que acaso sea más adecuado. El poeta es plenamente consciente de ello: en un congreso de misticismo que reuní en Puerto Rico, titulado Repensando la experiencia mística desde las ínsulas extrañas (octubre de 2003) alguien le preguntó a Cardenal desde el público: “¿ha sido la experiencia mística la experiencia más alta de su vida?” “¡Sí!”, exclamó Cardenal, afirmativo. Para luego rectificar enseguida: “No, de ninguna manera. La experiencia más alta de todas es ayudar al prójimo”.

Importa señalar, en este sentido, que las actividades políticas de Cardenal en favor del sandinismo en Nicaragua (como portavoz del Frente Sandinista de Libe­ración Nacional y como Ministro de Cultura) nacen de una profunda introspección espiritual que les da sentido. Este proceso comienza para el poeta en el monasterio trapense de Gethsemani en Kentucky, en el que ingresa en 1957 después de una conversión espiritual dramática que pone fin a una vida que él mismo describe como disipada. Cardenal pasa dos años en la Trapa bajo la formación espiritual de Merton, y aunque tiene que dejar el monasterio por problemas de salud, admite que los poemas de Gethsemani, Ky, constituyen “un testimonio de la poesía indecible de aquellos días, que fueron los más felices de mi vida”. En la fundación de la comunidad contemplativa de Nuestra Señora de Solentiname Cardenal abole las estructuras monásticas tradicionales: es un espacio abierto para artistas y parejas casadas donde el poeta escribe y establece talleres de escultura y pintura. Los cuadros y artesanías primitivas de Solentiname recorren el mundo mucho antes de la destrucción de la comunidad por las tropas somocistas, y el propio Julio Cortázar contribuye a esta inmortalización artística con el relato “Apocalipsis en Solentiname”. Pero importa comprender que la comunidad se establece como fundación religiosa donde se vivía un cristianismo simple en el contexto centroamericano de donde Cardenal era oriundo. Incluso el vestido que adopta el poeta —cotona blanca, blue jeans, sandalias—8 es el atuendo del campesino nicaragüense que usa como hábito religioso, en imitación de los monjes del medioevo, que se vestían como los pobres de su tierra. Es precisamente en esta comunidad religiosa donde comienza la radicalización política de Cardenal. El antiguo monje trapense es el primero en dar fe de que su radicalización tiene un fondo espiritual y evangélico: “la mística es la que me ha dado a mí la radicalización política. Yo he llegado a la revolución por el Evangelio. No fue la lectura de Marx, sino por Cristo”.

Como nos recuerda Evelyn Underhill,11 el camino espiritual típico de los grandes místicos cristianos comienza por una etapa de contemplación a la que sigue otra de acción: la puesta en práctica del amor indecible que han conocido experiencialmente. Casi todos los místicos de Occidente fueron grandes activistas —incluso políticos—. Catalina de Sena participa en la crisis papal de Avignon, mientras que Juana de Arco ayuda a dirimir el futuro político de Francia armada como varón combatiente. Fue, como San Bernardo de Claraval, una forjadora de destinos nacionales. Reformar la Orden del Carmelo era una empresa que implicaba grandes destrezas políticas, si vamos a juzgar por la labor diplomática que desplegó aquella gran corresponsal de Felipe II que fue Teresa de Jesús. Otro tanto Cardenal, a quien su vida contemplativa lanza a su vez a la acción política en su atormentada patria nicaragüense. Cardenal es pues el poeta del amor en el sentido más cabal del término: místico, enamorado y, por ello mismo, defensor amoroso de su hermano lastimado.

Cardenal se inicia en la literatura mística con Vida en el amor: Se trata del libro más gozoso, más compasivo y más armónico del poeta, en el que salta a la vista el júbilo del místico reciente que ha descubierto que ese amor avasallante es el centro ontológico del universo. “Hemos sido creados para unas nupcias”, nos alecciona con certeza espiritual extrema. Siguiendo las enseñanzas evolucionistas de Chardin, Cardenal intuye que todo evoluciona hacia el amor, que constituye el “cemento que une el universo” (p. 42). De ahí que el cosmos se encuentre en oración perpetua: el coyote solitario cuando aúlla en la noche, el ternerito llamando a su madre, Romeo silbando bajo el balcón de Julieta. Incluso el cuerpo formula una acción de gracias cuando recibe, sediento, un vaso de agua, y aún la simple sensación de alegría podría constituir la oración perfecta. Son “salmos en otra lengua” (p. 117). Toda cosa creada refleja ese amor último al que desea restituirse: de ahí que podamos ver a Dios no solo en las aguas diáfanas del Caribe sino en el esputo de un tuberculoso y en las pupilas de los cerdos. La misma materia prima del cosmos nos hermana: elementos como el calcio y el fósforo no solo constituyen nuestro cuerpo, sino los cuerpos planetarios y los espacios interestelares: “Así que estamos hechos de estrella, o, mejor dicho, todo el cosmos está hecho de nuestra propia carne” (p. 183).13.

Aunque las criaturas son santas en principio, y nos trastornan de amor porque reflejan el amor último del que provienen, no pueden satisfacernos “porque nuestra facultad de poseer está en lo más íntimo de nosotros, allí donde ninguna cosa exterior puede llegar” (p. 129). Toda belleza tiene un límite —somos “ánforas rotas” (p. 93) que no nos podemos contentar con una perfección que tenga límites. De ahí la dulzura dolorosa de las cosas bellas: apegarnos a ellas acarrea frustración, ya que solo nos consolamos con Dios, porque solo a Él lo podemos poseer totalmente (p. 94). De aquí que el contemplativo renuncie a las criaturas para aspirar a la fuente de las criaturas. Pero se trata de una renuncia atroz:

Me he entregado a ti con la misma pasión con que antes me entregué a la belleza de las muchachas. Y sé que encontraré en ti los rasgos […] de todos los rostros bellos que yo he amado en mi vida […] ha quedado […] un hambre de amor que es casi cósmica, una ansia insaciable, un corazón vacío. Todos  mis amores han muerto, y no queda más que el tuyo […] Ten compasión de mi corazón vacío (p. 71).

Dios es para el poeta aún enamorado “la fuente de Ana María, de Claudia, de Sylvia y de Myriam” (p. 82) —sus antiguas amadas—. Pero es un contemplativo quien nos habla: estamos ante el primer místico cristiano que acepta su pasión erótica sin eufemismos. De ahí que recurra a los poetas del amor humano para imaginar la misericordia última de un cielo donde habrá de recuperar sus amores perdidos: “como dice César Vallejo: ‘serán dados los besos que no pudisteis dar’” (p. 172).

El contemplativo nicaragüense intenta comunicar a sus lectores su aprehensión directa de la realidad última a la que accede en un trance fuera del tiempo y del espacio en el que se sintió unificado con lo que estaba contemplando. Al describir instantes semejantes los místicos sienten desfallecer el lenguaje: Dante se circunscribe a traducir a Dios como un punto lumínico; Pascal, aturdido y completamente afásico, da cuenta de su trance en términos de la palabra “fuego”, que transcribe en grandes caracteres, mientras que San Juan de la Cruz admite que habla en versos que “parecen dislates” porque sabe que lo que experimentó quedaba al margen de los sentidos y de la razón humana.

Cada místico aborda el éxtasis desde sus propias coordenadas culturales (de ellos nos habla convincentemente Stephen Katz) y, sobre todo, desde su temperamento más íntimo. Y el de Cardenal es decididamente amoroso, por lo que, al darnos parte de su encuentro con Dios, nos recuerda que se ha unido “al inventor de las caricias, de la volup­tuosidad y de la poesía” (p. 102).15 Advierte también que “solo el místico vive experiencialmente este amor” (p, 71):

El alma] ahora en agonía, ahogada en un océano de deleite insoportable […] exclama: ¡Basta! ¡Basta ya!, no me hagas gozar más [..] que me muero! Penetrada de una dulzura tan intensa que se vuelve dolor, un dolor indecible, como algo agridulce pero que fuera infinitamente amargo e infinitamente dulce […] pero cuando ese segundo ha pasado el alma encuentra que todos los gozos de la tierra han quedado desvanecidos, son “como estiércol” (skybala, “mierda”, como dice San Pablo) y ya no podrá jamás gozar en nada que no sea eso […] porque […] está loca de amor y de nostalgia por lo que ha probado […] (pp. 185 y ss.).

El poeta ha compartido la certeza recién adquirida de la teoría amorosa que expone al principio de su tratado: todo el universo tiende hacia el amor porque está hecho de ese amor que verifica vivencialmente en éxtasis. Sólo en estos extremos se puede comprender que el hombre esté hecho a imagen y semejanza de Dios (p. 47): su capacidad amorosa es igualmente infinita. Al fin el “ánfora rota” ha quedado saciada. Y acepta ahora el cosmos trascendido en un jubiloso fiat volun­tas tua que no se puede vivir sino desde lo que Santa Teresa llamó la vía unitiva. Podríamos concluir que Cardenal escribe Vida en el amor desde la séptima morada interior: tal es el orden unificante que el poeta advierte en el universo.

Treinta años después, justamente al abandonar el Ministerio de Cultura, el contemplativo nicaragüense retoma el hilo de su discurso místico. Es un poeta transformado quien entona el Cántico Cósmico en 1989. No puede ser de otro modo: los cambios históricos se han su­ce­dido vertiginosamente y el poeta ha pasado de la denuncia anti somocista del Oráculo sobre Managua hasta la celebración del triunfo del sandinismo en los Vuelos de victoria. Y se sume ahora en la reflexión prolongada de un Cántico que forma escuela no solo con el de San Juan de la Cruz sino con los Cantos de Pound, el Canto general de Neruda, aun con la Divina Comedia. En esta extensa “épica astrofísica” el poeta pretende, una vez más, “proclamar que el universo tiene sentido”.17 El amor hacia el cual todo el universo evolucionaba de manera instintiva en Vida en el amor desemboca ahora en el amor trascendido al prójimo, que el poeta interpreta como el socialismo que acaba de triunfar en Nicaragua con la revolución sandinista.

Pero nuestro contemplativo admite que “El propósito de mi cántico es dar consuelo./ También para mí ese consuelo./ Tal vez más” (p. 388). El tono acusa más al poeta conflictivo que al optimista a ultranza que caracterizaba la Vida en el amor. Este Dios del cual no se puede decir nada que sea como Él se canta ahora con los métodos del Tao: “Oculto y ambivalente. / Ni personal ni no personal./ Es infinito pero no solo eso” (p. 385). Cardenal descubre que no hay extático que no se torne afásico: “Luz de luz, dijo Plotino, cualquier cosa que sea lo que quiso decir” (p. 393). Estas cantigas parecen verdaderas piezas barrocas en las que conviven Cleantes y Anaxágoras junto a San Agustín, San Jerónimo, Meister Eckhart, el Pseudo Dionisio y Schillebeeckx. No faltan los místicos orientales como Al-Hallach, Ibn al-Farid, Chuang-Chon y Confucio, sin hacer caso omiso de la espiritualidad de los indios americanos (desde el Popol Vuh hasta Perseguido-por-Osos). Las liturgias más recónditas se invocan también: liturgias pigmeas, siberianas, bantúes, polinesias, esquimales y egipcias, por mencionar solo algunas. Pero este derroche de sabiduría mística no es simple name dropping: todos estos contemplativos han quedado hermanados con el poeta en un mismo balbuceo místico.

Pero Cardenal no se queda en el balbuceo aproximativo, y nos persuade dramáticamente de su vivencia experiencial de Dios: “Yo tuve una cosa con él y no es un concepto” (p. 385). Y pasa a cantar el proceso de la “deificación” del alma junto a los sufíes embriagados de amor y reducidos por ello mismo al dislate: “En Bagdad, o tal vez en Damasco, aquel: / ¡Oh Tú, que eres yo! /Y también lo que Al-Hallach exclama: / Si lo ves a Él, nos ves a los dos” (pp. 385 y ss.). El poeta privilegia la dimensión más extrema de sus antiguas fuentes literarias: “Meister Eckhart decía; / se postran y hacen genuflexión sin saber a quién: / ¿Para qué genuflexión si está dentro de uno? / perseguido por la Inquisición, Gestapo de su tiempo” (pp. 390 y ss.). No cabe duda de que el cantor todavía candoroso de Vida en el amor es ahora un escritor que asume todas las consecuencias de  su cántico místico.

Cántico que se le torna erótico sin poderlo remediar. El “hidrógeno enamorado” insólitamente quevediano que es ahora el alma del poeta busca “un amante en el universo” (p. 387). Hace, literalmente, el amor con Dios, en una dramática puesta al día de aquel “gocémonos, Amado” sanjuanístico: “cierro los ojos / y te acercás más / qué bien conozco tu sabor / y vos el mío, / […] caricia callada / en la noche oscura de la nada” (p. 390). Pero aquel contemplador de las estrellas que se sentía conciencia del universo en Vida en el amor ahora mira el firmamento estrellado —el de mi patria puertorriqueña, por cierto— y advierte el abismo de su desolación: “Abro la ventana opaca de mi hotel y miro las estrellas / piso 20 del Caribe Hilton. / Estoy solo en tu universo” (p. 388). El consuelo de la entrega patriótica no ha sido suficiente,18 y por primera vez un sacerdote místico se hace portavoz de los tormentos del celibato cristiano:

“Estamos crucificados en el sexo”, [dijo Lawrence (D.H.)
no sé en qué contexto. Yo tengo el mío.
San Agustín pasó noches llorando
por lo que no volvería a gozar más.
Jerónimo anciano: las bailarinas romanas que vio en su juventud. Por lo que
se puso a traducir los libros de la Biblia como loco.
El de Ruth en una noche (p. 107).

El monje pre-Vaticano II que se queja de que “Pío XII fue para mí lo que Stalin para Neruda” (ibid.) reclama a Neruda para evocar desde el subjetivismo apasionado de un yo romántico que desmiente su habitual exteriorismo poundiano el amor perdido para siempre. Su “canción desesperada” también comienza en una noche estrellada: “Ese cielo estrellado, luz antigua en sollozos, / una noche hubo lo que yo llamé la aparición de Hamburgo. / 1,000 personas oyendo mi poesía / y 300 en la calle por no caber en el local/ […] pero ya en la luz, muy cerca de mí,/ casi en el estrado, compartiendo conmigo la potente iluminación, / te vi/ […] la de ojos color de uva moscatel / o a veces color del océano en alta mar/ o tal vez entre verde y azul tierno / y era como si el cielo me mirara/ la misma boca aquella, / boca que en mi boca yo bebí, / muchacha de 18 años otra vez, / de la misma edad de 30 años antes, / pero alemana, yo supongo, esta vez, / pudiendo mirarla ahora solo con disimulo, / ella junto a mí en  mi órbita de luz / […] y así fue cómo entre 1,000 rostros / solo el de ella vi” (pp. 296 y ss.). La muchacha alemana le recuerda a su último amor “mi lindo exquerubín que yo besé tanto, pero no lo suficiente / […] a la cual yo cambié por Dios, / vendí por Dios ¿salí perdiendo? / te cambié por tristeza” (p. 297). La renuncia ha sido excesiva: “Era como si otra vez te perdiera / como si otra vez se me diera y otra vez la entregara, / […] entre los aplausos de las sombras, / el dolor de que vos fueras ella otra vez / y a la vez, tal vez peor, el que no lo eras” (p. 298). La destinataria de estos versos sabrá reconocer que le pertenecen: “Muchacha alemana, supongo yo, que ignora todo esto / que lo sabe la otra que antes fuera como vos sos, / mi niña entonces de 18 años, / (ella sabe que estos versos son para ella) / […] la que admiraba mi pelo negro ¿te acordás?” (p. 298). Y el recital de poesía continúa entre planos superimpuestos —consignas, amenaza de bombas, colectas— indiferente al conflicto trágico que la “aparición de Hamburgo” ha desatado en el alma del poeta: “al tiempo que entre el público se hacía la colecta, / bolsas de  yute con pesadas monedas y billetes; / y fueron como 15,000 marcos para el pueblo de Nicaragua esa noche” (p. 298). Cardenal ha escrito sus versos más tristes esa noche. Todo ha sido puesto en duda ante el amor humano: el pueblo a que ha entregado la vida, la renuncia del celibato eclesiástico. Su sinceridad es de excepcional importancia, ya que rompe con dos milenios de silencio cristiano al respecto. Nuestro poeta dice lo que quizá hubieran dicho los amorosísimos San Francisco o San Juan de la Cruz si hubieran podido. Cardenal ha vuelto a ser revolucionario por caminos insospechados.

Pese a la certeza que el poeta deriva aún de su experiencia mística, estamos ante un contemplativo atormentado a quien asaltan dudas desgarradoras. Oímos al mártir Víctor Jara cantando “sin guitarra y sin manos” en el estadio de Chile: “Habló de vos a Dios”. Y le increpó la creación de un “mundo de tanto espanto”. “Y mudo en ese estadio el ser Supremo / totalmente impotente ante Pinochet. / […] En la morgue sus ojos siguieron bien abiertos. / […] como mirando de frente a la muerte / o no: a Dios” (p. 204). También Cardenal mira cara a cara a ese Dios de quien “cada vez / he ido sabiendo menos” (p. 137). No nos extrañe la hondura de su conflicto: es el que suele atravesar todo espiritual auténtico. El que sufrió Merton, por ejemplo, en La Trapa, cuando admitía que su vida era una vida de contradicción cada vez más honda y de oscuridad frecuente. El propio Cardenal es quien nos recuerda que santa Teresita de Lisieux padeció esa crisis en agonía, cuando la asaltaron dudas acerca de la existencia de Dios. Precisamente desde ese mismo vacío o sequedad espiritual dolorosa pero espiritualmente fecundísimo es desde donde el poeta canta el nuevo poemario místico que ve la luz en 1993: el Telescopio en la noche oscura.

  1   2   3


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal