Werner stauffacher. Conrado hunn. Itel reding



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Federico Schiller

GUILLERMO TELL
PERSONAS
GERMÁN GESZLER, lugarteniente del Emperador en Schwyz y Uri.

WERNER, barón de Attinghausen, señor feudal.

ULRICO DE RUDENZ, su sobrino.


WERNER STAUFFACHER.

CONRADO HUNN.

ITEL REDING.

JUAN AUF DE MAUER. Habitantes de Schwyz.

JORGE DE HOFE.

ULRICO DE SCHMID.

JOST DE. WEILER.




WALTHER FURST.

GUILLERMO TELL.

ROESSELMANN, párroco.

PETERMANN, sacristán. Habitantes de Uri.

KUONI, pastor.

WERNI, cazador.

RUODI, pescador.


ARNOLDO DE MELCHTHAL.

CONRADO BAUMGARTEN.

MEIER DE SARNEN.

STRUTH DE WINKELRIED. Habitantes del Unterwald.

NICOLÁS DE FLUE.

BURKKHARDT DE BUHEL.

ARNOLDO DE SEWA.
PFEIFER DE LUCEBA.

KUNZ DE GERSAU.

JENNI, muchacho pescador.

SEPPI, muchacho pastor.

GERTRUDIS, mujer de Stauffacher.

HEDWIGIA, mujer de Tell, hija de Fürst.

BERTA DE BRUNECK, rica heredera.


ERMENGARDA.

MATILDE. Aldeanas.

ISABEL.


HILDEGARDA.


WALTHER. Hijos de Tell.

GUILLERMO.


FRIESHARDT. Soldados.

LEUTHOLD.

RODOLFO DE HARRÁS, escudero de Geszler.

JUAN EL PARRICIDA, duque de Suabia.

STUSSI, guarda.

El pregonero de Uri. Un mensajero del Imperio. Un cabo de vara. Un cantero; oficiales y peones. Un pregonero. Religiosos. Caballeros de Geszler y de Lan­denberg. Aldeanos y aldeanas de los tres cantones.

ACTO I
ESCENA PRIMERA


Rocas escarpadas que ciñen el lago de los Cuatro––cantones, frente a Schwyz. El lago forma un golfo. Próxima a la orilla, una cabaña; en el lago, un mu­chacho pescador en su barca. En el fondo, verdes praderas, aldeas, alquerías de Schwyz, alumbradas por los rayos del sol. A la izquierda, se divisan los picos de las montañas coronadas de nubes; y a la derecha, a lo lejos, los ven­tisqueros. Antes de levantarse el telón, suena el canto pastoril que llaman Kuhreihen y el cencerreo de los rebaños, y continúan hasta poco después.
PESCADOR.––(Canta en su barca, con la música del Kuhreihen.) El lago sonríe; invita a bañarse. Dor­mía el niño, recostado en la verde orilla, oyó suave sonido como el de la flauta, como la voz de los ángeles en el paraíso; cuando despierta gozo­so, la onda baña su pecho, y una voz salida del fondo de las aguas, le dice: “¡Oh! niño mío, me perteneces; te sorprendo en brazos del sueño, y voy a llevarte a mi morada.”

PASTOR.—(En la montaña, varia­ción del Kuhreihen.) “¡Adiós! pas­tos, praderas que dora el sol; los pastores deben separarse; huye el verano. Treparemos a los montes, para volver cuando se deje oír el cuclillo, y resuenen las canciones, y se revista de flores la tierra, y con la llegada de mayo hermoso manen las fuentes. Adiós, pastos, praderas que dora el sol; los pastores deben separarse; huye el verano.

CAZADOR DE LOS ALPES.––(Parece en lo alto de las rocas. Segunda variación del Kuhreihen.) Truena en las alturas, tiembla la palanca, pero el cazador prosigue impávido su camino; resistiendo al vértigo; osado avanza por campos de hielo. Allí, no florece la primavera, ni. ver­dea un solo ramo. Tiene bajo sus plantas un océano de nubes, y no divisa las ciudades de los hombres; sólo ve el mundo a través de la rasgada niebla, y la verde campiña le aparece, debajo de las aguas.” (Cam­bia el aspecto del paisaje;. suena sor­do rumor en la montaña, y la som­bra de las nubes cubre la comarca. RUODI el pescador, sale de su ca­baña. WERNI, el cazador, desciende de las rocas. KUONI, el pastor, se adelanta con una cántara de leche. SEPPI, su criado, le sigue.)

RUODI.––Date prisa, Jenni; saca la barca a la orilla. Amenaza y se acer­ca la tempestad; el pico de Mitene se corona de nubes y silva el viento glacial saliendo de su caverna; es­tallará la tormenta antes de lo que pensamos.

KUONI.––Lluvia tenemos, buen ba­telero; mis ovejas pacen la yerba con ansia, los perros escarban la tierra.

WERNI––Saltan los peces, y se sumerge la gallineta; la tempestad hace camino.

KUONI.––(A SEPPI.) A ver, Seppi, si se ha dispersado la vacada.

SEPPPI.––Oigo la esquila de la pe­linegra Liseta.

KUONI.–– Entonces no falta una sola vaca, porque ésta llega siempre la última.

RUODI.––Vuestras esquilas, buen pastor, tienen un sonido agradable.

WERNI.––Y es buena la vacada. ¿Es vuestra, compañero?

KUONI.––No soy tan rico; es de mi bondadoso señor de Attinghausen, que la confió a mi cuidado.

RUODI.––¡Qué bien sienta este co­llar a esta vaca!

KUONI.––Harto conoce que diri­ge el rebaño; si se lo quitara de­jaría de pacer.

RUODI. ¿Esto creéis, de un ani­mal sin razón?

WERNI.––Pronto está dicho eso. También los animales tienen inteli­gencia. Nadie lo sabe como nosotros, los cazadores de gamuzas. Cuando quieren pacer tranquilamente, colo­can previsoras a poca distancia un centinela que aguza el oído, y anun­cia con un gritó la proximidad del cazador.

RUODI.––(Al pastor.) ¿Volvéis a casa?

KUONI. Ha pasado la estación de los pastos en los Alpes.

WERNI.––Os deseo un feliz regre­so, buen pastor.

KUONI.––Y yo a vos; que no siem­pre se vuelve de vuestras excursio­nes.

RUODI.––¡Un hombre viene co­rriendo hacia acá!

WERNI.––Le conozco. Es Baumgar­ten de Alzellen.

CONRADO BAUMGARTEN. –– (Sin aliento.) Por amor de Dios... vues­tra barca, batelero.

RUODI.––Pero bien, ¿qué hay que urge tanto?

BAUMGARTEN.––Desatad la barca, y me salvaréis la vida. Conducidme a la orilla opuesta.

KUONI. ¿Qué os pasa, amigo?

WERNI. ¿Quién os persigue?

BAUMGARTEN.––Daos prisa, daos prisa, porque me siguen de cerca. Me persiguen los soldados del gobernador, y soy muerto si me cogen.

RUODI. ¿Y por qué os persiguen?

BAUMGARTEN.––Salvadme, prime­ro; luego os lo diré.

WERNI.––Estáis manchado de san­gre; ¿qué ha ocurrido?

BAUMGARTEN.––El baile del em­perador que residía en Rossberg..

KUONI. ¿Os persigue Wolfens­chieszen?

BAUMGARTEN.––No; ya no hará más daño a nadie; le he muerto.

TODOS.––(Retrocediendo.) ¡Dios os socorra! ¿qué habéis hecho?

BAUMGARTEN.––Lo que todo hom­bre libre, en mi lugar. He usado de mi derecho contra quien atentaba a mi honor y al de mi esposa.

KUONI.––¿El baile atentó a vues­tro honor?

BAUMGARTEN.––Dios y mi hacha se han opuesto a sus infames de­signios.

WERNI. ¿Le habéis partido el cráneo de un hachazo?

KUONI.––Contadnos lo ocurrido, tenéis tiempo para ello, mientras botan al agua el batel. BAUMGARTEN.––Había salido a cor­tar leña en el bosque, cuando de pronto veo llegar a mi mujer, sofo­cada, angustiada, y me dice que vie­ne huyendo de casa donde se le ha presentado el baile, ordenándole pre­parar un baño, y haciéndole indig­nas proposiciones. Inmediatamente me voy allá, y sin aguardar nada, descargo sobre él un hachazo.

WERNI.––Hicisteis perfectamente Y nadie podrá culparos.

KUONL––¡Miserable! Encontró lo merecido. Mucho ha que el pueblo de Unterwald le debía otro tanto.

BAUMGARTEN.––El suceso se ha hecho público... ; me persiguen y mientras hablamos... ¡Dios mío!... el tiempo pasa! (Truena.)

KUONI.––Despacha, batelero; con­duce este hombre a la orilla opuesta.

RUODI.––No os embarcáis; terri­ble tempestad se acerca, y fuerza es aguardar.

BAUMGARTEN.––¡Santo Dios!... No me es posible; cada instante que pasa es mortal.

KUONi.––(Al pescador.) Probadlo; con la ayuda de Dios, es necesario auxiliar al prójimo. Lo mismo pue­de sucedernos un día a nosotros. (Rayos y truenos.)

RUODI.––El Foehn se desencade­na. ¡Ved qué formidable oleaje! ¡No podré conducir mi barca luchando con la tormenta y las olas!

BAUMGARTEN. –– (Abrazándose a sus rodillas.) ¡Qué Dios tenga pie­dad de vos, como vos de mí!

WERNI.––Va en ello su vida, ba­telero; compadecedle.

KUONI.––Es padre de familia; tie­ne esposa... tiene hijos... (Redo­blan los truenos.)

RUODI.––¡Pero también yo arries­go en ello mi vida! ¡también yo ten­go esposa y tengo hijos en casa! Oid cómo ruge y avanza la tormen­ta; ved cómo se alzan las olas del fondo del lago. Yo bien quisiera salvar a ese bravo, pero ya veis que es absolutamente imposible.

BAUMGARTEN.––(De rodillas.) Fuer­za será, pues, que caiga en manos de mis enemigos, cuando me hallo próximo a la playa salvadora... cuando la veo enfrente de mí ... Allí está; la alcanzan mis ojos; lle­ga a ella el eco de mi voz...; y aquí, la barca, que me conduciría a ella... ¿y debo quedarme sin so­corro y sin esperanza?

KUONI.––Mirad quién viene.

WERNI.––Tell de Bürglen.

GUILLERMO TELL—(Armado de su ballesta.) ¿Quién es este hombre que implora socorro?

KUONI ––Un vecino de Alzellen que ha defendido su honor, y ha muerto a Wolfenschieszen, el baile regio de Rossberg. Los guardias del gobernador siguen sus pasos, y rue­ga al batelero que le conduzca a la otra orilla, pero éste, amedrentado por la tempestad, no quiere arries­garse a ello.

RUODI. Tell sabe también ma­nejar el remo; él os dirá si es posi­ble tentar ese paso.

TELL.—Cuando la necesidad apre­mia, batelero, se pasa todo. (Gran­des truenos, braman las olas.)

RUODI.––Sería como arrojarme a la boca del infierno. Ningún hom­bre sensato lo intentaría.

TELL.––Los valientes sólo se acuer­dan de ellos en último lugar. Fía en el cielo, y socorre al oprimido.

RUODI.––Desde el puerto, fácil es dar consejos. Aquí está la barca; aquí está el lago; probadlo.

TELL. El lago puede calmarse y el gobernador no. Haz un esfuerzo, batelero.

EL PASTOR Y EL CAZADOR––Salvad­le! ¡salvadle, salvadle!

RUODI.––No; aunque fuera mi her­mano; aunque fuera mi propio hijo; no es posible. Hoy es el día de San Simón y San Judas... el lago está enfurecido y reclama su presa.

TELL.––De nada sirven las pala­bras, el tiempo apremia, y es nece­sario socorrer a este hombre. Dí, batelero, ¿quieres llevarlo?

RUODI.––No; yo, no.

TELL.––Pues bien. ¡Dios me pro­teja! venga la barca; voy a ensayar mi débil brazo.

KUONL––¡Valiente Tell!

WERNI.––¡Acción digna de un ca­zador!

BAUMGARTEN.––Tell, sois mi sal­vador, mi ángel bueno.

TELL.––Os sustraeré a la cólera del enemigo, mas forzoso será que otro os proteja contra las olas. Pero siempre vale más ponerse en manos de Dios, que en manos de los hom­bres. (Al pastor.) Amigo, vos con­solaréis a mi mujer, si me sucede alguna desgracia. Hago lo que no puedo excusar. (Entra en la barca.)

KUONI.––(Al pescador.) Sois un piloto ¿y no os atrevéis a intentar lo que Tell?

RUODI.––Otros que valen más que yo, no le imitarían. No hay dos hom­bres como él en estas montañas.

WERNI.––(Encaramado en una ro­ca.) Partió. ¡Que Dios te socorra, bravo batelero! ¡Mirad cómo danza la barca sobre las olas!

KUONI.––(Desde la ribera.) El oleaje se eleva hasta cubrirla... Ya no veo.. Reaparece... ¡Cómo lu­cha el experto piloto con la oleada!

SEPPI.––¡Los guardias del gober­nador se acercan!

KUONI.––¡Dios mío!... son ellos... Era ya tiempo de socorrer­le... (Llegan en tropel algunos ca­balleros de Landenberg.)

Ier. CARÁLLERo.––Entregadnos al asesino que habéis ocultado.

2.0 CABALLERO.––En vano intenta­réis negar que tomó este camino.

KUONI y RUODI. ¿De quién ha­bláis, caballero?

Ier. CABALLERO.––––(Viendo la bar­ca.) ¿Qué veo?... ¡Diablo! ––

WERNI––(Desde su altura.) ¿Buscáis al de la barca?... Entonces, galopad, y podéis todavía alcan­zarle.

2.0 CABALLERO.––¡Maldición!... se nos escapó.

Ier.CABALLERO.––(Al pastor y al pescador.) Le habéis auxiliado y de­béis sufrir castigo. ¡Caed sobre sus rebaños, destruid esta choza, matad, incendiad!

SEPPI.––(Huyendo.) ¡Oh! ¡mis cor­deros!

KUONI.––(Siguiéndole.) ¡Desdicha­do de mí! ... ¡Mi rebaño!

WERNI.––¡Malvados!

RUODI.––(juntando las manos.) ¡Justicia divina!... ¿Cuándo llega­rá el libertador de esta comarca? (Le sigue.)
ESCENA II
Cerca de Stein, en Schwyz. Un tilo enfrente de la casa de Stauffacher, situada en la carretera, junto a un puente.
WERNER STAUFFACHER. PFEIFER de Lucena; llegan conversando; GERTRUDIS.
PFEIFER.––Sí, sí, maestro Stauffa­zher, como os iba diciendo, no pres­téis juramento de fidelidad al Aus­tria, si es posible excusarlo. Perma­neced como hasta ahora firme y re­sueltamente adicto al imperio, y Dios os conserve vuestros antiguos pri­vilegios. (Estrecha cordialmente su mano, e intenta alejarse.)

STAUFFACHER.––Aguardad hasta que vuelva mi mujer; sois mi hués­ped en Schwiz, como yo el vues­tro en Lucerna.

PFEIFER.––Mil gracias, pero me es forzoso estar hoy mismo en Ger­sau. Cuando os veáis obligado a su­frir de la codicia e insolencia de los bailes, soportadlo con resignación, porque semejante estado de cosas puede cambiar de repente, con as­cender al trono otro emperador; pe­ro una vez os habréis entregado al Austria, será para siempre. (Se va.) (STAUFFACHER se sienta pensativo a la sombra del árbol; GERTRUDIS, su mujer, le sorprende así, se acerca a él, y le contempla largo rato en silencio.)

GERTRUDIS.––¡Cómo tan grave amigo mío! No te reconozco... mu­chos días ha que observo silencios! en tu frente la huella de sombrío pesar. Sí; mudo pesar oprime tu corazón; confíamelo. Soy tu fiel esposa y reclamo mi parte en tus penas. (STAUFFACHER le tiende la mano, sin decir palabra.) ¿Qué pue­de entristecerte? Dímelo. Dios ben­dice tu trabajo; tu fortuna es flore­ciente; henchidos tus graneros; tus caballos, tus bueyes regresan bien apacentados de los montes, para pa­sar el invierno en cómodos establos. Se alza tu casa como noble morada, decoran sus habitaciones nuevos ar­tesones dispuestos con orden y sime­tría, y la adornan y prestan claridad numerosas ventanas. Brillan en ella restaurados escudos, y sabias máxi­mas que lee y admira el viajero de­teniendo el paso.

STAUFFACHER.––Ciertamente mi ca­sa es cómoda y bien construida, pero ¡ay! que tiembla el suelo en que la edificamos.

GERTRUDIS—¡Werner de mi al­ma! ... ¿qué quieres decir?

STAUFFACHER.––Poco ha me ha­llaba sentado como ahora bajo este tilo, pensando con placer que mi casa estaba terminada, cuando llega el gobernador de su castillo de Kuss­nacht, con sus caballeros, y se de­tiene sorprendido delante de ella; yo me levanto inmediatamente, adelan­tándome con respeto, como es debi­do a quien representa en este país al emperador. ––¿De quién es esta casa? ––pregunta con malignidad, porque harto lo sabía. Reflexiono un instante, y respondo: ––Señor gobernador, esta casa es del empe­rador mi soberano, y vuestro sobe­rano, y yo la poseo en feudo––. Y dice él: ––Gobierno el país en nom­bre del emperador, y no quiero en modo alguno que simples villanos edifiquen casas por su propia cuenta y vivan con libertad como si fueran los señores de la comarca; pensaré en el modo de impedíroslo––. Dicho esto partió con semblante amenaza­dor, dejándome a mí cuidadoso y pensativo con lo dicho.

GERTRUDIS: Caro esposo y se­ñor; ¿quieres recibir de tu mujer un razonable consejo? Me honro con ser la hija del noble Iberg, que es hombre muy experto. Más de una vez, sentada con mis hermanas y mientras hilábamos por las noches, vi a los prohombres del pueblo re­unidos en la casa de mi padre para leer las cartas de los antiguos em­peradores y discutir maduramente sobre el bienestar del país. Atenta escuchaba yo sus discretas frases, las reflexiones del inteligente, los deseos del hombre de bien; de todo conservo memoria. Oye pues; medita lo que te digo, porque mucho ha que conozco la causa de tu pesar. El gobernador está irritado contra ti, y quisiera hacerte mala obra, porque eres obstáculo a sus deseos. Ansía someter a los habitantes de Schwyz a la nueva casa real, pero ellos, como sus dignos antepasados, persisten fie­les al imperio ¿No es esto, Wer­ner.. . . Dime si me engaño.

STAUFFACHER.––Verdad, esta es la causa de la violencia de Geszler.

GERTRUDIS.––Te envidia la dicha de vivir como hombre libre en tu propia heredad, porque él no posee ninguna. Tienes esta casa en feudo del imperio y del emperador, y pue­des probarlo, como el príncipe su derecho a poseer sus dominios; no reconoces sobre ti otro soberano que el primero de la cristiandad. El gobernador es, por el contrario, el segundón de su familia y sólo posee su manto de caballero; por esto mira con malos ojos y con alma emponzoñada la felicidad de los hombres de bien. Hace mucho tiem­po que ha jurado perderte, y hasta ahora saliste librado... ¿Aguarda­rás a que cumpla sus malvados de­signios? El que es prudente toma sus precauciones.

STAUFFACHER.––¿Qué debe hacer­se?

GERTRUDIS.–– (Acercándose.) Oye mi consejo. Sabes cuánto se que­jan de la rapacidad y crueldad el gobernador todos los hombres honrados de Schwyz; no dudes que a la otra orilla del lago, en el país de Uri y Unterwald, están cansados de semejante yugo, porque Landen­berg se porta allí con tanta cruel­dad como aquí Geszler. Apenas llega una barca que no nos traiga la noticia de alguna nueva desgracia, de alguna violencia del gobernador. Convendría que algunos de vosotros, los más discretos, os reunierais pa­cíficamente para excogitar el medio de libertaros de semejante despotis­mo. Creo que Dios no había de aban­donaros, y sería favorable a la jus­ticia. ¿No tienes en Uri un amigo a quien puedas abrir tu corazón?

STAUFFACHER.––Conozco allí muy buena gente y ricos y respetados vasallos, que son amigos míos y a quienes puedo fiar mis secretos. (Se levanta.) ¡Ah, esposa de mi alma! ¡Qué tempestad de peligrosas ideas levantas en mi ánimo tranquilo! Po­nes ante mí, y a faz del sol, su interior, y lo que al pensamiento negaba; tus labios lo pronuncian con osadía y ligereza. ¿Pero has refle­xionado bien qué me aconsejas? ¿Quieres traer a este pacífico valle la terrible discordia y el estruendo de las armas? ¿Osaremos nosotros, débiles pastores, atacar al señor del mundo? Sólo esperan un plausible pretexto para lanzar sobre este mí­sero suelo las feroces hordas de sus soldados, y ejercer los derechos del conquistador, y con apariencias de justo castigo, aniquilar nuestros an­tiguos privilegios.

GERTRUDIS.––Hombres sois tam­bién; sabéis manejar el hacha... Dios ayuda a los valientes.

STAUFFACHER.––¡Oh, esposa mía! Terrible calamidad es la guerra, y alcanza a los rebaños y al pastor.

GERTRUDIS. ––Debemos soportar las penas que envía el cielo, pero un noble corazón no soporta la in­justicia.

STAUFFACHER.––Te gusta esta casa que hemos construido, ¿verdad? Pues la guerra la reducirá a cenizas.

GERTRUDIS.—Si creyese que mi al­ma estaba encadenada a este pasa­jero bien, con mi propia mano le pegaría fuego.

STAUFFACHER.––Amas a la huma­nidad, ¿verdad? pues la guerra no exime de la muerte al tierno niño en la cuna.

GERTRUDIS.––La inocencia tiene en el cielo un protector. Extiende tu mirada delante de ti, Werner, y no a tu espalda.

STAUFFACHER ––Nosotros los hombres podemos morir combatiendo como valientes, pero ¿cuál es vuestra suerte?

GERTRUDIS.––Los más débiles po­demos tomar también nuestro par­tido; me arrojo desde este puente, y héteme libre.

STAUFFACHER.––(Arrojándose en sus brazos.) Quien oprime un corazón como el tuyo contra su pecho, puede batirse gozoso por su hogar y sus ganados, y no teme las armas de rey alguno. Voy ahora mismo a Uri; allí tengo un huésped, un ami­go, Walter Fürst, que piensa de tales tiempos lo mismo que yo... Allí en­contraré también al noble señor de Attinghausen; aunque de elevada alcurnia, ama al pueblo y honra las antiguas costumbres. Los tres dis­cutiremos los medios de defendernos con valor contra los enemigos del país... Adiós... y en mi ausencia, cuida solícita de la casa; abre tu ma­no generosa al peregrino y al fraile mendicante, y no permitas que se ale­jen sin haberles atendido en todo. La casa de Stauffacher no se oculta a los ojos del viajero; albergue hospi­talario, se levanta al borde del ca­mino. (Mientras se aleja hacia el foro, salen GUILLERMO y BAUM­GARTEN.)

TELL.—(A BAUMGARTEN.) Ahora ya no tenéis necesidad de mí. En­trad en esta casa, morada de Stau­ffacher, padre de los oprimidos... verle allí en persona... Seguidme, venid. (Van hacia él.)

ESCENA III
Una plaza pública de Altdorf. En una altura del fondo se levanta una fortaleza en construcción pero bastante adelantada, de modo que puede distinguirse la forma del edificio. La parte posterior está terminada; algunos obreros trabajan en la fachada subiendo y bajando de los anda­mios, y otro en el tejado. Todo es movimiento y animación.
EL CABO DE VARA. EL CANTERO. SUS OFICIALES y PEONES.
EL CABO.––(Con su vara aviva a los obreros.) Vaya; ¡poco vagar!... Vengan las piedras, la cal, la ar­gamasa; es preciso que cuando lle­gue el señor gobernador halle muy avanzada la obra. ¡Vais a paso de tortuga! (A dos peones.) ¿A esto llamáis una carga? ¡A traer el do­ble... al instante! Estos holgazanes no hacen lo que debieran!

Ier.. COMPAÑERO.––ES muy duro vernos obligados a trasportar con las propias manos las piedras de nuestro calabozo.

EL CABO. ¿Qué estáis murmuran­do? Miserable pueblo que sólo sirve para guardar vacas y andorrear por estos montes.

UN VIEJO.––(Sentándose.) ¡No pue­do más!

EL CABO.––(Empujándole.) ¡Va­ya!... vejete... a trabajar.

Ier. OFICIAL––No tenéis entrañas; forzar así a tan rudo servicio a un pobre viejo que apenas puede te­nerse.

EL CANTERO Y SUS COMPAÑEROS.––­¡Esto clama al cielo!

EL CABO.––Cuidad de lo que os im­porta; cumplo mi deber.

2.0OFICIAL.––¿Cómo se llamará el fuerte que estamos construyendo?

EL CABO.–––Se llamará la servidum­bre de Uri; bajo este yugo dobla­réis la cabeza.

LOS OBREROS—¿La servidumbre de Uri?

EL CABO.–– ¿Por qué reís?

EL 2° OFICIAL.––¿Con este peque­ño edificio queréis esclavizar a Uri?

EL Ier.. OFICIAL.––Mirad cuántos montoncillos de tierra os será for­zoso echar uno encima de otro para igualar la más bajá montaña de Uri. (El cabo se retira hacia el foro.)

EL CANTERO.––Arrojaré al fondo del lago el martillo con que construí este edificio. (TELL y STAUFFACHER llegan.)

STAUFFACHER: ¡Oh! habré vivi­do tan sólo para presenciar seme­jantes espectáculos!

TELL.––Aquí no se siente uno bien; alejémonos.

STAUFFACHER.––¡Me hallo real­mente en Uri, patria de la libertad!

EL CANTERO—¡Oh! señor, si hu­bieseis visto el calabozo construido–– debajo de la torre! ... El que sea en­cerrado allí no oirá el canto del gallo.

STAUFFACHER.––Mirad estos ba­luartes, estos estribos, que parecen construidos para la eternidad.

TELL.––Lo que las manos alzaron, las manos pueden derribarlo. (Se­ñalando la montaña.) Dios nos dio la fortaleza de la libertad. (Suena un tambor, llegan algunos hombres con un sombrero en lo alto de un palo. Un pregonero les sigue; muje­res y niños salen en tumulto.)

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