Vida en el amor /Vida perdida en el amor: El cántico místico de Ernesto Cardenal



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Cardenal redactó estos nuevos poemas —estrofas breves, epigramas y coplas de estilo poundiano— entre 1992 y 1993, pensando que constituyeran una cantiga más para ampliar su Cántico cósmico. Pero los versos rebasaron su propósito inicial y surgieron con la fuerza poética extraordinaria de un poema independiente. Le sugerí a Cardenal que los publicara como libro aparte con un prólogo explicatorio. “Ni ante un paredón de fusilamiento lo prologaría. Prologalo vos”, me reclamó el poeta, y así lo hice, y con gran satisfacción, porque pude decir allí las cosas que Cardenal, por su habitual modestia, no hubiera dicho acerca de su propio camino espiritual.

Este breve poemario es como un grito. Un grito espléndidamente silente, pues trata también del estado de oración del extático que ha dejado atrás las consolaciones espirituales. Y naturalmente, las terrenales también. Estamos en otro momento del itinerario místico del poeta, y advertimos que los growing pains de la sequedad espiritual que cantara en el Cántico han dado fruto.

La caricia humana se sigue echando en falta: Cardenal admite que aunque hayan quedado atrás “los epigramas y las muchachas” (p. 56), “todavía chorrean sangre mis renuncias” (p. 66). Y evoca, una vez más, la renuncia ardua del celibato:

El ermitaño medieval que envidió un gallo.
Revolver un poquito un pelo tan siquiera,
roce de unos labios después, roce de un cutis,
amor como un maremoto del alto de las palmeras.
Mis condiscípulos se rieron
cuando grité al padre Otaño venir a ver el fenómeno
de dos insectos pegados por la cola.
En  otra etapa de mi vida
he envidiado no solo a mi niñez perdida sino
a los insectos (p. 43 y ss.).

El protagonista poemático se ha entregado al más difícil pero al más sublime de los amores: “hay un erotismo sin los sentidos, para muy pocos, en el que soy experto” (p. 40). En la privacidad de un simbólico lecho nupcial trascendido los amantes dialogan sobrecogedoras intimidades ultraterrenales: “te enamoraste de mí” (p. 60), susurra al amor infinito el contemplativo, a quien le “eriza pensar  / cómo será que dices / cuando dices mi nombre. / Y lo que vos me proponés para después” (p. 59). En este lecho compartido caben todos los extremos del pillow talk de los amantes de carne y hueso, incluyendo las bromas y las hipérboles.

El desposorio espiritual se ha cumplido y la amada de nuestro poemario ha sido cabalmente transformada en el Amado. Es tal el grado de unión que el poeta queda reducido a la paradoja: “yo aparentemente solo en el barullo de los pasajeros: / estábamos sentados juntos como dos novios” (p. 63). El alma deificada no guarda diferencias esenciales con su hacedor en el momento en el que, por decirlo con palabras de san Juan de la Cruz, “es Dios por participación”. “No es lo  mismo estar juntos que ser lo mismo” (p. 64), declara a su vez, el poeta, intentando traducir la sobrecogedora experiencia de un alma “endiosada”, como la llama el reformador del Carmelo. Una vez más, Cardenal dialoga con tradiciones místicas heredadas. Cuando insiste en la secretividad de este amor que vive en lo recóndito del ser —“tan secreto lo tenemos, / que solo a  mí me ven” (p. 32)— no hace otra cosa que apropiarse de los jubilosos “dislates” que costaron la vida al místico Hallach. Ya Cardenal lo había citado reverentemente en el Cántico cósmico: “Si lo ves a Él, nos ves a los dos” (p. 386).

Por primera vez accedemos a la fecha sagrada en la que Cardenal recibiera la gracia mística. Fue en un mediodía del 2 de junio, un sábado” (p. 67) del año 1956 que nuestro contemplativo declara a Dios su “rendición incondicional” (p. 52) y accede a la súbita transformación en la esencia divina. En este trance, el poeta nos da noticia de su radical indefensión, y lo hace con la delicada ternura de su castellano nicaragüense: “Así triunfal tú también entraste de pronto dentro de mí / y mi almita indefensa queriendo tapar sus vergüenzas” (p. 67).

No hay místico que se sienta acreedor de la gracia transformante. Por eso el poeta, en uno de sus versos más humildes y más aleccionadores, reitera lo que me dejara dicho en la antigua carta de 1984, que el éxtasis es siempre un don gratuito: “En la hamaca sentí que me decías / no te escogí porque fueras santo / o con madera de santo / santos he tenido demasiados / te escogí para variar”. (p. 47).

Varios años después, en 1999, Cardenal reitera sus meditaciones místicas en su autobiografía, la Vida perdida, cuyo título, melancólico y a la vez esperanzado, reescribe a Lucas (9:24): “el que pierda su vida por mí, la salvará”.20 Nuestro contemplativo enamorado, que fue monje trapense, revolucionario sandinista, exiliado de Somoza, ministro de cultura, y, sobre todo, místico auténtico, a pesar de la variedad de sus vivencias, nos deja dicho en sus memorias que el móvil secreto de todas ellas es la sed de Dios que un 2 de junio de 1956 se viera infinitamente colmada. Los tres tomos de sus memorias —Vida perdida, Las ínsulas extrañas, La revolución perdida— que tuve el privilegio de leer inéditas, incorporan el recuento de la experiencia mística que Cardenal considera cumbre en su vida y que asume plenamente. Al hacerlo, obliga a sus lectores a reinterpretar su vida y su obra sub specie aeternitatis.

Cardenal admite que evitó divulgar antes la experiencia como algo propio, porque el P. Elizondo le aconsejó no referirla sino por razones muy especiales. “Por aquello de Santa Teresa que no se deben contar los secretos del Rey”. Aquí, sin embargo, el poeta nos narra al fin en todo detalle los pormenores de su vividura experiencial, y va revisando las distintas versiones que había dado antes de la misma. Evoca primero la apasionada versión de la Vida en el amor, que reescribe, ya con más libertad, en el Telescopio en la noche oscura. Ahora nos hace saber las circunstancias específicas en las que se produjo su trance extático: su amada se casaba con otro ese 2 de junio y el dictador Somoza iría a la boda. Cuando suenan las sirenas de la caravana del dictador por la avenida Roosevelt, suenan en los oídos del poeta como clarines de triunfo. Pero no era Somoza, sino Dios, quien triunfaba sobre él:

"Entonces me rendí a Dios. [ ] Dije desde lo más hondo de mi alma: me entrego. (Todo lo que cuento fue rapidísimo, aunque son lentas las palabras para contarlo.) Al hacer esta entrega sentí en mí un vacío que no tengo otra manera de calificarlo sino como “cósmico”. [...] Estaba sin nada. Hasta el punto que me parece que yo sentí mucha lástima de mí. Y en ese instante me pareció que otro estaba teniendo también una gran lástima de mí. Y sentí que entraba dentro de mi alma como un vientecillo [...] pero ahora se venía haciendo grande, y yo ya sabía de dónde procedía eso que me estaba entrando; y me acordé de lo que aconseja san Juan de la Cruz y lo quise rechazar, para no equivocarme con nada falso. Y aunque lo rechazaba, aquello crecía más. (Todo esto muy rápido, como dije.) Y esto pasó de ser una paz muy sabrosa a ser un deleite muy grande, un placer inmenso, que se iba haciendo cada vez más inmenso hasta ser intolerable. Y sentí que me decía [ ] sin formularlo en palabras: “Esto es lo que yo quería desde hace tanto tiempo. Ahora ya sí nos unimos”. Y mi alma se sentía sucia, avergonzada. Mientras cada vez me apretaba más, era abrazado más y más fuerte por el placer sin límite. Y entonces le dije que no me diera más placer porque me iba a morir. [ ] Si me hacía gozar más me mataba. Y me parece que todavía apretó un poquito más y ya cesó. Quedándome aturdido. Anonadado. Y sentí que mi vida iba a cambiar por completo. Y recuerdo muy bien que pensé que iba a sufrir mucho: me vi a mí mismo en la imaginación como que tuviera una corona de espinas. Y es porque iba a hacer cualquier clase de locura. Y es porque estar teniendo toda la vida una cosa como esa era como para aguantar cualquier sufrimiento. En esas dos cosas me equivoqué. En cuanto a los sufrimientos, y en cuanto a que eso lo iba a estar teniendo toda la vida: no se me ha vuelto nunca a repetir.

Ahora debía contarlo todo al escribir mis memorias; o no habría tenido sentido escribir memorias. Para mí lo importante era todo lo que me llevó a este encuentro, y todo lo ocurrido después a consecuencia de él. Tengo 72 años y quería dejar escrito esto antes de mi muerte."

Obra en mi poder otra versión escrita muy anterior de la misma experiencia, que Cardenal me entregó hace muchos años para hacerla pública en caso de su muerte. Celebro que él mismo haya accedido a compartirla por escrito en vida, y celebro también el poder corroborar que Cardenal ha seguido actualizando su altísimo magisterio espiritual en nuevas, originalísimas obras.

Su delicadísimo ensayo “Somos polvo de estrellas”, que lo escuché leer en Casa de las Américas en La Habana el 18 de noviembre de 2003, constituye una reflexión cosmológica de gran envergadura: en más de un sentido podemos decir que el poeta se hermana con Einstein, quien, al ser interrogado sobre el sentido último del cosmos, se limitaba a señalar, silencioso, en dirección del cielo. Pero el deíctico de Cardenal señalando hacia arriba —hacia donde mismo apuntaba su telescopio nocturno y trascendido— es de una extraordinaria complejidad. Cardenal vierte las ideas principales de su citado ensayo “Somos polvo de estrellas” en su estremecedor libro Versos del pluriverso (Trotta, Madrid, 2005), que considero uno de los mejores que haya salido de su pluma.

El poeta, de entrada, hace escuela aquí con los grandes cantores del universo estrellado: con Boecio, que dialoga con la simbólica dama Filosofía en De consolatione Philosophiae; con Ibn Gabirol, el cultísimo cantor hispanohebreo de los astros, cuyo Meter Malkut o Corona real sigue tan de cerca Fray Luis de León; con Dante, que cierra la Comedia celebrando l’amor che move il sole e l’altre stelle [“El amor que mueve el sol y las demás estrellas”, Paraíso XXXIII,144]. En esta lista literalmente estelar no puede faltar el contemporáneo Neruda, que pudo escribir sus versos más tristes una noche de cielo estrellado en el que tiritaban azules los astros, a lo lejos. Aunque los versos melancólicos del chileno siempre han constituido la gran tentación estética de Cardenal, hay que decir que en este nuevo poemario sigue fiel a los postulados poéticos de Ezra Pound.

Todos estos antiguos espirituales contemplan el firmamento cuajado de luceros, trasunto de la verdad última, con ojos desconsolados. Boecio, encarcelado y condenado a muerte, mira las constelaciones aquejado del morbo del lethargum (2, 5) o “amnesia depresiva”,21 y que, en un diálogo de carácter logoterapéutico, la simbólica Filosofía logra curar. Otro tanto sucede con Dante, a quien amonesta la figura de San Agustín por la peligrosa accidia que padeció en la Vita nuova y el Secretum, y a quien acompaña Virgilio y luego Beatriz en su peregrinatio animae a lo largo de las órbitas celestes.  Fray Luis, por su parte, comparte su melancolía de poeta hostigado por la Inquisición con amigos letrados como el músico Francisco Salinas y el aristócrata Felipe Ruiz. Todos estos contemplativos, perseguidos políticos en su mayoría, huyen de sus tribulaciones buscando consuelo en las estrellas e intentando comprender la razón última de un universo que perciben cruel y desasosegado.

Con esos mismos ojos henchidos de antigua tristeza, Cardenal, que ha saboreado hasta las heces la decepción política y la extrema soledad, interroga al cosmos. Su melancolía es más radical, pero también más purificadora: en los Versos del pluriverso, el lethargum de Boecio y la accidia de Dante se transforman en noche oscura, y lo digo asumiendo toda la carga que la palabra mística técnica posee. Su diálogo celeste es, como veremos, más agridulce y también más desnudo que los de sus predecesores porque, a diferencia de ellos, Ernesto Cardenal huye a las galaxias solo y sin interlocutor. En este sentido cierra filas tan solo con Ibn Gabirol, que contempla a solas las maravillas de la maquinaria celeste. Curiosamente, ambos poetas coinciden en celebrar los astros con las herramientas de una cultura astronómica sofisticadísima: el vate sefardita acusa las huellas de Platón, Ptolomeo, de Proclo y de Porfirio, mientras que Cardenal se hace eco de la astrofísica y de las leyes de la termodinámica, barajando con soltura las teorías de Einstein, Bohm, Sagan, Wheeler, Bertran Russell, Sir J. Jeans, Davies y Heisenberg, entre tantos otros. El poeta entreverá estos ilustres nombres científicos con alusiones a las Escrituras o a la teología antigua —Ireneo, San Agustín— y moderna —Chardin, Merton—, sin olvidar las figuras históricas como Sandino y Martí, que contempló las estrellas junto a un niño en alta mar —y sobre todo, sin abjurar nunca de los nombres que le fueron sagrados en el amor humano: Carmen,  Myriam, Adelita.

Hay que decir que el discurso de los célebres cantores del cielo estrellado, por entristecido que pudiera haber sido, siempre culminaba en consuelo y en certeza espiritual. La contemplación del cielo permite a Boecio entender filosóficamente el orden providencial del cosmos, cuya meta es conducir a toda criatura a Dios, la fuente última de su Ser. En bellísimos poemas, Filosofía enseña a su dirigido a entender cómo la summi culmina caeli o “cumbre del cielo supremo” (pp. 218/219), anima a los planetas a girar en su curso y, cuando se alejan, los hace volver dulcemente a su órbita, para que reorienten su movimiento nuevamente al amor último. Las indefectibles leyes planetarias hablan de la gloria de una mente suprema: para Boecio la Osa Mayor nunca se sumerge en el agua por su posición septentrional, exactamente como ocurre en la “Noche serena” de Fray Luis. La danza de los astros maravilla al filósofo medieval por su exactitud, ya que se reduce a cálculos matemáticos perfectos (p. 39): a “números concordes”, muy en la línea pitagórica que también habrá de seguir el salmantino en su célebre “Oda a Salinas”. En el cielo sideral de Ibn Gabirol el júbilo de la perfección numérica es a su vez motivo de alabanza constante al Creador: “Quién comprenderá tus secretos, cuando circundaste sobre la esfera de Venus una esfera cuarta en la cual está el sol. / Él rodea toda su órbita en un año completo. / Y su tamaño en relación al de la tierra es ciento setenta veces mayor, según las demostraciones de la ciencia y del cálculo”.23 En el caso de todos estos altísimos poetas, el uno, fuente y origen de lo creado, es el que hace danzar con armonía al cosmos sideral.

Como adelanté, Cardenal actualiza los antiguos cálculos astronómicos ptolemaicos y pitagóricos de Boecio, de Dante, de Fray Luis y de Ibn Gabirol traduciéndolos a los postulados de la astrofísica moderna, que puntea con las teorías evolucionistas de Darwin y de Teilhard de Chardin. Pero lo más original de todo ello es que nuestro poeta aplica los misterios cosmológicos a su vida íntima, y la combinación explosiva de ambos planos —el cósmico y el anecdótico— produce una sorpresa inesperada en el lector. El poeta propone, por ejemplo, que la progresión de las leyes del Universo culmina en la belleza de las muchachas: “generaciones […] de estrellas, / se necesitaron para que un día fueras bella” (p. 14). Si Boecio se quejaba de la veleidad de la fortuna, que nadie podía detener porque su única constancia era el cambio permanente, ahora Cardenal explica la volubilidad de lo creado en términos de la entropía: “Entropía es el tiempo que se va / y no vuelve nunca para atrás […] todas las muchachas que yo amé / se las llevó la entropía” (p. 9). Manejando las teorías de astrónomos como Poincaré, Cardenal pondera:

El que podamos, en principio,
regresar hacia atrás en el tiempo
como se puede en ciencia-ficción,
y allí escoger no nacer
como tal vez lo hizo en incontables
[universosen que no nació.
Y yo pude escoger no haberte conocido

[nuncapero no lo haría (p. 21).

Aquí el poeta parecería aludir silenciosamente a su amada Carmen, de la que nos da noticia en versos juveniles y en la Vida perdida, por cuyo amor aún se interroga el poeta. Solo que ahora lo hace en un contexto astrofísico alucinante:

Exestrellas que se comprimieron en neutrones


pesadísimos con liviana membrana de hierro,
o como a la estrella Cygnus X-1 la acompaña
una cosa invisible con la masa de cien soles
que parece que antes era estrella y hoy hoyo negro.
Existe la teoría de que me quisiste.
Mi prima Silvia la sostiene (p. 14).

El poeta comprende pues los misterios del espacio-tiempo en términos de sus antiguos amores, que le merecen un canto renovado: “Nunca se ha probado en un experimento que el tiempo pasa. / Que nosotros pasamos es otra cosa. Myriam, Adelita” (p. 12). Cardenal se refie­re, de otra parte, a los postulados de Bohm acerca de la interrelación de todo lo creado, que le había hecho concluir otrora, en un verso prodigioso, que “somos polvo de estrellas”. Ahora descubre una nueva posibilidad de consuelo amoroso en esta comunión esencial de los elementos constitutivos del cosmos unificado: “según Bohm / todas las cosas se tocan, / todo conectado con todo / y es instantáneo todo. / La separación es aparente” (p. 35), por lo que puede concluir que:

La que más quisiste y no te quiso
quiera o no quiera estará unida a ti
donde todo está junto en un punto.
Lector/a, puedes dar estos versos
a quienquiera que sea que no te quiera” (p. 16).

Si todas las partículas del cosmos están unidas “como un solo cromosoma” (p. 44) misteriosamente reciclable, la resurrección de los muertos adquiere a su vez un sesgo novel: “¿Venceremos la segunda ley de la termodinámica?” / es el grito de todos los muertos de la tierra (p. 51). Pero al poeta siempre le ha interesado el amor más que la teología: “Así entendemos mejor, aunque vagamente, Carmen, / el dulce dogma de la resurrección de tu carne” (p. 45).

Cardenal reescribe el amor neo­platónico dentro de nuevas coordenadas científicas, que esta vez no postulan la unión jubilosa de lo creado, sino la sole­dad esencial del ser humano. Como recordaremos, enamorados como Petrarca intercambiaban las almas con sus amadas a través de la mirada, pero, a la luz de la nueva física, el intercambio ocular es solo aparente. El ser humano está trágicamente aislado:

Las estrellas que tú ves


están en tu retina, mi amiga.
En la bóveda celeste de tus ojos.
Y si miro el pasto, las montañas,
como si estuvieran afuera,
no miro nada afuera
sino su imagen en mi pupila.
Y si te miro a ti como afuera
(hablando ahora en este restaurante)
te miro solo en mi pupila.
Y tocarte, si es que yo te tocara,
no sería que tocara tu piel
sino la mía, sus vibraciones en mi cerebro.

La irrupción constante de la anécdota personal en medio de las elucubraciones astrofísicas constituye una de las innovaciones más importantes de este nuevo contemplador de los astros perpetuamente enamorado que es Ernesto Cardenal. Ni Boecio ni Fray Luis osaron introducir una intimidad amorosa tal en sus contemplaciones astronómicas.

Pero el escritor nicaragüense no solo reinterpreta el amor a la luz astral de las galaxias: también el amor de caritas —la compasión humana— parece dictado por un concepto de la evolución que consuena con Darwin y aún más con Chardin: “Muggeridge preguntó a O. Wilson / si la biología podía explicar a la Madre Teresa” (p. 31). Por lo que el poeta pide que nuestro planeta, esa “bolita azul y blanco en el cielo negro” del espacio sideral (p. 32), logre al fin la utopía que el poeta intuye cada vez más lejana: “Tal vez un día habrá una ciudad esférica: / Toda la tierra” (p. 33). Cardenal insiste en  que el cosmos predica la unión social por razón misma de su constitución: “Las estrellas son sociales, siempre en galaxias” (p. 50). Y aún más: “En el centro del átomo una cámara nupcial. […] ¿Y las partículas como diferentes notas musicales?  / La analogía es buena dice Witten. / [...] / Ritmo es dualidad. Lo solo sería monotonía. / Como uno no puede hacerse feliz a uno mismo” (p. 40). Hermosa manera de actualizar la música de las esferas y la armonía cósmica de Pitágoras a la luz de la astrofísica moderna, no cabe duda. Y, con todo, antes de Cardenal lo había hecho Heisenberg: “…ha dicho Heisenberg / que el universo no está hecho de materia o energía / sino de música” (p. 17).

Y esta música celestial consuena con el universo, que para colmo de misterio no es solo uno, sino muchos: “Por qué decir universo, como si fuera uno / y no pluriverso. (p. 23). Esta vertiginosa concepción del universo infinito, tan difícil de concebir por la mente humana, la adelantó, como se sabe, Giordano Bruno, cuando postuló la infinitud de los mundos. Su idea, hoy plenamente aceptada, le costó la muerte en la hoguera. Cardenal interroga pues este pluriverso, plural y enigmático, con ansiosas preguntas: “Todo en el universo tiene causa. / Los cactus en el desierto / son espinosos para defender su agua. / ¿Y no tiene causa el universo?” (p. 19).

Y ya con esto nos vamos acercando al Creador del Universo. No es difícil entender el desasosiego que subyace la interrogante del poeta, que recuerda que Atkins postula un inconcebible “creador inexistente” (p. 19). Estamos lejos de la jubilosa certeza espiritual de la Vida en el amor: ya adelanté que el poeta continúa escribiendo este poemario desde la morada espiritual de la noche oscura, que había irrumpido con ímpetu en su Telescopio de 1993. Y de ahí la cautela de las consideraciones teológicas del interlocutor de los astros, que resuenan tímidas y, a veces, casi desiderativas: “Un Dios que es amor no puede ser estático / ni completo. Más allá del final del espacio o principio del tiempo. / O según Agustín fuera del espacio tiempo” (p. 19).  Y concluye, como si lo atenazara el miedo ancestral de Galileo y de Giordano Bruno: “Pero es peligroso hablar de Dios” (p. 32).

El Dios que emerge de la contemplación astral cardenaliana se atempera, como era de esperar, a las nuevas leyes astrofísicas. “El Génesis” queda reescrito a la luz de las teorías del Big Bang:

Nacidos de ese evento tan improbable
el Big Bang.
Antes del cual no había luz, ni oscuridad tampoco
y tampoco tiempo
y con el cual empezó la evolución. Dios habrá visto que “todo estaba [bueno”
billones de años después. (p. 24).

La teoría de la infinidad de los mundos y de los universos paralelos, a la que ya he aludido, tiene a su vez consecuencias dramáticas en la concepción de Dios:

Un creador no solo de uno sino de múltiples universos
¿infinitos universos con un único infinito Dios?
Universos paralelos con copias exactas de uno mismo
donde vos no podrías distinguir si estás en uno o en otro.
O tal vez uno dentro del espacio del otro.
El gato de Schrödinger muerto en uno y vivo en otro.
Y donde las contradicciones de la cuántica se concilian (p. 2).

Dentro de este vertiginoso esquema cosmológico, habría necesidad de pensar no solo en lo que hoy llamamos “extraterrestres”,24 sino incluso en “Otros Cristos en multitud de planetas”, como “pensó Descartes” (p. 26).

Cardenal sabe bien que para cantar adecuadamente la inconcebible pluralidad de los mundos y a su misterioso Creador, es necesario un nuevo lenguaje poético. Los astrofísicos, por cierto, se han hecho cargo del dilema del lenguaje insuficiente: “Y con los átomos, dice Bohr, el lenguaje / solo puede usarse como en poesía” (p. 42). “Hay necesidad de nuevas metáforas científicas” (p. 22), asegura convencido el poeta, que sabe bien que los físicos de hoy hablan como los místicos (p. 20). ¿Cómo concebir no solo el cosmos sino la nueva noción del ser humano que arroja la ciencia actual? Cardenal plantea sus dificultades, conminándonos al vértigo: “Los electrones no existen sino / ‘tienen tendencia a existir’. / ¡Y estamos compuestos de ellos!” (p. 20). Ontológicamente somos pues un curioso compuesto de ser y no-ser simultáneos, lo que desafía no solo la teología sino la lógica aristotélica. El tiempo, por su parte, tampoco existe: “Todo es simultáneo. El tiempo / lo hace aparecer no simultáneo” (p. 53).

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