William Reymond jfk el último testigo Billie Sol Estes



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William Reymond JFK El último testigo

Billie Sol Estes

JFK

El último testigo


Traducción de

Manuel Monge Fidalgo

Primera edición: septiembre de 2004
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del

copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial

de esta obra por cualquier método o procedimiento, comprendidos la reprografía

y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler

o préstamo públicos.
© JF:K Le dernier Témoin, Éditions Flammarion, 2003

© De la traducción: Manuel Monge Fidalgo, 2004

© La Esfera de los Libros, S. L. 2004

Avenida de Alfonso XIII, 1, bajos

28002 Madrid

Teléf.: 91 296 02 00 - Fax: 91 296 02 06

Pág. web: www.esferalibros.com
Diseño de cubierta: Compañía

Fotografía de cubierta: Bettmann/CORBIS

Fotografías de interior: Éditions Flammarion

ISBN: 84-9734-210-0

Depósito legal: M. 28.915-2004

Fotocomposición: IRC, S. L.

Fotomecánica: Star-Color

Impresión: Huertas

Encuadernación: Huertas

Impreso en España-Printed in Spain

índice
Agradecimientos
13
Prefacio: Yo sé quién mató a Kennedy
15
Prólogo: Reencuentros
21
PRIMERA PARTE

A la caza del hombre

1. Sombra
27
2. Perspectiva
30
3. Ilusión
31
4. Cangrejo
36
5. Invisible
37
6. Mareaje
39
7. Bala mágica
41
8. Silencio
45
9. Contratiempo
49
10. Escondite
51
11. Fotografías
52
12. Agresión
60
13. Visita
64
14. Ogro
67

15. Cortesana

70

16. Comerciante



78

17. Encuentro

80

18. Test



82

19. Regreso

83

20. Quimera



85

21. Partida

89

SEGUNDA PARTE



El último testigo

22. El 22 de noviembre


93
23. Tejas
94
24. Comprensión
99
25. Sin retorno
107
26. Primeros pasos
121
27. Corrupción
128
28. Cliff
134
29. Cadáveres
140
30. Elecciones amañadas
146
31. Dinero en efectivo
151
32. Poder
154
33. Estrategia
157
34. Cazador de cabezas
160
35. 1960
165
36. Connally
170
37. Yarborough
172
38. Hoover
176
39. Visita
181
40. Seguro de vida
182
41. La caída
185

42. Algodón

187

43. RFK


195

44. Traición

199

45. Depósitos



201

46. Pánico

205

47. Republicanos



209

48. La ejecución

212

49. Silencio


215
50. Abandono
219
51. Malestar
222
52. Suicidios
223
53. Escándalo
227
54. Militares
229
55. Dinero
232
TERCERA PARTE

Autopsia de un complot

56. Citas
237
57. Impulso
239
58. Homicidio
241
59. Maniobras
247
60. Solución
254
61. Segunda oportunidad
258
62. Suciedad
262
63. Violación
268
64. Carta
273
65. Accidente
276
66. Bourbon
283
67. Secretos
287
68. Segundo tirador
296

69. Tormentos


302
70. Velada
305
71. Doble
308
72. Especialista
310
73. Limpieza
316
74. Desaparición
323
75. Segunda vida
327
76. Asesinato
330
77. Explicaciones
344
78. Veneno
355
79. Disculpas
356
Epílogo: En otro sitio
363
Anexos
365
Bibliografía
397

A Jessica, Thomas y Cody.

Agradecimientos
Nunca me será posible hacer justicia como se merece al trabajo

de Tom Bowden. Además de ser un brillante investigador,

también fue mi pasaporte para descubrir los arcanos de

un Estado americano que yo no conocía y que hoy en día

amo. Pero más allá de su labor como guía en Tejas,Tom se ha

convertido en un verdadero amigo. And friendship is bigger here,

too!
Desde mi primera investigación, Thierry Billard, mi editor, se

ha visto obligado a acostumbrarse a mis métodos de trabajo a

costa de sus fines de semana, sus noches y sus vacaciones. Mensaje

personal: esto no ha hecho más que empezar. Gracias por

todo.
También quiero darles las gracias a Maureen Bion-Paul,Virginie

Pelletier, Guillaume Robert, David Rochefort y Axel Buret,

que han contribuido con su talento a la conclusión de esta obra.

El —modesto— autor se lo agradece.


Como es natural, y no sólo porque es lo debido, pienso en

Charles-Henri Flammarion, el cual, desde mi libro Dominici non

coupable me ofrece el marco ideal y libre de toda censura para

mis investigaciones de largo recorrido. Muchos de mis colegas

no tienen esa suerte. Gracias una vez más.
Special thanks to Jay Harrison, you're the man!

Thanks to Nathan Darby, Kyle Brown,Jerry Hill, James Fonvelle,

Pam Estes and her husband, Blake, Lois, Debbie, Georgia

and Rich della Rosa.


Gracias también a Bernard Nicolás,Jean-Claude Fontan,Jean-

Marc Blanzat y Laurent Caujat. Mis cazadores de exclusivas preferidos.

Vamos... On the road again!
Mog, tu amistad y tu entusiasmo son muy valiosos para mí.

No cambies.


Gracias igualmente a Michel Despratx y Marc Simón.
Por último, gracias a todos los usuarios del foro www.williamreymond.

com por haberme animado con sus incesantes comentarios

y sugerencias a volver con ganas sobre las huellas de los asesinos

de Kennedy.


Este libro ha terminado, el debate puede empezar.

Prefacio


YO SÉ QUIÉN MATÓ A KENNEDY
Me llamo Billie Sol Estes. Para dos generaciones de americanos,

yo he encarnado lo mejor y lo peor del sistema que nuestros

antepasados construyeron con su sangre, su sudor y sus lágrimas.

Hoy, a mis sesenta y ocho años, sé que el éxito, la gloria, el

dinero o el fracaso no son sino cuestiones que dependen del

tiempo y las circunstancias.


El tiempo, he aquí la única cosa que realmente cuenta. Mi

vida es una magistral alternancia de ciclos. Hubo un tiempo para

amar, un tiempo para sufrir, un tiempo para triunfar, un tiempo

para perderlo todo, otro para pagar y, por último, un tiempo para

volver a construir. Hoy, pasado el periodo del silencio y de los

secretos, ha llegado el tiempo de hablar.


Me llamo Billie Sol Estes y mi existencia está jalonada de conversaciones

y correspondencias mantenidas con algunos de nuestros

más insignes presidentes. Recuerdo a Franklin Delano Roosevelt,

a Harry Truman, a John Fitzgerald Kennedy y, cómo no,

a Lyndon Baines Johnson.

He tenido asimismo el privilegio, y a veces la desgracia, de

que mi destino se cruzase con el de las personalidades que crearon

la América de la posguerra. Nunca olvidaré a Vito Genovese,

Carlos Marcello, Jimmy Hoffa, el doctor Martin Luther

King y Robert Kennedy. Todos ellos, cada uno a su manera, estaban

habitados por la luz.
Por mi parte, tanto en mis éxitos como en mis fracasos, creo

haber actuado siempre por el interés de mis semejantes. Por

supuesto, para algunos no soy más que un truhán, pero para otros

soy un santo. Entre lo uno y lo otro se esconde la verdad.


Me llamo Billie Sol Estes, y en 1961 mi fortuna rozaba los

cien millones de dólares. Tenía un palacio erigido en mitad del

lugar más hermoso del mundo. Tenía una esposa magnífica, y los

dos éramos felices junto a nuestros cuatro hijos.


Tampoco me olvido de mis secretarias, mis asistentes, mi chófer,

mi niñera, mi piloto de avión y mi ejército de sirvientas.


Mi fortuna se evaporó al mismo tiempo que mi espejismo

tejano. La caída fue muy dura, y el choque fue brutal. Si el dinero

ha contado en mi vida más que cualquier otra cosa, ahora

ya no es así. A medida que me acerco al final de mi camino, va

perdiendo importancia. Mis hijos se han hecho mayores y me

han convertido en el feliz abuelo de once nietos. Y eso no tiene

precio.
Además, haberlo perdido todo no es nada en comparación

con la desaparición de mi mujer, Patsy. Hace tres años que me

dejó solo en este mundo, poniendo así fin a una relación de cincuenta

y cuatro años. Patsy estuvo a mi lado cuando éramos

pobres como ratas, cuando éramos tan ricos que no nos lo creíamos

y ahí siguió cuando estábamos de vuelta de todo. Nuestro

amor resistió a dos penas de prisión, a mis extraños amigos y

a innumerables rumores. Nos enamoramos a primera vista y la

perdí un día de San Valentín.
Me llamo Billie Sol Estes y por fin me he dado cuenta de que

todos hemos sido siempre mortales. Yo tanto como los demás.

Mi lucha contra un cáncer de próstata en 1998 y las últimas palabras

de Patsy me convencieron de que debía revelar mis secretos.

En los últimos tiempos, me ha asaltado la certeza de que

había que decirlo todo.


Me acuerdo de ese día en el que William Reymond y Tom

Bowden intentaron convencerme una vez más de que hablara.

Como de costumbre, les respondí que seguramente lo acabaría

haciendo algún día. Entonces fue cuando Patsy intervino. Y lo

hizo con rotundidad: «Sol, ¡hazlo ahora!» En casi medio siglo de

vida en común, era la primera vez que ella se inmiscuía en una

de mis conversaciones.
Así que llegué a un acuerdo con William y con Tom: lo diría

todo. Tommy procede del mismo Estado que yo, ese Tejas que

sólo entrega sus tesoros a los hombres que se ganan ese derecho.

Él recibió la misma educación religiosa que yo y se hizo hombre

a partir de los mismos valores que yo. Sólo él podía comprender

mis paradojas, mis raíces y mis motivaciones. Seguramente

fue por eso por lo que me presentó a William, hace ya

cinco años. William es un excelente escritor cuya visión y cuya

experiencia eran necesarias para contar mi historia de la mejor

manera posible. William, en contra de lo que su nombre parece

indicar, es francés. Asumí este detalle como un nuevo guiño del

destino: yo me casé con Patsy un 14 de julio.

La aventura de este libro se inició seis meses antes del fallecimiento

de mi esposa. William y Tom habían sido completamente

claros conmigo. No se conformarían con un mero papel de

confesores. Querían probar que mis declaraciones eran ciertas.

No para satisfacer mi orgullo, sino porque era la única manera

de terminar con el misterio del asesinato de John F. Kennedy. Y

lo más sorprendente es que lo consiguieron.
Así, un día, vinieron para hacerme escuchar una cinta. Es

preciso aclarar que las cintas magnetofónicas, grabadas, en la

medida de lo posible, sin que mi «interlocutor» lo supiera, juegan

un papel esencial en mi historia. Instrumentos de poder y

de presión entre mis manos, si a algo le debo la vida es a esas

cintas. De manera que, algún tiempo después de la desaparición

de mi esposa, mis dos investigadores me hicieron escuchar

una grabación clandestina, e inédita, de las sesiones del Gran

Jurado de 1984 relativas al fallecimiento de Henry Marshall.

A ustedes este nombre seguramente no les dirá nada. Sin embargo,

la aclaración de las circunstancias de su asesinato era una de

las claves que permitirían desenmascarar la identidad de los

hombres que estuvieron detrás de los sucesos del 22 de noviembre

de 1963.


La existencia, aún por confirmar, de esta cinta constituye uno

de los rumores más excitantes que hayan recorrido Tejas en

muchos años. En primer lugar, porque aquí las sesiones del Gran

Jurado son clasificadas como secretas ad vitam aeternam. Sea cual

sea el motivo, el plazo transcurrido o el bando en el poder, las

declaraciones efectuadas detrás de los espesos muros de la sala de

deliberaciones deben permanecer para siempre sustraídas al conocimiento

del público. Esta obsesión por el secreto absoluto per-

mite garantizar, por un lado, la seguridad total de los participantes

en las sesiones y, por el otro, la obtención de una confesión

completa.

No obstante, y a pesar del carácter inédito de esa supuesta grabación

ilegal, en el seno de las clases política y mediática tejanas

se murmuraba que la cinta magnetofónica contenía informaciones

de capital importancia acerca de la cara oculta del presidente

Lyndon Johnson.


Escuché la grabación atentamente. Reconocí mi voz, la del

capitán Clint Peoples y también la de Griffin Nolan, el único

testigo del asesinato de Henry Marshall. Y, a medida que la cinta

giraba, yo fui sintiendo cómo mis recuerdos iban saliendo a la

superficie.
Billie Sol Estes

Prólogo
REENCUENTROS


Granbury, lunes 4 de agosto de 2003.
El último testigo aún sigue en pie. Es verdad que a veces le

falla la voz, que sus arrugas son más profundas y que sus ausencias

son más frecuentes pero, de todas maneras, sigue siendo un

maestro.


Hacía casi tres años que no lo veía. Hemos hablado alguna

vez por teléfono, pero yo no había vuelto a acercarme por Granbury.

A veces me entraron ganas de hacerlo, llevado por la curiosidad.

¿Cómo estaría envejeciendo? ¿Habría conseguido sobreponerse

a la ausencia de su mujer, Patsy? ¿Seguiría desplazándose

en un Cadillac? ¿Se habría arrepentido de sus confesiones y

de su deseo de que fuesen publicadas? Temiendo que cambiase de

opinión, yo había pospuesto mi visita para otro momento, cuidándome

muy mucho de fijar una fecha.Y además, por fin, Canal
+ había dado luz verde al proyecto. Después de vivir durante dos

años a merced del tira y afloja entre Vivendi y la cadena de pago,

mi proyecto de realizar un documental sobre la muerte de JFK

finalmente cobraba forma. Con el cuarenta aniversario del asesinato

a la vuelta de la esquina, había que darse prisa.

*

No fue nada difícil convencer a Billie Sol Estes. Casi como si



hubiese estado esperando mi petición, aceptó inmediatamente

retomar la conversación donde la habíamos dejado. Esta vez, ya

no se trataba de franquearse con Tom y conmigo en la intimidad

de un despacho con unos bolígrafos y unos magnetófonos

por todo instrumental, sino de responder a nuestras preguntas

ante la fría mirada de una cámara. Ahora Sol tenía que acceder

a algo a lo que, durante mucho tiempo, había rechazado enfrentarse.

Yo le había advertido de que le iba a pedir que repitiera las

revelaciones que había ido desgranando a lo largo de nuestros

numerosos encuentros. Que se desmarcase de cuatro décadas de

enfermiza protección de sus secretos. Yo deseaba que él hablase

sin ambages y con precisión de la veintena de asesinatos que

habían marcado su relación con Lyndon B. Johnson. Y él sabía

que mis preguntas se referirían inevitablemente al misterio Kennedy.

Después de todo, ¿no era la promesa de descubrir por fin

la verdad lo que había motivado mi viaje a Tejas?


Mientras Jean-Claude Fontan prepara la iluminación, Billie

Sol se acerca a mí. Lejos de estar inquieto, se muestra impaciente.

Impaciente por hablar y sobre todo por irse a Francia.
—Los americanos se han resignado —me espeta—. El 11 de

septiembre ha acabado con el ya de por sí escaso espíritu crítico

de los habitantes de este país. Mira lo de Irak. Yo no digo que el

presidente nos haya mentido, pero nadie parece estar interesado

en conocer la verdad. Así que lo de JFK...
Es triste, pero no hay duda de que Sol tiene razón. Ya hace

tres años que vivo aquí. El americano medio no es el bruto

patriota tantas veces descrito por los medios de comunicación

franceses pero, igual que un animal herido, ya no tiene el valor

de alzar la mirada.

Así que ya no cree en la posibilidad de llegar a saber algún

día qué fue lo que realmente le ocurrió a JFK. Mientras más

de un 80 por ciento de la población rechaza las conclusiones

de la famosa comisión Warren, que atribuye la responsabilidad

en exclusiva a Lee Harvey Oswald, la élite política y la prensa

del país siguen defendiendo esta hipótesis sometida periódicamente

a severos ataques.


Jean-Marc Blanzat, a cargo del sonido, está preparado. Bernard

Nicolás me hace señas de que ya podemos empezar. Me

coloco frente a Billie. Al igual que hace tres años, Tom está presente.

Todo debería ir bien, y sin embargo la entrevista avanza

con dificultad. No es culpa de Billie Sol. Él sólo ofrece lo que

puede dar. Aun así, el problema persiste. Después de haber

pasado un año desmenuzando cada una de sus palabras y tratando

de entender sus silencios, cuesta mucho obtener de él

esa espontaneidad que vuelve loca a la televisión. Por más que

prodigo las manos tendidas y abro mis preguntas, no ocurre

nada. La entrevista se sume en un agradable sopor mecido por

el movimiento regular del ventilador, con cada giro de sus

aspas nos alejamos un poco más de los disparos de Dealey

Plaza.
Y de repente, sin previo aviso, la fiera se despierta. Sus ojos

cobran vida, sus brazos se agitan. El tiempo ya no existe, la lasitud

ya no es más que un recuerdo lejano: Estes ha puesto la

directa.
Le pregunto una vez más por los verdaderos motivos de los

asesinos del presidente de Estados Unidos, y él me replica:


—¿Por qué quieres darle tantas vueltas a este asunto? Hace

cuarenta años que todo el mundo investiga, cuando resulta que

la verdad es muy sencilla. ¡No hay ningún misterio! La muerte

de Kennedy es algo muy fácil de entender. Es la historia de un

hombre que quería el poder a toda costa. Y que estaba dispuesto

a todo con tal de llegar a la cima. No es nada complicado. Al

contrario, es muy sencillo. Y tú lo sabes...
Ya está todo dicho.
Ahora sólo tengo que desarrollarlo.

PRIMERA PARTE


A la caza del hombre

1
SOMBRA


La puerta acaba de cerrarse por última vez y yo no siento la

necesidad de volverme. Con el tiempo, he aprendido a percibir

su presencia y el peso de su mirada sobre mis hombros. Al principio

eso me molestaba, pero ahora ya no aceptaría que fuese de

otro modo.
Tom acaba de abrir el arcón en el que, con gesto maquinal,

colocamos nuestro material de grabación. Yo me hundo en mi

asiento, mientras él se pone al volante. Vacilo un momento, luego

vuelvo la cabeza hacia la derecha y lo veo. Ahí está, impasible y

erguido, detrás del ventanal. Los reflejos y el grosor del cristal

me devuelven una silueta deformada. Borrosa, es cierto, pero muy

apropiada. En este momento, yo daría cualquier cosa por que

nuestras miradas se encontrasen. Tom y yo habíamos comprendido

enseguida que el único termómetro de los sentimientos y

la sinceridad de Billie Sol Estes eran sus dos minúsculas y claras

pupilas. Más de setenta años de control sobre su imagen no han

conseguido alterar la extraña capacidad de virar al negro más

profundo cuando un sentimiento poderoso lo atraviesa. De tal

manera que si los sabuesos del FBI, los empleados del fisco y los

agentes de Robert Kennedy hubieran prestado un poco más de

atención a sus ojos y un poco menos a su contabilidad, habrían

logrado echarlo abajo bastante más rápido.
En unos segundos tomaremos la primera calle a mano izquierda

y él habrá desaparecido. Como de costumbre, desde hace ahora

casi un año, ni Tom ni yo hemos roto el silencio. Antes, era una

especie de reflejo de investigación. Esperábamos hasta haber salido

de su campo de visión para cambiar impresiones. Ahora, en realidad,

mentalmente por lo menos, seguimos sentados en su salón.

No solamente aún lo estoy mirando sino que estoy oyendo su voz

que, por momentos, se descuelga para perderse en los agudos.

Como si el anciano de hoy tendiese la mano al niño que fue.
Acabábamos de pasar por delante de la casa de su hija, el bed

& breakfast que ella alquila en verano a los turistas. Tom acelera

finalmente y suelta:
—¿Y ahora?
Y ahora, no sé o, más bien, ya no sé. Acabo de pasar once meses

en un territorio desconocido, con reglas extrañas y una historia

terrorífica. Un año o casi tratando de domar una lengua, unas

costumbres y unos códigos misteriosos. Trescientas treinta noches

con el sueño agitado, intentando neutralizar mis miedos.
En realidad, acabo de vivir una vida...

—¿Crees que podremos escribir todo eso? ¿Contar toda la

verdad?
Las preguntas de Tom desarman a cualquiera, porque son simples

y pertinentes a la vez.


Estos últimos meses nos han permitido atravesar con un sere-

no relativismo los momentos de duda. La investigación me ha

enseñado, más que cualquier curso de filosofía, hasta qué punto

es subjetiva la noción de verdad. Por mucho que nos armemos

de pruebas, de testimonios y otros documentos, presentamos una

visión personal de un acontecimiento. ¿Culpable o inocente?

¿Víctima o villano? ¿Mentira o sinceridad? A fin de cuentas, siempre

son nuestra educación, nuestra cultura, nuestros valores o

nuestro inconsciente los que determinan el punto de vista. Sólo

la experiencia, la ética, el savoir faire hacen esperar de nosotros

un poco más de acierto en el juicio. Esa dosis ínfima que, al final,

permitirá que la balanza se incline del lado correcto. Por eso no

encuentro nada mejor que decirle que esto:
—Creo que, ante todo, tenemos que tratar de ser lo más

honestos que podamos. Con nuestro editor, con nuestros lectores,

con él y con nosotros mismos. Mira, Tom, lo que marca la

diferencia siempre es la sinceridad. Te perdonan la pasión, la ira

y hasta el error en el juicio siempre que seas sincero.
Tom sonríe. Y como cada vez que está de acuerdo conmigo,

finge escandalizarse:


—¡Los franceses sois unos locos peligrosos! Surgís de la nada

con la intención de perseguir el crimen del siglo y convencidos

de ser capaces de descubrir la solución. Porque, si te he entendido

bien, cuando hablas de sinceridad quieres decir que estás

dispuesto a no dejarte nada en el tintero. Es eso, ¿no?
Yo reflexiono un instante para asegurarme de que he captado

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