Vida en el amor /Vida perdida en el amor: El cántico místico de Ernesto Cardenal



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Estos delirios que “antes parecen dislates más que dichos puestos en razón”, como decía San Juan de la Cruz al referirse a sus propios versos, nos coloca en la antesala misma de los postulados de la mística, aquella experiencia suprarracional que desafía toda posibilidad de ser articulada en el lenguaje y que Cardenal confiesa haber vivido en el lejano 1956. Otro tanto sucede con la nueva astrofísica: “Se puede gozar de las delicias de la teoría cuántica / con tal de no tratar de entenderla” (p. 43), asegura con razón otro astrofísico a través de los versos de Cardenal. Y sus palabras consuenan, una vez más, con las de San Juan de la Cruz: “Dios, a quien va el entendimiento, excede al […] entendimiento, y así es incomprehensible […] al entendimiento; y por tanto, cuando el entendimiento va entendiendo, no se va llegando a Dios, sino antes apartando” (Llama 3, 48). Hollamos una vez más el terreno vedado del lenguaje místico indecible cuando el astrofísico Davies apunta desde los Versos del pluriverso que “La realidad de los físicos modernos / [es] fundamentalmente ajena a la mente humana” (p. 43). Lo secundaría San Agustín, para quien Dios trascendía la mente humana, por lo que hablamos de Él tan solo por no callar: non ut illud diceretur, sed ne taceretur (de Trin., v.9).

La inexistencia del mundo material, que para Calderón de la Barca, tan afín a los postulados del Buda,26 era un mero sueño, resulta ahora justificadas:

En un universo donde


“lo característico de los átomos es su vacío”. 
materialistas somos
pero resultó que la materia no era sólida
sino interacciones de campos de energía (p. 39).

Esta mecánica cuántica, “de la que / dice Feynman, nadie entiende” (p. 39), no es para Cardenal un simple marco erudito decorativo de su reflexión cosmológica: es nada menos que un campo de conocimiento que siente misteriosamente afín a su antigua vivencia mística. Aquel poeta que expresaba aturdido la experiencia de Dios en la Vida en el amor como “algo agridulce pero que fuera infinitamente amargo e infinitamente dulce”, no puede no sentirse justificado —incluso, consolado— por las alucinantes conclusiones a las que va llegando la ciencia moderna. Y, en especial, por el nuevo lenguaje apofático que suscita, que consuena tan de cerca con el de la mística tradicional.

Cardenal no está solo en su aturdimiento: es verdad que tenemos que modificar los procesos mentales usuales para poder comprender las nuevas propuestas científicas. A las teorías de la relatividad de Einstein se unen las de John von Neumann, que propone que la función de las ondas no es realmente una cosa, pero es más que una idea: es una extraña mezcla de idea y de realidad. Igualmente inquietante es el diagrama de Richard Feynman, según el cual un neutrón cambia constantemente en un protón para volver luego a ser neutrón. Imposible no concurrir con las palabras de Niels Bohr, que tanto ha citado Cardenal: Those who are not shocked when they first come across quantum theory cannot possibly have understood it [Los que no se sobresaltan ante la física cuántica es que no la han entendido”].29

Nuestro poeta místico, que se autodenomina “un poeta solitario cantando a las estrellas” (p. 12), ha interrogado el cielo intentando entender no solo los enigmas de la astrofísica sino el misterio supremo de la vida.  Cardenal es consciente de lo intenso de su soledad, pues al interpelar los cuerpos celestes, a diferencia de sus ilustres antecesores, sabe que tan solo habla consigo mismo, exactamente como sucedía cuando miraba los ojos de una mujer tan solo en su retina. En el fondo, el acongojado poeta no espera respuesta del universo:

Cuando no tengas respuesta, mira las estrellas,
(las estrellas que están en tu retina).
No es que respondan. También ellas preguntan
mirándonos a nosotros, habitantes de una estrella.
La respuesta seremos todos, ellas y nosotros,
porque somos todos la tristeza (p. 44).

Para colmo, las observaciones del poeta no parecen confiables, según las leyes astrofísicas, porque alteran lo que éste observa: “Mi decisión de cómo obser­var un electrón / cambia al electrón” (p. 42), por lo que concluye que “Lo que hay fuera de nosotros es fantasmagórico. / La realidad es organizada en nuestra mente. / Si no, que lo diga la cuántica” (p. 39). Estos astros observados, llenos “de antiguo llanto”, como diría Borges,  son pues tan solo testigos mudos de nuestro eterno diálogo con la eternidad. Este diálogo solitario para Cardenal data, por cierto, del paleolítico, pues las cuevas de Altamira, de Font de Gaume y de Trois-Frères, con sus hermosos frescos parietales, ya eran santuarios.

Pero no es extraño que las preguntas cósmicas de nuestro poeta queden sin res­puesta: tampoco la tienen los astrónomos perplejos que el autor cita a cada paso:

Había ido en tren de Nüremberg a Munich


donde leí del Cántico cósmico con citas de Bohm y todo
y el Instituto de Astrofísica me invitó a charlar con ellos
y hablamos de física y de mística; extraterrestres: uno
dijo que no hay; otro negó el Big Bang. Con café y galletas.
Otro, que no existe el tiempo, y otro:
por qué decir universo, como si fuera uno
y no pluriverso (p. 23).

¿Qué sacar en claro de tanto enigma irresuelto? En primer lugar, como adelanté, el nuevo lenguaje científico del delirio tiende, prima facie, a justificar el lenguaje alucinante que describe la experiencia mística suprarracional. De ahí que pensadores contemporáneos como R.G. Sin, Gary Sulkav y sobre todo Fritjop Capra se hayan animado a hablar del Tao of Physics, que para Cardenal sería “el Tao de la astrofísica”. Pero se impone un caveat: pese a que la coincidencia oppositorum de Nicolás de Cusa consuena con el lenguaje de la física cuántica actual, sabemos bien que la energía divina de la espiritualidad tradicional no es lo mismo que la energía que explora la astrofísica. Tampoco el movimiento de las moléculas equivale exactamente a la danza de Shiva. Se trata de órdenes de conocimiento totalmente distintos, por más que presenten curiosísimos paralelos a nivel de su articulación lingüística. Como se sabe, al fundar la filosofía moderna, Descartes limitó las posibilidades cognoscitivas del ser humano exclusivamente al plano corpóreo de la realidad, lo que para el filósofo Seyyed Hossein Nasr constituyó the most intelligent way to be non-intelligent. [“la manera más inteligente de no ser inteligente”]. La carga del mandato cartesiano ha dificultado a la filosofía, a la ciencia e incluso a la psiquiatría reconocer la posibilidad de otro orden del conocimiento. Precisamente el de los místicos, que experimentan su unión con el todo desde un nivel alterado de conciencia. Es como si al místico le naciera, explica Cardenal en otro contexto, “un nuevo órgano de percepción”.32 Imposible pues que las estrellas contesten las interrogantes que el poeta clava en el universo: tan solo le devuelven su callada tristeza desde algún incógnito rincón del pluriverso, mientras los electrones siguen danzando volubles e indiferentes ante su mirada interrogadora. Creo que uno de los mensajes subliminales más hondos de este nuevo poemario concurre inesperadamente con el consejo de San Agustín: noli foras ire. In te ipsum redi. In interiore hominis habitat veritas [“no quieras salir afuera. Regresa a ti mismo. En el interior del hombre habita la verdad”]. El telescopio desolado que interpela los astros en la noche oscura debe redirigirse pues hacia otro cosmos, el más misterioso de todos: el del hondón del alma profunda, allí donde único nos unimos con el todo. Con el que creó los soles, los átomos danzantes y las muchachas que el poeta tanto amara.

Los Versos del pluriverso constituyen pues uno de los aciertos artísticos más profundos de ese eterno poeta de vanguardia que es Ernesto Cardenal. Podemos concluir que si bien Boecio escribió su De consolatione Philosophiae, Cardenal le riposta con su De consolatione Astrophysicae. Se trata ahora de una “consolación” inesperada: el filósofo italiano quedó satisfecho con los argumentos racionales que le ofrecía la dama Filosofía sobre el orden del universo a partir de la observación de la naturaleza y de los astros, mientras que la sed de Cardenal es más honda y, como nace de una experiencia fruitiva del todo, vivida más allá de la mente humana, no hay ciencia racional que la pueda volver a saciar. La astrofísica consuela pues al poeta en un primer plano, ya que, irónicamente, lo hace sentir cómodo con sus enigmas y con su alucinante lenguaje apofático, hermano de la mística. Pero en el diálogo del poeta con la nueva ciencia subyace un consuelo aún más hondo: esta le deja saber al místico que ni siquiera ella constituye la respuesta al misterio del Universo. De nuevo San Agustín: Noli foras ire.

Las estrellas que el poeta tanto ha buscado las logré ver junto a él una noche afortunada en Managua. Y tenían nombre: Luis Enrique Briones, Mónica Pinell, Teresa Masís: cuando escuché a Cardenal leer con tanto amor los poemas centelleantes de estos niños enfermitos de cáncer,33 que reunió en el libro Me gustan los poemas y me gusta la vida (Cardenal 2009), entendí que por más que el con­templativo busque las estrellas lejanas siempre las tiene junto a él: dondequiera que vaya, aunque es de noche, resplandece siempre el sol de medianoche de su alma interior. Pienso que este sesgo nuevo de su misión social reivindica hondamente el mandato de amor de su alma mística: cuando no le es ya dado servir a su país desde el Ministerio de Cultura o desde la comunidad de Solentiname, ahí están los niños sedientos de amor, de consuelo y de poesía.



A la luz de esta colección de poesía infantil arrancada a estas almitas sublimes —poemas que tienen la dulzura inocente de una pintura primitiva de Solentiname— y a la luz de la colección Este mundo y otro y otros ensayos34 y de numerosos poemas que el poeta me ha facilitado inéditos, como sus apasionantes “Reflexiones en el río Grijalva” y “Visión en la isla Gran Canaria”, todo parece indicar que habremos de celebrar nuevos libros salidos de la mano de este poeta de 85 años que cada día es más joven y, sobre todo, más revolucionario en su arte poética.

Vida en el amor, Vida perdida y de nuevo vida ganada en el amor: la danza del poeta con el amor que mueve el sol y las demás estrellas gira sobre sí misma como los neutrones de Richard Feynman o, mejor aún, como los pasos de la más alta danza de Shiva. Vida salvada para siempre del tiempo merced a la palabra. Gracias una vez más, Ernesto, por permitir a tus lectores vivir esta vida de amor junto a ti, y por permitirnos acceso al manantial de tu espíritu infinito traducido en verso. Sé bien que tu compasión con el prójimo lastimado, tu compromiso político inalterable, tu verticalidad y tus renuncias, que “todavía chorrean sangre”, así como tu telescopio dirigido a las aleccionadoras estrellas, tienen su origen en aquel remoto 2 de junio de 1956 que ha ido creciendo en tu alma y que has sabido traducir siempre en el más auténtico de los amores: el amor a los demás. Pienso que con cada libro tuyo vuelves a cumplir el mandato supremo de amar al prójimo, porque no solo de pan vive el hombre, y todos seguimos hambrientos de tu palabra.

Publicado en: http://www.caratula.net/ediciones/48/critica-lopezBaralt.php
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