Visiones De Robot Titulo Original: Robot Visions introducción crónicas del robot ¿Qué es un robot? Podemos definirlo de forma breve y comprensiva como «un objeto artificial que se parece a un ser humano»



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¡MUY MAL!

LAS TRES LEYES DE LA ROBÓTICA



  1. Un robot no puede hacer daño a un ser humano, o, por medio de la inacción, permitir que un ser humano sea lesionado.

  2. Un robot debe obedecer las órdenes recibidas por los seres humanos excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la Primera Ley.

  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no sea incompatible con la Primera o la Segunda Ley.

Gregory Arnfeld en realidad no se estaba muriendo, pero sin duda existía un claro límite a lo que le quedaba de vida. Tenía un cáncer inoperable y había rechazado, enérgicamente, toda sugerencia de tratamientos químicos o terapia radiactiva.

Apoyado contra las almohadas, sonrió a su mujer y dijo:

— Soy el caso perfecto. Lo llevarán Tertia y Mike.

Tertia no sonrió. Parecía terriblemente preocupada.

— Hay tantas cosas que se pueden hacer, Gregory. Sin duda Mike es un último recurso. Puedes no necesitar esa cosa.

— No, no. Para cuando me hubiesen atiborrado de sustancias químicas y remojado con radiación, haría tanto tiempo que me habría ido que no existiría una prueba razonable... Y por favor no llames a Mike «cosa».

— Estamos en el siglo XXII, Greg. Hay muchos medios para tratar el cáncer.

— Sí, pero Mike es uno de ellos, y creo que el mejor. Estamos en el siglo XXII, y sabemos lo que pueden hacer los robots. Ciertamente, yo lo sé. He tratado más a Mike que a cualquier otro. Tú lo sabes.

— Pero no puedes pretender utilizarlo sólo para enorgullecerte del proyecto. Ademas, ¿hasta qué punto estás seguro de la miniaturización? Es una técnica incluso más nueva que la robótica.

Arnfeld asintió.

— De acuerdo, Tertia. Pero los muchachos de la miniaturización parecen seguros. Pueden reducir o restablecer constantes de Planck de una forma según ellos razonablemente segura, y los controles que lo hacen posible están introducidos en Mike. Puede disminuir y aumentar de tamaño a voluntad sin que su entorno se vea afectado.

— Razonablemente seguros -dijo Tertia con ligera amargura.

— Esto es todo lo que se puede pedir, sin duda. Piensa en ello, Tertia. Soy privilegiado por formar parte del experimento. Pasaré a la historia como el principal proyectista de Mike, pero esto será secundario. Mi mayor hazaña será el haber sido tratado con éxito por un minirrobot; por elección propia, por iniciativa propia.

— Ya sabes que es peligroso.

— Todo tiene sus peligros. Las sustancias químicas y la radiación tienen efectos secundarios. No pueden trabajar a un ritmo lento sin pararse. Me pueden permitir vivir una especie de semivida aburrida. Y el no hacer nada ciertamente me matará. Si Mike hace su trabajo convenientemente, me curaré del todo, y si se reproduce de nuevo -Arnfeld sonrió alegremente-, Mike también puede volver a hacerlo.

Extendió una mano para coger la de ella.

— Tertia, tú y yo sabíamos que esto iba a llegar. Déjame hacer algo por ello, un experimento glorioso. Aunque falle, y no fallará, será un experimento glorioso.

Louis Secundo, del grupo de miniaturización, dijo:

— No, señora Arnfeld. No podemos garantizar el éxito. La miniaturización esta íntimamente ligada a la mecánica cuántica, y hay aquí un fuerte elemento de carácter imprevisible. Cuando MIK-27 se reduce de tamaño, existe siempre la posibilidad de que tenga lugar una repentina e imprevista redilatación, naturalmente matando al... paciente. Cuanto más se reduce el tamaño, cuanto mas diminuto se vuelve el robot, mayor es el riesgo de redilatación. Y cuando empieza a dilatarse de nuevo, la posibilidad de un repentino y acelerado estallido es todavía mayor. La redilatación es la parte realmente peligrosa.

Tertia movió la cabeza.

— ¿Cree usted que va a suceder?

— No sabemos las posibilidades que existen, señora Arnfeld. Pero la posibilidad nunca es cero. Debe comprender esto.

— ¿Lo comprende el doctor Arnfeld?

— Claro. Hemos hablado de ello con detalle. Considera que las circunstancias lo justifican -titubeó antes de seguir-: Igual que nosotros. Sé que usted pensará que no todos estamos corriendo el riesgo, pero estaremos algunos de nosotros, y por otra parte consideramos que el experimento merece la pena. Más importante todavía, así lo cree el doctor Arnfeld.

— ¿Y si Mike comete un error o se reduce demasiado a causa de un fallo técnico en el mecanismo? Se redilataría seguro, ¿verdad?

— Nunca se vuelve bastante seguro. Se queda en lo estadístico. La posibilidad aumenta si él se hace demasiado pequeño. Pero, entonces, cuanto más pequeño se vuelve, menos macizo es, y en algún momento critico, la masa se volverá tan insignificante que el mismo esfuerzo por su parte puede mandarlo volando a una velocidad cercana a la de la luz.

— Bien, esto no matará al doctor.

— No. Para entonces, Mike seria tan pequeño que se deslizaría entre los átomos del cuerpo del doctor sin afectarlos.

— ¿Pero qué probabilidad existe de que se redilate cuando sea tan pequeño?

— Cuando MIK-27 se acercase al tamaño del neutrino, por decirlo de alguna forma, su media de vida sería de segundos. Esto es, la probabilidad de que se redilatase en cuestión de segundos es cincuenta-cincuenta, pero para cuando se redilatase, estaría a cien mil millas en el espacio y la explosión resultante produciría únicamente un pequeño estallido de rayos gamma. Además, nada de esto ocurrirá, MIK-27 seguirá sus instrucciones y no se reducirá más de lo que necesita para llevar a cabo su misión.

La señora Arnfeld sabía que tendría que hacer frente a la Prensa de una forma u otra. Se habia negado firmemente a aparecer en holovisión, y la disposición del derecho a la intimidad del Fuero Mundial la protegía. Por otra parte, no podía negarse a contestar preguntas en voz en off. La disposición del derecho a saber no le permitiría un bloqueo informativo general.

Estaba rígidamente sentada mientras la joven que tenía delante decía:

— Aparte de todo, señora Arnfeld, ¿no es una coincidencia bastante extraña que su marido, proyectista jefe de Mike el Microbot, vaya a ser también su primer paciente?

— En absoluto, señorita Roth -dijo la señora Arnfeld con tristeza-. La enfermedad del doctor es el resultado de una predisposición. Ha habido otros en su familia que la han tenido. Me lo dijo cuando nos casamos, así que el asunto no me cogió por sorpresa, y fue por esta razón que no tuvimos hijos. Es también por este motivo que mi marido escogió el trabajo al que ha dedicado toda su vida y trabajó arduamente para producir un robot capaz de miniaturización. Siempre pensó que al final seria su paciente, ¿comprende?

La señora Arnfeld insistió para tener una charla con Mike y, dadas las circunstancias, ello no podía ser negado. Ben Johannes, que trabajaba desde hacía cinco años con su marido y a quien ella conocía lo suficientemente bien como para líamarse por el nombre de pila, la acompañó al alojamiento del robot.

La señora Arnfeld había visto a Mike poco después de su construcción, cuando estaba pasando por sus primeras pruebas, y él la recordaba. Le dijo, con su voz curiosamente neutral, de dulzura demasiado uniforme para ser del todo humana:

— Me alegro de verla, señora Arnfeld.

No era un robot con una buena forma. Era de cabeza puntiaguda y base muy pesada. Casi cónico, con la punta hacia arriba. La señora Annfeld sabía que ello era ponque su mecanismo de miniaturización era voluminoso y abdominal, y porque su cerebro también tenía que ser abdominal a fin de aumentar la velocidad de respuesta. Su marido le había explicado que insistir en un cerebro detrás de un cráneo grande era un antropomorfismo innecesario. Sin embargo hacía que Mike pareciese ridiculo, casi imbécil. La señora Arnfeld pensó, inquieta, que el antropomorfismo tenía ventajas psicológicas.

— ¿Estas seguro de comprender tu tarea, Mike? -dijo la señora Arnfeld.

— Completamente, señora Arnfeld -dijo Mike~. Me aseguraré de que todo vestigio de cáncer quede eliminado.

Johannes dijo:

— No sé si Gregory te lo ha explicado, pero Mike puede reconocer fácilmente una célula cancerosa cuando tiene el tamaño adecuado. La diferencia es inequívoca y puede destruir con rapidez el núcleo de cualquier célula que no sea normal.

— Estoy equipado con láser, señora Arnfeld -dijo Mike, con cierto aire de orgullo no expresado.

— Si, pero hay millones de células cancerosas. ¿Cuánto tiempo hará falta para cogerlas, una a una?

— No es completamente necesario una a una, Tertia -dijo Johannes-. Aun cuando el cáncer esté extendido, existe en forma de matas. Mike está equipado para quemar y cerrar los capilares que conducen a las matas, y de esta manera puede morir un millón de células de una vez. Sólo ocasionalmente tendrá que ocuparse de las células de forma individual.

— ¿Aun así, cuánto tiempo hará falta?

El joven rostro de Johannes se transformó en una mueca como si le costase tomar una decisión sobre lo que iba a decir.

— Si queremos hacer un trabajo concienzudo, pueden hacer falta horas, Tertia. Lo admito.

— En cualquier momento de estas horas aumentará el riesgo de redilatación.

Mike dijo:

— Señora Arnfeld, haré lo posible para prevenir la redilatación.

La señora Arnfeld se volvió hacia el robot y dijo con gran seriedad:

— ¿Puedes hacerlo, Mike? Quiero decir, ¿tú puedes evitarla?

— No completamente, señora Arnfeld. Supervisando mi tamaño y haciendo un esfuerzo para mantenerlo constante, puedo minimizar los cambios fortuitos que puedan provocar una redilatación. Naturalmente, es casi imposible hacer esto cuando estoy redilatandome bajo condiciones controladas.

— Si, lo sé. Mi marido me ha explicado que la redilatación es el momento mas peligroso. ¿Pero tú lo intentarás, Mike? Por favor.

— Las leyes de la robótica garantizan que así lo haré, señora Arnfeld -dijo Mike, solemnemente.

Cuando se marchaban, Johannes dijo, en lo que la señora Arnfeld comprendió era un intento de promesa tranquilizadora:

— De verdad, Tertia, tenemos un holosonograma y un detallado escáner catódico de la zona. Mike conoce la localización precisa de todas las lesiones cancerosas significativas. Pasará la mayor parte del tiempo buscando pequeñas lesiones imposibles de detectar con instrumentos, pero esto no se puede evitar. Si podemos, tenemos que localizarlas todas, ¿comprendes?, y ello lleva tiempo. Sin embargo, Mike ha recibido estrictas instrucciones sobre cuánto debe reducirse, y no se hara más pequeño, puedes estar segura. Un robot debe obedecer las órdenes.

— ¿Y la redilatación, Ben?

— Aquí, Tertia, estamos en manos de la cuántica. No hay forma de predecirlo, pero existe una más que razonable probabilidad de que tenga lugar sin problemas. Por supuesto, tendremos que redilatarlo dentro del cuerpo de Gregory lo menos posible; lo suficiente para estar razonablemente seguros de encontrarlo y extraerlo. A continuación será rápidamente introducido en la estancia de seguridad donde se llevará a cabo el resto de la redilatación. Por favor, Tertia, hasta las intervenciones médicas corrientes tienen sus riesgos.

La señora Arnfeld estaba en el cuarto de observación mientras tenía lugar la miniaturización de Mike. También estaban las cámaras de holovisión y representantes escogidos de los medios de comunicación. La importancia del experimento médico era tal que fue imposible evitarlo, pero la señora Arnfeld estaba en una cabina con Johannes por toda compañía, y se entendía que nadie debía acercarse a ella para hacer comentarios, sobre todo si ocurría algo fatal.

¡Fatal! Una completa y repentina redilatación haría saltar la habitación de operaciones por completo y mataría a toda persona allí presente. Por algo estaba bajo tierra y a media milla de distancia del centro de observación.

A la señora Arnfeld le producía cierta escalofriante sensación de seguridad el hecho de que los tres miniaturistas que estaban trabajando en la intervención (que parecían muy tranquilos... muy tranquilos) estuviesen condenados a muerte de forma tan segura como lo estaba su marido en el caso de que sucediese... algo fatal. Ciertamente, podía confiar en que ellos protegerían en extremo sus propias vidas; por consiguiente, no serían caballerosos en la protección de su marido.

Posteriormente, por supuesto, si el proceso se demostraba un éxito, se desarrollarían sistemas para realizarlo de forma automatizada, y sólo el paciente correría riesgos. Entonces, quizás, el paciente podría estar más fácilmente sacrificado al descuido, pero ahora no, ahora no. La señora Arnfeld observaba atentamente a los tres hombres, que trabajaban bajo una inminente sentencia de muerte, para detectar cualquier signo de inquietud.

Observó el proceso de miniaturización (lo había visto antes) y vio cómo Mike se volvía más pequeño y desaparecía. Observó el elaborado proceso de inyectarlo en el lugar adecuado del cuerpo de su marido. (Le habían explicado que habría sido prohibitivo económicamente inyectar por el contrario seres humanos en un medio submarino. Mike, por lo menos, no necesitaba un sistema para mantenerse con vida.)

A continuación las materias giraron en la pantalla, donde se veía la sección aproximada del cuerpo en holosonograma. Era una representación tridimensional, turbia y desenfocada, imprecisa a causa de una combinación del lado finito de las ondas sonoras y de los efectos del movimiento browniano. Mostraba a Mike, confusa y silenciosamente moviéndose a través de los tejidos de Gregory Arnfeld por su corriente sanguínea. Resultaba casi imposible explicar lo que estaba haciendo, pero Johannes describía los acontecimientos de forma lenta y satisfactoria, hasta que ella ya no pudo oírlo más y pidió que la sacasen de allí.

Le habían administrado ligeros sedantes y había dormido hasta la tarde, momento en que Johannes fue a verla. No hacía mucho rato que se había despertado y tardó un momento en recuperar sus facultades. Seguidamente dijo, llena de un repentino temor:

— ¿Qué ha pasado?

Johannes se apresuró a decir:

— Un éxito, Tertia. Un éxito completo. Tu marido está curado. No podemos evitar que el cáncer se reproduzca, pero por ahora está curado.

Ella se echó hacia atrás aliviada.

— Oh, maravilloso.

— Asimismo, ha sucedido algo inesperado y habrá que explicárselo a Gregory. Consideramos que seria preferible que se lo dijeses tú.

— ¿Yo? -Y prosiguió con un renovado acceso de temor-: ¿Qué ha pasado?

Johannes se lo contó.

Hasta al cabo de dos días no pudo ver a su marido por más de un par de minutos. Él estaba sentado en la cama, su cara un poco pálida, pero le sonreía.

— De nuevo a flote, Tertia -dijo con ilusión.

— En efecto, Greg, yo estaba completamente equivocada. El experimento ha sido un éxito y me han dicho que no encuentran ni un rastro de cáncer en ti.

— Bien, sobre esto no podemos tener demasiadas esperanzas. Puede haber una célula cancerosa aquí o allá, pero quizá mi sistema inmunitario se ocupe de ella, sobre todo con la medicación adecuada, y, si algún día se formase de nuevo, para lo cual pueden pasar años, recurriremos otra vez a Mike.

En este punto, frunció el ceño y dijo:

— ¿Sabes?, no he visto a Mike.

La señora Arnfeld guardó un discreto silencio.

Arnfeld dijo:

— Me han estado dando largas.

— Has estado débil, querido, y te han administrado sedantes. Mike estuvo manipulando en tus tejidos y llevando a cabo un necesario pequeño trabajo destructivo. Aunque la operación haya sido un éxito, necesitas tiempo para recuperarte.

— Si estoy lo bastante recuperado para verte a ti, sin duda también lo estoy para ver a Mike, por lo menos lo suficiente para darle las gracias.

— Un robot no necesita que le den las gracias.

— Claro que no, pero yo necesito dárselas. Hazme un favor, Tertia. Sal y diles que quiero ver a Mike en seguida.

La señora Arnfeld titubeó, luego llegó a una decisión. Esperar haría la tarea más dificil para todos. Dijo con tacto:

— El hecho, querido, es que Mike no puede venir.

— ¡No puede venir! ¿Por qué?

— Tenía que escoger, ¿sabes? Limpió tus tejidos maravillosamente bien; hizo un magnífico trabajo, todo el mundo está de acuerdo; y luego tuvo que iniciar la redilatación. Era la parte arriesgada.

— Sí, pero aquí estoy yo. ¿Por qué estás alargando tanto esta historia?

— Mike decidió minimizar el riesgo.

— Naturalmente. ¿Qué hizo?

— Bien, querido, decidió hacerse más pequeño.

— ¡Cómo! No podía. Tenía órdenes de no hacerlo.

— Esto era la Segunda Ley, Greg. La Primera Ley tenía preferencia. Quería estar seguro de que tu vida no corriese peligro. Estaba equipado para controlar su propio tamaño, así que se redujo lo más rápidamente que pudo, y cuando llegó a ser mucho menor que un electrón utilizó su rayo láser, que era para entonces demasiado diminuto para lastimar cualquier parte de tu cuerpo, y el impacto lo despidió volando a casi la velocidad de la luz. Explotó en el espacio exterior. Fueron detectados los rayos gamma.

Arnfeld la miró fijamente.

— No puedes estar queriendo decir eso. ¿Estás hablando en serio? ¿Mike ha muerto?

— Esto es lo que ocurrió. Mike no podía dejar de actuar si ello te evitaba algún daño.

— Pero yo no quería eso. Lo quería sano y salvo para el trabajo futuro. No se habría redilatado de forma incontrolada. Habría salido ileso.

— No podía tener la certeza. No podía poner tu vida en peligro, así que se sacrificó.

— Pero mi vida era menos importante que la suya.

— No para mí, querido. Tampoco para quienes trabajan contigo. Ni para nadie. Ni siquiera para Mike. -Puso una mano sobre la de él-. Vamos, Greg, estás vivo. Estás bien. Esto es todo lo que importa.

Pero él apartó su mano con impaciencia.

— Esto no es todo lo que importa. No lo comprendes. Oh, muy mal. ¡Muy mal!

ROBBIE

— Noventa y ocho... noventa y nueve... cien.

Gloria apartó el pequeño antebrazo que tenía delante de los ojos y permaneció quieta un momento, arrugando la nariz y parpadeando ante la luz del sol. A continuación, intentando mirar en todas las direcciones a la vez, se apartó unos pasos cautelosos del árbol contra el cual había estado apoyada.

Estiró el cuello para investigar las posibilidades de un grupo de arbustos a la derecha y seguidamente se alejó más a fin de obtener un ángulo mejor para observar su oscuro interior. El silencio era profundo salvo por el incesante zumbido de los insectos y el poco frecuente gorjeo de algun pájaro robusto, que desafiaba el sol de mediodía.

Gloria hizo pucheros.

— Apuesto a que se ha metido dentro de la casa y le he dicho un millón de veces que esto no es justo.

Con los finos labios apretados fuertemente y un severo ceño arrugando su frente, se encaminó decidida hacia el edificio de dos plantas situado después de la avenida.

Demasiado tarde oyó el sonido de un crujido detrás de ella, seguido por las claras y rítmicas pisadas fuertes de los pies metálicos de Robbie. Se dio la vuelta para ver cómo su triunfante compañero surgía de su escondite y se dirigía al árbol cabaña a toda velocidad.

Gloria gritó consternada:

¡Espera, Robbie! ¡Esto no es justo, Robbie! Me habías prometido que no correrías hasta que te encontrase.

Sus pequeños pies no podían en absoluto tomar la delantera a las zancadas gigantes de Robbie. Luego, a tres metros de la meta, el paso de Robbie aminoró de repente hasta simplemente arrastrarse, y Gloria, con un impulso final de salvaje velocidad, lo adelantó sin aliento para tocar primero la bienvenida corteza del árbol.

Se volvió con júbilo hacia el fiel Robbie y, con la más baja de las ingratitudes, recompensó su sacrificio echándole cruelmente en cara su falta de habilidad corriendo.

— ¡Robbie no sabe correr! -gritó con el tono más alto de su voz de ocho años-. Le puedo ganar cuando quiera. Le puedo ganar cuando quiera. -Y cantaba las palabras con un ritmo estridente.

Robbie no contestó, por supuesto... no con palabras. Por el contrario, se puso a hacer ver que corría avanzando palmo a palmo hasta que Gloria empezó a correr detrás de él; éste la esquivaba por poco, obligándola a girar en inútiles círculos, con los bracitos extendidos y abanicando el aire.

— ¡Robbie, estáte quieto! -chilló, mientras se reía con sacudidas jadeantes.

Hasta que él se volvió de pronto y la cogió en volandas, haciéndola girar de forma que durante un momento ella vio cómo el mundo descendía debajo de un vacío azul y los árboles verdes se estiraban ávidamente boca abajo hacia el infinito. Luego, otra vez sobre la hierba, apoyada contra la pierna de Robbie y todavía agarrando un duro y metálico dedo.

Al cabo de poco rato, recobró el aliento. Se retocó en vano el pelo despeinado en una vaga imitación de uno de los gestos de su madre y se volvió para ver si el vestido se había roto.

Golpeó con la mano el torso de Robbie.

— ¡Eres un chico malo! ¡Te voy a pegar!

Y Robbie se encogió y se cubrió el rostro con las manos, así que ella tuvo que añadir:

— No. No lo haré, Robbie. No quiero pegarte. Pero en cualquier caso, ahora me toca a mí esconderme porque tú tienes las piernas más largas y habías prometido no correr hasta que te encontrase.

Robbie hizo un gesto de asentimiento con la cabeza -un pequeño paralelepípedo con los ángulos redondos y los extremos inferiores sujetos por medio de un tubo flexible y corto a un paralelepípedo similar pero mucho mayor que servía de torso- y se puso obedientemente de cara al árbol. Sobre sus ojos brillantes descendió una película fina y metálica y desde el interior del cuerpo salió un constante y resonante tic-tac.

— Ahora no mires de reojo... y no te saltes ningún número -advirtió Gloria, que corrió a esconderse.

Los segundos fueron marcados con una regularidad invariable y, al centésimo, se levantaron los párpados y el rojo brillante de los ojos de Robbie rastrearon el entorno. Descansaron por un momento en una guinga abigarrada que sobresalía detrás de una roca. Avanzó unos pasos y se convenció de que Gloria estaba escondida detrás.

Lentamente, permaneciendo siempre entre Gloria y el árbol, avanzó hacia el escondite y, cuando Gloria estuvo completamente a la vista no pudiendo ya siquiera decirse que no había sido vista, él extendió un brazo hacia ella, dando con la otra una palmada a su pierna de forma que sonase. Gloria salió mohína.

— ¡Has mirado! -exclamó, con gran injusticia-. Además, estoy cansada de jugar al escondite. Quiero cabalgar.

Pero Robbie estaba dolido por la injusta acusación, se sentó con cuidado y movió pesadamente la cabeza de un lado al otro.

Gloria cambió inmediatamente de tono, por uno más amable y mimoso.

— Vamos, Robbie. No quería decir eso de que habías mirado. Dame un paseo.

Sin embargo, Robbie no era tan fácil de conquistar. Se puso a mirar fijamente el cielo con porfía y sacudió la cabeza de forma todavía más enfática.

— Por favor, Robbie, por favor, dame una vuelta -dijo ella, mientras rodeaba su cuello con rosados brazos y lo abrazaba fuertemente. Luego, cambiando de pronto de humor, se apartó-. Si no quieres, me pondré a llorar. -Y su rostro se preparó distorsionándose terriblemente.

Insensible, Robbie prestó escasa atención a esta terrible eventualidad, y sacudió la cabeza por tercera vez. Gloria consideró necesario jugar su triunfo.

— Si no quieres -exclamó calurosamente-, no volveré a contarte cuentos, así de simple. Ni uno solo...

Ante este ultimátum, Robbie cedió inmediata e incondicionalmente, asintiendo de forma vigorosa con la cabeza hasta que el metal de su cuello zumbó. Con sumo cuidado, levantó a la niña y la colocó sobre sus anchos y planos hombros.

Las amenazadoras lágrimas de Gloria cesaron de inmediato y canturreó feliz. La piel metálica de Robbie, mantenida a la constante temperatura de veintiún grados por medio de unas bobinas interiores de alta resistencia, era agradable y acogedora, y el sonido maravillosamente fuerte que producían los talones de ella al chocar contra su pecho mientras saltaban de forma rítmica, era encantador.

— Eres una aeronave patrullera, Robbie, eres una grande y plateada aeronave patrullera. Extiende los brazos rectos... Si vas a ser una aeronave patrullera, debes hacerlo, Robbie.

La lógica era irrefutable. Los brazos de Robbie eran alas que cazaban las corrientes aéreas y él era una plateada aeronave patrullera.

Gloria giró la cabeza del robot y la dirigió hacia la derecha. Él se inclinó de lado bruscamente. Gloria equipó la aeronave con un motor que hacia «B-r-r-r» y a continuación con unas armas que decían «Pow-pow» y «Sh-sh-sh-sh-sh». Daban caza a los piratas y entraron en juego los estallidos de la nave. Los piratas caían como moscas.

— Dale a otro... Otros dos -gritó ella.

Luego:


— Más de prisa, chicos -dijo Gloria pomposamente-, nos estamos quedando sin municiones.

Apuntó sobre su propio hombro con valor indomable y Robbie era una nave espacial de nariz contundente que se empinaba en el vacio a la máxima aceleración.

Corrió a gran velocidad a través del campo despejado hasta el sendero de hierba alta del otro lado, donde se detuvo con una brusquedad que provocó un chillido de su sofocado jinete, y seguidamente la dejó caer sobre la suave y verde alfombra.

Gloria respiraba con dificultad, jadeaba y emitía intermitentes susurros exclamativos de:

— ¡Oh, qué bonito ha sido!

Robbie esperó hasta que ella hubiese recobrado el aliento y entonces le estiró suavemente de un rizo.

— ¿Quieres algo? -dijo Gloria, con los ojos abiertos de par en par con una complejidad aparentemente ingenua que no engañó a su «niñera» en absoluto. Le estiró más fuerte del mechón.

— Ah, ya lo sé, quieres un cuento. -Robbie asintió rápidamente.

— ¿Cuál?

Robbie hizo un semicírculo en el aire con un dedo.

La pequeña protestó.

— ¿Otra vez? Te he contado «Cenicienta» un millón de veces. ¿No estás cansado de oírla...? Es para niños.

Otro semicírculo.

— Oh, bien -Gloria se preparó, repasó el cuento en su mente (junto con sus propias elaboraciones que eran varias) y empezó-: ¿Estás preparado? Bien... Érase una vez una hermosa niña que se llamaba Ella. Y tenía una madrastra terriblemente cruel y dos hermanastras muy feas y muy crueles y...

Gloria estaba llegando al punto álgido del cuento -estaba sonando la medianoche y todo estaba volviendo al original y pobre escenario, mientras Robbie escuchaba tensamente con ojos ardientes- cuando llegó la interrupción.

— ¡Gloria!

Era el tono alto de la voz de una mujer que había estado llamando no una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de alguien cuya ansiedad estaba empezando a transformarse en impaciencia.

— Mamá me está llamando -dijo Gloria, no del todo feliz-. Será mejor que me lleves a casa, Robbie.

Robbie obedeció con presteza pues en cierto modo había algo dentro de él que consideraba que lo mejor era obedecer a la señora Weston, sin siquiera una pizca de vacilación. El padre de Gloria rara vez estaba en casa durante el día salvo los domingos -hoy, por ejemplo- y, cuando estaba, la madre de Gloria era una fuente de desasosiegos para Robbie y siempre estaba presente el impulso de escabullirse de su vista.

La señora Weston los vio cuando aparecieron por encima de la mata de hierba alta que los tapaba y entró en la casa a esperarlos.

— Me he quedado ronca de gritar, Gloria -dijo, severamente-. ¿Dónde estabas?

— Estaba con Robbie -dijo Gloria, con voz temblorosa-. Le estaba contando Cenicienta y me he olvidado de que era la hora de comer.

— Bien, es una lástima que Robbie también lo haya olvidado. -Luego, como si esto le hubiera recordado la presencia del robot, se volvió hacia él-. Puedes marcharte, Robbie. Ahora no te necesita. -Y, brutalmente-: Y no vuelvas hasta que te llame.

Robbie dio media vuelta para marcharse, pero titubeó cuando Gloria gritó en su defensa:

— Espera, mamá, deja que se quede. No he terminado de contarle Cenicienta. Le he dicho que se lo contaría y no he terminado.

— ¡Gloria!

— De verdad, mamá, se quedará tranquilo, ni siquiera te darás cuenta de que está. Puede sentarse en la silla del rincón y no dirá ni una palabra, quiero decir no hará nada. ¿Verdad, Robbie?

Robbie, así interpelado, movió una vez en señal afirmativa su maciza cabeza arriba y abajo.

— Gloria, si no paras con esto inmediatamente, no verás a Robbie durante una semana entera.

La niña bajó los ojos.

— ¡Está bien! Pero Cenicienta es su cuento favorito y no lo he terminado... Y le gusta mucho.

El robot se alejó con paso desconsolado y Gloria contuvo un sollozo.

George Weston estaba a gusto. Solía estar a gusto los domingos por la tarde. Una buena y abundante comida a la sombra; un bonito y blando sofá en estado ruinoso para tumbarse; un ejemplar del Times; zapatillas en los pies y el pecho desnudo... ¿cómo podría alguien evitar estar a gusto?

Por consiguiente, no apreció nada que entrase su mujer. Después de diez años de vida matrimonial, era todavía tan indeciblemente estúpido como para quererla y no había duda de que siempre estaba contento de verla; sin embargo las tardes de los domingos eran sagradas para él y su idea de la sólida relajación era que lo dejasen en completa soledad por espacio de dos o tres horas. Por lo tanto, posó firmemente su mirada en los últimos informes sobre la expedición Lefebre-Yoshida a Marte (ésta iba a salir de la Base Lunar y podía finalmente ser un éxito) e hizo como si ella no estuviese.

La señora Weston esperó con paciencia dos minutos, luego con impaciencia otros dos, y finalmente rompió el silencio.

— ¡George!

— ¿Mmmmm?

— ¡He dicho George! ¿Quieres dejar ese periódico y mirarme?

El periódico crujió al caer al suelo y Weston volvió hacia su mujer una cara hastiada.

— ¿Qué pasa, querida?

— Ya sabes lo que pasa, George. Se trata de Gloria y esa horrible máquina.

— ¿Qué horrible máquina?

— Ahora no pretendas que no sabes de lo que estoy hablando. Es ese robot que Gloria llama Robbie. No la deja ni un momento.

— Bien, ¿por qué debería hacerlo? Se supone que está para esto. Y de cierto no es una máquina horrible. Es el mejor condenado robot que pueda comprar el dinero y sin duda me ha costado los ingresos de medio año. Sin embargo, lo vale... El condenado es más listo que la mitad del equipo de mi oficina.

Hizo un movimiento para volver a coger el periódico, pero su mujer fue más rápida y lo agarró ella.

— Escúchame, George. No quiero que mi hija esté confiada a una máquina... y no me importa lo lista que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que puede estar pensando. Sencillamente un niño no está hecho para que lo cuide una cosa de metal.

Weston frunció el ceño.

— ¿Cuándo has decidido esto? Hace dos años que está con Gloria y no te había visto preocupada hasta ahora.

— Al principio era diferente. Era una novedad; me sacó una carga de encima... y estaba de moda hacerlo. Pero ahora no sé. Los vecinos...

— Bien, ¿qué pintan los vecinos con esto? Ahora, escucha. Se puede confiar infinitamente más en un robot que en una niñera humana. En realidad, Robbie fue construido con un único objetivo: ser el compañero de un niño pequeño. Toda su «mentalidad» ha sido creada para este propósito. Sencillamente no puede evitar ser leal, encantador y amable. Es una máquina... hecha así. Es más de lo que se puede decir con respecto a los humanos.

— Pero algo puede ir mal. Algún... algún... -la señora Weston estaba un poco confusa en lo tocante al interior de un robot-, algún chismecito se soltará, la cosa horrible perderá los estribos y... y... -no pudo cobrar el valor para completar el bastante obvio pensamiento.

— No tiene sentido -negó Weston, con un involuntario escalofrio nervioso-. Esto es completamente ridiculo. Cuando compramos a Robbie hablamos mucho sobre la Primera Ley de la Robótica. Tú sabes que es imposible que un robot haga daño a un ser humano; que mucho antes de que pueda funcionar mal hasta el punto de alterar la Primera Ley, un robot se volvería completamente inoperable. Es matemáticamente imposible. Además, dos veces al año acude un ingeniero de U.S. Robots para hacerle al pobre aparato una revisión completa. Es más fácil que tú y yo nos volvamos locos de repente a que algo vaya mal con Robbie, de hecho mucho más. Por otra parte, ¿cómo vas a separarlo de Gloria?

Hizo otra tentativa inútil hacia el periódico y su mujer lo arrojó con furia a la otra habitación.

— ¡Se trata precisamente de esto, George! No quiere jugar con nadie más. Hay docenas de niños y niñas con los que debería hacer amistad, pero no quiere. No se acerca a ellos si yo no la obligo. Una niña pequeña no debe crecer así. Tú quieres que sea normal, ¿verdad? Tú quieres que sea capaz de formar parte de la sociedad.

— Estás sacando las cosas de quicio, Grace. Imagínate que Robbie es un perro. He visto cientos de niños que antes se quedarían con su perro que con su padre.

— Un perro es diferente, George. Debemos deshacernos de esta horrible cosa. Puedes volver a venderlo a la compañía. Lo he preguntado y puedes hacerlo.

— ¿Lo has preguntado? Ahora escucha, Grace, no te subas por las paredes. Nos quedaremos con el robot hasta que Gloria sea mayor y no quiero volver a hablar de esta cuestión. -Y con esto salió ofendido de la habitación.

Dos días después, la señora Weston esperaba por la tarde a su marido en la puerta.

— Tienes que escuchar esto, George. En el pueblo hay mal ambiente.

— ¿Por qué? -preguntó Weston. Se metió en el cuarto de baño y ahogó toda posible contestación con el chapoteo del agua.

La señora Weston esperó. Dijo:

— Por Robbie.

Weston salió, con la toalla en la mano y el rostro rojo y airado.

— ¿De qué estás hablando?

— Oh, ha ido creciendo y creciendo. Había intentado ignorarlo, pero no voy a seguir haciéndolo. La mayoría de la gente del pueblo considera que Robbie es peligroso. No permiten que los niños se acerquen por aquí al atardecer.

— Nosotros confiamos nuestra hija a este aparato.

— Bien, la gente no es tolerante con estas cosas.

— Entonces al demonio con ellos.

— Decir esto no resuelve el problema. Yo tengo que hacer las compras allí. Yo tengo que verlos cada día. Y con respecto a los robots actualmente es peor en la ciudad. Nueva York acaba de ordenar que ningún robot debe permanecer en la calle entre la puesta y la salida del sol.

— De acuerdo, pero no pueden evitar que nosotros tengamos un robot en nuestra casa. Grace, ésta es una de tus campanas. Lo sé. Pero es inútil. ¡La respuesta sigue siendo, no! ¡Nos quedamos con Robbie!

Pero él quería a su mujer -y lo que era peor, su mujer lo sabía. George Weston, al fin de cuentas, no era más que un hombre, pobrecito, y su esposa hizo pleno uso de todos los mecanismos que el sexo más torpe y más escrupuloso ha aprendido a temer, con razón e inútilmente.

Diez veces durante la misma semana, él gritó:

— Robbie se queda.. ¡y no hay más que hablar! -Y cada vez la frase resultaba más débil e iba acompañada de un gemido más alto y agonizante.

Llegó por fin el día en que Weston se acercó a su hija con sentimiento de culpa y le sugirió un espectáculo «maravilloso de visivox» en el pueblo.

Gloria aplaudió feliz.

— ¿Robbie puede ir?

— No, querida -dijo, y se estremeció ante el sonido de su voz-, no dejan entrar robots en el visivox; pero se lo puedes contar todo cuando vuelvas a casa -pronunció torpemente las últimas palabras y desvió la vista.

Gloria regresó del pueblo rebosante de entusiasmo, pues el visivox había sido en efecto un espectáculo maravilloso.

Esperó a que su padre aparcase el coche a reacción en el garaje subterráneo.

— Ya verás cuando se lo cuente a Robbie, papá. Le habría gustado más que cualquier cosa... Especialmente cuando Francis Fran estaba retrocediendo mu-y-y despacito, fue a dar con el

Hombre Leopardo y tuvo que echar a correr -Se rió de nuevo-. Papá, ¿realmente hay Hombres Leopardo en la Luna?

— Probablemente no -dijo Weston, ausente-. Simplemente es divertido hacerlo creer.

Ya no podía entretenerse más con el coche. Tenía que afrontarlo.

Gloria cruzó el césped corriendo.

— Robbie... ¡Robbie!

Entonces se detuvo de repente al ver un precioso pastor escocés que la miraba con unos ojos marrones y serios mientras movía la cola en el porche.

— ¡Oh, qué perro tan bonito! -Gloria subió los escalones a saltos, se acercó cautelosamente a él y le pasó la mano por encima-. ¿Es para mí, papá?

Su madre se había reunido con ellos.

— Así es, Gloria. Es precioso... suave y peludo. Es muy simpático. Le gustan las niñas pequeñas.

— ¿Conoce juegos?

— Claro. Puede hacer cualquier tipo de trucos. ¿Quieres ver alguno?

— Un momento. Quiero que Robbie también lo vea... ¡Robbie! -Se detuvo, insegura, y frunció el ceño. Apuesto a que se ha quedado en su habitación porque está enfadado conmigo por no habérmelo llevado al visivox. Papá, tendrás que explicárselo. Es posible que a mí no me crea, pero lo creerá si se lo dices tú, es así.

Los labios de Weston se apretaron. Miró hacia su mujer pero no pudo encontrar su mirada.

Gloria se volvió precipitadamente y bajó corriendo la escalera del sótano, gritando mientras se alejaba:

— Robbie... Ven a ver lo que me han traído papá y mamá. Me han traído un perro, Robbie.

Al cabo de un minuto estaba de vuelta, pequeña niña asustada.

— Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? -No hubo respuesta, George Weston tosió y de repente le interesó en extremo una nube deslizándose sin rumbo. La voz de Gloria temblaba y estaba al borde de las lágrima-. ¿Dónde está Robbie, mamá?

La señora Weston se sentó y acercó cariñosamente a su hija hacia ella.

— No llores, Gloria. Creo que Robbie se ha ido.

— ¿Se ha ido? ¿A dónde? ¿Dónde se ha ido, mamá?

— Lo hemos buscado, buscado y buscado, pero no lo hemos encontrado. Nadie lo sabe, querida. Simplemente se ha ido.

— ¿Quieres decir que no volverá nunca más? -Sus ojos se habían vuelto redondos por el horror.

~Quizá lo encontremos pronto. Seguiremos buscándolo. Y mientras tanto puedes jugar con tu bonito perro nuevo. ¡Miralo! Se llama Lightning y puede...

Pero los párpados de Gloria estaban empapados.

— Yo no quiero a este perro repugnante... quiero a Robbie. Quiero que me encuentres a Robbie.

Su sentimiento se volvió demasiado profundo para hablar y balbuceaba en un lamento estridente.

La señora Weston miró a su marido en busca de ayuda, pero él se limitó a arrastrar los pies malhumorado y no dejó de mirar fijamente el cielo, así que ella se inclinó para la tarea de consolar a la niña.

— ¿Por qué lloras, Gloria? Robbie era sólo una máquina, únicamente una asquerosa máquina vieja. No tenía vida alguna.

— ¡No era no una máquina! -gritó Gloria, fiera e incorrectamente-. Era una persona como tú y como yo y era mi amigo. Quiero que vuelva. Oh, mamá, quiero que vuelva.

Su madre gimió derrotada y dejó a Gloria con su pena.

— Deja que llore -le dijo a su marido-. Las penas infantiles nunca duran mucho. Dentro de pocos días, habrá olvidado que ese horrible robot ha existido jamás.

Pero el tiempo mostró que la señora Weston había sido un poco demasiado optimista. Es más, Gloria dejó de llorar, pero dejó también de reír y los días que transcurrían la hallaron cada vez más silenciosa y sombría. Gradualmente, su actitud de infelicidad pasiva hizo que la señora Weston se rindiese y todo lo que le impedía ceder era la imposibilidad de admitir su derrota al marido.

Luego, una noche, se precipitó a la sala de estar, se sentó y cruzó los brazos, parecía enloquecida.

Su marido alargó el cuello para verla sobre el periódico.

— ¿Qué pasa ahora, Grace?

— Es la niña, George. Hoy he tenido que devolver el perro. Gloria decía de forma contundente que no podía soportar verlo. Me está llevando a una crisis nerviosa.

Weston dejó el periódico y un esperanzador resplandor tomó posesión de su mirada.

— Tal vez... Tal vez deberíamos traer de nuevo a Robbie. Se puede hacer, ¿sabes? Puedo ponerme en contacto con...

— ¡No! -contestó ella, inexorablemente-. No quiero oír hablar de ello. No vamos a ceder tan fácilmente. Mi hija no será cuidada por un robot si hacen falta años para consolarse de su pérdida.

Weston volvió a coger el periódico con un aire de disgusto.

— Un año así me volvería el cabello prematuramente blanco.

— Eres de una gran ayuda, George -fue la gélida respuesta-. Lo que Gloria necesita es un cambio de aires. Es natural que no pueda olvidar a Robbie aquí. Cómo podría si cada árbol y cada piedra le recuerda a él. Realmente es la situación más tonta que jamás he conocido. Una niña languideciendo a causa de un robot.

— Bien, basta con esto. ¿Cuál es el cambio que tienes en mente?

— Vamos a llevarla a Nueva York.

— ¡A la ciudad! ¡En agosto! Dime, ¿tú sabes lo que es Nueva York en agosto? Insoportable.

— Millones de personas no piensan así.

— No tienen un lugar como éste donde ir. Si no tuviesen que quedarse en Nueva York, no lo harían.

— Bien, no importa. He dicho que nos marchamos ahora, o tan pronto como podamos disponerlo todo. En la ciudad, Gloria encontrará suficientes cosas interesantes y suficientes amigos para reanimarse y olvidar a aquella máquina.

~Oh, Señor -se quejó la mitad más débil-, esas calzadas ardientes.

— Tenemos que hacerlo -fue la impertérrita respuesta-. Gloria ha adelgazado dos kilos en el último mes y la salud de mi niñita es más importante que tu comodidad.

— Es una lástima que no pensases en la salud de tu niñita antes de privarla de su robot de compañía -murmuró él... para sus adentros.

Gloria dio inmediatos signos de mejora cuando se enteró del inminente viaje a la ciudad. Hablaba poco de ello, pero cuando lo hacía era siempre con viva ilusión. Empezó a sonreír de nuevo y a comer casi con su apetito anterior.

La señora Weston se felicitó por esta alegría y no perdió oportunidad de mostrarse triunfal con su todavía escéptico marido.

— Ya lo ves, George, ayuda a hacer el equipaje como un angelito y parlotea como si no tuviese una sola inquietud en el mundo. Es exactamente lo que yo te había dicho... todo lo que necesitamos es sustituir el interés.

— Mmmm -fue la escéptica respuesta-. Eso espero.

Los preliminares tuvieron lugar rápidamente. Se hicieron los arreglos oportunos para la preparación del piso de la ciudad y fue contratada una pareja para ocuparse de la casa de campo. Cuando por fin llegó el día del viaje, Gloria era completamente la de antes y por sus labios no pasó mención alguna sobre Robbie.

La familia, de muy buen humor, cogió un girotaxi para dirigirse al aeropuerto (Weston habría preferido utilizar su giro privado, pero era de dos plazas sin sitio para el equipaje) y se subieron al avión que estaba esperando.

— Ven, Gloria -llamó la señora Weston-. Te he guardado un asiento junto a la ventanilla para que puedas contemplar el paisaje.

Gloria recorrió el pasillo alegremente, aplastó la nariz contra un óvalo blanco junto al grueso cristal transparente y se puso a observar con una atención creciente mientras la repentina tos del motor empezaba a zumbar detrás en el interior. Era demasiado pequeña para asustarse cuando el suelo desapareció como si hubiese pasado por una escotilla y ella de repente dobló su peso habitual, pero no demasiado pequeña para estar muy interesada. No fue hasta que la tierra se convirtió en un diminuto mosaico acolchado que apartó la nariz y se volvió de nuevo hacia su madre.

— ¿Llegaremos pronto a la ciudad, mamá? -preguntó, mientras se frotaba la helada nariz y miraba con interés cómo la mancha de humedad que había dejado su respiración en el vidrio se reducía lentamente y desaparecía.

— Dentro de aproximadamente media hora, querida -y añadió sin el mínimo rastro de ansiedad-: ¿Estás contenta de que vayamos? ¿Verdad que estarás encantada en la ciudad con todos los edificios, la gente y cosas para ver? Iremos al visivox cada día, a espectáculos, al circo, a la playa y...

— Sí, mamá -fue la contestación poco entusiasta de Gloria.

El avión pasaba por un banco de nubes en aquel momento y la atención de Gloria fue absorbida por el espectáculo insólito de las nubes por debajo de ella. Luego volvieron al cielo claro y ella se dirigió a su madre con un repentino aire misterioso de secreto conocimiento.

— Yo sé por qué vamos a la ciudad, mamá.

— ¿Lo sabes? -la señora Weston estaba perpleja-. ¿Por qué, querida?

— No me lo habéis dicho porque queríais darme una sorpresa, pero yo lo sé. -Por un momento, se perdió en la admiración de su aguda penetración y luego se rió alegremente-. Vamos a Nueva York para poder encontrar a Robbie, ¿verdad? Con detectives.

Esta declaración cogió a George mientras estaba bebiendo un vaso de agua, con resultados desastrosos. Se produjo una especie de grito ahogado, un géiser de agua y a continuación un exceso de tos asfixiante. Cuando todo hubo pasado, era una persona empapada de agua, con la cara roja y muy, muy contrariada.

La señora Weston guardó la compostura, pero cuando Gloria repitió la pregunta con un tono de voz más ansioso, su estado de ánimo se deterioró bastante.

— Tal vez -contestó, secamente-. Y ahora siéntate y estáte tranquila, por amor de Dios.

Nueva York City del 1988 d. de C., era un paraíso para el visitante, más que nunca en su historia. Los padres de Gloria se percataron de ello y le sacaron el mejor partido.

Por órdenes directas de su mujer, George Weston se había organizado para que su negocio prescindiese de él por espacio de aproximadamente un mes, a fin de estar libre para dedicar el tiempo a lo que él llamó «alejar a Gloria del borde de la ruina». Como todo lo que hacía Weston, esto se desarrolló de forma eficiente, concienzuda y práctica. Antes de que hubiese transcurrido el mes, nada de lo que se podía hacer había sido omitido.

La llevaron a la cima del Roosevelt Building, de media milla de altura, para observar con temor reverencial el panorama mellado de los tejados que se mezclaban a lo lejos en los campos de Long Island y la tierra plana de Nueva Jersey. Visitaron los zoos donde Gloria contempló con regocijado temor el «león vivo» (bastante decepcionada por el hecho de que los guardianes los alimentasen con carne cruda, en lugar de con seres humanos, como ella había esperado), y pidió de forma insistente y perentoria ver a «la ballena».

Los distintos museos fueron blanco de la atención por todos compartida, junto con los parques, las playas y el acuario.

La llevaron a una excursión que ascendía medio curso del Hudson con un vapor equipado en la forma arcaica de los locos años veinte. Viajó a la estratosfera en un viaje de exhibición, donde el cielo se volvía de un purpura intenso, surgían las estrellas y la nebulosa tierra bajo ella parecía un enorme recipiente cóncavo. La llevaron en un barco submarino de paredes de cristal bajo las aguas del canal de Long Island, donde en un mundo verde y oscilante, unas cosas acuáticas pintorescas y curiosas se la comían con los ojos y se alejaban contoneándose.

En un nivel más prosaico, la señora Weston la llevó a los grandes almacenes donde pudo deleitarse en otro estilo de país de ensueño.

De hecho, cuando el mes había casi transcurrido, los Weston estaban convencidos de que se había hecho todo lo concebible para apartar al ausente Robbie de una vez por todas de la mente de Gloria, pero no estaban completamente seguros de haberlo conseguido.

Quedaba el hecho de que allí donde fuese Gloría, mostraba el más absorto y concentrado interés por los robots que pudiesen estar presentes. Por muy excitante que fuese el espectáculo que se desarrollaba delante de ella, o por muy nuevo que fuese para sus ojos infantiles, se volvía instantáneamente si por el rabillo del ojo vislumbraba un movimiento metálico.

La señora Weston se desviaba de su camino para mantener a Gloria alejada de todos los robots.

Y el asunto alcanzó su cima de intensidad con el episodio del Museo de Ciencia e Industria. El museo había anunciado un «programa especial para niños» donde tenía lugar una exhibición de magia científica a escala de la mentalidad infantil. Los Weston, por supuesto, lo clasificaron en su lista como «rotundamente sí».

Estaban los Weston completamente absortos en las hazañas de un potente electroimán cuando la señora Weston de pronto se dio cuenta de que Gloria ya no estaba con ella. El pánico inicial se transformó en decisión tranquila y, después de haberse procurado la ayuda de tres empleados, se inició una búsqueda concienzuda.

Sin embargo, no era propio de Gloria vagar a la buena de Dios. Para su edad, era una niña insólitamente resuelta y decidida, en esto tenía todos los genes maternos. Había visto un enorme rótulo en la tercera planta, que decía: «Por aquí al Robot Hablador». Después de haberlo leído para sus adentros y haber advertido que sus padres no parecían tomar la dirección adecuada, hizo lo obvio. Esperó un momento oportuno de distracción de los padres, se apartó sin ruido y siguió el rótulo.

El Robot Hablador era un tour de force, un aparato carente de todo sentido práctico, que tenía sólo un valor publicitario. Una vez cada hora, un grupo escoltado se colocaba delante y, con prudentes susurros, hacia preguntas al ingeniero al cargo del robot. Aquellas que el ingeniero decidía eran adecuadas para los circuitos del robot, eran transmitidas al Robot Hablador.

Era bastante aburrido. Podía ser bonito saber que el cuadrado de catorce es ciento noventa y seis, que la temperatura en este momento es de 72 grados Fahrenheit y la presión atmosférica de 30,02 pulgadas de mercurio, que el peso atómico del sodio es 23, pero realmente uno no necesita un robot para esto. En particular, uno no necesita una masa pesada y totalmente inmóvil de alambres y bobinas que ocupan más de veinte metros cuadrados.

Poca gente tenía interés en volver para una segunda sesión, pero había una niña de unos dieciséis años sentada muy tranquila en un banco esperando una tercera. Era la única persona en la estancia cuando entró Gloria.

Gloria no la miró. En aquel momento, para ella, otro ser humano no era más que una cosa insignificante. Reservó su atención para aquella enorme cosa con ruedas. Titubeó un instante consternada. No se parecía a ningún robot que hubiese visto jamás.

Cautelosa e insegura, alzó su trémula voz.

— Por favor, señor Robot, señor, ¿es usted el Robot Hablador, señor?

No estaba segura, pero le parecía que un robot que efectivamente hablase merecía mucha cortesía.

(Una mirada de intensa concentración cruzó el fino y sencillo rostro de la adolescente. Sacó un bloc de notas y empezó a escribir con rápidas manos.)

Se produjo un bien engrasado zumbido de mecanismos, y una voz con timbre metálico resonó en unas palabras carentes de acento y entonación.

— Yo... soy... el... robot... que. ..habla.. -

Gloría se lo quedó mirando tristemente. Podía hablar, pero el sonido parecía provenir del interior de cualquier parte. No existía un rostro al que hablarle.

Ella dijo:

— Necesito ayuda.

El Robot parlante estaba diseñado para responder preguntas, pero sólo para aquellas preguntas que pudiera responder. Estaba muy confiado de su habilidad, y por lo tanto dijo:

— Puedo... ayudarla...

— Gracias, señor Robot, señor. ¿Ha visto a Robbie?

— ¿Quién... es... Robbie?

— Es un robot, señor Robot, señor.

Se puso de puntillas.

— Es muy alto, señor Robot, señor, muy alto, y muy agradable. Verá, tiene una cabeza. Me refiero a que usted no la tiene, pero él sí, señor Robot, señor.

El Robot parlante había quedado desconcertado.

— ¿Un... robot?

— Sl, señor Robot, señor. Un robot como usted, excepto que no puede hablar, naturalmente y... se parece a una persona auténtica.

— ¿Un... robot?

— Sí, señor Robot, señor. Un robot como usted, excepto que no puede hablar, naturalmente y... se parece a una persona auténtica.

— ¿Un... robot... como... yo?

— Sl, señor Robot, señor.

La única respuesta a esto, por parte del Robot parlante, fue un errático balbuceo y algún sonido incoherente ocasional. La generalización radical ofrecida, respecto de su existencia, no como un objeto particular, sino como miembro de un grupo general, resultó demasiado para él. Lealmente, trató de abarcar el concepto y se quemaron media docena de bobinas. Empezaron a sonar pequeñas señales de alarma.

(En aquel momento, la chica, que aún no había pasado la adolescencia, se marchó. Tenía ya bastante para su primer articulo de Física-1, sobre el tema de «Aspectos prácticos de la Robótica». Este articulo era uno de los primeros que escribiría Susan Calvin referentes a aquel tema.)

Gloria había aguardado, con una impaciencia cuidadosamente reprimida, la respuesta de la máquina, cuando escuchó el grito detrás de ella de «Allí está», y reconoció aquel grito como perteneciente a su madre.

— ¿Qué estás haciendo aquí, niña mala? -le gritó la señora Weston, cuya ansiedad se estaba disolviendo al instante en cólera-. ¿No sabes que has asustado casi a muerte a tu mamá y a tu papá? ¿Por qué te escapaste?

El ingeniero en robótica también había entrado allí atropelladamente, mesándose los cabellos y preguntando quién de todas aquellas personas congregadas había estado estropeando la máquina.

— ¿No han visto los letreros? -aulló-. No se les permite estar aquí sin ir acompañados.

Gloria alzó la voz por encima del jaleo:

— Yo sólo he venido a ver al Robot parlante, mamá. Creía que podría saber dónde estaba Robbie, porque los dos son Robots.

Y luego, ante el pensamiento de que, de repente, Robbie estuviese junto a ella, estalló en un repentino acceso de llanto.

— Y tengo que encontrar a Robbie, mamá. Tengo que encontrarle.

La señora Weston reprimió un grito y dijo:

— Oh, Dios mío. Vamos a casa, George. Esto es más de lo que puedo soportar.

Aquella tarde, George Weston estuvo fuera durante varias horas y, a la mañana siguiente, se acercó a su mujer con algo que se parecía mucho a una pagada complacencia.

— He tenido una idea, Grace.

— ¿Acerca de qué? -fue la lúgubre pregunta carente de todo interés.

— Acerca de Gloria.

— ¿No estarás sugiriendo devolverle el robot?

— No, naturalmente que no.

— Entonces, adelante. Estoy dispuesta a escucharte. Nada de lo que he hecho parece haber servido para nada.

— Muy bien. Esto es lo que he pensado. Debí haberte escuchado. Todo el problema con Gloria es que cree que Robbie es una persona y no una máquina. Naturalmente, no puede olvidarlo. Pero si conseguimos convencerla de que Robbie no era más que una amasijo de acero y de cobre en forma de láminas y cables provistos de electricidad como su jugo vital, ¿cuánto tiempo crees que aún lo añorará? Se trata de una especie de ataque psicológico, si comprendes mi punto de vista.

— ¿Y cómo planeas hacerlo?

— Muy fácilmente. ¿Dónde crees que estuve anoche? Persuadí a Robertson, de «U.S. Robots and Mechanical Men Corporation», para que prepare una visita completa a sus instalaciones para mañana por la mañana. Iremos los tres, y cuando hayamos acabado, Gloria estará por completo convencida de que un robot no es una cosa viva.

Los ojos de la señora Weston se fueron abriendo de par en par y algo que se parecía mucho a una repentiña admiración, brilló en sus ojos.

— Sí, George, es una buena idea.

Y los botones del chaleco de George Weston se tensaron.

— No tiene importancia -dijo.

El señor Struthers era un concienzudo director general y tenía una inclinación natural a la locuacidad. De esta combinación, resultó por consiguiente todo ampliamente explicado, quizás incluso explicado en sobremanera, en cada uno de los diferentes pasos. Sin embargo, la señora Weston no se aburría. De hecho, lo interrumpió varias veces y le rogó que repitiese sus explicaciones en un lenguaje más simple a fin de que Gloria pudiese comprenderlas. Bajo la influencia de esta apreciación de sus poderes narrativos, el señor Struthers se extendió de forma genial y, si ello era posible, se volvió todavía más comunicativo.

George Weston, por su parte, tuvo un rapto de impaciencia.

— Discúlpame, Struthers -dijo, interrumpiendo en medio de un discurso sobre la célula fotoeléctrica-. ¿No tenéis en la fábrica una sección donde sólo se utilizan robots como mano de obra?

— ¿Eh? ¡Oh, si! ¡Sí, claro! -dijo el director general, y sonrió a la señora Weston-. En cierto sentido un circulo vicioso, robots que crean otros robots. Por supuesto, no hacemos de ello una práctica general. Por un motivo, los sindicatos nunca nos lo permitirían. Pero podemos fabricar unos pocos robots utilizando exclusivamente robots como mano de obra, sólo como una especie de experimento científico. ¿Sabéis? -y golpeó contra una palma de la mano sus quevedos como para dar más énfasis a su discurso-. Lo que los sindicatos obreros no comprenden, y debo decir que yo soy un hombre que siempre ha simpatizado mucho con el movimiento obrero en general, es que la implantación de los robots, aunque implique cierta confusión al inicio, será inevitable...

— Si, Struthers -interrumpió Weston-, pero con respecto a esta sección de la fábrica de la que hablas, ¿podemos verla? Estoy seguro de que sería muy interesante.

— ¡Sí! ¡Si, por supuesto! -El señor Struthers volvió a ponerse los quevedos con un movimiento convulsivo y dejó escapar una ligera tos de desconcierto-. Seguidme, por favor.

Estuvo relativamente callado mientras los precedía a través de un largo pasillo y un tramo de escalera. A continuación, cuando hubieron entrado en una gran sala bien iluminada que zumbaba de actividad metálica, se abrieron las compuertas y el flujo de explicación brotó de nuevo.

— ¡Ya estáis aquí! -dijo con orgullo en la voz-. ¡Solo robots! Hay cinco supervisores que ni siquiera están en esta habitación. En cinco años, esto es desde que empezó este proyecto, no se ha producido ni un solo accidente. Claro que los robots aquí reunidos son relativamente simples, pero...

En los oídos de Gloria la voz del director general se había desvanecido hacía rato para convertirse en un murmullo adormecedor. Toda la excursión le parecía bastante aburrida y sin sentido, aunque había muchos robots a la vista. Pero ninguno era remotamente como Robbie, y los examinaba con abierto desprecio.

Se percató de que en aquella habitación no había ninguna persona. Luego su mirada se fijó en seis o siete robots que trabajaban acoplados a una mesa redonda situada en el centro de la sala. Era una habitación grande. No podía estar segura, pero uno de los robots se parecía... se parecía... ¡Lo era!

— ¡Robbie!

Su grito atravesó el aire y uno de los robots de la mesa titubeó y dejó caer la herramienta que tenía sujeta. Gloria casi enloqueció por la alegría. Abriéndose paso a lo largo de la barandilla antes de que ninguno de los padres pudiese detenerla, saltó ágilmente al suelo unos metros mas abajo, y corrió hacia su Robbie, con los brazos al aire y el pelo ondeando.

Y los tres horrorizados adultos, mientras permanecían petrificados en el pasillo, vieron lo que la excitada niña no vio:

un enorme y pesado tractor avanzando ciega y majestuosamente en su marcada trayectoria.

Weston necesitó un segundo para reaccionar y el paso de los segundos lo significaba todo porque Gloria no podía ser alcanzada a tiempo. Si bien Weston saltó sobre la barandilla en un salvaje intento, era obviamente inútil. El señor Struthers indicó violentamente a los supervisores que parasen el tractor, pero estos eran sólo humanos e hizo falta tiempo para actuar.

Sólo Robbie actuó inmediatamente y con precisión.

Con las piernas de metal se tragó el espacio entre él y su pequeña ama sobre la que se precipitó desde la dirección contraria. A partir de ahí todo sucedió de golpe. De una brazada Robbie asió a Gloria, sin aflojar su velocidad ni un ápice y, por consiguiente, dejándola sin respiración. Weston, sin comprender todo aquello que estaba pasando, presintió, más que vio, cómo Robbie lo pasaba rozando y se paraba de forma súbita. El tractor cruzó la trayectoria de Gloria medio segundo después de haberlo hecho Robbie, rodó todavía tres metros y llevó a cabo una parada rechinante y larga.

Gloria recobró el aliento, soportó una serie de apasionados abrazos por parte de sus padres y se volvió ilusionada hacia Robbie. Por lo que a ella respectaba, no había ocurrido nada, salvo que había encontrado a su amigo.

Pero la expresión de alivio de la señora Weston se había transformado en oscura sospecha. Se volvió a su marido, y a pesar de su despeinado e indecoroso aspecto, consiguió una actitud bastante imponente.

— Tú has tramado esto, ¿lo has hecho, verdad?

George Weston se enjugó la acalorada frente con el pañuelo. Su mano era poco firme y sus labios apenas podían curvarse en una sonrisa trémula y sumamente débil.

La señora Weston siguió con sus elucubraciones:

— Robbie no fue proyectado para ingeniería o trabajo de construcción. A ellos no les servía. Lo has puesto aquí deliberadamente para que Gloria pudiese encontrarlo. Sabes que lo has hecho.

— Bien, lo he hecho -dijo Weston-. Pero, Grace, ¿cómo iba yo a saber que el encuentro sería tan violento? Y Robbie le ha salvado la vida; tendrás que admitirlo. No puedes alejarlo de nuevo.

Grace Weston lo consideró. Se volvió hacia Gloria y Robbie y por un momento los vio de forma abstracta. Gloria se había aferrado al cuello del robot de un modo que habría asfixiado a cualquier criatura que no fuese de metal, y lo palmeaba desatinadamente con un frenesí medio histérico. Los brazos de acerocromo de Robbie (capaces de doblar una barra de acero de dos pulgadas de diámetro hasta convertirla en una galleta) rodeaban a la niña cariñosa y amorosamente, y sus ojos brillaban con un rojo intenso, intenso.

— Bien -dijo la señora Weston, por último-. Supongo que puede quedarse con nosotros hasta que se oxide.





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