Viernes 1 de octubre de 2010 Teresa del Niño Jesús



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Viernes 1 de octubre de 2010

Teresa del Niño Jesús


EVANGELIO

Lucas 10, 13-16


13¡Ay de ti, Corozain; ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho las potentes obras que en vosotras, hace tiempo que se habrían arrepentido ves­tidas de saco y sentadas en ceniza. 14Por eso, el juicio le será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. 15Y tú, Cafarnaún, ¿piensas encumbrarte hasta el cielo? Bajarás al abismo.

16Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí; y quien me re­chaza a mi, rechaza al que me ha enviado.

COMENTARIOS


I
vv. 13-16. «¡Ay de ti Corozain..., Betsaida..., Cafarnaún!». Jesús contrasta tres ciudades de Galilea con Sodoma, Tiro y Sidón, tres ciudades paganas. Se trata de dos descripciones com­pletas (tres nombres), a la par que reales (nombres propios), de dos situaciones antagónicas. Con esta sentencia Jesús prevé ya que la respuesta de los paganos será muy superior a la del pueblo escogido. No siempre los hombres religiosos y observantes son el mejor terreno de cultivo para la experiencia del reino.

II
El texto de hoy nos pone de relieve el aspecto conflictivo de la misión cristiana: de la misma manera que Jesús se encontró con el rechazo, la hostilidad; de igual modo le ocurrirá a los que han decidido seguirle en el aquí y el ahora de la historia de la humanidad, y hacen vigente su proyecto liberador. En el contexto inmediato lucano, la mención de Corozaín y Betsaida es la advertencia dirigida a las comunidades para que respondieran favorablemente a la palabra de Dios y no imitaran las respuestas de algunas ciudades de Galilea ante la misión de Jesús. De fondo, el evangelista quiere mostrarnos una enseñanza pedagógica para la misión del cristiano hoy: la gran dificultad de lograr una genuina respuesta creyente y creíble es la de esperar “milagros” para manifestar maduramente su fe. La respuesta a la palabra de Dios manifestada en Jesús no debe estar supeditada a acciones deslumbrantes, sino a la convicción sensata y hondamente arraigada en el corazón de las comunidades creyentes que manifiestan su plena certeza sobre el designio salvífico de Dios en la historia por medio de la evangelización y del trabajo por la justicia, la paz y la integridad de la creación.


Sábado 2 de octubre de 2010

Santos Ángeles Custodios
EVANGELIO

Lucas 10, 17-24


17Los setenta regresaron muy contentos y le dijeron:

-Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre.

18El les contestó:

-¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo! 19Yo os he dado la potestad de pisar serpientes y es­corpiones y todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá haceros daño. 20Sin embargo, no sea vuestra alegría que se os someten los espíritus; sea vuestra alegría que vuestros nombres están escritos en el cielo.

21En aquel preciso momento, exultante con el gozo del Espíritu Santo, exclamó:

-¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien. 22Mi Padre me lo ha entregado todo: quién es el Hijo, lo sabe sólo el Padre; quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23 Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:

-¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! 24Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros y no lo oyeron.

COMENTARIOS


I
LA ALEGRÍA POR UN TRABAJO BIEN HECHO

«Los Setenta regresaron muy contentos» (10, 17a). El retorno de los Doce no fue alegre. Los Setenta, despreciados por los judíos por el mero hecho de ser samaritanos, han experimentado la alegría que brota de una tarea bien hecha. «Señor, hasta los demonios se nos someten por tu nombre» (10, 17b). Se dan cuenta de que han liberado a mucha gente de falsas ideologías, de todo aquello que los fanatizaba y nos les permitía ser hombres libres. Y esto, a pesar de que no se ha dicho -a diferencia de los Doce- que Jesús les hubiese dado «poder y autoridad sobre toda clase de demonios» (cf. 9,1). Sólo libera quien es verdade­ramente libre. Jesús interpreta la liberación producida por los Setenta como el principio del fin de los adversarios del plan de Dios, personificados por el adversario por antonomasia: « ¡Ya veía yo que Satanás caería del cielo como un rayo! » (10,18). Los Doce, ávidos de venganza contra los samaritanos, le habían pro­puesto: «Señor, si quieres, decimos que caiga un rayo y los aniquile» (9,54). Jesús los conminó como si estuviesen endemo­niados (9,55). La escala de valores del «mundo», como «sistema» de dominación y de poder, toma posesión del hombre invirtiendo los planes del designio de Dios. Las consecuencias están a la vista: hambre, miseria, paro, guerras, droga, malversación de fondos, terro­rismo, inseguridad ciudadana... Mientras no se produzca un cam­bio radical de valores, no haremos más que ponerle remiendos.

Para designar los principios falsos de la sociedad, Jesús em­plea términos seculares: «serpientes y escorpiones», «el ejército enemigo». A pesar del veneno y del poder destructor que alma­cenan, «nada podrá haceros daño», puesto que «os he dado potestad para pisotearlos» (10,19). No hay bomba atómica o de neutrones que pueda neutralizar el empuje de una teología real­mente liberadora.

«Sin embargo, no sea vuestra alegría que se os sometan los espíritus; sea vuestra alegría que vuestros nombres están escritos en el cielo» (10,20). Jesús no quiere ninguna especie de depen­dencia ni de complacencia: la alegría ha de consistir en la expe­riencia interior de sentirse hijos amados de Dios. Todo aquello que es externo, se puede contabilizar... y esfumarse. Lo que sale de dentro, configura y realiza la persona.


JESUS PRORRUMPE EN UN CANTICO DE ALABANZA

«En aquel preciso momento, con la alegría del Espíritu Santo, Jesús exclamó...» (10,2 la). A pesar de ser Jesús un hombre alegre y feliz, que comía y bebía con todos, y no un asceta por el estilo de Juan Bautista, solamente aquí se transparenta su alegría. Se trata de uno de los procedimientos literarios más bellos e inten­cionados: el autor quiere dar el máximo relieve posible a los hechos que han ocurrido por primera vez. Finalmente, hay un grupo de discípulos que ha sido capaz de expulsar las falsas ideologías que encadenaban a la gente. Jesús está en sintonía con los Setenta. A través de la misión bien hecha, llevada a cabo por estos personajes anónimos, y de la reacción exultante de Jesús, Lucas anticipa cómo será la misión ideal: abierta, universal, liberadora. «Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra» (10,21b). Jesús deja transparentar su experiencia de Dios, «Pa­dre», y prorrumpe en un canto de alabanza porque ya no hay dicotomía entre el plan de Dios («cielo») y su realización concreta («tierra»). Este plan se ha ocultado a los «sabios y entendidos», los letrados o maestros de la Ley (cf. 5.17.21.30; 7,30), y a los que se tienen por «justos» (cf. 5,32), pues sus intereses mezquinos hacen que sus conocimientos científicos no sean útiles a la comu­nidad -su influencia se deja sentir incluso en los discípulos israelitas, los Doce, seguros de si mismos y de sus instituciones religiosa-, y se ha revelado a los «pequeños», a los Setenta, despreciados por su origen étnico y religioso, pero con capacidad para comprender las líneas maestras del designio de Dios. Son hombres sin fachada.

Jesús cierra la acción de gracias como la había iniciado: «Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien» (10,21c). Estamos cansados de repetir que los planes de Dios no van parejos con los nuestros, pero lo decimos en otro sentido. Los «nuestros» son los planes de la sociedad en la que nos encontra­mos inmersos: pretendemos eficacia, salud, pesetas, quisiéramos figurar como la única religión verdadera, ser respetados por los poderosos, aparecer en los medios de comunicación... Jesús tiene otros valores, valo­res que han comprendido los sencillos, los pequeños, los que ya están al servicio de los demás, los que no tienen aspiraciones y están abiertos a todos.

De la acción de gracias Jesús pasa a una revelación que habría firmado el propio evangelista Juan: «Mi Padre me lo ha entrega­do todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (10,22). Jesús tiene conciencia de conocer a fondo el plan de Dios. Ha tomado conciencia de ello en el Jordán, cuando se abrió el cielo de par en par, bajó el Espíritu Santo sobre él y la voz del Padre lo manifestó como su Hijo amado: «Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado» (cf. 3,21-22). La comunidad de Espíritu entre el Padre y el Hijo explica esta relación de intimidad, que, por primera vez, Jesús revela a sus íntimos. Sólo conoce al Padre aquel que recibe el Espíritu de Jesús y experi­menta así el amor del Padre. El conocimiento que el estudio de la Ley, la Escritura, procuraba a los «sabios y entendidos» no es verdadero conocimiento. Estaba falto del conocimiento por experiencia que sólo puede procurar el Espíritu de Jesús.


JESUS PROPONE A LOS DOCE EL MODELO

YA ALCANZADO POR LOS SETENTA

A continuación Jesús muestra a los Doce, los discípulos pro­cedentes del judaísmo, este plan ya inicialmente realizado por los Setenta: «Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (10,23). «Volverse» constituye una marca típica del evangelista para indicar un cambio de ciento ochenta grados en la actitud de Jesús respec­to a un determinado personaje o colectividad, motivado por un hecho nuevo que se acaba de producir (c£ 7,9.44; 9,55; 10,23; 14,25; 22,61; 23,28); «tomar aparte» indica, además, que un grupo determinado tiene necesidad de una lección particular, en vista de la resistencia que ofrece a su proyecto (cf. 9, 10b; 10,23). Jesús muestra a los Doce cuales son los frutos de una misión bien ejecutada. También ellos deben alegrarse, sin reser­vas, porque la utopía del reino es viable.

Si nos planteamos realizar el reino de Dios sin contar con los medios humanos y con toda sencillez, comprobaremos que funciona. Hacía años y más años que se esperaba este momento. «Profetas», hombres que intuyeron cuál era el plan de Dios sobre el hombre, y «reyes», los principales responsables del pueblo de Israel, «desearon ver lo que vosotros veis», a saber: lo que los Setenta ya han llevado a cabo, «y no lo vieron», puesto que el plan de Dios no se había aún encarnado en un hombre de carne y hueso; «y oír lo que oís vosotros», ese estallido de gozo y alegría, «y no lo oyeron», pues no había nadie que se lo procla­mase. El éxito del reino en Samaria, la región medio pagana, es prenda de universalidad. Se está cumpliendo la promesa del reino mesiánico (Sal 2,8; 72,10-11; Dn 4,44; 7,27). Es la respuesta de Jesús a la segunda tentación (cf. Lc 4,6-7): la universalidad del reino mesiánico no se logrará mediante el dominio ni por la ostentación de poder y de gloria, sino liberando a los hombres del yugo que los agobia.

II
El regreso de los setenta y dos discípulos es una experiencia enmarcada por la alegría y el gozo de haber cumplido con la misión otorgada por el Maestro y las consecuencias de la misma: la misión realizada por el mismo Jesús y sus enviados ha destruido el poder de las fuerzas del mal. En otras palabras, el seguimiento valiente y la evangelización sin espectáculo, de toda persona que se adhiere al proyecto de Dios, es el testimonio que va en contra de todo tipo de opresión y de cualquier forma de dominio que destruya la dignidad del ser humano. Por tanto, el sentido de la misión de los setenta y dos sigue presente hoy: mostrar que Dios sigue escribiendo en el libro de la Vida los nombres de aquellos hombres y mujeres que están de acuerdo con su designio salvífico, y que sigue derramando sus dones sobre la comunidad creyente, comunidad de pobres y marginados, que han sabido comprender las exigencias del discipulado. La fe en Jesús nos exige a nosotros sus discípulos que sigamos optando a favor de los más pequeños, que vivamos con alegría y gozo, y que mostremos en nuestro acontecer cotidiano la acción humanizadora del Espíritu.

El famoso «ángel de la guarda» o ángel custodio fue una manera de «reificar» (dar realidad) y «personificar» (imaginar como «persona») al cuidado o atención que Dios tiene hacia cada uno de nosotros. Era la forma más espontánea, más fácil y más inteligible para explicar o presentar esa convicción. La convicción, en sí misma, es buena, y legítima. Pero el recurso pedagógico de «reificar y personificar» ese «cuidado divino», es ya otra cosa. Es comprensible que se diera así en los tiempos pasados -y tal vez no podía ser de otra manera-, pero es igualmente comprensible que ya no puede seguir siendo así. «No hay que multiplicar los entes sin necesidad», decía un adagio escolástico clásico. No hay por qué «personificar» el cuidado que Dios nos tiene (hablando en lenguaje teísta): basta con aceptarlo y corresponder a él. Hoy no podemos creer en un «segundo piso» superior donde habitarían los seres espirituales celestiales... El mundo es el mundo, tal como lo vamos conociendo cada día mejor, y un sentido de prudencia y realismo nos exige ceñirnos a él, abandonando imaginaciones, por muy ontológicas, piadosas que puedan parecer.

Dicho esto, cabe la posibilidad de recuperar una «segunda ingenuidad», por la que podemos seguir hablando de los ángeles de la guarda, pero sabiendo ya de qué hablamos y qué tipo de lenguaje adoptamos para ello.

Domingo 3 de octubre de 2010

27º domingo de tiempo ordinario

Francisco de Borja


VIGESIMO SEPTIMO DOMINGO DE TIEMPO ORDINARIO

Primera lectura: Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4

Salmo responsorial: 94, 1-2. 6-7. 8-9

Segunda lectura: 2 Tim 1, 6-8. 13-14

EVANGELIO

Lucas 17, 5-10


5Los apóstoles le pidieron al Señor:

-Auméntanos la fe. 6El Señor contestó:

-Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, le di­ríais a esa morera: "quítate de ahí y tírate al mar", y os obedecería.

7Pero suponed que un siervo vuestro trabaja de labra­dor o de pastor. Cuando vuelve del campo, ¿quién de vo­sotros le dice: "Pasa corriendo a la mesa"? 8No, le decís:

"Prepárame de cenar, ponte el delantal y sírveme mientras yo como; luego comerás tú". 9¿Tenéis que estar agrade­cidos al siervo porque hace lo que se le manda? 10Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos he­cho lo que teníamos que hacer".

COMENTARIOS


I
«Los apóstoles le pidieron al Señor: -Auméntanos la fe. El Señor contestó: -Si tuvierais una fe como un grano de mostaza, le diríais a esa morera: 'Arráncate y tírate al mar', y os obedecería» (Lc 17,5-6).

Fe como un grano de mostaza, pequeña semilla del tama­ño de una cabeza de alfiler. Con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con una orden una morera y plantarla en el mar. Un mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Mateo, en su evangelio, lo pone más difícil todavía: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría» (Mt 17,20). Algunos comentaristas dicen que Jesús se refería al monte santo de Jerusalén, donde se encontraba el templo con su sistema reli­gioso reaccionario, inamovible, legalista, opresor del pueblo, en connivencia con los poderes políticos. Con un mínimo de fe bastaría, según Jesús, para trasladar ese monte, para cam­biar ese sistema.

Miro a mi alrededor, a los cristianos, y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos... Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tie­nen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo a recitar de memoria que en poco atañe a la vida? Un credo denso e ininteligible en muchos de sus artículos, con un lenguaje perteneciente al pasado: 'Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, no creado, engendrado, de la misma naturaleza que el Padre...'

Las palabras de Jesús siguen resonando: « Si tuvierais fe como un grano de mostaza... » O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el evangelio, tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema mundano.

Sigo mirando a mi alrededor, y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende económicamente del Estado, capaz de echarle un pul­so al poder político y vencer, identificada con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión prio­titaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: «Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu rique­za, y anda, sígueme a mí» (Lc 18,22). «Las zorras tienen ma­drigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58). «No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir» (Lc 12,22). «Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vos­otros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve» (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar el sistema.

II
DON Y RESPONSABILIDAD

La fe es don de Dios, pero también es tarea; es un regalo de vida y de libertad que está permanentemente ofrecido a todo el que lo quiera aceptar. Pero hay que ir a buscarlo allí donde está el Dios de la libertad y vida, y para ello hay que abandonar a los dioses del miedo y la esclavitud. Esa es nuestra responsabi­lidad.
PELIGRO DE ESCANDALO

La parábola del rico y el pobre Lázaro, que comentábamos el domingo pasado, constituye la denuncia de una doctrina escandalosa (escandalizar no es «asombrar», sino poner a uno en peligro de hacer las cosas mal) que llevaba a la gente sencilla a considerar qué nada se podía hacer para vencer el sufrimiento y la injusticia, puesto que, según ellos, las cosas eran como eran porque así lo quería Dios; ya se encargaría el Señor de compensar en la otra vida a los que lo pasaran mal en ésta. Esta enseñanza provocaba escándalo porque lle­vaba a la gente a adoptar una actitud contraria a la voluntad de Dios, cómplice, conformista y resignada ante la injusticia. Jesús se lamenta ante sus discípulos por la facilidad con que prende esta doctrina en la gente sencilla. «Es inevitable que sucedan esos escándalos...», al mismo tiempo, lanza una seria advertencia contra los que la enseñan: «... pero ¡ay del que los provoca! Más le valdría que le encajaran en el cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar antes que escanda­lizar a uno de estos pequeños. Andaos con cuidado» (Lc 17,1-3a). Jesús dirige este aviso a sus discípulos, en especial a los de origen judío, quienes, dominados durante mucho tiempo por las doctrinas fariseas, eran más propensos a per­mitir que las mismas influyeran en su manera de pensar, actuar y hablar.


AUMENTANOS LA FE

Los apóstoles le pidieron al Señor:

Auméntanos la fe.
El único medio eficaz de evitar ese peligro es la fe, que, ya lo sabemos, no es sólo aceptar una serie de verdades teó­ricas, sino ponerse de parte de Jesús en su conflicto con la injusticia del mundo, el pecado, y en la tarea de realizar el proyecto que los evangelios llaman el reino de Dios: convertir este mundo en un mundo de hermanos.

Esta fe es don gratuito de Dios, que permanentemente ofrece al hombre su vida, que, aceptada por éste, se convierte en capacidad de amor y de entrega. Pero, por otro lado, la aceptación de este don tiene que ser una decisión personal, libre y responsable. Dentro de este segundo aspecto se incluye, como condición previa, el romper con todo -ideas y compor­tamientos- cuanto sea incompatible con un Dios que quiere ser Padre de todos aquellos que estén dispuestos a vivir como hermanos.

Este compromiso asusta, sobre todo a quienes no están acostumbrados al ejercicio de la libertad, y lo mismo que al encontrarse frente a una situación de injusticia lo más fácil es descargar en Dios nuestra responsabilidad (Dios lo ha he­cho así; nosotros sólo podemos acatar su voluntad), de la misma manera, al saber que Dios quiere que el hombre sea libre también de/ante de El, el miedo se apodera de los que aún no han dejado de ser esclavos y, aferrándose a un Dios que sólo exige sumisión y obediencia, prefieren seguir siendo un pobre siervo.
POBRES SIERVOS

Pero suponer que un siervo vuestro... ¿Tenéis que estar agradecidos al siervo porque hace lo que se le manda? Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».


Jesús ve este miedo en la petición de los discípulos. Por eso su respuesta resulta dura: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza... » Y sus palabras sólo como un reproche se pue­den entender en el contexto del evangelio. No es posible que Jesús, a los mismos que les había dicho: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; así ten­dréis una gran recompensa y seréis hijos del Altísimo... » (Lc 6,35), diga ahora: «Cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer"».

A los discípulos les resultaba difícil confiar que pudiera cambiar el mundo y ser desarraigada la injusticia de la socie­dad humana, les costaba trabajo creer que la fuerza del amor pudiera acabar de raíz con el sufrimiento del pobre Lázaro; era más fácil esperar a la otra vida... Por eso, al escuchar la parábola, le piden a Jesús: «Auméntanos la fe». Pero Jesús no se la podía aumentar: eran ellos los que debían dar los pasos necesarios para llegar a ella. Su fe no era ni siquiera «como un grano de mostaza»; porque aún no habían puesto la condición previa a la fe, no habían roto con sus antiguas ideas sobre Dios y sobre el mundo, todavía no se habían atrevido a aceptar que Dios es Padre y no amo. Estaban todavía en la tierra de la esclavitud y tenían miedo de ponerse en camino en busca de la tierra prometida. Como el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,25-32; véase comentario núm. 13), no se atrevían a ser hijos, no se atrevían a ser libres... Así no podían ser agentes de liberación.

III
Mientras «los apóstoles» sigan creyendo que su fuerza radica en los medios humanos y su eficacia depende de la observancia religiosa, tendrá validez para ellos la triste comprobación de Jesús: «Pues vosotros lo mismo: cuando hayáis hecho todo lo que os han mandado», la observancia minuciosa de la Ley, «de­cid: "No somos más que unos simples criados, hemos hecho lo que teníamos que hacer"» (17,10). Es curioso que muchos, en­tendiendo mal este dicho irónico de Jesús, se identifican con estos «criados», ignorando que son «hijos» de Dios.

JESUS INICIA LA TRAVESIA QUE CULMINARA EN EL CALVARIO

«Sucedió que, yendo camino de Jerusalén, también él, Jesús, se puso a atravesar por entre Samaria y Galilea» (17,11). Nuevo escenario: la tierra de nadie, como quien dice, que discurre 'por entre Samaria' (región intermedia, heterodoxa) 'y Galilea' (re­gión del Norte), camino de 'Jerusalén' (capital de la Judea, región del Sur, designada con el nombre sacro, en representación de la institución judía política y religiosa). La expresión 'también él' es anafórica, es decir, hace referencia a otro personaje que, como Jesús, inició una 'travesía' que ha quedado grabada en la memoria de los oyentes. Lucas emplea con frecuencia esta expre­sión. Recordad la escena de Marta y María: «Sucedió que, mientras ellos (los discípulos) hacían camino, también él, Jesús, entró en una aldea» (10,38). Jesús inicia, pues, una nueva travesía histórica en dirección a 'Jerusalén', la capital y punto neurálgico de la tierra prometida. (De hecho, la 'travesía' culminará en el templo, con la denuncia de la institución religiosa del judaísmo: 19,45-46.) Es probable que Lucas haga referencia ya sea al paso del mar Rojo, por obra de Moisés (Ex 14), ya sea a la travesía del Jordán, antes de entrar en la tierra prometida, por obra de Josué (= Jesús, en griego: Jos 3): en una y otra travesía se subraya un 'atravesar por entre' dos cosas. Según eso, Jesús emprendería ahora la última 'travesía' en el marco del 'camino' que lo llevará al futuro de la tierra prometida, 'Jerusalén'/el templo. Según se ha dicho al comienzo de este 'camino', Jesús se encamina hacia allí con el fin de encararse con la institución judía y denunciar la mentalidad idólatra de Israel.




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