Vida Segunda de San Francisco



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Fray Tomás de Celano

Vida Segunda de San Francisco


(Compuesta en 1253)

Por gentileza de www.fratefrancesco.org



Vida Segunda de San Francisco 1

PRÓLOGO 4

PARTE PRIMERA 5

SU CONVERSIÓN 5

SANTA MARÍA DE LA PORCIÚNCULA 11

TENOR DE VIDA DE SAN FRANCISCO Y DE LOS HERMANOS 12

PARTE SEGUNDA 15

ESPÍRITU DE PROFECÍA QUE TUVO SAN FRANCISCO 15

LA POBREZA 27

LA POBREZA DE LOS EDIFICIOS 27

LA POBREZA DE LOS ENSERES 28

LA POBREZA EN LOS LECHOS 29

ALGUNOS CASOS CONTRA EL DINERO 30

LA POBREZA EN LOS VESTIDOS 32

LA MENDICACIÓN 33

LOS QUE RENUNCIAN AL MUNDO 36

UNA VISIÓN QUE SE REFIERE A LA POBREZA 37

  37


COMPASIÓN DE SAN FRANCISCO PARA CON OTROS POBRES 37

EL AMOR DE SAN FRANCISCO A LA ORACIÓN 41

INTELIGENCIA DE LAS ESCRITURAS QUE TENÍA, Y EFICACIA DE SUS PALABRAS 44

CONTRA LA FAMILIARIDAD CON LAS MUJERES 49

LAS TENTACIONES QUE PADECIÓ 50

CÓMO LO AZOTARON LOS DEMONIOS 51

LA VERDADERA ALEGRÍA ESPIRITUAL 53

SU CUIDADO EN OCULTAR LAS LLAGAS 57

LA HUMILDAD 59

LOS QUE DAN EJEMPLO BUENO O MALO 64

CONTRA EL OCIO Y LOS OCIOSOS 66

LOS MINISTROS DE LA PALABRA DE DIOS 67

LA CONTEMPLACIÓN DEL CREADOR EN LAS CREATURAS 68

LA DETRACCIÓN 74

DESCRIPCIÓN DEL MINISTRO GENERAL Y DE OTROS MINISTROS 75

LA SANTA SIMPLICIDAD 77

LAS DEVOCIONES ESPECIALES DEL SANTO 80

LAS DAMAS POBRES 83

RECOMENDACIÓN DE LA REGLA A LOS HERMANOS 84

LAS ENFERMEDADES DE SAN FRANCISCO 85

TRÁNSITO DEL PADRE SANTO 87

NOTAS 92



PRÓLOGO


En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 Al ministro general de la Orden de los Hermanos Menores



1. A la santa asamblea del capítulo general ya celebrado y a ti, reverendísimo padre (1), ha parecido bien encomendar, no sin disposición divina, a nuestra pequeñez que, para consuelo de los contemporáneos y recuerdo de los venideros, escribamos los hechos y también los dichos de nuestro glorioso padre Francisco; nosotros precisamente que, por la larga experiencia de asiduo trato y familiaridad con él, le hemos conocido más que los demás (2).

Acudimos, pues, con prontitud pía a obedecer los santos mandatos, que en modo alguno es permitido desoír; pero como la reflexión tira más fácil a mirar lo endeble de nuestras fuerzas, nos sacude el justo temor de que a asunto tan digno, por no haberlo tratado como merece, se le pegue algo nuestro que vaya a desagradar a los demás. Tememos mucho, queremos decir, que esta materia, digna de llevar en sí todo sabor de suavidad, se vuelva desabrida por incapacidad de quienes la tratan y que el mero hecho de haberlo intentado se atribuya más a presunción que a obediencia.

Porque si a este trabajo, fruto de muchos desvelos, sólo le esperase el juicio de tu benevolencia, venerable padre, que no creyese oportuno publicarlo, recibiríamos muy contentos igual la enseñanza de la corrección que el gozo de la aprobación. Desde luego, tan gran diversidad de dichos y de hechos, ¿quién puede pesarla en balanza de tanta precisión, de modo que la exposición de cada uno de ellos consiga de todos los oyentes un mismo y único juicio de aceptación?

Mas porque buscamos con sencillez el provecho de todos y de cada uno, exhortamos a los lectores a interpretar con benevolencia y a aceptar o llevar a bien la sencillez de los narradores, de manera que no venga a menos la reverencia que merece el personaje de quien se habla. Nuestra memoria, de hombres rudos al fin, más débil con el correr del tiempo, no puede abarcar cuantos dichos precisos del mismo circulan y los relatos que encomian sus hechos, ya que ni la agilidad de una mente avezada se valdría para grabarlos del todo aunque se los pusieran delante. Excuse, pues, todos los fallos de nuestra incompetencia la autoridad de quien así lo ha dispuesto reiteradamente.



2. Este opúsculo contiene, en primer lugar, algunos hechos maravillosos de la conversión de San Francisco, que, por no haber llegado de ninguna manera a noticia del autor, quedaron, por tanto, fuera de las leyendas que había escrito ya. A continuación intentamos decir y declarar con esmero cuál fuera la voluntad buena, grata y perfecta del santísimo Padre para consigo y para con los suyos en toda práctica de doctrina del cielo y en la tendencia a la más alta perfección, que mantuvo siempre en sus relaciones santamente amorosas con Dios y ejemplares con los hombres. Se intercalan algunos milagros que hacen al caso. Describimos, en fin, llanamente, sin alardes de estilo, cuanto se nos ofrece, queriendo, en lo posible, aficionar a los despreocupados y complacer a los entusiasmados.

Te pedimos, padre bondadosísimo, que te dignes consagrar con tu bendición los presentes, nada despreciables, que se recogen en este trabajo, y que hemos recopilado con no poco esfuerzo, corrigiendo los yerros y eliminando lo superfluo, para que cuanto tu autorizado criterio abone por bien dicho crezca en todas partes en consonancia con tu nombre de Crescencio, y se multiplique en Cristo. Amén.

 

PARTE PRIMERA


Comienza el memorial según los deseos de mi alma (3)
o reseña de los hechos y dichos de nuestro santísimo padre Francisco

 

SU CONVERSIÓN


 Capítulo I

Cómo primero se llamó Juan y después Francisco. Lo que la madre profetizó de él y lo que predijo él de sí mismo y la paciencia que tuvo en la prisión

3. Francisco, siervo y amigo del Altísimo, a quien la Providencia divina impuso este nombre (4) para que, por lo singular y desacostumbrado de él, la fama de su ministerio se diese a conocer más pronto en el mundo entero, fue llamado Juan por su madre cuando, renaciendo del agua y del Espíritu Santo, de hijo de ira pasó a ser hijo de gracia.

Esta mujer, amiga de toda honestidad, mostraba en las costumbres una virtud distinguida, como quien gozaba del privilegio de cierta semejanza con Santa Isabel así en la imposición del nombre al hijo como en el espíritu de profecía. Porque a los vecinos, que admiraban la grandeza de alma y limpieza de costumbres de Francisco, les respondía así, como inspirada por Dios: «¿Qué vendrá a ser este hijo mío? Veréis que por sus méritos llegará a ser hijo de Dios».

De hecho era ésta la opinión de algunos que veían complacidos que Francisco, ya algo mayor, se distinguía por aspiraciones muy buenas. Rechazaba en toda ocasión cuanto pudiera parecer injuria a alguno; y viéndole adolescente de modales finos, a todos parecía que no pertenecía al linaje de los que eran conocidos como padres suyos. Como el nombre de Juan dice referencia a la obra del ministerio que recibió, así el nombre de Francisco la dice a la difusión de su fama, la cual, después de haberse convertido él plenamente a Dios, se esparció pronto por todas partes.

Por eso, entre las fiestas de los santos, tenía como la más solemne la de San Juan Bautista; la dignidad de este nombre le imprimió un sello de virtud misteriosa. Entre los nacidos de mujer, no ha aparecido uno más grande que aquél (Mt 11,11); entre los fundadores de religiones, no ha parecido uno más perfecto que éste. Observación, por cierto, merecedora de encomio.



4. Profetizó Juan encerrado en lo secreto del útero materno; Francisco, preso en la cárcel del siglo, desconocedor aún de los designios divinos, anunció lo por venir.

Cuando, en efecto, se desencadena no poco estrago, por el conflicto de la guerra, entre los ciudadanos de Perusa y de Asís (5), Francisco, con otros muchos, cae prisionero, y, encadenado como ellos, experimenta las miserias de la cárcel. Los compañeros de infortunio se sumen en la tristeza, lamentándose desdichados de la desgracia de su prisión; Francisco se alegra en el Señor; se ríe de las cadenas; las desprecia. Dolidos, reprueban aquéllos la conducta del que se muestra alegre entre cadenas; lo juzgan exaltado y loco. Francisco responde en son de profecía: «¿De qué creéis que me alegro? Hay aquí escondido un presentimiento: todavía seré venerado como santo en todo el mundo». Y de hecho ha sucedido así: se ha cumplido al pie de la letra lo que dijo entonces.

Había entre los compañeros de prisión un caballero soberbio e inaguantable. Mientras todos los demás se proponen hacerle el vacío, Francisco le sobrelleva siempre con paciencia. Aguanta al inaguantable, y gana a todos para reconciliarlos con el caballero. Capaz de toda gracia, vaso elegido de virtudes, rebosa ya de carismas.

 

Capítulo II



El caballero pobre a quien vistió y la visión que, viviendo aún en el siglo, tuvo sobre su propia vocación

5. Liberado poco después de la prisión (6), se vuelve más compasivo con los pobres. Decide, desde luego, no apartar los ojos del necesitado que al pedir invoque el amor de Dios.

Un día se encontró con un caballero pobre y casi desnudo. Movido a compasión, le dio generosamente, por amor de Cristo, los ricos vestidos que traía puestos. ¿Qué menos hizo que aquel varón santísimo, Martín? Sólo que, iguales los dos en la intención y en la acción, fueron diferentes en el modo. Este dio los vestidos antes que los demás bienes; aquél, después de haber dado los demás bienes, dio al fin los vestidos. El uno como el otro vivieron en el mundo siendo pobres y pequeños y el uno como el otro entraron ricos en el cielo (7). Aquél, caballero, pero pobre, vistió a un pobre con la mitad de su vestido; éste, no caballero, pero sí rico, vistió a un caballero pobre con todos sus vestidos. El uno y el otro, luego de haber cumplido el mandato de Cristo, merecieron que Cristo los visitara en visión: el uno, para recibir la alabanza de lo que había hecho; el otro, para recibir amabilísima invitación a hacer lo que aún le quedaba.



6. Y así, poco después se le muestra en visión un suntuoso palacio, en el cual ve provisión abundante de armas y una bellísima esposa. Francisco es llamado por su nombre en sueños y alentado con la promesa de cuanto se le presenta. Con el objeto de participar en lances de armas, intenta marchar a la Pulla (cf. LM 1,3), y, preparados con exageración los arreos necesarios, se apresta a conseguir los honores de caballero. El espíritu carnal le sugería una interpretación carnal de la visión anterior, siendo así que en los tesoros de la sabiduría de Dios se escondía otra mucho más excelente.

Una noche, pues, mientras duerme, alguien le habla en visión por vez segunda y se interesa con detalle por saber a dónde intenta encaminarse. Y como él le contara su decisión y que se iba a la Pulla a hacer armas, insistió en preguntarle el de la visión: «¿Quién puede favorecer más, el siervo o el señor?» «El señor», respondió Francisco. Y el otro: «¿Por qué buscas entonces al siervo en lugar del señor?» Replica Francisco: «¿Qué quieres que haga, Señor?» Y el Señor a él: «Vuélvete a la tierra de tu nacimiento, porque yo haré que tu visión se cumpla espiritualmente».

Se vuelve sin tardanza, hecho ya ejemplo de obediencia, y, renunciando a la propia voluntad, de Saulo se convierte en Pablo. Es derribado éste en tierra, y los duros azotes engendran palabras acariciadoras; Francisco, empero, cambia las armas carnales en espirituales, y recibe, en vez de la gloria de ser caballero, una investidura divina.

A los muchos que se sorprendían de la alegría desacostumbrada de Francisco, respondía él diciendo que llegaría a ser un gran príncipe.



Capítulo III

Cómo un grupo de jóvenes lo nombró su señor para que les costeara el banquete, y el cambio obrado en él

7. Comienza a transformarse en varón perfecto (Ef 4,13) y a ser distinto de como era. De regreso ya en casa, le siguen los hijos de Babilonia y lo llevan, contra su gusto, a cosas contrarias a la orientación que había tomado. Un grupo de jóvenes de la ciudad de Asís, que en otro tiempo lo había tenido como abanderado de su vanidad, lo busca todavía para invitarlo a comidas de cuadrilla, en que siempre se sirve a la lascivia y a la chocarrería. Lo nombran jefe, por la mucha experiencia que tenían de su liberalidad, sabiendo, sin duda, que se iba a cargar con los gastos de todos. Se hacen obedientes por llenar el estómago, toleran la sujeción para poder saciarse. Él, para no aparecer avaro, acepta el honor ofrecido, y entre sus reflexiones santas tiene en cuenta la cortesía. Hace preparar un gran banquete y repetir exquisitos manjares; saturados hasta el vómito, los jóvenes manchan las plazas de la ciudad con cantares de borrachos. Tras ellos va Francisco, llevando, como señor, un bastón en la mano. Pero el que interiormente se había hecho sordo por entero a todas estas cosas, va quedando poco a poco distanciado de ellos en el cuerpo, mientras canta al Señor en su corazón.

Como contó él mismo, fue tan grande la dulzura divina de que se vio invadido en aquella hora, que, incapaz de hablar, no acertaba tampoco a moverse del lugar en que estaba. Se enseñoreó de él una impresión espiritual que lo arrebataba a las cosas invisibles, por cuya influencia todas las de la tierra las tuvo como de ningún valor, más aún, del todo frívolas.

Estupenda dignación en verdad esta de Cristo, quien a los que ponen en práctica cosas pequeñas hace merced de muy preciosas y guarda y saca adelante a los suyos en la inundación de copiosas aguas. Cristo dio de comer pan y peces a las turbas (Lc 9,12) y no desdeñó en su mesa a los pecadores (Lc 7,36). Buscado por las gentes para proclamarlo rey, huyó y subió a un monte a orar (Jn 6,15). Son misterios de Dios que Francisco va descubriendo; y, sin saber cómo, es encaminado a la ciencia perfecta.

 

Capítulo IV



Cómo, vestido con los andrajos de un pobre, comió con los pobres ante la iglesia de San Pedro y la ofrenda que hizo en ésta

8. Pero ya se deja ver en él el primer amador de los pobres, ya las santas primicias preludian la perfección que logrará. Así es que muchas veces, despojándose de sus vestidos, viste con ellos a los pobres, a quienes, si no todavía de hecho, sí de todo corazón intenta asemejarse.

Una vez en Roma, adonde había llegado como peregrino, se quitó, por amor a la pobreza, el rico traje que llevaba puesto y, cubierto con el de un pobre, se sentó gozoso entre los pobres en el atrio de la iglesia de San Pedro (que era lugar de afluencia de pobres), y, teniéndose por uno de ellos, con ellos comió de buena gana. Y mucho más a menudo hubiera hecho esto de no haberlo impedido la vergüenza de ser visto de los conocidos. Al acercarse al altar del príncipe de los apóstoles, sorprendido de las escasas aportaciones que dejaban allí los concurrentes, arroja dinero a manos llenas, indicando que merecía especial honor de todos el que había sido honrado por Dios sobre los demás.

Proporcionaba también con frecuencia ornamentos de iglesia a sacerdotes pobres, dando el honor debido a todos, hasta a los de grado más humilde. El que había de recibir la investidura de embajador apostólico y ser todo íntegro en la fe católica, estuvo desde el principio lleno de reverencia para con los ministros y los ministerios de Dios.

 

Capítulo V



Cómo, estando él en oración, el diablo le mostró una mujer, y la respuesta que le dio Dios y lo que hizo con los leprosos

9. Francisco lleva alma de religioso bajo el traje seglar, y, huyendo del público a lugares solitarios, es instruido muchísimas veces con visitas del Espíritu Santo. Lo abstrae y atrae aquella dulzura generosa que desde el principio experimentó penetrarle tan plenamente, que nunca más le faltó por toda la vida.

Cuando frecuenta lugares retirados, como más propicios a la oración, el diablo se esfuerza con sugestiones malignas en separarlo de allí. Le trae a la imaginación la figura de una mujer de Asís monstruosamente gibosa, que causaba horror a cuantos la veían. Lo amenaza con hacerlo semejante a ella si no desiste de sus propósitos. Pero, confortado por el Señor, experimenta el gozo de la respuesta de salvación y de gracia: «Francisco -le dice Dios en espíritu-, lo que has amado carnal y vanamente, cámbialo ya por lo espiritual, y, tomando lo amargo por dulce, despréciate a ti mismo, si quieres conocerme, porque sólo a ese cambio saborearás lo que te digo». Y de pronto es inducido a obedecer el mandato de Dios y guiado a probar la verdad de lo sucedido.

Si de algunos -entre todos los seres deformes e infortunados del mundo- se apartaba instintivamente con horror Francisco, era de los leprosos. Un día que paseaba a caballo por las cercanías de Asís le salió al paso uno. Y por más que le causara no poca repugnancia y horror, para no faltar, como transgresor del mandato, a la palabra dada, saltando del caballo, corrió a besarlo. Y, al extenderle el leproso la mano en ademán de recibir algo, Francisco, besándosela, le dio dinero. Volvió a montar el caballo, miró luego a uno y otro lado, y, aunque era aquél un campo abierto sin estorbos a la vista, ya no vio al leproso.

Lleno de admiración y de gozo por lo acaecido, pocos días después trata de repetir la misma acción. Se va al lugar donde moran los leprosos, y, según va dando dinero a cada uno, le besan la mano y la boca. Así toma lo amargo por dulce y se prepara varonilmente para realizar lo que le espera.

 

Capítulo VI

La imagen del crucifijo que le habló y el honor en que la tuvo

10. Ya cambiado perfectamente en su corazón, a punto de cambiar también en su cuerpo, anda un día cerca de la iglesia de San Damián, que estaba casi derruida y abandonada de todos. Entra en ella, guiándole el Espíritu, a orar, se postra suplicante y devoto ante el crucifijo (8), y, visitado con toques no acostumbrados en el alma, se reconoce luego distinto de cuando había entrado. Y en este trance, la imagen de Cristo crucificado -cosa nunca oída-, desplegando los labios, habla desde el cuadro a Francisco. Llamándolo por su nombre: «Francisco -le dice-, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo». Presa de temblor, Francisco se pasma y como que pierde el sentido por lo que ha oído. Se apronta a obedecer, se reconcentra todo él en la orden recibida.

Pero... nos es mejor callar, pues experimentó tan inefable cambio, que ni él mismo ha acertado a describirlo. Desde entonces se le clava en el alma santa la compasión por el Crucificado, y, como puede creerse piadosamente, se le imprimen profundamente en el corazón, bien que no todavía en la carne, las venerandas llagas de la pasión.



11. ¡Cosa admirable e inaudita en nuestros tiempos! ¿Cómo no asombrarse ante esto? ¿Quién ha pensado algo semejante? ¿Quién duda de que Francisco, al volver a la ciudad, apareciera crucificado, si aun antes de haber abandonado del todo el mundo en lo exterior, Cristo le habla desde el leño de la cruz con milagro nuevo, nunca oído? Desde aquella hora desfalleció su alma al oír hablar al Amado (cf. Ct 5,4). Poco más tarde, el amor del corazón se puso de manifiesto en las llagas del cuerpo.

Por eso, no puede contener en adelante el llanto; gime lastimeramente la pasión de Cristo, que casi siempre tiene ante los ojos. Al recuerdo de las llagas de Cristo, llena de lamentos los caminos, no admite consuelo. Se encuentra con un amigo íntimo, que, al conocer la causa del dolor de Francisco, luego rompe a llorar también él amargamente.

Pero no descuida por olvido la santa imagen misma, ni deja, negligente, de cumplir el mandato recibido de ella. Da, desde luego, a cierto sacerdote una suma de dinero con que comprar lámpara y aceite para que ni por un instante falte a la imagen sagrada el honor merecido de la luz. Después, ni corto ni perezoso, se apresura a poner en práctica lo demás, trabajando incansable en reparar la iglesia. Pues, aunque el habla divina se había referido a la Iglesia que había adquirido Cristo con su sangre, Francisco, que había de pasar poco a poco de la carne al espíritu, no quiso verse de golpe encumbrado.

 

Capítulo VII



La persecución del padre y del hermano

12. Pero el padre según la carne persigue al que se entrega a obras de piedad, y, juzgando locura el servicio de Cristo, lo lacera donde quiera con maldiciones. Entonces, el siervo de Dios llama a un hombre plebeyo y simple por demás, y, tomándolo por padre, le ruega que, cuando el padre lo acose con maldiciones, él, por el contrario, lo bendiga. Evidentemente, lleva a la práctica el dicho del profeta y declara con hechos lo que dice éste de palabra: Maldicen ellos, pero tú bendecirás (Sal 108,28).

Por consejo del obispo de la ciudad, que era piadoso de veras, devuelve al padre el dinero que el hombre de Dios habría querido invertir en la obra de la iglesia mencionada, pues no era justo gastar en usos sagrados nada mal adquirido. Y, oyéndolo muchos de los que se habían reunido, dijo: «Desde ahora diré con libertad: Padre nuestro, que estás en los cielos (9), y no padre Pedro Bernardone, a quien no sólo devuelvo este dinero, sino que dejo también todos los vestidos. Y me iré desnudo al Señor». ¡Animo noble el de este hombre, a quien ya sólo Cristo basta! Se vio entonces que el varón de Dios llevaba puesto un cilicio bajo los vestidos, apreciando más la realidad de las virtudes que su apariencia.

Un hermano carnal, a imitación de su padre, lo molesta con palabras envenenadas. Una mañana de invierno en que ve a Francisco en oración, mal cubierto de viles vestidos, temblando de frío, el muy perverso dice a un vecino: «Di a Francisco que te venda un sueldo de sudor». Oyéndolo el hombre de Dios, regocijado en extremo, respondió sonriente: «Por cierto que lo venderé a muy buen precio a mi Señor». Nada más acertado, porque recibió no sólo cien veces más, sino también mil veces más en este mundo y heredó en el venidero, para sí y para muchos, la vida eterna.

 

Capítulo VIII



La vergüenza vencida y la profecía de las vírgenes pobres

13. Se esfuerza de aquí en adelante por convertir en austera su anterior condición delicada y por reducir a la bondad natural su cuerpo, hecho ya a la molicie.

Andaba un día el hombre de Dios por Asís mendigando aceite para alimentar las lámparas de la iglesia de San Damián, que reparaba por entonces. Y como viese que un nutrido grupo de hombres se entretenía jugando a la puerta de la casa donde pensaba entrar, rojo de vergüenza, hace para atrás. Pero, vuelta luego su noble alma al cielo, se reprocha la cobardía y se juzga severamente. Vuelve en seguida sobre sus pasos, y, confesando ante todos con franqueza la causa de su vergüenza, como ebrio de espíritu, pide, expresándose en lengua francesa, la provisión de aceite, y la obtiene. En un transporte de fervor, alienta a todos a favorecer la obra de la iglesia, y en presencia de todos profetiza, hablando en francés con voz clara, que llegará a haber en ella un monasterio de santas vírgenes de Cristo. Y es que siempre que le penetraban los ardores del Espíritu Santo, comunicaba, expresándose en francés, las ardientes palabras que le bullían dentro, conociendo de antemano que en aquella nación singularmente le habían de tributar honor y culto especial.

 

Capítulo IX

Los alimentos, mendigados de puerta en puerta

14. Desde que comenzó a servir al Señor de todos, quiso hacer también cosas asequibles a todos, huyendo en todo de la singularidad, que suele mancharse con toda clase de faltas.

Así, al tiempo en que se afanaba en la restauración de la iglesia que le había mandado Cristo, de tan delicado como era, iba tomando trazas de campesino por el aguante del trabajo. Por eso, el sacerdote encargado de la iglesia, que lo veía abatido por la demasiada fatiga, movido a compasión, comenzó a darle de comer cada día algo especial, aunque no exquisito, pues también él era pobre. Francisco, reflexionando sobre esta atención y estimando la piedad del sacerdote, se dijo a sí mismo: «Mira que no encontrarás donde quieras sacerdote como éste, que te dé siempre de comer así. No va bien este vivir con quien profesa pobreza; no te conviene acostumbrarte a esto; poco a poco volverás a lo que has despreciado, te abandonarás de nuevo a la molicie. ¡Ea!, levántate, perezoso, y mendiga condumio de puerta en puerta».

Y se va decidido a Asís, y pide cocido de puerta en puerta, y, cuando ve la escudilla llena de viandas de toda clase, se le revuelve de pronto el estómago; pero, acordándose de Dios y venciéndose a sí mismo, las come con gusto del alma. Todo lo hace suave el amor y todo lo dulce lo hace amargo.

 

Capítulo X



El desprendimiento de bienes del hermano Bernardo

15. Un hombre de Asís llamado Bernardo, que después fue un hijo perfecto, al decidir despreciar del todo el siglo a imitación del varón de Dios (cf. 1 Cel 24), pide consejo a éste. En la consulta se expresó en estos términos: «Padre, si alguien hubiera poseído por largo tiempo bienes de un señor y no quisiere retenerlos ya más, ¿cuál sería el partido más perfecto que tomaría acerca de ellos?»

El varón de Dios le respondió diciendo que el de devolverlos todos a su señor, de quien los había recibido. Y Bernardo: «Sé que cuanto tengo me lo ha dado Dios, y estoy ya dispuesto a devolverle todo, siguiendo tu consejo». «Si quieres probar con los hechos lo que dices -concluyó el Santo-, entremos mañana de madrugada en la iglesia y pidamos consejo a Cristo, con el evangelio en las manos» (cf. 1 Cel 92).

Entran, pues, en la iglesia con el amanecer, y, previa devota oración, abren el libro del evangelio, decididos a cumplir el primer consejo que encuentren. Ellos abren el libro; Cristo, su consejo: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres (Mt 19,21). Hacen lo mismo por segunda vez, y dan con esto: No toméis nada para el camino (Lc 9,3). Lo repiten por tercera vez, y dan con esto otro: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo (Lc 9,23). Ninguna vacilación: Bernardo cumple todo al pie de la letra, sin dejar pasar ni una iota.

Muy pronto son muchísimos los que se desprenden de los espinosos cuidados del mundo y vuelven, tomando a Francisco por guía, a la patria, al bien infinito. Sería largo decir cómo cada uno de ellos ha logrado el premio de la vocación divina.

 

Capítulo XI

La parábola que propuso ante el papa

16. Cuando Francisco se presentó con los suyos al papa Inocencio para pedir la aprobación de la regla de su vida (10), viendo el papa que el plan propuesto por Francisco sobrepasaba las fuerzas normales, le dijo, como hombre muy discreto: «Hijo, pide a Cristo que nos manifieste por ti su voluntad, para que conociéndola accedamos con mayor seguridad a tus piadosos deseos». Acata el Santo la orden del pastor supremo, recurre confiado a Cristo, ora con insistencia y exhorta a los compañeros a orar devotamente a Dios. Es más: obtiene respuesta en la oración, y transmite a los hijos un mensaje de salud. La conversación familiar de Cristo se da a conocer mediante parábolas:

«Francisco -le dice-, así hablarás al papa: Había en un desierto una mujer pobre, pero hermosa. Por su mucha hermosura llegó a amarla un rey; convino gustoso con ella, y tuvo de ella hijos graciosísimos. Algo mayores ya éstos y educados en nobleza, la madre les dice: "No os avergoncéis, queridos, de ser pobres, pues sois todos hijos de un gran rey. Idos en hora buena a su corte y pedidle cuanto necesitéis". Ellos, al oír esto, se admiran y alegran, y, animados con que se les ha dado fe de su linaje real, sabedores de que son futuros herederos, la pobreza misma la miran ya como riqueza. Se presentan confiados al rey, sin temer severidad en él, cuyos rasgos ostentan. El rey se reconoce retratado en ellos, y pregunta, sorprendido, de quién son hijos. Y como ellos aseguraran ser hijos de una mujer pobre que vive en el desierto, abrazándolos dice: "Sois mis hijos y mis herederos; no temáis. Si los extraños comen de mi mesa, más justo es que me esmere yo en alimentar a quienes está destinada con todo derecho mi herencia". Y el rey manda luego a la mujer que envíe a la corte, para que se alimenten en ella, todos los hijos tenidos de él».

El Santo se llena de alegría con la parábola y lleva luego al papa la respuesta divina (11).

17. Esta mujer representaba a Francisco, por la fecundidad en muchos hijos, no por lo que tienen de molicie los hechos; el desierto es el mundo, inculto entonces y estéril en enseñanzas virtuosas; la descendencia hermosa y numerosa de hijos, el gran número de hermanos, hermoseado con toda suerte de virtudes; el rey, el Hijo de Dios, a quien, por la semejanza que les da la santa pobreza, reproducen configurados con él, y se alimentan de la mesa real, sin avergonzarse de su pobreza, pues, contentos de imitar a Cristo y viviendo de limosna, están seguros de que a través de los desprecios del mundo llegarán a ser bienaventurados.

El señor papa se admira de la parábola propuesta y ve claro que Cristo mismo le ha hablado en este hombre. Se acuerda de una visión tenida pocos días atrás, que -afirma, ilustrado por el Espíritu Santo- se cumplirá precisamente en este hombre. Había visto en el sueño que la basílica de Letrán estaba a punto de arruinarse y que un religioso pequeño y despreciable, arrimando la espalda, la sostenía para que no cayera. «Ciertamente -dijo- es este quien con obras y enseñanzas sostendrá la Iglesia de Cristo». Por eso, el señor papa accede con facilidad a la petición de Francisco; por eso, lleno de devoción divina, amó siempre con amor especial al siervo de Dios. Y le otorgó luego lo pedido, y, ofrecido a él, prometió que le otorgaría aún mucho más.

Desde esa hora, en virtud de la facultad que se le había concedido (12), Francisco empezó a esparcir la semilla de virtudes y a predicar con mayor fervor por ciudades y castillos. 

 

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