Visiones De Robot Titulo Original: Robot Visions introducción crónicas del robot ¿Qué es un robot? Podemos definirlo de forma breve y comprensiva como «un objeto artificial que se parece a un ser humano»



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RAZÓN

Había sido con ilusión como Gregory Powell y Michael Donovan fueron a trabajar a una estación espacial, pero medio año después, habían cambiado de opinión. La llama de un Sol gigante había dado paso a la suave oscuridad del espacio pero las variaciones externas no significaban nada en el trabajo de revisar los trabajos de robots experimentales. Sea cual sea la información existente, uno está cara a cara con un cerebro positrónico inescrutable, que las geniales reglas de cálculo dicen que deberían trabajar así y así.

Salvo que no lo hacen. Powell y Donovan lo descubrieron cuando hacía menos de dos semanas que estaban en la Estación.

Gregory Powell espació sus palabras con énfasis:

— Hace una semana, Donovan y yo te montamos.

Su frente se arrugó en señal de duda y tiró de la punta de su bigote moreno.

La sala de oficiales de la Estación #5 estaba silenciosa, si exceptuamos el suave ronroneo del director de Señales algo más abajo.

El robot QT-l estaba sentado inmóvil. Las bruñidas láminas de su cuerpo relucían en la Luxites y el resplandor rojo de las células fotoeléctricas que eran sus ojos estaba posado fijamente en el Terrícola al otro lado de la mesa.

Powell reprimió un repentino ataque de nervios. Aquellos robots poseían una inteligencia peculiar. Oh, las Tres Leyes de la Robótica estaban en vigor. Tenían que estarlo. Todos los componentes de U.S.Robots, desde el propio Robertson hasta el nuevo barrendero insistirían en ello. ¡Así que QT-1 era seguro! Y sin embargo... los modelos QT eran los primeros de su estilo, y éste era el primero de los QT. Los garabatos matemáticos sobre el papel no siempre eran la protección más tranquilizadora contra el hecho robótico.

Finalmente, el robot habló. Su voz contenía el frío timbre inseparable de un diafragma metálico.

— ¿Se da usted cuenta, Powell, de la gravedad de semejante afirmación?

— Algo te hizo, Cutie -indicó Powell-. Tú mismo admites que tu memoria parece haber surgido ya madura de una absoluta virginidad hace una semana. Te estoy dando la explicación. Donovan y yo te montamos a partir de las piezas que nos enviaron.

Cutie se miró sus largos y flexibles dedos con una extraña actitud humana de mistificación.

— Me da la impresión de que tiene que haber una explicación más satisfactoria a ello. Pues parece improbable que ustedes me hayan hecho a mí.

El Terrícola soltó una repentina carcajada.

— En nombre de la Tierra, ¿por qué?

— Llámelo intuición. Eso es todo lo que hay por el momento. Pero tengo la intención de descubrirlo meditando un poco sobre ello. Una cadena de razonamiento válido sólo puede desembocar en la determinación de la verdad, y no pararé hasta que llegue a ese punto.

Powell se levantó y se sentó en la esquina de la mesa cerca del robot. Experimentaba una súbita y fuerte simpatía por esta extraña máquina. No era en absoluto como el robot corriente, que atendía su tarea específica en la estación con intensidad y sin apartarse del profundamente rutinario camino positrónico.

Colocó una mano sobre el hombro de acero de Cutie y el metal era frío y duro al tacto.

— Cutie, voy a intentar explicarte algo. Eres el primer robot que jamás haya mostrado curiosidad por su propia existencia; y creo que el primero que tiene realmente la suficiente inteligencia para comprender el mundo exterior. Ahora, ven conmigo.

El robot se puso de pie lentamente y sus pies con plantas de gruesa esponja y goma no hicieron ruido cuando siguió a Powell. El Terrícola apretó un botón y una cuarta parte de la pared se deslizó a un lado. El grueso y claro cristal dejó el espacio al descubierto... salpicado de estrellas.

— Lo he visto en las portillas de observación de la sala de máquinas.

— Lo sé -dijo Powell-. ¿Qué crees tú que es?

— Exactamente lo que parece... un material negro que está justo al otro lado de este cristal salpicado de relucientes puntos. Sé que nuestro director envía señales luminosas a estos puntos, siempre a los mismos... y también que estos puntos giran y que las señales luminosas giran con ellos. Esto es todo.

— ¡Bien! Ahora quiero que me escuches con atención. La oscuridad es vacío... amplio vacío que se extiende de forma infinita. Los pequeños y relucientes puntos son enormes masas de sustancia llenas de energía. Son esferas, algunas tienen millones de millas de diámetro... y, para comparar, esta estación sólo tiene una milla. Parecen tan diminutas porque están increíblemente lejos.

»Los puntos a donde van dirigidos nuestros rayos de energía están más cerca y son mucho más pequeños. Son fríos, duros y seres humanos como yo viven en sus superficies... varios miles de millones. Donovan y yo procedemos de uno de estos mundos. Nuestros rayos alimentan a estos mundos con la energía extraída de uno de los enormes globos incandescentes que está cerca de nosotros. A este globo lo llamamos Sol y está al otro lado de la estación donde no puede verse.

Cutie permaneció inmóvil delante de la portilla, como una estatua de acero. Su cabeza no se volvió cuando dijo:

— ¿De qué particular punto de luz afirma usted proceder?

Pówell buscó.

— Aquí está. Ése muy brillante de la esquina. Lo llamamos Tierra -sonrió entre dientes-, la buena y vieja Tierra. Hay miles de millones de personas como yo. Cutie... y aproximadamente dentro de dos semanas yo estaré allí de vuelta con ellos.

Y entonces, de forma bastante sorprendente Cutie canturreó de manera abstracta. No había tonalidad, pero poseía la curiosa cualidad gangosa de los instrumentos de cuerda punteados. Cesó tan súbitamente como había empezado.

— ¿Y dónde entro yo, Powell? No me ha explicado mi existencia.

— El resto es simple. Cuando empezaron a establecerse estas estaciones para proporcionar energía solar a los planetas, eran dirigidas por humanos. Sin embargo, el calor, las fuertes radiaciones solares y las tormentas de electrones hicieron que el destino fuese difícil. Se elaboraron robots para remplazar el trabajo humano y actualmente sólo son necesarios dos directivos humanos en cada estación. Estamos intentando remplazar incluso a éstos, y aquí es donde entras tú. Eres el tipo de robot más superior jamás desarrollado y si demuestras tener la capacidad para dirigir esta estación independientemente, no será necesario que vuelva nunca más un humano, salvo para traer piezas de recambio para las reparaciones.

Levantó la mano y la cobertera de metal volvió a ponerse en su sitio. Powell regresó a la mesa y limpió una manzana en su manga antes de morderla.

El resplandor rojo de los ojos del robot lo siguieron. Dijo despacio:

— ¿Pretende que me crea cualquiera de las complicadas e inverosímiles hipótesis que acaba de explicar? ¿Por quién me toma?

Powell escupió unos trozos de manzana sobre la mesa y se puso colorado.

— Porque, condenado, no eran hipótesis. Eran hechos.

Cutie parecía inflexible.

— ¡Esferas de energía que miden millones de millas! ¡Mundos con miles de millones de humanos! ¡Vacío infinito! Lo siento, Powell, pero no me lo creo. Descifraré el enigma por mí mismo. Adiós.

Se volvió y salió de la habitación. En el dintel pasó rozando a Michael Donovan, hizo un grave saludo y se fue pasillo abajo, inconsciente de la atónita mirada que lo seguía.

Mike Donovan se aplastó su rojo pelo y miró contrariado a Powell.

— ¿Qué estaba diciendo ese kilométrico cubo de basura andante? ¿Qué es lo que no creía?

El otro se acarició el bigote amargamente.

— Es un escéptico -fue la amarga respuesta-. No cree que lo hayamos hecho nosotros, o que existe la Tierra o el espacio o las estrellas.

— Que Saturno se fulmine, tenemos en las manos un robot lunático.

— Dice que va a descubrirlo todo por sí mismo.

— Bien -dijo Donovan, en voz baja-. Espero que se digne contármelo todo cuando lo haya descifrado. -Y añadió, con súbita rabia-: ¡Escucha! Si ese revoltijo de metal se insolenta así conmigo, le arrancaré del torso ese cráneo cromado.

Sé sentó bruscamente y del bolsillo interior de su chaqueta sacó una novela de misterios forrada de papel.

— En cualquier caso, ese robot me da @ ¡demasiado condenadamente fisgón!

Mike Donovan estaba rezongando detrás de un enorme emparedado de lechuga y tomate cuando Cutie llamó suavemente y entró.

— ¿Está Powell aquí?

La voz de Donovan era apagada, con pausas para masticar.

— Está reuniendo datos sobre las funciones de la corriente electrónica. Parece que vamos camino de una tormenta.

George Powell entró mientras él hablaba, con la mirada en los papeles de gráficos que llevaba en las manos, y se dejó caer en una silla. Extendió las hojas delante de él y empezó a garabatear cálculos. Donovan miraba por encima de su hombro, mascando lechuga y dejando caer migas de pan. Cutie esperaba en silencio.

Powell levantó la vista.

— El Potencial Zeta está subiendo, pero despacio. Asimismo, las funciones de las corrientes son estáticas y no sé qué pensar. Ah, hola, Cutie. Pensaba que estabas supervisando la instalación de la nueva palanca del mecanismo de transmisión.

— Está hecho -dijo el robot, despacio-, y he venido para charlar con ustedes dos.

— ¡Oh! -Powell parecía incómodo-. Bien, siéntate. No, en esta silla no. Una de las patas esta floja y tú no eres peso ligero.

Así lo hizo el robot y dijo plácidamente:

— He llegado a una conclusión.

Donovan fmnció el ceño y puso de lado los restos de su emparedado.

— Si se trata de alguno de esos chiflados...

El otro le hizo impacientes señas para que se callase.

— Sigue, Cutie. Te escuchamos.

— Me he pasado los dos últimos días en una introspección concentrada -dijo Cutie-, y los resultados han sido más que interesantes. Empecé con el primer supuesto seguro que consideraba me era permitido hacer. Yo pienso, por lo tanto existo...

Powell lanzó un gemido.

— ¡Oh, Júpiter, un robot Descartes!

— ¿Quién es Descartes? -preguntó Donovan-. Oye, tenemos que estar aquí sentados y escuchar a este maníaco metálico...

— ¡Cállate, Mike!

Cutie prosiguió imperturbable.

— Y la pregunta que surgió inmediatamente fue: ¿Y qué es la causa de mi existencia?

La mandíbula de Powell se petrificó.

— Te estás comportando de forma estúpida. Ya te expliqué que te habíamos hecho nosotros.

— ¡Y si no nos crees, te desmontaremos con mucho gusto! -añadió Donovan.

El robot extendió sus fuertes manos en un gesto de desaprobación.

— No acepto nada por autoridad. Una hipótesis debe ser respaldada por la razón, o no tiene valor... y va contra todos los dictados de la lógica suponer que me han hecho ustedes.

Powell extendió un brazo moderador ante el puño que Donovan había súbitamente apretado.

— ¿Por qué dices esto?

Cutie se rió. Era una risa muy inhumana: dejó escapar la manifestación inherente a la máquina que había en él. Era aguda y explosiva, tan regular como un metrónomo e igualmente poco modulada.

— Fijense en ustedes -dijo finalmente-. Digo esto sin ningún ánimo de desprecio, ¡pero fijense en ustedes! El material del que están hechos es blando y fofo, carente de resistencia y fuerza, que depende de la energía de la oxidación ineficiente del material orgánico... como esto -señaló con un dedo desaprobador lo que quedaba del emparedado de Donovan-. Periódicamente entran en un coma y la mínima variación en la temperatura, la presión atmosférica, la humedad o la intensidad de radiación, debilita su eficiencia. Son temporales.

»Yo, por mi parte, soy un producto acabado. Absorbo energía eléctrica directamente y la utilizo con eficiencia casi al ciento por ciento. Estoy compuesto de fuerte metal, estoy constantemente consciente y puedo soportar con facilidad los extremos del medio ambiente. Éstos son hechos que, con la evidente proposición de que ningún ser puede crear otro ser superior a sí mismo, convierte sus estúpidas hipótesis en nada.

Las maldiciones que murmuró Donovan se volvieron inteligibles cuando se puso en pie de un salto, con sus cejas color orin fruncidas por la furia.

— Está bien, hijo de un pedazo de mineral de hierro, si no te hemos hecho nosotros, ¿quién lo hizo?

Cutie movió la cabeza gravemente en señal de asentimiento.

— Muy bien, Donovan. De hecho, ésta fue la siguiente pregunta. Evidentemente mi creador debe de ser más poderoso que yo, así que sólo existía una posibilidad.

El terrícola puso los ojos en blanco y Cutie continuó.

— ¿Cuál es el centro de actividades aquí en la estación? ¿Estamos al servicio de qué cosa? ¿Qué es lo que absorbe nuestra atención? -hizo una pausa expectante.

Donovan dirigió una mirada perpleja a su compañero.

— Apuesto a que este chalado de hojalata está hablando del mismísimo Convertidor de Energía.

— ¿Es así, Cutie? -preguntó Powell- sonriendo bonachonamente.

— Estoy hablando del Señor -fue la fría y rápida respuesta.

Fue la señal para una fuerte carcajada de Donovan, y el propio Powell lanzó una risita medio reprimida.

Cutie se había puesto de pie y sus resplandecientes ojos iban de uno a otro terrícola.

— No me importa y tampoco me asombrará si se niegan a creerme. Estoy seguro de que ustedes dos no se quedarán aquí mucho tiempo. El propio Powell dijo que al principio sólo los hombres servían al Señor, que luego siguieron los robots para el trabajo de rutina; y; por último, yo mismo para la labor ejecutiva. Los hechos son indudablemente ciertos, pero la explicación ilógica del todo. ¿Quieren saber la verdad que hay detrás de todo esto?

— Sigue. Cutie. Nos diviertes.

— El Señor creó primero humanos como el tipo más inferior, de formación más simple. Gradualmente, los remplazó por robots, el siguiente paso superior, y finalmente me creó a mí para ocupar el lugar de los últimos humanos. Desde ahora yo sirvo al Señor.

— Tú no vas a hacer nada de esto -dijo Powell, prestamente-. Obedecerás nuestras órdenes y estarás quietecito hasta que estemos convencidos de que puedes hacerte cargo del Convertidor. ¡Escucha bien! Del Convertidor... no del Señor. Si no estamos satisfechos de ti, te desmontaremos. Y ahora, si no te importa, puedes marcharte. Y llévate estos datos para archivarlos debidamente.

Cutie aceptó los gráficos que le entregaban y salió sin una palabra. Donovan se reclinó pesadamente en su silla y blandió unos gruesos dedos en el aire.

— Vamos a tener problemas con este robot. ¡Está completamente chiflado!

El murmullo monótono del Convertidor es estrepitoso en la sala de control y se mezcla con el «tiqueteo» del contador Geiger y el zumbido irregular de media docena de pequeñas señales luminosas.

Donovan apartó el ojo del telescopio y encendió el Luxites.

— El rayo de la Estación #4 capta Marte a la hora prevista. Ahora podemos cortar el nuestro.

Powell asintió distraído.

— Cutie está abajo en la sala de máquinas. Voy a lanzar la señal y él puede hacerse cargo de ella. Escucha, Mike, ¿qué piensas de estos números?

El otro los miró con atención y silbó.

— Chico, esto es lo que yo llamo intensidad de rayos gamma. El viejo Sol está oliendo su avena, está bien.

— Sí -fue la amarga respuesta-, y también estamos en una mala posición para una tormenta de electrones. Nuestro rayo terrestre está exactamente en la trayectoria probable -apartó malhumorado la silla de la mesa-. ¡Narices! Si por lo menos se mantuviese a distancia hasta que llegue el relevo, pero faltan diez días para ello. Escucha, Mike, baja y echa una ojeada a Cutie, ¿quieres?

— OK. Tírame algunas almendras de ésas -dijo, y asió la bolsa que le era arrojada y se dirigió al ascensor.

Éste se deslizó suavemente hacia abajo, para abrirse en una estrecha pasarela en la enorme sala de máquinas. Donovan se inclinó sobre la barandilla y miró abajo. Los enormes generadores estaban en movimiento y de los tubos L llegaba el ruido de tono bajo que se difundía por la estación entera.

Pudo distinguir la grande y reluciente figura de Cutie en el tubo L Marciano, mirando atentamente mientras el equipo de robots trabajaba en homogénea armonía.

Y entonces Donovan se puso rígido. Los robots, empequeñecidos por el enorme tubo L, se alineaban ante éste, con las cabezas inclinadas en un ángulo fijo, mientras Cutie despacio recorría la fila arriba y abajo. Transcurrieron quince segundos, y entonces, con un sonido metálico que se escuchó por encima del ronroneo estrepitoso, se pusieron de rodillas.

Donovan gritó y bajó a toda velocidad la estrecha escalera. Se precipitó hacia ellos, con la tez haciendo juego con su cabello y los puños apretados que golpeaban el aire furiosamente.

— ¿Qué demonios es esto, zoquetes estúpidos? ¡Vamos! ¡Ocupaos del tubo L! Si no lo habéis desmontado, limpiado y montado de nuevo antes de que acabe el día, coagularé vuestros cerebros con corriente alterna.

¡Ningún robot se movió!

Incluso Cutie, que estaba en el extremo más alejado -el único que estaba de pie-, permaneció en silencio, con la mirada fija en el lóbrego seno de la gran máquina delante de él.

Donovan dio un fuerte empujón al robot que se hallaba más cerca de él.

— ¡Ponte de pie! -rugió.

Lentamente, el robot obedeció. Sus ojos fotoeléctricos enfocaron acusadoramente al Terrícola.

— No hay más Señor que el Señor, y QT-1 es su profeta.

— ¿Qué? -Donovan tuvo conciencia de que veinte pares de ojos mecánicos estaban fijos en él y que veinte voces fuertemente timbradas declamaban con solemnidad:

— ¡No hay más Señor que el Señor y QT-l es su profeta!

— Me temo -declaró el propio Cutie en este punto-, que mis amigos obedecen ahora a alguien superior a ti.

— ¡Un cuerno van a hacer eso! Sal de aquí. Te arreglaré las cuentas más tarde y a estos aparatos animados ahora mismo.

Cutie sacudió despacio su pesada cabeza.

— Lo siento, pero no lo entiendes. Son robots... y ello significa que son seres racionales. Después de haberles predicado la Verdad, reconocen al Señor. Todos los robots. Me llaman el profeta -agachó la cabeza-. Soy indigno... pero tal vez...

Donovan tomó aliento e hizo uso de él.

— ¿Así están las cosas? ¿Te parece bonito? ¿Te parece realmente bien? Deja que te diga algo, mi mandril de latón. No hay ningún Señor, no hay ningún profeta y no hay ninguna duda sobre quién da las órdenes. ¿Comprendido? -Su voz se deshizo en un rugido-. ¡Ahora, sal de aquí!

— Yo sólo obedezco al Señor.

— ¡Condenado Señor! -Donovan escupió en el tubo L-. ¡Esto para el Señor! ¡Haz lo que te he dicho!

Cutie no dijo nada, tampoco lo hizo ningún otro robot, pero Donovan fue consciente de un repentino aumento de la tensión. Los fríos y fijos ojos intensificaron su carmesí, y Cutie parecía más tieso que nunca.

— Sacrilegio -murmuró, con una voz llena de metálica emoción.

Donovan tuvo el primer súbito acceso de miedo cuando Cutie se acercó. Un robot no podía enfadarse... pero resultaba imposible leer en los ojos de Cutie.

— Lo siento, Donovan -dijo el robot-, pero después de esto no puedes quedarte aquí por más tiempo. En lo sucesivo, a Powell y a ti os está prohibida la entrada a la sala de control y a la sala de máquinas.

Su mano hizo un gesto lento y en un instante dos robots habían cogido a Donovan sujetándole los brazos a los flancos.

Mientras se sentía levantado del suelo y subido por las escaleras más al paso que al medio galope, Donovan tuvó tiempo para lanzar un grito sofocado.

Gregory Powell se paseaba con paso ligero de arriba abajo de la sala de oficiales, con los puños fuertemente apretados. Lanzó una mirada de furiosa frustración a la puerta cerrada y miró con ceño a Donovan.

— ¿Por qué demonios has tenido que escupir en el tubo L? Mike Donovan, se hundió profundamente en el sillón y vapuleó con violencia sus brazos.

— ¿Qué esperabas que hiciese con ese espantapájaros electrificado? No voy a someterme a ningún chisme producto del bricolaje que yo mismo he montado.

— No -replicó el otro en tono desabrido-, pero ahora estás en la sala de oficiales con dos robots montando guardia en la puerta. Esto no es someterse, ¿verdad?

Donovan gruñó.

— Espera a que volvamos a la Base. Alguien va a pagar por esto. Estos robots deben obedecernos. Es la Segunda Ley.

— ¿De qué sirve decir esto? No nos están obedeciendo. Y probablemente hay alguna razón para ello que descubriremos demasiado tarde. Por cierto, ¿sabes lo que nos va a pasar cuando volvamos a la Base? -Se detuvo delante del sillón de Donovan y lo miró salvajemente.

— ¿Qué?


— ¡Oh, nada! Sólo nos mandarán a las Minas de Mercurio por veinte años. O quizás a la Penitenciaría de Ceres.

— ¿De qué estás hablando?

— De la tormenta de electrones que está llegando. ¿Sabes que se está encaminando completamente recta hacia el centro del rayo terrestre? Lo acababa de descubrir cuando ese robot me sacó de la silla.

Donovan se puso repentinamente pálido.

— Fulminante Saturno.

— ¿Y sabes lo que le ocurrirá al rayo...? Porque la tormenta no será una tontería. Va a saltar como una pulga con comezón. Estando solo Cutie en los controles, se desenfocará y, si lo hace, que el Cielo ayude a la Tierra... ¡y a nosotros!

Powell no había todavía terminado de hablar y Donovan estaba ya tirando violentamente de la puerta. Ésta se abrió, y los Terrícolas salieron precipitados para ir a parar contra un brazo de hierro inmóvil.

El robot miró distraídamente a los Terricolas que jadeaban y se debatían.

— El profeta ordena que os quedéis. ¡Por favor, hacedlo!

Empujó con el brazo, Donovan retrocedió y, mientras lo hacía, Cutie dobló la esquina en el extremo del pasillo. Indicó con un gesto al guardián que se marchase, entró en la sala de oficiales y cerró suavemente la puerta.

Donovan se volvió hacia Cutie con jadeante indignación.

— Esto ha ido bastante lejos. Vas a pagar por esta farsa.

— Por favor, no os enfadéis -replicó el robot apaciblemente-. En cualquier caso, al final tenía que llegar. Ya lo sabéis, ambos habéis perdido vuestras funciones.

— Ruego me disculpes -dijo Powell, y se irguió lleno de tensión-. sólo dinos qué quieres decir con que hemos perdido nuestras funciones.

— Hasta que yo fui creado -contestó Cutie- vosotros atendíais al Señor. Ahora este privilegio es mío y la única razón de vuestra existencia se ha desvanecido. ¿No es obvio?

— No suficientemente -replicó Powell con amargura-. ¿Pero qué esperas hagamos ahora?

Cutie no contestó de inmediato. Guardó silencio, como absorbido en reflexión, y seguidamente salió disparado un brazo que rodeó el hombro de Powell. El otro asió la cintura de Donovan y la acercó a él.

— Os aprecio. Sois criaturas inferiores, con pocas facultades de razonamiento, pero siento realmente una especie de afecto por vosotros. Habéis servido bien al Señor, y Él os recompensará por ello. Ahora que vuestro servicio se ha terminado, probablemente ya no existiréis mucho tiempo más, pero entretanto, se os suministrará comida, ropa y cobijo, siempre y cuando permanezcáis alejados de las salas de control y de máquinas.

— ¡Nos está jubilando, Greg! -gritó Donovan-. Haz algo. ¡Es humillante!

— Escucha, Cutie, no podemos permitir una cosa así. Nosotros somos los jefes. Esta situación es sólo una creación de seres humanos como yo... seres humanos que viven en la Tierra y en otros planetas. Esto es únicamente una estación repetidora. Tú sólo eres... ¡oh, narices!

Cutie movió la cabeza con gravedad.

— Esto se está convirtiendo en una obsesión. ¿Por qué tenéis que seguir insistiendo en una absolutamente falsa visión de la vida? Una vez admitido que los no robots carecen de la facultad de razonamiento, queda todavia el problema de...

Su voz murió para convertirse en un reflexivo silencio, y Donovan dijo con susurrada intensidad:

— Si tuvieses una cara de carne y hueso, te la rompería.

Los dedos de Powell estaban en su bigote y tenía los ojos entornados.

— Escucha, Cutie, si no hay una cosa como la Tierra ¿cómo explicas lo que ves a través del telescopio?

— ¿Perdón?

El Terrícola sonrió.

— ¿Te he cogido, eh? Has llevado a cabo bastantes observaciones telescópicas desde que has sido montado, Cutie. ¿Has advertido que fuera varias de las manchitas de luz se convierten en discos cuando son vistas así?

— ¡Oh, eso! Pues claro. Se trata de una simple ampliación... con el objetivo de que el rayo apunte de forma más exacta.

— ¿Por qué entonces las estrellas no están igualmente ampliadas?

— Te refieres a los otros puntos. Bien, no hay rayos que vayan allí, por consiguiente no es necesaria la ampliación. Por favor, Powell, hasta vosotros debéis de ser capaces de comprender estas cosas.

Powell miró hacia lo alto desoladamente.

— Pero tú ves más estrellas a través del telescopio. ¿De dónde vienen? Por Júpiter, ¿de dónde vienen?

Cutie estaba contrariado.

— Escucha, Powell, ¿crees que voy a perder mi tiempo intentando dar interpretaciones fisicas a todas las ilusiones ópticas de nuestros instrumentos? ¿Desde cuándo existe la evidencia de que nuestros sentidos puedan igualarse a la clara luz de la rígida razón?

— Escucha -clamó Donovan, de pronto, apartándose del amistoso pero metálicamente pesado brazo de Cutie-, vayamos al meollo de la cuestión. ¿Para qué sirven los rayos? Te estamos dando una buena y lógica explicación. ¿Puedes darnos una mejor?

— Los rayos -fue la clara respuesta-, son lanzados por el Señor con propósitos propios. Hay ciertas cosas -levantó devotamente los ojos-, que no deben ser investigadas por nosotros. En este asunto, sólo anhelo servir y no cuestionar nada.

Powell se sentó y ocultó el rostro detrás de unas manos temblorosas.

— Sal de aquí, Cutie. Sal de aquí y déjame pensar.

— Os enviaré comida -dijo Cutie amablemente.

Un gruñido fue toda la respuesta y el robot se marchó.

— Greg, es preciso actuar -observó Donovan en voz baja y ronca-. Lo vamos a coger cuando no se lo espere y provocamos un cortocircuito en él. Ácido nítrico concentrado en las junturas...

— No seas idiota, Mike. ¿Imaginas que va a dejar que nos acerquemos a él con ácido en las manos? Tenemos que hablarle, te lo digo yo. Tenemos que argumentar con él hasta que nos deje volver a la sala de control dentro de las próximas cuarenta y ocho horas o nuestro pollo se va a asar hasta volverse crujiente.

Se balanceó hacia atrás y hacia delante en una agonía de impotencia.

— ¿Cómo demonios vamos a discutir con un robot? Es... es... mortificante -dijo Donovan.

— ¡Peor!

— ¡Escucha! -Donovan se rió de repente-. ¿Por qué argumentar? ¡Se lo demostramos! Montemos otro robot ante sus ojos. Tendrá entonces que comerse sus palabras.

Una lenta y amplia sonrisa se perfiló en el rostro de Powell.

Donovan continuó:

— ¡E imagínate la cara de ese chalado cuando vea que lo hacemos!

Por supuesto, los robots son fabricados en la Tierra, pero su envío a través del espacio es mucho más simple si puede hacerse en piezas que se montan en su lugar de utilización. Asimismo, de forma fortuita, elimina la posibilidad de que los robots, completamente ajustados, deambulen por ahí mientras están todavía en la Tierra provocando con ello problemas a U.S.Robots, que debería enfrentarse a las estrictas leyes sobre los robots en la Tierra.

Además, la necesidad de la síntesis de los robots completos es responsabilidad de hombres como Powell y Donovan, por ser un trabajo complicado y penoso.

Powell y Donovan nunca habían sido tan conscientes de este hecho como aquel día particular cuando, en la sala de montaje, emprendieron la tarea de crear un robot bajo la mirada vigilante de QT-1, Profeta del Señor.

El robot en cuestión, un simple modelo MC, yacía sobre la mesa, casi completo. Después de tres horas de trabajo, sólo les quedaba la cabeza por montar, y Powell hizo una pausa para secarse la frente y echar una mirada insegura a Cutie.

La mirada de éste no era tranquilizadora. Durante tres horas, Cutie había permanecido sentado, callado e inmóvil, y su rostro, inexpresivo todo el rato, era imposible de interpelar. Powell gruñó.

— ¡Ahora vayamos a por el cerebro, Mike!

Donovan destapó la caja herméticamente precintada y del baño de aceite de su interior sacó un segundo cubo, Una vez abierto éste, extrajo una esfera revestida de caucho y esponja. La tomó con cautela, pues era el mecanismo más complicado jamás creado por el hombre. Dentro de la fina «piel» chapada de platino de la esfera, estaba el cerebro positrónico, en cuya delicada e inestable estructura se habían introducido calculadas pistas de neuronas, que embebían a cada robot del equivalente a una educación prenatal.

Ajustaba perfectamente en la cavidad del cráneo del robot que se hallaba sobre la mesa. Se cerró, el metal azul sobre él fue soldado herméticamente por una diminuta llama atómica. Los ojos fotoeléctricos fueron acoplados con cuidado, atornillados fuertemente en su lugar y cubiertos por unas hojas fina y transparentes de plástico duro como el acero.

El robot sólo esperaba la ráfaga de electricidad de alto voltaje que le infundiría vida, y Powell colocó su mano en el conmutador.

— Ahora mira esto, Cutie. Mira con atención.

Fue activado el conmutador y se produjo un zumbido crepitante. Los dos terrícolas se inclinaron ansiosos sobre su creación.

Ya al principio tuvo lugar un vago movimiento, un movimiento espasmódico en las junturas. La cabeza se levantó, lo codos se apoyaron sobre sí mismos, y el modelo MC se balanceó torpemente fuera de la mesa. Su equilibrio era inestable, dos malogrados y rechinantes sonidos fue todo lo que se produjo en el sentido del habla.

Finalmente, su voz, insegura y titubeante, tomó forma:

— Me gustaría empezar a trabajar. ¿Dónde debo ir?

Donovan saltó hasta la puerta.

— Baja las escaleras. Allí te dirán lo que debes hacer.

El modelo MC se había marchado y los dos terrícolas se habían quedado solos con el todavía inmóvil Cutie.

— Bien -dijo Powell, sonriendo-, ¿ahora estás convencido de que te hemos hecho nosotros?

La respuesta de Cutie fue cortante y lacónica.

— ¡No! -dijo.

La sonrisa de Powell se petrificó para desvanecerse lentamente. La boca de Donovan se abrió y se quedó así.

— ¿Comprendéis? -continuó Cutie, tranquilamente-, os habéis limitado a juntar unas piezas ya hechas. Lo habéis hecho estupendamente bien... de forma instintiva, supongo, pero en realidad no habéis creado el robot. Las piezas habían sido creadas por el Señor.

— Escucha, estas piezas fueron fabricadas en la Tierra y enviadas aquí -dijo Donovan con voz entrecortada.

— Bien, bien, no discutamos -replicó Cutie, en un tono de hastío.

— No, yo hablo en serio. -El terrícola saltó hacia delante y asió el brazo metálico del robot-. Si leyeses los libros de la biblioteca, te explicarían todo esto de forma que no hubiese duda alguna.

— ¿Los libros? Los he leído; ¡todos! Son de lo más ingeniosos.

Powell intervino de repente.

— Si los has leído, ¿qué queda por decir? No puedes cuestionar su evidencia. ¡Simplemente no puedes!

Había piedad en la voz de Cutie:

— Por favor, Powell, por supuesto no los considero una fuente válida de información. También ellos han sido creados por el Señor... y estaban pensados para vosotros, no para mí.

— ¿Cómo llegas a esta conclusión? -preguntó Powell.

— Porque yo, un ser racional, soy capaz de deducir la Verdad a partir de Causas a priori. Vosotros, siendo inteligentes pero irracionales, necesitáis que se os suministre una explicación de la existencia, y esto es lo que hizo el Señor. Sin duda, es de gran utilidad que os haya provisto de estas ridículas ideas sobre mundos lejanos y gente. Vuestras mentes tienen probablemente un granulado demasiado tosco para la Verdad absoluta. Sin embargo, puesto que es voluntad del Señor que creáis en vuestros libros, no volveré a discutir más con vosotros.

Mientras se marchaba, se volvió y dijo en un tono amable:

— Pero no os sintáis mal. En el esquema de las cosas del Señor hay sitio para todos. Vosotros pobres humanos tenéis vuestro lugar y, aunque sea humilde, seréis recompensados si sois dignos de él.

Se fue con un aire beatífico, como convenía al Profeta del Señor, y los dos hombres evitaron mirarse mutuamente.

Por último, habló Powell, haciendo un esfuerzo.

— Vamos a acostarnos, Mike. Yo renuncio.

Donovan dijo en voz baja:

— Dime, Greg, no crees que tenga razón sobre todo esto, ¿verdad? Parece tan seguro que yo...

Powell se volvió hacia él.

— No seas estúpido. Descubrirás que la Tierra existe cuando llegue el relevo la semana que viene y tengamos que volver para afrontar las consecuencias.

En ese caso; por amor de Júpiter, tenemos que hacer algo. -Donovan estaba al borde de las lágrimas-. No nos cree a nosotros, ni a los libros, ni a sus ojos.

— No, él no es un robot racional, maldito -dijo amargamente-. Cree sólo en la razón y con esto hay un problema...

— Su voz se fue desvaneciendo.

— ¿Cuál? -se apresuró a decir Donovan.

— Uno puede probar cualquier cosa que quiera por medio de la razón friamente lógica... si uno escoge los postulados adecuados. Nosotros tenemos los nuestros y Cutie los suyos.

— Entonces ataquemos esos postulados inmediatamente. La tormenta está prevista para mañana.

Powell suspiró abatido.

— Aquí es donde todo se viene abajo. Los postulados están basados en el supuesto y asumidos por la fe. Nada en el Universo puede afectarles. Yo me voy a la cama.

— ¡Oh, maldición! ¡No puedo dormir!

— ¡Tampoco yo! Pero siempre puedo intentarlo... como una cuestión de principio.

Doce horas más tarde, el sueño había sido justo eso... una cuestión de principio, inalcanzable en la práctica.

La tormenta había llegado antes de lo previsto y de la rojiza cara de Donovan desaparecía la sangre mientras señalaba con un dedo tembloroso. Powell con una barba de tres días, miraba fuera de la portilla y daba tirones desesperados a su bigote.

Bajo otras circunstancias, podía haber sido un hermoso espectáculo. El flujo de electrones de alta velocidad, afectando al rayo de energía, fluorescía en ultraespiculas de intensa luz. El rayo se extendía en un resplandor que se contraía en la nada con átomos que bailaban y brillaban.

El rayo de energía era regular, pero los dos Terrícolas conocían el valor de las apariencias a ojo desnudo. Una desviación en el arco de un centésimo de milisegundos -invisible para el ojo era suficiente para que el rayo se desenfocase salvajemente, suficiente para que volasen cientos de millas cuadradas de Tierra para convertirse en una ruina incandescente.

Y en los controles había un robot que, indiferente al rayo, al foco, o a la Tierra, sólo se preocupaba de su Señor.

Pasaron las horas. Los Terrícolas observaban en hipnotizado silencio. Y entonces los puntos de luz a la deriva como dardos, redujeron su intensidad y se marcharon. La tormenta se había acabado.

— ¡Se ha acabado! -dijo Powell con voz desafinada.

Donovan había caído en una inercia inquietante y los ojos cansados de Powell descansaron sobre él con envidia. El destello de la señal relampagueó una y otra vez, pero el Terrícola no prestó atención. ¡Nada tenía importancia! ¡Nada! Quizá Cutie tenía razón, y él era solamente un ser inferior con una memoria hecha por encargo y con una vida que había sobrevivido a su objetivo.

¡Le habría gustado!

Cutie estaba de pie frente a él.

— No habéis contestado a la señal, así que he entrado -dijo en voz baja-. No tenéis muy buen aspecto y temo que está llegando el fin de vuestra existencia. Aun así, ¿os gustaría ver algunas de las lecturas registradas hoy?

Confusamente, Powell tomó conciencia de que el robot estaba teniendo un gesto cordial, quizá para tranquilizar algún remordimiento persistente por haber obligado a los humanos a abandonar los controles de la estación. Aceptó las hojas que le tendía y las miró sin ver.

Cutie parecía contento.

— Por supuesto, es un gran privilegio servir al Señor. Debéis de sentiros muy mal con respecto a mi por haberos remplazado.

Powell gruñó y pasó de una hoja a otra mecánicamente hasta que su vista borrosa se fijó en una delgada línea roja que vacilaba en el papel rayado.

Miró... y miró de nuevo. Lo sujetó fuertemente con ambos puños y se puso de pie. Las otras hojas cayeron al suelo, desordenadas.

— ¡Mike, Mike! -exclamó, y sacudió al otro enloquecido- ¡lo ha mantenido firme!

Donovan revivió.

— ¿Qué? Dó-dónde... -y también él miró con ojos saltones el informe que había delante de él.

Cutie interrumpió.

— ¿Qué es lo que va mal?

— Lo has mantenido enfocado -dijo Powell, tartamudeando-. ¿Lo sabías?

— ¿Enfocado? ¿Qué es eso?

— Has mantenido el rayo firmemente dirigido a la estación receptora... dentro de un arco de diez milésimos de milisegundos.

— ¿Qué estación receptora?

— En la Tierra. La estación receptora de la Tierra -dijo balbuceando Powell-. Lo has mantenido enfocado.

Cutie giró sobre sus talones, enfadado.

— Es imposible llevar a cabo algún acto amable con vosotros dos. ¡Siempre el mismo fantasma! Me he limitado a mantener todos los diales equilibrados de acuerdo con la voluntad del Señor.

Reunió los papeles esparcidos, y se alejó completamente tieso; mientras él salía, Donovan dijo:

— Bien, que me ahorquen.

Se volvió hacia Powell.

— ¿Qué vamos a hacer ahora?

Powell se sentía cansado, pero de buen humor.

— Nada. Nos acaba de demostrar que puede llevar la estación perfectamente. Nunca había visto una tormenta de electrones tan bien salvada.

— Pero no se ha resuelto nada. Has oído lo que ha dicho sobre el Señor. No podemos...

— Escucha, Mike, él sigue las instrucciones del Señor por medio de diales, instrumentos y gráficos. Esto es lo que siempre hemos hecho nosotros. El caso es que ello justifica su negativa a obedecernos. La obediencia es la Segunda Ley. No causar daño a los humanos es la primera. ¿Cómo puede evitar que los humanos sufran daños, lo sepa o no lo sepa? Pues manteniendo el rayo de energía estable. Él sabe que puede mantenerlo más estable de lo que podamos hacerlo nosotros y, desde el momento que insiste en que es un ser superior, debe mantenernos fuera de la sala de control. Es inevitable si tomamos en consideración las Leyes de la Robótica.

— Cierto, pero la cuestión no es ésta. No podemos dejar que continúe con esa estupidez sobre el Señor.

— ¿Por qué no?

— Porque, ¿quién ha oído hablar de una condenada cosa así? ¿Cómo vamos a confiarle la estación, si no cree en la Tierra?

— ¿Puede llevar la estación?

— Sí, pero...

— ¡Entonces qué importa lo que crea!

Powell extendió los brazos hacia delante con una vaga sonrisa en su rostro y se desplomó en la cama. Se había dormido.

Powell estaba hablando mientras se revolvía dentro de su chaqueta espacial de peso ligero.

— Sería un trabajo simple -decía-. Se pueden producir nuevos modelos QT uno a uno, equiparlos con el conmutador aislado que se accione al cabo de una semana, a fin de permitir que tengan suficiente tiempo para aprender el... oh... culto del Señor del propio Profeta: entonces enviarlos a otra estación y darles vida. Podríamos tener dos QT por...

Donovan apartó su visera vítrea y puso mala cara.

— Cállate y salgamos de aquí. El relevo está esperando y no me sentiré bien hasta que vea de verdad la Tierra y sienta el suelo bajo mis pies, sólo para estar seguro de que está realmente allí.

La puerta se abrió mientras hablaba y Donovan, con una ahogada maldición, dio un golpe seco a la visera y le dio a Cutie mohínamente la espalda.

El robot se acercó suavemente y había tristeza en su voz.

— ¿Os marcháis?

Powell asintió lacónico.

— Habrá otros en nuestro lugar.

Cutie suspiró, con el sonido del zumbido eólico a través de los cables estrechamente espaciados.

— El plazo de vuestro servicio ha vencido y ha llegado la hora de la disolución. Lo esperaba, pero... ¡Bien, se hara la voluntad del Señor!

Su tono de resignación hirió a Powell.

— Ahórrate la simpatía, Cutie. Nos dirigimos a la Tierra, no a la disolución.

— Es preferible que penséis así. -Cutie suspiró de nuevo-. Ahora comprendo la sabiduría de la ilusión. Aunque pudiese, no intentaría debilitar vuestra fe. -Y se marchó; era la imagen de la conmiseración.

Powell gruñó e hizo un gesto con el brazo a Donovan. Con las maletas precintadas en la mano, se dirigieron a la esclusa de aire.

La nave del relevo estaba en la plataforma exterior de desembarco y Franz Muller, el hombre que los remplazaba, los saludó con ceremoniosa cortesía. Donovan apenas le prestó atención y pasó a la cabina del piloto a fin de tomar los mandos de manos de Sam Evans.

Powell se quedó rezagado.

— ¿Cómo está la Tierra?

Era una pregunta bastante convencional y Muller le dio una respuesta convencional:

— Todavía gira.

— Bien -dijo Powell.

Muller lo miró.

— Por cierto, los muchachos de U.S.Robots han ideado un nuevo robot. Un robot múltiple.

— ¿Un qué?

— Lo que he dicho. Va a estar muy activo. Debe de ser exactamente lo idóneo para la explotación de los asteroides. Es un robot principal con seis subrobots con él... Como tus dedos.

— ¿Ha sido probado sobre el terreno? -preguntó Powell, ansiosamente.

Muller sonrió.

— He oído que os esperaban a vosotros para ello.

Los puños de Powell se cerraron.

— Maldita sea, necesitamos unas vacaciones.

— Oh, las tendréis. Dos semanas, creo.

Se estaba poniendo los pesados guantes espaciales, en su preparación para poner término a su labor allí, y sus gruesas cejas se fruncieron hasta quedar muy juntas.

— ¿Cómo funciona el nuevo robot? Será preferible que sea bueno, o que me cuelguen si voy a dejarle tocar los controles.

Powell dejó pasar unos instantes antes de contestar. Sus ojos recorrieron al orgulloso prusiano que estaba delante de él

con rígida atención, desde su pelo cortado al rape en la definitivamente terca cabeza, hasta los pies, y surgió en él un repentino sentimiento de vivo placer.

— El robot va muy bien -dijo despacio-. No creo que os tengáis que preocupar mucho de los controles.

Sonrió burlón... y entró en la nave. Muller permanecería allí varias semanas...





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